sábado, 28 de febrero de 2015

¿RESISTES LA PRUEBA DE LA BANDA SONORA DE TU VIDA?

Hay expresiones cursis -"la banda sonora de tu vida"- y gente cursi hasta respirando. El cursi suele aferrarse a palabras y diminutivos como el mono a las lianas de la selva. Una tras otra para no pisar el suelo y darse cuenta de la risa que provoca.

La banda sonora de mi vida es un despiporre. Soy de las que aún compran discos sin orden ni concierto. Si para muchos la pregunta "¿estás casado?" resulta comprometedora, para mí lo es "¿qué tipo de música te gusta?". La última vez que me la hicieron respondí algo tan impresciso como "Soy rarita, me gustan los fados, Bach, Antony (con Johnsons y sin ellos), Chet Baker pero sin poder darte cinco títulos de sus temazos, y Luisa Fernanda en categoría zarzuelas". Fue lo primero que se me ocurrió, pero podía haber tenido el paso cambiado y recitado a Carlos Cano, Bebo Valdés o Nina Simone, Aretha Franklin o Gloria Gaynor, mi triunvirato negro de bailes en la cocina. O el Requiem de Mozart, mi valor seguro porque me lleva a una iglesia magnífica con olor a incienso y un retablo barroco de belleza mareante. O Susanita tiene un ratón en categoría nostalgia naif de infancia iconoclasta.

Ando elaborando una lista de mis 100 hits para un mandado editorial y me sorprende mi falta de coherencia. Al Steward o Don Mac Lean y de repente ¡Maria Dolores Pradera!. Con mucho menos los modernícolas y musiquillas me mandarían al paredón. No se puede ser Material Girl y entonar el Gaudeamus Igitur sin ser diagnosticado de bipolaridad aguda (importadores de litio, aquí os espero). Anoche un tipo con profundos conocimientos musicales contaba que no te puede gustar Supertramp y pretender ligar con nadie. Pues a mí me gusta Dreamer, señor mío. Y quien me quiera tendrá que aceptarme con mi viejunismo musical.

Eros Ramazzoti, de traca
Eso sí, juro que nunca coqueteé con Eros Ramazzoti, Luis Miguel, Laura Pausini (Cansini) o Gloria Stefan. Por si sirve de atenuante, señorías. Pero tuve mi etapa Julio Iglesias a los 15, más o menos, lo que retrata una adolescencia edulcorada y triste a nivel malditismo propio de la edad (adiós atenuante...).

A estas alturas de la vida no pienso construirme un personaje más atractivo desde las convenciones musicales de los culturetas postmodernos. Pasados los cuarenta te has ganado ir en chanclas y kaftán y ponerte de Charles Aznavour (mi amiga M. tiene entradas para un concierto que dará en julio a sus 90? años. Le he dicho que las guarde bien que lo mismo el hombre no llega a la cita y se convierten en joyas de subasta para fetichistas de la chanson). Lo más actual que tolero es el rap con enjundia letrera. Asumo a Calle 13 y tengo una hija de 12 años compositora de letras sobre ¿su vida? un tanto macarras y desgarradoras. Preferiría leer su diario íntimo, con eso os digo todo.

Todos los años me propongo regalarme un abono al Auditorio Nacional o al Teatro Real, pero nunca remato. Me gusta el ritual de arreglarme para ir a la ópera, pero también el de llevar un bocadillo a la Plaza Mayor para un concierto callejero. Nunca olvidaré la emoción de aquel concierto entre ruinas romanas, la brisa entre las teclas nerviosas del pianista y una bóveda cuajada de estrellas que parecían un decorado sobrenatural. Trastévere a tiro de bicicleta. O Mina a todo trapo en un hotel de Essauira, con terraza y vistas al corazón de la medina de un enclave que hablaba francés y aglutinaba mujeres tapadas al caer la tarde. El son de los tambores.

Cursis del mundo, debo reconocer que sí. Uno tiene la banda sonora de su vida que en realidad es la de muchas vidas. Tantas como cambia de piel. Y hay que dejar que entren artistas repelentes para perjurar años después de uno mismo, o aceptarse con generosa resignación. Maria Dolores Pradera sonaba en mi casa de pequeña y me sigue arrebatando con sus quiebros de voz aguardentosa. Es más, la juntaría con Charles Aznavour e iría  con mi amiga a ese concierto sintiéndonos tan jóvenes, la vida por delante y Supertramp espantahombres a la vuelta de la esquina.






viernes, 27 de febrero de 2015

¿TE CUESTA MÁS HABLAR DE SEXO O DE DINERO?

"En el arte contemporáneo se discute más de dinero que de sexo. Se tolera, y en cierto modo se desea, que el artista refleje su singularidad con un comportamiento anómalo. Los bigotes de Dalí, la peluca albina de Warhol, las mujeres de Picasso y el amante de Bacon pertenecen a la inconografía del arte. En ese entorno, los desórdenes sexuales no son mala propaganda".

 Los dioses están de mi parte y me sirven a diario a la mesa sus dones y abundancia. Este texto de Juan Villoro forma parte de una joya editorial gestada desde la Fundación Júmex Arte Contemporáneo. Su título, bajo delicadas y bellísimas pastas naranjas salpicadas por minúsculas gotas que caen tras agitar un pincel empapado en pintura azul, es "Azul como una naranja. Una crónica del arte contemporáneo", y ha sido robado con respeto de un verso de Paul Eluard. El regalazo me lo trae R., su impulsora y artífice, desde Londres y agradezco el esfuerzo, la sabiduría y la pasión que duermen entre sus páginas.

Imagino que es intempestivo considerar a estas horas de la madrugada si el dinero da para más discusiones que el sexo. Pero así, a bulto y con apenas un café en el cuerpo, podría estar de acuerdo con el escritor mexicano.  Los que hemos sido educados en el seno de familias donde hablar de dinero estaba (y está) considerado de mal gusto, sólo nos quedaba hablar de sexo y el sexo era tabú. Así que nos hemos pasado la vida tejiendo circunloquios para llegar al mismo sitio. Un callejón oscuro donde enmudecer y dejarse hacer pero no dejarse comprar.
Regalazo! Fundación Júmex.La Colección

La ventaja del dinero es que salpica todos los foros y a menudo afecta más a la intimidad que el sexo. Diría que alumbra mejores novelas (y aquí urge preguntar a Villoro, excelente autor, su opinión al respecto) Pocos libros eróticos de alta intensidad han sobrevivido al paso del tiempo, de la vulgaridad o la desidia. Los lugares comunes destrozan cualquier intento de alumbrar una escena de sexo que puede ser procaz, desvergonzada, tórrida o refinada pero jamás ramplona. El dinero, sin embargo, quizás porque lo manoseamos a diario, es literariamente versátil y se le admite como animal de compañía en historias de avaricia, de Dickens, de Scott Fitzgerald o las Bronte.

Uno suele tener claras sus teorías sobre la riqueza o la pobreza a poco que sea titular de una cuenta corriente en el banco. Sobre el sexo, es como sobre la feria -según le va en ella- pero la experiencia casi resulta anecdótica. Lo que más pesa, me parece, es su imaginario construido desde los primeros calores de la adolescencia, los libros y el cine prohibido, las manos que han palpado sus adentros y, también es importante, lo que imagina y no ejecuta porque es sólo fantasía y así debe seguir siendo.

Hablar de arte me resulta más difícil que hablar de sexo. A falta de una formación sólida  elijo la emoción como guía (y respecto al sexo podría afirmar lo mismo, ahora que caigo). Me gusta, no me gusta quiere decir me interroga, me agita, me provoca rechazo o me deja indiferente. A fuerza de mirar y de mirar voy intuyendo lo que es bueno pero no me atrevería a ponerle la etiqueta de calidad, perdurabilidad o cotización. Y me dejo agitar por los colores, las formas, los trazos, las composiciones, el elemento discordante, el foco que se deshace y mira a otro foco y estalla en un volcán. Y a veces hay un éxtasis y a veces el confort amable y confidente o el vacío. Y puede ser el sexo con pintura. El sexo sin acción. Los tántricos, esos pelmas del erotismo lento (con perdón) tratan de hacer lo mismo pero sin mirar un cuadro, una escultura o una instalación. Y tanta concentración provoca contracturas, imagino.

Así que podría decirse que el arte sustituye al sexo. Pero sería una boutade de las mías. También, venida arriba, afirmaría en un foro de raros que el dinero es un subterfugio del sexo y a veces del amor. Y cuando mi auditorio enmudeciera o rugiera de estupor sacaría unas sombras de Grey y un mechero y le prendería fuego y después declararía: "No fue incendio ni agresión. Fue performance".

