domingo, 31 de mayo de 2015

AUTORA SE PRESENTA, CON PERDÓN

Me llamo V.G. Soy de sueño frágil, imaginación fecunda y tensión baja (6,5-10 el otro día). Me gusta desayunar dos veces, salado y a deshoras; Creo que el tinto de verano es una mariconada y ayer decidí pasarme al bourbon para sentirme maldita. A veces finjo que me engañan para cerrar una conversación que me aburre y/o languidece. Pero nunca un orgasmo. Ya lo he dicho.

Colecciono perfumes sin entregarme del todo a ninguno, pero no conozco a nadie más fiel en el amor. No beso con sabor a tabaco, si puedo evitarlo, me marean los números y jamás rellené un sudoku. Tengo querencia a los amigos gays y a las amigas de siempre,  y para beber prefiero a la familia. Convivo con dos niñas, ya mujeres, y una tortuga hiperdimensionada que se cree que es un perro y te saluda levantando las patitas. Una vez me casé, in ille tempore. Me gusta madrugar pero no soy una buena compañía a partir de las diez. Odio el té y nunca me he drogado. De cada gadget tecnológico aprovecho un 10 por 100. Nunca leo manuales de instrucciones ni libros de autoayuda (autosuicidio). Bailo como si me dieran calambres, me río a carcajadas nada finas y un día estuve a punto de coger un avión y no volver.

Soy poco detallista, cocino cuatro platos, a lo sumo. Y me gustan las fiestas de pueblo.

A este paso, me moriré sin haber leído "En busca del tiempo perdido", ya lo siento. Tuve mi etapa Highsmith, mi etapa Benedetti, mi etapa "20 poemas de amor y una canción desesperada" (como todos). Mi etapa Lillian Hellman. Mi etapa David Vann, mi etapa James Salter, mi etapa Thomas Bernhard, mi etapa Virginia Woolf o Murakami, pero nunca una etapa Houllebecq consolidada. Mi próximo libro quiero que sea de Tom Spandahuer. No suelo releer, salvo "Drácula" y "Jane Eyre". Tampoco colecciono por falta de obsesiones y de aliento.

Duermo boca abajo un rato, después de lado con una almohada entre las pieras y amanezco crucificada y boca arriba, las manos agarrando el cabecero, como una mártir yaciente tras algún tipo de tortura. No ronco, no me huelen los pies. Y digo palabrotas cuando quiero.

No soporto que me toquen la cabeza, como al hermano subnormal (con perdón) de "Algo pasa con Mary" le desquiciaba que le tocaran las orejas. Me gusta el cine absurdo, el cine en iraní, o en japonés, pero no las películas de persecuciones con pistolas. Steve Martin y Jim Carrey me resultan odiosos. No entiendo por qué los actores españoles llevan sombrerito o gorra en los aviones. No aguanto más de tres canciones seguidas de Sinatra, pero camino al trabajo me pongo ABBA o Van Morrison a tope y devoro esquinas y manzanas, volandera.

Detesto la lechuga, no hago dieta. Soy tocona selectiva y nunca tengo suficientes jeans en el armario. Mi talla 38 suspira por ser 40, y una vez tuve un novio mucho más joven que yo. Adoro a Bach, a falta de otro dios en quien creer, a veces me aíslo en un hotel y me emborracho de mí misma en silencio. Y perpetro dos o tres crímenes sin sangre, y vuelvo a casa cual marido arrepentido. Y a otra cosa.

Nunca fui la mejor en nada, tengo alergias diagnosticadas a unos 18 medicamentos, entre ellos la aspirina o el ibuprofeno, y soy asquerosamente puntual porque de niña mi madre nos despertaba con la aspiradora los domingos a las ocho.

Me gusta mi trabajo, adoro a mis compañeros, y siento que estoy en un parque de atracciones donde nadie me obliga a subirme en la noria. Vomito fácilmente, nací desorientada.

Cumplí 48 años, asumidos. Y me siento muy libre porque no necesito nada más que un rincón donde escribir y un vaso con café, el más negro de los de Clooney. A veces me entristezco y entro en brote de silencio. Y mojo magdalenas y me sorbo las lágrimas. Detesto pisar migas y a los niños capullos y crueles. Peso 58 kilos, mido 1,65. Nunca seré una it-girl, ni siquiera una it-woman.

Soy bastante feliz, diría que  feliz a riesgo de ser lapidada porque no es nada sexy, ya me consta. Un escritor vale más atormentado, o melancólico, o demente. O todo junto.

Odio el adjetivo "emblemático", la expresión "poner en valor" y los leísmos y laísmos. Dosifico el gerundio, es peligroso. Y subjuntivo lo justo.

A veces me rompen el corazón, pero he roto algunos más, así que no me quejo.

P.D. Pido disculpas por este egopost. Se supone que alguien va a entrevistarme en calidad de autora y estar al otro lado me inquieta por extraño. Valga este ejercicio autodescriptivo como ensayo general.






sábado, 30 de mayo de 2015

DE QUÉ HABLAMOS EN UNA MESA CON ESTRELLAS MICHELIN

"Al Tom Tom hay que ir cogiéndole las entrañas", me dice un taxista y apunto rauda la frase. A mí la palabra entraña me parece caliente y húmeda. No sé qué pensará al respecto Patrick Modiano, que sostiene hoy que "escribir es desagradable". ¿Tanto como una sala de despiece llena de cortes de matambre o de vacío?, quisiera preguntarle. A mí nada me complace más que un charco sanguinoliento de palabras que agonizan, mejor en argentino.  La última oportunidad del convicto.  El indulto que precede al abandono.

En una comida con tantas estrellas Michelin como para provocar una explosión supernova, un hombre senecto y yo abrimos un debate con nuestros compañeros a la mesa. ¿Room service sí, room service no? Ciertamente pudiendo debatir sobre la bajada de sueldo de Ada Colau como alcaldesa a poco más de dos mil euros (medida popular y populista), o de la presunta homosexualidad de George Mallory (irrelevante, en una gesta como el Everest. Yo también hubiera coqueteado con Lytton Strachey y me hubiera enamorado de Dora Carrington, benditos sean los tríos) hablar de hoteles y servicios deluxe pudiera parecer una frivolité.  Pero yo siento debilidad por los albornoces blancos y la bandeja con viandas en silencio. Me excita que mis pensamientos reboten en el plato mientras cuchillo y tenedor improvisan una rapsodia y miro sin mirar, hipnótica perdida,  cualquier programa de un canal ruso que no entiendo.

El señor mayor, que sabe más del placer por viejo que por diablo, me dio la razón,  en contra de nuestros vecinos,  que aseguraban no gustarles comer solos.

-La clave está en la compañía. Si te retiene una mujer en la habitación llamas al room service y no necesitas más.

A mí me entró la risa imaginando, y me gustó comprobar que en el último tramo de la vida las pasiones aún no se han rendido. Y que ese hombre sueña y que no hay nada más erótico que un room service si aplaca el hambre y garantiza el tránsito hacia otros apetitos.  Recordé que hace unos meses alguien me desveló que un vidente le había asegurado que practicaría el sexo a tope hasta los ochenta. Lo hizo en público y supongo que las mujeres allí presentes respingaron de morbosa curiosidad. Un viejo es un ser doblegado a la desilusión, y hay viejos a los 30, a los 40. El elixir de la eterna juventud es desear un hotel en la Toscana, el sol alicaído acariciando las cortinas de hilo blanco, y una mujer en albornoz, una Jane Fonda triunfante y dispuesta a fulminar todos los códigos de lo que se supone que concierne a una dama mientras un camarero joven, perfectamente uniformado, toca a la puerta sin impacientarse.

Patrick Mondiano

"A mí nada me resulta más sexy, tierno y emocionante que el que me lleven el café a la cama", me atreví a a confesar, y en justo castigo recibí miradas de "pues vaya un deseo más poco aspiracional, por no decir qué cutre". Entiendo que no soy lo bastante cool, pero tener sueños pequeños garantiza una felicidad de muchas estrellas Michelin a lo largo del día. Como leer un párrafo perfecto de autor desconocido o ducharte con agua a máxima presión y perfumarte después con Fleur dÓrange de Prada, un hallazgo adictivo y jubiloso.

