martes, 29 de septiembre de 2015

¿A CÓMO EL KILO DE ESCRITURA? (DEL FRAUDE DE VOLKSWAGEN Y OTROS ROBOS)

Anoche la radio escupía análisis sobre la cuestión catalana: La "peligrosa fractura social" era recurrente entre las voces de esos tertulianos que lo mismo saben del fraude de Volkswagen que de superlunas. Mi coche es uno de esos sospechosos. A mi fobia natural por si me dejará tirada en una carretera rumbo al Norte debo sumarle ahora la posiblidad de que me haya hecho cómplice de contaminar de más el planeta. El de la luna roja, majestuosa. El de los separatistas enfadados. El de los soberanistas irredentos

El de los alcaldes que toman decisiones para el populacho ansioso de igualar por abajo mientras la ciudad está más sucia que nunca porque las contratas de basura, leo, han terciado sus plantillas.

Hay muchos fraudes que no se ventilan en las tertulias, y deberían. El de aquel que roba una historia y la cuenta como propia; el de quien altera su declaración de la renta para lograr una plaza. El de las tetas operadas y los sujetadores con relleno. El de los zapatos con plataforma y los injertos de cabello. 

Hay muchos tipos de emisiones tóxicas que no se destapan por una filtración ni hacen que tiemblen las Bolsas.

Ayer el taxista apagó la radio huyendo de las toxinas, de la fractura catalana,  y se centró en la pasajera. ¿Qué hacen en esos estudios? Hacen televisión. ¿Y usted sale? No, no salgo. ¿Qué hace usted para ganarse la vida? Escribo. ¿Y a cómo pagan eso de escribir?

Me dio la risa. Eso de escribir como si fueran peras o manzanas. A cómo el kilo de letras. Depende de si es original o copia, pensé responder. A veces uno encuentra que le han desvalijado su relato y se pregunta si eso devalúa a la víctima o al asaltador de caminos. Pocas veces somos del todo originales, admitámoslo, pero hay una frontera débil entre "basarse en" y "copiar tal cual". Los fabricantes de marcas de lujo lo saben bien. No siempre sus demandas llegan a puerto porque los objetos sospechosos se parecen pero no son exactamente iguales. No lo suficiente.

Plagiar está muy feo. Denota la cortedad de ideas, es un acto de cobardes que no se enfrentan bien a su propia mediocridad de creadores. Uno debe tener cuidado de lo que cuenta y a quién se lo cuenta. Porque las propias emisiones son limpias hasta que en boca de otro cambian de color y ensucian todo un río. ¡Que vengan a desinfectarlo! exclamarás. Imposible, no hay personal, despedimos a muchos para abaratar costes.

El copy-paste es el nuevo vertido tóxico. Eso que hacen muchos tertulianos entre bostezos para animar las noches a las mujeres curiosas con muchas dudas sobre el ahora qué. Constatado que una mitad de Cataluña siente distinto que la otra, la mente vuela al juicio del rey Salomón. Partamos el bebé en dos con una daga. El bebé en este caso ya está descuartizado, ¿qué hacer con los despojos? Las voces de expertos en tantas cosas no alumbraban gran cosa. Mucho ruido para ocultar tanto silencio. Y ahora, ¿qué?

-Esos lo que quieren es pasta. Ya verá usted cómo esto de los catalufos se arrregla cuando consigan que les demos dinero. Se les van a olvidar los ardores nacionalistas. Decía el taxista.
-Los que escriben no están bien pagados, verá usted, pagan más a los que gritan y se insultan en los platós aunque no sean capaces de articular una frase con sujeto y predicado según las reglas de la sintaxis, de la semántica.
-¿Pero no cree usted que lo de la Mila Ximénez o Karmele lo inventa un escritor?

Claro que sí, ésas plagian, pensé bromear. Se plagian a sí mismas. Plagian los histéricos, los indocumentados. Las ambiciosas cortas. Los contrincantes vagos. El fraude is in the air, como el amor. Y a veces sale impune de su falta. A los de la Volkswagen, sin embargo, les va a costar una millonada. Hablamos del dinero, a cómo está el gramo de pecado. Me duermo sin haber despejado las dudas catalanas. Cuidado de a quién cuentas las historias. No sea que te robe mientras duermes sin vigilantes jurado que custodien lo más tuyo que hay, tus pensamientos. El beso de la muerte con narcóticos, y tú desvalijado al despertar. Y las tertulias mudas al respecto.




domingo, 27 de septiembre de 2015

SEGUNDAS OPORTUNIDADES (QUIERO SER UNA MUJER VINTAGE)

A mi hija le gusta la pizza el día después, fría y tiesa como suela de zapatos. A mí me sucede lo mismo con la paella. Y con la lectura de Muñoz Molina los domingos en lugar de fresca tinta de sábado. Hoy tocaban Montaigne y Cervantes y me ha parecido muy bien. Sabroso y sin competencia. El atracón de prensa del sábado te impide masticar despacio la carne de la letra. Las precipitadas tendemos a devorar para pasar a la siguiente casilla. Una buena paella hay que tomarla con plena conciencia de cada trocito de calamar, de pollo o de pimiento. Una buena lectura, exactamente igual.

No soy compasiva con la ropa de segunda mano, salvo que se trate de mi mano. Esa que guardo una o dos temporadas y devuelvo al front raw del armario cuando ya se me ha pasado el hartazgo. El diseño siempre vuelve, como el asesino en las pelis serie B. La otra noche lo hablaba con J.A, un creador español brillante y muy simpático que fue mi pareja de baile en un saraó de los muchos que estallan en el Otoño de Madrid. En el coche nos presentamos -era una cita a ciegas-y allí mismo entendimos que podíamos pasarnos la vida entera hablando de la intuición arquitectónica e imperecedera de Miuccia Prada, de por qué una chaqueta de Chanel bien merece una misa -"me la pondría con vaqueros, para tomar el aperitivo en un bar cualquiera", decía yo- , de cómo cierto look de cierta portada vintage es clavadito al de hoy, firmado por los mismos. De que cuando te arreglas deprisa para un cóctel el petit robe noir nunca falla...

Tras deslumbrarnos mutuamente con nuestra charla mundana y llena de referencias Vogue, nos dispersamos por la mansión del Gran Gatsby que nos convocaba, y en un momento de la noche me pasó eso que me sucede a veces. El impulso irrefrenable de querer irme. Ya había saludado a quien tenía que saludar. Ya había bautizado brevemente mis labios con champán. Una fuerza superior a mi propia voluntad me empujaba hasta la puerta. Y me fui sin avisar a mi pareja, a quien traté inutilmente de localizar en mi escapada como una Cenicienta torpe y sin zapato de cristal.
Chanel


"Ya estaba preocupado...Fue breve pero intenso. Repetimos pronto, please, y no nos soltamos de la mano", me escribió él al día siguiente.  Tendremos una segunda oportunidad, pensé yo, encantada de mi éxito con los hombres que prefieren a otros hombres. Las segundas veces son así. Partes de lo sabido, esperas que en ese hiato haya habido cambios, reflexiones, alguna moraleja. Tú misma no eres igual, ya no te tiemblan las rodillas. Algo has aprendido a fuerza de leer y de escribir, de muchas horas sola a la carrera, de algunas despedidas y de algunos hallazgos. Y no te tomas sin más el plato revenido, si acaso lo calientas y pruebas una punta de cuchara. Y reconoces el sabor de entonces, pasado por la huella de ese tiempo sin noticias.Y lees a Montaigne, dos o tres párrafos.

No nos soltaremos de la mano, o lo mismo sí, querido J.A. Si está de dios nos chocaremos en la fiesta, como en esas malas comedias románticas de sábado a mediodía donde puedes dormitar sin perder comba. Chico busca chica  y se lía con otra inapropiada -esa era la propuesta de ayer, ni sé en qué cadena- sin darse cuenta de que se está enamorando sin remedio de la primera, una pelirroja pizpireta con la que finge que se ha prometido para tranquilizar al padre moribundo. Y pasa lo que tiene que pasar, y a las chukis les dices lo que tienes que decirles: Eso es amor edulcorado y de mentira, no os fiéis de los cuentos de hadas para bobos y bobas. ¿Romanticismo apto?, "La Princesa Prometida", Westley y Buttercup. Con un gigante, un malo malísimo, un espadachín vengador y esa mujer perfecta llamada Robin Wright. Amor verdadero. Eso o nada.

Las segundas veces deben pillarnos más sabios. Más tolerantes. Más valientes. Más prestos a reírnos de las imperfecciones. El arroz no se ha pasado, ofrece otra textura, y la carne sabe más reposada, menos brava, y es delicioso echarle una pizca de limón. Paella del día siguiente, pizza recalentada, una falda vintage que ayer compraste nueva, libros de cabecera en la mesilla, siestas perezosas con películas tontas por la tarde. Y Prada siempre haciendo de las suyas, con esa piel tan tersa y ese vigor eterno de las buenas ideas. Las que te fascinaron, que aún amas. Tal vez una chaqueta de Chanel, un año de estos. Cuando tú seas vintage y ella moderna.

