miércoles, 31 de diciembre de 2014

PLAN FETÉN DE NOCHEVIEJA 2014

La escarcha se resiste a abandonar los tejados derruidos de este pueblo en medio de la nada donde despedimos el año. Un lugar sin identidad reseñable dotado de perros famélicos y cojos y vecinos que no ves pero escudriñan por detrás de la puerta a esta familia grande y ruidosa que se reparte a los chinos las camas disponibles. A mí me ha tocado con mi adolescente una de matrimonio (un hito a la par que una ironía, a los divorciados nos ubican en las zonas comunes tradicionalmente, y así no hay quien rehaga su vida), y diré que no ha movido ni un músculo en toda la noche. Afuera la tierra gira trabajosa y el último día del año pinta gélido y despejado como la frente de un calvo (y calvos aquí hay unos cuantos).

"Abuela, se me ha caído un diente" es lo primero que oigo al otro lado de la puerta. Y lo primero que toco es el chichón de Minichuki, que se ha colado en la cama y guía mis dedos por su cabeza mientras se aprieta contra nuestros cuerpos para demostrar que en realidad tres no son multitud. Huele a café de cafetera clásica, la Nespresso es neológica, casi ciencia ficción en estas latitudes, y en breve tendré a mi hermano A. apremiéndome para salir a correr en lo que llamamos "la Sansilvestre galviniana". Una carrera errática y sin recorrido concreto donde se trata de trotar y comentar, echando vaho por la boca, los chismes de familia a través del monte bajo de eso que llaman la Sierra Pobre de Madrid. Un lugar poco bendecido por los dioses de la abundancia que sin embargo tiene al lado el embalse de Puentes Viejas, que a mí se me antoja de culebrón tragiromántico y que mola porque hay que atravesar la corona de la presa por sus estrechuras, a las órdenes de un semáforo que dirige el tráfico que no hay.

Porque juraría que a nadie, salvo a nosotros,  se le ha perdido nada por aquí, y menos en estas fechas.

El costumbrismo pasado por las migas del pastor que también son tradición va calándome los huesos. Las Nocheviejas en este pueblo son un corte de mangas al comme il fault. No hay ni pavo ni cordero, sino un menú sorpresa donde nada "marida" con nada que tratamos inútilmente de acordar por email cada año, y que rara vez coincide con la idea inicial. O sea, que cuando nos sentemos a la mesa (una mesa de ping pong con otra al lado en un garaje con chimenea cubiertas con manteles de papel de motivos navideños) exclamaremos ¡Ohhhh! ¡Ahhhhh! ante lo inesperado. La cocina precipicio de mi familia es un arte que ya querrían dominar los repelentes máster chef junior de anoche. 
Permormance familiar


Huele a chimenea y a madera vieja pintada de verdín. A pañales del último bebé de la casa que me llama "pi-piiii" y se encarama a mis rodillas con la agilidad de un ciervo. A desorden de maletas semiabiertas y llenas de jerseys de lana gruesa. A libros que finges leer entre conversaciones de cuñadas. A nostalgia por los que no han venido. A petardos y cohetes que mi hermano J. compra, diligente, cada año, para sobresaltarnos la alegría y la esperanza. A sensación de despedida con hambre de estreno.  

Ahora sí que sí, se acaba el año. Y me encanta despedirlo con pantalón de pana y mis botas de Asturias. Sin maquillaje (el rouge rojo no cuenta), sin demasiadas cicatrices, con algunas certezas sumadas a las que ya fueron y con esa sensación desahogada de formar parte del mundo, de un mundo disfrutón y díscolo, espontáneo y amoroso que es mi Familia. Lo único que de verdad de verdad envidiaría si no formara parte de ella. Lo que explica que uno pueda celebrar el fin de año en este lugar salvaje sin demasiados cupones para formar parte del mapa. De ningún mapa. Pero es nuestro reino.








lunes, 29 de diciembre de 2014

ALGO DE EGO, ALGO DE ALCOHOL (Mis recomendaciones:libros, moda,sitios para perderse))

&Other Stories, Teatriz. Madrid
Recuerdo haber leído este año mortal de necesidad, como las puñaladas certeras, que uno necesita algo de ego y algo de alcohol para vivir. Lo escribía un filósofo,  Salvador Pániker, y sé que me hizo sonreír. Fue sin duda uno de los libros de cuando mi espíritu era muy 2014. Muy Gucci pastelero (bye bye Frida Giannini), muy crédulo en mi escepticismo natural, algo incendiario y puede que un punto presto a la ensoñación como desafío a la díscola realidad.

Me he despertado pensando que debo regalarle "Diario de Otoño" (Mondadori) a mi hermano I.  Es mi voluntad y mi deseo compartir con él el deslumbramiento que fue. Pasar una lectura importante se parece a una carrera de relevos y construye una muralla de discernimiento, de revolución. Un mal libro regalado es la cicuta. Tengo la sensación de que uno está obligado a recomendar las buenas lecturas como las buenas compañías, el licor Saint Germain (un hallazgo dulce que construye cócteles milagrosos) o el coro de las monjas del Cordero (Iglesia de la plaza de la Paja. 12.30h los domingos. Misa especial para ateos y buscadores del absoluto, sea el que sea).

Recomendaré, antes de que muera el año, una serie que me pasó mi querida M., además de cuñada, y que se llama "The Hour". Ayer me chuté sin culpa cinco horas non stop, como en los viejos tiempos. Cuando nada ni nadie podía disturbarme una sentada de sofá y aún creía en el castigo por diletancia. La serie, que hay que ver por supuesto en versión original, narra las peripecias de un equipo de la BBC en los años 50, de su lucha por contar la verdad en medio de una censura llena de caballeros estirados y parlamentarios oscuros. De tipos relamidos que tiran al pichón en una finca mientras se tratan de tirar a la protagonista a dos puertas del dormitorio de su mujer.  Como telón de fondo, la guerra por el control del Canal de Suez y la invasión soviética de Hungría. Hay espías malotes, periodistas intrépidos y borrachos, guapitos inconsistentes y salidos y cinturas de avispa con culos extraordinarios.

Como no sólo de cultura vive el hombre -sería un tostón de una intensidad imperdonable- recomendaré también una tienda, "&Other Stories", que acaba de abrir en donde antes estuvo Teatriz (C/Hermosilla). Allí encontré unos pantalones de lord satinados en negro y azul petróleo y una camisa definitiva con los hombros al aire que me pondré cuando supere el shock del desnudo en sus terroríficos probadores. (Recomiendo llevarse las prendas sin probar). Para quien no la conozca, es un COS menos arquitectónico, mucho más coqueto y femenino  y destinado a cuerpos de española media (no de sueca gigantona. Aunque yo compro allí con ímpetu de nórdica) A cambio, ofrece menos calidad pero más variedad. Vestidos francesitos, zapatos de arquitectura contundente y muy originales, bolsos y accesorios que te levantan un look anodino y una línea de perfumería que dan ganas de comértela.  Y la seguridad de que no te encontrarás a otras veinte con el mismo Zara de turno. (Es algo más caro, pero ahora hay rebajas del 50%).

Recomiendo, desde luego, salir a ver Madrid con ojos de guiri. Mi pasatiempo preferido. Perderse por el punto de fuga del Viaducto sin ambiciones suicidas. Sentarse en un banco del Jardín Botánico donde fuiste feliz. Desgastar las suelas por Lavapiés -el verdadero pueblo de Madrid- y hacerse la manicura en uno de sus colmados de chinos, tomarte en L´hardy un consomé con unos hojaldres extraídos de esa vitrina prodigiosa y delicada de cristal giratorio. No salir de la zona sin llevarse cualquier postre de El Pozo -la plancha de crema es un must- esa pastelería cuya caja registradora es de hace siglo y medio. Recorrer la explanada del Palacio Real con andares regios y pasar de puntillas por la Almudena, esa birria que espanta hasta a los espíritus más complacientes y meapilas. Subir a una azotea, a cualquier azotea donde pongan vermú y te dejen leer los periódicos sin interrupciones.

Algo de ego, algo de alcohol. Unos zapatos de Manolo para sentirte diosa, en un dispendio postlotería. El programa "Imprescindibles" de la 2. Un rato de silencio cada día. Los panecillos con pipas de la máquina de mi trabajo. Una tarde de spa urbano con un groupon de turno. La Colección Abelló en Cibeles antes de que nos la arranquen para nunca jamás. Panthere de Cartier, ¡ese perfume! O agua fresca de la colonia más tradicional. Callos, pero no zarajos (puaj), por la zona del Rastro. Microteatro por dinero. Una noche de música barroca en el teatro Carlos III de El Escorial. Un cocido completo. Los ensayos de Montaigne (espero que mis queridos Reyes Magos hayan tomado nota. Si no, Pla es otra buena opción).

