lunes, 29 de junio de 2015

CUALQUIER CAMINO TE LLEVA AL FIN DEL MUNDO

"Hay una erudición del conocimiento, que es lo que propiamente se llama erudición, y hay una erudición del entendimiento, que es lo que se llama cultura. Pero hay también una erudición de la sensibilidad. (...) "Cualquier camino -dijo Carlyle-, incluso este camino de Entepfuhl, te lleva al fin del mundo".

Se me ocurrió que podría afrontar la presentación del libro escogiendo de mis autores favoritos aquello que hubiera escrito yo de tener su talento e inspiración. No voy a hacerlo, descuidad, pero podría bastarme uno que ya he citado aquí varias veces y que me resulta demasiado familiar aunque mi temperamento nunca fue melancólico. "El libro del desasosiego", de Fernando Pessoa, está tan lleno de lo que soy que me sacude y me asusta. No, su pesimismo vital no es mi pesimismo, pero cuando dice "Me separo de mí y veo que soy el fondo de un pozo" viajo a mi propio fondo, a mi escritura, y recuerdo la última vez que salí de mi cuerpo, en una habitación de cinco por cinco metros, para darme cuenta que debía irme o renunciaría a ser yo ilesa, envuelta en una turba de reproches que alimentaron otros y andan en una cámara hermética, furiosos, indomables.

Cualquier camino nos lleva al fin del mundo. No hace falta viajar, decía Pessoa. Y ha sido leerlo y desear ardientemente volver a Lisboa. Un ardor que debutó el pasado sábado en un concierdo de fados y que me tuvo ayer durante horas escuchando a todos esos poetas de Alfama que gritan su dolor, su amor y desamor, la nostalgia de casas encaladas, esos temas eternos que llora y engalana la guitarra postuguesa.

Ayer, en un brunch con mi amigo R., un hombre que siempre regresa de sus largos viajes incógnitos, le confesé mis ganas de marcharme a Lusitania -así la llamo en sueños- y despertar en Sintra de mañana -eso no se lo dije, lo pienso ahora- para emular los pasos del poeta, del escritor magnífico que se atrevió a decir "No es el amor, sino sus alrededores, lo que vale la pena". O "Salgo del tranvía exhausto y sonámbulo, Viví toda una vida".
Fernando Pessoa

Entonces G. me envía una foto por wasap: "Mira, tu casina". Y viajo otra vez a un campo con hortensias. A un prado tan verde que ya imagino un cuento en el sendero que lleva a esa casita, rodeada de manzanos. Y corro a enviársela a mi hija, a miles de kilómetros, "qué chula", me responde. Y me quedo exhausta de kilómetros y huérfana de flores. Con tantas ganas de viaje que mi impulso es hacer una maleta, y llevarme lo justo, acaso un libro, mi teclado y ningún desasosiego a ser posible.

Y viajo a ayer, a ese tanatorio donde evocamos los amigos el amor a esa tierra que nos une, tan Asturias, tan verde y tan azul de soledades. Y a nuestro alrededor desfilaban hombres y mujeres, ancianos despidiéndose del amigo muerto, del vecino que fue, y nuestras mentes eran la pura vida, los planes de mañana. Y el aire olía a sidra y a quesos aromáticos, a verdinas tiernas y jugosas. A excursiones por la sierra de Cuera, al frío que azulea tus rodillas de ese río Purón  que nos acoge y sacude hasta las intenciones. Y era puro Pessoa, puro viaje sin moverse de esa casa de muertos donde uno se siente vivo. Las urgencias acuciantes, la Fanta de limón en la cafetería (no recuerdo la última vez que tomé esa bebida tan tonta).

-Estoy enganchado a un autor que se llama Junot Díaz.
-Pues yo ando pensando qué libros me llevaré a Asturias...

Y me llevaré a Pessoa, ese erudito de la sensibilidad: "No exagero ni un milímetro verbal: siento todo esto". Yo también siento todo, querido amigo. Pero sin ese pesimismo tuyo tan de Sintra y de nieblas. Y preparo la maleta sin abandonar las teclas ni la voz de Cristina Branco.

sábado, 27 de junio de 2015

YO TAMBIÉN CANTÉ SUFRE MAMÓN

Anoche, en Madrid, tocaban Hombres G. y mi amigo M. y su banda The black market experience. Los primeros, en Las Ventas, reunieron a 15.000 fans. Mi amigo y los suyos, en un bar concierto de la Prospe, unas decenas de incondicionales de la pasión a los tardocuarenta. Llenazo en ambos casos.

Cuando tienes treinta años un tipo de cincuenta te parece un viejo descatalogado. Pues juro por mi vida que a mí esos músicos con canas entregados al fuego del rock me parecieron los Beatles en los 70. Y nosotras unas groupies ligeras de pelvis y sólidas de rubio que no lanzamos sujetadores porque la edad te confirma en las fronteras de lo innecesario, pero nos contoneamos sin recato y con toda la munición pesada de sabernos en esa otra  plenitud que son las ganas. La alegría a pesar de los agravios, los espejismos de amor, las bagatelas del miedo.
Marini o la vida

Sí, yo también canté "Sufre Mamón", y cuando surco alada los canales de Venecia, cada quinquenio bisiesto, me sale al tarareo "Io sonno il capone de la mafia" y exploto de la risa, carcajada.  Pero ya no corro a hacerme la foto bajo el puente Rialto, sino que me pierdo por los turbios canales secundarios, esos que no frecuentan las góndolas lustradas con pan de oro y luto -¿dónde estás,  amado Tadzio?-, y hago fotos a las cocinas y salones de esas casas que no cubren sus vergüenzas con visillos, justo antes de presentar mis respetos, acaso de rodillas,  a esa diosa llamada Peggy (Guggenhein). A su jardín con Amish Kapoor y Giacometti. A esa soberbia escultura de Marino Marini "El Ángel de la ciudad" donde un jinete empalmado saluda al visitante y le muestra burlón el vigor erecto de la eterna juventud. Las ganas.

Hedonismo o muerte. Ayer un grupo de cuarentocincuentones nos juramentamos para no extinguir el fuego incendiado de la vida, y en esas llegó P. de despedirse de su padre para siempre. No había nada que hacer. Demencia más un cuerpo ya rendido con tantas luces rojas que los médicos dijeron "de hoy no pasa". Habría un apagón. Y nuestro amigo P., tan flaco y cariñoso, quiso venirse al concierto con su novia. Y nada me parece más lógico, más cabal y necesario que celebrar las ganas cuando una luz se apaga y tus amigos son bombillas que sostienen e iluminan el rastro de tus lágrimas sin agua.

-No os cambiaría por uno de treinta. Esta edad es perfecta. Hemos aprendido pero tenemos deseos, propósitos,  músculo en el corazón y las rodillas con costras de caernos tantas veces.

(Para mí una rodilla con costras representa la juventud, lo pienso ahora, y recorro con la vista mis cicatrices: la ceja izquierda, el mentón cosido, el muslo que arrasó aquel hierro oxidado. Y luego esas otras invisibles que sólo contemplamos en los sueños).

Querido P., querido M, querida MC, querida B. Querida A. Querido mi J.M... Qué bien os sentí anoche, tan llenos de esperanza. De fuerza de titanes. De Mahou helada con cheetos barbacoa. Sudando sin recato. Celebrando las costras, que son la sangre seca que deja testimonio de una vida a borbotones. La alegría.

(Tan jóvenes, tan viejos...Like a Rolling Stone










viernes, 26 de junio de 2015

VOLVER A LOS DIECIOCHO

"Ese pastel sabe a mi matrimonio", dijo ella torciendo levemente el gesto. El praliné hace más de veinte años es el dulce del sí quiero aunque no quieras. Uno elige el postre y elige el libro con el que se enfrentará esa noche.  Si puede, elige el argumentario de madre cabal mientras contempla la maleta atiborrada de su hija, dispuesta sobre su cama,  y entiende que no cerrará jamás. O, más bien,  la reacción se le desborda:

-¿Has puesto un chubasquero y jerseys para la noche? Te recuerdo que la temperatura en Estonia baja hasta los cero grados (ni frío ni calor).
-Mamá, ¡qué pesada eres! Por la noche saldremos a un sitio cerrado.
-¿Saldréis teletransportados en una nave hermética? ¿Y en shorts?
-Estas sandalias no me caben.
-¿Sandalias? ¿para qué?
-¡Para cuando salgamos por la noche!