Termino con Villoro:

"Con frecuencia, el arte contemporáneo parece una sofisticada forma de lo incomprensible. Sabemos que produce dinero, bienales y fiestas a las que se asiste con los zapatos más raros y costosos del planeta. Esto se comenta en revistas exclusivas, con páginas olorosas a nuevo. ¿Entendemos de qué se trata? Y más aún: ¿El arte contemporáneo existe para ser comprendido o su encanto reside, precisamente, en ser inexcrutable?".

Cámbiese "arte contemporáno" por "sexo" y la sentencia mola también. Bendito sea lo inexcrutable que provoca sacudidas. Temblores.














jueves, 26 de febrero de 2015

BESOS, SUSURROS Y ARQUITECTURA

"Muchos colores vivos, muchos sonidos diáfanos, algunos seres humanos, caricaturas, cómicos, varios momentos violentos de ser".

Así describe su infancia Virginia Woolf, y yo la descubro insomne en un libro de casi 900 páginas que algún día leeré, pero no de un tirón. "Virginia Woolf. La Vida por escrito" (Irene Chikiar Bauer. Taurus) promete darme mucha felicidad, pero me asusta con su envergadura. Otros usos probables del libro serían hacer callar a alguién, abrirle la cabeza o crecer 7 centímetros sin subirme a los zapatos. 

Mi adoración por la escritora tiene sus limitaciones (pocas, ciertamente). Pero su descripción se adapta a mi jornada de ayer. Si agito las cenizas del insomnio veo cuadros, instalaciones y esculturas. Un jardín sofocante y multicolor donde fue titánico conseguir un plato de sushi y donde a falta de asiento me posé sobre un foco que casi me achicharra. Veo un encuentro con una amiga Guadiana y un abrazo fundido a negro de no menos de 15 segundos que nos agitó entre pabellones de ARCO. Veo una conversación con un hombre, abogado, que negocia sellos de transparencia con políticos. Y me veo a mí misma preguntándole: ¿Se puede ser ser transparente y corrupto?

No penseís. La respuesta es sí, se puede.
Virginia Woolf

Veo un encuentro en una fiesta con un hombre afónico que me agarra el brazo y pega su boca a mi oreja y me pregunta por alguien que ya no es. Y me veo en la tesitura de seguirle el juego, pero no se puede engañar a un afónico que te mira con cariño y no despega sus labios de tu lóbulo, así que le doy el titular, y un breve desarrollo, y me besa y musita "hay que mimar a las personas".

Veo que ayer fui besada y abrazada a tutiplén y no me parece nada mal. A cambio me empujaron sin recato y casi tropiezo con mis botas megafashion a juego con un mono negro de crepe rompedor (en casa las chukis aprobaron mi look no sin antes comentar: mamá, te vas a matar). Y me veo a mí misma descubriendo un edificio, la Fundación Giner de los Ríos, para desvestirlo de las luces de neón de la fiesta hasta que se mostrara puro, sus líneas defendiendo su hermosura. Y me veo, enseguida, pensando que la arquitectura hay que verla de día, como a los amantes, recién levantada y con ojeras (las suyas y las mías). Y que era bello ese auditorio rodeado de curvas de hormigón. Y que sería emocionante y privilegiado escuchar allí, recogida, un concierto de piano de Shubert (Sonata 960) cuando la primavera se instale y llegue  en cada nota la fragancia de la hierba del jardín.

-¿Se puede visitar de día? pregunto a quien organiza la velada.
-Llámame y por supuesto. (Alegría)

Fundación Giner de los Ríos
Varios momentos violentos de ser. De eso no veo, querida tocaya. Qué suerte compartir tu nombre pero no tu locura. La violencia de ayer era el estallido de los cuadros. Y encuentros reales que ahora parecen un sueño, como ese hombre que llevaba un zapato en el pie derecho y una bota de cow boy en el izquierdo. Se había intercambiado el calzado con un extraño bastante guapo que acababa de conocer en el planeta gay de la noche. Barbudos, trajeados, perfumados. Artistas y seres que han perdido la voz.  La posibilidad de una huida temprana y mi querido A. que me lleva en volandas a la puerta a por un taxi, cariñoso y alegre.

Y un pensamiento. Me gustan los hombres dulces. La delicadeza que no es femenina pero no teme acercarse. Los mimos intempestivos. Encontrarme a M., tan estilosa siempre y optimista, que me dice que ha ido sola a la fiesta. Que ya aprendió a desafiar la soledad con una copa de vino lenta, nunca apresurada. Y echar un rato con ella, apoyadas en la pared, una cerveza fría y contarle que sólo hace unas horas me abracé en ARCO con A, que también es su amiga. Y brindar por el arte y la alegría. Por los seres que te hablan y es como si te tendieran una manta de cashmere y te cantaran una nana mientras el piano desgrana los últimos acordes del día.  Diáfano, vivo, woolfiano a más no poder.





miércoles, 25 de febrero de 2015

MICRO-STRIPTEASE POR DINERO

El Manantial. Courbet
1-"El compromiso no es otra cosa que actuar en defensa propia". Lo dijo anoche Serrat en la 2, mientras en el Congreso de los Diputados un airado Rajoy le decía a Sánchez "no vuelva usted por aquí" o "es patético". Me parece que los dos actuaban en defensa propia. Me quedo con la poesía.

2-Corrección de estilo, dominio del dibujo, equilibrio de composiciones y preeminencia de los grandes temas (historia, religión y mitología). La pintura académica del XIX hizo posible el nacimiento (reactivo)  del impresionismo y las vanguardias como contrapunto. Ayer en la Fundación Mapfre: El Canto del Cisne levité delante de lienzos de Gérôme, Cabanel, Bouguereau, Laurens, Henner, Meissonier o Baudry de una belleza colosal, imperturbable. Geniales los títulos de los compartimentos temáticos: "El indiscreto encanto de la burguesía" o "El mito: la eternidad de lo humano en cuestión". Fantásticas y audaces las paredes de las salas pintadas de violeta y esa moqueta verde musgo.

3.Apunto una idea que no sé a dónde me va a llevar: Micro-striptease por dinero. (Puede que sea una reacción a los desnudos de la expo). Se me ocurre un relato. Abstenerse copiones.

4. Una madre latinoamericana con cuatro hijos de edades semejantes en el autobús, entre 3 y 8 diría, les advierte mientras los peina torpemente con los dedos: "¿Ya sabéis que vuestro padre no paga nada, verdad?" Los niños fingen que no la han escuchado. La infancia es una vacuna contra la crueldad. Una película de Disney que un día se interrumpe de golpe. Los niños parecen felices con sus mochilas del cole.

5. "Yo estoy en riesgo de exclusión sentimental". Lo escuché y lo guardé en un cajón. Se refería, creo,  a qué pasa cuando uno se va a vivir a casa del novio o novia con miedo a que la relación termine y se queden en la calle. Me parece que el living apart together es la fórmula idónea si el bolsillo resiste, porque además protege al corazón. Aunque todos hemos padecido el síndrome del neceser y la muda cuando nos quedamos a dormir en hogar ajeno y siempre, siempre, se nos olvida el desodorante, la crema hidratante o el secador.





martes, 24 de febrero de 2015

ARCO Y LOS FRANCOTIRADORES

Tener claro quién es tu enemigo otorga mucha tranquilidad. Nicolás Maduro lo tiene claro, son los yanquis, y azuza a su pueblo contra ellos para calentar los titulares, compruebo esta mañana. Puede que sepa que si se queda sin yanquis, se queda en nada. Igual que si se quita el chándal.

El PP tiene claro desde hace poco que su enemigo no es Pablo Iglesias sino Albert Rivera.  Acabáramos.

Tener claro quién es tu competencia te da alas. En lugar de volverte loco disparando a cada hierba que se mueve, te sitúas tranquilamente en un puesto, como experto cazador, y esperas a que pase tu presa. El problema estriba en que tu rival no es tu enemigo. Y a veces te das cuenta, quizás mirando al cielo, y recoges en silencio tu silla plegable y tu rifle de mira telescópica.

Hay hombres, hay mujeres, que necesitan saber a dónde apuntar (aún no he visto El Francotirador, de Clint Eastwood, pero entiendo que detrás de una mirilla uno no ve un futuro cadáver sino un bulto que se mueve y de repente para quieto. Como un conejo. Esta minimización te permite espantar el miedo y espantar los remordimientos). Apretar un gatillo es fácil. Contar tu historia y someterte al escrutinio de millones de espectadores, una moviola del horror.

