lunes, 30 de noviembre de 2015

GUÍA DE OPORTO PARA REINCIDENTES HABITUALES

Me gustan los puentes de hierro. Esa mezcla de ligereza y majestad con que saludan al río y desafían el peso de las almas que los cruzan entre levísimos temblores. El hormigón ha hecho mucho daño a la arquitectura que une dos orillas, me parece, y volver a pasar de Oporto a Gaia por las tripas de Don Luis es una emoción largamente postpuesta y saboreada como un postre tras una dieta eterna de aire frío.

Me gustan las respuestas contundentes, sobre todo si te hacen pensar un rato más de lo prescrito. Yair Lapid, ayer, sin ir más lejos, ex boxeador, periodista, aspirante el trono israelí. ¿Qué le define como judío si no cree en Dios? "Hitler". El odio nos define más que el amor, a menudo. Nos define lo que rechazamos y eso lo que nos ofende a la vista. Me define que no me gusten los puentes de Calatrava, siempre pienso que son el Cortilandia de la arquitectura, y que en otras manos menos megalómanas, más al servicio del hombre, más humildes, hubieran abrazado tantos ríos sin asfixiar sus cauces.

Hay en el adorno de más un intento de colar el ego que no procede. Me gustaron las piscinas de Álvaro Siza en Matosihnos (gracias J.P) porque no vi su mano, sí su espíritu que acaricia el mar y no se impone. He buscado temprano sus palabras:
Puente María Pía

-¿Qué hace arrogante la arquitectura?
-Ignorar donde está trabajando. Uno no está solo. Hay tramas de relaciones humanas. Continuarlas es la razón de ser de la arquitectura. Eso no quiere decir que la arquitectura deba ser prudente. Pero lo que traiciona el contexto es arrogante.

Y luego dice algo mucho mejor: "La arrogancia a veces es simplemente incompetencia".

El río Duero se desliza brioso y porteño bajo dos puentes de hierro. Uno lleva la fama -ya lo he citado- y otro carda la lana. Ambos salieron del ingenio afrancesado de la compañía Eiffel. El segundo lleva el nombre de la esposa de Don Luis, María Pía, y dicen que con él se estrenó el arco para alfombrar el paso del tren. La otra tarde lo recorrimos en un barquito breve cuatro amigas, y fue un atardecer anaranjado de esos que te regala el sol de cuando en cuando. Con el relente calándonos los huesos, disputándose nuestra atención las dos orillas. La sensación de paz y de armonía con los cuerpos cansados, justas de sueño.

Oporto no es arrogante, ni lo intenta. Te acoge, te tortura con sus cuestas. Te regala la bruma de mañana, hasta que escampa y su luz se hace milagro. Definitivamente, me gustan los portugueses. Son dulces, oficiosos y tienen sentido del humor. Conducen como locos, nadie es perfecto. Y haberse inventado el fado para llorar a gusto tantas penas me parece un prodigio, aunque el fado se entienda de Lisboa, más soberbia, y mucho más señora. Oporto es señorita lavandera. Me sorprende la colada en los balcones, color panza de burra, desafiante. Nadie enseña las bragas con zurcidos salvo que no le importe, este es el caso. Tierra de pescadores que sin embargo puede dar lecciones de arquitectura, y no sólo de Siza o de Souto de Moura, también esa Casa de Música de Koolhaas que esta vez no visitamos, perdidas entre calles angostas que siempre dan a iglesias muy barrocas. Y esa Torre de Clérigos, tan bella, y ese mirador frente a la catedral que te invita a despeñarte cuesta abajo, y te pierdes y recuerdas que justo allí hace unos años también se perdieron tus pasos. Pero que si te dejas caer llegarás siempre al río, podrás caerte muerta en su regazo con un vino de Oporto en una terraza amable que no entiende de ornatos. Cuatro sillas y una mesa con vistas a las bodegas. Y a los puentes.
Casa da Cha. Álvaro Siza

Debo contar también que prescindí de entrar en la bodega (vista una, vistas casi todas). Me senté en su lugar en un banco a ver pasar los barcos. Dormitando por efecto del último sol sobre mi cara. Rodeada de familias que comían castañas asadas de delicioso olor, mientras nos sobrevolaba un helicóptero zumbón que al parecer enseña a los turistas la ciudad en plano picado, cenital. Me he traído de vuelta ese rato en silencio y casi inmóvil, y también ese pulpo a la brasa, tierno por dentro, crujiente de piel, excepcional, que aquí lo llaman polvo. O el vértigo de un taxi a la carrera, las risas con mis viejas amigas y esos temas de conversación que se repiten y no importa porque son el cemento de una larga biografía de amistad. Somos puentes sencillos, nada calatravescos. Y a ratos nos callamos, y nos metemos las unas con las otras, y nos juramentamos para seguir viajando. Y podríamos rematar la frase de la otra, como esos matrimonios de siempre. Y es bonito.
Fin de viaje!