A Modiano le gusta el adjetivo "bizarro". Yo lo frecuento poco porque se puso de moda y, resobadas por bobos obedientes al dictado de gurús iletrados con camisetas caras, las palabras dejan de interesarme. Prefiero "estrafalario" (con "S", tienes razón querido Héctor, pero convendrás conmigo que pide a gritos un upgrade, una "X" como una catedral. Un camino como el del seso al sexo, un precipicio). 

Lo dejo aquí, ya apuré mi segundo café. El sol invade la estancia donde escribo. Hay charcos con vocales a mis pies.  Me apunto al placer a los ochenta, rijosa militante. Y al lujo de un room service donde sea, con un huevo poché y un plato de fruta de colores, cortada al bies por un hombre meticuloso y dulce. Y que pasen las horas, las entrañas del tiempo diletante. Los programas en chino y el albornoz desmayado en una silla, huérfano de tarea y de cuerpo desnudo. Puro sábado.





miércoles, 27 de mayo de 2015

LA MÚSICA EN EL CASTILLO DEL CIELO

"La música de Bach", escribe el director de orquesta británico John Eliot Gardiner, nos muestra cuán intensamente le desagradaba la hipocresía y su impaciencia ante el falseamiento de cualquier tipo; (...) Oímos su alegría y el placer que siente al celebrar las maravillas del universo y los misterios de la existencia, así como la emoción que produce su propio atletismo creativo".

Anoto hacerme con "La música en el castillo del cielo" (Acantilado) en mi desesperada carrera hacia los brazos de mi compositor favorito.  Un impulso de ambición por el absoluto que no liga con la fe pero me da consuelo en días de zozobra. Atletismo creativo. Qué gran concepto.

Ayer volvía andando con mis Nike de siete leguas cuando atrapé al vuelo una frase para mi colección de tesoros con palabras. Hoy la excitación de un probable reencuentro con Bach (de 800 páginas, nada menor) dispara mi generosidad,  y os comparto ésa y otras reflexiones dichas en voz alta por anónimos o amigos:

1."No puedo ir, tengo cena con mi jefe. Y cada cena con él es como la última cena". (Joven ejecutivo subiendo la cuesta de Ortega y Gasset, a la altura de la boutique Loro Piana, esa que teje jerseys con lana de ángeles cantores). Me dieron ganas de decirle: "dile a tu jefe que has dejado de cenar porque se te atragantan las amenazas veladas al caramelo, las boutades en papillote, el aire tóxico con mostaza de Dillon... No pierdas un segundo de tu vida con nadie que no ames. Vuelve a casa con tu mujer, con tu novio, con tu perro o con tu hámster. Con tu armario empotrado y tu edredón de plumas. Con tu cerveza fría y tus patatas. Tempus fugit. Tic, tac".

2."Me siento más libre. Ahora veré lo que hago con esa libertad". Luchador incorruptible, inagotable, tras completar con éxito un desafío de largo recorrido plagado de trampas de troll y de vueltas a la casilla de salida. Admiro su tesón, su fortaleza resiliente, su inteligencia sin fisuras, su integridad radical, su nulo afán de protagonismo, su cero concesión a la arrogancia. La libertad, ciertamente,  es un estado mental, un viernes a la sombra centenaria de un ficus gigante del Jardín Botánico. Un aspa en el libro azul de los logros personales. Un esto se acabó. Un ¿y ahora, qué? Un salto en el vacío.

3."No tengo fuerzas ni para una erección". Me escribe R. tras una dura jornada de trabajo. Le digo que no me lo creo, que en el mundo de amor al por mayor  donde milita las erecciones corren que vuelan a poco que se tienten las ganas y el oído. Que hay hambres que no necesitan sentir hambre para manifestarse igual que hay alimentos que no llenan el estómago. Que viva la alegría man que pierda. Que habiendo Bach y sexo alborotado sonará una sinfonía en el castillo del cielo, y estallarán fuegos artificiales por doquier. Pim, pam, pum!

4."Un seis es una nota cutre, representa el conformismo. Para tener un seis, prefiero un cuatro y medio que al menos te empuja a buscar el aprobado ". La teoría de U. sobre la aritmética psicológica de las notas merece una cena compartida. A U. me une la alegría, el entusiasmo y las ganas desbordantes de todo y a granel. Además de ser un excelente fotógrafo es el tipo más generoso del planeta y nuestras conversaciones son como volver a jugar a churro va o a balón prisionero en el patio del colegio. Cada vez que la vida nos sienta en un avión, en una mesa, es una fiesta de cumpleaños que no necesita tarta ni champán. Qué suerte tengo, amigo. (Y encima me sacas mucho más mona de lo que soy. Gracias por ese regalazo)

5. "No entiendo que tu libro tenga un prólogo. Un prólogo es autobombo, adulación, almíbar. Déjame que yo te escriba el postcriptum en dos folios y cuente toda la verdad". Mi amigo el innombrable se tragó de pequeño una dosis maligna del suero de la verdad y la brinda a destajo con esas carcajadas que te arañan sin ganas de dañar porque encierran ternura y lealtad. Resisto la tentación de decirle que OK, que mande su amenaza y será publicada. Daría medio brazo por leerle. Tendrá mucha razón, estoy segura. Ayer le di plantón por un asunto doméstico. "La próxima vez que quedemos iré con mi florete", me provoca. Sus duelos siempre son un espectáculo. Su ironía, un brote de genio feroz e impertinente, un pizzicato.

P.D.La emoción del atletismo creativo es siempre fiesta. El genio de otros me alimenta como Bach me alicata el espíritu. Ya escucho la música en el castillo y el día acaba de empezar. Qué privilegio.












martes, 26 de mayo de 2015

CARLO ANCELOTTI O EL NOVIO ABANDONADO

Me parece cruel, irremediable, el despido a cámara lenta de Ancelotti, como un Gran Hermano que todos hemos presenciado mientras el aludido fingía no enterarse. No entiendo de fútbol, pero sí de los efectos de un ya no te quiero. (A una edad respetable se han jugado muchos partidos, ganados y perdidos. Y conviene aprender a elegir a quién damos el pase una vez más o cuándo pitar punto y final).

"No te quiero" no es igual a "no eres apto", pero se le parece muchoAncelotti era apto hasta hace unos días, unas semanas. Y entonces la prensa afiló sus garras y lo dio por sentenciado. 

Si me lo dicen a mí, "no eres apta", prefiero ser la primera, y no deducirlo de las caras de conmiseración de los demás. Si lo digo yo, me cuesta un dolor de páncreas que sólo puedo aplacar con paracetamol, noches en blanco y tragos amargos de olvidina.

Pero gozo de muy buena memoria, esa traidora. Recuerdo cada beso, cada escenario del crimen del amor, cada ramo de flores con su nota, que guardo en un cajón contra el olvido. Los zapatos que llevaba, aquel vestido rojo, el tono grueso de la voz cuando brota la sangre de una herida de puñal tan afilado. Como recuerdo las cuatro veces que tuve que hacer el examen práctico de conducir hasta que conseguí que el examinador me dijera "te quiero" (eres apta, amor mío)

Ancelotti, imagino, es un profesional del abandono. Un entrenador está más condenado a que lo dejen que a marcharse. Su destino es asumir las derrotas y ceder  el orgasmo del éxito al equipo. Es más llevadero despedir a uno que a cuatro de un banquillo. El fracaso no se reparte. La culpa siempre es suya, por contrato. Y ahora está en la calle, y leí que planea pasar un año sabático recomponiendo su corazón, su ego, suerte que puede.

Pero el corazón, que siempre regenera, no borra las cicatrices, ¿verdad, querido Carlo? Nadie te va a quitar la sensación de derrota, de novio abandonado, de vacío. Del campo reclamando que se haga justicia, enardecido, como esos romanos del circo que reclamaban sangre bajo un sol de justicia. Final de partido sin prórroga ni turno de penaltys...

