viernes, 30 de enero de 2015

ESTABA REBAJADO Y ERA VIERNES

Compré un jersey sin probármelo y, naturalmente, al llegar a casa compuse una mueca ante el espejo. Era de suave punto y de un tono beige que ni una cosa ni otra. Escote de pico con remate azul marino. Propio de una mujer descaifeinada y sin recursos que acude a una cita Tuperware y se pone unas perlas falsas que completen el efecto. En el borde inferior, sendos cortes para distraer el tedio. Única concesión a la fantasía que se queda en detalle bobo. Esa tarde, deduje, había pretendido disfrazarme de otra, tal vez una mujer casada con tres hijos en edad escolar y un abono en el Teatro Real que no aprovecha pero le abriga el anhelo "Oh mío bambino caro".

Quise, ya lo entiendo, calmar a la fiera,  y erré el tiro.

Compré ese fondo de armario de cobarde porque estaba muy rebajado y era viernes, señoría. Había entrado en El Corte Inglés una tarde gélida para hacer tiempo antes del fisio, y la hazaña bien merecía un premio. O puede que sin saberlo quisiera ser una mujer clásica y contenida por un día. De esas que ocultan sus excesos en looks impecables, aburridos y desafectados a cualquier desbordamiento. La raya en su sitio, ni una arruga ni un leve desconcierto.

El look que te pondrías para entrevistar a un banquero, a una estrella del porno o al Papa Francisco.

Ahora tengo que cambiarlo y me da mucha pereza. Hay quien dice "descambiar" y es como un puñetazo en el esternón. (Me da igual si la RAE lo da por bueno. Es verbo de paria lingüístico. Descambiar, digo yo, debería ser lo siguiente a cambiar. Por tanto volver al original. Como dar un giro de 360 grados)

Siete días ha pasado el jersey en el fondo del bolso y siempre se me ocurre algo mejor y más urgente que hacer. Pintarme las uñas, arreglar un grifo, leer a Cavafis o quedarme a mediodía a comer con mis compañeros nacidos entre 1978 y 1984 para debatir cómo es posible que de niños cantaran "Yo me lo hago en el pajar, si me ven que me vean, yo sigo a mi tarea" sin que sus padres se alteraran ni un poquito.  Así que ayer por la tarde, convencida de que ya no me quedaba otra que devolver la prenda a su legítima dueña (la de las perlas y el peinado en su sitio, doquiera que esté), hice un último intento agónico en la oficina:

-A ver, chicas, ¿alguien quiere este jersey tan discreto y aparente? (Sujetándolo con gesto de perdedora)

Se hizo el silencio. Todas -especialmente las nacidas entre 1978 y 1984- miraban la prenda con cara de circunstancias, conteniendo el impulso de sinceridad, presupongo. Hubiera sido mucho mejor que el jersey fuera horrible, estridente, de corte imperio, con estampados de colores o de lycra. Al menos se habría abierto un debate. Al menos Freud hubiera dicho que detrás de la compra había un grito, la desesperación en brote libre por mis poros. Un exceso performántico de la vedette que llevo dentro y amordazo de lunes a jueves.

Pero no. Ese trapo beige con remate azul marino es un striptease de monja de clausura que se escapa del convento no para un encuentro tórrido con un amante, sino para una conferencia en el Ateneo. Y yo no estoy en fase monja aunque me retire a las 22h y despierte a  maitines, aunque me pierdan los claustros de iglesia y los retablos góticos. Aunque haya llevado la máquina de los besos con lengua a una casa de empeños. No.

Así que ayer me dirigía con paso legionario a esos grandes almacenes cuando recibí la llamada de mi amigo el Innombrable (porque él quiere, no por decisión mía) con una oferta que no pude rechazar: "¿Una caña dentro de diez minutos?". Y entendí que era el destino. Y abandoné el jersey en un rincón para cuando vengan mejor dadas. Y en cuanto pueda iré a cambiarlo, o incluso a descambiarlo por un conjunto de lencería tan desvergonzado y guarrindongo que provocará aullidos en el convento. En todos los conventos al unísono.

Todas tenemos un mal día, pero esos días es mejor no ir de rebajas. Eso he aprendido.

Con la A, lo hago en el pajar
si me ven, que me vean!, yo sigo a mi tarea
Chichi boin boin boin, chichi boin boin boin...

Con la E, lo hago en el taller
si me ven, que me vean!, yo sigo a mi tarea
Chichi boin boin boin, chichi boin boin boin...

Con la I, lo hago en el jardín
si me ven, que me vean!, yo sigo a mi tarea
Chichi boin boin boin, chichi boin boin boin...

Con la O, lo hago en el salón
si me ven, que me vean!, yo sigo a mi tarea
Chichi boin boin boin, chichi boin boin boin...

Con la U, lo hago en el baúl
si me ven, que me vean!, yo sigo a mi tarea
Chichi boin boin boin, chichi boin boin boin...
¿Sabéis lo que yo hacía tan tranquilo en mi granjita?
Ordeñaba a mi vaquita, chichi boin boin boin..



jueves, 29 de enero de 2015

CÓMO NO VENCER EL MIEDO A VOLAR

Mi agenda me grita que tengo cuatro viajes entre mañana y  dos semanas. Si fuera una ejecutiva de éxito con black card y millones de puntos en mi Iberia Plus le quitaría hierro y recitaría mis modestos destinos -Cádiz, Bruselas, Lisboa, Valaintain...(no lo busqueís en el mapa porque lo he rebautizado yo)- con un mohín displicente de rutina. Muy Up in the air, muy mi vida fluye entre la sala VIP y el restaurante bufet de un aeropuerto donde un entrañable desconocido, que siempre es el mismo, me sirve la ensalada césar con cariño de plástico y esa reverencia profesional que se le reserva al cliente que deja propina y vuelve.

No es el caso. A mí volar me dispara todas las alarmas. El sístole y el diástole. La sangre se me espesa y a veces me pican las manos. No es miedo, llámalo excitación mezclada con una dosis de incógnita y estrés casi traumático. Es miedo, qué demonios, pero tan aderezado que oculta su sabor metálico en finas hierbas. La posibilidad de una turbulencia, pero también de un encuentro inesperado. El anticipo de esa emoción de pisar sobre adoquines de piedra, todos diferentes. De tomar unas cañas en el barrio de la Viña después de rodear el malecón. Conteniendo a duras penas ese impulso salvaje de volver corriendo a este rincón donde escribo y me siento completamente a salvo de cualquier contingencia.

Cuando salgo con mi trolley por la puerta siempre temo haber olvidado algo crucial. Tener que indicarle al taxista, a mitad de camino, que vuelva por favor. Ese pánico al extravío. Así que arranco con una antelación desorbitada. Calculando la probabilidad de un par de sobresaltos. Tener que comprar algo en la farmacia (¿un urbasón?). Que en la puerta de embarque me entretenga un policía. Que mi bolso contenga mercancías peligrosas sin saberlo. Que me quede dormida en una sala mientras despega el avión. Que necesite ir al baño justo antes del despegue y una azafata maquillada como una corista de Pigalle me lo impida. Que a mi lado se siente un tipo mórbido que invada con sus carnes mi frágil humanidad. Que sienta el familiar aleteo de bilis verde y ácida que precede al vómito minutos después de despegar. Que un niño porculero se pase todo el vuelo tocando un instrumento de viento o percusión. Que se me haya olvidado la Biodramina. Que la tenga, sí, pero no pueda tragarla porque no hay agua, y la envuelva en saliva, como tantas veces, y note su amargor avanzar penoso por mi garganta. Y quedarse a medias, en territorio muerte.

Que se rompa el Airbus. Que me rompa una pierna. Que una pasajera rompa aguas.

Me caen fatal los profesionales del viaje. Esos que despliegan el periódico y no pestañean aunque el avión pegue un salto y se estremezca entre las nubes. Pura envidia. A veces he intentado imitarlos y creo que si leo a bordo es para convertir el efecto en causa. Si desarrollo una actividad aparentemente cotidiana -leer a 8000 metros de mi vida- me sentiré como en casa. Mi pulso volverá a su estado calmo. Mi respiración se expandirá, por fin, en lugar de sentir que el aire explota contra las paredes de una caja torácica que encoge como los jerseys de lana virgen al lavar.