Quiero volver a Oporto, estoy segura. Será la sexta vez, apunto en mi libreta. Es dulce renovar votos de amor con las ciudades, llegar y sentirte parte de ellas. Mezclar tantos recuerdos y personas -¿No estuve contigo el el Palacio de la Bolsa, estás segura? Que te juro que no (so pesada, no insistas)- Me gustaría pasar algunos días en Matosinhos. Pasear frente al mar bravo, llegar a la Casa da Cha, comer allí y seguir el camino de la costa sobre esa pasarela de madera, arena blanca y fina. Sola o mejor acompañada, ya veremos. Y pensarlo me parece tan viernes, y tan sábado, que este lunes pasará sin pasar, porque un viaje dura hasta que se extingue el último recuerdo. Y bien podría ser nunca, me parece.











jueves, 26 de noviembre de 2015

NI THANKSGIVING DAY NI BLACK FRIDAY

No celebro Halloween pero a veces me disfrazo, involuntariamente, para ser otra un rato y descansar de mis leyes, díscola militante. Desconocía hasta hace poco que un viernes negro era un black friday donde compras una barbacoa sin tener jardín, sólo porque es barata,  y no una mala cita de amor o un atentado sangriento en una discoteca parisina. No pienso celebrar Thanksgiving Day por mucho que estemos a dos minutos de asesinar pavos tal día como hoy y recemos para aliviar el peso de la conciencia por el holocausto avícola. Mis pavos los mato en Nochebuena, o los mataba. Porque hace años que en esta santa casa se mandó la tradición a pasear y se cena lo que nos pide el cuerpo y el paseo feliz por el mercado. A veces tete a tete, mi padre y yo. Y es muy extraordinario.

En esta mi familia somos poco disciplinados, quizás porque de niños éramos un cuartel. El día de Navidad comemos de bares con mi madre y quien se apunte y lleve calzado cómodo para conquistar las calles solitarias de un pueblo en desbandada a devorar en casa con furia, con una suegra y con el mantel de lino (y sí, el primer año no había ningún bar abierto y terminamos en un triste restaurante de hotel, de luces mortecinas, delante de un sandwich mixto, irreverentes. Pero fue una liberación,  y hasta mi tía J. con su muleta se sintió macarra y liberada por un día y no se pierde una aunque cada año le cueste más moverse).  

Nuestra antitradición se ha vuelto tradición, y la esperamos con ansia como esas migas del pastor de Nochevieja  al frío radical de un pueblo bien costroso de la Sierra más Pobre,  y ese trote de  hermanos por el campo para recibir el año nuevo entre cuchilladas de aire y encinas hiperbólicas.
La Tempestad

(Y a los regalos de Reyes los llamamos "un sorpresa". Y tu amigo invisible raras veces lo es, y se amañan algunas papeletas. O se pierden, lo que otorga alta tensión al momento de buscar tu nombre en alguno de esos paquetes (mi hermano I. sabe de lo que hablo. Un año se quedó sin su "un sorpresa", y ese rencor aún corre por sus venas). 

Ser iconoclasta es muy entretenido pero te aboca casi siempre a establecer una rutina que termina instalándose en tu calendario con un círculo rojo.  Ser rebelde a diario es de una antirebeldía pegajosa, agotadora. De ahí que nos busquemos el molde que recoja las salidas del molde. Una coartada feliz que nos sostenga.