"Ya no le quedaba ni una sola alternativa, así que Vatanescu le dejó a su cuerpo la libertad de hacer lo que le viniese en gana". (Varanescu y la liebre. Tuomas Kyrö. Alfaguara) Libro que hojeo sin entusiasmo. Varios párrafos me disuaden, pero esta frase me parece bien y viene a cuento).

El Francotirador
Tener claro un objetivo en la vida, aunque sea uno, puede dotarla de terrible consistencia. El resto son tiros al pedo -valga la argentinada- que podrían componer un cuadro. Imaginemos una enorme pared, de 15x8 metros, con los disparos de un mes, un año o los últimos veinte. Debajo de cada uno, una indicación: "Primer matrimonio", "compra de la casa de la playa", "operación de pólipo de 0,5 cm en útero", "fin de carrera". "Derrota del equipo local". "Insomnio". "Más insomnio". "Ruptura con X". "Depilación parcial". "Relato abortado en un lugar de mi ordenador inundado por la Coca Cola de C". "Gritos, llantos, aullidos a la hora de la siesta".

Ahora que se inaugura ARCO, esa feria que a mí me da felicidad aunque lo correcto sea el menosprecio para parecer cool, voy a proponer a una galerista amiga que me permita okupar un muro para mi performance. En el centro dibujaré una enorme diana para que los espectadores disparen a una distancia prudencial. Será como una caseta del parque de atracciones, pero con balas auténticas. Dentro pincharé un corazón caliente con hilillos de sangre chorreando. Yoko Ono me amará. Marina Abramovich querrá casarse conmigo. Los curators más osados se pelearán por mí. Me dirán ¿dónde te escondías? ¿qué más obra tienes disponible? Un ruso mafioso pujará por el muro y le diré que no está en venta. No todavía. Que faltan muchos tiros errados. Que debe aguardar al corazón ajado, a que seque y reduzca su tamaño. Entonces lo meteré en una caja de madera de, pongamos, 15x15 centímetros y, tras sellarlo con lacre lo enviaré al afortunado comprador. Y se encogerá de hombros momentos antes de subirse a su helicóptero privado para ir a cazar a una reserva africana con jaimas y millonarios abúlicos que practican el deporte de la ira. Un actividad nada sostenible.

Paro ya, que regalar las ideas a estas horas es un desperdicio. La noticia de Maduro me ha disparado los dedos. Bendito seas, fantoche mío. Escribir en lugar de matar. En lugar de arengar a los bobos. En lugar de perder el tiempo en un bosque con fieras amaestradas para ponerse a tiro. No hay enemigo menor, sólo rival por venir. Tengámoslo claro y ofrezcámosle el mejor vino y una sombra en la selva. En tiempos de paz los francotiradores son monigotes de película. Pero ellos aún no se han enterado.


lunes, 23 de febrero de 2015

MI VESTIDO DE LOS OSCAR

Veredicto final
Lo mejor de la noche de los Oscar es irse a la cama bien temprano y madrugar para descubrir el veredicto. Que no haya ganado Boyhood me decepciona, porque la de Iñárritu no la he visto y eso me anula como tertuliana cuando hoy los pasillos se llenen de conversaciones sobre las estatuillas.

Sí podré decir que Julianne Moore es una diosa, que las rubias avasallaron con su contundencia por mayoría (Rosemund Pike, Patricia Arquette, Gwyneth Paltrow, Cate Blanchett, Naomi Watts...) y que pensaba que los calzoncillos del presentador -Neil Patrick Harris- ya no los fabricaban (está de moda quedarse en ropa interior si eres presentador. Dani Rovira, lo tuyo es prescripción). También que un Chanel, un Elie Saab, un Valentino, un Marchessa o un Diorazo te arreglan un mal día. Ninguna mujer enfundada entre sus telas, el cuerpo rediseñado en una arquitectura sabia de curvas sutiles, pliegues etéreos y contenidas cascadas evasé puede sentirse Cenicienta. 
Patricia Arquette, un 7

Toda mujer recuerda el vestido de su vida, para bien o para mal. Un vestido es una negociación con una misma. A veces ganas, a veces te gana. Lo suyo es que te olvides de que lo llevas (de ahí que los trajes de novia casi nunca aprueben este examen. Una novia es una mujer sujetando una cola, recomponiendo un velo, enderezando un escote). Si te aprieta, si te sobra, si te muestra de más o de menos, no es el adecuado. Si lo sientes disfraz de carnaval, tampoco. Si te sienta razonablemente bien pero al mirarte al espejo hay una extraña que te desconcierta, no era el traje. Si te sobresalta porque la de ahí eres tu mejor tú,  tu yo de domingo y paseo, y respiras y no saltan las costuras pero hay un talle fino que es el de tus sueños. Si podrías bailar con él toda la noche y desnudarte sientiendo que el vestido sigue ahí, que no se ha ido, entonces sí, ese es el tuyo.

Uno de los escasos motivos por los que volvería a casarme (además de un amor fou como dios manda) es por arreglar el desaguisado de aquel vestido de novia plagado de florecitas en relieve y con un horrible fajín drapeado que daba paso a la gran campana volandera de tul. Era un pastel de merengue coronado de nata artificial y lo sabía, pero me faltó carácter para corregir el tiro en la última prueba. El traje, ya lo conté, terminó destrozado por mis tijeras y le cosí bichos negros para un disfraz donde garabateé "Like a Virgin". Fue un exorcismo en toda regla. Yo entonces no era tan rubia ni me fijaba en los volúmenes, en las caídas y en las puntadas de las costuras como en las fachadas de los edificios o en las construcciones de letras. Sólo en que tenía que casarme y necesitaba un vestido.

Nicole, un 3
Suele ocurrir que una empieza a conocerse y a saber lo que va cuando ya no puede ponerse cualquier cosa. Es el precio de la sabiduría y conviene aceptarlo y disfrutar. Mi último vestido ganador era negro pero con una generosa abertura de tul evanescente que mostraba escote hasta la cintura. Era un Jason Wu maravilloso y su otra concesión a la fantasía (la del escote es la obvia) era un delicado cinturón de finas perlas. Pero cada temporada cuando llega el Vogue y su especial tendencias sueño con un vestido rojo como mi curiosidad en llamas. Y entiendo que cuando lo reconozca sabré que es él. Y espero no tener 70 años porque pienso ponérmelo igualmente y salir a la calle y defenderlo con cañones si hace falta.

Porque hay una edad, quiero pensar, en que una mujer está tan construida que es una fortaleza y el vestido no la anula, no la limita y no puede superar al mapa excitante de sus arrugas, a una historia in crescendo  que reclama un color y una textura.  Y la vida es el final de una pasarela de rubias, de morenas, donde el binomio prueba y error ha sido abolido y en tu armario hay una sola prenda, repetida. Y es tu piel. Y eres tú. Y es una maravilla, ya supongo, que no iguala el diseñador más audaz y más dotado.




domingo, 22 de febrero de 2015

¿OLIVER SACKS O STEVE JOBS?

"No me queda tiempo para lo supérfluo", escribió hace unos días Oliver Sacks, sabiéndose a un paso de la muerte en una carta valiente, conmovedora y descargada de todo victimismo que resume los pilares de la vida: afecto, conocimiento y disfrute.

Después de leerla -me parece un ejercicio imprescindible- corrí a dársela a mi hija mayor, que hasta la fecha desconocía la existencia de "El Hombre que confundió a su mujer con un sombrero". Ella puso esa cara de "ya está mi madre con sus recortes" y depositó mi regalo distraídamente sobre su mesa, entre su colección de fruslerías de postadolescente de manual (impresora, perfume sin tapón, laca de uñas color extraterrestre, camiseta arrugada, monedas sueltas).

Llevo mucho tiempo haciéndome un Sacks desde la salud (no quedo con nadie que no quiera, salvo compromiso profesional, no leo nada que no me atrape, no beso bocas desalmadas, aunque sí veo los Telediarios). El desapego, eso que el escritor y neurólogo confiesa que le aparta del día a día congelado en una pantalla, es el inicio de la muerte. De la desatención, de la pasión. Ayer por la tarde fui alumna de Minichuki, que ataviada con americana, camisa y corbata me relataba la Prehistoria desde un atril, con un puntero y una pizarra donde dibujaba con esa seriedad magnífica de sus 12 años los hitos que nos explican: El descubrimiento del fuego, la agricultura o el arte en las cavernas. Me pareció que no había nada más crucial, menos supérfluo. Y que de haber sabido que me moría en pocos días, pocas horas, hubiera hecho exactamente lo mismo.

Luego, le prometí que iríamos las tres al yacimiento de Atapuerca un fin de semana de primavera.

