jueves, 30 de julio de 2015

LAS GUERRAS EMPIEZAN CON CALOR Y GENTE ESTREÑIDA

Sostiene M.J que “todas las guerras empiezan con calor y gente estreñida” y tras superar las carcajadas le doy toda la razón. En el Telediario desfilan sin descanso muertos por las altas temperaturas y las noticias son sucesos. Es el Apocalipsis.

Por mi parte, he sobrevivido al Sur y a los desmanes del mercurio con el delicioso salmorejo que prepara mi hermana, los cubos de botellines de Victoria con P. -”Si tú puedes con dos, yo puedo con tres”, es nuestro grito de guerra- y playa en soledad de 9 a 12 de la mañana. Justo después de correr y hacerme amiga de la limpiadora que recoge las miserias del bañista. “Mi trabajo es una mierda, pero como empiezo a las seis veo todos los días salir el sol y es un regalo, ¿lo entiendes?”. Lo entiendo, compartimos privilegio y ahora sé qué otro trabajo podría hacer si vinieran mal dadas. Ella sonríe y me tiende una raja de melón.

De noche, cita con TheGood Wife. Una serie de abogados que me gusta pero no me engancha, lo que me garantiza horas de sueño y ausencia de ansiedad. El marido es un capullo guapo, corrupto e infiel que hace tríos con otras mujeres, le pide a una de ellas que le chupe el dedo y está en la cárcel siempre repeinado y como oliendo a Brummell. La protagonista, una concentrada profesional de gesto intenso y lista como el hambre que soporta su escarnio televisado con gesto de “ya veremos quién gana esta guerra”. Y da un miedo que te mueres.


Al calor sofocante le conviene la ausencia de adicciones. Hacer cosas que te divierten pero no te arrebatan. Partidas al Scrabble en familia (antes al Roomey, juego de mesa diabólico del que salí trasquilada porque lo mío con los números es una quiebra griega y necesito un rescate y a la troika a mi vera antes de empezar a mover ficha). Del estreñimiento no hablemos, que es sórdido y engancha. Y, como plan extraordinario, cine con Minichuki, armadas con un cubo de palomitas donde hubiéramos cabido ambas cómodamente, con todas nuestras contradicciones.

-Mamá, espérate a que empiece la película.
-No puedo, comer a puñados palomitas me hace sentir pequeña y mola.
-Deja de decir tonterías y para de comer.
-¡No me da la gana!

La película, “Inside out” (o Del revés), la útima del tándem Disney/Pixar, habla del libre albedrío, y de cómo la alegría necesita de la tristeza para enterarse de que existe. También de que la ira, el miedo o el asco forman parte del ser humano y hay que darles salida, aunque hagan ruido y molesten. A mi hija noto que le gusta pero no le arrebata, ella hubiera preferido Antman pero me negué en redondo. Yo en cuestión de superhéroes soy más bien clásica: Batman y Spiderman son mis favoritos, y creo que es por su fragilidad. Ninguno tiene kriptonita a mano para desarrollar superpoderes, sino que se lo han tenido que currar (vale, sí, al segundo le picó una araña, pero eso nos pasa a todos y no nos lanzamos de un edificio a otro). A Superman, lo diré, siempre lo encontré muy icono gay. Y no por el asunto de las mallas repretonas, sino por esa onda del flequillo y por su ausencia de tensión sexual con Louise Lane. En mi imaginario los hombres más sexys no hacen grandes hazañas, sino que toman decisiones. El efectismo lo dejamos para los magos, personajes que me gustan tan poco como los payasos. Y ahora entiendo por qué.


Paro ya, que debo irme preparando para el Norte. Sueño con dormir con manta, llevar una sudadera de algodón a la playa y pasar las horas muertas calculando con mis amigos si mañana lloverá. Escuchar los badajos de las vacas, espantar a los perros del camino y visitar mi playa de Lord Byron, como siempre, para contarle el resumen de mi vida en un año que, como siempre, ha pasado demasiado deprisa.

Sin calor, no habrá guerras. Ni estreñidos. Y si hace falta apagar la tele para siempre, sea.


martes, 28 de julio de 2015

BILL COSBY Y EL HELADO DE PITUFO

1.No hay nada más democrático que la Luna. Sale para todos, sin excepciones. Anoche, en un paseo marítimo del Sur, una anciana magrebí exhibía frente a mí sus pies hinchados mientras besaba y acariciaba a su nieto entre risas desdentadas. Sus chanclas pobres, a menos de un metro de las de mi hija, que se había lanzado a la arena de la playa con su primer helado de Pitufo, de un azul brillante y sospechoso, para celebrar el primer capricho oficial de una larga lista que vendrá. Con permiso de la Luna, poderosa, he dado vacaciones a la madre que dice demasiados nóes durante el año.

2. Los científicos celebran que se haya podido alargar un 65% la vida de los ratones de laboratorio. Tal vez mañana los humanos vivamos ¡135 años! No le veo la gracia. De pronto me acuerdo de una frase del Dalai Lama que me envió un alto ejecutivo español hace unos días: "Lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierde la salud para ganar el dinero, después pierde el dinero para recuperar la salud. Y por pensar ansiosamente en el futuro no disfruta el presente, por lo que no vive ni el presente ni el futuro. Y vive como si no tuviese que morir nunca, y mueren como si nunca hubieran vivido". Yo lo diría de otro modo: "Es-pe-luz-nan-te".

3.La portada de New York Times Magazine me sacude como un puño: 35 mujeres acusan a Bill Cosby de abusos sexuales, que incluyen haberlas drogado y violado. Es como si pillaran a Miliki torturando niños de cuatro años. La persona tapada por el personaje nada menos que cuatro décadas. Cuidado con la ficción, que nos confunde.
4.Despierto y en la terraza hay dos chicos desconocidos de 18 años tapados con toallas. "Mamá, no han podido dormir en el coche y los he traído a casa" (wasap de mi hija, 5 am). Pienso que yo a su edad no me habría atrevido. Me tranquiliza que mi hija no tema hacerlo. Veremos la cara de su abuela cuando se levante... (Por cierto que para salir a la terraza han tenido que pasar por encima de mí, que emigré al suelo apabullada por el calor pegajoso e insistente. Ansia de Norte). El campamento hippye apunta maneras. ¿Adiós a mi carrera rutinaria?

5.Definitivamente Coetzee vence El Jilguero. Ayer se preguntaba qué es la verdad, si la que confesamos en el diván o la que se esconde bien parapetada detrás de nuestra palabrería, esa que evitamos como evitamos los guisantes en el arroz, dejándolos cuidadosamente al borde del plato para fingir que no los vemos. A veces las palabras son muros de humo. Las Arabellas están para pillar nuestras trampas y enseñarnos a hablar desde cero. Freud era un pelmazo pero algo aportó al estudio del subconsciente. Minichuki se ha pintado las uñas por primera vez en su vida. ¿Qué me querrá decir?

6.Conversaciones de sobrinos: -Mi abuela está mal. Un tema emocional. -¡Ah!, ¿que fuma?

7. Hay personas que son como persianas bajadas.  Huelen a cerrado. Debo afinar mi teoría sobre los objetos y gestos que nos definen. Dormir con las ventanas a cal y canto vs hacerlo con el viento helado en la cara en invierno (mi caso). Esa necesidad y ese placer amniótico de taparme hasta el cuello frente a la desidia sabanera de estos termómetros disparados que me impiden dormir. La Luna, tan súbita y altanera en este Sur tan Lorca, tal Alberti. Ansia de Norte, de bruma, de sidra con queso. 

8.Ahora que lo pienso, Bill Cosby es tan falso como el helado de pitufo. 


 



domingo, 26 de julio de 2015

MUJER CANGREJO LLAMANDO A J.M COETZEE

"Donde hay cangrejo ocioso, hay niño inquieto y avaricioso".

Me lo acabo de inventar. Y seguro que es porque ayer empecé "El Jilguero" de Dona Tartt en lugar de "El buen relato. Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia psicoanalítica", de J.M Coetzee y Arabella Kurtz (Random House). Además, tomé mis primeros deliciosos boquerones fritos y salté mis primeras olas con Minichuki a la grupa. Por la noche me acribillaron los mosquitos y mi madre trató de convencerme viendo juntas un reportaje de callejeros tipejos de que las drogas son muy malas y no debo dejar salir a mi hija oficialmente mayor de edad a esas calles del mal y la perdición.

Con todo el menú del primer día de holganza completado, me acosté satisfecha y con un oído taponado por las efusiones playeras. Si muevo la cabeza noto el agua moverse como si me apretara una caracola hasta hacer el vacío. Soy la mujer cangrejo.

Hoy, nada más abrir el ojo, me he lanzado a Coetzee con desesperación y un café de cafetera clásica. Ese objeto vintage. Necesito fisgar el psicoanálisis de mi amigo. Saber qué ocultan sus catacumbas. Por si  me da alguna pista para sacar réditos deslumbrantes de las mías y hacerme un "Desgracia". O algo.