Soy muy tradicional, si me lo propongo. Asquerosamente comme il fault, diría más. Beso con ganas y en lo oscuro bajo ramas de muérdago ficticias, camino del brazo con mis amigos y pierdo las recetas médicas y las multas de tráfico. Me hago la rubia si se me pincha una rueda, me gusta vestir bien para la ópera, y me santiguo al entrar en una iglesia. Las cosas que se rompen las arregla mi padre cuando viene, así que se pasan rotas, tradicionalmente, varios meses al año. Y ver la casa sembrada de sus huellas, trozos de cable, astillas de madera, la "herramienta", es cálido y me recuerda a una infancia imperfecta que nos hizo apreciar como un milagro que las estanterías no se escoraran a babor o estribor, como barcos en una tempestad a lo Giorgione.
El bicho ajeno a su destino

No pienso celebrar Acción de Gracias, pero doy las gracias al portero si me recoge una multa que perderé seguro. Y los viernes nunca se llaman negros, para acompañar ese pesar por el gasto innecesario. Yo gasto a tutiplén de lunes a domingo, y al sentimiento black le llamo culpa, desazón, remordimiento. Y en casa es siempre Carnaval, mientras mi hija se disfrace con todo lo que pilla, y me prohíba hacer fotos, como si fuera -que lo es- una obra de arte en un museo. Como si ser otra persona y tener otra vida dependiera de un gorro y unas gafas de espía; de romperle la cara a la rutina. Eso que hacemos todos pero no le ponemos nombres en inglés para que otros conviertan el sentimiento en dólares.

Feliz día del pavo y los arándanos. Demos gracias por tanto, tantas veces.





miércoles, 25 de noviembre de 2015

DE TANTO KURDISTÁN, ME PERDÍ EN HILDEGARDA


-Yo soy muy del Kurdistán.
-Enhorabuena.
-Pues yo tuve una compañera de piso del Kurdistán. Estaba loca.
-Loca y kurda. No falla.

(Escuchado un martes de frío noviembre)

Preparo quinoa a unas horas demasiado intempestivas en mi vieja cazuela de hierro, mientras miro con hostil desconfianza al móvil nuevo. Traidor y relamido en sus formas curvas de unánime alabado diseño  (Público y crítica. Qué pelotas).

 Siento cariño y compasión por los utensilios que se adaptaron a mi cuerpo y mis manías. La ropa de estreno la lavo siempre antes, y el nuevo teléfono no me despierta. Da por hecho que soy insomne y con una chulería insoportable se queda mudo en el cajón de la mesilla. Cerca de esos libros leídos o por leer que me dan calma cuando abro los ojos y son las tres, las cuatro. Y busco la linterna del celular, para prenderla -así es en boligüayo- y no la encuentro porque éste no es mi viejo Note 4, con el que glosaba a mano, a vuelapluma, voces ajenas, inspiraciones vanas, con minuciosa diligencia de notario que no se molesta en quitarse las legañas por no interrumpir su afán.


Una mujer ligeramente insomne (tres noches no dan para un diagnóstico) se levanta descalza y pone agua a hervir en una vieja cazuela. Luego abre un wasap de su nuevo teléfono, impertinente, mudo cuando se le necesita gritón, y allí está F: "Querida, ¿Has leído un libro de cartas entre Auster y Coetzee? Auster no me gusta pero Coetzee es genial y en las cartas lo deja como un zapato".

Me encanta esa correspondencia gossip-literaria. Deberían lanzar una revista cuore con cotilleos de escritores. Vivos y muertos, para ampliar el campo. Los celos devoradores de un Auster eficaz a la pluma que la emprende a sablazos contra el brillantísimo Coetzee en pleno corazón sudafricano, con una jauría de perros vagabundos por testigo. Tanta Desgracia.

(Ser eficaz, a secas, es de una mediocridad casi insultante). Me parece.

Ayer en la tertulia Kurdistán, un poco ya vencida, solté una de las mías: "Yo pienso ser una vieja feliz en mi residencia. A las 20h, cena, a las 22h a la cama (total, mi horario actual). Si me caen mal los viejos me encierro en el cuarto, y si se me embota la cabeza de tanto ruido propio salgo a pasear al jardín, con un maromo amable y poco listo acarreando mi silla de ruedas". Lo dije mientras me pintaba los labios de un rojo melancólico, y A. me hacía una foto muerto de risa: "¡Anda que ya te vale!  ¿A dónde vas tan puesta?". Yo me pinto los labios para nada. Para volver a casa, para escribir un libro (sin peinarme, en pijama desconjuntado si procede). Es un grito de guerra, un empujón de arrastre para el cuerpo cansado y la terquedad mental. Pero ayer me esperaba M. en un taxi, una mujer lista y siempre al galope que un día, desmaquillada y todo,  soltó la frase luminosa como un amanecer en territorio Coetzee: "Tú en el tanatorio, yo en Ikea". O el resumen de la primera grieta entre dos que se quieren cuando ya no se estremecen con mirarse. Y era triste.