Antes, por la mañana, había aprendido que un líder es "un gestor de incertidumbres" gracias a un profesor brillante, Juan Ferrer, que nos desmontó y desbarató todos los lugares comunes del liderazgo en una clase a la que también hubiera asistido de estar sentenciada como Sacks.  Ante un auditorio de mujeres con cargos de responsabilidad, aseguró que a menudo nosotras incurrimos en tres fallos: 1.No creernos lo que valemos. 2. Aversión al conflicto. 3.Pensamiento paralelo (arrastrar las emociones todo el día, sin compartimentos estanco).

Nos habló de los "cisnes negros" o fenómenos disruptivos, de cómo Kodak o Blackberry se habían desmoronado por "hacer muy bien lo de siempre", de que la gestión sin liderazgo te condena al estancamiento y el liderazgo sin gestión al caos. Y de que el líder utiliza el conflicto para el cambio.

Ah, también de que se puede ser líder y ser temido y hasta detestado: Steve Jobsque en gloria esté.

Curioseo una reseña del libro  de entrevistas del fundador de Apple, que se publica ahora, y me quedo con esta frase:  "Cuando puedes ser considerado responsable de si [tus sueños] se hacen realidad o no, la vida es mucho más difícil".

Ignoro si Jobs, cuya aportación al cambio de nuestras vidas es innegable, hubiera escrito palabras semejantes a estas de Sacks en el umbral de su muerte:

"Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto)".

Yo, puestos a elegir, prefiero hacerme un Sacks que hacerme un Jobs. Renuncio al liderazgo sin empatía, ya lo siento. Mis manzanas serán las del árbol, verde doncella o Muji. Mi legado, la imaginación que se desborda por la punta de los dedos. Mi patria, mis hijas, mis hermanos, mis amigos. Y mi orgullo, poder dejar escrito algo parecido, aunque sea de lejos, a lo que ayer leí. Un compendio de pasión que da sentido a la vida y da sentido a la muerte.

Aunque no pase a la historia como líder de nadie.


"Luria decía de Zazetsky que había perdido por completo la capacidad
para los juegos pero que mantenía intacta su «vivida imaginación».
ZaZazetsky y el doctor P. habitaban mundos que eran imágenes especulares
el el uno del otro. Pero la diferencia más triste que había entre ellos era que,
ccomo decía Luria, Zazetsky «luchaba por recuperar las facultades perdidas
cocon la indomable tenacidad de los condenados», mientras que el doctor P.
no luchaba, no sabía lo que había perdido, no tenía ni idea de que se
hubiese perdido cosa alguna. ¿Qué era más trágico o quién estaba más
condenado: el que lo sabía o el que no lo sabía?" (Oliver Sacks. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero)






sábado, 21 de febrero de 2015

CINCO ESTILOS DE MUJER Y UNA BOBITA

Se publica hoy con un estilo zafio un artículo titulado "Cinco estilos de mujer que a los hombres les parecen detestables". Lo firma una mujer, compruebo, que debe tener línea directa con cuatro o cinco mil voluntarios o, peor aún, ha volcado sus propias intuiciones y prejuicios en frases tan elaboradas como estas:

"Cuando una mujer sale de la ducha envuelta en su toalla y abre de par en par las puertas de su armario, escudriñándolo fíjamente, miles de factores revolotean por su veloz cabeza. Si la opinión masculina fuera uno de esos factores primordiales, la mujer en cuestión se quedaría así, en toalla (al menos en verano). Pero no".

Los factores, a su entender, son como mosquitos o aves carroñeras. Fijamente no lleva tilde, guapa. Quedarse en toalla no estoy segura de que sea una fantasía para todos; de hecho muchas mujeres mejoran con ropa. Y de la ducha se sale desnuda, me parece. La toalla viene después. ¡Ah, y cuidado con los gerundios de posterioridad!.

"La mujer matutina calibra la temperatura del ambiente". ¿Qué es la mujer matutina? ¿Hay una mujer vespertina? ¿Cuando saca el calibre suelta la toalla?

Desde luego hay una mujer tópica y esa eres tú.

Pero como estaréis deseando como yo saber si pertenecéis a alguno de los cinco perfiles malditos, no voy a haceros esperar más:

1. Estilo femenino-infantil-floral.
"Es una mezcla entre la casa de la pradera y una estudiante parisina de esas que van sobre una bici y ni se manchan con la cadena ni se despeinan con el viento. Así. Todo muy mono. Ellos las prefieren mujeronas (por lo general)". Te aseguro que algunos las prefieren infantiles, alocadas y sumisas. La mujerona asusta y no es apta para inseguros. Que los hay. Y hay hombres seguros con mujercitas (ita, ita)


2. El look abuela. A mucha honra, probablemente. Pero ellos las prefieren jóvenes (casi siempre). Pero esos que sólo quieren carne fresca no nos interesan, ¿a que no?


3. Demasiado masculinas. Corremos el riesgo de parecer una rancia profesora de universidad al borde de la jubilación o una bibliotecaria. Mucho mejor que parecer una descerebrada. Y serlo.



4. Muy hippies. Naturalidad a más no poder y un rollo entre Aladín y Jasmine y Adán y Eva. No obstante, ellos las prefieren rasuradas (a veces). Y a veces no. Veo que eres de la cofradía del pubis de púbere. Pues que sepas que la depilación láser no tiene vuelta de hoja. Y las pelucas en la cabeza pican, conque ahí...


5. De un sexy malentendido. Los hombres odian todo lo que no pueden desabrochar. Reconozco que la sentencia tiene gracia. Pero yo también prefiero lo desabrochable. A veces los sujetadores provocan contracturas. Y a menudo una se desnuda sola.

Este estilo Cosmopolitan de periodismo de entretenimiento ha conseguido irritarme. Menos mal que en dos horas estaré con mis compañeras del curso de Liderazgo. Mujeres sólidas y atractivas que prefieren amueblar sus cabezas de factores contundentes, ahora sí, y que no se visten para atrapar hombres sino que los seducen con su forma de estar, con sus palabras. Con el humor inteligente y poco dado al topicazo salvo para reírse de esas bobitas (y bobitos) que nos prefieren etiquetadas. Manejables.  Desnudas de imbecilidad.





 

viernes, 20 de febrero de 2015

ANTIMODERNOS, MODERNOS Y MODERNÍCOLAS

Guardé un artículo de prensa sobre los antimodernos, esos a quienes la vanguardia musical estigmatizó por reaccionarios, por componer según los patrones vigentes desde el Renacimiento. Stravinski, Britten o Sibelius demostraron que se podía ser moderno actualizando la tradición.

Es decir, lo que hacen una y otra vez los diseñadores de moda sin que nadie los dilapide socialmente.

La intransigencia es común a todos los movimientos modernícolas. También a los reaccionarios, lo que prueba esa máxima popular que asegura que los extremos se tocan. Y si no que se lo digan a Alexis Tsipras, que ha pactado con la ultraderecha para conseguir hacer un corte de mangas a la política de austeridad.

Que viene a ser como pactar con Jack el Destripador porque te gusten los callos y entresijos.

A mí observar a los modernos me vuelve loca, como sabéis. Y me alegro de compartir criterio con ese señor llamado Compagnon, que en su ensayo "Los antimodernos" escribió: "Se parecen a las víctimas de la historia (...) Todavía tendemos a verlos más modernos que los modernos y que las vanguardias históricas: en cierto modo ultramodernos, presentan hoy un aspecto más contemporáneo y cercano a nosotros, porque estaban desengañados. Nuestra curiosidad por ellos ha ido en aumento con nuestra suspicacia posmoderna hacia lo moderno".

El desengaño es un trampolín hacia la transformación, una vez desprovisto de la inevitable hiel. La suspicacia, un freno ponzoñoso que nos deja esa mueca acre del que se reserva el veneno del rencor para la ocasión precisa. Prefiero, de largo, a los espíritus desengañados siempre que hayan aprendido. Mi último desengaño me ha hecho ver que hay que seguir confiando en los demás, pero retirarse antes. Justo ese día en que ves que te han llenado la casa de puertas con cruces donde te está vetado el paso. Este es el espacio disponible, guapa. Si no te mueves de aquí, si no pides más, serás feliz en mi reino.
Sibelius

Pero a mí me prohiben algo y saco el gorro de explorador y la linterna. Como los adolescentes.

El modernícola tiende a mirar con menosprecio al que no forma parte de su grey. Debe ser muy desazonante intuir que ahí fuera puede haber verdades que cuestionan las leyes frágiles de lo que se lleva. Eso tan volátil que él (o ella) tratan de apuntalar con la patilla izquierda de su gafa de pasta. El conservatícola, por contra, ni siquiera se asoma al  otro mundo porque la soberbia le dice que es dueño de la verdad absoluta. Esa que no se ha cuestionado por siglos y que pervive como los collares de perlas de dos vueltas o el twin set. Un look tan aburrido como fácil de llevar.