De pronto me encojo pensando que pasará frío. Y que se le va a olvidar algo crucial, como la ropa interior o las pastillas para la migraña. La sensación me produce extrañamiento. Hace años que no superviso su maleta. La separación de sus padres la convirtió en experta en equipajes de fin de semana alterno. A veces se le olvida la cabeza.

-¿Has preparado el pasaporte o el DNI? ¿Sabes si Estonia es Shengen?
-¿Shengen? ¿Qué es Shengen? Vamos cerca de Tallín.
-¿No estará caducada tu documentación?
-No sé...A ver.
-¡¡¿A ver, no lo has mirado a estas alturas?!!

Noto la furia como una pastilla efervescente en un vaso de agua. Debo dejar que se le olvide. ¿Has cogido la Biodramina? No, no sé dónde está. ¿Y qué pensabas hacer, confiar en que yo recuerde todo? Mamá, eres una pesada.

Soy una madre. Soy una pesada. Quisiera, de repente,  no ser responsable de nada ni de nadie. Ser una adolescente despreocupada con buenas notas y a punto de irme de vacaciones.

No hay nada más desolador que olvidarte la Biodramina. Prefiero dejarme el pijama o el pintalabios rojo. Viajar en avión dispara la ansiedad, aunque disimulo mientras palpo el neceser con las pastillas del mareo, el Primperán por si sucedió la catástrofe, el Álmax por si vomito y debo aliviar mis jugos, el cepillo de dientes y la pasta para no oler a mi miseria. El agua de colonia para refrescar el miedo. Las toallitas para un aseo de urgencia. Los tapones para los oídos por si me toca cerca una familia expansiva.

¿Necesitaba tanto a los dieciocho años?

A los dieciocho sólo necesitaba un bikini, un sombrero de paja y un look para la noche, a ser posible rojo. Mis amigas de la universidad y yo fuimos ese verano de la mayoría de edad a un camping en Oropesa del Mar. Yo nunca había estado en uno. Me sobresaltaron la ausencia de intimidad y el desparpajo con que la gente iba y venía al baño con el rollo del papel higiénico bajo el brazo. También ver familias de desconocidos en pelotas, fregando platos y cocinando sardinas a escasos metros de nosotras. ¿Dónde estában las paredes, qué fue del pudor?

(De día era sol. Una chicharrera volviendo de la playa. De noche confidencias, música y una minúscula minifalda. Exactamente igual que mi hija).

¿En qué momento se instala la cautela en nuestras vidas? ¿El "meto esto por si acaso"? ¿Las zapatillas de casa en el equipaje? ¿Cuándo olvidar un libro amigo es un drama? ¿qué día decides que tu portátil viaja contigo como si fuera tu mascota, y si hace falta encerrado en una jaula? ¿qué hace clic para que llegues a un aeropuerto lejano y mires si alguien te está esperando, tontamente? ¿Por qué el viaje es una radiografía de quién somos y en quién nos estamos convirtiendo?

A los dieciocho el frío, el calor, son un estado mental. Ya habrá tiempo de abrigarse a las brasas del grupo de europeos de países poco rutilantes. (¿No podían ser noruegos o holandeses? dijo su padre) Y la frase sabía a praliné, pero me daba risa.

Mi hija vuela hoy y noto turbulencias de nostalgia. Ya no me necesita, salvo para colarle mi chubasquero de Asturias en un rincón de la maleta. Cortará el viento cuando tiemble con sus shorts y sus sandalias sin sentirlo. Soy una madre vulgar, en el fondo. Y voy a meterle un libro, a escondidas, como metía una carta en su maleta de vacaciones cuando tocaba el turno con su padre y habíamos dejado de tomar pastel de avellanas dulces, empalagoso hasta la naúsea.



 

miércoles, 24 de junio de 2015

SER O NO SER FEMINISTA

"A ver quién hace de mujer y me sirve un café", dicen que dijo el entrenador de la Selección Femenina de Fútbol, un tal Ignacio Quereda. Y no me parece un machista, sino una caricatura del machista. Ese que exhibe su munición pesada sin ambages. Dando por hecho que juega en casa y que esas "chavalinas" -así las llama, cuentan- son presas fáciles que aman tanto ese deporte de hombres que se quedarán calladas y quietecitas, tragarán saliva y ahogarán su rabia persiguiendo el balón. O no.

El machismo más peligroso no es obsceno, como el de vuestro entrenador. Hay tipos que te piden que les lleves el café sin pedírtelo. Hay menosprecios envueltos en la más exquisita cortesía. Hay veces que una mujer bregada siente que está siendo tratada como una nena en una negociación. Y nena en este caso equivale a chavalina. Lo dice una mujer que tuvo un jefe hace muchos muchos años (sí, en una galaxia muy lejana) que solía provocar a las mujeres de su equipo con comentarios soeces e intentos de soltar algún que otro sujetador, y que yo recuerde nunca fue denunciado por ninguna porque a todos les hacía mucha gracia.  

Lo dice una mujer que entonces apenas tenía veinte años y soportó la humillación de que el tipo -ya muerto- le sobara con sus pies descalzos por debajo de una mesa rodeada de contertulios mucho mayores y más experimentados. Todos hombres. Y que se la jugó al pedirle al comensal de su derecha -rector de universidad en ese momento- con la voz temblorosa y en susurro, que por favor le cambiara el sitio, que la estaban molestando...", cosa que él hizo de inmediato y que el jefe de los pies sudados saludó con una carcajada ostentórea y vulgar como su alma.

Nunca se me va a olvidar aquella comida por mucho tiempo que pase. Recuerdo el lugar, el comedor del Felipe II de El Escorial, segunda mesa a la derecha de la entrada, mantel blanco. Yo llevaba un vestido color chocolate y el pelo largo. Nunca he vuelto a sufrir humillación semejante. He tenido mucha suerte. Conozco mujeres de alto nivel profesional que soportan que sus jefes las traten como rubias en el sentido Marilyn de la palabra (y sí, parece que la Monroe era muy muy lista). Hay otras que se portan "como un hombre" (presuntamente más agresivos, menos dialogantes, más arrogantes. Pero sólo presuntamente) para sobrevivir en la jungla y un día ya no pueden conducirse de otro modo porque el disfraz se les ha pegado a la piel y arrancárselo es doloroso.

Conozco a mujeres que para conseguir sus fines se compraron un vestido muy, muy sexy. Conozo hombres que jamás permitieron un trato vejatorio a su alrededor. Siempre pensé que habían tenido una buena madre, pero lo mismo este pensamiento es machista y no me he dado cuenta.

Alguien el otro día cuestionó que Héctor Abad, el brillante prologuista de mi libro, asegurara que no soy feminista: 

"Virginia tiene la voz de las nuevas mujeres; las que nos dicen a los hombres, jódete. Tiene el desenfado y el escepticismo de conocer el mundo y de estar muy por debajo del arribismo y muy por encima del resentimiento. Y no es feminista; es algo mejor y más sencillo: plena y despejadamente femenina, sin ostentación, sin pedir perdón y sin pedir permiso".(La Vida en Cinco Minutos. Ed Círculo de Tiza)

Para mí, que huyo de las etiquetas como un conejo en un campo de jara, ser feminista no es salir a la calle con una pancarta. Es un estilo de vida. Una forma de respirar. Es buscar a mi hija que juega al fútbol un equipo donde acepten niñas aunque sea la única. Es no incorporar en mi discurso ninguna distinción. Es no tratar de beneficiar a una mujer si me parece peor candidata que un hombre. Es mirar a los hombres de tú a tú. Sin resentimiento, sin ponerme ropa sexy para doblegarlos. Es irme cuando huelo una mano que me aplasta la cabeza. Es educar a mis hijas en la autoestima, y no dejar caer frases del tipo "los hombres son así" o "tu dile que sí a todo y luego haz lo que te dé la gana". Es dirigirme a personas, a inteligencias agudas, a corazones bravos. Y seguro que en el camino algo se me escapa, porque aunque en mi casa -ya lo he contado- los chicos y las chicas nos hacíamos la cama a la misma edad a la que nos vestíamos solos, recoger la cocina era una tarea reservada a mi hermana y a mí. Y aún mastico la rabia cuando invoco el recuerdo.