Además, encuentro excitante el outing de diván. Eso que sucede entre tú y tu Freud de cabecera. El buceo a pulmón a profundidades abisales donde no hay excusas ni leyes morales prescritas por otros. Sólo peces sin escamas nadando trabajosamente por un agua fría, tan fría que a veces sales con la piel azul y clamas por una manta de mohair para sofocar los temblores. Pero al final es una victoria. Tu yo desenmascarado. Ese artefacto diabólico que explica que te irriten los agudos de las madres en un tren, pisar migas o la coquetería sin fuste. Entre otras cosas pequeñas.

"Ser el autor de la historia de tu vida (inventarte tu pasado) o bien ser únicamente su narrador. Ofrecer una historia bien tramada o bien contar la historia verdadera".

"¿Qué relación tengo con la historia de mi vida? (...) ¿Cómo puedo saber yo qué es lo que estoy dejando fuera de forma inconsciente?".

Ocho de la tarde. Paseamos cerca de una playa nudista. Llena de culos y colas. Le digo a mi hija, que protesta avergonzada. "No digas eso, mamá, no seas marrana". Me da la risa y pienso en U. antes de despedirnos: "Espero que si nos encontramos estés vestido. De lo contrario te miraré a los ojos fijamente". Y su respuesta previsible: "Tú te lo pierdes". 

Coetzee hubiera hecho un relato descarnado y desprovisto de humor del mismo encuentro. Solo por eso no seré Premio Nobel. Me falta la visión sudafricana, ese manto de melancolía que no es lánguida sino tónica como mis músculos en cuanto, dentro de un rato, me sumerja en el mar tras correr unos kilómetros. La rutina jubilosa del amanecer con palmeras despeluchadas que me provocan compasión. Esa imperfección de los cuerpos y de la despensa de casa. ¿No hay cervezas? ¿Dónde está la leche sin lactosa, abuela? ¡Qué bien, has hecho rosquillas!

Ir y venir pesadamente, las primeras horas de descompresión con un vestido rojo flamígero que compraste el día antes, con escote delantero y trasero, largo hasta los pies. Todos tenemos un atuendo de verano y el mío este año ha decidido sepultar mis piernas. Debería contárselo a Arabella. "Rojo como si llevara pelícanos estampados". Qué tontería. Pero esa es la frase que me saldría en un diván si no fuera porque lo he cambiado por una tumbona de lona azul. Y hablo con las gaviotas, esos bichos cabezones que comen restos podridos y emiten graznidos espantosos.

Avariciosa de mar para mí sola, me dispongo a salir. El día que me ahogue no se enterará ni el farero que vive a escasos metros. Siento la llamada agónica del cangrejo macho, con sólo cabecear a derecha e inquierda. Las niñas duermen, benditas con gesto de dulzura y sudor. Toca domingo. A veces la verdad no es soportable, le dice Arabella a J.M. Lo que no es soportable es la mentira, respondería yo.

Y sin embargo, el fondo del mar está lleno de restos de trolas. Y no veo a las brigadas de limpieza por  allí... Somos naufragio.






sábado, 25 de julio de 2015

CÓMO SABER QUE NECESITAS VACACIONES

Cada verano, el día antes de vacaciones, hago algo que podría impedirme ir de vacaciones. Algo a lo grande, me refiero.

Verano 2014: llenar el tanque de gasoil con gasolina (¿O era al revés?), justo después de haber lavado el coche a conciencia y pronunciado con la tradicional pompa las palabras mágicas de madre motivada: ¡Chicas, estamos de vacaciones! (es nuestro "Viva San Fermín")

Verano 2015: Tomarme por error un ibuprofeno en lugar de un paracetamol. Aparentemente no es para tanto. Antinflamatorio v.s analgésico. Si no fuera porque soy alérgica al primero. Para mí viene a ser como los ajos para el conde Drácula. Así que camino del Retiro empecé a sentir esos síntomas familiares del picor de garganta y dificultad para tragar, y volví a pensar, en mi inconsciencia: "he cogido frío con el aire acondicionado". Pero para cuando las Chukis y yo vagábamos por la expo de las jaimas del Palacio de Cristal, en busca de una alfombra bien bonita para echarnos la siesta y darle al selfie del pelmazo, noté además el familiar picor en los ojos, y sólo entonces até cabos: "A ver si eso que me he tomado algo que no era paracetamol...". A lo que I. respondió con su dulzura prusiana: "Mamá, en casa sólo queda Ibuprofeno, lo otro se acabó".

-¡Ay madre! Chicas, qué mal nos viene esto. Espero que no estéis muy encariñadas conmigo. Los papeles del seguro están por ahí...

Me cura, me mata
Para que mis últimas palabras no fueran tan vulgares, eché mano de mis anotaciones: "Uno termina pareciéndose al edificio donde vive. Es cuestión de tiempo". La frase me pareció mucho más conveniente paraun epitafio, y pensé en mí misma como un cadáver de ladrillo rojo con ínfulas de barrio burgués de los sesenta sitiado con el paso de los años por una gran mezquita y un gran tanatorio, además de los clásicos pollos asados Cotolino. Un cadáver de profesional acomodado que en la vejez debuta casi pobre porque esas casas son caras de mantener y nadie se explica por qué. Si no tienen piscina ni vigilancia 24 horas ni conserjes macizos como los de Abercrombiee.

Contar estrellas, ese reto nocturno
Hay un día en que tus esquinas de hormigón comienzan a desmigarse como hay un día en que tu corte de pelo se desbarata de golpe y pasa de ser moderno y estiloso al de "el de enmedio de los Chichos". Ese día es la señal. Tienes que irte. Y si has confundido ibuprofeno con paracetamol lo siguiente sería prender fuego al tresillo o, aún peor, dejar a las chukis en tierra y arrancar el coche (también lo hice. El jueves. La mayor aún me mira con rencor).

Empiezo mis vacaciones vacunándome contra mí misma. Aviso a los ladrones que he prestado mi casa a unos guiris que sueñan con el sol y harán de perros guardianes en mi ausencia. He estado a un paso del suicidio y a dos del Defensor del Menor llamando a la puerta porque necesitaba parar. Quiero baños de mar a la salida del sol, carreras very Nike con mi hermana, cenas en el porche de mi madre y partidas aburridas de dominó. Quiero cine de verano, mercadillo de guiris, bienmesabe con cerveza, lecturas bajo la sombrilla, siestas al borde del coma, café granizado al despertar, bordillo piscinero, excursiones con palo y amigos, escritura a la sombra, placeres bien simplones, hortensias y buganvillas a estribor. Gin-tonic con estrellas en el cielo.

Aquí nos vemos, pero bien lejos.   No permitan los dioses más desmanes, que tantas emociones amenazan las costuras de mi fragilidad, y no hemos llegado hasta este punto para que se termine.








jueves, 23 de julio de 2015

SER O NO SER GUAY

Todos tenemos temas sensibles que nos desconciertan, nos irritan, nos ponen a la defensiva. Por ejemplo: tu presunta ideología.  Política. Social. Familiar. Intelectual. Estética.

A veces uno siente que sus manifestaciones actúan como ácido corrosivo en las pieles de quienes han dado por sentado que piensas como ellos. Y tú nunca te has pronunciado de forma explícita, pero sin duda expeles un aroma que ellos reconocen. O quieren reconocer. Lo necesitan desesperadamente, porque no hay nada tan relajante como ser parte de un grupo. Y nada tan turbador como el cabo suelto porculero.

Los Guays. ¿Cómo no comulgar en su fraternidad tan cool? La mayoría dentro de la exquisita minoría.

Y entonces llegan las decepciones. Y te sale la rebelde que te poseyó en la sesión de espiritismo que debieron hacer tus padres un día de verano.

Para que quede claro: Yo soy capaz de aplaudir una decisión de un tipo conservador y de abuchear a un progresista. Y viceversa. Tengo amigos que votan a un lado y a otro pero hace unas cuantas cenas, con mi grupo de íntimas de la universidad, abandonamos la política con ensalada de burrata porque las pulsaciones pasaban de 80 y nos hemos juramentado para evitar volcanes de lava intolerante que salpiquen nuestra unión inquebrantable.

El tema delicado era la gestión incipiente de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y esa página web sobre la verdad verdadera que aclarará lo que ha dicho o decidido por si no nos habíamos enterado.

Así que yo, como Manuela, estoy aquí para aclararme. 

Pregunto: ¿la ideología tiene que resultar de cómo te va? ¿Si llegas a fin de mes con holgura eres de derechas y si no llegas de izquierdas? ¿Dónde cabe tanta estupidez simplista y maniquea?
¿Si estabas indignado y no acampaste en el vergel del 15-M eras un traidor? ¿Si el Papa Francisco te cae bien eres un meapilas? ¿Si estás en contra de la discriminación positiva porque una tonta en un despacho  obstruye el respeto de las demás, entonces estás en contra del feminismo, de esa lucha heroica de tantas precursoras cuando no podíamos votar ni abrir una cuenta en el banco sin la autorización de nuestros maridos?