El fútbol es la representación más cruel del amor. Y del desamor. Ancelotti lo sabe y se arranca el corazón como un romano aunque nació en Reggiolo. Los chacales ya están devorando sus entrañas. Olía a muerto antes de morir, y en cierto modo ya respira tranquilo, sin latido. Con ese alivio del reo del corredor de la muerte que ya no soporta la ansiedad de dormir con una hoja de guillotina sobre la cabeza. Fin de las pesadillas, a otra cosa.

"Que pase el siguiente", ha sentenciado el oráculo. Y todos se enardecen, dispuestos a enamorarse del que llegue. A escupirle a la cara. A follárselo vivo. A halagarle los oídos. A besarle en la boca. A mantearlo y ponerle la corona de espinas. Hasta que llegue el día de decir "no eres apto". Y mirar a otro lado para no ser partícipes de cómo los buitres devoran la carroña aún caliente, los despojos...

P.D. Ignoro si Ancelotti merecía ser despedido. Son las formas, ese ritual carnicero...



sábado, 23 de mayo de 2015

CÓMO IDENTIFICAR A UN FARSANTE DEL VINO

¿Cuántos picogramos de TCA eres capaz de detectar en ese vino?

Ayer, en un curso de cata, pregunté a la enóloga Rosa Villar Llorente cómo desenmascarar a un esnob que se las da de experto. Hablamos de esos que arrugan la nariz ante la detección de una nota de olor a armario de abuela, de cómo el hipsterismo ha invadido también el mundo del tinto y el blanco, y de por qué a las señoras les da por echar un hielo a botellas de 30 eurazos y se quedan tan anchas.

Yo de vinos no entiendo. Vaya esto por delante.  Pero disfruto el instante de calor que me proyecta y me aligera al atisbar el borde de la copa. Aunque me siento incapaz de detectar el regaliz, la naranja amarga, el coco, la grosella o el recuerdo a chupa chups Kojak como la experta ayer.

Pocas veces me he emborrachado con vino. Enseguida me pesa la cabeza, se me acorcha el paladar y noto que mis dedos van por libre cuando llevo un par de copas. A la tercera confieso, si es menester, que maté a Manolete. Pero todo sin perder la compostura de ¿señora?.

Lo que de verdad me gusta del vino es el vocabulario que lo custodia y lo enriquece. El arte del degüello de botella, el despalillado, el putonio,  el vino de hielo (la existencia de un vino de hielo es como de cuento de hadas), el descenso lento o vertiginoso de la lágrima en la copa, porque hay quien llora de placer y es la antesala. La intensidad, la capa, el carbónico cremoso, sin crujir en estallido, los aromas terciarios del crianza y esos nombres de las variedades que no admiten un acompañamiento mediocre y rebajero: verdejo, macabeo, albariño, chardonney...

Me gusta el velo incógnito del vino, como me gustan los desconocidos que sugieren y no entiendo. Acercarme respetuosa, rodearlos con respeto y reverencia, retroceder sobresaltada si procede. Quedarme a vivir con ellos. Calentar el corazón bajo su manto de estrellas empolvadas. Pero no, no podré presumir en una mesa de conocer una añada, una denominación pequeña, un resabio llamado retrogusto... No tengo una bodega, si acaso botellas sueltas sin orden ni concierto. No tengo buenas copas, y el último escanciador se rompió en mil pedazos. Tengo un buen descorchador que se pega la vida padre por falta de faena, y una caja de vino que utilizo para subir a lo alto de la despensa o como mesilla de cocina.

Así que no soy chic, no soy esnob. No soy una señora, ni una dama. Soy más bien cervecera, y no me duelen prendas. Pero una parte de mí añora el amor al vino que no fue, como se añora al héroe que nunca pasó bajo el balcón con su espada. Y ayer disfruté con esa clase y con esa mujer nada impostada que nos dio confianza para lanzarnos a buscar palabras que tradujeran una fragancia, un éxtasis total, y me dijo que cuando un día, sentada en una mesa, me hinche las narices un esnob, le pregunte por esos picogramos. Y me beba la copa de un tirón.

P.D. En mi ignorancia,  disfruté como loca de seis vinos, sobre todo con un Toro (Pintia 2008, de Vega Sicilia)


jueves, 21 de mayo de 2015

POR QUÉ BIN LADEN LEÍA A NOAM CHOMSKY

Al parecer, Bin Laden leía a Noam Chomsky. De toda la información desclasificada ayer por Obama este es el dato que más me interesa. Las lecturas de uno pueden ser más elocuentes que el relato de su cama. Chomsky era un hueso duro de roer cuando yo estudiaba en la universidad. Carecía de poesía, era lo más similar a las matemáticas pero con letras. El profesor que nos hablaba de él impartía una asignatura llamada Comunicación y era tartamudo. Tartamudo y adorable. 

Porque daba la clase a trompicones y sin miedo. Y su gallardía oratoria hacía que nos abriéramos de orejas para hacerle sentir bien. Creo que pensábamos que un despiste nuestro podría hacer que él dudase de su capacidad. O puede que recogiéramos sus palabras, trabajosamente cinceladas, como se recogen las gotas de un recipiente de agua en el desierto. Y así nos inoculó a Chomsky, el críptico lingüista y filósofo norteamericano de origen judío del que nunca nos hablaron como activista político, circunstancia que lo hubiera hecho más sexy y llevadero a nuestros ojos.

A Bin Laden, imagino, le ponía la oposición del judío a la política exterior norteamericana, al capitalismo feroz, más que su disertación sobre la gramática generativa. Los componentes sintácticos. El lexicón. La recursividad o los sintagmas. A mí, que me considero una enferma de las palabras, siempre me pareció que la teoría del lenguaje era un jeroglífico endemoniado. Y sin embargo Chomsky ha sido una revolución. Y mi profesor tartamudo un ejemplo de cómo superar una tara y convertirla en seña de identidad. En una paradoja -"elcomunicadortartaja"- que lo hizo grande y, creo recordar, lo ayudó a convertirse en un ligón de siete suelas.

Noam Chomsky

No sé qué haría Bin Laden con un Chomsky entre sus manos. Asido como una metralleta. Defender la vida con uñas y letras. Casi ininteligibles, como una sinfonía moderna que desprecia la armonía convencional, te descoloca y te deja un retrogusto a nivel cuerpo que no entiendes bien pero te ha estremecido.

Hay algo irresistible en la lectura de lo ininteligible, y me vais a perdonar la oscuridad de la sentencia que no entiendo ni yo. Como tampoco entiendo que un chomskyano tenga además catálogos de viedojuegos y revistas porno. O lo mismo sí. Porque todos somos poliédricos. Y un asesino puede ser además un señor libidinoso, un traficante de besos o el cultivador de la orquidea más rara del planeta.

Hoy, gracias a Bin Laden y a la desclasificación de Obama, he tenido la oportunidad de hacer las paces con Chomsky. Con ese otro Chomsky autor de reflexiones tan vivas, tan feroces, tan brillantes, tan provocadoras como éstas:

1."Si supones que no existe esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si supones que existe un instinto hacia la libertad, entonces existen oportunidades de cambiar las cosas"
 2."Parte del motivo por el que el capitalismo parece tener éxito es que siempre ha contado con mucha mano de obra esclava, la mitad de la población. Lo que las mujeres hacen - fuera del mundo laboral - no cuenta para nada". 
3."La gente paga por su propia subordinación"
4.El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí mismos. El otro concepto de la educación es adoctrinamiento.
5."...Si crees en la libertad de expresión entonces crees en la libertad de expresión para puntos de vista que te disgustan. Por ejemplo, Goebbels estaba a favor de la libertad de expresión para los puntos de vista que compartía, igualmente Stalin. Si estás a favor de la libertad de expresión, eso significa que estás a favor de la libertad de expresión precisamente para los puntos de vista que no compartes, de otra forma, no estarías a favor de la libertad de expresión.”
6.Soy lo que es llamado aquí un "ateo secular", excepto que ni siquiera puedo decir que soy un "ateo" porque no está del todo claro lo que se me pide negar".








miércoles, 20 de mayo de 2015

LA IMPORTANCIA DE VOTAR POR PRIMERA VEZ

El domingo 24 mi hija mayor votará por primera vez en unas elecciones. Naturalmente, me hace más ilusión a mí que a ella.