A mí los discursos feministas clásicos me parecen trasnochados, y asumo que más de una respingará y dejará de leerme en este instante. Hay que vivir en la igualdad y denunciar las conductas vejatorias. También habrá que dejar de utilizar la coquetería como arma en el terreno profesional, señoras mías. Seamos mujeres, no bobitas con astucia. Juguemos con las mismas cartas. Y seduzcámonos en el cortejo, que es lo suyo.

Las jugadoras de la Selección Femenina de Fútbol han dicho basta ya a ese zopenco y el café se lo va a servir usted si es capaz de enchufar la cafetera. El señor Ángel Villar tendrá que actuar ya mismo. Mi hija futbolista no se siente distinta a sus compañeros. Cuando le dan una patada traga saliva y me dice "en fútbol no hay dolor", mi pobrecita. Su cuerpo, un palmo o dos más pequeño que el de sus compañeros, su furia tan robusta. Y cuando caigo en la tentación de preguntarle qué le dijo el entrenador de la escuela de verano donde acaba de debutar y sólo son dos niñas, me miró con cara de sorpresa y respondió: "Mamá, soy una más".

 (Tienes razón, querido Héctor. Es algo mejor y más sencillo).




martes, 23 de junio de 2015

CÓMO DESTRUIR LA MEMORIA DE TU SMARTPHONE (¿Se puede enviar el pasado hacia el futuro?

Ayer me propuse acostarme antes de que los dos dígitos de las diez iluminaran mi teléfono. Las 9.59 p.m era mi hora límite, mi cuerpo no daba para más que un último estertor, el de la muerte horizontal que es cada noche, y pedí a Minichuki que se ocupara de mí. "No me llames hasta que estés dentro de la cama y con los dientes bien limpios", sentenció parafraseándome. Yo asentí y corrí obediente al baño para mis abluciones. Estrené pijama limpio, me tapé cuidadosamente casi nada y llamé a mi hija para que me viniera a dar un beso de buenas noches. Puse Radio Clásica muy baja de volumen, como te hablan en los sueños. Después noté cómo el sopor se me iba apoderando como una niebla densa. Luego el zumbido vibrador del teléfono me rescató de sus garras.

Soy una enferma. Pensé. Y me puse a trastear hasta cargarme sin querer la aplicación que me permite anotar como si se tratara de un bloc todos los pensamientos y las palabras que alimentan estas líneas. Yo misma me había amputado el brazo, me estaba desangrando, y ahora andaría como alma en pena anotando en pedazos de papel, como solía.

Después, no contenta con mi holocausto caníbal, me cargué 150 fotos en mi intento de trasladarlas a una memoria externa, y supe que varios meses de mi vida acababan de ser lanzados al espacio interestelar, con sus dudas, sus selfies egodivertidos, sus frases incógnitas, sus pequeños detalles indescriptibles y un par de recetas médicas que fotografío porque siempre pienso que las voy a perder.

Al instante me sentí extrañamente liberada. Porque desde que tengo teléfono se me resiste el olvido. Porque antes, en la época cavernícola-postmoderna, no registraba cada cielo con nubes caprichosas ni cada promesa de amor enfebrecido. Las fijaba en la memoria y se iban diluyendo con el paso de las horas, de los días, hasta terminar deshilachadas en un cementerio por efecto de los arbritrios de una mente que sabía administrar el desencanto. 
La princesa prometida


Hoy, no hay manera. Todo lo que pienso y escribo, lo que contemplo apenas un instante, lo he ido guardando en el smartphone, en el portátil, el el I-Pad. Están las fotos, los mails, los párrafos de libro que me deslumbraron. La lista de pendientes. La lista de la compra. Las fotos de la casa de verano. La paella del domingo que estrenó el dulce prolegómeno del verano. Y he destrozado apenas una parte, y pasados los dos dígitos -las diez, ¡oh Cenicienta anticipada!- decidí destruir mucho más. Partir de cero. La mente como una hoja de papel en blanco. Y era muy difícil, el sistema me repetía algo así como ¿estás segura de que quieres eliminar definitivamente el documento?

Y yo decía "sí, quiero", como una novia arrebatada en una ceremonia diabólica. Corra, señor cura, corra. Como el novio malvado de "La Princesa Prometida" apura al sacerdote mientras agarra a mi diosa Robin Wright aún virgen y antes de cortarse el pelo y ser la calculadora Mrs Underwood.

Y en mi determinación de tabla rasa me fui envalentonando, y pasaron las fechas, los billetes de avión, las revisiones de coche, las citas del colegio, las direcciones de sitios a los que nunca fui, una extraña foto hecha en la carretera en medio de un mareo mareante. Una imagen de mesa plagada de papeles subrayados en mi calculado desorden. Dos tazas de café. Una entrevista grabada. Y todo lo engullía una trituradora enorme e invisible. Y saltaban la sangre y los despojos.

¿Dónde va a parar todo ese olvido? ¿Puede pesarse, medirse, alojarse en un cementerio nuclear, dentro de unos barriles cubiertos de agua tóxica? ¿Dónde habita la basura de lo que custodiamos en tanto gadget tecnológico? ¿Se puede enviar el pasado hacia el futuro? (y esto es muy de Berger, desde luego).

Hoy cuando desperté y tras la quema, mi Samsung sigue quejándose de falta de memoria disponible. La pira de San Juan anticipada no ha servido para hacer hueco a la esperanza. No puedo escribir a mano, ese capricho bello, y mis fotos han desaparecido sin dejar huella. Me siento hueca, devastada, pero decidida a desentrañar el tecnojeroglífico antes de volverme loca apuntando en las yemas de mis dedos, en el envés de mis rodillas, en las uñas y en los dientes.

Soy una víctima del ejército de Orión, de Tutatis hecho máquina, de Odín enardecido. Mi mente no responde. Han sido calcinados los recuerdos. Pero con el segundo café una breve chispa me recuerda que hay vida tras la muerte y que debería someterme a una dieta detox de teléfono. Y volver a albergar en el corazón aquello que era bueno y era azul. Sin tratar de apresarlo en un clic. Que es una trampa perversa.






lunes, 22 de junio de 2015

LUNES PARA CORAZONES INCONFORMISTAS

James Salter, hasta siempre
1. Pones un sofá chester en un restaurante y se te llena de hombres. Eso es lo que pensé el otro día comiendo en Tatel, el nuevo it restaurante de Madrid (propiedad de los Gasol, Rafa Nadal y etcétera). ¿Hay mobiliario de género? ¿una mesa camilla es un atavismo de abuela? ¿Una descalzadora es siempre de chicas? Y, sigo enterritorio restaurante, ¿por qué cuando una pareja pide bebidas la que lleva alcohol se la ponen a él por defecto? ¿por qué siempre se piensa que el postre es para ella? (con la cuenta detecto siempre un ligero titubeo, más escorado hacia que pague el hombre). Por cierto, deliciosa la merluza de Burela a la romana y el remate a los postres con gin-tonic de Bombay.

2."Chaikovski es para corazones inconformistas", dijo ayer  el director de orquesta Juanjo Mena. Ahora entiendo mi reincidencia a ratos obsesiva con El Lago de los Cisnes y Romeo y Julieta. También esa simpatía por el compositor ruso que pasó toda la vida enardecido por sus pulsiones hacia los hombres y tratando de enmendarlas con mujeres. Descubro en la Wiki  una carta  de Chaikovski a su hermano que me conmueve: "El hombre que en mayo se le ocurrió casarse con Antonina Ivánovna, quien durante junio escribió una ópera entera como si nada hubiera pasado, quien en septiembre huyó de su mujer, quien en noviembre se embarcó destino a Roma y otras cosas por el estilo; ese hombre no era yo, sino otro Piotr Ilich". El creador de los corazones inconformistas trató desesperadamente de conformarse. Qué ironía.