Con el paso de los años y muchos aviones he conseguido fingir bastante bien. En uno de mis últimos vuelos, a Burdeos, el destino me sentó junto a un hombre que me confesó su pánico y enseguida sacó de la chistera no menos de cuatro o cinco fármacos para contener la ansiedad y sus derivados (el insomnio, la acidez de estómago, la taquicardia). De inmediato simpatizamos. Rara vez un desconocido se desnuda así frente a una dama, por mucho que la dama sea empática con el miedo y presta a confesar según qué debilidades. 

Aquel hombre y yo diseccionamos nuestros hot-moments aéreos, y fue como allanar el camino a otros temas más íntimos, como los libros que leíamos o los encuentros que nos habían dotado de carácter. Reímos, compartimos cromos y de pronto se hizo el silencio cómplice. Estábamos aterrizando. Me faltó agarrarme a su brazo. Creo que él pensó lo mismo.

Cádiz, Bruselas, Lisboa, Valantain. Esperadme, que ya voy. Juré que este año mi mantra sería "dejar que pasen cosas, que el mapa se despliegue ante mis pies como Cleopatra en la alfombra ante Marco Antonio". Mi botiquín del espanto ya está listo. Y yo presta a la aventura, a la belleza, a la alegría y a colgarme del brazo de cualquier desconocido  con toda la farmacia en su bolsillo que entiende el pánico como entiende que no todo se explica y que debe ser así.

Y creo que si fuera esa mujer de negocios que acumula millas como sales de baño no disfrutaría tanto los viajes cuando al fin el avión se detiene y el finger es un salvavidas que recojo y ajusto a mi cintura, relajada por fin. Y ese suspiro...


martes, 27 de enero de 2015

LA TEORÍA DEL TODO O NADA

Salí de ver "La Teoría del todo" haciéndome una pregunta: ¿Qué es mejor/peor, que tu mente se eche a perder mientras tu cuerpo rebosa salud (demencia) o permanecer perfectamente lúcido contemplando cómo tu cuerpo degenera y te somete a la tortura de la consciencia más brutal frente a la degeneración irremediable que te devuelve el espejo? (la ELA de Stephen Hawking)

Susto o muerte, desde luego.

Hay un momento crucial en la enfermedad del Alzheimer en el que el paciente sabe que está perdiendo la partida y sufre profundamente. La luz a ratos se enciende y a ratos se apaga. Luego entra en el mundo de las sombras.  Mientras preparaba un reportaje sobre el tema recuerdo que Victoria Prego me contó que su padre, un día, se quedó mirando a su madre y le dijo: "¿En calidad de qué está usted en esta casa?". Y esa frase aparentemente anodina fue un golpe, la señal irrefutable de que aquel hombre estaba siendo derrotado por la desmemoria.

Hawking sigue siendo capaz de alumbrar teorías gracias a un instrumental lleno de cables y mecanismos que transforman un leve impulso de sus dedos en una frase pronunciada por una voz metálica. Y desde la osadía del desconocimiento me parece tan admirable como dramático. De tenerle delante le preguntaría si es posible sentir algo parecido a la plenitud (evitemos la palabra felicidad) con tantas limitaciones. Si la superación puede sustituir o ser un sucedáneo de ese rapto de ordenar a tu brazo que se extienda y coja una mano, acaricie una mejilla o se quite los pantalones. Que tus deseos sean órdenes.

Le preguntaría cuántas veces ha deseado morir. Qué pasa cuando uno es todo cerebro y corazón y la corporalidad es un amasijo de órganos retorcidos y supongo que dolorosos. Cuál es la derivada, la integral  que explica la resistencia, la rabia o la aceptación.

Y le diría que entiendo que no crea en dios. Ni en nada que no se explique con una ecuación simple -su obsesión- Porque los números son su fortaleza frente al avance del destino. 

En la película de James Marsh llega un momento en que no ves a Eddie Redmayne haciendo del físico británico, sino al propio Hawking tal y como lo recuerdas. Contorsionado de sí mismo, con esa sonrisa que es una mueca y encierra tanta lucidez como ironía. Imagino que es un candidato firme al Oscar, yo se lo daría. A su lado, Felicity Jones hace lo que puede, que no es poco,  pero ves que pasan los años y sigue pareciendo una adolescente, lo que me parece un gran error. Saber envejecer es un gran ejercicio de interpretación que va más allá del maquillaje. 

Me pareció soberbia y envolvente la banda sonora, me transporté a Cambridge, a la estirada comunidad científica que escoge desplazar al sentimiento para llegar al número. Me sentí alejada de esas mentes que sin embargo admiro que no se dejan seducir por la impresión, que cuando se les apodera una intuición poderosa buscan con denuedo un soporte matemático que la sustente. Volví a entender por qué me atren los hombres que bailan con cifras más que con palabras. Porque yo nunca sabré componer esos pasos. O porque albergo la fantasía absurda de que son más firmes porque están acostumbrados a demostrar y a demostrarse. A no avanzar sin dejar bien sustentados los cimientos. Como si la disciplina de la ecuación les impidiera tropezar y hasta mentir, ya veis qué tontería. 

La teoría del todo y de la nada. Si a Hawking le quitas esa épica con moralina de la superación y blablabla te quedas con que la vida sin cuerpo es una mierda aunque tenga sentido. Los números no besan. Y los premios y aplausos del público, supongo que tampoco. 






 




lunes, 26 de enero de 2015

MIENTRAS DUERMES YO ESCRIBO

Sostiene Kureishi que uno tiene que escribir cosas que le avergüencen un poco. Lo que pasa es, querido buda suburbial, que el bochorno suele debutar después de la escritura, no durante. Nadie con dos dedos de frente da vía libre a un relato mediocre salvo que sea un escritor mediocre consciente y no dé para más (y me temo que el mediocre rara vez sabe que lo es, porque sólo le quedaría margen para un suicidio literario inducido, esa figura actual y kirschneriana).

Pocos resisten la lectura de textos de ayer sin sentir cierta aprensión, una punzada de sonrojo pasado por la harina de la implacable sabiduría que da el tiempo.

Hace años perdí todas las fotos y todos los textos de un MAC al que mi hija bautizó con un enorme vaso de agua. Ahora los he recuperado y el hallazgo me muestra un yo algo distinto que a veces me interpela y a veces me pone triste. Como rescatar un cadáver sepia de un naufragio dos siglos después. No siento apego a la nostalgia ni echo de menos la juventud despreocupada que nunca fue. Jamás guardo ropa para cuando vuelva a llevarse porque prefiero que el vintage me sorprenda delante del escaparate de una tiendecita de Amsterdam, junto al gran canal. No quedo con amigos para recordar cómo era entonces, pero hace tiempo que sólo quedo con amigos. O con posibles amigos. No con colegas. No con contactos provechosos. No con compromisos que no sean laborales. Ni siquiera conmigo misma una tarde de esas en las que me caigo  mal y encendería un pitillo tras otro a un palmo de mi cara si no fuera porque no fumo.

Al pasado conviene indultarlo, pero es innecesario ventilar sus vergüenzas en el patio porque a los vecinos les entrarán las pelusas polvorientas. Me he pasado el fin de semana haciendo una selección de textos con el rotulador impertinente azul edding entre las manos, presto a derribar un adjetivo, a cambiar un "final" por "desenlace". A desintegrar una línea que estorbaba a la vista. Y por momentos me he reído, o me ha sorprendido la acidez indómita, el entusiasmo intempestivo, el pesimismo sin regodeo, el pulso cínico a dos centímetros de la desesperación de esa otra yo. El análisis de la corriente marina con algas entre las hélices. Y me ha estorbado mi querencia a ciertas repeticiones, a adjetivos, sustantivos y sintagmas que se enredaron en mis dedos cuando aquel puente de diciembre de 2004 me bañé en el mar (hay una foto). Y mis trampas para hacerme un rapidillo cuando las musas me hicieron un elegante corte de mangas otro día de sol con guantes y bufanda.

"Lo que escribes tiene que ser peligroso", sentencia Kureishi. Y también que si enseñas las pelotas debe que ser por algo. No vale un desnudo frontal porque sí.  El exhibicionismo gratuito es propio de esas cabinas de peep show donde unos hombres tristes se lo montan con sus manos pero no les aprovecha. Y sí, me acuso de algún que otro strip-tease sin hilo argumental, que hoy perdono a medias y que me hace asumir que también he frivolizado con las palabras o las he dotado de una solemnidad innecesaria, o las saqué de verbena un domingo de invierno cuando la noria del parque de atraciones era la misma imagen de la desolación. El Tercer Hombre sin Graham Greene.