Ahí os queda eso, todo muy 2014 pero con ambición de eternidad.  Retomo a Pániker, para la despedida.

Días antes de morir y sabiéndose muy enfermo, Ludwig Wittgenstein le comentaba a una amiga: "Resulta curioso, pero aunque sé que me queda poco tiempo, nunca me veo pensando en una vida futura; mi interés se concentra en esta vida".

Igual que el mío.









Algo emparentado con 


me concierne
Algo emparentado con los celos

desapego

domingo, 28 de diciembre de 2014

CÓMO SER MADRE SIN HIJOS

Mi amiga M. cumple 50 en un suspiro y anoche me llamó, poniendo fin a mi día de silencio autoinfligido, para contarme que ya tiene un local donde celebrar su fiesta. Nada extraordinario, desde luego. Pero es que hace dos días cumplió 40, y que yo sepa la máquina del tiempo era un asunto de ficción. Qué bobos los científicos.

M. es la mayor del grupo de la universidad, se demoró dos años porque un incendio le robó casa y destino, y su desgracia nos regaló la mejor compañera imaginable.

Ella, creo que lo sabe,  para mí es una madre. "Una hermana mayor", como me reconviene su marido cuando se lo digo. No tiene hijos pero sí un instinto maternal capaz de llenar dos estadios de fútbol o el vientre de Moby Dick. Cuando mi adolescente era un bebé y yo empecé a trabajar fue M. quien me la cuidó. Le daba pan a escondidas y yo fingía que no me daba cuenta. Hoy, cada vez que viene a casa trae bolsas de chuches y yo finjo que me parece mal. Que si los dientes y las caries. Pero su gesto me conmueve porque es amor tenaz, dulce y desparramado,  y mis hijas la adoran.
M. y sus Amigas

Diré que a mi amiga que casi sopla los 50 la recuerdo siempre salvándome la vida. La primera vez en un dantesco Benicassim-Madrid -segundo de carrera- subidas a un autobús donde vomité hasta el cerebro. Yo olía a agrio y a desesperanza, y ella no se movió de mi lado en ocho horas espesas, pestilentes, que terminaron en un hospital.   Quería desaparecerme, vencida como un despojo sobre su hombro,  y ella me aplicaba una toalla húmeda en la frente. "Ya queda poco, ya queda poco". Su último rescate fue este verano, cuando llamó de motu propio a un desconocido para explicarle quién soy y dónde están mis botones del pánico. No conozco a nadie en el mundo capaz de hacer algo así, venciendo su timidez y el temor a ser malentendida. No consiguió su objetivo, he de decir, pero volví a sentir su mano salvífica en mi frente.

-¿Te impresiona cumplir cincuenta?
-No sé...Un poco. Creo que debo hacerme una lista de cosas que deben cambiar en mi vida.

(Olvidé subrayar que M., como las madres universales, no saca su desaliento a pasear a la primera. Se lo come con patatas y regala optimismo aunque esté rota por dentro. Quienes la conocemos sabemos que algo no va bien cuando habla mucho, deprisa, te interrumpe, o  se queda callada con la mirada lejos)

Ayer fue como siempre, saltamos de la Navidad a los cincuenta. Los hijos, los trabajos, las lecturas, el pulso cotidiano de los días.

-Bueno, te dejo ya, ¡Qué ganas de que llegue la fiesta!.
-Te llamaré antes, con las uvas. Dale un beso a las niñas.

P.D. M., ya termino, es París puestas de Biodramina y mucha nieve en Munich. Un Austria con multa y ópera de Wagner en el gallinero y un topless en Mallorca sin enseñar el pecho. Es la playa de secano y el éxito de pareja. Es 99, la de Maxwell Smart. Es, sobre todo, la guía de un grupo improbable que se hizo fuerte a la sombra de sus ramas. Creo que todas lo sabemos, y lo celebraremos cuando sople sus 50. Esa hoguera incombustible que es su amistad.








sábado, 27 de diciembre de 2014

UNA CERVEZA, UN KILÓMETRO

Delante del libro, cada noche, subrayo con vehemencia las palabras de otro que querría me brotaran espontáneas. Ligeras, pertinentes. He convertido los ratos de soledad en atracos sin violencia ni testigos. El placer del eyeliner de Chanel gris antracita paseando entre "deliberado" y "fugitivo". Con esa mina blanda, destelleante, dócil. Un lujo que derramo sin usura. Para revolcarme entre términos nada ostentosos, por cierto. No envidio la grandilocuencia, sino la oportunidad. Esa punzada tan reconocible del acierto al escoger un adjetivo y no otro.

"Como tú te ves a ti mismo, así te verán los otros. Te pisarán si tienes cara de recibir pisotones. Te perseguirán si pareces un fugitivo". Leo.

Decido pasar en dieta de silencio mi primera mañana de vacaciones. Como una forma de vaciar el contenedor de frases espontáneas que llené ayer, ansiosa, en el fragor de un encuentro con amigos en el bar más feo del planeta barrio donde una camarera disfrazada de "soy parte del grupo" nos sirve tapas generosas en el rincón de siempre.

-¿Por qué está tan mal visto calificar a alguien de "subnormal"? Yo estoy sordo y digo que soy sordo.
-Pues yo oigo fenomenal, pero me he visto hoy con luz de probador y por cada cerveza que tome juro que correré un kilómetro.

(Para los interesados, según termine de escribir tendré que correr cinco o seis kilómetros. Concentrada y sufrida en cada paso, mis NIKE a punto de reventar por sus costuras. Tanto esfuerzo. Me da pena deshacerme de ellas porque me recuerdan que un día conseguí sobreponerme a la inercia de la comodidad, a mi naturaleza velocista, atolondrada. Y porque han sido testigos de curvas y cunetas. Agravios y victorias. Baños de mar intempestivos, el calambre de las olas del norte donde siempre me siento esperada y a salvo (pese a que es un mar que brama, que muerde y que castiga a los incautos)

No me desharé de esas zapatillas porque tengo querencia a lo que envejece bien y me acepta tal cual soy. Las hormas sometidas. Los jerseys desgastados sin tejidos acrílicos. Los chaquetones amplios y los pijamas masculinos de algodón.  Los platos desportillados para el caldo caliente que resucita a un muerto. Las amigas del cole. Sus maridos de siempre. Las novias y novios de repente. La frugal confianza de compartir boutades, o confesiones íntimas,  sin que te pongan una cruz en la casilla de la inoportunidad. La alegría.

-Y yo que pensaba que me escuchabas en nuestros ratos de playa, ¡resulta que no oyes del derecho!
-Pero nada de nada...

No tiraré las viejas Nike, pero sí las palabras que me arañan. Los emails de cadáver que el servicio marino no rescató jamás. El manto de Penélope. El vestido que guardo para un cuerpo que sólo tuve en sueños. Los libros de recetas que no hago. Los teléfonos a los que ya no llamo ni me llaman. Un mapa de carreteras que no sé interpretar.  Los pintalabios tibios, rosados o naranjas. Me quedo con los rojos.

En 2015, Impar y roja. No va más.

Así, haciendo limpieza, me doy cuenta de que despido el año. Como todos, hay que hacer hueco al que vendrá. Al botín de las palabras robadas cada noche. "Penumbra". "Antibiótico". "Retrovisor". "Reverso". Esperanza y alivio. Optimismo militante. Sueño reparador. Arquitectura efímera.











jueves, 25 de diciembre de 2014

LA NOCHE DE LOS SOLOS

Madrid, anoche
El taxista que nos trajo anoche de vuelta a casa confesó que estaba trabajando porque no tenía a nadie con quien cenar. Una Nochebuena solo o la atropellada charla con desconocidos a la grupa de su taxi era el dilema. Susto a muerte. Tras nosotros la policía perseguía a un coche estilo Hollywood y Madrid se atragantaba de pavo y de soberbia incendiada de neones navideños.

-Cada año se me pasa más rápido el tiempo entre una navidad y otra. Es como si fuera el Día de la Marmota, le dije a mi padre. Un hombre solo.
-Pues espere usted a cumplir los sesenta... respondió el taxista solitario.

A mí los solos me producen una mezcla de respeto y curiosidad. Hay que ser un héroe para elegir el silencio y la furia con patatas. Ante un hombre o una mujer sola el resto se incomoda. Se pregunta por qué. Se le pone bajo un microscopio para analizar cada molécula. Se le pide una explicación. (Eso que yo me pregunto ante un buen número de parejas. Hay quien elige ahorcarse en compañía para rellenar el guiso de sus rutinas tristes. Pero la soledad -se sobreentiende-suele tener más de condena inevitable que de decisión premeditada).

El taxista de sesenta hubiera querido, tal vez, cenar con su mujer, con una mujer, cualquier mujer, y comentar el discurso del Rey Felipe VI y beber tres copas de más y ponerse entre pesado y cariñoso. 