Y a ti, querido príncipe, nos vemos cuando quieras. Perdona por la fuga, fue el petit robe noir y fueron los salones de pitón. Y esa llamada hueca, persistente y mandona de la noche... 










sábado, 26 de septiembre de 2015

EL AMOR MAL CURADO (ROLAND BARTHES O CÓMO ABISMARSE)

Sin venir a cuento, me apunto a un curso sobre  Roland Barthes. Un impulso irrefrenable a dos meses vista para escapar de mis cauces ortodoxos y volver a Matadero, ese lugar donde siempre pienso que me espera un igual, oculto entre los aullidos de reses desangradas de amor y de codicia.

"Cuando me ocurre abismarme así es porque no hay más lugar para mí en ninguna parte, ni siquiera en la muerte. La imagen del otro -a la que me adhería, de la que vivía- ya no existe; tan pronto es una catástrofe (fútil) la que parece alejarla para siempre, tan pronto es una felicidad excesiva la que me hace reencontrarla; de todas maneras, separado o disuelto, no soy acogido en ninguna parte: enfrente, ni yo, ni tú, ni muerte, nadie más a quien hablar".  (Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes).

Inmediatamente se lo hago saber a mi amigo el innombrable (el artista antes llamado Prince), con una admonición: "espero tus dardos envenenados". Sé que Prince me prefiere frívola y achanelada, por eso le hostigo con mis ataques súbitos de más allá. No me defrauda:

"Mejor apúntate a un taller de cómo salvar el amor moribundo. Mitigar la autoinculpacion calvinista del fracaso se consigue reorientando la noción de éxito. Asumir la muerte me parece fácil desde la presunta lejanía. Ya veremos cuando asome de verdad. Nunca descartar el suicidio como autogestión del curso vital".  (Olvidé decir que la propuesta del curso es "El amor y la muerte, cambiar de vida" . Lo leo y en la sucesión del planteamiento algo no  encaja. Una vez muerto ya no hay cambio posible. Permanezco abismada. Sucumbo)

También podría apuntarme a un gimnasio. Sí. Pero el olor a choto lo prefiero en sentido figurado. O en su defecto el de Minichuki ayer tras celebrar su 13 cumpleaños con cuarenta de los suyos (polvo, sudor y hierro). Un espectáculo de potrillos felices y cuerpos que no se hallan en sus costuras porque la adolescencia pide paso a gritos. Alegría en ese parque donde extendimos manteles de colores y puse -quizás por última vez- los nombres de los ¿niños? en cada vaso. "Madre de C., yo soy W pero escribe J,  que me da vergüenza" . Tienes un nombre muy distinguido, le dije. ¿De dónde eres? "De Honduras" (Y no sé por qué me acordé del grito de Trillo y me dio la risa. El pobre chico se azoró. Le di un beso)

El amor y la muerte, monsieur Barthes. Una propuesta ambiciosa para tres días. No sabía de usted desde que lo estudiamos en la universidad, aquel profesor tartaja encantador. A veces uno recibe por mail justo lo que necesita, y conviene obedecer el impulso del sí, quiero. "Menudo tostón de programa", dice M. sin parar de masticar un bombón de licor con papelillo rojo. "Sostengo que a veces te metes a cursos para perturbar tus sentidos". No lo descarto, pero no hay nada tan próximo a la muerte como el amor, ni nada tan eterno como un desamor mal curado. 

Irrational man. Woody Allen
Para desengrasar y no decepcionar a Prince, apunto otros propósitos de menor estatura y ambición: Ver la nueva película de Woody Allen el próximo finde, graduarme la vista y visitar al doctor Menguele. Llevar a mi adultescente a lo del Titanic, que le va a rechiflar. Cocinar algo nuevo, que ya toca. Regalarme una entrada para un concierto de cámara en el Auditorio Nacional. Mitigar mi autoinculpación calvinista del fracaso. Dormir una gran siesta, moribunda.

Irresistible Roland Barthes: "Para poder interrogar al destino es necesaria una pregunta alternativa (Me quiere / No me quiere), un objeto susceptible de una variación simple (Caerá / No caerá) y una fuerza exterior (divinidad, azar, viento) que marque uno de los polos de la variación. Planteo siempre la misma pregunta (¿seré amado?), y esta pregunta es alternativa: todo o nada; no concibe que las cosas maduren, que sean sustraídas a la oportunidad del deseo. No soy dialéctico. La dialéctica diría: la hoja no caerá, y después cae; pero entretanto habrás cambiado y no te plantearás ya la pregunta)




jueves, 24 de septiembre de 2015

FANTASÍA DE MUJER CON MIEDO Y BIODRAMINA



Tendría que haber vivido fuera. De nada me arrepiento más que de haberme quedado a esa edad en la que uno puede ir a una estación, a un aeropuerto, y sacarse un billete a cualquier parte. Con la sensación cierta de que los demás le mirarán como a un fugitivo. Con la prudencia al pedir un sadwich mixto y una Coca-Cola -nada más inocente- en la barra de un bar iluminado con esas luces mortecinas de estación que son de tanatorio.

Una estación pequeña, de provincias, es lo más aprecido a un cementerio. En verano los amigos paseábamos por el pueblín que nos acoge en verano y había una casa junto al tren: Se vende. Llamé para preguntar y la dueña desconfió de mí. Yo desconfié de una dueña que no quiere darte la información para venderte su propiedad, devaluada por el traqueteo del tren cinco veces al día, que no más. Una casa junto a la estación es el arranque perfecto para una película de terror o un musical petardo con muchas hermanas y hermanos bobos dando saltos. Un tren de madrugada es la desolación o un poster Pop art abandonado en un rincón de la cocina, restos de grasa en las esquinas.

Volví del último avión enredada en turbulencias. El miedo no se nota por fuera pero te consume por dentro. Siempre que viajo en avión sueño con un tren. Otros sueñan con una mujer que no es la suya. Yo nunca deseé otro nombre ni a otro hombre, sólo la tierra firme bajo el asiento y una casa pequeña con un patio. A este paso nunca conoceré Japón, ni la Tierra de Fuego. No podré ser una rock&roll star que surca el cielo borracha de gin con un entourage adulador y más falso que Judas. Un avión es más aventurero a nivel fantasía. El tren me vale para ser representante de una mercería, por ejemplo. O de pompas fúnebres sin un propósito concreto.

Yo quería una casa con un patio, me repito, y encontré una pegada a la estación, abandonada y con una dueña impertinente y esquiva. Mal principio. De pronto mi futuro lo imagino inmobiliario, tangible. Un lugar donde caerse muerto. Pero a donde se llegue andando, en tren  o en coche. Hoy el periódico digital entrevista a un tipo que asegura que es difícil que logremos el milagro del teletrasporte. Yo pagaría un brazo con su mano por poderme desplazar tan de repente, con sólo cerrar los ojos dentro de una cápsula de vidrio estéril. En su lugar tendré que imaginar, debajo de una higuera una tarde muy fresca con un plato de queso y una copa de vino.

De pronto hay cosas que sabes que no serán. Ni falta que te hacen.

Conozco quien me dice los muchos vuelos que toma al mes, a la semana. Presumir de estar volando, trasiego de aeropuertos, llegada con el cuerpo cortado y la camisa arrugada, me parece de tontos. Pero es cool. El síndrome tarjeta de embarque no es para los cobardes, como yo, que he hipotecado el estómago y parte del esófago y sólo quiero volar de la silla a la acera, vuelta y vuelta. Volar por volar es como hablar por hablar. Al último que hablaba todo el rato, un hombre entrañable (ese adjetivo) le solté el otro día: "Tú no soportas el silencio, ¿verdad?", y lo reconoció sin  apuro. Una casa con un patio y una higuera es el silencio, la soledad con patas y las horas muertas zumbando como moscas, pegajosas.

Me sientan a la mesa con quien debo conversar. Desconocidos con cargos importantes. Hablamos al final siempre de viajes, de países. Se repiten los lugares comunes, es una charla fácil, desgarbada. Me invitan a que vaya a visitarles (no a ellos, sus ciudades). No confieso lo mío con los vuelos, no sea que pasemos a la conversación etiquetada como "debilidades y fangos". Además, ya tengo mis billetes en la mesa, mi plano de París remachacado por líneas de colores y puntos que marqué en otras vidas. Me quedan dos semanas y me inquieta la vuelta al control de seguridad -quítese los zapatos- sacar los envases de mi vida cosmética al sol -bolsa de plástico- abrir otra vez la maleta porque el control aleatorio siempre me elige (últimamente compruebo que hago la maleta pensando en una revisión de mirada ajena. Todo más colocado, más prolijo. Ningún calcetín fuera de sitio ni colgante sin funda. Pastillas del mareo en todas partes. Pensarán que soy yonqui). Pensarán.