Pues yo quiero aclarar aquí lo que digo: a veces estoy a favor, a veces en contra. Cada vez -debe ser cosa de los años- soy más fan del sentido común, venga de donde venga. Me gustan las personas mayores, que han vivido, y echo de menos a mi abuela cuando me duele el estómago y ando con flojera llamada tensión 4.5/7, como ayer.

No me creo al candidato trilero y posturitas. A casi ningún candidato que se haga juegos malabares a pocos centímetros de mi cara. Quieron a uno que me mire a los ojos y me diga "me he equivocado, pero voy a enmendarlo". No me interesan los jóvenes (hormonalmente hablando), como parece que corresponde a las de mi edad.  No podría ser tertuliana, ya me temo. Ni luterana. Tampoco campista ni miembro de una asociación de mujeres del rifle contra los hombres.

Eso no me convierte en reaccionaria. O eso creo.

No podría enamorarme de alguien que no lea. Ni vestir un traje regional, uno cualquiera, porque todos son feos y pican.  Detesto a los mentirosos. No aguanto que me chillen.

Creo en la avaricia del mediocre y en los modernos de pueblo. Evito a unos y a otros.
Y sudo, sudo mientras llueve lluvia ácida caliente.

Ya preparé la maleta en mi cabeza, con ligeras variaciones sobre la que será.

De repente, necesito parar. No lo había pensado. El cuerpo hace clic y se derrumba. Sólo como advertencia. Busco instintivamente  la compañía bálsamo de M.J, hablo con la tortuga y Minichuki me resume sus quince días sin mí: "He pasado por todos los momentos: rabia, diversión, impotencia, alegría...". Pues sí que te ha cundido, hija mía. "Pues sí, pero estoy genial".

Pues genial, entonces. Ideológicamente genial, hambre de playa.

Y a los que me queréis en vuestros ejércitos, a costa de mi voluntad, sabed que no lucho con armas. Voy por libre. No soy Guay. Y asumiré vuestra decepción como asumo que nunca correré el 24 horas Le Mans.

Y así hemos conquistado el jueves. Tan solos y tan libres. Espero que la lluvia nos proteja con su manto de cristales. Desordenadamente.






martes, 21 de julio de 2015

HE VENIDO A HABLAR DE MI LIBRO

Hoy no escribo, dejo mi voz hablando sobre lo que escribo. Anoche experimenté ese extrañamiento de escucharme como si no fuera yo. Este es el resultado. Con la venia:

http://cadenaser.com/programa/2015/07/20/hora_25/1437409591_068867.html

lunes, 20 de julio de 2015

24 HORAS SIN MÓVIL.DIARIO DE UNA YONQUI

Lo tenía encima de la mesa del porche. Juro que lo tenía. Apenas 11% de batería. Calculé que daría, a lo sumo,  para una conversación breve con Minichuki, tres respuestas de wasap con foto absurda, un mail de no más de tres líneas. Un selfie en bikini (sólo parte de arriba). ¡Administra ese remanente, nena! -diría mi abuela-.

Y de repente, el móvil había desaparecido.

No he contado que la tarde debutó con apagón.  O sea, que ese 11% auguraba un silencio fugitivo. 100% desgarrador. Un mono sin descampado al que acudir en una cunda siniestra para pillar un chute de batería y calmar mis temblores.

También se había ido el agua. Esas cosas pasaban en tiempos de Franco, y a los niños nos asaltaba un júbilo nervioso. Los apagones eran la excusa para no hacer los deberes en invierno. Los adultos, dice la leyenda, lo entendían como una invitación ineludible al sexo. Así que todos ganábamos -win-win- en la presunta desgracia. Y encima se encendían las velas de nuestros bautismos.

Ya en  democracia he sufrido cortes de agua caliente, cuando mi ex portero apagaba la caldera para fastidiarnos a los vecinos muchos lunes a las siete de la mañana. O eso sospechamos (desde que cambiamos de portero no ha vuelto a pasar. ¡Milagro!).

¿Existe la ideología del suministro? ¿la venganza de la vieja caldera de gasoil? ¿la dictadura del empleado de fincas?

Entonces ese gesto gozoso de abrir el grifo y recibir el agua caliente como una bendición se convertía en un sobresalto. Y había que calentar ollas de agua y lavarse a cazos. Y me recuerdo rezongando y poniendo cara al sospechoso habitual de "sé quién eres", pero sin atreverme a más porque entonces no me recogería las multas (y no, no me las recogía alegando no atreverse, así que me tocaba ir a Casa Dios a pagar o hacerme la loca y pagar con un recargo del carajo).
Nuevo Baztán


Con menos, algunos escribirían novela negra. 

Sin luz, sin agua, sin teléfono. Con dos hermanos, una cuñada y un sobrino de dos años que de repente habla que se las pela. Y hace dos semanas apenas eran balbuceos.Y asisto fascinada a esa epifanía de la palabra, y le aplaudo cada frase y se ríe con todos sus dientazos y a ratos me mira con cara de "qué cosas tan tontas le impresionan a mi tía".

Y entonces piensas, pensé,  que sin teléfono te faltan un brazo y una pierna. Imaginas que te van a llamar para comunicarte que te ha tocado la lotería que no juegas, que el hombre de tu vida quiere salir contigo, que se ha agotado tu primera edición, que un duende gentil ha pintado las paredes de tu casa, que eres rubia natural...

Y para aliviar la desazón surge un plan de noche: "¿Nos vamos a ver "Maléfica" al cine de verano?". Sin móvil, con mi hermano y una botella de agua. Un plan de pequeños, en el patio de un conjunto arquitectónico de una belleza colosal: "Juan de Goyeneche encargó el diseño del pueblo entero al arquitecto Churriguera, al estilo que Colbert había construido en la Francia de Luis XIV, y desarrolló Nuevo Baztán, aportando originarios del Valle de Baztán, castellanos y artesanos franceses y flamencos, para activar sus industrias".
Maléfica
Sentía la presencia trabajosa de los artesanos franceses y flamencos. Mi bolso no vibraba. Angelina Jolie sufría mal de amores con las alas cortadas, que es como peor se sufre (después de sin batería, sin luz y sin agua).  Y la bella Aurora no se despertaba con un beso de amor de príncipe -ese atropello trasnochado para mentes flácidas- sino de corazón de madrastra redimido.

(¿Y si me han llamado mis hijas para hablar de nada importante, eso tan importante?)

"Angelina Jolie, estás tan buena que lo de las alas me parece irrelevante", pensé mientras apoyaba los pies en otra silla, detrás de una familia muy petarda de padre solícito, madre pejiguera y dos hijos mudos y encantadores.

Y sucede así:

Irte a la cama sin ese gesto mecánico de enchufar el teléfono y comprobar la hora a la que pusiste el despertador. Hacer recuento de las horas que pasaste buscando, en una batida en grupo digna del CSI las Vegas (las otras versiones se lo curran menos, debe ser por el sol). Rendirte, en un momento dado, y volver a casa sin tu viejo Samsung Note-4 donde anotas todo como una voyeur impertinente. Salir a la ciudad desierta de domingo a regalarte un paseo con batido de fresa y lo que surja. Ir sintiendo esa levedad, casi flojera, de no estar localizable. Como entonces, en la época de los apagones. Cuando eras libre y tu madre os llamaba a gritos por la ventana: "A comeeeeeeeeer".

Libre como cuando al preso le quitan la pulsera del alejamiento. Como cuando uno podía no estar, y no pasaba nada. Podía no contestar, y no se abría el suelo del infierno.

Y cuando al fin M. me llamó ¡¡¡¡Lo hemos encontrado!!!, celebré el hallazgo, desde luego, pero una parte de mí sintió que la fiesta había terminado y tocaba recoger el confetti del suelo. Melancolía.

Y una decisión: haré dieta de móvil algún día en vacaciones. Una detox voluntaria como quien limpia el colom con jarabe de sauco (esa guarrada). Ya siento la alegría del apagón. Como cuando era niña y soñaba con mi coartada en tinieblas para ser libre y salvaje.







sábado, 18 de julio de 2015

EL VINO SABE A BRUMA (UNA TARDE EN LA LIBRERÍA ALBERTI)

"Incluso el vino solo sabe a bruma" (Simplicidad, Cesare Pavese)

Una librería es un templo sin confesionario. La Rafael Alberti, en Madrid, está muy cerca de la casa de Luis Rosales, en Altamirano, de la que nos hablaba la (gran) profesora Pilar Palomo en Periodismo, y tiene sacerdotes que trajinan con ligereza entre los volúmenes selectos cuya lectura es una revelación tras otra. Pero aún no lo sabes. Y en lugar de dos padres nuestros y un avemaría acaricias con esa mezcla de respeto y reverencia los lomos de las cubiertas recién expulsadas de imprenta. Y M. sentencia, casi tímida,  "Los libros ya no huelen como antes".

Uno entiende que debería arrodillarse aquí, y no en otros lugares polvorientos con bancos de madera y viejas murmurando letanías. (Mi querido U. apuntaría otros lugares donde hincar las rodillas hasta despellejarse, lascivo y retador) La lectura es sagrada porque transforma ipso facto. Los rezos, en cómodos plazos que a veces no se cumplen, como los pagos del rescate griego.