Restaurante Tatel, Madrid
3.Mi amiga M. me pide que le recomiende un libro, "hace meses que no acierto con ninguno". Yo ya ando huérfana de James Salter, que acaba de morir a unos noventa años gloriosos y no lo dudo. Por la noche me acuesto con Hanif Kureishi y las primeras páginas me hacen pensar que debo decirle a M. que consiga YA "Intimidad" (Anagrama). A mí me lo mandó T. hace unos días y era el suyo. Me conmueve que me regalen buenos libros de segunda mano. Es un gesto de alta generosidad. Busco ansiosa algún subrayado o alguna anotación al margen. A cambio, me sumerjo en un remolino de letras que hablan de la devastación en pareja:

"Un día te cruzas con una chica y la deseas.  (...) A partir de cierta edad, uno ya no desea que las cosas sean tan fortuitas. Quieres creer que sabes lo que haces. Tal vez eso explique lo que hice".

4. Me gustan las sentencias absolutas sobre todo cuando ando en zozobra, funambulista perdida sobre un alambre que alguien ató a un alero con nido de cigüeña. Uno se vuelve radical cuando despierta ceñudo después de no dormir tranquilo con un pakistaní que es suburbial de espíritu y certero de palabra. La vecina insistía en hacer ruido con la cuerda de tender. A ella la abandonó su marido y su hija la detesta. Cualquier día huirá de sí misma y de sus fajas horribles y yo aplaudiré.

5.Pones unas plantas artificiales en casa y sólo puedes entenderlo como una claudicación. Vuelvo a mi libro para no verlas. "Cuando hay otras personas de por medio siempre hay misterio".



domingo, 21 de junio de 2015

EL MATRIMONIO MODERNO

Me envía H. dos brillantes artículos suyos sobre el amor y el matrimonio para entienda su posición algo conservadora en un combate de esgrima verbal entre dos que no están muy de acuerdo y se divierten templando sus florines. Postergo su lectura hasta hoy, bien de mañana, convencida de que aportará algunos peldaños a la escalera que sube a mi andamio frágil de teorías sobre el asunto. H. siempre lo consigue, y de paso me regala un baño de párrafos tan luminosos que agradezco como el sueño de hoy en esa cama de mi abuela que aún huele a su sombra, tantos años después de que se fuera.

Enseguida, H. me recuerda los deliciosos espárragos rellenos de txangurro que compartimos la otra noche, concentrados ambos en extraer como vampiros su exquisito sabor sin pretensiones vanas de espectáculo, la pura nobleza gastronómica. Un suspiro de sabores equilibrados que en boca nos dejó patidifusos, sin adjetivos ni adverbios, como en trance. Sospecho que los dos nos hubiéramos arrodillado de no ser un señor y una señora en un restaurante sin concesiones al bobo cooldesing tan de moda.

(Afuera, mi hermano y mi sobrino disertan sobre por qué la piscina no se ha llenado esta noche, tal vez un duende ecologista estranguló la manguera, y la casa familiar que compartimos como un campamento indio nos recuerda que ya es oficialmente verano, y que sean bienvenidos la pereza y los paseos bajo la luna y unas estrellas tan descaradas que ayer parecían de atrezzo).

O puede que nos convenga estar solos, pero lo cierto es que muy pocos soportan la soledad. Por eso nos casamos y nos descasamos y nos volvemos a casar: por una lucha sin fin para evadir la soledad, a través de un matrimonio ideal (si se pudiera), pero si no, al menos a través de un matrimonio real”.

Entiendo de repente por qué la soledad no decepciona. Porque siempre es real. No admite fantasías una vez que estás en ella y te acoge con sus brazos de aire y sus labios tan huecos. El matrimonio, por el contrario, es una vocación de asentamiento de una pasión que fue y querríamos liofilizar, congelar para siempre. Y ese día pleno es el primero de un desgaste cierto, irremediable, que sólo resisten los valientes, tejiendo trabajosos ese tapiz de apego y compromiso, o los muy cobardes, sometidos, vencidos de antemano.

Tienes razón, querido H. Todos somos Ulises. Y muchos deciden, como él, volver a Penélope. Y es una rendición, ya tú lo sabes. También sabiduría, desde luego.

“Los matrimonios felices son tan comunes como los unicornios”. Sostienes. Yo quise un unicornio y salí a cazarlo un día. Con una red de seda, rota de poesía. Volví malherida por las zarzas. La red repleta de nombres de derrota. Y vuelta a mi Penélope resguardándome el cabecero, cantando una canción de cuna. Duérmete niña.

Me recuerdas en tu escrito, admirado H., el tratado de Karen Blixen del que me hablaste un día, hace muchos encuentros, y apunté con esa avidez de siempre: “El matrimonio moderno”. Mi heroína casada con África de corazón y con un hombre infiel por conveniencia, irremediablemente sabia: “Desde cuando el matrimonio se deshizo de su vieja armadura para vestirse con el magnífico traje del amor, se ha expuesto al riesgo de que esas mismas armas se empleen en su contra”.Y sin embargo atrapa, poderoso...

(¿Sabes que se tiene que quitar la sal de la piscina, tía, que si no no me puedo bañar porque me la trago y me pongo malo?, interrumpe mi niño D., los ojos dos metros por delante de su cara. La alegría tan domingo, después una paella).

¡Ay, H., tenías razón! No hay nadie tan romántico como un solo con fe. Leeré, ya me lo apunto, “La Sonata a Kreutzer” de Tolstoi de la que hablas. Volveré a creer en la pasión, abrazaré aún más fuerte esa soledad que nunca decepciona. Envaina tu florín, yo ya guardé el mío. Estamos tan de acuerdo que no nos dimos cuenta la otra noche. Hay una diferencia entre nosotros. Yo sigo estrangulando mis certezas por si ocurriera un día lo imposible. Cavafis rumbo a Ítaca. Tú ya no estás dispuesto, eres más sabio. Y ya no hay caso de que vuelvas herido y arañado por las zarzas, y luego se te olvide, como a mí.

PD. Me temo que no hay nada tan vigente como el impuesto del soltería del que hablas, ¿no crees, querido H.? Te regalo para Elisa, que es la eterna repetición. El triunfo de la esperanza sobre la experiencia.



viernes, 19 de junio de 2015

ZURBARÁN Y LA REGLA DE SANGRE

San Serapio. Zurbarán
Fui a la exposición de Zurbarán en el Thyssen y descubrí al fin por qué me resulta tan magnético: te hace sentir, espectador cansado tras una maratón de retos, lo que san Serapio debajo de su impecable hábito de lino. El roce de los pliegues en caída espesa, no sensual. La breve rigidez de un lino grueso que no pica ni entiende de lujos pero te transforma en un príncipe o princesa del dolor. "El príncipe del martirio tras ejecutar la cuarta regla de los mercedarios", pensé mientras contemplaba una obra magnífica, sublime, donde la cara del santo se ha desdibujado por la muerte, y me recordaba a la de los ajusticiados de los Fusilamientos del Dos de Mayo de Francisco de Goya.

La muerte nos iguala, la regla de sangre no es la menstruación. "Existía la posibilidad de que los monjes se cambiaran por los prisioneros porque éstos podían abjurar de su fe en la tortura", nos informan.

 La regla de sangre es el martirio testaferro. El suplicio interpuesto más salvaje jamás imaginado.

(Hay diversas formas de tortura, algunas  pasan desapercibidas a las organizaciones que la persiguen cuyos carteles, de niña, me inquietaban porque siempre mostraban alambradas con pinchos. A veces los pinchos son palabras dejadas caer como chinchetas oxidadas en un camino angosto).

Pero este San Serapio no presenta sangre, ni una gota, como nos insiste la comisaria de la muestra en un paseo privilegiado por las salas pintadas de albero de ese museo al que entro con la reverencia solemne del ingreso a una iglesia. Para el pintor barroco la sangre se esconde en las decenas de blancos que encierra un color que no es color. La insignia de la muerte. El sudario como maléfica indumentaria.

...Y me dijiste si muero antes que tú
líbrame de las palabras en lata y de las
fechas caducadas.
Aléjame de la tierra en la que duermo,
pues una sola hoja de hierba puede
enseñarte tal vez que la muerte es una
manera de plantar...