Ayer mi querida amiga C, que lo es del colegio y desde los 4 años, pero vive fuera, me hizo la gran pregunta del microscopio una vez analizados los asuntos generales de demasiado tiempo sin contarnos.

-Bueno, ¿y en lo sentimental, qué?

Le conté, noté que me explicaba. Argumenté a babor y estribor.  Puse ejemplos concretos. Reproduje escenarios, fragmentos de palabras. Los pinté de colores. Me abrí en canal. Creo que no hubiera sido tan prolija de haber estado cómodamente casada con un señor muy gris y muy amable al que le pides que vaya abriendo la botella de vino mientras tú sofríes la cebolla del besugo.

Un solo siempre tiene que explicar por qué está solo. No sea que piensen que es un excéntrico, un maniático, un exigente enfermizo, un ansioso del vacío, un espíritu ácrata, un gen del yo en estado puro. Un gay camuflado. Un incendiario. Un raro de cojones.

-Tú eres una radical. Dijo mi amiga.
-Yo no sé dejar de mirar cuando ya he visto, me ¿defendí?

Un solo te interpela. Te plantea la honestidad de tu compañía, si la tienes. Te lo imaginas un diógenes del silencio. Un inadaptado. Un delincuente con cadáveres descuartizados en los armarios. Envidias, en secreto, su torre de marfil. Pero sólo un ratito. Deseas con toda tu alma que encuentre pronto a alguien. Poder jugar al tenis en pareja. Que te confiese que sí, que a veces el oxígeno se agota y se instala un silencio incómodo que se rellena con la lista de la compra o las comidas de domingo en casa de tu suegra. De una suegra cualquiera. Pero él me quiere, verás, y yo le quiero. Y no podría imaginar mi vida sin que me estuviera esperando con el mando de la tele cada noche.

Y tú le dirás entonces que lo entiendes. Y cogerás un taxi (de lobo solitario, por azar) y pensarás que hay héroes muy solos y muy acompañados. Que hay un tiempo de barbecho necesario para todo corazón que ha cabalgado las llamas de un volcán en compañía. Que un solo también es un cobarde en ocasiones. Un pan sin sal. Un indeciso. Pero que sofreír cebolla y abrir una botella no es tanta misión, si lo analizas. Y conducir la calle de Alcalá, anoche, tan despoblada y bella, con dos desconocidos satisfechos, no fue tan mal plan, después de todo.
















miércoles, 24 de diciembre de 2014

UN ÁNGEL Y UN VECINO DIABÓLICO

Mi ángel de Belén
-No es el porvenir, no cabe, y sin embargo, hubo un uso cotidiano en el que el pensamiento se acogía al futuro como reserva de los mejores deseos. Luis Mateo Díez. La soledad de los perdidos.

He colgado hoy el ángel del árbol de Navidad por no colgar a mi vecino del séptimo y a sus dos angelitos diabólicos. La figurita es de algodón, pero no del comestible. El pobre parece más un ser inofensivo que dotado de superpoderes, y vive ajeno a su protagonismo estelar entre fruslerías de madera con vivos colores.

Su excepcionalidad radica en que me lo ha regalado C. y viene del mismo Belén. Esa ciudad donde el buey y la mula vigilan bombardeos  más que niños. Me parece milagroso seguir creyendo en dios, en cualquier dios, cuando uno desayuna en pie de guerra y no cabe el porvenir ni leyendo a Luis Mateo Díez.

Yo creo en mi ángel de algodón porque ha viajado mucho y a mí los kilómetros  me producen un respeto. También porque mi cita a ciegas de ayer me pareció un encuentro luminoso, la providencia de los que no creen en que  los años te vacunen contra el júbilo del hallazgo de una amistad probable. Por creer,  creo que me voy a tomar el cruasán que me ha subido mi padre aunque mi estómago es un establecimiento que tarda cada vez más en abrir sus puertas cada mañana. Y aunque el vecino de arriba decidiera cambiar todos los muebles de sitio anoche a las 2 A.M, fastidiándome el sueño.

Porque el vecino de arriba es siempre el tapado de satán. Y en mi caso tiene dos hijos como potros salvajes que galopan por la casa como si el pasillo fuera un hipódromo de ejemplares puestos de cocaína:

Toc toc. Llamo, ataviada de eso tan inconfesable llamado "ropa de estar por casa". Pasan unos segundos. Alguien me escruta desde la mirilla. Debo tener mala pinta, desposeída de mis Louboutin. Al fin abre, desconfiado y en "ropa cómoda de vecino" (pantalón  suelto, sudadera atávica, pantuflas de abuelete)

-Buenas noches, verá, es que alguien está jugando a las carreras sobre mi cabeza, y suena muy alto.
-Ya, mira, es que tengo hijos pequeños y hace unos días estrenaron zapatillas de estar por casa.
-Entiendo, pero algo podrían hacer o le juro que además de ángel tengo a Herodes, y los siglos no le han atemperado el carácer.
-Sí, bueno...¡¡¡Mercedessss!!!.

Sale Mercedes, en chándal de lycra. Mercedes es siempre el comodín del público (del marido) y suele llevar un trapo de cocina entre las manos y las ojeras del temeroso. Me mira raro. Me atuso el pelo por si así me hago respetar. Dice que no puede devolver las zapatillas de Zipi y Zape a estas alturas. Que los niños son niños y juegan (ahí están, vestidos de andar por casa y con mirada insolente a sus tres años) Iniciamos una negociación a la altura del típico caso de máster del Instituto de Empresa.  Los fines de semana usarán las zapatillas viejas, dado que la loca del sexto (yo) es de oído fino. Y entre semana seguirán con las de claqué, puesto que se acuestan pronto y hay menos margen para dar por saco. Sonrío y mi estilismo doméstico y yo volvemos a casa, saboreando la semivictoria (win, win).

Olvidé decir que me he presentado como la del sexto, sí, pero también como presidenta de la comunidad. Lo que me dota de un empaque y una autoridad sin parangón.

Imbuida de espíritu navideño, me trago el cruasán sin rechistar, bajo la mirada vigilante de mi padre, que corre a fumar a hurtadillas en la terraza. Hoy es Nochebuena y nada ni nadie alterará mis pulsaciones y mi ansia de paz universal. Decido que mi ángel se llamará Porvenir y le beso en la cabecita. Apuro mi tercer café. Es Nochebuena, no hay misiles en el cielo. Nada malo nos puede suceder.





lunes, 22 de diciembre de 2014

O ALVIN LANGDON COBURN, O GAMBAS

Alvin Langdon Coburn Fundación Mapfre
Ayer saqué a pasear a mi padre y a mi ado con una propuesta radical: vamos a la Fundación Mapfre a ver una expo de fotos y luego aperitivo (con refresco). Mi padre, que es más de jabalíes por el monte más vinacha en el bar del pueblo pirenaico donde vive su exilio voluntario, dijo que sí sin rechistar y mi ado, viéndose en minoría, se encogió de hombros y corrió a plancharse el pelo.

Minichuki, que siempre tiene un as en la manga para zafarse de los marrones, corrió al móvil y buscó en su agenda un plan alternativo de emergencia.

Llamada 1: "Abuela, ¿qué vas a hacer hoy?" (zalamera).
Llamada 2: "W, ¿te bajas a jugar al fútbol"(provocadora).
Llamada 3: "Papi, ¿nos vamos a patinar y luego un partido? (imbatible).

Naturalmente, lo logró a la tercera y, triunfante, nos despidió subida en mis patines y mirando a su hermana con cara de "eres una pringada sin recursos".

La Mapfre tiene una cara B  menos glamourosa que el palacete de la Castellana donde a veces te cruzas con la infanta Elena, que al parecer trabaja allí. Es la sede de Bárbara de Braganza, a pocos metros, y en su interior también pasan cosas interesantes, aunque la entrada parece de ministerio gris. Ayer la comitiva familiar nos las vimos con Alvin Langdon Coburn, en adelante un imprescindible en mi confusa y enclenque cultura fotográfica.

El tipo cogió su primera cámara de fotos a los ocho años, y la soltó prematuramente, cuentan, tras las penurias de una guerra que lo dejó condenado a buscar la paz de espíritu al norte de Gales. Había nacido en Boston en 1882, y sus obras son cuadros pasados por esa poesía taciturna que otorga la niebla. Puentes neoyorkinos donde el reflejo sobre el agua es un canto a la muerte. Calles de Londres que nunca pisé tan sombrías y seductoras. Cataratas heladas y ese velo de sabiduría compasiva de quien lleva mirando la vida mucho tiempo detrás de un agujerito mínimo para transformarla sin prostituirla.