Me gustan los que se equivocan con la ropa que se pusieron de mañana y defienden su torpeza hasta la noche. Encuentro cobarde alicatarse de prendas neutras y caras para sobrevivir en la pasarela de la calle. La moda modernícola consiste en camisas de cuadros de leñador que cuestan 200 euros y chaquetitas de punto de abuelo por no menos de 100, a juego con jeans y deportivas nórdicas, por ejemplo, y andar tan desafectado y lánguido que, si lo miras con atención, es pura pose de pasarela.

No hay nada menos espontáneo que un modernícola. Ni más banal.
No hay nada más aburrido que una conservatriz.

Lo más divertido de todo es que un modernícola y un tradicional pueden llevar el mismo atuendo. Sólo les diferencia la intención, eso que no se huele ni se ve, salvo que seas una cotilla irredente que recorta artículos para reforzar sus intuiciones o para entretener la marea baja que dejó el desengaño. Sin muecas de asco. Libre como una sinfonía de Sibelius de esas que denostó Adorno. Por antimoderno.

A lo que el compositor finlandés respondía: «No presten atención a lo que los críticos dicen. Nunca se ha levantado ninguna estatua de un crítico».

Pues eso.






jueves, 19 de febrero de 2015

EL SECRETO DE LEONARD COHEN

Ayer compartí mesa y conversación con el hijo del luthier de Leonard Cohen. Se llama Felipe Conde, es luthier también además de un hombre elegante y reflexivo. Poco dado a las frases largas, la elocuencia expresiva y tiene cierto aire pulcro y taciturno. Huele a un perfume exquisito que sólo percibes al despedirte. En breve visitaré su taller. Será como ir a un templo. Imagino que a un lugar así uno entra con la cabeza ligeramente inclinada, porque lo que sucede dentro pertenece al mundo de lo sagrado. Las maderas fragantes de Madagascar, las cuerdas que vibran sometidas a la tensión precisa, la caja y el sonido que arranca el aire pellizcado con los dedos. "Te mostraré instrumentos centenarios, ya verás". Me dijo.

"Haciendo el equipaje para venir, cogí mi guitarra Conde, hecha en España hace 40 años más o menos. La saqué de la caja y parecía hecha de helio, muy ligera. Me la puse en la cara y la olí, está muy bien diseñada, la fragancia de la madera viva. Sabemos que la madera nunca acaba de morir y por eso olía el cedro, tan fresco, como si fuera el primer día, cuando compré la guitarra hace 40 años. Y una voz parecía decirme: "Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a quien la merece: el suelo, la tierra, al pueblo que te ha dado tanto".

De todos los discursos de los premios Príncipe de Asturias el de Cohen es el único que recuerdo que se haya convertido en un fenómeno viral. Era un compendio de modestia, poesía y gratitud. Lo había escrito por la noche, en su cabeza, después de romper el papel donde anotaba las primeras consideraciones que pensaba leer al jurado y al público. Contó una historia sencilla, la de un joven que aprende los acordes de un instrumento gracias a otro que encuentra en la calle, español, y que un día desaparece de su vida. Cuando Cohen pregunta qué ha pasado se entera de que se ha quitado la vida.

"Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran esas? Nunca lamentarse. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Así que ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla". 
Felipe Conde y sus hijos, sucesores

Los confines de la dignidad. Apunto. Nunca he ido a un concierto de Leonard Cohen pero nada me gustaría más. Entiendo que él y su luthier son ese tipo de hombres que no hacen ruido pero cuando se van uno nota su ausencia desoladora y tarda un rato en saber por qué. Yo soy poco groupie de famosos en general. El éxito y la fama no me funcionan como reclamos, pero creo que detecto bien la excepcionalidad. A veces me equivoco, desde luego, o antepongo los rasgos excepcionales para no ver las miserias que duermen en el cuarto de al lado.

Pero en el mundo de los objetos en serie, la multiplicación de videos en Youtube o las copias de los chinos (y adláteres) que haya alguien capaz de hacer con sus manos un instrumento único me parece magia potagia. Las antípodas de la vulgaridad. Y que tenga las manos largas, finas pero nerviosas, y emplee adjetivos nada usuales, te transporta a un mundo como un altar del sacerdote del arte y te dan ganas de prolongar la sobremesa y preguntárselo todo.

"Siempre he tenido cierta ambigüedad sobre la poesía. Viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista".

Puede que la clave de la excepcionalidad reside en que es un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Excepto unos pocos mortales que se avienen a responder a las mujeres curiosas sobre por qué un instrumento puede enmudecer tras un largo viaje, o cuántas guitarras es capaz de construir en un año (tres es la respuesta, hay quien en ese plazo hace dos edificios de catorce plantas que a veces no sobreviven tanto como los instrumentos de Conde).

A veces, para encontrar esa voz que buscaba Leonard Cohen, hay que tener la suerte de cruzarse en el camino con personas únicas. Suelen ser discretas,  a menudo tímidas y desde luego no se apoderan de las tertulias haciendo malabares fascinantes. Pero cuando abren la boca todos callan, de repente. Y al irse uno desea volver a encontrarlos, mejor en su taller. Y callar y escuchar. Como nos decían de pequeños...

http://www.condehermanos.com/es/guitarras/



 

 

miércoles, 18 de febrero de 2015

YO NO SOY UNA SEÑORA

Una vez en casa ajena la empleada de hogar me sorprendió como tantas madrugadas en la cocina, preparándome un café a mi hora habitual.

-Madruga mucho. Las señoras siempre quieren dormir más.
-Será que yo no soy una señora.

Había olvidado este diálogo mínimo que sin embargo me desconcertó en su momento, pero el otro día en un café restaurante rancio y lleno de mujeres con laca y muchos logos en los bolsos donde a veces recalo a mediodía dos hombres de sienes plateadas y americanas de suave alpaca conversaban con sendos vinos mientras un tercero, postrado a sus pies con un maletín de madera desgastada, les limpiaba mansamente los zapatos. La escena me abochornó y no lograba quitarles ojo porque ellos seguían a lo suyo y le hacían el mismo caso al limpiabotas que le hubieran hecho a un perro vagabundo que fisgara por allí.

Las señoras son dormilonas, desconsideradas y vagas. Los señores, displicentes y una casta -ay Pablo- que paga a la inferior unas monedas por limpiarles lo más bajo de sus cuerpos.

Todas las mañanas les pido a mis hijas que no salgan de casa sin recoger del suelo braguitas y calcetines. Me avergüenza que otra persona tenga que agacharse y recoger lo más íntimo y más inmundo de las prendas que nos ocultan y enaltecen. 

Pero igual es porque yo no soy una señora. O porque me parece una falta de respeto considerar que el otro es menos sólo porque le pagas un salario (de mierda, a menudo).

Busco rápidamente sinónimos de señora por si encajara en alguno:
  • mujer, hembra, dama, matrona, madre, madama, dueña
  • mujer, esposa, cónyuge, compañera, pareja, consorte, costilla
Me quedo con dama, mujer y compañera. Me ofende la costilla si no es en barbacoa. Consorte ya lo fui, en todas sus acepciones. Hembra siempre me ha echado para atrás, por anatómico y de casquería porno. Pero lo mismo es porque no siendo una señora me duele mi falta de etiqueta.

Las señoras no madrugan. Se arrastran por el pasillo y llegan tarde a todas partes. Que las esperen. Que les sirvan el desayuno en bandeja de plata. Que recojan los papeles que tiran al suelo en un descuido. Que les llenen la bañera de espuma y sueños aromáticos. Que se anticipen a sus deseos. Que deseen por ellas. Que envidien el cajón de sus sostenes. La hilera de camisan bien planchadas.

Si no soy señora, ¿soy señorita? ¿amante ocasional? ¿reponedora de letras? ¿ser humano esperanzado? ¿domadora de fieras sin rayas? ¿melómana empedernida? ¿mujer madura con espíritu adolescente? ¿rubia de bote?

¿Por qué es tan difícil definirse sin utilizar al otro/lo otro -marido, hijos, empleada de hogar, profesión-?

Solía madrugar en casa ajena y buscaba mi hogar en un rincón con un café. A veces en una terraza con plantas que crecían salvajes y me daban calor. Una señora, convengamos que soy una señora a falta de otro título más conveniente, no se adapta fácilmente a los crujidos del suelo de madera ni a las luces de techo, deslumbrantes. Al chorro de una ducha diferente, al respaldo de una silla ni a la almohada que extraña la curva de su cuello.