Escucho sin pena y mientras tanto a Hildegarda von Bingen, de quien no había oído hablar hasta que me la chivó J. El hombre que te llama al fijo. Un romántico de las telecomunicaciones.

-¿De verdad no conoces a Hildegarda?
-¡¡Ay, no!!! ¿Es una cantante de ópera?
-Jajaja (dijo él). Es una Santa Teresa de nivel, nada de entre pucheros.
-Yo hay mucho que no sé, no me des por hecha. (Respondí).

Actualmente no puedo vivir sin Hildegarda. De día y de noche. Así de móbile soy.

 (Ni sin quinoa. Ni sin Coetzee. Ni sin té verde, asqueroso. Ni con ropa nueva sin lavar, que huela ya a mi casa y si mi apuras a mi cuerpo, exhalación de varios perfumes altamente incompatibles).

"Santa Hildegarda de Bingen O.S.B. fue abadesa, líder monacal, mística,  médica, compositora y escritora alemana. Es conocida como la sibila del Rin y como la profetisa teutónica", leo. Qué maravilla. ¿Se pintaría los labios Hildegarda, a escondidas en su celda, para recibir coqueta, seductora, al Espíritu Santo?  ¿Arrastraría sus pies por territorio kurdistán, entre susurros de hermanas cantoras? ¿Cenaría quinoa boligüaya? ¿Creería en Dios, acaso, o sería una de esas impostoras con hábito y oremus?

Tantas preguntas, y la culpa es de un teléfono absurdo que no me conoce nada. Lo apago y enciendo a mi nueva musa. Gracias, J.










domingo, 22 de noviembre de 2015

SOY CÓNSUL DE LA REPÚBLICA BOLIGÜAYA

"Ése es el amor que siento.
Un amor enfermizo, bestial, cuando sucede.
Padezco el síndrome de algunos perros.
El síndrome del abandono.
En cuanto amo me siento abandonada.
Quién sería capaz de asumir
esa voracidad y ese terror". 

Angélica Liddell. El centro del mundo. Ed Uña Rota.

Último botín literario capturado en aguas interprovinciales: Además de la Liddell, que me recomendó ayer su editor Carlos, un tipo lanudo y sonriente que me encuentra "muy Dorothy Parker", "Acontecimiento", de Javier Moreno (Salto de Página), con quien en el mismo festival EÑE (cada vez que lo leo pienso en festival Coño) compartí gin tonic y una estrambótica conversación sobre bodas y rituales de muerte. (Últimamente todos los hombres interesantes que se cruzan en mi vida me hablan de mortajas, debo pensar un rato en ello).

El libro de Moreno arranca así: "Si deseas que lo nuestro siga adelante tendrás que buscarte una amante". Casi parece una canción popular, por la rima, o una coplilla para saltar a la comba. El de Angélica dispara a quemarropa: "No he conocido a ningún niño que se convirtiera en un buen adulto". Con ellos un tercero, más calmado de intenciones: "Farándula", de Marta Sanz -premio Herralde de Novela-. Veremos cómo van despegando de mi pista saturada hasta el mareo de tantas intenciones hechas relato.

El Festival EÑE es extraño. (Coño). Otras veces que fui lo encontré deslavazado. O te traga un salón con debate de rock&roll star -Goytisolo Vs Antonio Lucas- o te encuentras frente a un tipo performántico que grita en el chill out o, como era el caso, un grupo muy kumbayá que gimotea acordes hierbas a un volumen disuasorio. Y a estribor, como en territorio Mordor, estábamos los pequeños. Editoriales independientes remadas por titanes con pasión desaforada y autores entregados al amor que no se agota. Casi en penumbra. "Ayer directamente nos apagaron la luz", me contaba una de ellas, actriz que declama en inglés por toda España y aún más fuera. "Hay que buscarse la vida".
Angélica Liddell

Me contagio de su optimismo militante. Del de la uña rota. Firmo cuatro libros y me dan el mongolito de oro: "Eres la única que ha vendido en lo que va de día". Disfruto hablando con la gente que se acerca, huyendo de los gritones que se desgañitan en el chill out (contradictorio, sí). Les cuento lo que escribo, que es como contar quién soy y cuáles mis intenciones. Las actuales, que no tienen por qué ser las futuras. Me enamoro de cualquiera que nos ha preferido al Madrid/BarÇa que lo copó todo. "El Clásico", lo llamaban hasta el hastío los periodistas deportivos. (¿Y cuál es el moderno, me pregunto?). Las calles de Madrid se estremecían, desoladas, y el primer frío calaba nuestros huesos, no nuestro corazón.