Yo miraba de reojo a mi padre, que iba de foto en foto a toda velocidad (también lee febrilmente y te preguntas si en realidad se entera o sólo pasa las hojas para apurar el final). Mi ado a ratos se ajuntaba con el abuelo y a ratos conmigo, y diría que le seducía el espectáculo en blanco y negro.
Cervecería Sta Bárbala. Gambolandia

Entonces mi padre le susurró (y un susurro de mi padre en casi un grito): "Todo esto está muy bien, tu madre es cultural, pero donde estén unas gambas con su caña que se quite tanta foto". Mi ado se tronchaba de risa y entendí que había perdido la partida. El resto de las fotos las recorrí como alma que lleva el diablo. Mi gran último amor Coburn tendría que esperar a ser consumado. 

Salimos, jubilosos, rumbo a Santa Bárbara. Esa cervecería de Alonso Martínez donde íbamos a veces de pequeños y yo me asustaba cuando, al pisar el  suelo, crujía un cementerio  de cabezas de gamba agónicas y cáscaras rechupeteadas. Madrid entonces era mucho más salvaje y en los bares había escupideras, como le expliqué a mi hija.

-Puaj, qué asco, dijo la ado cuando le relatamos cómo habíamos sobrevivido a tanta mugre urbana. Pero la niña no perdía comba y le daba duro al plato de gambas, que nos ventilamos en un suspiro.
-Abu, ¿y si pedimos unas bravas?
-Este no es sitio de bravas, brujillas, cada bar tiene su especialidad.

Todo muy mono
Yo a esas sentencias de mi padre sólo puedo decir amén.  Pero como me debía una por la precipitada salida de la expo, los llevé en volandas a un pop up store en el palacio de Santa Bárbara (¿y eso qué es, una tienda, un bar?", preguntaba el hombre) lleno de cosas absurdamente caras, que recorrimos a la velocidad del absurdo mientras mi hija murmuraba. "No me gusta ir a sitios donde no puedo comprarme nada". 

Terminado el plan cultura+gambas+tontería la emprendimos con unos pasteles y regresamos a casa muy satisfechos del recorrido madrileño. Yo hoy sueño con volver a los brazos de Coburn, aunque creo que mi padre tiene toda la razón. Donde estén unas gambas con su caña bien tirada, que se quiten los planes bajo techo. Pero si puede ser todo junto, y encima hace sol, se llama carambola.

PD. Ahora que caigo, este post se tenía que haber titulado "EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LAS CABEZAS DE LAS GAMBAS". 



domingo, 21 de diciembre de 2014

HOY ME HE LEVANTADO JULIE ANDREWS

1. Una familia es una unidad solidaria de destino que a veces camina separada. Ayer en la fiesta de mi hija éramos una familia. De padres divorciados, pero familia. Convendría revisar las etiquetas del cariño. (O esas familias de padres juntos que son pura institución, un formalismo, un documento frágil que sale los domingos a la calle y se dispersa con la vista)

2.Mi padre se ha instalado en casa y me lo hace saber. Va dejando periódicos, libros con la esquina de las páginas doblada y colillas aplastadas que fuma a hurtadillas y tira al cubo de la basura. Yo recojo sin protestar. Su paso siempre es efímero y ruidoso (habla muy alto porque oye regular), y recuperar el orden y el silencio a su marcha me encoge un poco la garganta.

3.Hojeo y ojeo el libro "Cosas no aburridas para ser la mar de feliz" (Lunwerg) , que le regalaron ayer A. y M. a mi adolescente. Valiente no significa que no tengas miedo. El amor es como una copa de vino acompañada de un buen queso. Equivocarte es lo más grande que te puede pasar. Atrévete a perderte, son algunos consejos (el último es prácticamente mi modus operandi vital).  No están nada mal. A ella le encantan. Creo que es un libro muy adecuado para regalar a niños y adolescentes, y no esas bobadas de amor y autosuicidio con candados y violines desafinados tan de moda.

4.Hay días en que uno siente un estertor de plenitud. De satistacción militante. Un sarpullido de alegría y un brazo invisible sobre los hombros. Ayer fue uno de esos días. Algunos lo llaman felicidad pero es cursi. Yo lo llamo un día Lou Reed, que suena más alternativo, y me lo pongo a tope porque lo mola todo.

5.Mi ado ayer, abriendo regalos, nos recriminaba a su padre y a mí, abriendo mucho los ojos: "Pero si ya me regalasteis el ordenador...". Luego se recreaba leyendo en voz alta las cartas con dibujos que le habían hecho sus primos pequeños. Me pareció que no hcicimos tan mal, después de todo. Me sentí muy orgullosa de una hija que aprecia lo que importa y es consciente del esfuerzo ajeno.

P.D. Lamento el tono Sonrisas y Lágrimas de este post, pero voy a aplicarme el libro de mi hija sin ediciones insidiosas.


sábado, 20 de diciembre de 2014

AQUÍ HAY FUEGO PARA TODOS (LA BOMBERÍA CAMPOFRÍO)

Sucede cuando menos te lo esperas... (Anuncio Campofrío, Navidad 2014)

Nunca creo que cuando menos me lo espere me vaya a aplastar una desgracia ni tampoco a tocar la Lotería. Debe ser porque un 22 de diciembre nació mi adolescente, y con eso me doy por premiada/aplastada (no fue la mejor noche de mi vida, me sentí un despojo vacuno, con sangre, cortes y magulladuras). No confío en el azar, en la baraka, en los golpes de fortuna ni en los posos del café.  Sí en las intuiciones poderosas, pero no en las que barruntan la tragedia.

Ayer casi no llego al trabajo porque un desesperado se estampó contra la sede del PP con una bomba de Mortadelo y Filemón. Enseguida las noticias lo tacharon de "trastornado". Había tenido una depresión años atrás, eso parecía explicarlo todo.

Yo no conozco a ningún depresivo que le dé por alunizar contra una pared sin joyas (salvo que consideremos una joya a Cospedal). Ni con ellas. La depresión, que yo sepa, te bloquea, te quita las ganas de salir de la cama. De urdir cualquier tipo de plan que no sea desaparecerse.

(8.30 a.m. Íbamos tres compañeras en el coche, la Castellana colapsada, y por fin un policía ante la cinta que nos cortaba el paso. "Poned cara de rubias", animé. Y P., al volante, se vino arriba y levantándose la falta dejó entrever sus medias negras con ligas. Espectaculares muslos.  El poli, impertérrito: "sigan por el carrril central". "¡¡¡Pero si trabajamos justo ahí!!!" (yo misma, sobreactuada y sin escote que mostrar). "Eso ya me lo han dicho otros cien. Sigan de frente". Sí, la pasma no es sensible al sexappeal de tres pibones en apuros. Margaritas a los cerdos).

Pero sigo.

Un hombre de Teruel. 37 años. Dice que le hubiera dado igual empotrarse contra la sede del PSOE o de cualquier otro grupo político. Quería un incendio. Un Bombería sólo para él. Un puñetazo en la mesa y luego dios dirá.

(Igual que no creo en la Lotería, ni en el alunizaje, tampoco soy depresiva. Y estos rasgos deberían ser pertinentes a la hora de hacer las presentaciones en sociedad.

"Me llamo V. A veces me pesa la pena por un rato, pero no me deprimo. No compro más Lotería que la imprescindible para que no me pase lo  del pobre hombre del anuncio pero sin dueño del bar generoso y compasivo. Nunca he tenido tentaciones de empotrarme contra un muro que no sea el de mi fortaleza. Tengo suerte, mucha suerte, porque mi trabajo no se ha quemado, como Campofrío. Y encima me lo paso bomba allí, con compañeros mucho más ocurrentes que Chus Lampreave, que Santiago Segura, que Fofito y hasta que Gila.

"Y nos tuvo que pasar. Parecía que ibamos a salir del año ilesos..." dice el anuncio. Pues no he salido ilesa del año, pero el parte de cicatrices no da para un anuncio. Qué fortuna.

Mis compañeras ayer me invitaron a salir del coche y siguieron a la deriva. Hoy, temprano, me contaban el desenlace por wasap: "Ayer finalmente se nos subió al coche Brad Pitt. Vamos, lo típico, por eso no te dijimos nada".

Sucede cuando menos te lo esperas.











viernes, 19 de diciembre de 2014

MIS PROPÓSITOS 2015

"El miedo me ha despertado en el interior de la conciencia de otro; el miedo y la intoxicación de las lecturas y la búsqueda".

He decidido que "Como la sombra que se va" será mi última lectura del año, y espero ser intoxicada hasta el tuétano. Moriré a 2014 acompañada de la destreza implacable de palabra y sentimiento de Muñoz Molina, ya que no he cumplido uno de esos propósitos que soñé cuando 2013 agonizaba: volver a Lisboa.