De nuevo el azar, bendito seas,  me trae un libro de John Berger, formado con su hijo Yves. "Rondó para Beverly" (Alfaguara) es una elegía  brevísima y concentrada a la muerte de la mujer del escritor que nos muestra estos versos de Mahmud Darwish. Ayer ella estaba y regaba las plantas. Hoy es un Rondó nº2 para piano de Bethoven. Uno siempre necesita llenar el vacío con un sucedáneo. No se me ocurre nada mejor que la música, salvo vestirse con un hábito de lino que no asfixia ni acaricia. Que deja circular el aire de la ausencia a cada paso, Serapio como John. Regla de Sangre.

En la calle, de vuelta del museo, encuentro con un intelectual famoso y afilado cuyas columnas no me pierdo. "Ah, sí, la exposición de Zurbarán...La mayoría de los cuadros de la muestra ya se habían visto antes". Noto que cierta indignación se me trepa por la garganta. "¿Acaso ya no disfrutas de un cuadro porque lo hayas visto antes? ¿El atractivo es la novedad, como en las pasarelas de moda o en las ferias de teléfonos o automóviles?". Hay un tipo de esnobismo que consiste en someter a los demás a la duda sobre lo que los entusiasmó. Bueno, sí, no está mal... Entiendo que eres nuevo en estas lides...Yo ya lo vi antes que tú, desde luego.

Y me vi como una niña, gesticulando entusiasta en medio de la calle al explicar la emoción, y el hombre me miraba con un mohín leve de asombro. La muerte tiene muchas manifestaciones. Le hubiera recitado, de haberme atrevido, "líbrame de las palabras en lata y de las fechas caducadas". Líbrame de estar tan de vuelta como tú. De haber estado John, sosteniéndome gentil, en ese luto lúcido que marca sus ojeras y las pinta de un violeta dramático que ya hubiera querido Zurbarán, le habría dicho "te acompaño en el sentimiento". O "siempre se llevan a los mejores". O todas esas frases tontas que rellenan el vacío protocolo de un funeral.

Termino ya, suena Bethoven. Apunto que  después debo regar las plantas, tal como haría ella...











martes, 16 de junio de 2015

A MANUELA CARMENA, QUE VA EN METRO

Manuela Carmena
A mí me parece muy bien que Manuela Carmena vaya en Metro a trabajar. Pero no me parecerá una buena alcaldesa porque pague 1,50 euros del billete y sea "una más", sino porque gestione con inteligencia, oportunidad y, desde luego integridad el día a día de esta ciudad que amo y que es compleja, arisca, luminosa, plural, desordenada. Incómoda, febril en hora punta. Desafecta. Engreída y arrogante. Codiciosa por el paso tan cercano del río del dinero. Pródiga. Desbaratada de hechuras. Solidaria. Generosa. Custodia de esos museos y fachadas que  alivian mis domingos, casi al amanecer, mi hora favorita. Albina, casquivana y mestiza, al fin multirracial. Y sexy, muy sexy.

Viajar en Metro es un gesto. Un símbolo. Una bandera. Para mí, innecesaria. Pero no soy de efectismos, ya me temo. Ni me dejo impresionar con facilidad con las trompetas. Miraré a Manuela desde que entre en su despacho sobre la diosa Cibeles y al asomarse al balcón no sienta el olor acre y dulzón del poder, sino el vértigo de una responsabilidad de muchas toneladas.

A mí que Ada Colau o Kichi se bajen el sueldo me parece muy bien, pero preferiría que cobraran lo mismo que sus predecesores pero triplicaran el esfuerzo de éstos, la atención a lo que de verdad importa. La escucha a los tambores del asfalto. El respeto a la cultura, al patrimonio, a las asociaciones de vecinos. Que sean implacables con el soborno de esos que querrán manipular voluntades para construir torres en un jardín botánico. Con esos tiburones de trajes impolutos que pegan palmadas en la espalda e intercambian favores. Amistades peligrosas, despachos con recámaras secretas.

Me temo que tampoco soy sensible al populismo. Es seductor, desde luego. Conecta con tanta gente que ha sufrido, que está muy enfadada, que ha perdido la partida del juego de la oca y está donde el principio, tiritando de frío a la intemperie. Hambrienta de gestos, de contundencia estética. De cambio de las normas en un partido injusto pitado por un árbitro comprado que sólo mira a un lado y castiga a los mismos.

Lo entiendo, desde luego. Y aunque puede fascinarme el toque de seducción de un caballero andante dotado de armadura, después suelo quitarle el casco para ver lo esencial. Las tripas del discurso. La sucesión de hechos, de medidas pequeñas que son las esenciales. La ética, eso tan plúmbeo que cuentan los filósofos. Y miraré a mi alcaldesa buscando esos detalles. Y me parecerá muy bien que si se entrega a su misión con la vehemencia y la cordura que promete vaya a Cibeles en un coche oficial con chófer y olor a ambientador de limón. Y que cobre lo mismo que la otra, de cuyo nombre no pienso acordarme.

Está lo que parece y lo que es. El cortejo febril y el día a día. A mí que la alcaldesa de Jerez sea noticia por unos dedos amorcillados en unas sandalias de dudoso gusto me da para unas risas. Pero seré la primera en apreciar sus decisiones para sacar adelante una ciudad aunque no se convierta en trending topic.
Ojalá la marea populista se calme tras esta fiebre inevitable de la crisis. Volvamos a pensar  con la cabeza. No nos dejemos fascinar por danzas del vientre, que la chica no va acostarse con nosotros. Sólo es un baile seductor. Un contoneo.

Aquí, te espero, Manuela. Tan madrileña que llevo un madroño clavado justo en medio del corazón. Tan loca de amor por mi ciudad que no te perdonaré un paso en falso. Una claudicación de tus principios. Un titubeo.

Y respecto al Metro, no creo que soportes sonreír cada día, escuchar al espontáneo, no poder concentrarte en la lectura. Estar a expensas de un desesperado que quiera sus quince minutos de gloria y te ponga en peligro. Llegar tarde al trabajo, ya sudada.

Y te lo digo yo, que viajo en Metro y sueño con un chófer cariñoso y letrado que me lleve y me traiga cuando emprendo un viaje con ese miedo a perderme.

Pasó el tiempo del efectismo. Vamos a lo importante, Manuela. Vamos.




domingo, 14 de junio de 2015

DE QUÉ LADO MASCA LA IGUANA

"Ahora te vas a enterar de qué lado masca la iguana", dijo él. Y me pareció, de entre todas las amenazas posibles, la más inquietante y bella. Los mexicanos, los latinos, nos proveen de un lenguaje especialmente rico para el despecho. "No tengo regreso" me cautivó hace años y dio título a la URL de este blog. La capturé de un culebrón venezolano de mediodía cuando llegaron las telenovelas a España, creo que a principios de los noventa, y nos reíamos con esa superioridad cobarde de madre patria sin patria a la que mandar, de sus alambicadas tramas, de sus tupés con laca y del dramatismo de esos diálogos encendidos, llenos de quiebros y florituras rosa chicle,  vibrantes y de una intensidad tal que a más de uno debió cortársele la digestión por exceso de jugos en capilla.

Yo, en realidad, siempre ha querido colocar un diálogo de esos a mis personajes, pero me salen frases como "hueles a tráfico a mediodía". A turbulencia aérea, ese pánico que son capaces de oler los animales. A camisa olvidada en un armario de hotel. A propofol en vena, avanzando al galope hacia territorio inconsciencia. Uno cierra los sentidos, uno o varios, para protegerse del miedo. Las curvas de subida a una montaña bañada por la bruma densa como clara de huevo batida. Ya queda poco, ya queda poco, y la naúsea asomando en la nariz. Quedaba mucho. Quedaba demasiado. Mejor darse la vuelta.

Ignoro de qué lado masca la iguana. La de mi hermano I. tenía esa cara de asesina de todas ellas. Y la lengua bífida a punto de veneno. "No hace nada, descuida", me decía él, pero yo por si acaso le guardaba el aire, sin dejar de mirar en la distancia la vitrina que encerraba el peligro y la amenaza. Un día se escapó y cayo al balcón de la vecina, que entró en pánico y llamó a la policía.