Una dama se siente animal en una jaula cuando sale de la suya y explora con el lomo erizado, de puntillas y a oscuras. Tiene frío, mucho frío y se encoge bajo un albornoz de otro. Y sueña con su rincón y su fuego, aunque en casa no haya chimenea. Y se siente tan dueña, tan señora, delante del espejo de su cuarto. Irremediablemente regia. Y recoge su ropa interior y sus miserias antes de que el ángel que la cuida pase y devuelva cada cosa a su sitio, como un duende.

Y ser dueña de sí ya le parece mucho.


Qué bueno recuperarlos! Ahí va otra:






martes, 17 de febrero de 2015

A TOMAR POR COMA

Soy maniática de la puntuación. Cuando me enfrento a un texto lento, plagado de comas a mi juicio innecesarias o fuera de lugar, agarro la metralleta de los puntos y disparo a discrección. Me atrapan los párrafos que fluyen como rápidos de un río que cuando vadeas en canoa terminas salpicado hasta la glotis. La profusión de pausas que no llevan a un clímax deseado sino que te entretienen sin un propósito claro -literario, económico- me irrita y a veces consigue que abandone la lectura.

(Como esos amantes que se empeñan en entretenerse en un punto de tu geografía equivocado. Y venga, y dale)

Los lentos me provocan reacciones semejantes. Es una tara de educación, estoy segura. En mi casa no se ha entendido bien nunca  la frontera entre lento y vago. Entre lento y pelma. Entre lento y bobo. Por eso me entreno en ocasiones para no rematar la frase ajena, y ralentizo el paso a tres manzanas de mi casa. Porque sin comas auntoinfligidas soy una loca que pega patadas al aire y a veces hay un tobillo ajeno en el que no había reparado.

Carol Joyce Oates
Carol Joyce Oates, por ejemplo, podría estar en la lista de mis autoras si no fuera porque me entretiene demasiado con sus comas y sus descripciones.  En el libro de Dorothea Brande que me ocupa (a ratos cortos, sin orden ni concierto, como a mí me gusta) hay un capítulo titulado "Cómo gastar palabras" que dice así:

"En una historia de cinco mil palabras, pongamos, tu autor ha dedicado ciento cincuenta al transcurso de un día y una noche de cierta importancia en la vida de su héroe. ¿Y tú? Tres palabras, o tal vez una frase: "Al día siguiente, Conrad...". Resulta demasiado corto".

Demasiado corto casi nunca es demasiado, excepto en el buen amor. Al día siguiente Conrad me parece perfecto. Impecable. Prometedor.

"¿Hay algún cambio que puedas hacer para que la prosa sea más eficaz, diversa y vigorosa?"

Siempre. Respondería que siempre. Ahora que las circunstancias me llevan a corregir algunos textos propios, compruebo mi natural predilección por algunos adjetivos de alta intensidad, sí, pero también por estructuras de andamio corto que se pueden aligerar aún más y eso me excita. Menos es más. Lo que me condena a no colocar nunca a un personaje frente al pelotón de fusilamiento, ya me temo. El bisturí de la economía logra pulir los contornos de la figura literaria hasta llegar a su tuétano, y me parece que es un trabajo semejante al del ebanista que reduce la madera hasta tornear sinuoso la pata de un sillón o al luthier que consigue la pieza exacta que alumbra el violín. Un milímetro más, o menos, y está perdido.

Agradezco la sabrosa concisión como la orden de alejamiento de los que practican el arte de la palabrería. Quizás por eso, y por falaces, me protejo de los discursos políticos y de los hombres que tejen telas de araña presuntamente complicadas sólo para atraparte y pegarse un banquetazo. Si me vas a devorar, dímelo corto, querido.

Pero, ojo, porque debajo de un conciso puede haber un conjunto vacío. Y a veces engañan con miradas ensayadas de tipo o tipa interesante. La seducción es enemiga de los puntos. Es una eternidad de comas urdidas con tinta china en papel de seda con delicados finos hilos secantes. Una preciosa miniatura que se regodea en sí misma pero una vez desprovista de intención -de floritura- se queda en nada.

Uno cuando escribe tiende trampas. A los demás y, sobre todo, a sí mismo.  Y a veces tiene la oportunidad de releerse un año después, o dos, y descubre fallos de construcción, chapuzas de albañil que se ha hecho un rapidillo para tomarse el bocata de las once y el cognac. Y hay que sacar la piqueta, y demoler el tabique. Y aligerar los vanos. Y darle a cada frase la extensión que pida, con sus pausas. Que respire, no siempre entrecortada, como te piden los dedos.

Y es un ejercicio de humildad ajustado a soberbias que galopan demasiado deprisa, demasiado temprano.

Un texto resucitado, extraído del cajón de pensar, siempre te pide cuentas. Y debes empezar, con humildad, a redistribuir los puntos y las comas. Los verdos, los adverbios. Hasta que estalle un ritmo, un compás que invite a Conrad a enfrentar una acción al día siguiente. Sin demorarse demasiado, salvo que la demora preceda al sobresalto y te deje el regusto de lo imprevisto. De lo inevitable.











Pero un discurso largo lo prefiero a una decepción contundente.

sábado, 14 de febrero de 2015

LA VIOLA DE SAVALL

Jordi Savall
"Para que podamos ser libres tenemos que utilizar nuestro cuerpo tal como es". Lo decía anoche Jordi Savall en ese programa extraño para los tiempos que corren que se llama #Imprescindibles del que ya he hablado. De factura sobria y ambición extraordinaria, es uno de esos pocos argumentos para quedarse viendo la tele un viernes mientras en una colegiata un músico tocado por las alas de algún espíritu iluminado impulsa a su grupo de intérpretes a conquistar la cumbre más alta de la emoción y a sobrevolar la Roma de los Borgia.

Anoche volví a sentir que estaba en el lugar preciso y con la mejor compañía imaginable contemplando a este hombre con su viola al hombro relatar con la modestia sincera de los grandes cómo la vida le había enseñado algunas lecciones de suma utilidad. "Una vez siendo joven me perdí camino del Auditorio donde iba a dar un concierto. Entré en un bar y había un hombre tomando un café. Le pregunté cómo llegar y me dijo: tómese algo conmigo y luego le acompaño. Cuando rechacé su oferta alegando que tenía prisa respondió: "¿Yo tengo tiempo para ti y tú no lo tienes para mí? ¿Acaso tu tiempo vale más que el mío?".

Savall habla como reservando parte del aire, del aliento, dentro de la cavidad de su boca. Así que sus palabras, con ese acento catalán que no hiere, reverberan igual que las notas en la caja de sus instrumentos medievales, renancentistas o barrocos. Es la voz de un sabio de otro tiempo que ha sobrevivido a la vulgaridad y al mercadeo musical para centrarse en producir belleza líquida en botes de cristal transparente. Además es, al menos para mí, un hombre guapo y tranquilo. Con esa frente despejada y esa forma de mirar -las gafas casi en la punta de la nariz- de quien ha visto y estudiado pero nunca te humillará con su ventaja.

Sentí que acabara el programa, embriagada de salves, réquiem y muros de piedra donde las voces del tenor y el contratenor trepaban como arañas hasta el campañario y devolvían al aire una profundidad caliente y conmovedora mientras él, el jefe, asentía concentrado y a ratos regalaba una sonrisa sobria de gratitud. Decidí que debo regalarme por San Valentín o porque sí un disco de Savall. Y mientras escribo suena La Ofrenda Musical de Bach interpretada por su grupo en una abadía francesa. Y entiendo que si hay un dios está entre las notas de ese pianoforte. Y en el silencio que irrumpe de una a otra y reclama su protagonismo radical.

Si nada lo remedia o interrumpe, haré dieta de silencio por dos días -con una sola salida programada- y me acompañará él, y un libro curioso titulado "Pa-ra ser es-cri-tor" de la editora Dorothea Brande (Círculo de Tiza) que en su página 53 desliza lo siguiente:

"Para ser escritor, antes que nada, hay que cultivar un temperamento de escritor"

Y poco después:

"Pero existe otro elemento importante en su carácter que es igualmente sustancial de cara al éxito. Es un elemento adulto, cultivado, templado y justo. Se trata de su lado de artesano, de trabajador y de crítico más que de artista. Este lado tiene que trabajar continuamente junto a y a través de su lado infantil y emocional, o no tendremos obra de arte".