Ayer fue Joseph Roth mi botín, gracias a un librero y un señor argentino con bermudas que llegó sofocado y soltó las bolsas de la compra. La silla de la Alberti llevaba su nombre, al parecer. Hablamos de Zweig, me retó a leer a Roth y se devanó los sesos por recordar en que libro del primero se relata el entierro del segundo: "Tenéis que leerlo". No estuvo de dios, pero ya tengo un reto. Lo más parecido a un sudoku que haré nunca.
Stefan Zweig y Joseph Roth

Me llevé, aconsejada por el gentil M, "Job" (Acantilado). Comienza así: "Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mendel Singer. Era devoto, temeroso de Dios y normal y corriente, un judío como cualquier otro".

Un judío como cualquier otro.

El libro compite en mi rampa de despegue con "La inmensa soledad", de Frederic Pajak. Subtitulado "Con Friedrich Nietzsche y Cesare Pavese, huérfanos bajo el cielo de Turín" (errata naturae). La soledad ejerce siempre una atracción poderosa, magnética, sobre mis colmillos de lectora. Más aún de escritora. Ayer en la Alberti me sentí pequeña. Mi libro entre Amis, Auster, Salter, Lorrie, Homes...  Y sin embargo el orgullo cálido de pertenecer a esa secta que adora las palabras como se adora a un dios que siempre te devuelve la pelota. Y luego ese pudor de pensar si estos autores pudieran expulsarme por intrusa, ¿dónde me refugiaría?
Librería Rafael Alberti Madrid

"No es verdad que la muerte nos llegue como si se tratara de una experiencia frente a la cual todos somos novicios...Todos, antes de nacer, ya estábamos muertos", escribe Pavese en su diario, "El Oficio de Vivir". Y ahora lamento no haber buscado ayer ese volumen. Seguro que estaba entre esas estanterías que te aplastan porque recuerdan lo que te falta por leer.

Y luego, frente a F., hablamos de qué habrá cuando te mueres. Y me confía una escena, su padre moribundo, el asombro final, como un destello, y me emocionan, como siempre,  su fe inquebrantable y su ausencia de dogma. Y le digo a mi amiga que para mí acabarse un día no es un drama. Y antes, con M. en su coche -dos desorientadas se reconocen y se entienden de inmediato- que saber que se termina te impide perder el tiempo en compañías insulsas o tóxicas, en lecturas poco nutritivas. Te mueres y ya está. ¿Por qué es tan importante?
Librería Alberti, mi libro. Emoción.

Y entonces una página al azar  de libro de Pajak te trae a Nietzsche, que ahora cuenta un sueño: "Oía en la iglesia el sonido del órgano, como si se tratara de un entierro.Y, mientras me preguntaba por qué, se abrió de repente una tumba y salió mi padre de ella, cubierto con un sudario. (...) Al día siguiente mi hermano pequeño Joseph se puso bruscamente enfermo, tuvo convulsiones y murió al cabo de unas horas. Nuestro dolor fue horrible. El sueño se había cumplido a la perfección".

Hoy despierto contenta de haber dejado "La vida en cinco minutos" (Círculo de Tiza) tan bien acompañada. Escribí largas dedicatorias para lectores que no conozco ni conoceré. Como me hubiera gustado encontrar en mis capturas de Alberti. Sentí el fuego de la fe en el relato, en la poesía, y creo que recé o al menos di las gracias por tanto privilegio. Y a mi amiga y a mí nos devoró la calle, ese vendaval de aire de secador que ahora es Madrid, contentas y del brazo. La amistad sabe a bruma y encharca los pulmones. La muerte es alegría porque te sientes aún más vivo. Y la calle, a deshoras, tiene un camino de plata que te lleva a una librería donde los autores vivos y los muertos se emborrachan sin miedo y esperan la llegada de los fieles, entre salmos y rezos. Con ese olor a goma y a barniz...

P.D. «Nosotros los exiliados no llegaremos a viejos». Lo dijo Zweig a la muerte de Roth, alcoholizado. Luego se suicidó.










jueves, 16 de julio de 2015

DIEZ LIBROS QUE CAMBIARON TU VIDA

Y entonces alguien osa decir en voz alta que "Matar a un ruiseñor", la novela de Harper Lee de la que todo el mundo habla por la aparatosa irrupción en circunstancias poco claras de una segunda parte -"Ve y pon un centinela"- no le conmovió ni mucho ni poco.

-¡Por favor! Yo cuando la leí pensaba todo el rato:¡¡Cómo se puede llamar a un señor Atticus,!! ¿qué nombre es este? ¡¡Atticus Finch!!!
-Tú es que tienes el corazón de hojalata. Deberías ir a buscarlo a Oz...

Hubo carcajadas y luego un silencio. No hay nada tan serio como comprobar que tus lecturas más cruciales, esas que marcaron con una lasca profunda tu biografía, dejan indiferente a los demás. Eres tú o ellos. Y si el dios de las letras no te dotó de un corazón cobarde, timorato, has de partirte la cara por tu libro. Como lo harías por tu hermano o por esa mujer, casi niña, increpada en el Metro por su pareja. Un tipejillo de quince años con cadena de oro al cuello y zapatillas de deporte de más de cien euros.  Asqueroso.

Pero no nos desviemos. Ahora hablamos de "El guardián entre el Centeno". Esa novela de culto de Salinger por la que lo asesinos tienen extraña debilidad. Mark David Chapman, el de John Lennon, esperó a la policía leyendo un ejemplar tras perpetrar el crimen. Pero también el título ha sido relacionado con Charles Manson y con el magnicida de Kennedy, Lee Harvey Oswald. 

Confieso que soy devota del rarito de Salinger, pero el guardián no hizo que temblaran mis cimientos. Ayer, tras la tensión del pobre Atticus, quise defender mi postura con delicadeza: "Creo que lo leí demasiado mayor. El Guardián es mejor atajarlo antes de sumergirte en el mundo adulto" (luego recordé que se lo regalé a mi adolescente a los 15 y no pasó de la página 20. "Asesina no va a ser", pensé tras asumir mi fracaso).

Es decir, que puede que cada libro haya que leerlo a una edad, o en un momento de la vida en el que te están pasando cosas. Y su lectura funciona como bálsamo o como ácido sulfúrico. Cualquier cosa, menos la indiferencia. Y también pensé que los mejores libros son los que te conmueven y arrojan luz en tus entrañas a los veinte años , a los treinta o a los cuarenta años. Ingenua, desconcertada, sumergida en una pasión sofocante, escéptica, soltera, casada, desquiciada o serena.

Comprobé con alivio que mi aportación al debate no ofendía a nadie. Ni interesaba demasiado. Así que me vi de pronto rascando las paredes de mi intimidad literaria para aportar un título que sí me cambió la respiración y me trastornó algunos días: "La sombra del ciprés es alargada". La primera novela de Delibes, premio Nadal para más señas, a quien entrevisté dos veces en su casa de Valladolid y cuando salió el tema a colación me dijo, con esa campechanía implacable del señor de campo bien armado de razones: "Era una novela pretenciosa, con todos los pecados de una novela de juventud". Y fue un jarro de agua fría porque él no estaba cuestionando su obra, sino cuestionándome a mí. En cierto modo. Y jamás la releí, pero si hurgo en el fango de unos recuerdos demasiado lejanos creo que el título me aproximó de golpe a la muerte. Y esa sensación es difícil de borrar.

Un libro es un ser vivo porque se disfraza de inocente objeto para no ser quemado en una hoguera o presentado como prueba del delito. "Señor juez, aquí tiene el móvil del crimen. Esta mujer no volvió a ser ella misma después de su lectura". Uno puede decidir que se divorcia tras leer un libro de Carver y darse cuenta de que su miseria matrimonial está en los gestos de esos personajes. Idéntica. Calcada. Uno puede saber que es escritor como lo supo cuando leyó Mujercitas y a Jo March -ya lo he contado- sola en ese desván, dedos con sabañones y restos de tinta. Uno puede saber que entre el ateísmo y la fe existe la trascendencia tras leer el "Diario de Otoño" de Salvador Pániker un invierno de mucha desazón. Y sentirse comprendido porque las palabras tienen ese poder del que a veces carecen otras manos por mucho que te acaricien la espalda y te acojan.

Así que no conviene tomarse una conversación sobre libros a la ligera. En caso de dudas, mejor hablar de política o de religión, esos temas tabúes en el manual de las buenas maneras. Uno es lo que lee, y exhibirse es un despelote integral que puede provocar efectos indeseables que raras veces conducen al orgasmo. Más bien a la necesidad imperiosa de un manto para protegernos. Y a la búsqueda de iguales que vibren por un texto necesario. Que entiendan que no se puede ofender la herida de un recuerdo o el éxtasis de amor que es la lectura. 

Y si hay que ir a Oz para recomponer un corazón de hojalata, sea.