Sin querer, todos los diciembres se cuela en nuestras mentes un afán finiquitorio. Hay que dejar la casa limpia para comenzar 2015. Un año que me cae simpático porque lo intuyo lleno de aventura y de recogimiento. Porque tendré una hija mayor de edad oficialmente que podrá conducir y sacarme de las rotondas en las que me pierdo tontamente. Porque batiré mi marca de despertares ansiosos de escritura. Porque escucharé la voz de los piratas. Porque intentaré desalojar el corazón de expectativas vanas. Porque viajaré sin luto y sin prisas, tan ligera, diré que sí a invitaciones que hoy rechazo y diré que no a la melancolía, esa extranjera incauta y sin papeles.

"Me escondía de cada vida en la otra. Entre mis actos verdaderos y mis deseos o mis sueños rara vez había una conexión. (...) Si una mujer me gustaba la veía detrás de la gasa luminosa del cine. El deseo no me empujaba a la audacia sino a la parálisis".

La novela, que abro nervisamente, con ansia de entregarme,  me invita a tener fiebre para quedarme en casa. Chupar tiza, tal vez, eso que hacíamos de pequeños para eludir las clases. La manta y el sofá, la luz que atraviesa las cortinas de lino blanco, tan ligeras, que huelen a suavizante recién puesto. Y pasarme las horas, y pasar página al libro y a mí misma. Perdonar los tropiezos, abanicar las ganas. Preparar el cuarto porque hoy vuelve mi padre y será fiesta.

Escribir la lista de propósitos 2015: Lisboa, tal vez sola o con las chukis. Roma y una tercera ciudad desconocida. Una visita guiada al gozo de saltar. Limpiar más a menudo mis zapatos. Bajarme un poco más de los tacones. Ordenar las capturas de sol de tantos días, con el móvil. Volver a dirigirme la palabra. Seguir disfrutando de tantas tonterías. Recuperar al fisio. Arreglar la bicicleta. Renovar la confianza en las promesas de las cremas aunque no me las crea. Salir a bailar muy desatada. Leer más de 10 páginas antes de que el sueño me haga suya. Comprarme una zapatillas de casa bien mullidas. Ponerle algo, un no sé qué, a esa bombilla tan desnuda. Decir que sí aunque piense que no será, dar una chance al diablillo del destino...

Leer a hombres sensibles que saben poner letras al pensamiento. Magistrales.

"Yo no había probado el bourbon igual que no había estado en Lisboa ni casi en ningún otro sitio".




jueves, 18 de diciembre de 2014

COMO MITO ESTOY MUERTA

Ayer en la clásica copa navideña de confraternización alguien de otro departamento se extrañó cuando le confesé que hasta los 44 años no había conseguido beber cerveza y que el segundo gin tonic se queda siempre abandonado en la barra, triste como una plañidera sin cadáver. Y medio lleno.

-"Pues no te pega nada, guapa" (con gesto de decepción).

Me dejó bastante inquieta. Me sorprendí argumentando que fui una niña de las monjas y que fracasé estrepitosamente en la asignatura "noches canallas" (por no hablar de la de "seducción fatal"). Para ella, vi enseguida, yo había sido hasta ese instante un prócer de la juerga desatada. Un ejemplar de mujer afterhours que apura los vasos como la vida. Un personaje de ficción que nunca se haría carne como Pinocho. Un bluff.

Entendí que era un efecto parecido a cuando conoces a un actor que te gusta y es bajito, antipático o huele mal. Se te desmonta el mito. Y deseas febrilmente no haberte cruzado con él para seguir soñando. Por eso no me interesa nada conocer a mis hombres fabulados. Prefiero seguir alicatándolos de virtudes extraordinarias. Eduard (Norton), Harvey (Keytel), Colin (Firth) o Kevin (Spacey) son un compendio licuado de sus personajes, y jamás querría contaminarlos con eso tan mundano y anodino que es la real life.

Porque en real life debo ser una mortis.

Colin no te quiero conocer
Así que ayer caí como la Bolsa norteamericana aquel funesto crack del 29 en la categoría mitos. "Vaya mierda de escritora maldita que no pasa de la cerveza", debió propagar mi colega. Y entendí que mi reputación está en peligro. Porque de ahí a decir "seguro que compra sólo en grandes almacenes y lleva pijama de franela"o  "lo más excitante que ha debido pasarle últimamente ha sido poner el portal de Belén en su salón", hay un paso.

Recordé eso de que uno es trino. Su verdadero yo, el yo que percibe y el que ven los demás. En mi caso este último debe ser mucho más heroíco que el primero, a tenor del gesto contrariado que compuso esa mujer, que, tras ponerme un cero en categoría alcohol,  procedió a ponerme a prueba en el apartado "hombres".

-F. era un cañón. Cuando venía a nuestra oficina se nos caían las bragas. (Ella)
-¿En serio? A mí me daba la risa con esa actitud de "estoy bueno y tú lo sabes" (yo)
-Venga, hombre, no me digas que no te subió el listón.
-Pues no, jamía, me daba la risa y además era un hortera. Lo bauticé "el Macuala" (de ma quale idea, la canción de Pino D´Angio)

A ella mi confesión no le hizo ninguna gracia. Apuró su gin tonic y se despidió, imagino que para buscar una confidente con más empaque y sex appeal, alquien que le diera más juego que yo. Pensé que debo hacer algo de inmediato. Convertirme en un mito como Salinger (ya, ya, pero sin grandes ambiciones no hay paraíso). Encerrarme en mi torre de cristal con una Mahou y dar alas al personaje. Militar la misantropía. Fingir que hay un hombre cada noche en mi cama, y no una pila de libros que un día me aplastarán la cabeza o una niña que me forra a patadas las pocas noches que aún solicita cobijo materno.

Pero tras este outing necesario y doloroso debo aclarar, querida colega, un solo punto:  Odio los belenes navideños y no he logrado comprender por qué a un matrimonio soso con hijo, mula y buey se le llama "el misterio". Como tampoco que un Macuala pasado de perfume haga que se le caigan las bragas a unas señoras hechas y derechas. Por muchos gin tonics que se metan al cuerpo.







miércoles, 17 de diciembre de 2014

PARA LIGAR NO ES MEETIC, SINO FOROCOCHES

1. "No necesito ser el primer hombre de tu vida, sólo el último". Apunto el diálogo entre una mujer con pasado y un hombre enamorado con abundante determinación. Ella es Helen Hunt. Una diosa sin avaricia de alfombra roja. Aguda, imperfecta y no sometida a la tentación del hialurónico. Él ni me acuerdo quién era, pero le hubiera dicho que sí.

2.¿Un coetáneo es un señor? les pregunto a mis amigas. No lo tengo claro, pero los nuestros no encajan con "chico", ni con "tío". Hay una edad fronteriza que no atiende a etiquetas. Un limbo de madurez donde uno se resiste a cambiar el vocabulario por uno nuevo que pesa demasiado. Un "tipo" podría ser de cualquier década, de otra vida. Pero si él señor, tú señora. Palabras mayores.

George Clooney en "Urgencias"
3.En la parada del autobús un coetáneo alto, canoso  bajo la lluvia, habla por teléfono con la paciencia a dos milímetros de desbocarse: "Es que no necesito nada, te lo he repetido varias veces.  Por favor, no me compres nada por Navidad". Imagino que es a ella. Siento lástima y deseos de decirle: "Los regalos que uno no necesita se llaman sorpresas y molan". El coetáneo no me lee el pensamiento, y a cambio le dice a esa mujer, cálido pero firme: "Tengo que cortar, que viene el autobús y llueve tanto. No me compres nada, por favor". La imagino desolada bajo la lluvia.

4.La canción favorita de los cirujanos para operar, contaron en el Telediario, es "Staying alive" de los Bee Gees. Me parece muy ad hoc, pero altamente peligrosa. Cuando la escucho se me dispara la pelvis. Me pasa también con Gloria Gaynor y con "Sin documentos" de Los Rodríguez. ¿Más de un hígado y un pulmón se habrán visto en peligro de caída en un quirófano?

5.Noticia de última hora: Los mejores perfiles para ligar no están en Meetic, sino en Forocoches. Ayer comí con varios compañeros, casi todos gays, y tuvimos una  conversación reveladora. "Son heteros, de entre 35 y 50 años y hablan de todo, desde sus Audis hasta cómo han arreglado un lavavajillas, y a veces de tetas y culos, claro", aportó P. con laconismo sabio. La curiosidad me mata y entro a mirar: "Tutorial para aprender a hacer drift" (¿y eso qué es, una postura?), "cuánto esperarías entre una ruptura y volver a tener pareja" (a veces la eternidad, como Drácula con Mina), o "la verdad sobre el precio de la gasolina. Reflexión nocturna" (disuasorio, si eso es lo que te hace reflexionar, guapo).