Una casa en un pueblo con estación de tren. Un patio y una sombra. Eso imagino. Aeropuertos luminosos, ejecutivos con maletas breves y precisas. Madres con niños meones. Padres que leen el Marca y chasquean la lengua contra los dientes. Respirar hondo. Tal vez nunca visite China, ni Australia. A menos que den a bordo anestesia general como menú. O me duerman con una mascarilla que sirve propofol. La turbulencia es la muerte. Qué bien que llega el tren por ese túnel.





miércoles, 23 de septiembre de 2015

LAS FRONTERAS ESTÁN PARA SALTÁRSELAS

Quise acostarme con Selva Almada pero volví a él, a su aliento liviano y familiar: "El don de la lectura (...) requiere, en primer lugar, un vasto legado intelectual -una gracia, debo llamarlo- en virtud del cual el hombre alcanza a entender que ni él tiene toda la razón, ni aquellos con los que no comulga están del todo equivocados".

Ayer pasé 24 horas invertebraba y farragosa, que diría Robert Louis. Vomitar cinco veces en césped ajeno no es baladí, sobre todo si se trata de un desconocido y tú eres una señorita muy enseñoritada. El tema de debate es Cataluña, válgame dios. El tono mitinero va subiendo peldaños hacia la agresión y la vulgaridad, y los líderes se quitan la corbata. Un hombre atractivo y perfumado de más que entraba a la velada y me encontró postrada en un banco segundos antes de la gran catarata, me preguntó: ¿Con corbata o sin corbata". Le dije "con" llevándome la mano al cuello, como quien se ahorca, y él me invitó a entrar. "No, estoy a dos segundos de echar la pota, debí contestar. Pero una voz de internado de señoritas musitó un "no me encuentro muy bien" cursi y desproporcionado, y él hombre se encogió de hombros: "qué pena, me hubiera gustado hablar ahí dentro".

Una pena, sí. Según se acercan las elecciones de la discordia -dentro, fuera, como Barrio Sésamo- más me pide el cuerpo un baño de ficción. En la larga sesión de ayer, 24 horas arreglando un estómago que tiembla como las hojas de hierba de Whitman, un hombre confiesa a su abogada que encadena litigios absurdos sólo por estar con ella. Además, en cada encuentro pone una de Bach, el colmo del refinamiento. Mientras, el ex marido convicto de ella le planta un anillo de compromiso al tiempo que la invita a pizza en el autobús electoral. Mucho menos romántico, convendréis, pero más efectivo dado que al primero se lo cargan al comenzar el capítulo y el otro ya es gobernador de Illinois al terminar.

No hay nada tan romántico ni tan contundente como Bach mientras bajas el volumen de la tele donde todos mienten con tal de llevarte al huerto. Ni nadie tan conmovedor como mi amigo R., que me cuenta en una larga charla cómo van sus asuntos de la víscera reina y luego sentencia, muy serio: "Si no estuviera en otra ciudad,  seríamos felices". En otro país, al paso que vamos, querido amigo.

Las fronteras son como los límites. Te definen frente al otro, impiden que salpiquen los fluidos, que se desate la furia del corazón. Quien te pone límites en realidad se está protegiendo, no se sabe si de ti o de sí mismo. El límite puede ser una amputación: me fastidio con tal de que tú no avances. Y puede ser un país o un hombre bueno. Soltarse la melena implica exponerse a que el pelo te ciegue la mirada. Pisar descalzo. Avanzar hacie tierra de nadie mientras llega un taxista, un salvador anónimo que cobra por rescatarte de la naúsea pero finge que te quiere: "No se preocupe si vomita, aquí tiene una bolsa y paramos donde diga".

Y anoche, ya serena y con agujetas en el estómago, volví a  mi amante Stevenson, complacida y atenta: "De las obras de arte, sin embargo, poco puede decirse. Su influencia es profunda y callada, como la influencia de la naturaleza: moldean por contacto, las bebemos como el agua, y mejoran no sabemos cómo". (Escribir. Ensayos sobre literatura. Páginas de espuma).

Lo contrario a un mitin político es una obra de arte, callada, silenciosa. Lo más lacerante de la soledad, ponerse malo en casa de un desconocido y vomitarle el césped muchas veces mientras llega ese buen samaritano y el tipo con corbata se mete decidido a debatir cuestiones de política sin entender que ni él tiene toda la razón, ni los demás están siempre equivocados.

Y respecto a los límites y las fronteras, está claro que sirven para poco. Siempre hay un desesperado que encuentra el punto vulnerable para traspasarla, con esa determinación formidable que da miedo y anuncia una oleada, un vómito caliente. Y luego un día entero para recomponerse.







domingo, 20 de septiembre de 2015

DE "REGRESIÓN" Y LOS CRITICONES

Emma Watson&Amenábar
Contristas: dícese de las personas que actúan y opinan siempre a la contra, que se excitan con denostar lo que otros hacen y lamentan en su interior no poder argumentar cuando algo les gusta, porque están programados para disparar, aunque disparen cual monos con metralleta.

No lo busquéis en el diccionario porque me lo acabo de inventar. Compruebo que mi intolerancia al contrista crece con los años, igual que con el criticón. No es que yo no sea dura a la contra ni en la crítica -que lo soy- es que me parece que si uno va a destrozar el castillo de arena de otro debería argumentar con firmeza de juicio y un mínimo criterio y no con un exabrupto.

Fui al estreno en el Festival de San Sebastián de "Regression", la última de Alejandro Amenábar, y pasé mucho miedo. Una mala peli de miedo suele darme risa, pero en esta tuve que agarrarme varias veces del brazo de mi compañero de la izquierda -por suerte lo conocía- y varias veces me tapé los ojos como una niña para evitar que el corazón se me saliera por la boca. En cuanto se apagaron las luces empecé a escuchar a mi alrededor a los del choloanálisis: "Menuda mierda de película, no tengo palabras".

Cuando quise indagar, aún con temblores en las piernas, por qué era  tan mala no encontré respuesta convincente sino más exclamaciones negativas. Como no soy crítica de cine, pero tampoco sospechosa de defender el cine español por ser el nuestro, me quedé callada un rato para pensar y luego dije que a mí me había gustado, que está excelentemente rodada, que construye una atmósfera impecable donde se masca la tensión, que los actores están formidables -sobre todo Ethan Hawke- y que los sustos no me parecieron previsibles (a excepción del gato de ojos rojos que no vi porque cerré los míos) como los clásicos del terror blockbuster que ven mis hijas para gritar a sus anchas con coartada.

Es verdad, admití, que el final se le va de los manos, se hace demasido explícito, poco elaborado en su moraleja. Puede ser. Pero creo que Amenábar hace lo que otros ya querrían, que juega en otra liga (y sí, juega con mucho más presupuesto que otros, pero hacer buen cine no sólo se hace con dinero). Y puede que la peli sea tan mala como hoy escriben algunos con más criterio que los que sólo farfullaban en el patio de butacas, pero yo creo que no es fácil armar una historia diabólica como ésta y conseguir sobrecogerte tanto tiempo, y secuestrarte en esa atmósfera de carreteras en neblina y esas casas, esa iglesia  y esa comisaría donde cada textura, la iluminación y los tonos te están contando una historia.

No sé si, como decían los contristas, Regression es "una tomadura de pelo, una mierda". Sí sé que todo contrista debería estudiar un poco e ilustrar con ejemplos sus opiniones. No me vale el ladrido, ya lo siento. Tampoco la crítica sin andamiajes, aunque sean de andar por casa. Yo misma puedo ser demoledora cuando opino acerca de un mal libro, o de una mala película, y a partir de ahora voy a tratar de suavizarme y armarme de argumentos para no caer en el contrismo, esa posesión diabólica que te hace hablar lenguas extrañas con insultos y salivazos al trabajo ajeno.

Por la noche, en la fiesta a la que nos llevó Jaeger Le Coultre, me acerqué a saludar a Alejandro Amenábar. Su figura breve, sus gestos tímidos y esa amabilidad cortés con sonrisa lateral que no se imposta ni da pábulo a los pelotas. "He pasado mucho miedo", le dije. "Gracias, de eso se trataba. He hecho la película que quería hacer".

No creo que haya tantas oportunidades de pronunciar esta frase sin cámaras ni grabadoras, fuera del promotono obligado en estos casos.

El diablo está en nuestro interior, tienes razón, Alejandro. También lo dice el Papa Francisco, mira tú. Y luego están esos diablillos mediocres que tratan de dar por saco en lugar de leer y reflexionar en sus infiermos.





jueves, 17 de septiembre de 2015

A MI TAMBIÉN ME ENGORDA RESPIRAR (10 formas de engañar en un chequeo médico)

"Salgo del chequeo médico. Este año no he hecho trampas y me dicen -o eso creo- que tengo pérdida severa auditiva. Pregunto que si del izquierdo y no entiendo la respuesta. No insisto por timidez. Por favor, aprovechad este año para decirme todo lo que queraís que sepa antes de que tengamos que tirar de pizarras individuales. También me he dejado un centímetro de estatura por el camino...Una joya esto de los cuarenta..." Fdo: Uno de mis hermanos.