DIEZ LIBROS QUE CAMBIARON MI VIDA  (Hay muchos más y voy a aportar los que me broten. Sin orden ni concierto)

1.Pandora y la caja de los Vientos. Era un libro de texto.. Yo tenía ocho años, segundo de EGB. Aún lloro recordando ese final: "Adiós, dijeron los niños". "Adiós, dijo Pandora".
2.Drácula. Bran Stoker. Estaba en la estantería de casa de mis padres. Prohibido. Lo leí a los 13 años o así. A los 17. A los 25. A los 40. Sigo fascinada y molesta por las falsificaciones cinematográficas de la historia.
3.Jane Eyre. Charlotte Bronte. Ese grito del señor Rochester llamando a su amada. Esa voz de narrador que es Jane y te habla: "Lector...". Esa loca del torreón. Ese amor a prueba de incendio y destrucción. Imprescindible.
4.El Malogrado. Thomas Bernhard. Si no lo lees, no entiendes la verdadera envidia.
5.El Olvido que seremos. Héctor Abad. La mejor copla a la muerte de un padre (lo siento, Manrique).
6.El Libro del desasosiego, de Pessoa. Como la Micebrina, léase al menos una página al día.
7.El mundo de ayer. Stefan Zweig. Las mejores memorias que he leído. Una forma de entender un siglo atormentado. Debería disuadir a muchos escritores de fanfarria con fechas.
8.Diario Íntimo. Virginia Woolf. Toda mujer escritora. Toda mujer debería leerlo. Y todo hombre.  Un respeto por la mente privilegiada y sin embargo frágil.
9. Escribir. Robert Louis Stevenson. Con una advertencia: puede disuadir a los frívolos de la literatura. Te enseña que eso que haces no está al alcance de cualquiera. No escribas bazofia. Haz mermelada.
10.La muerte en Venecia. Thomas Mann. Lo leí demasiado pronto gracias a una amiga precoz del bachillerato. Lo comentábamos en su cuarto, delante de un té. Yo odiaba el té pero admiraba a esa amiga. Y a Tadzio.








miércoles, 15 de julio de 2015

MANUAL PARA MUJERES SOLAS Y LIBRES

Hace días que trato de quedar con mi amigo el Innombrable (él me prohíbe hasta las iniciales, tal es su celo incógnito. En adelante lo llamaremos el artista antes llamado Prince) Ayer, Prince y yo cruzamos varios mails para el propósito que remató él con una frase desaliento: "Pues ya me dirás, yo con horario de madre y tú de Rodríguez". Estar de Rodríguez, esa expresión casposa y trasnochada,  dispara todas las fantasías del exceso: cenas con hombres irresistibles, cine con amigos sin cargas, noches locas con quien se ponga a tiro y me haga una proposición irrechazable; resaca en miércoles o en jueves.

Pero para mí, estar sin chukis, a solas con Tortu (que según me ve llegar se alborota con una vehemencia impropia de su especie), es no pensar si de camino a casa tengo que comprar algo para la cena. Leer sin sentirme egoísta por no dar conversación a dos hijas que prefieren recluirse en sus cuartos (una por preadolescente, otra por precavernícola). Acostarme a ser posible de día, tal vez con una serie HBO prometedora, poner música a tope y bailar por el salón sin que nadie me llame motivada; cenar mejillones con cerveza aunque no sea jueves. Prescindir de mirar los relojes para ver qué toca. Dejar de ser ejemplo para nadie y ser salvaje. No abrir cuando llamen a la puerta. Comprarme unos zapatos. Y otros más. Entrar por impulso en una ferretería y adquirir escarpias o cualquier otro tesoro innecesario de nombre bello y custodiado en cajitas de cartón. Ponerme todas las cremas de belleza a la vez. Pintarme los labios de rojo aunque no piense salir. Desordenar la estantería según un criterio entrópico irrefutable. Empezar por el dulce y terminar por el salado. Llevar una camiseta indecente sin sujetador. Tirar a la basura viejas lacas de uña. Comprarme flores frescas porque sí.
Dieta de jueves, cualquier día

Diréis, con razón, que todo eso se puede hacer sin debutar Rodríguez, pero mis reservas son mentales. Lo mejor de este estatus de libertad es que puedo hacer lo que imagine sin considerar a nadie. Egoísmo radical. Eso que en un confesionario me costaría tres padres nuestros y dos avemarías, pero que yo conmutaré por tres carreras de 30 minutos a las siete de una mañana de estas en las que decida, salvajemente, a lo Rodríguez, salir en lugar de quedarme a escribir mis pensamientos.

Soy libre y, en todo caso, debería protegerme de mí misma. De mi silencio hermético cuando toco sofá y me aletargo mirando fijamente por la ventana el alfeízar del vecino. De mi sensación de estar de vacaciones cuando aún me quedan unos metros para meta. De mi alegría porque los arañazos del invierno no tocaron el hueso. Del deseo que no se va a cumplir, pero que no me inquieta y sin embargo... De mirarme al espejo y saber que hace rato que necesito a mi María con sus tijeras y su alivio urgente de palabras mientras veo caer, a cámara lenta, los mechones de rubio sin nostalgia.

Mi querido Prince, mi agenda es tuya. Si coincidimos ambos, que lo dudo. Perdóname por ser tan remolona, por liarme con cierres y urgencias sin urgencia. Sigue haciendo de madre como el buen padre que eres y felicita de mi parte a esa mujer que te obliga a asumir tu cuota de entrega y de ternura. Yo voy a seguir disfrutando de esta libertad condicional, con tu permiso. Nos vemos en los bares, en el cine, en un concierto. Fuera de esta casa vacía, fortaleza,  donde nadie me habla ni me pide ni espera que rellene la despensa ni que ponga la mesa comme il fault. Como una Rodríguez de manual. Aunque aún el manual no se haya  escrito...




martes, 14 de julio de 2015

A LA LARGA TODOS ESTAMOS MUERTOS

1.Ojeo el último libro de Tony Judt "Cuando los hechos cambian" (Taurus), denso de hechuras, y me quedo con el título de uno de sus ensayos: "A la larga todos estamos muertos". Entiendo que es la única previsión infalible. Más que el fin de esta ola de calor que nos sepulta. Más que el futuro incierto de Tsipras. Más que el ansia de mi nevera por los yogures, los quesos, la Mahou y los tomates de mujer sin cargas familiares. Recuerdo las palabras de derrota del ministro de Guindos ayer: "A veces se gana y a veces se pierde". Las grandes verdades se sirven en frases simples que podría decir un futbolista resudado al final del partido. Todos jugamos en un césped; algunas con tacones.

2.Termino la tercera temporada de House of Cards con un sabor amargo. ¿Qué les pasó a los guionistas cuando se pusieron a dibujar los destinos de Claire y Francis Underwood? ¿Por qué ya no me fascina Kevin Spacey si es el mismo hombre (ya, ya sé que gay, no me lo repitan más)? ¿Qué habrá que hacer para resucitar dos personajes erráticos por quienes sacrifiqué anoche mi ritmo de monja carmelita en la fantasía vana de que no podía empeorar? ¿A qué me puedo enganchar ahora? (Tony Judt no me ofrece esa prerrogativa, ya lo siento, y he guardado Dr.Sleep de Stephen King, en inglés, para las tardes de lluvia en el Cantábrico con una taza humeante de boldo amargo).

3.En mi trasiego nocturno de aire acondicionado (on, of, on, of, on...) he pensado que el verano es aspiracional pero incómodo (les pasa mucho a las tendencias de la moda). A mí me gusta taparme hasta el cuello, soy recatada estacional, y el despelote me rompe tanto el sueño que pienso en zig-zag. Cortocircuitos que me impiden centrarme en lo que escribo cuando le pongo cuernos a este blog. Una ¿historia? de ¿largo alcance? a la que me niego a llamar por ese género que empieza por "N" y termina por "A". Me parece una temeridad, un regodeo, un adornarse con chorreras con méritos aún por demostrar. Además, una vez que lo diga y lo escriba no habrá vuelta atrás.

4.Mi mecánico me espera en una hora como quien espera un ciclón incontrolable. Ayer se lo dije claro: "He llevado el coche dos veces en apenas un mes y ha salido peor que entró". El hombre se hace el fino con términos rebuscados, y me llama por mi nombre con una insistencia sospechosa. Llamar por el nombre crea una sensación de confianza en el cliente, le han debido decir en el curso de formación de mecánicos VIP. Pues llámeme de usted y señora, si es preciso, pero arrégleme el Jetta que ya estoy sudando de pánico al viaje inminente.