-¿Ya sabes a quién vas a votar?
-Sí, pero no te lo voy a decir, mi voto es secreto.

Cada noche, a la hora del telediario, la llamo para que se siente a mi lado en el sofá y contemple el espectáculo circense de los mítines. El candidato guapito calentando a las señoras (no el corazón, precisamente). La candidata airada advirtiendo del peligro de los que podrían venir. Y así... En realidad debería disuadir a mi hija de contaminarse con los gestos de campaña. Yo misma me siento fuera de lugar, abochornada cuando los escucho y contemplo sus contorsiones de actor/actriz impostado. Prefiero las palabras, mejor aún impresas. Tengo la sensación de que un político en campaña se dirige a dos colectivos muy concretos: sus acólitos -previamente entregados- y los descerebrados que aplauden ante cualquier gesto o inflexión apasionada de la voz.

No quiero ofender a nadie, pero ellos no soy yo.

Hay un candidato al que admiro intelectualmente y del que todos dicen "se va a pegar un tortazo". Saber pensar no te convierte en un buen gestor de la cosa pública, desde luego. Pero un filósofo que se postula para la res pública y acepta entrar en la ceremonia de sangre de campaña merece todos mis respetos, sea bajo las siglas que sea. También hay un poeta, y su señora esposa perpetró el otro día una columna de opinión desde el amor que me dio cierta vergïenza ajena, por impúdica, y cierta ternura porque a mí las parejas que se quieren después de tantos años me provocan admiración y envidia.

Ayer discutí brevemente con mi madre porque va a votar a una mujer que ha hecho del desparpajo un estandarte. Digo brevemente porque nuestro rifirrafe duró treinta segundos.

-Pues yo pienso votar a X. Es una valiente y no se le pone nada por delante.
-Nada, porque no tiene vergüenza.

Mi hija se mantuvo ajena al debate, sumergida en su pantalla de ordenador y en sus cascos. El asunto político, me temo, le importa mucho menos que rematar su primer curso de universidad, y la entiendo. Mi primera vez fue en 1986. Referendum de entrada en la OTAN. Yo, que me creía muy lista y muy mayor, estaba años luz de saber de qué iba la cosa. A los 18 años te dejan votar como te dejan conducir un automóvil o entrar en una discoteca y beber alcohol. El coche es una licencia para matar. El alcohol, un néctar de ceremonia grupal que te otorga sensación de pertenencia y algunas vomitonas agrias en la acera (yo preferí obviar el citado néctar hasta los treintaymuchos, en pos del consumo a granel de Fanta de naranja. Y respecto al carnet de conducir, me lo saqué a los 28, con sudores. Y sigo sudando en las rotondas).

-Papá me ha dicho que me paga 35 euros por darme el voto votado.
-¡¡¡Ni se te ocurra!!!!! Yo te pago el doble por decidir solita.

Y le cuento a mi hija la importancia del voto, y noto su abisal escepticismo. Y me da mucha pena porque yo misma llevo a una mujer que se encoge de hombros y piensa que en política hay mucho pringado de COU, mucho arribista, mucho fatuo con ego desmedido, mucha serpiente Ka cantando "confía en mí" para devorarnos. Y algunos movidos por eso tan poco sexy que se llama vocación de servicio. El deseo de convertir nuestro patio de vecinos en un espacio limpio de gases tóxicos. Las ganas de interceptar cualquier mano dispuesta a mangar en caja ajena. La vocación, en suma. El compromiso.

Y aunque desconfío, noto que cada cita electoral me levanto agitada y siento la importancia de meter mi papeleta por la urna, después de escuchar mi nombre y apellidos. A veces tapándome la nariz.  Y me parece que la democracia es el sistema menos malo. Con sus imperfecciones, con sus trampas. Con sus líderes políticos mediocres, ambiciosos, desalmados. Carne de imputación, como hemos visto. Sospechosos habituales. Pero mi ilusión de votante es descubrir uno que no grite, que no mueva la pelvis para ponerme loca, que pronuncie un discurso meditado y sin vapuleos al pobre diccionario de la Lengua. Que dimita si no cumple sus promesas. Que se deje la piel por los pasillos. Que no sucumba a la tentación de la vanidad o del lucro. Que defienda con su vida la fortaleza pública. Que se dirija a mi cerebro, no a mis bajas pasiones ni a mi miedo.

Que logre que mi hija apague su ordenador, se quite los cascos y escuche atenta lo que tiene que decirle. Como si fuera solo a ella, como si no hubiera nada ni nadie más importante en ese momento que una mujer de 18 años aturdida por la lluvia de siglas, de chacales. Como si fuera una virgen vestal que contempla el mundo y confía en que puede haber otro mejor. Más justo. Menos imperfecto. Y entonces vota.


martes, 19 de mayo de 2015

NADA MÁS RARO QUE EL PORVENIR

Lo leí en su momento y lo subrayé con mi koll antracita: "La mayoría de los artistas y curadores recuerdan con melancolía los tiempos en que todo resultaba incierto, la competencia entre colegas era de baja intensidad y no había nada más raro ni atractivo que el porvenir".

El autor es el escritor Juan Villoro. El libro, una delicadeza titulada "Azul como una naranja" (La Fundación. Júmex) y cuando tengo la sensación de cuerpo derrotado por una noche inquieta e incordiona corro a acariciar sus páginas, la rugosa portada que huele a imprenta de sueños, los alumbramientos de Villoro y ese uso preciso y satinado del lenguaje que no cede a la tentación de elevarse por las nubes para acometer un discurso plúmbeo sobre el arte contemporáneo.

Hay cuestiones que merecen ser explicadas pero sólo están al alcance de unos pocos. La cultura hipster ha intentado simular erudición donde sólo había pose y necesidad de distinguirse, adolescente. Los pretenders del vino han aprendido algunos gestos para dar a entender lo que no entienden los demás (y a veces ni ellos). Las adoratrices de la buena educación han tensado las coletas de sus hijas para fingir una perfección que están lejos de alcanzar. Y mientras unos pocos, en silencio, gestaban intuiciones con ladrillo y cemento, trabajosos,  y las dejaban ahí, para que una mujer insomne, curiosa y distraída sintiera que vigilia no es condena sino un modo de crecerse fuera de todo uso horario y tiranía.

"En el mejor arte contemporáneo las imágenes provocan palabras".

Lo malo, admirado Juan Villoro, es que el mal arte también se perfuma con palabras. Vaguedades, pomposas disertaciones. Humo para distraer al observador del truco.  No hay nada más atractivo que el porvenir, tienes razón. O lo mismo lo hay, y es la esperanza. El presente puro que niega la derrota y se levanta.
Juan Villoro

Ayer a mediodía en un jardín cercano a mi oficina. Elegí un banco a la sombra para esperar a alguien. El único disponible. Al momento llegaron cinco obreros de la construcción, y sin recato se instalaron a mi lado con sus bocadillos y sus latas de bebida. Hablaron del tajo, de cómo el mes se había dado bien: "920 pavos en quince días", contaba uno, y el de al lado asentía sin dejar de morder su longaniza con pan. Pensé que para ellos no había nada más heroíco que vencer la incertidumbre de una crisis que los dejó en tierra de nadie. Y eran felices a la sombra, sudados y redimidos de su miedo, porque al fin podían volver a trabajar. "Y esos guapitos de oficina que se pasan ocho horas y no dan un palo al agua qué os parecen?, sentenciaba uno señalando a los funcionarios del Tribunal Supremo, que salían.

Y pensé que uno se forja a la contra. Señalando con el dedo a las demás para salvarse. Y que no hay otra forma de medir el antes que el después. Que el porvenir es raro y atractivo incluso en estos tiempos inciertos. Que conviene confiar aunque el alma desfallezca y el termómetro pase de 35º. Que puestos a disertar no hay nada tan honesto como el obrero que no intenta fingir que es otra cosa, y se come feliz un bocadillo y celebra que es lunes y serán 450 pavos, a lo tonto. Y no hablará de cómo se ha deslomado, ni del olor rancio y heroíco de su sudor.