6.Los exorcismos están de moda. Misma comida, mismos compañeros. Afirmo que no creo en el diablo mientras devoro una extraña ensalada con tacos de atún disfrazados de foie,  pero que una vez leí un reportaje escrito por un periodista testigo de un proceso y me inquieté bastante. "O sea, que no te lo crees, pero te cagas", resumió C., que es muy cheli y muy rápida en sus conclusiones.  "O sea, que si te veo un día retorciéndote por el suelo mientras balbuceas en una lengua muerta, creeré de golpe suponiendo que no me dé un infarto in situ", respondí esquinando el último taquito de atún/foie con cara de sospecha.




martes, 16 de diciembre de 2014

COMO MUJER EN BARBERÍA

Pocos espectáculos son tan sexys como el del  hombre mientras se afeita a navaja. Ese ritual concentrado a mitad de camino entre la caricia y el degüello. El filo abriéndose paso, trabajoso, entre un océano de espuma densa y aromática. La posibilidad de un corte, una flor roja bermellón. Ayer lo pensaba en una barbería modernícola en la plaza del 2 de mayo llamada Malayerba, donde hubiera dado mi vida por sentarme en esas butacas tan añejas y dejarme estar entre las manos expertas de mi Fígaro mientras me extendía la crema por la cara y sonaba, triunfante, ese Rossini.

A mi U. todo el bel canto que termine en "ini" le da una pereza que le mata, pero yo en asuntos operísticos soy facilona y mobile como la donna. Y me dejo hacer.  La música tiene un efecto manicura. Te pones en las manos de dios, que a veces es un chino de tu barrio, y esperas con paciencia a que extienda la laca roja intensa por tus uñas -"muy cortas, señorita, ¿por qué no se las deja crecer?"-  "Porque me dan miedo, son feroces", le diría- sabiendo que no podrías hacer otra cosa, ni siquiera responder al teléfono que centellea en el interior del bolso.

Los rituales son imprescindibles. Tiempos muertos. Resumen el trasvase entre tú y el universo, sin faenas ni propósitos, sin ruido. Dejarse hacer para una soberbia hiperactiva es un ejercicio de paciencia, como un rosario extramuros de la iglesia. Más de una vez salí con las uñas húmedas y me las destrocé al abrir la cremallera del monedero, impaciente por algún apremio banal e innecesario. Ayer, en la barbería, soñaba con inclinar mansamente mi cabeza, ajustado el babero capa de rayas, y entregarme como Sansón a Dalila, a riesgo de perderla, y sentir el filo helado paseando por mi cuello, por mis pómulos, por encima de mis labios. Con ese olor a cítricos del bálsamo y la hipnótica luz mortecina en el espejo.
Barcería Malayerba

(Las mujeres no vamos a que nos afeiten, sino a que nos arranquen los pelos o nos los achicharren. El rasurado no es ritual, sino tortura)

El pelo masculino es un orgullo recidivo y dominado por un arma. El femenino una vergüenza que nos ruboriza. Más de una y más de dos han dicho no a una propuesta de amor súbito y encendido por no estar a punto bajo los pantalones. La dictadura de la intimidad sólo nos aplasta a nosotras. Y algunas piden a sus compañeros, sin duda en justa venganza, que se depilen enteros y entreguen desnudos, pelados como gambas, todas sus municiones.

No puedo con los tipos depilados, y sé que me repito. El vello es la fuerza en brote, domesticada al amanecer por una brocha que extiende y perpetúa el mismo parte bajas, repetido. Más de una vez, en el pasado,  he observado a hurtadillas al hombre que amaba frente al espejo, concentrado, la lata de jabón inglés lista y abierta, el vaho ya moribundo de la ducha en el espejo, y esa precisión que invade apenas los lóbulos de las orejas, terciopelo, el pliegue taciturno de la barbilla. Tan refinado gesto, tan atento y a la vez tan repetido, tan aparentemente fácil y sublime.

Ayer en Malayerba -"cortes y afeitados finos", reza el cartel de la entrada- quise por una vez ser hombre y rasurarme. Hablé con el barbero, con patillas de asaltador de caminos. Me deslicé por los estantes llenos de champús y bálsamos, mentol y cuero viejo. Pensé que a un hombre bueno yo quisiera regalarle un afeitado, veinte minutos al borde de la muerte, acunado por las voces de Rosina y Almaviva. Un éxtasis sin pompa ni responso. Y la toalla blanca, inmaculada, rematando la faena justo antes de extender un aceite balsámico que olíera a bergamota y a pasado. A esos tiempos de pelo salvaje y polvo de caminos en un territorio donde las mujeres siempre estuvimos vetadas, siempre escudriñando tras la puerta.

Una barbería es un templo unisex. Ahora lo sé. Un altar de sacrificio vetado a nuestros ojos que ayer me abrió sus puertas, sus secretos. Y fue una jubilosa, excitante y juguetona transgresión.






lunes, 15 de diciembre de 2014

SERÉ TÚ POR UN DÍA

La directora del Museo Lázaro Galdiano nos contó el otro día al grupo de lideresas que, para crear músculo grupal en un equipo desmotivado y en conflicto,  había organizado unas "jornadas de trabajo cruzado". Sé otro por un día, era el claim. Y ella fue vigilante de sala durante una mañana interminable en la que se las vio con los niños cercando el increíble cuadro de San Juan Bautista meditando en el desierto de El Bosco, o con las parejas que competían por acercarse peligrosamente a doña Gertrudis Gómez de Avellaneda.  Un Madrazo que, como diría si me cambiara por un día con mi querida R, "se te va la olla".

El Lázaro Galdiano es ese museo que casi nadie ha visitado pero a todos nos suena de algo. Sin embargo, en su elegante austeridad arquitectónica alberga una treintena de grandes maestros que te garantizan el estremecimiento mientras paseas el palacete donde vivieron Galdiano y su familia, profusamente decorado por un hombre que entendió el arte como una misión y legó al estado español su patrimonio más una sustanciosa cantidad para conservarlo en buenas condiciones.

Pero la institución enfermó de decadencia, falta de buenos propósitos y ausencia de una gestión moderna y con bríos. Situado en la calle Serrano próxima al Viso, un lugar donde nadie pasea porque carece de tiendas y de otras pinacotecas cercanas, parecía más la Casa de Amityville que un refugio de Goya, de Granach, El Greco, Velázquez o Sánchez Coello, entre muchos otros viejos y honorables amigos.

Entonces llegó Elena, enérgica funcionaria del ministerio de Cultura, y puso manos a la obra. Planes anuales, remodelación de puestos y objetivos, listado de necesidades básicas elaborado por cada miembro del equipo, estrategias de marketing gratis total porque había mucho más entusiasmo que presupuesto -el video de presentación del museo fue un trueque con una productora a la que se permitió utilizar los jardines como localización para un anuncio-..Y así.
El Aquelarre de Goya

Te cambio tu vida por la mía. Sé yo por un día. Y la directora como vigilante de sala, esas estatuas que nos acompañan como sombras chinescas cuando planeamos entre lienzos que cuentan fascinantes historias, tuvo que aprender procedimientos. Por ejemplo: en caso de incendio, ¿qué Goya te llevarías? Y entendió que en un equipo todos valen porque todos imprimen algo que el resto no es capaz de hacer. Y la unión hace la fuerza. Con todas sus imperfecciones, sus rémoras, sus malos rollos y sus ganas de escaqueo para ir al bar.

Luego hablando con una amiga llegamos a la conclusión de que casi nadie quiere intercambiar su vida con otro, por muy miserable que sea la propia. Ser tú te garantiza lo malo conocido, la guarida de los lobos. Sabes a qué atenerte. Disfrutar de los instantes preciosos donde la calma se instala y saca el mantel del picnic y sobreponerte a los baches de la carretera porque has aprendido a sortearlos o a meterte una pastilla al cuerpo para el miedo, que es el vértigo a enfrentarte con tu yo más vulnerable.

Lideresas de visita
Si fuera por un día algunos de mis amigos o conocidos más queridos me habría dado la otra noche un ataque de ansiedad. "Me muero, sentí que me moría". Habría aplaudido a lo bestia los diez goles del equipo de mi hijo y sentido compasión por el rival. Habría entregado mi domingo por la mañana a acompañar niños enfermos de cáncer porque yo he tenido cáncer y a pesar de que la visita me deja deslomada y temerosa. Habría leído todos los periódicos, con sus puntos y sus comas, para sentir que al menos controlo lo de fuera. Habría salido a andar, frenética, con mi hermana, para espantar la rabia de un sábado de lluvia. Habría empalmado una comida navideña con una cena navideña y, astragada, me habría ido a la cama jurando por mis muertos que nunca más le haré esa faena a mi estómago. Habría ido de cañas con mi amiga, que sería yo, y delante de un queso de cabra somontano la habría escuchado atentamente resumir con optimismo los dardos de un otoño mejorable que, sin embargo, ya pasó y ha dejado un paisaje con recuento de bajas pero algunos brotes verdes, milagrosos. 