(He vuelto a releer un cuento que cuando se lo mostré me dijo que era demasiado cruel. Que por qué no hablaba de gente feliz que hace cosas felices.  Que tu escritura no alumbre un vertedero, cariño. Que no arañe, que no espante a los niños. Que no me quite el sueño. Que no envenene la masa del pastel. Que no me haga temer que lo que escribes eres tú con tus demonios. No sea que se te apodereren y su daga atraviese mi vida anestesiada)

"No me siento con la intención de entender mi vida. Solo es terapia en el sentido de que es algo que me encanta hacer, y por tanto me sienta bien y por añadidura mantiene a mi familia. Miro mi hogar y me digo: "Esta puta casa la conseguí escribiedo putos relatos, es alucinante".  

Es alucinante, sí, Mr. Kureishi.

P.D. El sábado de cocooming me tragué un programa llamado El Hit y ganó esta canción que interpreta Marta Sánchez y me encanta aunque ella nunca me ha encantado. 














sábado, 24 de enero de 2015

EFECTO COLÁGENO, EFECTO MORTAJA

A partir de una edad, por ejemplo los cuarenta, te pasan cosas extrañas. Mi amiga A. ha cumplido cincuenta pero lleva diciéndolo no menos de cinco años. Una noche, hace ya tiempo, salimos a cinecenar y en la barra de un bar nos entró un tipo guapo y expansivo. "Tengo casi cincuenta y un hijo de dieciocho", le advirtió A. como para romper el hielo con su coquetería comme it fault. Al momento hablaban de colonoscopias y yo bebía margaritas preguntándome si ligar a partir de entonces iba a ser "eso".

Hay un momento en que la colonoscopia entra en tu vida como entraron el animal print y el smartphone. Y conviene salir huyendo. Las conversaciones tienen el poder de rejuvenecerte (efecto colágeno) o condenarte al asilo (efecto mortaja). Cuando el segundo supera al primero se tiende a bucear en los recuerdos del pasado (efecto buscandoenelbaúldelosrecuerdos-uuuuuuh). Los mayores de setenta lo practican a menudo. Los de ochenta, casi siempre.

Conversación familiar con mayores de esas edades en torno a un chocolate con brioche. Seis de la tarde y sereno:

-Yo tengo varias tertulias, una con mis antiguos telecos. Pero solo quedo yo... (o sea, que la tertulia es un soliloquio) J. 84 años. Esposa con alzheimer hace ocho.
-Pues yo hago guasas con la profesora de clase de memoria, pero no sé muy bien por qué. Por dentro no tengo ninguna gana de broma. Me sale solo...(O sea, que el humor es una defensa enardecida contra la melancolía que es la muerte). J.86 años. Viuda. Hijo fallecido en accidente de coche a los 47.

En general, observo a ciertas edades se practican los monólogos a varias voces. Y comprobarlo me pone triste. Uno habla y el otro no recoge la pelota, sino que la deja olvidada en un lado del césped y busca su propio balón y le pega una patada por encima de la escuadra. Y al portero se la suda y saca con un tercer balón. La vida deja de ser un partido de fútbol y se convierte en un entrenamiento individual donde el que no está sordo está cojo o medio ciego. Y el público, impaciente, abandona el estadio.

Si no hay diálogo debe haber silencio. Si el diálogo se centra en las colonoscopias debe haber silencio. Reflexión. Hablar por hablar es sólo un programa de radio para colgados y melancólicos con avidez de tertulia y sin tertulianos a la redonda. El otro día fui amonestada con cariño por una queja mía recurrente: "no me haces preguntas" -en adelante, efecto entrevistado motivado sin micro ni entrevista-). Preguntar es mostrar curiosidad, interés, empatía. Las mejores preguntas son las que te llevan a territorios de tu salvaje Oeste. Ese que no visitas por si acaso. A veces, cuando nadie te las hace, pagas a un profesional y te subes al diván de un salto.

(En adelante, soliloquios de pago).

Pagar por hablar. Por ser escuchado. Conozco a unos cuantos que lo harían gustosos. Aunque a veces el servicio se da gratis.

-Hola ¿qué tal estás? (mujer de unos cuarenta a coetánea que vio una vez en la vida y se encuentra por azar)
-¿Bien o te cuento?
-Camarero, dos margaritas.
-A mi padre, de 94 años, le ha llegado una carta anunciándole que el lunes lo desahucian. Yo vivo en una caja de zapatos y mis hermanos no tienen dónde alojarle. No sé qué vamos a hacer, estoy bloqueada.
-Me parece dramático. Lo siento. No sé qué decirte, no sé que se hace ante un desahucio. No sé cómo se puede poner a un hombre de patitas en la calle. No sé.

La crisis de los cuarenta consiste en que te pasan cosas de cierta relevancia. A tus padres les pasan cosas. A tus hijos les pasan cosas. A tus amigos les pasan cosas. Y tú no sabes jugar bien en ningún campo. Y sales con las botas desatadas, la camiseta torcida y el red bull pinchado en vena. Y si no tiras de colonoscopia, que es una excatología disfrazada de prueba diagnóstica, tiras de blog o de lecturas. Y comienza un soliloquio que es un diálogo con tus más profundas intuiciones. Y si tienes suerte lo compartes. Muchas veces con amigos. A veces con desconocidos. Y está bien.

Lo interesante pasados los cuarenta es llevar el diálogo hasta el final. O callar para siempre. Todo menos buscar en el baúl de los recuerdos. La nostalgia es la antesala del alzheimer aunque no mate neuronas examinada al microscopio. Tener planes. Hacerse y hacer preguntas. Escuchar con atención. Despedirse con cariño.

-Espero que a tu padre no lo echen de su casa. Por favor, cuéntamelo el lunes.
-Descuida, te llamo.

PD. Ayer vi Blue Jasmine, de Woody Allen. La historia de la desesperación de una mujer que habla sola.


SAN VALENTÍN PARA SOLOS

Recibo una invitación irrechazable para pasar un San Valentín de amor y lujo, con todos los extras de la pasión convencional y empaquetada estilo Hollywood... excepto a Valentín.

Me planteo si mi ordenador, esa compañía que no falla pero no besa,  puede ocupar el puesto de solícito amante. Desestimo el pensamiento. Me planteo poner un anuncio para buscar lo que mi U. llama "un chulo" que hable bonito y finja que me ama mientras nos hacen un masaje a dos en un lecho de flores. Desestimo de inmediato el pensamiento.

"Tendrás miles de planes para el fin de semana de San Valentín", me escribe mi solícito anfitrión, convencido de que una mujer "como yo" (así lo dice y yo debo rellenar los bordes de su imprecisión) debe tener tantos candidatos como pintalabios rojos (hay un pantone ilimitado entre los rouge y los atesoro con determinación de coleccionista del absurdo). Le digo que no me quejo, pero que  albergo una romántica sin cura y que he decidido no pasar ni un minuto con nadie que no resista un invierno a la intemperie. Con nadie que no me rescate de la carretera cuando me pierdo.  Con nadie que no sea sensible a la belleza y la bondad. Con nadie que no tiemble y se estremezca con una suite de Bach. Con nadie que no me ofrezca su espalda y su regazo cuando me tambaleo y que acepte mi alegría y mis ratos de sol como se acepta todo lo excepcional envuelto de costumbre.

Con nadie. Si es preciso.

Mi interlocutor se queda en silencio. Luego me escribe: "A lo mejor ese hombre dulce y atento está en el hotel. ¿Qué te parece si vas con una amiga y hacemos hueco al destino?".

Justo me llama  L. Mujer sola, amiga sin descuento, y le cuento entre risas la oferta irresistible. "Pues me voy contigo y yo conduzco si hace falta, ya verás".

Y decido que sí, que esto es un plan. Un San Valentín con Valentina. En una suite, tal vez, con dos camas king size y toda la emoción de un fin de semana libre de cargas. Y cenas a dos velas, sin baile en el salón. Y baños de vapor y aceites aromáticos. Y libros, y pijama de algodón. Y esa certeza, ya casi descarnada con el paso de la vida, de que un solo, una sola, son una vocación y hasta un destino. Pero que hay hay que estar dispuestos a que sucedan cosas. A que sean espejismos. A que pase la tormenta de polvo del desierto. A encontrarle, a encontrarla. A decirle adiós, a seguir tu camino. A asesinar al escepticismo. A volver a fijarte, un día de esos.