"Detengan a esa iguana. Detengan a esa iguana". Y el bicho encaramado en un geranio, tenso de ataque o de infarto de miocardio. (¿Tiene miocardio una iguana?). Era iguana y yo veía brontosaurio. Igual que la vecina.

Hay animales que son curvas muy cerradas. Hueles a vómito, me dije. Y fue más duro que una bofetada. Más duro que una fuga de rueda en pleno puerto de montaña. Más terco que escapar en desbandada. La lengua bífida caída hacia un lado, el derecho. Sí, era el derecho. Y sabía agrio, como a bilis de dos días. A ropa de lunes sin planchar. A goma de neumático quemada. A noche insomne contando los segundos, bloques de 60, un minuto. Bloques de 60, una hora. Bloques de hora, al fin la luz como tibio manto colándose por las contraventanas.


Dejemos a la policía con la iguana, el zoo será su próxima morada. Una cárcel de reptiles malencarados que mascan a izquierdas o a derechas, según el calendario y sus festivos. Hueles a puente aéreo, a sangre coagulada, ese olor metálico que captan los cocodrilos, las hienas, los chacales. Hueles a derrota y a Bloody Mary pasado de angostura. Hueles a fin de fiesta, el vestido arrugado, sudadas las costuras. A after sun caducado. A leche agria. A perfume concentrado de burdel.

A regreso a casa con los zapatos de tacón en una mano y el bolso estrujado en la otra. Palpando el contorno de las llaves. Masticando el vacío contra los dientes.








miércoles, 10 de junio de 2015

TODOS SOMOS MINORÍA PARA ALGUIEN


1."En algún momento todos somos minoría para alguien". Lo dijo Hanif Kureishi y corrí a subrayarlo tras comprobar una vez más la brillantez de un escritor que chisporrotea cada vez que abre la boca y del que aún no he leído "Intimidad" (Imperdonable). Por eso viajar es tan importante, ¿verdad, Hanif?. Sentirse extranjero. Entender poco o nada lo que nos dicen. Entrar en grupos hostiles para salir un rato después, justo cuando empezaban a aceptarnos. Experimentar el desgarro. Cicatrizar la herida. Quitarle dramatismo. Poder reírse luego. Me apunto de inmediato al Kureishi way of life (exceptuando lo de ponerme la bufanda cuando juegue el Manchester United).

2-"He vuelto al pornogym", me informa C. Y acto seguido me hace una representación de la clase donde una monitora sexy y esforzada  anima a sus alumnas -"Maris de Fuenlabrada"- a tocarse sinuosas a golpe de cadera con una afectación tal que, sentencia C, "es una guarrería, pero en fin". Al otro lado del aula, pared de cristal de cristal mediante, un grupo de forzudos levanta pesas. Mi C. se teme que un día pase lo peor por efecto de un mal despiste combinado con el inevitable calentón. El porno gym de Fuenlabrada va a hacer historia. Y si no, al tiempo.

3-Decido que el protagonista de mi próxima historia sea un resentido. Los adoro a nivel teórico. El resentimiento es denso como un yogur griego y no se limpia ni con KH-7.  Son esos que se pasan la vida señalando lo que el resto hace mal. Encierran un victimismo atroz y su rencor está sobrado de decibelios. Si rascas percibirás notas de envidia, matices de complejo de inferioridad/superioridad y una predisposición a la venganza que sólo frena su irremediable cobardía. Un chollo, a nivel ficción.

4-Intento por dos veces alquilar una casa de verano a través de una página llamada Tripwell, que tiene buena pinta y ofertas que no encuentro en otras. Elijo una, me retienen de la cuenta una cantidad considerable (el total del alquiler) y 24 horas después me dicen que la casa no está disponible (cuando lo estaba). Me indigno pero dos semanas después vuelvo a intentarlo al encontrar otra que me agrada. Disponible, compruebo. Me bloquean el dinero de nuevo.  Cuatro horas después vuelven a comunicarme que ya está alquilada. Me siento estafada. Decido contarlo aquí para contribuir a desenmascararlos.

5. Ceno con mi amigo J. y hacemos manitas, como siempre. Su ternura universal sólo es comparable con la delicadeza que derrama sin usura y un entusiasmo contagioso por el reencuentro que celebramos en La Santa con unas croquetas de jamón y unas tortitas de atún crudo mundiales. Yo, además, me pido una margarita porque un martes merece saltarse al código viernes si el calor afloja y la amistad nos cobija bajo sus alas. Llegan su novio y su hijo, y sólo veo una familia feliz, repleta de cariño y normas claras. Me pregunto cuántas heterofamilias son capaces de proveer a un hijo -adoptivo, en este caso- de esa seguridad que es un techo de titanio con un suelo de césped húmedo y recién cortado. Me indigno ante esas voces cargadas de razones que prohiben que dos gays sean padres, por alguna perversa asociación de prejuicios. Orgullosos de su mayoría ortodoxa y arrogante. Y luego, en el taxi que me devuelve a casa, imagino que el orgullo gay podría ser una foto de mis tres amigos -dos padres, un hijo- alrededor de una mesa de domingo donde siempre hay pollo con patatas, conversaciones que amaría Kureishi y siesta colectiva en el sofá. 



domingo, 7 de junio de 2015

GUÍA DE MADRID PARA VAMPIROS

Suelo escaparme muchos mediodías al Retiro. Sola y avariciosa de ese vergel inmenso de ciudad. La maniobra es la siguiente: me calzo mis Nike, aunque lleve falda y parezca la tonta del bote o una excéntrica con ínfulas de yanqui de la Gran Manzana, paro en una pastelería Mallorca a comprar cuatro delicatessen excitantes y corro a ese parque majestuoso de Madrid en busca de un árbol que me acoja con cariño y respetuoso silencio.

Debe proyectar una sombra espesa, y ofrecerme un tronco sin demasiadas turbulencias en la piel ni restos de resina. A veces el hallazgo me cuesta un rato, porque lo bueno cuesta, y cuando al fin me elige un nogal, o un castaño -porque me escogen ellos, desde luego-, me siento sobre mi periódico y estiro las piernas. Luego pienso que soy afortunada varias veces, sonrío y mordisqueo una croqueta o un inglesito de salmón (sucesión ordenada de los hechos). A veces contemplo a unos macizos que hacen abdominales a 36º y contraigo el suelo pélvico en un gesto de íntimo mimetismo solidario y como único ejercicio físico negociable.

Mi Retiro es ese, y también el de muy mañana, despoblado y virgen de familias ruidosas y patines. Pero ayer con Minichuki descubrí otro parque y fue como quitar un velo a una bellísima estatua romana olvidada en la sala de restauración de un museo. Habíamos ido a la Feria del Libro a última hora, nos habíamos encontrado con algunos amantes de las letras, habíamos parado en la caseta de Lengua de Trapo y pedido una  recomendación a J., su editor, a quien nos une cariño poco cultivado últimamente y bastantes peripecias en la noche de los tiempos.

-Quiero el mejor título de los que habéis editado este año. 

Y me dio, sin dudar, "Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado", de Juan Ramón Biedma, Premio Valencia de Novela Negra: "La mujer se había pasado la tarde en la ventana mirando fumar a las nubes". Buen arranque, pensé. Y también pensé que al título le sobraba el "cuando todo ha pasado", pero en fin.

Confesaré que no soy fan del género, aunque amé a Dashiell Hammett tiempo atrás con rendida virulencia. Lo imaginaba díscolo y violento, pero ya lograría yo extraer su ternura. Eso que una piensa a los dieciocho, y a veces sigue intentando 30 años después, aun sabiendo que es inútil. Que hay que buscar al tierno militante, y cobijarse a su sombra y asumir sus resinas y sus miedos, como asumimos los propios, mal que cueste.

Luego buscamos una terraza y pedimos viandas. El suelo desmayado de calor notaba la tregua de la noche y mi hija y yo compartíamos tortilla y confidencias. Yo glosaba (como la madre intensa y motivada que soy) la excepcionalidad de casi todo si se sabe mirar, ella inspeccionaba la carta de helados.  Después bordeamos el estanque, que parecía Lemán o el lago Como, hasta llegar al momumento central, de Grasses Riera, erigido en honor a Alfonso XII, cuya estatua ecuestre, de Mariano Benllure, preside y enseñorea el conjunto. Íbamos de la mano, privilegio que Minichuki aún me permite cuando cae el sol y no hay moros en la costa. Un guitarrista atractivo y virtuoso desgranaba El amor brujo, de Falla, y las bestias del parque enmudecían.