Y luego están los artistas. Y los escritores iluminados, ariscos con la pose. Antihipsters. Enemigos de la banalidad, justicieros del verbo. Que funcionan de bálsamo cuando huelen derrota y  regalan historias perfectas, que dejan derramar distraídamente para no darse importancia. Como sólo hacen los grandes.

"En una entrevista (...) le preguntó a Eugenio López si en vísperas de la apertura de su museo sentía la misma ilusión por conseguir una obra como cuando comenzó a coleccionar: "Quisiera sentirlo, pero no puedo. El coleccionismo no es una labor, es una pasión. Ahora estoy más agobiado, tengo ante todo una responsabilidad (...) Extraño emocionarme como al principio, extraño la frescura que entonces tenía".

P.D. El pasado domingo, por azar, conocí la obra del artista portorriqueño  Arnaldo Roche Rabell en la exposición del CAAM de Las Palmas titulada "En azul: Señales después del tacto (Frottages)". Me quedé prendida de su azul, del vigor de sus figuras, de su ruido. Era fresco y batallador como el porvenir.








sábado, 16 de mayo de 2015

¿QUÉ TRES LIBROS TE LLEVARÍAS A UNA ISLA?

Invento un término en la playa para las breves gorduras que rebosan el bikini: "mondongia". Me inspira Lorrie Moore, mi admirada cuentista a la que no puedo tomarme más en serio. Aparece de pronto desde el mar un hombre conocido, betún y flaco que hace poco reventó los telediarios y al pasar mira con aparente desinterés, apenas deslizando su mirada de halcón,  los bordes mondongiales y mi libro "Gracias por la compañía". Yo lo miro a él, que progresa fugaz por mi estribor, y contengo el impulso agitado y violento de seguirle.

Gana Lorrie. De momento dos relatos, que me gustan pero no consiguen provocarme esa respiración contenida, tensa, asfixiada,  de "Pájaros de Nueva York". Aunque reconozco su pulso, su ironía al borde del cinismo y ese tono frutal donde lo cotidiano es categoría y las parejas son afanes inútiles.

(Si me preguntaran: ¿Qué tres libros te llevarías a una isla? uno de ellos sería "Pájaros de Nueva York". Ha resistido las relecturas sin desgaste. Otro, las memorias de Stefan Zweig. Y el tercero el mío,  a punto de salir,  por si un día la memoria se me funde como plomo hirviendo y necesito recuperar mis palabras rugientes del naufragio).

Ayer cerveza fría y pies al aire, con las uñas bien rojas, estandartes, me pareció que la verdad no está al alcance de un bañista. Las dos versiones de un caso, señoría, son contaminadas y líbreme dios de sentenciar al reo ni a la víctima. Sobre todo cuando no está claro quién es quién. La letra de la ley, el peso de la duda. La mondongia desafiando la espuma de la orilla. Una pared embadurnada de algas, tierra oscura. Un presunto culpable o inocente y una presunta delgada, frente a frente.

Lo único absoluto era mi Lorrie. El aire de salitre. Las papas arrugadas.  "No era bueno pensar en el uso de las velas del dormitorio de una mujer que te acaba de bajar la bragueta".

Una mujer que te baja la bragueta es una diosa. Aunque la del relato titulado "Muda", que en realidad se llama Zora, te cae fatal. Es una de esas locas que hacen daño y luego se acuestan con su hijo, a carcajadas. Pero cuando conquistan burlonas la bragueta de un hombre todo queda en suspenso, y son manos y boca de yodo y de tormenta. Y hay mucha contundencia en esa imagen, y la dejas estar y hacerte un eco que provoca el deseo, las ganas de un relato que ya has escrito en sueños sin saberlo.

Y antes de bajar una bragueta, loca mía, convendría subir al corazón, escarbar el cerebro. Saciar algunas hambres, curiosear a gusto.  Beber un trago largo. Comer algo picante, que te abra los pulmones. Observar al presunto, que se aleja mojado, moreno, casi negro, rígido de trazas, escurridizo. Meter tripa, aniquilar mondongia. Zambullirte en el agua, calima terciopelo.











jueves, 14 de mayo de 2015

CÓMO DAR FEEDBACK POSITIVO

Voy a señalar con el dedo. Hoy es el día.

Anteayer era feliz (suelo serlo, pero fue en escala richtergozosa máxima) y nada ni nadie podía pincharme el globo. Me parecía que el universo en sus imperfecciones giraba a ritmo delicado y sostenible, que mis piernas avanzando por la acera eran dos tanques incansables y que la justicia poética estaba para ser sabiamente administrada: ahora sí, ahora no.

Por la noche, una conversación telefónica con J. nos llevó a esas personas que utilizan la condescendencia como munición de guerra. Esa tibieza conservada en hiel -formol que exuda el ser humano- de los que en su mediocridad tratan de sobre-ponerse a otros enfriando cualquier vestigio de euforia por un logro. "No está mal, sí, pero...".  Y, ya puestos, hablamos de esos otros que no emplean el feedback positivo jalesmaten. Pero siempre corren raudos a sembrar de chinas de alquitrán el asfalto florido de la risa.

El reconocimiento no es el halago, señores míos. A ninguna persona inteligente le gusta que le hagan la pelota, salvo que sea más fatua que lista. Pero todos necesitamos escuchar a nuestro alrededor, de vez en cuando, que eso que dijimos era oportuno, que lo que pensamos tenía fundamento, que ese castillo en la arena hecho con pala y con rastrillo a pleno sol es un espacio muy Bauhaus o que nos queda genial un pantalón.

Cierta persona a quien quise solía decirme que mis textos "no estaban mal, pero, bueno, a ver si dejaba de desperdiciar mi talento y me centraba en obras mayores". Los llamaba "mis fruslerías". Él mientras tanto, se dedicaba a la dolce fare niente como estilo de vida y fingía ser distintos oficios y ninguno. Yo animaba su búsqueda, por cierto, y luego me dedicaba a reflexionar si lo único reseñable de un escritor es una novela. O un ensayo, si eres intelectoescritor.  Otra persona, entonces amiga, le hacía los coros y sólo comentaba mis artículos cuando no estaba de acuerdo. "¿Has empezado ya la novela?, repetía de cuando en cuando con su mirada censora y autoritaria.Yo jamás dije lo que pensaba de sus creaciones o de sus iniciativas. Sólo aquello que me parecía salvable y positivo.

Añadiré que he crecido en un entorno doméstico donde los espejos eran objetos sospechosos, casi prohibidos, y nadie te decía guapa no fuera que te volvieses creída, así que estaba más predispuesta a fiarme de la crítica que del reconocimiento, por escaso. Sobre todo si venía de alguien que decía quererme mucho. ¿Cómo es que alguien que te quiere va a tratar de fastidiarte así?

Hasta que te das cuenta que si te quieren mucho antes que nada te dirán eso tan bonito, para luego señalar eso otro que podría ser mejorable sin duda porque eres capaz, y está en tu mano.

(Y también me di cuenta -esto ya lo sabía porque es de perogrullo- que una novela puede ser un bodrio y un relato corto una obra de arte.  Buena parte de las que se publican son subterfugios del márketing literario con historias que desfallecen, personajes mal urdidos y todo tipo de desmanes de trama que atentan contra la calidad bien entendida y que un lector bregado y exquisito desenmascara a la primera).

A veces el ¿amor? es un refugio de la envidia, del resentimiento, del complejo de inferioridad.  Ya lo he dicho. Y diréis, con razón, eso no es amor. Y os diré desde luego. Pero existe el amor interesado como existe el amor dependiente, el amor pasional o el amor pegamento Imedio.  A veces nos acercamos a una persona para machacarla. Puro sadismo. A veces un oscuro se aproxima a un luminoso y trata de apagarlo, no de contagiarse con su luz. A veces un glotón se une a otro que no le haga ascos a la comida ni reproches. A veces un macho dominante seduce a una damisela dócil para no levantar de su cuello la bota o el zapato, y olvidar así que es un violento acomplejado.  A veces un artista se casa con la señora de la limpieza para que le tenga a punto los pinceles. A veces una bobita sale a cazar marido y en cuanto lo tiene atado se dedica a rellenar su nada con actividades extramaritales y cremas. Y así.