En mi familia damos así las grandes noticias, al detalle y con humor desenfadado. También solemos hacer trampas en el médico -ya lo conté- cada uno en su especialidad/debilidad. Yo cuando me preguntan cuánto duermo sumo una hora a la realidad, y también soy generosa al glosar  con qué frecuencia hago deporte y cuánta fruta y verdura hay en mi dieta (prácticamente un huerto. Los cocidos y paellas llevan puerro, repollo, zanahoria y pimiento, así que cuentan como plato verde). En el capítulo alcohol, tiendo a olvidar una o dos cervezas de mi cupo semanal. Y lo mismo respecto a tartas y pasteles, "amnesia edulcorante" la llaman.

Confesaré además que meto tripa en la báscula y contengo el aire porque, como a mi amiga B, a mí también me engorda la respiración, y cuanto me miden -ese momento humillante de enfrentarte a misteriosas contracciones del esqueleto- estiro el cuello como si fuera Rose, la del Titanic, buscando una tabla entre las aguas heladas para salvar el tipo.

Hace un rato que no acierto a enhebrar agujas sin gafas (presbicia es una palabrota, no la diré en este foro por si hay niños) y el otro día hice un recorrido absurdo en el metro porque no leía bien la letra diminuta de esos planos hechos por un diseñador perverso y menor de 30 años.

 Si salgo una noche a lo loco -la una de la mañana es ya locura- tardo 24 horas en recuperar mis constantes vitales.  A las 22.00 me convierto en un boxeador noqueado y me tiro a la cama con urgencia y avidez.

Pero sigo sintiendo que que soy eterna cada madrugada cuando me arrastro hasta aquí. Y nunca estoy de vuelta demasiado. Y sigo confiando y sigo equivocándome al interpretar señales, estrellas que no son sino aviones low cost surcando el cielo. Y me apunto a todo lo que excita mi curiosidad, y no releo demasiado ni me sumo a conversaciones sobre lo que fue ni lo que fuimos en esos días de vino y rosas.

Yo el vino y las rosas los prefiero del día. Frescos, eufóricos o desconsolados. El pasado es para lo cobardes. Como diría mi querido hermano medio sordo: "¿Qué somos? ¿hombres o ratones?".

Le diría que los cuarenta tienen muchas ventajas y algún pequeño daño colateral (no me acostumbro a que me llamen señora, no me siento señora, por ejemplo). Le dije por wasap que tiene el cerebro de un chaval, de un chaval muy listo e ingenioso, y me envió un emoticón de gratitud. Somos hombres y mujeres, no ratones. Con gafas, con algo menos de agudeza visual, pero con la cabeza tersa y las ganas intactas. Así que gaudeamos ígitur y pasemos la ITV cogiendo carrerilla. Pararse en los pequeños detalles biológicos es una vulgaridad que no está a la altura de tu grandeza ni de tu estatura levementemenguada, querido y enorme brother.

Y respecto a tu sordera, como diría papá: "Para lo que hay que oír..."




martes, 15 de septiembre de 2015

LEE Y BORRA (CITA CON ARIANA HARWICZ)

"Lee y borra", me dijo M. tras confiarme su secreto en cuatro líneas, y lo hice al instante.

Podría contar mi existencia reciente por los "lee y borra" que ejecuto, obediente, por los (escasos) "lee" que no borro, por los borrados que no leí y por los que no escribo y se me quedan yermos en la punta de los dedos, contenidos, enquistados de pus o sangre roja, para encharcar a algún ciclista bobo en la corbata y después ordenar, la pura costra: "lee y borra"(pedalea y calla). O "por favor no leas y me borro". O "bórrame una vez más, que ya lo hiciste". O: lee, ¿qué haces que no lees en lugar de tocarte la barbilla y burlar esos charcos invisibles de la city como una rayuela vengativa llamada carril bici y mal pintada?.

Uno es escritor y a veces escribe. Otras sólo mira y siente como lo haría un escritor, pero no arranca una palabra, el folio en blanco. Y luego están los muchos que rellenan el blanco sin nada que contar, y los publican. Quien escribe espoleado por el hambre lee y se borra, fantasmal y huérfano de textos formidables que no llegan. Y es siempre solitario aunque su agenda escupa sobredosis de citas y paréntesis: dress code, literary chic sin estridencias (por ejemplo).

Ayer mi agenda me llevó a cerrar un círculo gozoso. Ya había escrito hace dos años un post tras la lectura apasionada de un libro titulado "Matate, amor" de Ariana Harwicz, brillante escritora argentina que en 2012 no conocía ni siquiera de oídas. Lo titulé "Un marido es un hombre que te da besos sin lengua" y se convirtió además en un capítulo de  "La vida en cinco minutos" (productplacement, sí) que acaba con una interpelación directa a la autora: "Un marido es un hombre que te da besos sin lengua, Ariana. Hablemos de eso cuando vos quieras. La peor crueldad es siempre refinada como crema brulée". El viernes pasado recibí un mail de su editora, también desconocida para mí, invitándome a la presentación de la nueva obra de Ariana "La débil mental" (Editorial Mardulce).  Y fue un chispazo. Lamentablemente, me excusé, tengo una cena y no podré ir, pero podríamos vernos en otro momento, en otro lugar. (Lee y no borres).Y así fue.

Hablamos de escritura y de países, de la maternidad mal entendida, de la tortura de un caballo que espanta moscas con las pestañas, de pasarse las horas sin escribir una palabra pero dejando que se te apodere una historia, y te engorde las piernas y los brazos. Le confesé mi escasa mitomanía. No, no suelo quedar con escritores como una fan fatale.  Conozco a algunos que hubiera preferido no conocer, otros me despiertan curiosidad pero no persigo su firma en la primera página ni hacernos una foto y colgarla en Instagran. Pero hay un fulgor brutal, incandescente, cuando puedes hablar de creación sientiéndote entendida sin sentirte petarda ni ampulosa, sin citar a los clásicos, sin dejarte envolver por los modismos intelectuales o el dropping name de turno para exhibir tus plumas.

Ariena Harwicz
Uno escribe porque no le queda otra, estamos de acuerdo Ariana. No es una elección, es un destino. La bombona de oxígeno para no asfixiarse, el cauce para administrar el desencanto, el exceso de yang que te envenena el hígado. La posibilidad de enterrar el pudor de cuando hablas. La cobardía que encuentra una salida al heroísmo discreto. Esa llama del hallazgo de que los dedos cuenten lo que tú no sabías que pensabas.  El striptease sin ver a un Mickey Rourke poniéndose cachondo con la rubia. You can leave your hat on. Yes, you can.

Me he dejado el sombrero, ya podemos seguir con las lecturas. Me espera Ariana en la mesilla, espero que esta noche. Lee y no borres. Un placer conocerte, simpatía inmediata. Si en lugar de escritora hubieras sido peluquera o maestra de pueblo te habría pedido un autógrafo, una firma en la servilleta del café, o una argentinada hecha palabra y ubicada en París, o en ese campo...











lunes, 14 de septiembre de 2015

MIENTRAS SEAMOS JÓVENES (CRISIS DE LOS CUARENTA)

Ayer tres amigas sólida y confortablemente instaladas en los cuarenta fuimos a ver una película sobre coetáneos a esa hora maldita en la que el cuerpo pide siesta -sesión de las cuatro-. Antes habíamos ido a Arquibar a tomar un brunch -fórmula alimenticia moderna con la que pasas hambre por la mañana y vuelves a pasar hambre a media tarde-. Madrid coqueteaba descarada con el Otoño y nosotras vadeábamos felices un Parque del Oeste donde cuando éramos más jóvenes menudeaban las parejas dándose el lote a cualquier hora (lectiva) con los camellos, los runners y los exhibicionistas. O eso nos decían, porque nosotras siempre íbamos en grupo de seis y éramos mujeres castas sin mérito probado; tanto que alguna esperó más de veinte años para besarse a tope en esa cuesta de Debod a la caída de un sol majestuoso.

"Mientras seamos jóvenes", de Noah Baumbach, habla de nosotros. De esa desazón de cuando tu entorno empieza a tener hijos y pasan de ser amigos a ser un padre y una madre entregados al arte de cultivar la prole meona como una misión única y definitiva. De ese sobresalto de darte cuenta de que tu pareja consolidada tiene más grietas que un edificio de Calatrava. De esa frustración porque has llegado hasta aquí y profesionalmente no has culminado un solo ochomil.  De cómo nos refugiamos en "los nuestros" para no contaminarnos de la envidia hacia "los otros". De muchas cosas más que entendí a pesar de que conté dos cabezadas porque para mí "domingo" y "siesta" son un binomio radical e inseparable. 