Sé tú por un día. Por toda tu vida. Lo mismo no es necesario ponerse en lugar de otro, sino en lugar de nosotros mismos. Jugar en el equipo local, eso que no siempre hacemos. Y entender que a veces uno está solo para poder mirar un cuadro a gusto, y sacar conclusiones sin ruido ni eco. Y hacerse preguntas sin olvidar que en caso de incendio la obra maestra que conviene salvar es nuestra certeza. Eso que nadie está autorizado a corromper, porque de hacerlo suenan todas las alarmas. Como en ese museo tan perdido y tan magnífico que Elena está resucitando a pulmón. Y es una hazaña que merece un aplauso. Y toneladas de reconocimiento.




sábado, 13 de diciembre de 2014

O TE HABLAN LAS PIEDRAS, O DEDÍCATE A OTRA COSA

Rafael Álvarez El Brujo
Calamaro corea desde la cocina "tengo abierto el minibar y cerrado el corazón" y yo grito con él. La vecina de las fajas marrón clarito grita por teléfono al patio y una corriente de hielo turbio y desesperanzado entra por la ventana.

Esta estampa costumbrista, diréis, no tiene mucho interés si no fuera porque yo debería estar en clase, pero me he pasado la noche pensando en El Brujo y no soy persona. Ayer, derrotada, me desplomé en el sofá y el Teletedio de la 1 me llevó a la 2. Esa cadena que nadie ve salvo cuando se lo preguntan en una encuesta. Pues bien, yo la veo, casi siempre en estampida. Y ayer había un programa cultural llamado #Imprescindibles que glosaba las industrias y andanzas de Rafaél Álvarez, el Brujo.

"Una noche oscura con ansia de amores olvidados", declamaba con ese cuerpecillo hecho a tortas y la pura expresividad en su meganariz, en su garganta.

Recordé, hace 25 años, cuando apenas sabía quién era -ni él ni yo misma-y me mandaron a hacerle una entrevista de repente, sin preaviso. Por entonces no existía san Google, ni Internet en las redacciones, y sí un departamento de documentación que hacía lo que podía y te facilitaba unas exiguas paginillas para prepararte. Yo deduje de sus fotos que el hombre era un triste, un perdedor, y que sin duda debía imprimir abundantes dosis de drama a todo lo que tocaba.

Fui a su casa. Tenía una mujer que era homeópata, creo, y se llamaba Irene. No era la primera, ni tampoco fue la última. El Brujo embrujaba a las señoras, y lo entiendo. Un feo se te olvida que lo es cuando abre la boca y te recita Shakespeare con todos los relieves de su alma.

Empecé a preguntar, titubeante, y él contestaba perplejo, cada vez más seguro de que yo no tenía ni idea de sus fundamentos. Creo que en un momento dado, sin enfadarse como sin duda yo merecía, me hizo ver que estaba muy equivocada. Que él hacía reír sobre las tablas. Recuerdo que mi rubor hizo saltar los quicios de la puerta. Nunca en toda mi vida profesional he pasado tanta vergüenza. Al final, comprensivo, y un punto socarrón, habló y habló como si mi entrevista tuviera sentido y creo que no salió mal del todo.

Otro me hubiera echado con cajas destempladas. Con toda la razón.

Anoche, envuelta en una manta y con cuerpo en virus me dejé sorprender otra vez por ese hombre, su cabeza de grano de maíz, el pelo alborotado en desbandada, ojos incandescentes y una voz vibrante y afinada como instrumento salido del oficio de un luthier enamorado.

"Entre las azucenas olvidado"...recitaba. Y luego decía "el hambre de eternidad es el motor que mueve al mundo". Y su cuerpecillo devoraba la pantalla, me devoraba a mí.

Contó que una vez se encerró en el monasterio de Silos a curarse un mal de amores. Y lo siguiente era él representando el Lazarillo delante de los monjes, en un atardecer envuelto en llamas. Con esas alpargatas tan viejas, remendadas, y ese jubón sudado de talento y de verdad.

De El Brujo, una vez pasada la vergüenza, quise saberlo todo. Dos o tres veces lo vi sobre las tablas. Lazarillo, San Francisco Juglar de Dios, el Evangelio de San Juan...Sublime, divertido, como un duende que saltaba y te incordiaba y hacía malabarismos con sus brazos, con sus rizos. Enma Cohen, en el programa de ayer, decía de él que era el compendio de "mucha soledad, mucha inteligencia y mucha entrega". Me pareció una buena fórmula del éxito. De ese otro éxito.

Al final, contaba Rafaél que en una clase les dijo a los alumnos que pusieran "esa cara que se le pone a uno cuando le hablan las piedras". Y la compuso, y era justo eso. Entonces un alumno le infirió: ¿Y cómo pongo esa cara si a mí las piedras no me hablan?

-O te hablan las piedras o mejor te dedicas a otra cosa.

Y lo dijo con la misma serena parsimonia con la que me reprendió en su día. Responsable directo de que nunca jamás vaya a hacer preguntas a nadie sin saber quién es, cómo respira y cómo piensa. Cuántas mujeres u hombres ha tenido y, si puede ser, qué canta debajo de la ducha. Eso que nos ayuda a conocer a un personaje. Y a terminar de dibujarlo con preguntas.





viernes, 12 de diciembre de 2014

LA OTRA CARTA (GUERRA AL ANUNCIO DE IKEA)

El nuevo anuncio navideño de IKEA va a terminar destrozando las (malas) conciencias de toda una generación de padres que pasamos poco tiempo en casa.

"La navidad nos desamuebla la cabeza". Dice. Y sostiene que los niños prefieren a los padres que a los Reyes Magos, y les piden en una carta que estén más con ellos, que jueguen al fútbol.

Me parece que bastante tenemos ya con la carga de culpa por no ser suficientemente buenos como para que IKEA, para vender sillas y estanterías Billy de conglomerado chungo, venga y nos aporree con un espot lacrimógeno que incita a dedicarnos más a nuestros hijos.

Que no digo yo que no sea buena idea...pero

Si dedicamos más tiempo a nuestros hijos, sépanlo, suecos listillos, no tendremos tiempo de montar diabólicos armarios de nombres imposibles de recordar. Ni romperemos con nuestras parejas en la sección "cocinas" porque tú la quieres roja y él o ella amarilla. Y tampoco devoraremos esas albóndigas de serrín con sirope de elefante rojo, ni mangaremos los lápices para hacerles productplacement involuntario en las reuniones de trabajo.

Yo, concretamente, paso bastante tiempo con las chukis, pero diría que a veces las estorbo porque es entrar en una habitación y salir ellas por piernas para encerrarse juntas en territorio adolescente. Así que en breve protagonizaré un anuncio donde una madre desesperada finge que juega al escondite para no asumir que ha dejado de ser la reina de la casa.

 Recuerdo la que se lió el año pasado con el anuncio de Campofrío "Hazte la Sueca", y también con el del Gordo de Navidad donde Raphael cantaba el tamborilero con cara de loco en una plaza mientras Montserrat Caballé se desgañitaba en estertores a su diestra.

Empiezo a pensar que la Navidad es el problema.  Que la publicidad toca los botones sensibles. El sentido del ridículo, de la patria, de la familia. Y nosotros reaccionamos a lo bestia. Y no sé si se venden más jamones de mala calidad, más décimos de lotería o más cajas de herramientas que sólo encajan en el hueco la primera vez.

Los padres que conozco, en general, hacen lo que pueden por estar con sus hijos. Y si no les dedican más horas es porque trabajan demasiado. Y además tienen sus vidas, unas vidas en las que no son sólo padres ni empleados. Sino amigos, amantes, socios del Real Madrid, corredores de fondo, disidentes en manifestación, adictos al arte, cerveceros, lectores compulsivos o revientasiestas en moto.

Y me parece bien. Ser sólo padre o madre es limitado. Una faceta más, profunda y transformadora, desde luego,  que se alimenta de las otras.  No hay nada más insoportable que una madre full time, o un padre a tope obsesionado con los hijos.

Así que les sugiero, señores de IKEA, me contacten para otro espot más moderno, menos reaccionario. De lo contrario rehabiliten el de "Las muñecas de Famosa se dirigen al portal" o el de turrones El Almendro "Vuelve a casa vuelve por Navidad", que nos hacían llorar sin sensación de culpa en esa época en la que las estanterías te las montaba el carpintero. Como dios manda.











miércoles, 10 de diciembre de 2014

NOTAS PARA VER IMPRESIONISMO AMERICANO Y LEVITAR

Hay algo místico en un museo vacío. Los cuadros te interpelan, los vigilantes bostezan porque sin público no hay misión. Y se oyen voces reptando por las paredes.

Ayer el Museo Thyssen volvió a convocarnos a los blogueros afterhours. Las puertas estaban ya cerradas para el público y las salas parecían listas para una sesión de espiritismo.