Crecer es aprender a detectar a los pinchaglobos de turno y neutralizarlos sin que te cueste un disgusto. Abandonar a quien menosprecia, juzga desde una plataforma de presunta autoridad y trata de ventilar su frustración en tu cocina, donde te afanas en cocinar un guiso delicioso.  Y cuando aprendes eso, y aprendes a decirle a los demás lo bonito que es su dibujo de acuarela, el look que se pusieron de mañana o la clase magistral que te ofrecieron ese día te quedas como dios.  Y es alegría.

Y agradeces tu suerte. Y lamentas el destino de tantos pinchaglobos a los que, oh casualidad, no les va demasiado bien en la vida. ¿Por qué será?







martes, 12 de mayo de 2015

UNA HISTORIA DE AMOR FURIOSO

El mejor regalo para mí son las palabras. Mejor que un solitario de diamantes. Mejor que un viaje a Marte sin escalas. Mejor que un paraíso con Adán exento de manzanas.

Lo he entendido esta noche, cuando desperté agitada por un sueño que se evaporó fugaz, y había un prólogo para mi libro en mi bandeja de entrada.

"Tienes un email"

Y abrí, voraz, destartalada, como haría una niña delante de un enorme paquete con papel de colores y un gran lazo. Y encontré una matroska, y dentro otra, y en el vaivén de cada capa iban palabras, pensamientos y un trazo Dorian Grey que me vitalizaba y estiraba las breves arruguillas de mis ojos. Y el corazón latía, salía por la boca desbocado, sangrante, agradecido. Y era viernes, aunque el almanaque recita martes. (Y que no debo casarme ni embarcarme).

Amo las palabras porque me construyen, aunque a veces me destruyan. Es un amor furioso y militante, que no da por vencida una batalla. Tengo debilidad por los bienhablados y contengo mi impaciencia con aquellos que vomitan palabras huecas en armazones de óxido y engrudo. Una palabra sola es contundencia, pero armada en una frase es poesía, o disparo, o una bomba que explota y compone una de Bach, introito puro.

Desprecio, ya lo he dicho, el desperdicio. El hablar por hablar. Amo a esos que construyen bello hasta con material de derribo. Me acerco instintivamente a quienes hablan y no sobra nada en sus discursos. No admiro al poderoso, ni al rico de familia, ni a aquel que ofrece el mundo subido en una loma, arrogante y seguro de sí mismo. Sí al poeta tan tímido que del aire extrae trabajoso algunas letras, las agita y riega con palabras un jardín de donde brotan rosas con pinchos y amapolas.

Hoy iré con mi regalo atado a la muñeca todo el día. Nadie podrá estallarlo, y si otros niños me piden que lo preste les diré que soy yo, hecha globo, y no debo desmembrarme. La novia de la boda, a punto de salir por esa puerta. Ungida en verbos claros, en adjetivos ligeros como espuma de cerveza. A punto de beberme un elixir, sobrevolando el asfalto dulce y caliente de mi amada Castellana.

Tengo un libro a punto de salir del horno que es este blog donde me cuezo cada madrugada. Tengo las ganas, la avaricia y el honor de pasar al papel, ese viejo y solemne caballero rugoso que acaricio por las noches, sumida en un bostezo impertinente. Tengo la suerte de vivir una pasión que no se apaga aunque salten de golpe todas las centrales nucleares del planeta.

Y tengo un Escritor, Héctor Abad Faciolince, que me ha hecho el regalo más precioso que puede hacerse a una mujer, a un ser inquieto. Zambullirse en el lago de su finca para extraer una a una, con delicado esfuerzo, las palabras del pecio de su genio. Y hoy estreno zapatos, y estrenaré vestido porque es fiesta.

Y tanta gratitud alborotada no cabe en un armario. Ni en un corazón tan alterado, tan temprano y tan viernes, aunque martes.








domingo, 10 de mayo de 2015

MIEDOS DE MUJER QUE CORRE SIN MIEDO



"Los mejores libros surgen de las convicciones más profundas: mira cualquier estantería y lo confirmarás".

Velo armas desde hace un buen rato con Dorothea Brande en mi regazo. Cambio la palabra "libros" por "amores" o "vicios" y la frase extraída de "Para ser escritor" (Círculo de Tiza) sigue funcionando. Ocupo mi cabeza para no prestar atención a mi cuerpo, que anda tenso pocas horas antes de la Carrera de la Mujer. Ser piernas, brazos, esfuerzo, resistencia es un desafío impropio de una dama que mueve dedos al alba y agita neuronas a destajo. Trinan los pájaros, aún es de noche. Mi ampolla de glucosa predesmayo me saluda en la mesilla y Dorothea se impone entre otros aspirantes al trono del sol de la mañana.

Convicciones profundas. Conviene tener tres o cuatro, se me ocurre. Menos es de simples. Más, de intensos con hambre de posteridad. Yo estoy convencida de que nací velocista, pero también de que la carrera de fondo me contiene la huida, dosifica el impulso, me hace más y mejor. Es astral, aunque aún no lo he leído en Susan Miller Astrology Zone. Contravenir la naturaleza resulta un ejercicio necesario.

Marea rosa contra Cáncer de Mama
Anoche en mi actual serie adictiva, el protagonista (que al parecer en su real life es gay. Siempre se llevan a los mejores) soltó una frase memorable. Decía que la estrategia del vago es repetir a los demás todo el rato lo mucho que trabaja. Conozco a algunos de esos. Se rodean de gente pico y pala y se echan a dormir en una zanja. Después, mimetizan los gestos de los infatigables frente al espejo y se suben al escenario, performánticos. A perpetuar su leyenda, pero con ese miedo tenso a ser desenmascarados. Su condena.

Yo hoy fingiré que sé sufrir, que experimento un orgasmo cuesta arriba. Cuando la maldita realidad es que querría ser llevada en volandas por un hetero-Kevin (Spacey) y cruzar la meta blandiendo un botellín de Mahou con esa  salvaje Highway to heaven de ACDC de todas las carreras. Pero mi convicción número 2 me dice que si logro llegar sin detener el trote, después de recorrer ese Madrid desierto de coches tan amado -Camoens, Princesa, Gran Vía, Alcalá, Sol, Palacio de Oriente, Bailén, Ferraz, Parque del Oeste- , sentiré un estallido, una revolución de sangre y acero líquido. Y el dios de las endorfinas se hará carne y acampará entre nosotros.

He avisado a las Chukis: "es el tercer año que corro y los dos anteriores no estábais en la línea de meta. Os doy una última oportunidad o esta noche no habrá cena en vuestros platos". Mi mayor frustración es que mis seres queridos madruguen para verme llegar y, sin ambargo,  se pierdan el instante mirando hacia otro lado. Una lleva la herida de niña a quien sus padres no acudieron a ver en la función del colegio. Ni compraron la revista donde publicaba sus primeras historias. Mi tercera convicción, lo habéis adivinado, es que necesito cerrar el círculo. Descubrir el orgullo en los ojos de mis chicas. Enseñarles que a la naturaleza hay que ponerle los cuernos. Romper el sortilegio. Y romperse las piernas, ya de paso.

Corro a la ducha, despido a Dorotea y la obedezco: "Ahora date un baño, y sigue pensando en ella sin mucha concentración..."






viernes, 8 de mayo de 2015

EL CULO DE KIM KARDASHIAN ES UN FAKE


1. Se da por supuesto que el trasero de Kim Kardashian es sexy y pone brutos a los hombres. A mí me da miedo tanta masa prieta y desbordona y espero ansiosa el día que el periódico titule a cinco columnas: "El culo que nunca existió". Mi teoría personal es que se trata de una entelequia para mantener entretenido el fuego de las redes sociales.  Y que corren buenos tiempos para el fake.