5.En breve me entrevistarán en dos programas de radio, uno de ellos de libros. Temo ese momento en que me preguntarán por mis libros y autores favoritos. Debo pensar cuidadosamente la respuesta. "Jamás hago crítica de libros de escritores españoles", me dijo un crítico hace unos días, y lo entendí. Un escritor es un ser inseguro y frágil que puso muchas horas y empeño en un volumen que raras veces le safisface del todo, si es cabal y no un bobito con ínfulas. Si sólo me sale un nombre creo que será Stevenson, Robert Louis, porque sus ensayos sobre escritura me han abierto compuertas mientras me advertían de los toros que había detrás (sí, no soy inmune a los sanfermines). Si me preguntan para cuándo una n-o-v-e-l-a, diré: Para cuando ella me elija, me llame con un canto de sirena y me muerda el cuello como a Mina, de Drácula. Amén.





lunes, 13 de julio de 2015

VIVIR PARA CONTARLO

Desde que puso tierra por medio, hace una semana, Minichuki me llama tres o cuatro veces al día:

1-He crecido siete centímetros. Se ve en la marca del año pasado en el garaje.
2-He dormido con la prima en la tienda de campaña, bien lejos de la casa, y no hemos tenido miedo.
3-He dividido el libro de sociales entre los días que estoy aquí, y toco a 5 páginas diarias si no descanso el domingo.
4-Tengo otitis. No sólo en un oído, como pensarías, sino en los dos, que es mucho peor.
5-He cenado una carne con patatas y ensalada de esas tan ricas que hace la abuela.
6-Papá nos ha llevado de excursión al río y hemos hecho una aventura.

Uno vive para contarlo. O igual no tanto, pero no hay peor soledad que no tener con quién compartir hasta el detalle más nimio de nuestra vida. A mi hija la infancia se le escapa por la punta de los dedos y creo que me llama para que sea testigo y acompañe su transformación. Doce años son una frontera. Un banderín de llegada y otro de salida. Minichuki anda revuelta y en breve tendré que apearle el Mini. Ella hace tiempo que me lo advirtió: "Soy tu hija la mediana, porque ya no soy pequeña", y así la presento en los eventos de nuestra agitada vida social.

Pero cuando me llama apenas entiende lo de la reciprocidad. Ayer quise contarle mis cosas, y creo que algo le colé, pero no estoy segura:

1.He corrido un buen rato por el parque. Me falta forma física, pero me siento orgullosa de mi microhazaña y me he premiado con un desayuno deluxe.
2.Llevo todo el día sola poniendo orden a mis pensamientos y a mi armario. He clasificado la ropa por colores, ese prodigio contra natura, y separado las camisetas de manga corta de la larga. Mi único contacto con el ser humano ha sido la visita de M.J. Tan oportuna, amorosa y franca como siempre.
Ikes Casillas se despide

3.D. me ha mandado un selfie donde sale leyendo mi libro, y una nota de voz que es un regalo.  "Te quiero, mi niña" es el mantra de mi amiga. Los colecciono para cuando vengan tiempos peores.
4.Me he puesto una mascarilla de aceite de argán en el pelo. Un pringue ¿necesario?, por cierto.
5.He devorado los periódicos polarizados por dos temas: la salida de Iker Casillas (un hombre que llora merece siempre mi atención y casi siempre mi respeto. Sobre todo si pide ser reconocido como buena persona más que como buen deportista) y la posible salida de Grecia (un país que grita merece siempre mi curiosidad: ¿culpa de los gobiernos, de los bancos, del presunto temperamento corrupto de los habitantes? ¿Por qué son tan indelebles las etiquetas que les ponemos a los países?. ¿Acaso no hay alemanes vagos, italianos sobrios y suecos ardientes?)
6.He conseguido interpretar el símbolo que se encendió en el coche presagiando la catástrofe: Un fallo en el sistema de escape, reza el manual. "Parpadea cuando se producen fallos en la combustión que pueden dañar el catalizador". Suena fatal, hija, ¿verdad que sí?. A este paso nos iremos de vacaciones en autostop. Cuatro mujeres y una tortuga son un planazo para cualquiera que necesite hablar con alguien y ser escuchado.

La peor soledad no es no tener a quién contárselo, sino estar acompañado y sentir que lo que digas al otro no le importa. Debo decirle hoy a Minichuki, cuando me llame por primera vez, que nunca me he sentido más sola que cuando tenía a alguien cerca que estaba a mil kilómetros. El éxito de la vida es elegir la compañía inversa. Esa que siendo independiente está dispuesta a escuchar cuando llamas sólo para decir que de repente no suenan los altavoces del equipo de música, que has dormido en el suelo, posición sur, atragantándote de capítulos de una serie. Que todos los días te paras a mirar cómo araña el sol el cielo y que pintaremos la casa el verano que viene, que este ya se nos hizo tarde.

Y que la echas de menos, pero que esta distancia es necesaria y urgente. Y que la quieres.





domingo, 12 de julio de 2015

FALLO MULTIORGÁSMICO

"Tienes cara de no hay meta sin límite".

Ayer hicimos el clásico pack verano en nuestro chalecillo decandente setentero: hermanos+cuñada+sobrinos+piscina+ amigos+mi célebre paella para muchos+siesta sin reloj. Los chascarrillos volaban como vencejos puestos de cocaína y los niños daban por saco con esa deliciosa levedad alborotada de la infancia, cuando los días son eternos y las normas un accesorio tan prescindible como los Louboutin en el empedrado segoviano.

En la radio, 107.1 FM, sonaba "Dust in the wind"

 J. y P. llegaron con su hijo y fue una fiesta. A la vuelta mi coche volvería a averiarse, como una maldición. Se encendió, ya casi en Madrid, un símbolo sospechoso en el salpicadero y volví a experimentar esa desazón a nivel estómago que se me pone a pocas fechas de pasar la ITV (que para mí equivale a una oposición a notaría o registro de la propiedad).

Estoy segura de que este pánico  funciona de profecía autocumplida y tiene un nombre. Y si no, propondré a la sociedad internacional de delirios que lo bauticen con el mío.

Soy vulnerable, además, a las cerezas y a los albaricoques. También a su silencio y a su no permitírselo. A los libros de los que hablábamos ayer entre amigos a la sombra más despiadada del porche: "No sé qué piensas de Patrick Modiano, pero yo lo leí el otro día por primera vez y me dejó frío", sentenció mi querido P. Cerca, su novio se sometía a las preguntas diagnósticas de la Enfermera del Amor, que había regresado de la ferretería con jet lag ("es lo más excitante que he hecho esta semana"): "¿Y vosotros cuántos años lleváis juntos?" ¿Dieciséis, diecisiete? (hay respuestas peligrosas, ciertamente. Alguien que olvida un recuento aniversario corre el riesgo de ser etiquetado malamente).
La Venganza de Don Mendo

Entonces llegó mi hermano I., súbito como un personaje de Chejov, y fue la señal.

-¿Las seis de la tarde son horas para un gin tonic? (yo)

Y como nadie me puso mala cara, procedí, Bombay Shaphire en mano, mientras nos juramentábamos para una sesión doble de cine largamente postergada: "El Desencanto" con chistorra (P. es de Rentería) y "La Venganza de Don Mendo" con magdalenas.  (Mora que a mi lado moras, mora de la morería...).

Recordamos, mientras los niños nos empapaban con ese artilugio infernal que son las pistolas de agua, aquella vez que escuchamos a un gitano en la sala del hospital donde velábamos a mi niña S. decir que a uno le había dado un "fallo multiorgásmico", y también cuando mi abuela, sentada en esa tumbona que nadie osaba ocupar, nos pedía que le acercáramos "el transitor". Y los veranos eran largos como el sol de medianoche, y las horas se nos iban en bicicleta por esas cuestas malencaradas de urbanización que hoy recorremos  intentando descifrar si eso que brilla es Venus o un avión despistado.

Y hoy vuelvo a estar en territorio asfalto, mano a mano con Tortu, y asumo nuestra mutua compañía como asumo que tendré que volver al taller y quedarme sin recursos cuando el mecánico pijo me pregunte qué (coño) le pasa esta vez: "Tiembla como un carromato, se enciende un piloto con forma de cara de Bélmez y el aire se ha desacondicionado". Abrumada de horas muertas y de miedo. Ese viejo conocido que me invita a tirar el carnet de conducir por un acantilado, tal vez mi Playa de Lord Byron. Y pronunciar en susurros unas palabras mágicas, un sortilegio. Con rima asonante, a ser posible.

Y contemplo la pila de periódicos como un desafío sin voces. Y esas líneas que ayer subrayé a Muñoz Molina, mi cita de amor de tantos sábados: "Una primera frase se parece a un milagro".

Tienes cara de no hay meta sin límite, dijo él. (Y él era I. Tan genial, tan como siempre)

 Cierro los ojos
solo por un momento
y el momento pasa.
Todos mis sueños
pasan por delante de mis ojos,
una curiosidad.

Polvo en el viento
todo lo que son (mis sueños) es polvo en el viento.

La misma vieja canción,
solo una gota de agua
en un mar inmenso.
Todo lo que hacemos,
se desmorona,
aunque no queramos verlo.

Polvo en el viento,
todo lo que somos es polvo en el viento.

No te resistas,
nada es para siempre
salvo la Tierra y el cielo.
Se escapa (se escurre),
y todo tu dinero
no comprará otro minuto.

Polvo en el viento
todo lo que somos es polvo en el viento.
Polvo en el viento
todo es polvo en el viento.