Hablaré de esta exposición, Impresionismo Americano, que remató un martes concentrado como un cubito de caldo. Un súper martes prenavideño donde me puse hasta las trancas de regalices rojos y nubes de algodón, mientras escribía frenética, como una niña pequeña que descubriera la otra fábrica de Charlie.

Lo mejor de que te guíe el director artístico Guillermo Solana no es que sepa mucho, que también,  es cómo lo cuenta, con esa profusión de detalles y un vocabulario brioso que lo mismo se refiere a las nubes "poco espontáneas" de Chase que a la aproximación a la maternidad de Mary Cassatt "que no es la sentimentaloide al uso de la época, insoportablemente edulcorada y apta para decorar una caja de bombones".
Guillermo Solana

¿Existió de verdad un impresionismo americano?, fue en arranque de nuestro paseo por el tiempo. Y sí, pero no todos fueron insiders ni tuvieron el mismo grado de intimidad con los impresionistas franceses que los fascinaron a finales del XIX y los impulsaron a viajar a París, a Londres, a Italia en busca de la piedra filosofal de la pincelaza suelta y del desenfado ético.

Siempre que tengo la suerte de ir a esos paseos por el Thyssen echo de menos a mi adolescente porque una lección de arte sin libro pero tan apasionada, tan abierta a la interpretación, tan libre y a la vez tan académica, no se escucha todos los días.  Ayer hubiera aprendido que esos yankis pertenecían en su mayoría a la alta burguería, eran pijos cuyos padres podían pagarles el pasaje y la diletancia a orillas del Sena. Y luego bastantes de ellos fueron profesores y su espíritu académico consolidó una escuela que huye del dramatismo y se queda prendida de los parques de Nueva York y de esas figuras elegantes contempladas a una media distancia, como si la intimidad más íntima diera miedo. Como si la falta de pudor fuera un signo de poca monta social.

"Si quiere saber lo que persigue un impresionista (por cierto, Degas dijo que sólo había un impresionista, Claude Monet), salga al campo y dirija su mirada a un paisaje con el sol de frente, y modifique el ángulo del ala del sombrero para comprobar la diferencia de tonos que hay en los objetos oscuros según la cantidad de luz que deja entrar en sus ojos"

Contó Guillermo Solana que Sargent abandonó el retrato "porque no soportaba la conversación con los retratados" y que tras el incidente del tirante de la dama que había retratado y desató el escándalo dejó de desear relacionarse con el establishment francés. Me parecen motivos razonables para abandonar un reto, una mujer, una obsesión y sobre todo un tirante. (Justo en ese momento me subí el mío, envalentonado, como un acto reflejo, y me daba la risa). Contó también que  Robinson imitaba a Monet, y que Breck se lió con la hija de éste. Dos formas de aproximación al Mick Jagger de la pintura de la época.


Comprobamos, oh sorpresa, que los almiares que pinta Breck son casi pop, pero entonces no había un Andy Warhol para ponertes juguetonas etiquetas. Supimos que una de las mecas del París de entonces para los pintores americanos  era la Academia Julianne.

"Vibra el cielo", decía frente al Grand Prix de Hassan, o ese paisaje puede resultar "demasiado relamido", dejaba caer frente a un cuadro de Chase. Y admiramos a Merritt, y aprendimos que Whistler fue muchos artistas en uno, además de un dandy y un provocador que sólo cerraba la boca delante de Degas y cuyos paisajes nada figurativos, poesía dulce, lo sitúan "entre Turner y Rochtko". Y viajamos a la exposición de Chicago y a las colinas de Shinnecock y terminamos, exhaustos, frente a una bella dama con su gato, "Sita y Sarita", obra de Cecilia Beaux. Nada conectada con todo lo anterior, pero imprescindible por magnética y porque despedía un paseo privilegiado para un martes postpuente y cargado de retos.  Antitrágico como un cuadro de impresionista. Para burgueses con buena conciencia o amantes de la pintura bien contada.





domingo, 7 de diciembre de 2014

MÁS TONTAS QUE UNA PELI DE MEDIODÍA (Navidad, toma 1)

-Mamá, ¿te das cuenta de que el abu es como kriptonita para la abuela?

La escena tiene lugar en la cocina, donde Minichuki reflexiona en voz alta mientras se pelea con una tortita gigante que le he preparado en mi papel de "madre 10" de puente; ese que los ateos llaman "de la Constitución" y los creyentes "de la Inmaculada". Lo que me hace pensar si no se podrían resolver así, con dos nombres distintos,  muchos conflictos internacionales.  Pero a mi hija este asunto le trae al pairo porque su única obsesión es untar bien de Nutella su megacrepe.

En mi familia, como en muchas, el puente de diciembre (así lo llamo yo, que ni una cosa ni otra) es el pistoletazo de salida de la Navidad. O sea, hay que buscar el árbol, que pese a su tamaño siempre es un expediente X y da una pereza que te mata, hay que salir a ver las luces por el centro con todos los amigos de provincias al mogollón, y hay que ver "Love Actually", bien apretadas y recibiendo las patadas en el hígado de la enana mientras mi pobre adolescente, que es puntillosa pero sufrida,  se contorsiona en su parcela mínima del sofá.

Porque, repito, tenemos dos sofás pero sólo usamos uno. Como si temiéramos que al sentarnos en el otro fuéramos a ser abducidas por una fuerza sobrenatural.

Este año he añadido a la lista de las tradiciones navideñas la de cocinar rabo de toro. Un plato con el que mi querido U. siempre me hace comentarios soeces -del tipo "ese es el único que entra en tu casa, aprovecha"- pero a mí no me importa porque lo bordo. Considerando que lo he perpetrado dos veces con éxito queda oficialmente incorporado a mi menú de cinco platos solventes, sin contar las tortitas con kriptonita de los festivos (hay que tener superpoderes para digerirlas sin ayuda química).

De manera que ayer, como digo, Minichuki, mi madre y yo nos fuimos "al centro" como si fuéramos de Cuenca o de Teruel,  forradas de jerseys y de ilusión de espot publicitario. Ya en el Metro protagonizamos nuestra primera performance cuando escuchamos a mi madre gritar en voz alta la parada mientras salía por piernas (que si hay que correr, no escatima esfuerzos). Enseguida vi lo inevitable: Ella estaba fuera y mi hija dentro, a una distancia de las puertas que hacía imposible la salida sin riesgo de guillotina. Así que tuve tres nanosegundos para optar entre madre e hija. Y la enana y yo nos pasamos de parada, para bochorno de la niña, que me reprochaba con desdén: "Tú eres la madre, ¿cómo se te ha podido olvidar dónde había que bajarse?".


Cuando al fin deshicimos el entuerto, mi progenitora nos esperaba muerta de risa y con una sentencia ad hoc: "Anda que no sois tontas, parecéis de película de mediodía".
Love Actually

Ya en el "Centro" nos esperaba mi hermano, con mujer y bebé en carrito, y con la fuerza que otorga el grupo nos dispusimos a pelear con media España por un front raw en los puestos navideños de toda la vida, donde Chencho se perdía cada año y donde los padres de los 60 y los 70 te compraban una figurita del belén y un par de bolas extra para el árbol.  Como madre contemporánea y macarra, fui directa al puesto de las bromas -que no han evolucionado desde los sesenta-  y Minichuki logró eso que yo apenas tuve: un alijo consistente en mechero falso para empapar incautos, polvos pica pica y una caja de "bombetas". Diminutos petardos en forma de saquito que lanzamos convenientemente contra el suelo, felices en nuestra gamberrada y a riesgo de perder al bebé y a sus padres en el camino.

Ya en la plaza de Oriente bailamos todos al ritmo de los villancicos, menos mi hija, que volvía a sentir vergüenza ajena y ponía cara de "a estos nos los conozco yo ni un poquito". Pero, como le explicamos, esto está lleno de gente de Toledo, mujer, que no nos conocen ni pueden destruir nuestra reputación. Y se quedó poco convencida pero permitió que la cogiera en volandas para un baile. Justo antes de irnos al bar de las Torrijas y pimplarnos unas cerves. Tan contentos de haber arrancado con éxito un mes de fastos del que saldremos angustiadas y ahítas, pero con la satisfación de la rutina cumplida.

Por la noche volvimos a elegir a nuestro guapo favorito de la peli y volví a recordarles que cuatro o cinco años atrás, viendo "Love Actually", traté de impedir que Minichuki se tragara las secuencias de los dobladores de porno, a lo que ella me respondió: "¡Déjalo, mami, si a mí me gusta el porno!".

Y así, repitiendo escenas, conversaciones y apretones de sofá, hemos llegado hasta aquí. Bendita sea la Constitución, la Inmaculada o el Cristo que las fundó porque son la excusa perfecta para consolidar ese cemento armado, tan imperfecto, tan lleno de grietas, tan divertido y tan amoroso que es nuestra familia unida. Más bobas a veces que una película de mediodía. Pura kriptonita navideña.