Con nadie, si es preciso. Con una amiga y el silencio, hasta que algo poderoso, irremediable, nos haga salir del cálido letargo.








jueves, 22 de enero de 2015

ORGULLO PROVINCIANO

Como madrileña capitalina me sorprendo a menudo ante algunas manifestaciones de provincianitis aguda.

Ayer, tres revistas del corazón reseñaban el romance de un actor guapito que ya se me ha olvidado con una chica a la que presentaban insistentemente como "de 28 años y de Palencia". Como si el hecho de ser ella de esa tierra de cereales donde suelo desorientarme rumbo a Asturias fuera relevante.

Lo encontré muy de misses con sus bandas. Muy "Los Extremeños se tocan" de Muñoz Seca. Muy cateto, con perdón. Y recordé todas esas veces en que los que son de Cuenca, Zaragoza o cualquier ciudad o pueblo grande de provincias -no necesariamente capital- resaltan el origen de cualquiera que haya nacido en sus contornos y salga en la tele o en la prensa. Como si fuera un plus, un valor añadido, un mérito trabajado con ahínco en lugar del simple y desnudo azar.

Ser de Palencia, digo yo, no tiene la menor importancia a la hora de liarse con un hombre. Salvo que las palentinas guarden con celo un mapa de secretos de seducción que a las demás nos es vetado. O sean más ariscas, casquivanas o comprensivas debido a su geoposición, a la velocidad y trayectoria del viento o a la dieta presuntamente rica en garbanzos.

Sí me parece interesante la etiqueta palentina como denominación de origen cuando se trata de lechazo, vino de Arlanza o Cigales. 

Pido disculpas si destilo arrogancia. No creo ser más que nadie por haber nacido en la capital. No tiene mérito. Pero no conozco a ningún madrileño que dé palmas cuando se entera de que el médico de cabecera de su prima segunda que vive en Canaria ¡es de Madrid, mira tú!. O reseñe que cuatro jugadoras de la selección de petanca -si la hubiera- nacieron en la ciudad del chotis.
Iker de Móstoles

Aunque ahora que caigo sí suele subrayarse que Iker Casillas nació en Móstoles o Penélope Cruz en Alcobendas. Con cierto tufillo clasista en ocasiones porque son "extrarradio" (un saco sospechoso donde caben barrios y municipios, distinción que a menudo el de Madrid centro no conoce).  Lo que me lleva a reconocer a mi pesar que los madrileños etiquetamos a los nuestros en función del código postal. Y que eso desata reacciones, como la irrupción del "orgullo de Fuenlabrada" o el frenesí de Getafe.  Ser del Sur es una forma de rebeldía frente a los de Chamberí, Salamanca o Moncloa, me parece.

Todos somos catetos y/o arrogantes. Y nos definimos frente a los demás, por contraste. A veces desde el complejo de no reinar en el corazón del mapa. A veces desde la chulería de ser equidistantes de cualquier playa. Y puede que, bien mirado, tenga lo suyo venir de Palencia para levantarle el guapo a las guapas de Madrid. O haber escrito Mis ojos sin tus ojos no son ojos/que son dos hormigueros solitarios siendo de Orihuela. Pero a mí me sigue sobresaltando esa manera torpe y bobalicona de reclamar la gloria a costa de una cordillera o una plaza.

Dicho lo cual, sí encontraría absolutamente notable que cualquiera que saliera de un pueblo de treinta habitantes consiguiera un premio Nóbel o ser un virtuoso del piano de fama mundial. Seguro que los hay, les doy mi enhorabuena.




miércoles, 21 de enero de 2015

TODAS SOMOS LAS MÁS GUAPAS DE LA CLASE

Alguien de mi entorno cercano de quien no daré pistas porque se disgustaría sufre por amor como una condenada y ayer, después de varios intentos fallidos, al fin confesó. Le gusta alguien -llamémosle número 2- que a su vez está por alguien -número 3. Y número 3 "es muy guapa, no como yo".

Acabáramos.

Si sólo las guapas enamoraran habría un estallido social de feas y normalitas. Explico. Y aporto como prueba fundamental una lista de mujeres con pareja que no son Gisele Bundchen ni Angelina Jolie, ni esas enguapecidas vulgares e intercambiables que salen en la tele que no veo (hay una tal Pedroche que desconozco, pero últimamente es muy nombrada incluso en entornos intelectuales).  

Luego compruebo una vez más que lo que sale en la tele y en las revistas son estrellas del deporte o la música con macizas de largas melenas a la grupa. Que "el hombre de éxito" que ven nuestros hijos raramente se acompaña de una mujer de físico corriente, sin estridencias (lo contrario diría que es más habitual).

Feo/rico con maciza
O sea, que lo que nos cuentan es que si eres suficientemente rico llevarás un cochazo, vestirás Dolce Gabbana y te comprarás una rubia en el mercado de fichajes o una morena con curvas peligrosas.Y si no, eres un pringado. (De acuerdo, no estoy descubriendo nada que no sea obvio, pero no por obvio menos odioso)

Espero que nadie se ofenda. Ni los tipos que parecen exhibir novia como prueba de su testosterona con diamantes, ni las tías buenas que se arriman a ellos sabedoras de que juegan con ventaja. Así ha sido siempre, imagino. Y así será. Son pocos,  pero tienen las cámaras apuntándoles 24 horas, en un Gran Hermano obsceno que muestra que la carne es mercancía que se cierra con anillos de compromiso de muchos kilates.

Pero mí confidente es endiabladamente lista, tiene una sonrisa de las que te arreglan un mal día y un ingenio poco común para su edad. Y cree que si no eres la más guapa de la clase juegas en desventaja. Y le va a costar años darse cuenta de que sólo merecen la pena aquellos hombres que miran el conjunto, y que los que se pierden por un culo en su sitio y una boca voluptuosa carecen de todo interés, de manera que la gran noticia, cariño, es que  no vas a sufrir porque jamás querrías entrar en la competición.

Que ser original, rápida, creativa  y sensible como es ella -además de monísima, lo juro- es tan excepcional que sin duda atraerá a esos hombres y mujeres que saben mirar lo extraordinario. Y que entonces ella tendrá que elegir entre esos pocos, y mientras se lo digo la acaricio el pelo y enjugo sus lágrimas y le añado que sé que ahora lo está pasando mal, y que es inevitable, pero que ya verá como es así. Ya verá...

Y no le digo que, cuando eres mayor, los problemas de corazón no terminan, pero son ligeramente distintos. Y que el mayor logro es aprender a estar solo, enamorarse de uno mismo con sus curvas del cerebro y el corazón, esas que no causan bajas ni flaccidez. Y luego si llega uno o una que lo aprecia y está dispuesto a no rendirse a la primera será una fiesta. Sin cámaras ni testigos. Por todo lo alto.

Y mi confidente me abraza y me dice que soy la mejor. Y a mí se me ha encogido el alma por no poder impedir que se desgaste y sufra...






martes, 20 de enero de 2015

LA DICTADURA DEL GRUPO DE WHATSAPP

A Minichuki no la han invitado a un cumpleaños y está desolada. Ayer me contaba que cuando se acerca al grupito que sí irá a la fiesta se callan todos de golpe. En esos casos me dan ganas de saltarme con pértiga todas las normas ISO de la educación y en lugar de aconsejarle el consabido "no te preocupes, hija, eso nos ha pasado a todos. No se puede invitar a toda la clase..." decirle: "¡Como vaya yo a ese patio les voy a hacer un corte de mangas a esas pendejas que se van a enterar!". Eso que me pide el cuerpo.

Pero lo que pienso decirle es que sentirse fuera nunca es cómodo, pero tiene sus ventajas. Te permite observar con distancia, te permite tomar notas y escribir. La soledad, bien gestionada,  es una atalaya privilegiada. Una habitación con vistas. Los grupos son un camping, un jolgorio, una multipropiedad que mola pero a veces te somete a servidumbres innegociables. Dentro de ellos hace calor, pero también mucho ruido y si te pasan la botella y no bebes a veces te ponen falta. Hay que seleccionar cuidadosamente dónde te integras antes de que sea demasiado tarde y te veas en conversaciones en las que nunca quisiste participar o quedando para ir al cine con quien no tienes nada que comentar a la salida.