Kansas - Dust in the wind - Polvo en el viento








viernes, 10 de julio de 2015

PLANES INTERESANTES CON GENTE INTERESANTE

De "Último verano en Escocia" (What we did in hour holiday) sólo me gustaron cuatro  cosas: Escocia y esa luz que regala unos atardeceres con colinas verdes de postal, de los que disparan ese resorte mental de "yo quiero estar ahí", el abordaje de la familia como un laberinto negro de cuentas pendientes, envidias y frustraciones, pero también ternura: la belleza nívea de Rosemund Pike y el tratamiento de la muerte del abuelo.

El abuelo muere y ya está. No hay lágrimas. Los niños de la casa -mucho más brillantes y libres que los adultos (me recuerda de lejos a Moonrise Kingdom) hacen con él una ceremonia fúnebre vikinga. Y ya está. Uno está vivo y otro día está muerto. Ya está. Como pasa un plano al siguiente en una película.

Ayer quise despedir los planes de chicas con I. yendo al cine. Ella desde muy pequeña me decía la frase "jo, siempre haces planes interesantes con gente interesante" cuando llegaba el domingo de estar con su padre y yo le contaba lo que había hecho. Esta semana mano a mano antes de su partida he intentado ser interesante para ella, como homenaje desagraviante a esa fantasía de lo que hace su madre cuando ella no está.

-¡Me ha encantado la película! ¿Y a ti?
-Ummm...

Me sentí en la tesitura de darle la razón, porque sin duda ella iba a agradecer una coincidencia con la presunta interesante, o explicarle los motivos por los que la comedia me parece regulera. Más propia de cine de verano con perrito caliente y una cerveza que de sala en versión original, como era el caso. Con los títulos de crédito en pantalla  y una banda sonora envolvente y retadora nos dirigimos con determinación a la salida equivocada -daba a un laberinto en las tripas del cine de donde sólo podía salir alguien con malas intenciones- y mi hija soltó un "ya estamos perdidas, como siempre" que me libró del apuro de pincharle el globo de la película. 

Guilleume Canet

Después, buscamos una terraza/sauna y nos pusimos bien de sepia a la brasa.

Hoy pienso que no están nada mal los mensajes de "Último verano en Escocia". Pero sí los personajes tan previsibles y esquemáticos. Caricaturas de lo bueno (la creatividad, la libertad, la determinación) y lo malo (la avaricia, el postureo, el desamor).

Que si tuviera que indultar a uno de ellos sería la hija mayor, que no suelta la libreta donde apunta todo lo que oye y todo lo que ve, como una trinchera desde donde protegerse del mundo de los padres que pelean y mienten y fingen.  O su hermano, que (también) se protege con un casco y una espada e invoca a Odín como a un dios necesario. O la más pequeña, que en lugar de edulcorados peluches lleva en la mochila una piedra y un trozo de hormigón. Artillería pesada contra el enemigo adulto.

Y pienso que Win Wenders habría hecho con los mismos mimbres una buena película. Más ácida, mejor dialogada. Sin ese final precipitado donde una pareja que se acaba de divorciar y se odia pasa a abrazarse en una playa sin que te enteres de en qué momento hubo un quiebro que lo justifique.

Y creo que antes de dejar a I. en ese tren voy a decirle por qué me parece que la película es mediocre, aunque entiendo que le gustara. Y, ya de paso,  que yo también quiero una muerte sin duelo. Una ceremonia a pie de mar, quizás en esa Escocia que es Asturias, donde ella y su hermana lean palabras de escritores que cambiaron mi vida. Y haya baile y bebidas y aperitivo generoso.

Una fiesta llena de gente disfuncional y libre, que no se rinde al guión de lo que se espera de ella. 

P.D.Creo que Guilleume Canet también hubiera hecho mejor esta peli. Tal vez en la Landas. Ese otro lugar al que quiero cuando sueño en una butaca de cine.








jueves, 9 de julio de 2015

SOY MUJER Y ESTOY AQUÍ

Los días de julio se escurren con esa pesadez atolondrada que otorga el regreso a los temas que tocan: 1. el calor sofocante (y sus derivados: los efectos letales del aire acondicionado en la densidad neuronal de las personas); 2. Grecia y el grexit; 3.¿para qué sirve un senador? o 4. el grito de guerra de Conchita Martínez al ser nombrada capitán de la Selección de tenis: "Soy mujer y estoy aquí".

Hay frases que uno encaja según quién las pronuncie. Si te llamas Eduardo Mendoza y pariste a Gurb, puedes permitirte decir "Desde que murió Aristóteles los griegos no han dado un palo al agua". Yo lo leí el otro día y me eché una carcajada, aunque no creo que toda Grecia sea vaga como no creo que todos los andaluces sean graciosos, todos los niños sean inocentes o todos los del PP sean pijos. Esta misma frase sobre los súbditos de Alexis Tsipras -¡ay, Varoufakis, cómo han descendido los niveles de testosterona desde tu degüello llamado autoinmolación!- dicha por Rajoy, por Juncker, por Lagarde,  pondría las redes sociales al rojo vivo.

A veces la libertad de palabra es más condicional que la de los presos. Y a veces habría que pagar un impuesto de expresión. Un bono de diez oportunidades de soltar sin filtro lo que sentimos. Con una condición, diría yo: que las frases estuvieran construidas según los sagrados mandamientos de la sintaxis, la semántica y la fonética.


(Yo pagaría la mitad de mi fortuna. Un brazo y una pierna. Y a más a más organizaría un festival como el de Eurovisión, pero de Euroexplosión, Eurodisgresión, Europoesía sincera).

Si uno fuera libre de decir durante cinco minutos lo que piensa de verdad, sin medir las consecuencias, el mundo experimentaría un temblor equivalente al de 1.500 millones de chinos saltando al unísono.  Al de la erupción del Vesubio y el Etna juntos, furiosos de lava y de destrucción. Al de un millón de cervezas agitadas cuyas anillas abriéramos de golpe. Opinar no es gratis, ya me temo. Es un ejercicio vigoroso de exposición al sol del otro sin echarse crema protectora. Pero nos pasamos la vida opinando gratis. Y por encima de nuestras posibilidades.

-Ese es asperger. He buscado en Internet los síntomas y de diez cumple ocho a rajatabla.
-Pues ahora mírate los de la bipolaridad ortográfica, guapa.

"Soy mujer y estoy aquí", convengamos, ex una declaración de principios basada en una obviedad que no lo es. Confieso que nunca pensé que la tenista destacara por el don de la palabra. El mundo del deporte está lleno de frases hechas y lugares comunes para alimentar al dragón hambriento de la prensa deportiva. Un jugador de fútbol que citara a Aristóteles desconcertaría a la audiencia, y del desconcierto al abandono hay un paso.  Y algunas excepciones. Una vez entrevisté a Jorge Valdano y salí enamorada, aunque con la sospecha de que el argentino no se había permitido ni un leve aleteo de espontaniedad. Recuerdo que pensé: ¿Cómo será ese tipo cuando abandone los circunloquios cultos, las referencias de alta densidad y esa camisa azul clarito tan planchada?. ¿Cómo será en plena faena erótica? ¿Cómo discutirá con su mujer? ¿Cómo serán sus modales cuando coma solo un plato rebosante de espaguetti carbonara?

Estoy aquí y soy mujer. Y acabo de ingresar en una cuenta mis primeros diez euros para opinar sin cortapisas. Sin ton ni son. Sin atenerme al sistema de pesos y medidas. A la sagrada norma de la corrección política (falsa como su madre). Estoy a punto de explotar mis primeras opiniones. Espero ansiona las vuestras previo pago de su importe.











miércoles, 8 de julio de 2015

UNA PARCELA EN LA LUNA (DESCUBRIENDO A JONATHAN NOTARIO)

Moon Park. Jonathan Notario
En 1980 un norteamericano llamado Dennis Hope registró la luna a su nombre aprovechando un vacío legal y montó la empresa "Lunar Embassy" para la venta de parcelas lunares(www.lunarembassy.com). Ayer un artista desgarbado, en bermudas y con movimientos torpes llamado Jonathan Notario explicaba a un reducido grupo de críticos y a alguna intrusa su obra, un parque de atracciones recortables. Un juego de simulación que te hacía sonreir y reflexionar.

Detrás de él, enmarcados, sus títulos de propiedad del satélite más despistante para mí, que me pasé otra noche en una fiesta de amigos atisbando el movimiento frenético de la luna y sin que ningún invitado, en su mayoría de ciencias, me diera una explicación convincente a la burla del cielo. Mi hija, a mi lado, se bebía su primera cerveza delante de mí y me decía bajito: "Los artistas son distintos, ¿verdad? Me recuerdan a los personajes de The Big Bang Theory".

-Bebe una y nada más.
-Mamá, ¡no seas pesada!
-Hubiera preferido que empezaras con esto del alcohol a los 43, como yo...