Dashiell Hammett
Nos sentamos en las escaleras, a dos metros del agua y en silencio. Sintiéndonos a salvo y orgullosas de una ciudad con tantos privilegios si se saben buscar. A un lado las barcas, recogidas, en suave bamboleo, pintaban un curioso cementerio y una pareja joven se daba un lote de esos que lejos de incomodarte te llevan a otros besos, en el mismo escenario, y celebran la vida apasionada, la de los 15 años pasados los 40, esa que renovamos sin claudicar de nada, bajo la vigilancia de unos leones de piedra que anoche respiraban, juraría.

Al fin, ya bien oscuro, Minichuki y yo nos levantamos, y  volvimos a casa sobrevolando el asfalto caliente. Sus magníficos ojos vengativos. Enamoradas de Madrid como dos guiris que acabasen de descubrirla. Con la ventaja de que es nuestra ciudad, y de ese Retiro misterioso y febril que hay que frecuentar a partir de las diez.  Como hacen los vampiros. Tan Falla, tan Albéniz...Tan moderno.



sábado, 6 de junio de 2015

HOMBRES QUE HUELEN BIEN

Casi sin darme cuenta, voy abriendo las ventanas al verano y sacudo las almohadas a un aire imaginario. Ahí fuera huele a musgo y a hortensia, esa flor sin olor que con su centelleante arcoiris azulvioleta te confunde y asumes que alguna fragancia oculta tendrá, como asumes que una mujer bella y triste huele a almizcle o que hay un ánimo agosteño aún en junio, si se sabe mirar con fe y sin ansia loca.

A mí los hombres que huelen bien siempre me tienen ganada. Los pulcros, aún mejor si dejan un hueco al desaliño, a la entropía probable al desvestirse. Unos calcetines relavados, por ejemplo. También los hombres solícitos con tal de que no sean serviles, como el que ayer llegó a lomos del taller grúa a asistir a una mujer sepultada por un coche sucio, mugriento más bien,  que se negaba a arrancar. No era nada, un lo de siempre. Mi infiel Volkswagen necesita sexo duro. Forzar el pedal del acelerador mientras se encienden sospechosas y enloquecidas luces rojas en el salpicadero. El gruísta, llamémoslo así por el momento, sentenció "es la bomba de gasoil, que coge aire" y enseguida se puso a limpiarme el cristal, pegajoso de pinos llorones, desgraciados, con una dignidad tan elocuente que me dieron ganas de llorar.  

Yo balbuceaba un "lo siento" que era una confesión en toda regla. He pecado de desidia. Por mi culpa, por mi gran culpa. Él se encogía de hombros, sin juzgarme, y me mandaba a casa a por más agua caliente con jabón. Y mientars me alejaba lo miraba aplicado al lustre de la luna con tal delicadeza que le hubiera bajado un té servido en taza de porcelana. Con una rodajita de limón.

Olía a limón y a menta fuerte, ya lo he dicho. No, no era el hombre, con su mono de operario esforzado, era mi detergente pasado por ese afán de estío que me tiene revuelta y a deshoras. Ando por la casa eligiendo sin tocar los libros que me acompañarán cuando me pierda al otro lado del espejo. Apuntalo con letras mi mareo vital, tan envalentonado. Cruzo los calendarios con las chukis y no termino de verlo claro: semana de campamento, semanas con papá, semana de ¿París? ¿Londres? ¿Estambul?, quincena de Asturias. Nuestra Asturias. ¿Semana sola? Una "no semana", es lo que quiero. Un agujero negro para tragarme y dejarme ir sin citas, sin requerimientos notariales, sin lavarme ni peinarme. Maloliente.

Y llamar al gruísta, que me cuide. O a un hombre pulcro, en su defecto, que atraviese los mares sin cansarse.  Oh, desaliento.

Y entonces, Robertson Davies.Te elijo a ti, pero soy casquivana, no lo olvides. "Fue en ese periodo cuando tuve un sueño, o una visión en el duermevela, en la cual volví a verme en un muelle, limpiando la suciedad y grasa de la cara de un ahogado, pero a medida que profundicé un poco más vi que no se trataba de mi padre, sino de un niño allí tendido, sobre el maderamen, y vi además que ese niño era yo mismo" (Mantícora. Libros del Asteroide).

Limpiar, se trata de limpiar.

Cuanto más escribo, menos leo. Cuando menos conduzco, más detesto a ese coche tan oscuro que se deja invadir por las agujas de un árbol pegajoso, las cagadas de jilguero impertinente, las gotas de lluvia sucia, los rayajos de niño aburrido. Los polvos de amantes sin techo. Las rayas de colgado sin bandejita de plata.

Y entonces R., amigo acicalado y lector empedernido, me describe nostalgias de un verano que fue por estas fechas, puede que antes, tiempo atrás. "Te recuerdo sentada en esa cama, escribiendo en tu ordenador, con aquella sonrisa que no se me ha olvidado". No era yo, querido R., era una Barcelona jubilosa y unas calles recorridas del brazo, triunfantes. Pobladas de hortensias invisibles, y esas ventanas grandes, tan abiertas. Como las mías hoy. El puro agosto.




jueves, 4 de junio de 2015

HAY UN GOLPE PERFECTO QUE NOS ELIGE

La leyenda de Bagger Vance
Y entonces una frase te deja columpiándote en el aire, suspendida.

"Hay un golpe perfecto que nos elige a cada uno de nosotros".
Y miras a las chukis para ver qué cara ponen, y están embelesadas con su pizza margarita y  "La leyenda de Bagger Vance". Una película de Robert Redford que no habíamos visto, pese a que tiene sus años. Un filme de autoayuda de calidad, podríamos decir,  donde un guapo de hipertrófica sonrisa, Matt Damon, ha perdido su swing y debe recuperarlo. Y un ángel de la guarda negro, Will Smith (ese graciosete a quien tolero mal, salvo en los Men in Black), le muestra algunas pistas para lograrlo sin decirle lo que debe hacer.

Un rato antes, rebobinemos, Minichuki se había duchado rapidillo, como suele, se había encerrado en su cuarto, como hace desde que se ha autoproclamado oficialmente "adolescente" (patente de corso para el porculismo) y había regresado al salón vestida de maga, o más bien de mago: chistera, camisa blanca, pantalón negro, capa hasta los pies, un mostacho negro a lo Hércules Poirot y ¡un fajín rojo!. El detalle del fajín no lo entendí demasiado, pero mi hija siempre deja un hueco a la improvisación y al despiste; un quiebro al disfraz convencional.

En sus manos llevaba una caja de madera de la que extrajo una baraja de cartas, una cuerda, unos vasos cónicos y así... Yo tuve que dejarlo todo, porque a un mago no se le debe perder de vista, y asistí a un espectáculo magnético que rematé con un aplauso sincero.
Mujercitas

Hay un golpe perfecto que nos elige. A Minichuki la ha elegido la performance, la simulación, el tatatachán!. Me escuché decirle: "¡No dejes nunca de inventarte identidades, es tan divertido!". El día que no se disfrace, que no fabrique un artilugio con deshechos de acá o allá,  que no escriba con la vieja Olivetti de su abuelo -para escribir se pone otro sombrero, un bombín, una camisa con corbata, americana negra y un palillo entre los dientes. El elemento desconcertante, de nuevo- lloraré porque sentiré cierto olor rancio a derrota.

Un adulto es un ser que a menudo olvida el bombín en el armario. Y entonces se le olvida qué era eso que le hacía vibrar. Eso que lograba detener el reloj, ensimismarlo. Eso que un buen día sepultó a enérgicas paladas en un jardín lleno de piedras.

(Ahora que recuerdo, mi heroína de la infancia, Jo March, en "Mujercitas", escribía siempre con un sombrero con pluma.  Y tras muchas peripecias plantaba al guapito para entregar su corazón al escritor alemán -en la película Gabriel Byrne, cómo te amo-  al tiempo que entregaba un manuscrito de novela que al fin era aceptado por una editorial).