Dos parejas, una de cuarentones consolidados, productora y director de documentales tediosos-Naomi Watts y Ben Stiller- y otra de veinteañeros hipster -Amanda Seyfred y Adan Driver- se conocen por azar inducido y inician una amistad desde la fascinación de los primeros por la frescura y desparpajo vital y creativo de los segundos. Un ¡matrimonio! libre y enamorado, bello y perfecto en apariencia que representa lo que ellos han perdido, lo que no fueron nunca y no serán jamás. Seres libres que bailan hiphop arrebatado, montan en bici por la ciudad, acuden a sesiones de ayahuasca para vomitar a gusto bajo la dirección de un gurú hierbas y motero y conviven con un gallo y una chica en bragas. 

Arquibar
Que van con la cámara a todas partes robando la vida ajena. Espontáneos. "Auténticos" en apariencia.  Dos guays frente a dos seres sin glamour vital. Dos modernícolas que no pagan la cuenta en el restaurante frente a dos adultos con algunas cuentas pendientes con la vida. Un juego de espejos que el director explota magustralmente pese a que no diría que es una película redonda. A mí Ben Stiller me parece un actor poseído por su histrión de comedia que aquí se contiene hasta el infinito, pero notas que se contiene, y respecto a Naomi Watts, perfecta diosa con deliciosas y apenas perceptibles patas de gallo, te quedas con las ganas de que su personaje estalle y reverbere. Y las potas de la sesión con el gurú son demasiadas para una dama tan sensible a la naúsea como yo.  

Pero eso no enturbia el mensaje de la película. Y lo que me removió tiene que ver con el cuarto personaje. El joven con sombrerito que se aprovecha del otro y le hace exhibiciones de sus plumas. El talentoso sin aparente interés por entrar en el maistream adulto que oculta una carta bajo su manga con chaqueta de tercera mano. El posturitas al que desde los primeros planos sentí ganas de abofetear. Y entonces me di cuenta.

Soy una mujer madura que se irrita ante los pecados de juventud como si no hubiera pecado. Asisto al desarrollo de la cultura hipster con el machete preparado para el degüello cuando huelo la trampa. Me cuesta empatizar con esa religión del postureo cuando seguramente yo tuve mis escarceos culturetas y pequé de pensamiento, palabra, obra y omisión. Me duele la impostura porque la veo de lejos, pero de esa adolescencia eterna que es hoy la juventud no tienen la culpa sus usuarios, sino todos nosotros. Si es que hay culpa.  
Templo de Debod. Madrid


Todas las edades encierran una trampa. Los cuarentones tenemos la ventaja de que conocemos sus resortes. Y a veces los miramos y otras veces nos hacemos los locos con coartada. Y seguimos viviendo como si no supiéramos de qué va la película.  Y la película va de criaturas con cicatrices que aprenden (o no) a mostrarlas sin pudor y sin orgullo. Y de que las modas no son más que modas aunque las vistan de eso inconsistente que llamamos cultura y que no es más que una manera de defenderse frente a la masa y hacer caja. De encarar a los adultos. Los mayores de cuarenta. Para no entrar en ese pantano tenebroso que es crecer. 

Y que los bares cool están llenos de hermosos Peter Panes y grotescos Peter Panes. Y que Nunca Jamás no existe, pero el Parque del Oeste en un atardecer con ese templo egipcio que no pega en Madrid se parece mucho al paraíso, si vas con tus amigas de los veinte, de los treinta, de los cuarenta... y te ríes a gusto y sin consuelo.











sábado, 12 de septiembre de 2015

LEER O NO LEER UN MAIL QUE RECIBES POR ERROR

Recibo un mail. Y enseguida otro, del mismo remitente: "Querida V. te acabo de enviar un correo por error. Se autodestruirá en cinco segundos. Cinco, cuatro, tres, dos, uno....Boom!".

Y, lamentablemente para él, varón de mediana edad y pluma virtuosa, no explota la bomba porque los informáticos aún no han inventado un sistema de destrucción de palabras por psiquismo o por desesperación.

Lo primero que hace uno cuando le dicen "no leas" es leer. Igual que cuando te dicen "no mires" o "no toques". Hay en la prohibición un atractivo irresistible que conecta con nuestro yo infantil y adolescente.

Así que leí.

El mensaje era un reproche tibio en las formas y contundente en el fondo. Un golpe certero dirigido contra alguien que no había hecho bien su trabajo. Con un componente de ego herido y de evidente intolerancia al ninguneo.

Ese mismo día recibí otro mail que tampoco era para mí, de contenido aséptico. Y enseguida el segundo: "Qué pena, este correo no era para ti. Un saludo".

Qué pena, sí.

La voyeur que albergo se excita con las palabras que van dirigidas a otro. Ser destinataria vicaria de intenciones ajenas me pone a cien. Quisiera que el mundo entero se confabulara para confundirse al dar a la tecla de enviar. Habría flechazos súbitos, rupturas tumultuosas, cambios en la consideración del otro, upgrades y batacazos. Decepciones y hallazgos luminosos.
Tecla peligrosa


El mail lo carga el diablo, que se desternilla  desde el cuarto anillo del infierno de la torpeza humana. Yo misma he enviado por error algunos mails y he experimentado ese vértigo de la vergüenza ante las consecuencias de mi desliz: "Esta tía es una iletrada. Cuatro faltas de ortografía en doce líneas. Creo que el último libro que leyó fue "Pocoyó".  El mail era colectivo y el destino burlón quiso que la iletrada estuviera entre los destinatarios. A mí se me heló la sangre y conté los segundos hasta el inevitable castigo.

Pero no. Se hizo el silencio y, como es bien sabido, el silencio es mucho peor que una respuesta feroz porque dispara la imaginación y ralentiza la tortura.

Luego están esos mails que uno se arrepiente de haber escrito y enviado, porque se utilizan como pruebas de un delito póstumo. Uno escribe en un estado concreto y en el arrebato de un sentimiento puro que puede contaminarse con el paso de los días y los acontecimientos. Creo que las palabras escritas deberían tener caducidad. Es decir, que a medida que el remitente experimentara cambios en su corazón -sistólicos o diastólicos- las letras fueran diluyéndose hasta su desaparición como la tinta de esas cartas viejas de papel que todos hemos guardado en un cajón con cinta roja a merced de los ácaros. Intentar aferrarse al pasado en la lectura es como invocar a la abuela con la buija o comerse un pescado que lleva demasiadas horas en la nevera. Mi hija y yo lo hicimos la otra noche y nos empezó a picar la boca, las comisuras y el velo de la garganta. Un atarax a tiempo fue nuestra salvación.

Superada la leve intoxicación alimentaria, propongo establecer el Día Mundial del Mail Equivocado. Que como ejercicio lúdico todos lancemos un correo electrónico como botella al mar. Confundamos el destinatario, dejemos que el destino nos regale un juicio irrevocable o una flor por respuesta.  Destruyamos aquello que nos duele, aquello que fue cierto y ya no es. Permitamos que el recuerdo no se aferre a las letras, sino a las evocaciones, esa pátina que cambia de textura y sabor según vamos creciendo. No somos contradictorios por traicionar un escrito. Somos esa erosión inevitable que el tiempo provoca en nuestra piel, en nuestras palabras. Y no hay nada tan cierto, lo lea quien lo lea.

PD. Introduzco la consulta "cómo recuperar un mail que enviaste por error" y obtengo la respuesta Dispongo de cinco segundos, me dicen. Cuatro, tres, dos, uno...¡BOOOOOOOM!
PD. ¿Y cuando vemos que alguien nos está escribiendo un wasap y se arrepiente y no lo envía? Este asunto da para otro post...


jueves, 10 de septiembre de 2015

SI TE DUELE EL BRAZO IZQUIERDO ¿ES INFARTO O GASES?