2.Las tías buenas son tontas. Lo escuché recientemente y fue como oír "voto a bríos". Ese atavismo/antigualla sólo lo piensan los hombres que se sienten incapaz de ligárselas. Es mucho mejor devaluar a una maciza que devaluarse a uno mismo. Conozco gorditas tontas, atléticas tontas y tontas y feas de todos los colores. Ante una guapérrima lista (como Claire Underwood, como Sophie Marceau, por citar dos de mi quinta) me descubro en mi pequeñez con mechas rubias.

3.Mis compañeros listos ven "Sálvame Deluxe" y para justificarse aseguran que es "puro Shakespeare". Caliban, Ofelia o Próspero no pueden yacer bajo semejantes engendros de vulgaridad, digo yo. Pero seguramente no soy lo suficientemente hipster. (Y particularmente creo que House of Cards es puro Shakespeare. Soy una clásica)

4.Ayer mi querido A. me contó que va a estar en Las Palmas el mismo fin de semana que yo. Irá al Orgullo Gay. "Pues cuando te vea mariconear ligero de ropa procuraré mirarte a los ojos, nene, que no quiero perderte el respeto". A él sólo puedo adorarle, incluso subido en una carroza. A mediodía le pedí que me acompañara a Oysho. Aceptó de buen grado y ya en la calle pregunto: "¿vas a comprar lencería, no?". En realidad era una cita profesional, pero le hubiera abrazado por estar dispuesto a divagar entre bragas y sujetadores para ponernos al día de nuestras cosas.

5.Entretengo los mediodías fingiendo que ya es verano. Una terraza de Madrid, una cerveza y un salmorejo me proyectan a un mar imaginario cuyo horizonte puede ser el Museo del Prado o el estanque del Retiro. Recoletos ya está alfombrado por los libros y las mujeres empezamos a mostrar piernas y escote con descaro de canícula. Si no puedes ser Kim Kardashian, sé tu misma, repito y miro mi retaguardia con circunspecta aceptación. Los culos enormes pasarán, pero el sex appeal de las mentes agradece la hipérbole y es un must sin tiempo ni modas.  (Y respecto a los hipster, aprovechad el momento que estáis a punto de entonar el canto del cisne)...


jueves, 7 de mayo de 2015

EL PUNTO CIEGO DE LA RAZÓN (Correr de noche da insomnio)

"Desconfíen siempre de un autor de pecios. Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la "profundidad", fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con zapatos de charol". Campo de Retamas. Pecios reunidos. Literatura Randon House.

Al fin ataqué a Rafael Sánchez Ferlosio tras una noche revuelta de pinchazos en las piernas y esa terquedad del "te lo dije" que sucede a la advertencia autoinfligida: "No salgas a correr por la tarde, te provoca insomnio". A mí me quita el sueño el cuerpo en éxtasis, haber forcejeado con las ganas de detener el trote en la cuesta cruel que sube a la mezquita. Sentir la excitación de que el cerebro mande sobre mis piernas, desnortadas. Y escuchar los latidos de vértigo rumiando que el infarto es la posibilidad de un quiebro loco. Caída fulminante que siempre imagino como a cámara lenta. Sin heridas.

Y entonces, me refugié en ese hombre sabio. Sus brazos correosos de palabras trenzados.  Ni rastro de dulzura, ese bien necesario. "Los que somos llorones sabemos mucho de la extraordinaria superficialidad de las emociones".

Detesto a los llorones militantes, Rafael. Sospecho de los que nunca lloran. Los contenidos, los desbordados. Los quejicas. La emoción es un grifo regulable a partir de una edad. A veces nunca. Recuerdo a ese cantante mediocre que lloraba en un concurso con la misma presteza que un muñeco al que apretaran un botón.  Hoy ventila obsceno su amor matrimonial con una muñequita fashion que viste mamarracha sin hálito de estilo y se hace selfies con gafas y bolsos que no paga. Y es un espectáculo cursi y vulgar para mentes de horchata. Un ferlosiano vomitaría en sus caras hasta deshacerlas con ácido de burla bien temperada.


Creo en las emociones sordas. Esas que tensan como un hilo invisible las cavidades sacras del estómago. Un clic que pone en guardia y tú no sabes. Pero tira y tira y te impide pensar en otra cosa.  Anoche Minichuki se trepó hasta mi cama. "No sé lo que me pasa, pero algo me pasa", repetía. Y yo apretaba su cuerpo de potrillo contra el calor del mío, y susurraba "tú no hables, mi niña" hasta que fui notando que su tensión cedía al puro agotamiento, y entonces me di cuenta que estaba más despierta que un río de lava. Y puse Radio Clásica, mi vieja compañera. Y decidí no llorar por vacío y horas muertas. Y nos dieron las 3, como a Sabina.

(Colapso) "El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad"

Huyo de la solemnidad que envuelve lagunas como charcos de bilis sin peces de colores. No hay nada tan solemne como una buena risa. Carcajada. El puro descojone. Y recuerdo a mi U., mi compañero, al que robo sentencias como puños: "Ése es tan bobo que si le dices #hastag te da una hostia porque cree que le estás insultando". O, ayer, de repente, a voz en grito: "¡Qué ganas tengo de ponerme un vestido de corte de sirena!". Y entiendo que mi querido U. es ferlosiano, y que estaría bello con un satén muy rojo sobre su cuerpo flaco de Jesucristo pecador, y me alegra su espalda heroica y huesuda a pocos palmos de mi vista. Y esos ratos tan ricos que compensan las horas de trabajo y revolcón con palabras amadas, sumarios, titulares. Y la risa.

Dice mi gran gurú del Pecio que "el ojo de la Razón tiene en el fondo un punto ciego por el que entra la noche" y siento, ahora sí, el familiar pellizco en el estómago. El puro reconocimiento. El aplauso en silencio. Los héroes del día se curten cada noche. Los libros importantes pasan sin hacer ruido pero te condenan a una digestión larga que a veces se parece al llanto lento. Y es Emoción de la buena. Inteligencia pura que no desprecia al corazón y se hace carne. Y te condena a tirar al vertedero a esos otros obscenos que alguien llamó literatura. Y que es como nombrar delicatessen a una bolsa de Cheetos barbacoa.

P.D. Sobre las consecuencias letales de correr 5 kilómetros a partir de las ocho de la tarde...




martes, 5 de mayo de 2015

RYANAIR O EL FALSO LOW COST

Le reprocho a C: "Te has quedado moderna" y la paradoja de la frase hace que me dé la risa. En la sala de embarque, el otro día, un hombre se dirigía a su mujer con esa coletilla detestable -"como digo yo"- y ella asentía dócil porque sin duda ese matrimonio consolidado se había hecho fuerte a base de sobreentendidos y autocitas de escaso interés.

Sobreentendí -qué ingenua- que Ryanair era una línea low cost y me salió muy caro. Conviene sospechar de las etiquetas. ("Es un hombre de palabra". Sí, hasta que enmudece y se muestra desnudo de argumentos).

Pero no me despisto. El destino me lleva últimamente a unas islas. Tomo el último avión de la noche y me trago la madre de todos los retrasos. Dos horas, el primer día -"debido a la huelga de controladores franceses", decía una voz, y no comprendí bien qué pintaban los franceses en un vuelo local que no venía de Francia, pero en fin...- (Cuando las voces no dan la cara conviene desconfiar, pensé).

El segundo viaje, hora y media de retraso. Y nada que reprochar a los funcionarios de Hollande. El precio de los billetes no era precisamente low, pero en esta ocasión tuve que facturar la maleta dado que iba a una boda y los zapatos de una mujer, más los planes "b" y las mejores intenciones no caben en un trolley enjuto.
-Esta maleta tiene sobrepeso. Son 10 euros por kilo. Abone 20 euros, por favor.
-Tenga.
-No, tiene que ir a la oficina y regresar con su maleta.