Con estos ingredientes ya sólo me resta cocinar un caldo nutritivo y ligero.  Creo, Dorothea, que el escritor además de lo que apuntas debe respetar su cuerpo y conservarlo tal como es. La receta de la libertad de la que habla Jordi Savall. Y dormir siete horas, y cortarse las uñas con cuidado para no arañar las palabras. Y soñar con viola gamba. Y parecerse a un luthier que lija la madera con delicadeza y conoce el secreto de la música que alienta una frase, un párrafo o una nota en blanco. Ese respeto imprescindible, tan sonoro.






viernes, 13 de febrero de 2015

LA FORMA Y EL SENTIDO

"Exactamente igual que el sentimiento de Romeo por Rosalinda se disuelve sin dejar rastro en su verdadera pasión por Julieta, así María Estuardo olvida enseguida su insensata inclinación por Darnley a manos del entregado éxtasis por Bothwell. Porque siempre es la forma y el sentido de toda pasión última alimentarse de la anterior"María Estuardo. Stefan Zweig. Acantilado.

La forma y el sentido. Esa es la cuestión. Ese analista extraordinario de las pulsiones y pensamientos humanos  que es Stefan Zweig alumbró posibles títulos (que subrayo incontinente) como para llenar la biblioteca de Alejandría. Uno es la forma y a veces la llena de sentido. Otras se queda en el envoltorio. Ser un bonito envoltorio es suficiente para muchos y muchas que prefieren evitar los movimientos mareantes a los que te condena la búsqueda del sentido.

Estar hueco es una forma de estar muerto. Pero bien peinado y profusamente perfumado.

Mi querida Jane Austen prefería hablar de "Sentido y Sensibilidad". Un título que podría deslizarse hacia la cursilería si no fuera por su primer elemento. "El hombre en busca de sentido" fue uno de esos libros que alfombraron mi juventud primera me parece. Su autor era un psiquiatra, Viktor Frankl, y narraba su experiencia en un campo de concentración nazi:

"A veces, era preciso tomar decisiones precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino eligiera por él".

Las decisiones precipitadas residen en el territorio de la forma, me parece, pero a menudo encierran todo el sentido. Los temores superficiales convenientemente expuestos en el diván -la sala de despiece de nuestro alma- son aldabonazos contra la almendra misma del yo. La busca del sentido.

Y sí, de nuevo Zweig ha hecho en mí de las suyas.

Tú empiezas a explicar que de un tiempo a esta parte algo en tu cuerpo se ha relajado. Como si llevaras tiempo metiendo tripa y de repente tus órganos, en una expiración colosal, hubieran podido regresar libres a su hueco original. Y que por primera vez te da lo mismo si el destino te enfrenta cara a cara con un doncel o un dragón. Porque lo verdaderamente inquietante es que no haya un más allá. Y pido perdón por este arrebato de oscuridad, pero el otro día hablando con R. de esa sensación de haber vislumbrado siempre una senda que abría ante mis ojos, larga larga, y que de repente sueño un telón que arranco de golpe y lo que hay es el vacío, me dijo: "Niña, la madurez es enfrentarse con la muerte". Y no era triste.  Tenía sentido.

Hay un día en que uno tacha la casilla de "inquieto" y aparece la palabra "tranquilo". Y descubre, asombrado, que la pasión ha mudado de uno a otro como la de Maria Estuardo de Darnley a Bothwell. Y hay quien prefiere no mirar, alimentarse de la espuma y concentrarse en el espejo de la madrastra. ¿Espejito, espejito, soy aún la más bella? Y tiene todo el patetismo del mundo.

La pasión última se alimenta de la anterior, que a veces fue un desperdicio. Pero yo he aprendido que todo suma, hasta las distracciones que nos permitimos, los amigos que nos hirieron de muerte, los bailes que nadie podrá quitarnos. El sentimiento de inmortalidad que se instala en la forma y nos impulsa hasta que cae como el velo de la doncella. La arrogancia del saber. La salvaje perspectiva de una carrera que no llega a ninguna parte pero te muestra pistas en el camino. Y entonces te paras un rato y piensas qué pieza del tablero moverás a continuación y qué va a desencadenar el movimiento.

Y apasionadamente, no puedes ni respirar de otra manera, entierras a tus muertos y abres delicadamente esa cortina. Y están allí tus libros, esperando, las manos de los tuyos, la ropa sin costuras y el silencio que ilumina apenas tres o cuatro escalones del porvenir. Y es milagroso. Y suficiente.






jueves, 12 de febrero de 2015

50 SOMBRAS DE ¿QUÉ?

Si nadie lo remedia hordas de mujeres irán este fin de semana a ver "50 Sombras de Grey" con amigas.

Yo podría ser una de ellas, con mis amigas de la universidad. (Sería lo mismo que quedar para un baile de Carnaval o una manifestación)

No he leído el libro ni pienso haberlo. Me bastó hojear/ojear dos párrafos para ver que era hamburguesa literaria de cadena low price. Sucedáneo de las revistas porno que las chicas (al menos las de mi generación) tradicionalmente no han consumido. Una promesa de ¿liberación? erótica que teníamos ¿pendiente?.

Transgresión sin culpa.

Cancelado por extenuación mi fin de semana de amor y lujo conmigo misma y mi querida L. en un hotelazo all included, mi fantasía sexual más extrema consiste en meterme en mi cama/ataúd el viernes y despertar el lunes, si es posible. Una bondage de sábanas, menta poleo y edredón. No sin antes haberme metido un chute de cine clásico protagonizado por fierecillas indomables y galanes puede que gays con raya en el pelo trazada a tiralíneas. Con mi vela de Guerlain a todo trapo y un plato de jamón acompañado por un botellín de cerveza.

Julio Iglesias tiene toda la razón en ese mensaje por whatsapp que me arrancó carcajadas el otro día en medio de una sesuda reunión: "El 14 de febrero coinciden Carnaval, San Valentín y 50 Sombras de Grey. Si no follas ese día, algo estás haciendo mal. ¡Y lo sabes!".

Lo sé. Así que me ronda la idea de convocar un happening para los pringados que algo estaremos haciendo mal. A ver qué se nos ocurre.
In the Mood for Love

Claro que para eso tendría que salir de casa. Y tengo una cita de amor con Mr MAC y otra bien ardiente con Carson McCullers. Y es posible que me surja una tercera y tendré que decir que sí porque Susan Miller me ha advertido en su horóscopo que Febrero para una Aries va a ser un jolgorio de encuentros y que Love is in the Air. Que diga sí a encuentros inesperados. Sobre todo a partir del día 11. O sea, hoy.

Y hoy me entero de que Ángel Gabilondo se presenta como candidato del PSOE por la Comunidad de Madrid y mi sístole y diástole se disparan con los nervios. ¡¡¡Un filósofo podría gobernarnos!!! Y creo que las siglas que lo acompañen no son tan relevantes como el hecho de que es un hombre cabal, íntegro y alejado de la mediocridad intelectual dominante. O eso creo.

50 Sombras de Ángel. Debería correr a registrar el título. A mí Gabilondo me provoca tanta excitación con Jeremy Irons en Retorno a Brideshed a mis 18. ((Y os recuerdo que fue el ex ministro  quien, en una soirée literaria de altos vuelos, me regaló esta frase de cabecera que se aplica y me aplico: "Cuando no sepas que decir, di la verdad")).

Sí, ya siento las llamas de Cupido abrasando todas las defensas de mi fortaleza de letras y flores.  Puede que esto sea una señal. El disparo de salida de mi regreso a los brazos de Eros. La rendición de la dama absorta. Un fin de semana tan libidinoso que llegaré al lunes con la piel encendida y las pulsaciones de una quinceañera.

Creo que ya no necesito ver la película calentorra. Prefiero, ahora que lo pienso, ponerme In the Mood for Love, esa joya hipnótica de Wong Kar-Wai que llevo tiempo sin regalarme y se me antoja el mejor homenaje al buen cine romántico y a la belleza sutil y emocionada sin cuerdas ni dominación.

Y a ti, Julito Iglesias, más te vaje retirarte de la liga del conquistador follador que se te pasó el arroz hace tiempo. Y lo sabes.









miércoles, 11 de febrero de 2015

EL PASO DEL CUERPO, EL PASO DEL TIEMPO

Mi primer trabajo como periodista en prácticas fue ir a la estación de servicio de Alberto Aguilera y preguntar a los que repostaban qué les parecía la subida de cinco pesetas del litro de gasolina. Yo llevaba unas bermudas de lino de cuadritos príncipe de Gales y una virginal blusa blanca de algodón abrochada hasta el penúltimo botón. Tendría 21 años y debía parecer más una niña de la Legión de María que una intrépida reportera.

(Las bermudas eran de Zara y me las había comprado para la ocasión. Me parecían el colmo de la elegancia y la oportunidad para una becaria).