-Un día deberías escribir una historia, pero una historia de verdad.
-Ah, de verdad...
-Sí, una donde pasen cosas, donde haya personajes que se pierden y se levantan en otra ciudad. Que mienten, se toman un pisco los viernes por la noche y abandonan a su tortuga en una palangana que flota por un río...
-¿Cómo Moisés?
-Sí, bíblico. Pero bíblico festivo. Sin mariconadas de milagros ni nada de eso.
-¿Y si me roban la idea?. Hay mucho ladrón ahí fuera que se apropia de lo tuyo.
-Tú estarías apropiándote de un libro sagrado. No lo olvides. Y eso penaliza doble. Aquí y en la vida eterna.
-Mi eternidad llega hasta que me engulle el embozo de mi cama. Cuando le acuesto siempre me despido de mí misma, por si mañana he muerto.
-Sabia decisión. Yo me bebo un vaso de agua con un orfidal, que viene a ser lo mismo.
-El sueño inducido no es muerte natural, es conato de suicidio.
-Un pecado químico, lo entiendo. Pero es excitante pecar con una probeta de laboratorio.
-Humm...suena prometedor. Escribe al Vaticano.
-Mi personaje principal se acuesta con una fórmula secreta cada noche doblada muchas veces. Y se la mete debajo de la lengua, como esas pastillas contra el infarto.
-A menudo pienso que me está dando un ataque al corazón. Me duele el brazo izquierdo, pero ya no lo digo porque siempre hay un experto en nada que asegura: "Son gases". No hay nada menos glamouroso que los gases. 
-Estoy seguro de que más de uno ha muerto convencido de que lo mató la flatulencia y en realidad era un ictus. Yo, puestos a morir, prefiero que sea de un diagnóstico cool, un intelectodiagnóstico, y no una observación popular de mierda.
-Mi personaje va a tener dolor de brazo izquierdo permanente, ya lo he decidido.
-¿Del izquierdo o del  derecho? Piénsalo despacio, no te precipites.
-No sé. Quizás plantee un dolor alternativo, despistante y simétrico. Que le obligue a caminar por una acera o por otra, comer o no comer si no se apaña con la izquierda, negarse a sacar a la chica a bailar en la verbena pretextando que no podrá estrechar su talle.
-Un dolor leve de impensables consecuencias. Un flirteo que no será.  Sobre todo si el tipo se explica: "No bailo por lo mío con los gases".
-Disuasorio, ¿verdad? Hay palabras que te provocan naúseas. Por ejemplo "hormona".
-Hormona es asquerosa, huele a sala de despiece sin ventilación. Mi historia estará desprovista de hormonas, lo prometo.
-¿Y de descripciones eternas como una novela del XIX?
-Y de rotondas.
-¿Has pensado que haya una fuga? Me interesan mucho las fugas.
-Una fuga sin persecutor. Un personaje solo que cree que todos le buscan. Que sufre dolor de brazo y que se lo trata con orfidal. Que por las noches hace testamento por si ya no despierta. Y dona sus enseres a gente que no existe. Y se caga en dios dentro de una probeta. Y conoce  a una chica en una verbena.
-¿Un fantasma con talle?
-Un talle con brazos muy largos y huesudos. Un pedazo de talle sin caderas.
-No me convence tu historia si tienes que saltar a lo anatómico-paranormal. Es de mediocres.
-Detesto el realismo mágico y los hombres sin brazos.
-Detesta tu historia y dame otra.



miércoles, 9 de septiembre de 2015

LA MUJER QUE CONFUNDIÓ SU SOMBRERO CON UN SOMBRERO (Homenaje a Oliver Sacks)

Y entonces, sin habérmelo propuesto,  vuelvo a Oliver Sacks. Y sólo tengo un libro suyo en mi pomposo Taj Mahal: "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero". Y no recuerdo habérmelo comprado -ni al sombrero, ni al hombre ni, desde luego, el libro (Anagrama), pero sí la confusión en incontables plazos-  Pero alguien que soñaba con ser berilio, cesio o francio cada cumpleaños, siguiendo el estricto orden de la tabla periódica, bien merece un tiento póstumo. Y compruebo mis subrayados, esas huellas del crimen que dejamos a merced de los días y los siglos. Y ahí están, machacados de lápiz antracita: Los estados "hiper".

De eso se trataba:

"El desarrollo puede convertirse en hiperdesarrollo, la vida en hipervida. Todos los estados "hiper" pueden convertirse en monstruosos, en aberraciones perversas (...) Bienestar peligroso, brillantez mórbida, una euforia engañosa con abismos detrás, ésta es la trampa con la que el exceso promete y amenaza".

¿Hay que sospechar de los hiperestados, querido Oliver? La hiperfelicidad, la hiperestesia, la hiperatracción erótica, la hipercreatividad, el hiperjuicio. Siempre me ha parecido que detrás de frases como "estoy tranquilo" había una brizna de resignación con o sin amargura. Pero siempre he ansiado ese estado de serenidad donde nada parece depender de las contingencias ajenas. Una pareja añeja y "tranquila" roza el incesto. Pero una excitada por los primeros calores del cortejo es en sí misma un espejismo de muerte que caduca. Un fabuloso espejismo. Canto del cisne. Fuegos artificiales que dejarán en el aire ese reconocible tufillo a chamusquina.

(Donde esté la calma chicha, el aire quieto, parado, dirás tú. La rutina. Todo muy previsible. Tranquilo y previsible. Qué gozo, qué tortura).

La tranquilidad, me parece,  está sobrevalorada, pero es perfecta para no hacerse demasiadas preguntas. Tiene ese componente anestésico y hasta melasudista. En mis estados de mayor calma no me arranco a escribir, me vuelvo más contemplativa, asumo y me asumo. Me ducho con morosidad bien calculada, encuentro mis zapatos, distribuyo a conciencia la crema por mi cara. Tomo las vitaminas. Llamo al 010 y pregunto por mis multas. Congelo la comida. O descongelo a tiempo, no con el microondas. Soy como un caballo de carreras en su box, paciendo y con las crines bien peinadas, brillantes. No relincho.

(Tengo, ahora que caigo,  dos sombreros  colgados en mi cuarto. Pero nunca salí a la calle tocada con alguno. Representan a una mujer probable, que no soy ni seré. No puedo confundirme con ella, ni fingirla. No quisiera. Estoy tranquila, biendormida y con un pijama limpio que huele a suavizante. Bienestar. No hipereuforia. Tranquila, diría que escribo más despacio. Que demando menos. Que preveo más. Leo las instrucciones. Diría que me veo venir por el pasillo, removiendo el café con la cuchara sin esperar sorpresas, sobresaltos, avatares inciertos que asomen de una puerta, segunda a la derecha.
Orden en Taj Mahal


Pero¡ oh la excitación, el nervio, el impulso inflamado! Elemento de azufre de la tabla. Qué hacemos con el pálpito, y con el hiperpálpito, difunto Oliver Sacks? Te has ido sin todas las respuestas, no has hecho los deberes. El artista no crea sin un trance de exceso. Un trance pequeñito, cuanto menos. (¿Lo contrario al exceso son las desconexiones. Ser un cable suelto a pocos metros del enchufe, ansioso de Viagra?).

Hiperquinesia, hiperbulia, hiperdinámica. Enumeras. Impulso, voluntad, dinamismo, energía.

Para la compañía y la amistad, hipertranquilos sin hipo. Para el amor, un punto de arrebato, qué menos que un ratito. Y estoy mezclando todo, ya lo asumo. Pero no quiero un despliegue rutinario de pulsaciones que no pasen de 70. El Tour en la llanura. Un puerto de montaña, eso quisiera, cada ochenta kilómetros. Si no fuera porque me mareo en cada curva. Un hipertrance, y luego la megasiesta de sofá. Un coma etílico con dos o tres cervezas sin alcohol. Antitética perdida, así me veo. Con una biblioteca en puro caos que ordeno y desordeno. Llena de autores locos, de mucho atormentado que le dio por las letras como podía haberle dado por el crimen en serie o por el petit point. Con mucho solitario que me busca y me rechaza si me acerco demasiado. La media distancia es tranquila, ¿verdad, mi sabio Sacks?

Un pedazo de hiperestado que no duela. Que agite pero no te lastime en la caída. Un yin con yang alternativos. Un martes de domingo y un sábado sin fiesta. La baraja completa, los anillos al dedo. Un grito cherokee en el túnel de lavado de mi coche. Y la literatura mezclada con las cifras. Mentes de ciencias. Ese equilibrio incierto que no pide ansiolíticos pero te quita el sueño. Y miras tus sombreros. Y es de día.

Aberraciones perversas, bienestar peligroso... Desorden calculado. Cierto caos.








martes, 8 de septiembre de 2015

LIMPIAR LA MESA, ENSUCIAR LA SILLA (DAR CERA, PULIR CERA)

Sostiene I. que hay dos tipos de limpieza: "La gótica-barroca y la zen". La primera consiste en hacer a fondo una habitación y esparcir la mugre -trastos, enseres, polvo- por las demás. La zen no la especifica, sepultado por la sordina de nuestras carcajadas, pero imagino que es aquella que te planteas con la mente, concentrado, la visualizas y no la ejecutas porque el orden ya se ha instalado en tu cabeza y qué necesidad hay de deslomarse. O puede que se trate de higiene tántrica. Muy lenta, concentrada como la cena de un astronauta, exasperante.

Advierto de que he dormido poco. Admití en mi cama a una preadolescente inquieta y me ha sacado de la muerte que es el sueño profundo al grito de: "jopé, mamá, que soy tu hija y estoy teniendo una pesadilla", mientras me zarandeaba sin compasión. Claramente uno no puede puede acostarse con cualquiera. Después de pasarme el fantasma de su sueño tóxico y barroco -más bien churrigueresco- se ha quedado frita y repantinganda y yo he hecho crucigramas mentales como quien teje ganchillo sin lana. A su manera, mi hija es una de esas personas que conocen lo que hay que hacer, te informan minuciosamente para que lo hagas tú y luego especifican las razones por las que ellos no pueden.