El billete low cost que nunca fue tal acababa de encarecerse, pero yo era feliz porque me iba y 20 euros no iban a cambiar mi humor chispeante. La sala de embarque estaba atestada  y me llamó la atención ese afán de algunos pasajeros de ponerse sombreros de paja en el aeropuerto cuando su destino es de playa. Como si quisieran adelantar el gozo del primer chapuzón. 
Equipaje para volar

Entretuve los minutos fisgando parejas, ese vicio peligroso, y cuando me aburrí, empecé a recorrer la Terminal 1 de Barajas con mirada nostálgica. Allí nos llevaban mis padres de pequeños a ver despegar aviones, ese pasatiempo familiar de aquellos maravillosos años en los que volar era un privilegio caro y mirar despegues y aterrizajes una actividad trepidante.

Me encontré a una mujer con la que coincido a menudo en el autobús. Nos saludamos con una sonrisa cómplice tal y como solemos. No sé cómo se llama, nunca hablamos. Intentó pegar la hebra e iniciar una conversación previsible, pero yo estaba ya a muchos pasos dispuesta a ver el Telediario en una pantalla desierta. Tomé una chocolatina sin ganas, sólo por entretener al estómago. Unos niños gritones desafiaban a sus padres, dos "caris" con sombrero, camisetas de churrero  y mucho "comodigoyo" en la recámara.

Hora y cuarto después, una señorita uniformada se dirigió al mostrador de embarque y los pasajeros entraron en un estado de excitación parecido al de un avispero. El finger carecía de avión, de modo que o iban a llevarnos en una nave espacial que se avistara de pronto, o la empleada de la compañía se había personado para tranquilizar los ánimos.

Algunos se quitaron el sombrero en señal de protesta. Yo me puse en la fila, muy atrás, junto a una pareja que parecía quererse, él más que ella, y me sentí un poco sola. Como no tenía sombrero de paja, me puse a escuchar a Van Morrison a todo meter. Sentí que mis caderas se iban solas.

Al fin llegó en avión procedente de Nunca Jamás. Los pasajeros preferentes fueron llamados a embarcar antes del desembarco de los que llegaban. Raro, raro. Aún pasaron 25 minutos cuando al fin entramos al avión. A los del final de la fila que iban con trolley los obligaron a meter el equipaje en bodega porque ya no cabían más maletas en cabina. O sea, que al llegar a su destino, hora y media tarde, tendrían que esperar a que llegara su maleta. Ese momento tenso en el que uno siempre cree que la suya se ha perdido.

Entré en el avión. la tripulación sonreía con cara de culpa maldisimulada. En mi asiento  había migas de pan. Nadie había limpiado. Entendí que low cost es que te dan por saco y tú tragas aunque hayas pagado lo mismo que en una línea aérea convencional. Limpié las migas con un gesto digno. Soporté el tono desenfadado de más de los azafatos de Ryanair. Soporté el sorteo de no sé qué charity. Soporté que me despertara el carrito del avituallamiento -tres euros un botellín de agua- y el grito del azafato motivado. Di gracias al cielo porque no soporté la corneta a la llegada (hora y media de retraso no da para gestos triunfales)

En el vuelo de vuelta mi maleta pesaba, milagrosamente y sin que hubiera cambios respecto a la de la ida, dos kilos más. Pagué otros 40 euros de sobrepeso.

Fui feliz cuando recuperé mi maleta. A mi lado, la familia Cari trataba de amordazar a su hijo, que estaba muy tonto después de tanto trasiego y de patearme la espalda dos horas y media sin descanso.

Decidí que mi abuela tenía razón cuando decía eso de "lo barato sale caro". Sobre todo cuando ni siquiera es barato...



Me sobraron zapatos, pero me di el gustazo de tener todos dispuestos a servirme. Me sentí poderosa, equipada y engañada por los claim del low cost. Pero como estaba contenta decidí contener mis pulsaciones y ponerme el sombrero de paja al llegar a casa.




lunes, 4 de mayo de 2015

HOMBRES, MUJERES Y CUARTO DE BAÑO

Antonio López
Atención, pregunta: ¿Uno es el modo en que procede con el tubo de pasta de dientes?

Es decir, ¿que si lo hace cuidadosamente, presionando desde el borde hacia arriba para que el contenido ascienda en orden y homogéneo, se le supone metódico, ordenado, cerebral, detallista, tierno, delicado... puntilloso?

Y si, por el contrario,  coge(s) y presiona(s) con fuerza donde caen los dedos, que suele ser a media asta, y estruja(s) y dejas el tubo más desbaratado que un bailarín de breakdance en trance psicodélico, se le (te) sentenciará de indómita, adicta a la entropía, descuidada,  un tanque enloquecido que pisotea un jardín de tulipanes?

Y más aún. Si -horreur- tras someter a la pasta de dientes a un maltrato irremediable olvida(s) cerrar el tapón hasta el fin de la rosca. ¿Eres un deshecho convivencial?¿la prueba de que jamás podrá(s) compartir cuarto de baño más que con las fieras habituales, esas que a veces sueltan el cepillo de dientes en el lavabo y dejan rastros de enjuague sin tratar de imitar una instalación de Daniel Canogar o un cuadro del primer Antonio López?

Últimamente reflexiono sobre cuestiones de ámbito local. O sea, esas aparentemente banales que encierran una revolución.  El asunto me está ayudando a conocer un yo poco fotogénico, pero a estas alturas de la biografía conviene rematar los puntos negros. Esos que sepultamos con frases aprendidas que en realidad ocultan contradicciones siderales.

¿Qué significa que uno descuide el dentrífico pero dedique los tres minutos reglamentarios más algunos segundos de extra bonus a limpiarse los dientes, hasta lograr un bruñido casi perfecto que ni Julia Roberts?, y luego proceda con el hilo dental, ese enemigo que te maltrata las encías por tu bien mientras bostezas y el sueño, irritable y frágil,  te ordena ir a la cama.

Los adentros. Los afueras. Y el adentro del afuera.

Pero iré más lejos en mi ambición teórica: ¿Uno es como es en el cuarto de baño, allá donde nadie le ve? El reducto más privado, la cámara sellada de nuestra intimidad.

¿Se es como se procede en la más absoluta soledad? ¿Se es como se tienen los cajones, los cuartos de la plancha, el armario de los zapatos? El totum revolutum de la mesilla. El botiquín de urgencias. La carne y el pescado en el congelador. 

Conozco y admiro profundamente a alguien que al hacer la maleta dobla cuidadosamente la ropa sucia como si estuviera limpia. Las camisas perfectamente abotonadas. Las mangas plegadas con cartabón. El cuello sin desmayos laterales. Contemplar el modo en que construye con material de derribo, esa morosidad que impone un orden poderoso, es un espectáculo magnético. Uno piensa que alguien así es una garantía de cariño sin desmayo. Un amante cuidadoso hasta el último estertor de tu placer. Un soldado que resiste la inspección del sargento más exigente y borde del cuartel.

(Diría que el equivalente a contemplar el forro de una prenda y comprobar que las puntadas son diminutas, homogéneas, invisibles pese a que no están para lucirse).

Hay hombres y mujeres que no resisten su propio envés. Y darse cuenta de que a veces cosemos los adentros a la remanguillé es una gran lección para la vida.

Eres -ya termino- lo que muestra tu maleta a la vuelta de un viaje. Abierta, desvergonzada y triste. Unas sandalias de fiesta doradas, de tacón tirturador,  junto a las Nike de la carrera. Una pila de camisetas aparentemente iguales que solo tú distingues porque el corte esculpe distintas siluetas. Ropa interior para diez días aunque el puente eran tres. El neceser con barras de labios rojas como para un coro de mil bailarinas de burlesque capitaneadas por Dita Von Teese. Dos bañadores negros y un bikini para un día de playa. Un libro por si acaso, el rescate salvífico de las palabras bien urdidas. Un look de fiesta resudado por frenéticos bailes, tan gozosos. Bastoncillos para trepanarte los oídos, tapones para compartir sueño con el increíble Hulk en plena transformación a fiera corrupia,  si procediese. Tres perfumes para ser tres damas y una de ellas muy desvergonzada.

Y, al fondo del neceser, desmayada, una pasta de dientes hecha trizas que esta mañana, como en un acto de justicia poética, repasaste cuidadosa, del extremo al tapón hasta dejarla simétrica y lista para un baño compartido, si procede...