Hoy en Madrid es fiesta y ya llevo puesto mi bombín, con pijama de hombre, desde luego. Las Chukis duermen y tengo una misión. Corregir por última vez antes de imprenta mi primer libro, "La Vida en cinco minutos" (Círculo de Tiza). No se me ocurre un afán mejor, siento picoteos de pájaro en el estómago. Es una despedida, un fin de cuento. Después ya no será mío, como mis hijas hace tiempo que tienen vida propia al margen de mis negritas, subrayados de Rottenmeier y signos de interrogación.

Tengo la sensación poderosa, salvaje, de ser privilegiada. De que el golpe perfecto me eligió, aunque sea imperfecto, aunque salga del green. Estoy sola con mi palo de golf, el campo verde e infinito por delante, a lo lejos la bandera de mi destino. Bagger Vance me susurra al oído: golpea, no pienses más que en el golpe, golpea con todas tus fuerzas. Y allá voy.




martes, 2 de junio de 2015

ADÁN Y EVA ERAN DOS PECES

Me gustan las historias pequeñas. Mejor, las diminutas. Nanohistorias, digamos. Encuentro que la ampulosidad de las grandes, las gestas, las hazañas, aniquila los detalles, las partículas de polvo adheridas que brillan cual diamantes; los roces y el olor de los cuerpos cuando sudan y se dejan ir en mareas de sal muy pegajosas. El vaho en el cristal.

Contemplada de cerca, al microscopio, una vida siempre es interesante. Incluso la de un pez llamado Sierra que se reproduce por partenogénesis. O sea, sin necesidad de aparearse. En la más insondable virginidad. Imagino a esa especie como un harén del que expulsaron a los machos no por incompetentes sino por prescindibles. Y la historia de uno que urde un plan para volver las aguas a su cauce (lo que es el ritual eróticopiscícola de toda la vida).

Mi héroe, el pequeño Sam, debe convencer a las mujeres Sierra de su irresistible atractivo. De que la clave de una pareja reside en no necesitarse. Si acaso, un poquito. Lo justo para hacer un pegamento que suelde los enconos, cuando el frote de aletas en un barreño enano genere unas heridas diminutas que rozan como cortes en la yema de los dedos. Además, Sam debe alzarse, desesperadamente, con el premio al guerrero del amor. Vengo a daros placer, señoras mías. Relájense y disfruten.

Pero ellas no necesitan un macho lascivo, dominante, si acaso un compañero.

En el Jardín del Edén no había sexo. Había una serpiente. Había una manzana. Y poco más. Mark Twain le dio vidilla a aquella historia rancia en su delicioso "Diario de Adán y Eva". Y el pecado original pasó a ser gozo. Pero sólo para quienes leían (algún premio debe haber para espíritus cultivados e inquietos, digo yo. Tal vez un asalto consentido al barreño de las hembras autosuficientes, en adelante onanohembras).

Me pregunto qué sería de nosotros si practicáramos la partenogénesis como practicamos el ajedrez, la desmemoria o el escapismo a lo Houdini. Si sólo entendiéramos el Edén compartido para el coqueteo y la seducción. Si nadie buscara en nadie al padre, a la madre de sus hijos. Si sólo la pasión, tan ciega y loca, guiara los destinos. Y quedaran disueltos el compromiso, esa palabra plúmbea como un bloque de cemento en Dakar, la responsabilidad con la camada.Y las ganas de huir, estranguladas. Y el cuaderno de bitácora escrito por otros que no soportan que nadie se salte el guión como el pez salta del barreño. Señores, no salpiquen, naden en orden...No miren a esas hembras.

Y Sam, extenuado, ensaya monerías en ese gineceo. Y llama la atención de una pecesa, válgame la licencia, que no quiere no oír hablar de descendencia. Y lleva nadando siglos, en figuras muy bellas, como una Esther Williams sin ambages ni carmín en la boca. Y encuentra muy gracioso a ese pez insolente que la mira muy fijo, al borde de su cárcel. Y como por despiste se acerca y se insinúa. "No quiero hijos, guapo", es su saludo. "Yo tampoco, querida", dice él. Y en un último estertor, casi un destello, pega el salto más olímpico de la historia de los peces, y describe un arcoiris en el cielo gris, tan luminoso, que dios decide llamarlo Paraíso pero esta vez sin bichos ni frutas de la culpa.

(Ahora que lo pienso, por eso no me gustan las manzanas. Nunca quitan el hambre, pero si te las dejas y eliges una tarta sobreviene la culpa, esa traidora)

Y Sam y Ena, así se llama ella, se lo pasan pirata descubriendo sus pliegues bajo las aletas. Y no comen perdices porque son unos peces, no olvidemos. Y se ríen del mundo y de las grandes historias que son sólo anestesia contra el miedo, el destino...




lunes, 1 de junio de 2015

LOS HOMBRES CON BARBA ENVEJECEN MEJOR

"No hay nada como vomitar con alguien para llegar a ser viejos amigos"

A Sylvia Plath la quise antes de quererla. Antes de conocer los pormenores de su suicidio aparatoso. Antes de entender que su marido se había quedado en el infierno tejiendo versos como chalecos antibalas. Antes de Sylvia Plath.

Pero no había leído "La campana de cristal" y ayer en la Feria del Libro se me apareció, en humilde edición de bolsillo, y entendí que era una señal. Luego el guapo de La Buena Vida me preguntó qué había leído de entre su mostrador de delicatessen y me puse como alumna redicha a recitar mis must de los últimos meses -esta me la sé, esta me la sé- y él me guió hasta Edna O´Brien.

-¿Se ha suicidado? (pregunté)
-No, por el momento.
-OK, me lo llevo.

Entonces tuve una conversación sobre el oficio de escritor. Un escritor es un individuo incómodo. Alguien a quien le pica, le duele, le solivianta, le estorba. Un lobo solitario que se une a diferentes manadas para extraerles la sangre, las trazas, las palabras. "Nunca he sido gregaria, me gusta la soledad como a Shrek rebozarse en la ciénaga, pero necesito a la gente para compadecer y compadecerme, para entender y entenderme, para preguntarme cosas, para bailar un paso a dos..." Y luego el sol me quemó la punta de la nariz.

Había en las casetas autores como monos enjaulados. Y gente haciendo cola para conseguir la firma de algunos que arrastran fama y perpetran libros sin respeto ni talento. Una parejita, él y ella, con camisetas marconas y cara de "somos famosetes serie B". Unas niñas adolescentes querían algo titulado "Blue Jean", y el cartel anunciaba que firmaba un tal "Blue Jean". Pensé que un libro que se autografía solo es mucho mejor que un mono en una jaula haciendo sudokus con el móvil.

A un escritor lo de enfrentarse a los fans lo retrata bastante. Pérez Reverte exhibe gallardía en su apostura y mi madre musita un "'qué bien está. Los hombres con barba envejecen mejor". Yo la miro con ganas de saber más de esa teoría capilar, pero prefiero no preguntar. Una tromba espera a Manuela Carmena que, al parecer, también ha escrito un libro. Pienso que escribir un libro es una vulgaridad, todos lo hacen, y recuerdo una ocasión, hace muchos muchos años, en una galaxia muy lejana, cuando una pija de pueblo sostuvo que esquiar ya no era lo mismo por que ahora todo el mundo, "hasta el más mataó", lo hacía. 

Lo bueno de la democratización del esquí, de las letras, es que para destacar hay que ser mejor que el resto. Ya no vale con llevar el mono más elegante y de marca ni airear una portada luminosa. Quien aprecia de verdad ese deporte, y esos libros, abrirá por dos o tres sitios y se topará con un párrafo, dos, tres, contundentes, reveladores...o vulgares y pedestres.

Y luego hay bazofia para gustos gruesos. Y también huele a tinta y a madera.  Y puedes y debes vomitar en ese caso.

O potar junto a Sylvia, a pie de horno, esa reina. Y acompañar a Edna:

"Mis dos mayores temores en la vida eran que mamá muriese de cáncer y que Hickey nos dejara".

Mi mayor temor es escribir algo vulgar. Algo mediocre. Algo que podría haber escrito otro.