La irrupción de los grupos de wasap (whatsapp) ha generado un ansia voraz por la pandilla virtual, y ciertas dosis de hartazgo. Si te meten en uno sin permiso aguantas una cola de comentarios acompañados de pitidos. Si te sales, eres una borde y encima se entera hasta el Tato: "Fulanito ha abandonado el grupo", aparece bien clarito. Si te callas, eres asocial o poco generoso. Si respondes tarde, inoportuno. Si abusas de monosílabos, lacónico. Si abusas de emoticonos, naif.

Dicho esto, yo participo en pocos grupos de wasap,  en los que me siento como en casa. Está el de mis hermanos y cuñados, donde admitimos hijos y sobrinos al cumplir la mayoría de edad (y como mi adolescente ya es adultescente me recrimina mis comentarios cuando llego a casa). El de mis amigas de la universidad -grupo llamado "Las Chicas" al que un día habrá que rebautizar "Golden chicas"- el de las Lideresas del curso "Cómo ser jefa y disfrutarlo" (vale, no se llama exactamente así...) y el grupo Astur: El de amigos de Madrid que amamos esa tierra sobre todas las cosas y nos juntamos en un bar cutre a beber Mahou cinco estrellas mientras llega el momento de regresar al Cantábrico y al Hoyu del Agua, nuestra sidrería de referencia: dos matrimonios estables y dos divorciados sueltos que a ratos tienen novio y a ratos no. 

Formo además parte de un grupo de blogueros invitados por el Thyssen para privilegiadas visitas por sus expos que me hace feliz como niño en montaña rusa, de varios grupos literarios sin debate, y en breve me integraré en un grupo nuevo alrededor de una mesa donde no conozco a nadie. Excitante, ¿no?

Supongo que es un listado exiguo, lo que me convierte en poco popular, como Minichuki a nivel cumpleaños.  Pero a mí me basta y me permite aislarme para pensar sobre los grupos. Y cultivar la amistad cara a cara, a uno o con dos. Microgrupos que permiten más intimidad, más confidencia y esa sensación de estar atento, muy atento al otro mientras la camarera repite con impaciencia qué es lo que vais a comer hoy.








lunes, 19 de enero de 2015

HOY ES BLUE MONDAY, A LLORAR POR DECRETO

Hoy es el Blue Monday. O sea, el día más triste del año por decreto y según un estudio muy científico que cruza tres variables definitivas e irrebatibles: Hace frío, no hemos cobrado aún y no hemos cumplido los propósitos 2015 que nos hicimos en plena euforia de Moet Chandon y cotillón verbenero.

Vamos, que con mucho menos me invento yo una teoría y colapso las redes sociales a todo lo que da.

Las ventajas de esta patente de corso para la tristeza son que los mortis naturales pueden explayarse a libre demanda (esa expresión terrorífica para toda mujer que haya amamantado comprende), que por fin nadie achacará a la regla el abatimiento y que cualquier desgracia que suceda tendrá una explicación cabal.

Hoy toca escuchar a un cantautor llorón y trasnochado, ver un drama serie B en la tele con tu adolescente al lado y acordarte de tus muertos. Juntarte con algún pelma Calimero, de esos que sólo hablan de catástrofes y sucedidos luctuosos, suspender un examen o ser abandonado. Sentirte miserable como un perro vagabundo bajo la lluvia un día de tormenta. Un perro de Coetzee, por ejemplo.

Aunque yo soy más partidaria del prorrateo más que del regodeo. Mejor dividir en cómodos plazos el monto de penas que corresponden al año y, en los casos en los que la tristeza se haya concentrado en varios meses, darle vacaciones en un resort tope de palmeras para el resto de la temporada.

Creo que la tristeza es adictiva. Conozco a quien se ha instalado en ella porque da sentido a una vida carente de otras emociones. Si te reconoces como triste ya estás dotado de una identidad. La tristeza puede ser sexy, artística, sobre todo si posee un aúrea melancólica (Hay abundantes pruebas de ello en El Prado o en el Thyssen). Pero a la larga es un tostón. Y cuando es una pose, insoportable.

(Admiro a quienes emergen de sus garras, mareados y convulsos, y deciden plantarle cara y sobrevivir).

Naturalmente, no estoy hablando de los depresivos. La tristeza con prospecto es otra cosa y no atiende a indicaciones de calendario. Entre otras cosas porque a un deprimido hace tiempo que dejó de interesarle en qué día vive. Si es lunes o viernes noche. O si un oportunista con demasiado tiempo libre se ha inventado el Blue Monday para vender kleenex o libros de autosuicidio mientras se frota las manos al comprobar que los blogueros se han agarrado a su tontería como a tabla de salvación para dirimir qué pena es legítima y cuál no. O para llegar a la conclusión de que sólo lo inevitable merece la tristeza que invertimos, y que es una lástima el derroche que hacemos de lágrimas por lo que perdimos, pero que los duelos deben ser cumplidos como un buen psicoanálisis, de la A a la Z, o se enquistan y estallan como arterias debilitadas por la mala vida.

Y un día, cuando menos te lo esperas, dejas de mojar la almohada y entiendes que ya toca un tiempo seco y soleado, aunque ahí afuera caigan rayos y centellas y los manieristas de la pena estén rugiendo de placer porque es su día y habrá barra libre de lamentos y nadie les hará reproches por quejarse sin demasiados motivos, agotando tontamente los recursos para el día en que llegue, como un ciclón, ese dolor impertinente, de clavos y astillas, desbordado,  que no admite ni media tontería ni depara un titular fácil de prensa.

Así que, en rebeldía, declaro que hoy no pienso llorar ni lamentarme salvo que sea estrictamente necesario. Valga esto como una carcajada salvaje de lunes. Sobrevivamos a la tentación del llanto si no es inevitable. Riamos a destajo, si sobran los motivos.






domingo, 18 de enero de 2015

ELOGIO DEL VOLCÁN DORMIDO

Soy de esas que aún no han leído "En busca del tiempo perdido", pero sí algunas cartas muy jugosas y reveladoras del joven Proust: "Existen escritores mudos como existen volcanes dormidos, cuyo nombre infernal con resonancias sulfúreas, de fuego y muerte, también hace temblar a los hombres", le escribe a Felicien Marboeuf, escritor sin obra que le inspiró "A la sombra de las muchachas en flor" (parece que le gustaban las carnes demasiado tersas) entre otras muchas revelaciones por correspondencia que lo acercan peligrosamente al territorio plagio.

El silencio fue la sombra de su obra, asegura sobre Marboeuf  Jean-Yves Jouannais en ese ensayo imprescindible del que ya hablé titulado "I would prefer not" (Acantilado). Una joya que no he desalojado de mi pirámide de libros de cama porque es orgía garantizada en tiempos de secano y porque sería de los diez que me llevaría a una isla desierta si no fuera porque pienso que a mí no se me ha perdido nada en una isla desierta.

T.S Eliot
Me encantan los escritores mudos, esos que se defienden con su talento escrito, la antítesis de esos otros frívolos que piensan que porque les publican ya son autores de éxito y te hablan de "su libro" como de su rimmel de pestañas y sacan sus plumas fatuas a pasear en los conciliábulos literarios para sentirse parte de un lobby al que no aportan más que un contoneo ridículo. Tengo algunos amigos que escriben al viento y suelo estar atenta con mi cazamariposas para impedir que se evaporen las heridas de su genio. Y voto a bríos que los dioses me castigan porque entre los poquísimos libros que recibo por correo en el trabajo la mayoría llevan títulos del tipo "Corre que el amor vuela" o "Adelgazar sin meterte los dedos en la boca" (Me los acabo de inventar, pero por ahí va la cosa). Cuando protesto a voz en grito, E. , que es generosa, me tiende un T.S Eliot -"La Tierra Baldía", fantástica edición bilingüe de Lumen- y yo me calmo como los niños cuando consiguen el bocadillo de Nocilla.

Pero sin duda la vida te compensa y a falta de buena literatura gratis te brinda personajes únicos. Puedo presumir de compartir coche con la única persona que conozco a la que le quedó flauta para septiembre en su tierna infancia.  Me parece excepcional haber sobrevivido a una humillación tan poco común, y ser así de pizpireta. P. además de ese récord envidiable que a sus padres debió convertir aquel verano en un infierno dodecafónico, tiene en su haber la virtud de sonreir al mal tiempo, conducir descalza y de ir medio desnuda con una naturalidad y una alegría descomunales.