Y sí, los artistas son distintos. Pero esta generalidad tan imprecisa sería casi como decir: los políticos son mentirosos o las rubias son bobas. Creo que lo que quería decir mi hija era que ese hombre no era un vendemotos delante de su mercancía, como hubiera podido ser teniendo en cuenta que se enfrentaba a esos que iban a publicar con adjetivos. Sino un chico tímido tratando de poner palabras a su creación. Y su creación era genial. Y lo digo desde la ignorancia porque no soy crítica pero sí mirona. Y la visión de Jonathan me hizo pensar que el artista a menudo necesita a alguien que hable por él. Un médium. Porque no todos tienen el desparpajo (ni el olfato para el merchandising) de Jeff Koons, que ahora vive en el Guggenheim del Bilbao (con mi silencioso, magnético y admirado Richard Serra y cerca de Basquiat, también de paso),  y sin embargo las obras de Notario encierran mucha reflexión y muchas ganas de jugar.

Jonathan  es también el inventor de "Worker man" -"el muñeco que me sustituye en el trabajo mientras yo me dedico al arte", decía ayer, y mi hija pegaba en su asombro otro sorbo a su Heineken con ese desafío que son los dieciocho. En la web de Jonathan Notario puede leerse esto:

Worker Man es el invento que a todos nos gustaría tener: una réplica de nosotros mismos a tamaño real para colocarlo en nuestro puesto de trabajo y hacer creer al jefe que estamos trabajando. Ahora ya podrá dedicarse por entero a las cosas que le apasionan realmente. Una replica exacta y customizable de uno mismo, ideal para trabajos mecánicos y de oficina, en los que te pasas las horas sin moverte del asiento.

Y lo que quería decir es obvio. Cuidado con la vida, que se te va sentado en una silla y un día no eres tú. Y quería gritar que hay que reclamar la identidad y marcharse al Retiro de paseo a la hora de comer. Y puede que quisiera decir -porque ayer estaba azorado y es parco en palabras- que vivir sin reflexionar por qué vivimos, por qué nos entregamos a una misión (lunar o terrestre) sin darle un sentido es una falta de sentido, un disparate. Y que hay que recuperar el juego porque en la infancia éramos nosotros antes de que las convenciones se apoderaran de nuestro cuerpo. Y que subirse a un parque de atracciones llamado "Reality Toys. Moon Park" es un desafío. Un retorno a la cordura a partir de una iniciativa disparatada que dejó a los abogados de Naciones Unidas en un pasmo del que aún no se han recuperado: Ningún Gobierno del Mundo tendría nunca potestad de propietario sobre la Luna.
Jonathan Notario. Indoor portraits

Los artistas son distintos, sí, mi querida I. Ningún gobierno puede ser dueño de nuestra capacidad de imaginar. Ayer, en el COAM, la galerista Blanca Soto reunió bajo el sugerente título "Deslocalización" la obra de un grupo de artistas que defendieron su genio como buenamente pudieron, en un forcejeo con las palabras que me pareció titánico. Blanca tuvo que arrastrarlos, literalmente, para que hablaran con nosotros. Ellos hubieran preferido desaparecerse. Mi hija y yo disfrutamos del enigma vegetal de Manuel Barbero, de las divertidas maquetas de Oscar Seco y de ese video "Sin noticias de interés".  De la Entropía de Ruth Quirce.De la Onírica Molecular de Sergio Sotomayor. De los perrogallos de Miguel Ángel Fúnez o de la enigmática cabeza iluminada de Serzo.

Después cenamos en ese restaurante de moda del Colegio de Arquitectos y mi hija sentenció, blandiendo su trozo de pizza: "Qué planes tan buenos estamos haciendo, ¿eh mami? Y qué interesantes" Y me invadió ese hormigueo reconocible. Y me abaniqué con las palabras impresas de uno de los artistas, Manuel Barbero: "La tragedia está ligada a nuestra existencia. tarde o temprano vamos a vivir alguna tragedia. En soledad, con la mirada perdida en el pasado o en el futuro".

Pero no iba a ser ayer. Ni mucho menos.

lunes, 6 de julio de 2015

DE ARQUITECTURA Y SOLEDADES

-¿Tiene muchos amigos?
-Me encanta la gente. Hago grandes fiestas. Pero soy muy solitaria. Tengo personas próximas a las que amo, pero nadie a quien telefonear por las noches.

Pocas cosas me producen tanta satisfación como descubrir a un personaje del que apenas conocía su obra más relevante, y casi siempre unida a otro nombre. Carme Pinós es arquitecta y durante muchos años era la segunda del tándem que montaba con Enric Miralles, mucho más reconocido. Después se separaron y ella tuvo que recuperar la confianza en sí misma, y remangarse, hacerse respetar por los colegas, encontrar su camino, y leyéndola ayer en la entrevista que le habían en El País Semanal sentí un impulso urgente de llamarla para felicitarla.

Hay muchas declaraciones que subrayé en ese texto, pero he arrancado el mío con una que me estremeció y que no tiene que ver con la arquitectura. Resume la esencia de los solos. Sin drama, sin tortura, sin engaño. El tuétano del hueso. Esta mujer brillante diseña en apenas tres trazos el esquema de la soledad y es un edificio muy simple que imagino pirámide -vete a saber por qué- y a veces el viento golpea sus aristas pero no las doblega.

"Trabajar y vivir con él (Enric Miralles) me dio fuerza pero también inseguridad. Yo me vacié, pero él era el que aparecía detrás del trabajo". Y unas líneas después: "Nada se hacía si no estábamos de acuerdo. Pero yo siempre quedaba en la retaguardia. ¿Cómo no iba a preferir que diera él las conferencias si lo hacía mejor que yo? Me sentía tan superflua frente a su potencia que casi renuncié a mí misma".
Torre Cube. México.C.Pinós

¿En qué momento, Carme, decidiste que vaciarte era una opción? ¿por qué organizas tantas fiestas? ¿Qué día dejó de sonar tu teléfono por las noches y aprendiaste a arrebujarte sola con tus pensamientos y ese pelo tan blanco, tus destellos?

Miro tu foto, sentada frente a tu edificio Caixa Forum de Zaragoza, esa ciudad que siempre imagino en fuerte viento y con el olor nauseabundo de las papeleras. Tu entrada en la Wikipedia es prolija y discreta. Pero hay una retahíla de premios y de invitaciones en universidades para dictar tu esencia. Y sí, me gusta el cementerio de Igualada que soñaste con él, pero te encuentro mejor en las palabras: "Vivimos en una cultura dinámica que trata de hacer más en menos tiempo. Ya nadie se plantea hacer arquitectura para pasar a la historia". Y enseguida: "Yo no trabajo para inmobiliarias comerciales. No he querido entrar en esta costumbre extendida entre los arquitectos reconocidos de tener una lista de proyectos publicables y otros que te dan de comer. Soy autora de todo lo que hago".

Hay un día en que se impone elegir. Ser autor de todo lo que uno hace o dejarse llevar por otros. La primera opción encierra el vértigo; la segunda es de los cobardes, de los mediocres, de los cortos de entendederas. Pero también de los débiles, de los impotentes. De quienes prefieren consolidar su cuenta que consolidar su alma.  Uno construye algunos edificios a lo largo de su vida. A veces tienen grietas, a veces se ha elegido la compañía equivocada que, sin embargo dio sentido a ese momento. Y no pasa nada. Hay que seguir trazando sentado en soledad, con una mesa mejor de madera de nogal -"es la más fina de entre las maderas democráticas", me decía A. hace unos días-. Y ese día en que uno siente que no puede más que ser autor, ya no le valen grupos ni parejas que le arrebaten el nombre y el prestigio.
Biblioteca Salaborsa.Bolonia

Amo la arquitectura sabia que encierra un espejismo de amor y de certezas entre vanos, proporciones y materiales nobles que obedecen a un propósito: albergar seres vivos. Hacer que cuando pasen bajo el quicio de una puerta no sientan que les pesa, que el aire los asfixia. Sino las ganas de quedarse sin saber por qué. Hay un lugar en la plaza de Bolonia, Biblioteca Salaborsa, a la derecha de la basílica de San Petronio,  que me dio esa sensación cuando la visité hace apenas unos meses con mis amigas de la universidad. En Madrid me sucede en Matadero. Siempre que voy allá, y está lejos de casa y de mi zona de paseos de domingo, noto que respiro un aire cargado de letras y de arte. Y mucho tiene que ver con la arquitectura de ese enclave donde aullaban los corderos y las vacas.

No sé, Carme, qué pensarás tú. Pero sí sé que te llamaría una noche. Tengo la sensación de que no desperdicias una palabra. Que todo lo que sale de tu lengua obedece a un propósito. Que asumes tu destino como asumiste el de ser dos, en otro tiempo. Y tú siempre callada.

Y sí, es dulce tener a alguien a quien telefonear por las noches. Hay personas con las que una no congaría nunca el teléfono. Pero son muy pocas,  y debe ser así porque a veces el ruido impide construir la honestidad y ese destino de los solos. Ha sido un placer conocerte en esas páginas. Gracias a tu entrevistadora, Anatxu Zabalbescoa, que nunca me decepciona porque deja que brille el otro. Arquitectura suave frente a esas otras entrevistas pomposas.  Nos vemos en un foro de solos, cuando gustes.

Enric Miralles se acostó a tu grupa y luego a la de otra mujer, Benedetta Tagliabue. Me da qué pensar.