Yo soy una tragamarrones olímpica, pero me he espabilado con los años y la observación atenta, vietnamita. Detectando a mi alrededor a quienes no se mueven de su sitio por mucho que les zumben las moscas a su alrededor, a ver si otro se arranca. La firmeza rocosa es un valor, y debería estar a la altura de la integridad o de la prosodia. También de la pasión, y así lo han entendido en el colegio de mi hija, donde un mural gigantesco grita: "Las personas con pasión hacen obras grandes". Sólo por eso me gusta pasar cada mañana por delante de ese patio, porque mientras pega patadas al balón Minichuki absorbe una gran verdad y contrarresta los libros donde el dogma ningunea al arrebato.

Lo contrario a la pasión es el laconismo, la apatía, la contención, la frialdad, la impavidez. El sí es no es. Ayer, tres mujeres maduras, solventes por defecto, hablábamos de un hombre a quien no conozco: "Yo creo que no está interesado por mí, lo mismo tiene novia", decía una. Y la segunda, "Yo creo que igual sí, no se comportaba como si tuviera novia... Pero tampoco como si buscara una novia". La ambigüedad dota al ambiguo de irresistible misterio. Un ambiguo es a menudo aspiracional, hasta que se escora hacia su perfil menos sexy. El de te caliento pero no te quemo, princesita. El me exhibo pero corro la cortina en pleno striptease.

Hoy, mi mantra y mi destino será limpiar la mesa y ensuciar la silla. Vaciar el cajón de los "quizás". Sumar siete kilómetros a mi app más excitante. Decir no al queso, ese gastroamor tal fiel y peligroso. Sellar los accesos a mi cama, por tierra, mar y aire. Entregar a Georg P. Telemann mi cuerpo y mi destino. Morir antes de que suenen las doce campanadas en brazos de Morfeo, esa pasión inmensa que nunca se marchita. Y acoge a las mujeres que se enredan en dudas sin piernas y sin brazos. Barrocas de espíritu, zen de oportunidad y de delirio.





sábado, 5 de septiembre de 2015

EL VIDEO DE ALI&ANDREW (The And, o lo que no te atreviste a preguntar a tu ex)

Andrew&Ali, The And
-¿Por qué me engañaste?
-No sé... Quería conocer otras opciones... No tengo las respuestas.

En el video, Ali y Andrew, una pareja de treintañeros, se enfrenta a su pasado.  Él con una gorra absurda y cara de culpa retroactiva. Ella con shorts y una mirada conmovedora. Entre ambos, como cortando el aire, las preguntas que no se hicieron cuando eran pareja. Los motivos de la ruptura. Qué es y qué no es tener sexo con otro. Por qué se miente cuando se quiere salvar momentáneamente el pellejo. Qué se echa de menos cuando se rompe ("comer palomitas juntos en el cine"). Y sí, también se enfrentan a las relaciones que vinieron después. A los deseos nunca pronunciados. Aparentemente, la cruda sinceridad.

-Yo no hubiera sido la misma persona de no haber tenido la relación que tuvimos. Porque nos queríamos. Yo quería casarme contigo y no creo que vuelva a querer hacerlo con nadie (Ali)
-Tú siempre me dabas otra oportunidad...Creo que fue todo culpa mía. (Andrew)

Un escenario sobrio, una mesa baja que parece un banco como separación, débil frontera.  Una pareja que se mira a los ojos por primera vez en mucho tiempo. Y hay tensión, incomodidad, hay lágrimas en dos momentos dramáticos, y hay risas también. Hay verdad. O eso parece. Todo sucede sin sobreactuación, como ajenos a la cámara y a que esa conversación pendiente entre  ambos van a verla seis millones de internautas en cuatro días y va a terminar en el festival de Sundance.  En un  documental prometedor titulado  "The And". 30 parejas y 412 preguntas. Sin sordidez, sin que el acceso a la intimidad resulte obsceno.

-¿Por qué quisiste que fuéramos amigos después de romper?
-Porque realmente te echaba de menos.

Y hay mucho más. ¿Cuándo fue la última vez que te decepcioné? ¿Qué sentiste la primera vez que me viste?  Confieso que no he podido dejar de ver el video sin hacerme yo misma esas preguntas. Justo lo que se propone este trabajo que viene a contar que a veces las respuestas necesitan su tiempo. La pátina del perdón. La perspectiva de unos cuantos kilómetros de vida separados. Que el olvido total es improbable. Que toda relación deja una huella que vuelve a supurar, aunque sea pequeña, incluso diminuta. Que nunca nos decimos todo lo que pensamos, aunque pensamos que sí nos lo dijimos. Que una pareja es un contenedor de silencios. De malos entendidos. De cobardías mutuas. De preguntas por hacer que no se hacen por miedo a las respuestas. De mentiras que parecen verdades. De verdades bañadas en formol.


No sé cuánta espontaneidad cabe en un guión escrito. No sé si son actores y he sido engañada. Sé que si fuera directora de cine me habría encantado rodar este proyecto. Que puedo imaginarlo llevado a otras parejas: padres e hijos, jefes y subordinados, curas y beatas. "Asuntos pendientes", podría titularse si no fuera porque "The and" es tan perfecto. Los puntos suspensivos que quedan al tirarse al vacío. Que a veces rellenamos a solas. Al trote por el parque. En una conversación con una amiga.

"Yo he aprendido que no sabemos nunca lo que tiene el otro en su cabeza", me decía mi amiga M. el otro día. Y tiene toda la razón. Y puede que esas elipsis entre dos merezcan un respeto, y toda la distancia hasta que al fin suceda que uno se siente frente al otro y pregunte, y encuentre la respuesta necesaria. O que a veces sea mejor echar un saco de hormigón, dejarlo que se seque, y a otra cosa...

-Has pensado alguna vez en volver a estar juntos? (Andrew)
-¿He pensado alguna vez en volver a estar juntos? (Ali)

 

viernes, 4 de septiembre de 2015

¿CONDUCTA O CIRCUNSTANCIA? (EL HOMBRE QUE SE BAÑÓ ANOCHE EN EL RETIRO)

Ganjes
Ayer vi a un hombre nadar en el estanque del Retiro: Hoy dudaría de esa imagen fantasmagórica de no ser porque iba doblemente acompañada. El hombre tenía una larga melena blanca y caminaba perezoso como un eremita falto de proteína animal, de carne roja. Más que nadar, braceaba destartaladamente y cada poco elevaba los brazos hacia el cielo sin luna cual peregrino del Ganjes. Madrid era Bangladés.

Luego, llegué a casa, me acosté con Robert Louis y le abrí las tripas al azar: "El drama es la poesía de la conducta; el romance, la poesía de la circunstancia". Y luego me fue susurrando con puntillosa precisión sobre los "apasionados patinazos y titubeos de la conciencia", el choque de espadas o la diplomacia de la vida.

Yo quería contarle que un hombre de edad indefinida y falto de tono muscular se había tirado al Ganjes más puerco de la capital con nocturnidad y sentido del espectáculo. Él musitaba una respuesta nada desencaminada: "Hay lugares que hablan claramente. Ciertos jardines fríos y húmedos piden a gritos un asesinato (...) Ciertas costas están puestas ahí para que se produzca un naufragio". O un ahogamiento.

Sí, mi amor, hay naufragios de luna con el cielo apagado, y estatuas que escupen chorros plateados a la orilla del lago de Frankenstein, cerca de la Puerta de Alcalá. Robert Louis, extasiado, escucha sólo al bies, pero se le perdona. Un hombre interesante, docto y preciso,  es difícil de encontrar. Y él cita a Aquiles, a Ulises, a Robinson Crusoe. Y yo no sé cómo se llama el misterioso nadador, ni sé por qué lo hizo. Bañarse en esa mugre a esa hora borrosa en que no sabes dónde te metes, está oscuro. Y cabe imaginar que en su batir de piernas chocaba con los barbos, con los restos de pan y de patatas fritas. Con las deposiciones y los vómitos. Con los escupitajos. Y el hombre ni se altera, y el público tampoco. Y la brisa de septiembre convierte la escalera en un teatro romano, rosa rosae, quosque tandem Catilina...

Y mi hombre de papel a lo suyo, como se espera del artista: "Hace falta mucha inteligencia para escribir una novela sin ninguna historia". Y mucho morro (le digo). Ahora habla de Clarissa Harlowe: "Clarissa es un libro de trascendencia sorprendente y superior, trabajado sobre un lienzo con inimitable coraje. Contiene ingenio, carácter, pasión, trama, diálogos llenos de espíritu e introspección, cartas llenas de relajada humanidad...".