El otro día nuestro tema de conversación versó sobre lo suyo con la flauta, dado que C., la tercera pasajera, tiene mellizos en edad de dar por saco con este instrumento humilde y tocapelotesco. Yo lancé la clásica gran pregunta que una se hace maldormida: ¿En qué momento a alguien se le ocurre tocar los platillos? ¿Pasarse cientos de años en el Conservatorio para terminar con tres intervenciones de percusión en una sinfonía? ¿Qué tipo de ambición low profile te lleva a no querer brillar, sino a esperar pacientemente tu turno para pegar un platillazo y volver a tu sitio con la cabeza gacha?

A lo mejor es que igual que hay escritores sin obra, hay músicos sin ego. Volcanes dormidos que han aprendido que un instante de gloria, de estallido con lava incandescente,  bien merece el esfuerzo y la fatiga de horas de ensayo. Por eso me caen tan bien los percusionistas. Por eso me caen tan mal los falsos escritores que tocan sus flautas sin sordina a la hora de la siesta y no sienten respeto y reverencia por eso tan excelso, tan puro y tan explosivo como es la gran literatura. Algo íntimo y contagioso que espera su estallido justo. El golpe de platillo. Y que se haga el silencio y sea Obra.

"Cae la noche de octubre; regreso como siempre" . La Tierra Baldía.






viernes, 16 de enero de 2015

LA VIDA NINJA DE UNA MUJER CANSADA

Cada noche, cuando entro por el portal de casa, temo que Vlad me entretenga con algún sucedido de la comunidad. Mi cetro de presidenta tiene sus días contados, pero amenaza con ser trepidante hasta el último segundo.

Ayer, dos vecinas ancianitas escuchaban al conserje con cara de susto. Yo traté de pasar detrás del grupo, escondida sibilinamente en el cuello del abrigo. Pero había subestimado una vez más los poderes ninja de mi carcerbero.

-Escuche, escuche. Le estoy diciendo a doña P. y a doña M (cuando quiere el jodío es muy ceremonioso) que ha venido un tal Antonio Sánchez vestido de Gas Natural y con un carnet con su foto -falso, naturalmente- a hacer una revisión del gas de doña G. y le ha estafado 110 euros.

En esos casos en guión de Presidencia dice que hay que poner cara de sorpresa indignada. Y tomar una decisión, cualquiera que sea, para dar a entender a las doñas que sus vidas están más seguras gracias a ti:

-Habrá que extremar las precauciones, sí... (yo también he leído a Hércules Poirot)

Asumo que no fui muy convincente. Pero cuando llego a casa apenas me queda fuelle para quitarme los zapatos, y la sobreactuación requiere mucha energía. Así que Vlad, decepcionado sin duda por mi falta de agallas, pasó al ataque.

-¿Ha visto ya las nuevas bombillas en tono cálido? ¿Le parecen bien?

No las había visto, no me había fijado, pero debía mentir porque fui yo quien la lió al descubrir mi descansillo iluminado como el bar del Tanatorio. 

-¿Por qué hay luz blanca en lugar de amarilla? quise saber un día.
-Porque don A. (el administrador también es don) ha comprado una partida de bombillas led muy baratas. Yo le dije que quería esa para mi chiscón, pero nada más...
-Pues yo no quiero que la entrada de mi casa parezca Alcatraz o la comisaría del barrio.

Había que tirar del hilo, porque el gesto del conserje ocultaba algo, y como presidenta de mi comunidad he desarrollado un olfato insólito para la trola y el chivateo. Así que me puse en contacto con el administrador, a quien no llamo don porque no me da la gana, y él me explicó que Vlad le había dicho cómo debían ser las bombillas. El tipejillo había tirado la piedra y escondido la mano!

Debo añadir que soy tan intolerante a la mentira como rarita para las luces. Para empezar, odio las de techo, sean las que sean. Y los clásicos fluorescentes de cocina española, muy del desarrollismo, donde toda carne que entra -de persona, ternera o pollo- parece recién salida de la cámara frigorífica de un forense. Yo soy muy de luces indirectas, bajas, cálidas y amarillas. Y me cuesta horrores encontrar la lámpara fetén, con lo que termino perpetuando la bombilla desnuda en algunos rincones de mi casa.

Además, voy detrás de las Chukis apagando las luces que ellas dejan encendidas. Una de las funciones que la tradición reserva a las madres, además de cerrar grifos y reponer el rollo del papel higiénico. Iluminar tu vida adecuadamente no me parece un asunto menor, y cuando una vez alguien colocó una lámpara al otro lado de su cama lo entendí como un gesto de cariño (luego resultó que cuando yo salía por la puerta él quitaba la lámpara de la mesilla). Si no te quieren, te condenan a la oscuridad o, mucho peor, te plantan un foco cenital que te traslada a los interrogatorios de la Stasi. Y esa es la señal de que debes salir en estampida.

La cosa es que cuando ayer logré zafarme del Ninja y las doñas y lanzarme al ascensor, volví a olvidar fijarme en la luz del descansillo, y a mi adolescente, que yacía lánguida y febril en el sofá, le advertí de que no abriera la puerta al tipo del gas, ni con uniforme ni sin él. "Mejor no abras a nadie, chitina, ni siquiera a Vlad.... Y sospecha de todo ser que te ilumine en blanco y desde el techo".

La pobre me miró como se mira a una loca en ciernes, y encogiéndose de hombros, murmuró: ¡Pero mamá, si nosotras no tenemos gas!

Cierto.

Hoy por la mañana he vuelto a cambiar el rollo del baño.


miércoles, 14 de enero de 2015

MI DOLOR NO ES TU DOLOR

Nadie puede ponerse en el lugar de nadie, pero la integridad de la armadura social enclenque en la que bostezamos cada madrugada depende de eso. Ni todos somos Charlie ni nos gustaría serlo, pero aplaudimos la proclama, sencilla y fácil de repetir, porque sentimos que así debe ser, que la solidaridad nos humaniza y nos separa de las bestias. Que lo más cerca que podemos estar de una realidad que nos supera son un puñado de palabras que la nombran. Mal escritas, desafortunadas y desnudas.

El dolor no es transferible, ni inteligible. Lo supe anoche cuando leí un wasap demoledor de alguien que atraviesa el túnel del duelo, y de quien no pienso hablar por respeto. Pero su lectura me hizo pensar que todas mis penas, sumanas, no llegaban al tobillo de las suyas. Que toda palabra de consuelo era un atropello necesario, pero atropello. Quién era yo para decirle que entendía la punzada en el costado como si alguna vez me hubiera atravesado con su acero. Entendí que se haya desconectado de todo para acomodarse a las esquinas en brasas de la pena.Y que no había nada que pudiera hacer por ella salvo estar disponible con unas flores por si decide salir de su hermetismo.

Puede que lo que aúne la pérdida, cualquier pérdida, es esa sensación de abatimiento espeso, de nadar en un tanque de petróleo. Y saber que el breve instante en el que conseguirás sacar la cabeza a la superficie no te salvará de la asfixia. El dolor es submarinismo a pulmón. Cada uno se mide según una capacidad inesperada para la que no hay entrenamiento. El dolor te pilla durmiendo, te pilla desayunando o haciendo la lista de la compra y te incapacita para sentir otra cosa que no sea su andanada.

Pero nos han enseñado palabras para soportar mirar a la cara a quien está de luto y darle a entender que le acompañamos en el sentimiento. Menuda insensatez. Habrá quien contenga las ganas de dar una bofetada. Lo comprendo. Ni yo soy Charlie ni me puedo poner en tu lugar. Sólo espantarme y entender el sinsentido del temor. La huella negra de la violencia. Y respirar con cierto alivio mezquino porque esta vez no me tocaba a mí.

Muy pocas veces he sentido la caricia del consuelo en un funeral. Pero he aprendido el valor del ritual para empezar a remontar. La despedida es necesaria para no vivir rodeado de fantasmas. Para aclimatarnos a la asfixiante certeza de que no va a volver. Y, con el tiempo, aprender a desposeer a nuestros muertos, reales o ficticios, de atributos que en realidad nunca tuvieron pero construimos en un intento desesperado de elevarlos a un altarcillo y entretener las horas y los días mirando una escultura bella, perfecta.