Recuerdo con idéntica claridad cómo iba vestida el día que conocí al que luego sería mi marido, qué zapatos bailaron a Aretta Franklin en mi despedida de soltera o aquel jersey de rayas blanquiazules con jeans que llevé a la clínica horas antes de que naciera Minichuki. Un jersey que ha heredado mi adolescente y que cada vez que se lo pone es un viaje dulcísimo al pasado y la prueba de la resistencia de una prenda al galope de la vida.

Hay un día en que te das cuenta del paso del cuerpo que va asociado al paso del tiempo. Y le pones una camiseta, una cazadora motera de asombroso cuero flexible (mi último capricho rebajero) y unas Nike fluorescentes y esa será tu foto memorizada años después. Ayer muy temprano acompañé al tanatorio a mi madre. Una de sus mejores amigas había fallecido después de una penosa enfermedad. Me vino un fogonazo, cuarenta años atrás, en el salón de su casa. Llevo mi uniforme del colegio, también Príncipe de Gales, y nos da un bocadillo para merendar de leche condensada cocida -nunca antes y nunca después he vuelto a tomar esa melaza-. En esa casa quedábamos "para bailar". El sudor del colegio, los cercos oscuros bajo el pichi y los picos de la camisa asomando en rebeldía por la abertura lateral. Un tomate en la media izquierda al quitarnos los zapatos. El cuerpo palpitando, las células multiplicándose vertiginosamente al ritmo de Grease.

Grease era la película, de modo que  yo tenía 11 años. La infancia era el uniforme arrugado y el suelo de madera mate de aquella casa. El sabor a caramelo del bocadillo. El olor a choto de cuatro o cinco niñas con coletas medio deshechas enfundadas en pichis colegiales. Largos, crecederos.

-¿Qué le parece la subida del precio de la gasolina, señor?
-Una putada, niña. Una putada.

El día que firmé mi primera hipoteca sola fui de negro radical, como mi asustado espíritu. Me acababa de divorciar y era free lance. Elegí para la ocasión unos pantalones anchos y una blazier encajada de hombros. Debía parecer solvente, ahora lo sé. Solvente y triste, porque en aquella sala gris de luces blanquecinas llena de parejas con sus padres y suegros ilusionados ante la expectativa de la firma de su primer piso en común yo era la viva imagen de la desolación. La torre de Colón esquina Génova donde tuvo lugar mi encuentro con el notario me pareció un rascacielos inalcanzable. No sé si era el piso sexto o noveno, pero sí que de la puntera de tafilete fino de mi zapato derecho, negro, plano, asomaba una esquirla de piel que terminé despellejando mientras esperaba el turno.

Nunca en toda mi vida me he sentido tan sola. Ignoro por qué impedí que me acompañaran. Mi foulard era de finos topos azul marino. Seda acrílica. No, no lo conservo, pero sí la mirada compasiva de aquel notario que me leyó con ternura las líneas que me hacían dueña y señora de un matrimonio largo con una entidad bancaria al que he sido leal, por el momento.

El paso del cuerpo es el paso del armario. Las braguitas con los días de la semana de la adolescencia. Las camisetas con tirantes que picaban. El jersey frambuesa de lana que te confiscó la monja del colegio porque no era reglamentario y nunca jamás te devolvió ("robar es pecado, madre Lola..."). Los primeros Levis etiqueta roja, ese botín soñado. La minifalda de pana blanca del verano aún en bicicleta. Los primeros Loboutin (y los segundos) que no me pongo porque ando como una avestruz borracha, pero admiro en su perfecta arquitectura y suavidad. La blusa transparente de ese viaje al Sur que parece tan lejano. Adiós a las camisitas de algodón con cuello bobo. Sepultásteis mi primera juventud, tan virgen y asombrada, mientras el sol achicharraba el asfalto y la gasolina subía cinco pesetas.

La chupa negra, motera. Hoy. Los zapatos de tacón y las botas en todas sus variables. Muchos jeans, nunca hay suficientes para enfundar un cuerpo que se empeña en cambiar y un día te sorprende con una curva nueva, desconocida y hay que asumirla y apuntarla en ese mapara orográfico que eres tú, años después. Los pijamas masculinos. Un vestido negro, dos, ocho... Los chaquetones anchos, tres cuartos, con enormes foulares o cuellos de piel. Los escotes sin pudor y sin carpeta que los cubra.

Cinco pesetas era una subida descomunal. Una putada. Aquel hombre tenía toda la razón y era julio. Un mes vengativo y yo una muchacha feliz en su primera misión. Vestida como para rezar el Ángelus. Qué risa.














martes, 10 de febrero de 2015

QUIERO AMOR POR LA MAÑANA

-Tienes nombre de peladilla de Navidad.

El camarero tiene pinta de ex convicto por asesinato múltiple, lo que contrasta con la delicadeza de su comentario. Después me hace saber que a su mujer la llama "de hijaputa pa´ arriba" y lo encuentro algo menos sutil. Aturdida por el amasijo de imágenes, vuelvo al Café Brasileira donde pensé, ahora lo recuerdo, que en Lisboa lo moderno es muy moderno y lo antiguo muy antiguo. Y que quiero una casa con azulejos azul turquesa en la fachada y ventanas a una plaza con Pessoa vigilando mis pasos y hasta mi respiración.

Días atrás a mi hermana un hombre con voz libidinosa y acento caribeño la llamó de madrugada con un mensaje: "Quiero amor por la mañana". Mucho más ardiente que lo mío con la peladilla, y como está grabado en su teléfono nos lo puso a todos bien alto para que quedara constancia de su poder de seducción. El negro, lo imagino negro, quería un arrumaco febril en el semisueño de la madrugada, cuando todos los bultos sirven para un propósito determinado y los tranvías se desperezan en la cuesta del barrio de Gracia.

Claro que un galán -el mío- era de Cádiz y le faltaban cinco o seis dientes (calculé a ojo) y al negro no le adivinamos la procedencia. Pero sonaba a malecón y a cogorza de alcohol barato.

Los portugueses tienen buenas dentaduras y muy buen pelo, excepto los calvos. Este pensamiento lo he vuelto a constatar estos días. La genética castigó la soberbia española -esa que durante décadas nos hiciera pensar que éramos más que ellos entre los PIGS- y nos condenó a exhibir pésimas bocas y ralas cabelleras. Lo primero le asombra a H. cuando viene de su Colombia natal, para lo segundo no hay más que pararse en una calle y esperar a que pasen hombres.

A mí los hombres siempre me han gustado calvos o bien dotados en sus testas. Para pelo de rata, ya tengo el mío. Y me gustan los portugueses, siempre que hayan viajado, como me subrayó una vez una amiga de allá que tenía clara la necesidad de superar la saudade para mirar de lejos. Yo recuerdo que le dije que lo de haber viajado era requisito global. Lo contrario te condena al ombliguismo, y de ahí a la intolerancia puede haber un paso.

Claro que si tienes nombre de peladilla navideña, tu mirada bien podría estar condicionada por la estacionalidad. Y a mí el otoño se me atragantó y he arrancado el invierno con unos bríos tales que llevo diez días a suero intermitente. Dos kilos más menuda, a dieta de lectura de autores portugueses para imbuirme de una melancolía que no milito, y con un fado en la cabeza que no se me va porque me lleva a una noche que fui feliz. Y el otro día volvió a sonar en un tranvía de esos de asientos de madera y cuero en los asideros. De esos que gimen entre las traviesas que suben al Castelo de San Jorge. Y empezó a llover y estaba oscuro.

Diez días y 6000 kilómetros después, me complace mezclar encuentros, aviones y calles empedradas que terminan en una muralla de piedra que mira al mar. El esfuerzo ha valido la pena, aunque mi cuerpo ansiaba regresar a mi rincón seco y seguro sin que las olas perturben mi equilibrio y mi faena. En mi recuento de bajas, un sombrero de piel estilo ruso que se ha quedado en Lisboa, en algún lugar de ese mirador de San Pedro de Alcántara en el Barrio Alto donde siempre renuevo mis votos de amor y siempre es la caída del sol en el atardecer. 

Tener nombre de peladilla no está tan mal. Salir del cálido nido para forzar al cuerpo a adaptarse a otros perfiles, es tan necesario como al portugués tener buen pelo y haber viajado. Lentamente vuelvo a comer y a beber, con esa sensación brumosa de que todo ha sido un sueño. Y una nota que apunté en el clastro de los Jerónimos, el más bello de cuantos he pisado en mi vida, me parece: "Leer  a Camoens antes de que acabe el año".

Viajar es agitarte para volver al modo off mientras Mariza desgrana su rosa branca. Y es invierno, pero poco a poco la luz va indicando que al frío la primavera le está ganando la partida.