Apunto, trabajosa, Samuel Richardson. Esa cadena/condena de lecturas. Me angustia pensar que no llegaré. Que si abandono a Robert mi ansiedad descenderá. No es un compañero cómodo, ya lo advierto. Todo el rato me recuerda lo mucho que me queda por saber. Una sola página suya contiene el hallazgo, la peripecia, tres citas necesarias y un forcejeo epistolar. No esperes el cariño. La pasión del abrazo. Droga para el cerebro, necesidad de más. Lo que es un buen amante. Y no te da patadas en la cama.

Y a cambio le regalo las migajas del nadador del Ganjes. Me dice que adelante, que qué viene después. ¿Conducta o circunstancia?. La bola en mi tejado, y un bostezo.
"La situación se anima con la pasión, la pasión se sustenta en la situación". Cállate ya, querido Robert Louis. Una dama necesita un respiro de tanta intensidad y tanta envidia de palabras. Durmamos unas horas. El sueño como ese estanque negro y bello, las pesadillas como barbos con tripas llenas de petróleo y vómito de turista que subió a una barca, cuánto incauto.

Ingenio, carácter, pasión, trama... Debo pensar en ello. Apaga la luz, bésame mucho.




jueves, 3 de septiembre de 2015

¿CÓMO SE HACE UN ESCRITOR?

"¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)".

Este párrafo mereció que afilara los colmillos y deseara a Ricardo Piglia, a su diario, sobre casi todas las cosas. Reducir la vocación a una manía es un acto de modestia, no de imprecisión. Al fin y al cabo son sinónimos por mucho que la RAE y sus adláteres no lo contemplen. Hacer algo a pesar de (rellénese a voluntad) puede ser una obligación. Hacerlo para poder respirar, para no asfixiarse en el magma confuso de la vida, es una vocación y es un destino.

Arranqué a Piglia del periódico el sábado pasado y luego no lo encontraba. Lo busqué (mal) con ayuda de Mr Google y tampoco tuve suerte. Hoy viene a mi encuentro aún con legañas, y ya no pienso bajarlo de mi grupa. Una vocación es eso irremediable que uno haría aunque no lo pagasen, aunque hubiera mil tentaciones atisbando su sombra.

"Podría por ejemplo contar mi vida a partir de la repetición de las conversaciones con mis amigos en un bar. (...)". escribe. Le diría que los bares son caladeros sin control de autoridad costera. Sólo hay que estirar las orejas y fingir que tomas una caña o consultas el wasap. Al escritor no le ocurren casi nunca cosas extraordinarias. Lo extraordinario es la mirada que proyecta sobre ellas. Las palabras que pone al relato de unos hechos casi siempre cotidianos, si no grises.

Sacar diamantes del barro. Limpiarlos cuidadosamente con un trapo de algodón impoluto. De eso hablamos.

"Anoche me emborraché, sin enterarme. Lo supe hoy a la mañana cuando me desperté con una mujer desconocida en la cama. “Hola, precioso”, me dijo, y yo la miré (era rubia de ojos claros y tetas grandes) y le pregunté: “¿Vos de dónde eras…?”. Se ofendió y se fue, de modo que no pude saber cómo se llamaba. Tengo recuerdos fugaces, el taxi o el ascensor, la almohada. El resto es silencio. Los recuerdos se borraron como si estuvieran escritos con lágrimas".

Los escritores también se acuestan con rubias desconocidas de tetas grandes. Elegantes o vulgares. Como los albañiles, los plomeros o los vendedores de pólizas de muerte. Seguro que también tientan con morenas, aunque el imaginario de ese tono dé para menos fantasías. El escritor puede ser un seductor que te embriega con palabras y cree que sólo por eso puede llevarte al huerto. Un feo bienhablado tiene mucho que ofrecerte, convengamos. A menudo elijo irme a la cama con un buen libro en lugar de con un guapo sin discurso. Soy rubia y no desvelaré mis medidas de busto. (Una letra+dos cifras=casi literatura).

Me gusta el género memoria, diario personal, lo he dicho a veces. Me da igual si me miente, quién no transforma su vida en una hazaña cuando se sabe visto y observado. Recuerdo con pasión aquel "Confieso que he vivido" de mi yo adolescente, también las memorias de Gerald Brenan o el diario de Amiel. Aún no he comprado el Cuaderno Gris, pero ya de paso me haré con la última entrega del de Gil de Biedma, ese que pidió a su editora no ser publicado hasta veinte años después de su muerte. Creo que voy a reservar una balda de mi Taj Mahal a los libros del Yo. Así los llamaré. Al fin y al cabo el escritor se pasa la vida cavando sobre sí mismo, sus huesos y sus vísceras, para construir, para construirse. Y a algunos se les nota cuándo dejaron su cantera exhausta. Y ya no dan más de sí, y se repiten. Y puede que un día pierdan su vocación, esa manía. Y no se me ocurre nada más dramático, ni siquiera una ópera de Wagner. O un Telediario.

Y el colofón se lo dejo a ella, a Lorrie, con la venia:

"Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a ti con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavaplatos?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis en la estación de servicio. Este es el dolor y el sufrimiento necesarios. Esto es solo el comienzo". Cómo convertirse en escritora. Lorrie Moore.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

10 ADICCIONES SIN MONO Y SIN CAMELLO

De pronto M. grita que no tiene un libro para engancharse. Que todo lo que empieza últimamente la lleva a la deriva del tedio. No engancharse está bien, ya somos mayores para las drogas y jóvenes para el desencanto. O sea, que estamos condenados a enredarnos en la contradicción.

Querer estar y tener ganas de largarse. Quererse vaciarse y comprar otro par de zapatos. Querer perder peso y negarse a subir en una báscula ("a bulto, voy a adelgazar a bulto. Cuando entre en mis vaqueros más slim sabré que estoy en el buen camino"). Querer un plan irresistible y desear pasar en casa la tarde del domingo. Todas las tardes de domingo. Querer llamar y no pulsar las teclas del teléfono.

-Últimamente cuando cruzo un paso de cebra me viene un estornudo.
-Es raro, sí...

Lo malo de vaciar, de vaciarse, es que te haces eco de ti mismo. "Veremos lo que dura tanto orden", murmuró ayer mi hija grande tras recorrer la casa y sus rincones. Minichuki se encogió de hombros tumbada en la alfombra. Somos pecadoras y nos regodeamos en nuestros pecados. Pero la contricción dura poco, nos la pasamos por el forro. En familia.

-¿Saldrás a correr conmigo este año?, quiero saber.
-Ay, no, mamá, que tú tienes horarios muy raros.
-Es que de pronto necesito compañía para el trote. Anda, ven conmigo, chitina...

Las Nike a punto, las veo por el rabillo del ojo, impertinentes. Nos faltan armarios. Siempre faltan armarios. A., que nos cuida y nos ordena, sentenció ayer: "Necesitas una casa más grande". Yo creo que uno necesita lo que puede tener. Así es más fácil.  Engancharse a lo posible, y un paso más. El sueño es adictivo, dormir más de seis horas del tirón es pura marihuana. Te despiertas de corcho, torpe de letras. Mi cama Carlos V es un sarcófago. Me acuesto y caigo a plomo algunas noches. Despierto soñando una historia tan vívida que hoy he tenido que recorrer dos veces el pasillo para recolocarme en modo vigilia.

El pasillo no es largo. Detesto los pasillos largos, me dan miedo. Son elementos fijos en las películas de terror. Me pierdo en los pasillos, pero no tanto como en las rotondas. Soy adicta a las rotondas y a la madrugada. Pero si sigo estirando las horas dejará de haber noche y seré como un vampiro.

El Resplandor y su pasillo
Es decir, me he hecho un plan: Escribir, 50 abdominales y 50 sentadillas, ducha, preparar comida, comer un plato de melón e ir andando al trabajo. Lo de preparar comida impide que ataque un pincho de tortilla en el Grasas, ese bar de la esquina donde todo flota en aceite, sunque no lleve aceite. Pero detesto cocinar tan de mañana, oler el agua que cuece el arroz -el laurel sólo es tolerable a partir de la una, nunca antes- A veces voy muy justa y debo elegir: Escribo el blog o cocino y hago tabla de gimnasia. (Te beso o te escupo, n.t.j!)

Adicciones viables: tercera temporada de The good Wife,  en versión original y sin mirar subtítulos (a base de capítulos se me han abierto las orejas. Me siento como niña con bici sin ruedines). La cerveza sin alcohol de Mahou (única que no me sabe a pis). El ambientador Orange Blosson de Zara Home. Mis nuevos zapatos de salón de serpiente paliducha. La acera izquierda de Ortega y Gasset con sus escaparates bellos cuando vuelo al trabajo. Mi libro de Stevenson, definitivamente libro de cabecera y de consulta. La sal Maldon, hasta que se acabe el bote. Andreas Scholl como contratenor estrella. El oboe, el contrabajo. Los perfumes de Sisley de noche para el día.

Paro ya, tocan abdominales. Ya no hay tiempo de preparar comida. Será un pincho. Qué poco cunde la mañana. Debería dormir peor. Contradicciones.