A veces hago un recuento de pérdidas para sentirme bien. Pasados los cuarenta el parte de guerra tiene algunos nombres. Historias que empezaron y terminaron. Despedidas necesarias o sobrevenidas. Y la experiencia nos dice que todo pasa, que todo se supera. Pero uno tiene derecho a entregarse a la desesperanza y desangrarse de dolor sin que nadie le dé palmaditas en la espalda y frases de cabecera bienintencionadas pero a menudo inoportunas.

Anoche leyendo a mi amiga decidí que el día que la vida me dé un zarpazo mortal quiero perderme en la selva, como pantera herida, y derramarme sola. Mientras tanto voy poniendo marcas al camino de los pasos perdidos. Un mes, dos meses, cinco... Y a salir del taque, y a coger oxígeno. Y a vivir, que es saludar la muerte con gesto de triunfo. Y a respetar el luto ajeno. Sin frases hechas ni solidaridades facilonas. A distancia, pero cerca.






lunes, 12 de enero de 2015

CHICAS MALAS

Hayat Boumeddiene&Amedy Coulibaly
De todas las informaciones sobre los atentados de París, me llama la atención en especial la que habla de la esposa yihadista del hombre que entró en el supermercado judío, la mujer más perseguida en Francia. A menudo la violencia y la crueldad en la mujer se abordan desde la extrañeza. Como si una mujer careciese de pulsiones destructivas, crueles, asesinas.

Que un hombre ataque a otro se entiende como mandato hormonal. La ley de la selva. Dos mujeres que pelean enseguida se califican de luchadoras de barro, con connotaciones de espectáculo erótico (para hombres). Y provocan más burla o condescendencia que compasión. (Yo de pequeña recuerdo haberme tirado de los pelos con una niña que tenía el doble de masa capilar que yo. Recuerdo la rabia, el deseo de venganza, el abrigo azul marino lleno de testimonios arrancados de la lucha. Y ese dolor sordo que te deja dejarte llevar por un instinto primario destructivo. Y recuerdo haber despertado más de una sonrisilla al contarlo después).

De los periódicos que leí ayer -El País, El Mundo y el ABC- uno de ellos, no recuerdo ahora cuál, acompañaba la noticia de dos fotos. En una la yihadista aparecía en bikini con su hombre. En la otra sola y cubierta de negro, en posición de ataque y con un arma entre las manos Algo del contraste me molestaba. No sé si la sensación implícita de que se quería insinuar que era una lástima que una chica tan mona se hubiera echado a perder privándonos del espectáculo de su cuerpo. O sea, que de haber sido fea y gorda esa foto no estaría allí. O lo mismo sí.

Pero asumo que esta interpretación es mía y es de lunes. Cuando uno regurgita la prensa concentrada del domingo.

Las peleas de gatas engordan el share en la televisión. No pienso nombrar a ese programa de la sobremesa donde gente vulgar que se presenta como periodista o tertulianos se dedican a despellejarse sin pudor y sin cuidar la sintaxis de sus frases (imagino que por incompetencia y falta de recursos). Allí las mujeres vomitan imprecaciones con idéntica vehemencia que sus colegas hombres. Pero ellas gritan más, les ayudan los agudos. Y el espectáculo es lamentable, un ejemplo de igualdad de género por abajo.  Ellas pueden ser tan agresivas y tan vulgares como ellos. Faltaría más.

La mujer del velo y el bikini se llama Hayat Boumeddiene, tiene 26 años y ha matado a un policía, presuntamente. Si la miras en la foto de carnet, parece que ha intentado poner cara de mala, de sospechosa habitual, de dura de salón. A su lado su marido, Amedy Coulibaly, abatido por la policía como autor del secuestro de rehenes, parece un buen hombre, o un tipo anodino que compra a tu lado una barra de pan.

Salgo ya del jardín en el que me he metido. No sin antes subrayar algunas perogrulladas. Una mujer embarazada puede atracar un banco. Pero nadie sospecharía de ella, que alberga un ser humano bajo su tripa. Y una mujer puede ser la jefa de una banda terrorista, la asesina en serie del callejón. Y además posar en bikini o asistir al festival de la guardería de su hijo. Faltaría más.

Hay mujeres malas pero nos empeñamos en obviarlo o presentarlas como anomalías sociales...

 






domingo, 11 de enero de 2015

10 RAZONES PARA NO SALIR DE NOCHE

1. No se ve nada. Tropiezas, te tiran copas encima, te agarran de la cintura manos extrañas. Te equivocas de bebida, suponiendo que no desaparezca misteriosamente la tuya de la barra. Pierdes el ticket del ropero. El feo parece guapo (y viceversa). El baño no tiene luz. Ni papel. Ni demasiada higiene (que por suerte no ves bien)

2. No se oye. Si eres de los que ligan por las orejas, mejor vete a un concierto de cámara o a la presentación de un libro mediocre de presentador de TV de éxito.

3.Se llevan las Kardashian (y tú no lo fuiste, no lo eres y no lo serás ni con cirugía). Anoche no eras nadie si no tenías un culo mórbido (y os aseguro que había mucho de esos, embutidos en lycra de la que prende fuego con frotarla. Un magreo puede provocar un incendio, y Cristina Cifuentes aún no ha prohibido esos tejidos).

4.Laca y Lycra son los materiales cool. A los tejidos nobles no se les ha perdido nada en las boites.

5.Si no tienes una melena larga, natural o postiza, date por eliminada del concurso.
Dándolo todo

6.Los DJs se han vuelto groseros. Tú estás en el 50 cumpleaños de tu amiga y vas con sonrisa retadora a pedir "música de los 80". El tipo te mira y con gesto cómplice te dice: "Descuida, yo también tengo 50 años". Tú pones la postura de la cobra y dices digna y estupenda: "Pues a mí aún me quedan más de dos años N.T.J!!!", y luego lo das todo por Aretha Franklin, Gloria Gaynor, Calamaro, Secretos, Blondie, Celtas Cortos, Grease...

7.Hay señoras de más de 65 -juro que no exagero- en la pista que miran a tus amigos de 50 con ojos golositos mientras meten tripa en sus correspondientes vestidos elásticos.  Y señores de 60 que bailan con trotecillos juveniles mientras escrutan voraces a las Kardashian de 30. O sea, que si eres mujer heterosexual en la década de los cuarenta, mejor prueba a hacerte un poco lesbiana.

Dress Code horribilis

8.Cuando estás venida arriba el DJ cambia de estilo musical y no te sabes ni una, así que abandonas la pista. Como ya no bebes espirituosos porque quieres estar tan buena como si llevaras lycra marcona, sólo te queda conversar/despellejar a las de la Lycra. Y como no se oye, la única opción es largarte.

9.Cuando sales siempre hace frío y siempre tardas un rato en coger un taxi.Y siempre tardas en dormir más de la cuenta.

10.Al día siguiente tienes resaca de sueño, que es esa resaca espesa y absurda porque ni siquiera tiene un pecado que la justifique, un relato canalla o lascivo ad hoc. Y entonces decides que te quedarás todo el día en casa y en pijama. Que hace años que sabes que lo tuyo es madrugar, pero que por una amiga lo que sea. Hasta embutirse en lycra a los 65 y bailar con el capitán del crucero que haremos cuando el resto del grupo nos unamos a esa década prodigiosa que nos llama con sus cantos de sirena.



sábado, 10 de enero de 2015

UN FRANCÉS NO ES SEXO ORAL

Librería San Ginés
"Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. (...) Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Resultaba bastante fácil imaginar su calavera".

Ayer le regalé a mi adolescente el libro "Perdida" (Gone Girl), de Gillian Flynn, en un intento más de proselitismo literario con concesiones. "Perdida" pasa por ser un best seller digno,  a prueba de recelos de lectora pejiguera. "Su autora es algo así como la hija bastarda de Jerry Seinfeld y Patricia Highsmith", asegura el crítico Rodrigo Fresán, de quien me fío. Su arranque me parece bien. Su final, lo mismo: "No tengo nada más que añadir. Sólo quería asegurarme de tener la última palabra. Creo que me lo he ganado".

Yo me había ganado salir a merendar a la Chocolatería San Ginés. Un plan transgresor y modernícola de viernes si no eres una señorona con laca ni una guiri ansiosa de lugares "emblemáticos" (me sale urticaria sólo de teclear el adjetivo). Yo pedí churros light y al parecer de eso no tienen. En lugar de chocolate espeso, un francés (que no es sexo oral sino algo parecido al Coca-Cao. Una mariconada, con perdón. Así que me pasé el rato mojando mis churros en chocolate ajeno).

Cuando pienso en el chocolate espeso siempre pienso en los sábados de mi infancia fugitiva. En la barra libre de amor y desagravio. En lluvia afuera libre, impetuosa,  y yo dentro con un libro y una manta de lana en las rodillas. 

De San Ginés lo que más me gusta es ese callejón del mismo nombre que hay que recorrer para llegar, entre la boite Joy Eslava ("la Joy") y esa librería vieja y descapotable donde mi ex suegro solía detenerse para acariciar los lomos de los libros más vetustos. San Ginés es un triángulo de las Bermudas donde naufragas en las letras, en la música o en las grasas saturadas. Y siempre te rescata alguien.

Ayer fui rescatada por M. y T. Mis dos cómplices han decidido que debo sacar mis plumas a pasear y quitarme el negro a jirones. "Es muy fácil, yo me iba a un bar de Pelisordo cuando estuve de enfermera y me pedía algo en la barra. Así pasaba el tiempo hasta que se me acercaba alguien y me decía: "Ah, tú eres la enfermera, ¿no?". Les conté que estoy siendo tentada para entrar en un grupo cuyo fin es cumplir un sueño. Les confieso mis reservas:

-Veréis, yo odio la palabra sueño como odio la palabra ilusión, el granito de arena, la punta del iceberg, la autoayuda, el tofu o la mermelada de frambuesa. Mi único sueño es conseguir dormir del tirón siete horas sin ayuda. Y que alguien invente los churros light.

Cuando pienso en los sueños, querida Gillian, pienso en que últimamente mis pesadillas son caminos que se hunden bajo mis pies o bajo las ruedas de un Golf GTI rojo con el que aprendí a conducir. Arenas movedizas que me absorben y yo no hago nada. Me quedo tumbada boca arriba, sin gritar, y aguardo tranquila a que llegue y me rescate. Tic, tac. Y nunca llega. Y se hace el vacío dentro de mi cráneo. Y no vislumbro mi calavera, por más que me concentro. Pero sí el olor a hueso chamuscado.

-Yo ligué con un oculista que estaba muy bueno, hasta que un día en que quedamos se empeñó en mostrarme las fotos de su viaje a Ibiza y en todas estaba en pelotas.
-Pues yo me repartí el ajuar con M. cuando rompimos justo antes de la boda. Él los vasos, yo las copas. Y media vajilla para cada uno. Ahora sólo tengo platos llanos.
-Chicas, ¿qué hago con lo de los sueños? Me he propuesto ser muy openminded en 2015. ¿Digo que sí y ya veremos? Dame ese churro, anda.

De San Ginés hay que tirarse al Pisco Sour. Ese brebaje mágico que te empuja a escuchar a la Enfermera del Amor atentamente cuando te ordena apuntar un teléfono y llamar a un tal Manuel que organiza excursiones al Cerro de no sé dónde. Y apuntar obediente otro teléfono que te pasa M.  para dar clases de tango con un tal Ezequiel, mano de santo. (Esequiel, me corrige M.).

Casi a punto de disolvernos, me llama A. Lleva dos meses desaparecido por el luto pero lo primero que me cuenta es la película que acaba de ver, "Enigma". Luego me confiesa que tiene la sensación de haber estado seis años en lo alto del Empire State y ahora yace abajo, aplastado. Le propongo que vayamos juntos a clase de tango. Se ríe.  "¿Tú cómo estás, chica guapa?". Estoy bien, amigo. Con ganas de baile aunque ya sabes que no me dejo llevar...

Cuando pienso en el tango pienso en un caldo caliente de gallina. En billetes de ida. En llamar a Esequiel o no llamarlo. En que hoy no pegué ojo pero tengo una fiesta y debo elegir vestido y unos buenos zapatos. En chocolate espeso...En Lisboa, en Nueva York.









viernes, 9 de enero de 2015

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE VANESA

"En el principio de la ficción están siempre los nombres de los personajes (...) Equivocarse en el nombre es condenar a un personaje a la inverosimilitud".

Hay personas puestas ahí para contar lo que pasa y personas diseñadas para que les pase. Testigos y actores. Esta revelación no me la ha transferido el ángel Gabriel, ese que deja embarazadas a las vírgenes, sino un ser burlón que me hace suya los jueves por la tarde, cuando mi relajación de obligaciones domésticas allana el camino a las posesiones de toda índole.

El hombre (o la mujer) que mira está condenado a no participar de la fiesta. Es el Nick Carraway de El Gran Gatsby. En vulgaris diríamos eso de "no se puede estar en la procesión y repicando". Una vez entrevisté a un director de cine español de éxito y me confesó que cuando ama apasionadamente no escribe. "Bastante tienes con estar enamorado". El que escribe y se entrega a fondo no comparte con nadie el tiempo que destina a pulir a un personaje, a colocarlo en un lugar del mapa real o imaginario y a pulsar el botón de acción.

Y cuando lo bautiza, le pone un nombre, se hace un silencio, redoblan los tambores y siente que lo ha dotado de vida o se lo ha cargado sin remedio. Y recoge sus despojos y lo entierra con honores de aborto sobrevenido.

Daría un brazo por saber cómo y por qué algunos de mis escritores llamaron a un personaje Dorian Grey, Frankenstein, Doctor Jekyll o DÁrtagnan. 

Vanessa Bell
El nombre te marca para bien o para mal.

Si te llamas Vanesa más vale que seas una intelectual estilo Bloomsbury como Vanessa Bell, hermana de Virginia Wolf.  Y luego están los nombres de virtudes. En mi  colegio, en medio del maremágnum de Maricármenes, Pilis o Conchitas, había una Purita (como había una Encarnita). La primera me caía mal, la recuerdo pequeña, retorcida y miserable; la clásica que no te presta los bolis aunque tenga varios y de todos los colores. La segunda era tartamuda y se azoraba en clase. No sé si terminó el bachillerato. No visualizo el interior de su estuche pero sí su piel lechosa y sus ojos miopes, de vítreo turbio,  bajo unas gafas pasadas de moda y llenas de huellas de dedos. También que las monjas perdían pronto con ella la paciencia. Cuando pasaban lista las llamaban "Purificación" y "Encarnación", y dichos así, sus nombres retumbaban como una  llamada al orden o a ingresar en el convento.

Mi nombre, para entrar en el lote del agravio,  me condenaba al diminutivo y a la pureza perpetua. No sé qué era peor. Pero sí que le puse remedio en cuanto supe que no era un personaje de novela de género, sino una mirona subida al árbol con las medias caídas, las rodillas llenas de costras, los pelos siempre fuera de lugar y un lápiz en ebullición entre los dedos.

(Si te llamas Cleopatra no debes acercarte a las serpientes. Si te llamas Antonia no puedes ser una mosquita muerta).

Nuestros abuelos ponían los nombres del santoral. Los afortunados bebés que nacieran tal día como hoy se llamarían Adrián, Basilisa, Celso, Vidal o Revocato. Los padres de hoy bautizan a menudo pensando en el profesional de éxito que imaginan para su vástago. O en el nombre de moda. O en el que no es cacofónico pegado al apellido.  O en el más ostentoso. O en el más inverosímil.

Leo que en España existen 604 bautizadas Shakira y 76 hombres llamados Canuto. Oh my Good! Por mucho menos debería haber detenciones de padres.

"La edad media de las mujeres que se llaman Prepedigna y Afrodisia supera los ochenta años; y los varones más longevos llevan los nombres ingleses de Edward Albert, Reginald John, Albert William y Ronald Frederick". La Voz de Galicia.

Llevo un tiempo, lo confieso, registrando nombres para personajes que aún no han nacido y títulos de novelas que aún no son. Anoto cosas del tipo "Todos los carniceros descuartizadores se llaman Fritz" y me quedo tan ancha. Desde mi árbol miro y remiro. Con las rodillas despellejadas de jugar a "Churro Va", como solía,   y un ojo vigilante por si se me presenta un ángel y en sueños me llama Purita. O algo peor.

PD. Escribo mis nombres e ideas de jueves en un Samsung Note 4 con un programa fabuloso de Montblanc que simula escritura con pluma. Nunca he sido tan feliz con un Smartphone!!.