Hay un síndrome del patito feo que un día se encuentra entre iguales y disfruta. Es tan reconfortante rodearse de quienes aman los libros, las historias. Conocí a una agente con cara de lista y buena y apellido extranjero. No sé si uno que empieza necesita un agente, pero si fuera así querría alguien con esas trazas y ese acento tan dulce: "No le interesa a nadie tu primera novela", dicho en deje francés o sueco, debe ser música celestial a los oídos, digo yo, aunque te patee el hígado.

-Tienes un año para escribir tu novela.
-Ahh, un año...
-Sí. Y si dudas y quieres mándame lo que tengas y te diré qué pienso.

A sus órdenes, me dije para dentro. Me fío de Ch. Lectora de largo kilometraje que se declara misántropa pero siempre que nos cruzamos me gusta pegarme a su lado. Hay personas estufa y personas precipicio. Gente que no sabe entender que ya no tiene hueco, ni resquicio, y cadáveres que flotan con sus flores por un Ganjes seco a los que murmuras un responso y que sigan su camino, por favor.

Paro ya. Recuerdo sonriendo que el jueves fui nombrada cónsul (consulesa me agradaría aún más) de la República Boligüaya (con diéresis, aunque no la necesite) y debo ser digna del honor. Iwasaki, aquí me tienes, ahorita, ensayando los diminutivos imprescindibles para que no me expulsen de esa patria tan cálida de amigos nuevos que se unen por azar en territorio letras. Con Eñe. Coño.






viernes, 20 de noviembre de 2015

LA VIDA EN CINCO MINUTOS DURA SIGLOS

"Los lectores sentirán cómo tiemblan sus ortodoxias y se conmueven sus convicciones" (R.L.Stevenson. Escribir. Páginas de espuma)

Me gusta el sonido del temblor de ortodoxias. Es apenas un murmullo subterráneo que te avisa de que los pilares de tu vida están a un paso de la demolición. Somos un edificio alzado a tortazos, como la catedral kisch que ha construido un anciano a pocos kilómetros de Madrid, con su cúpula, arbotantes y  crucero. Stevenson considera que la mayor amenaza responde al nombre de Montaigne. Y la amante entregada que soy estaría a punto de darle la razón si no fuera porque entiende que otros huracanes nos arrancan de los pelos hasta conseguir que abjuremos a ratos de nuestras convicciones.

La destrucción ordena nuestra vida. El caos que nos demuele y alborota los adentros. El alivio de una tisana de certezas repasadas como uñas que se empeñan en crecer y desbandarse por las yemas de los dedos. Quien no se deja destruir no se construye, huele a naftalina. A cerrado. Esta soy yo y mis convicciones. Mis tropas desplegadas, bruñidas las trompetas. Jericó.

Conviene abrirse de cuando en cuando en canal. Resetearse. Esa era yo esta mañana, anoche me tiré a un tipo del siglo XIX y no se anduvo con remilgos. Ahora duerme, con cara de yo no fui mientras que yo me preparo un agua sucia también llamada té y siento que lo que dije ayer en público, con un micrófono, pudo ser eso mismo u otra cosa. Pero brotaba solo, sin papeles, y una voz gruesa y extraña se expandía por la sala de la Casa de Lector, ese templo sagrado, y veo caras que escuchan y sonríen, y veo a mis dos hijas, dos mujeres, y podría haberme muerto con ese amor tan grande proyectado. Conmovedor, flamígero.

-Mamá, estamos muy orgullosas de ti.
-Gracias, chukinas (de vuelta, en el taxi)
-Yo quería preguntarte cuáles han sido tus influencias literarias pero me ha dado vergüenza.
-¡Vaya, era una gran pregunta!
-Y nunca nos ha molestado que dijeras que a veces tus hijos te caen mal...

Ha caído una teja del tejado, tal vez dos. Mi hermano A. planteaba su estupor cuando me desnudo en estos textos y no me reconoce como hermana. ¿Quién es esa mujer?, trata de colocarme. Otra aberración que pulveriza la ortodoxia y le conmueve. Ayer tantos amigos que son y algunos que se sienten a través de tus letras.  Y esa necesidad urgente de explicarse, vulnerable como ruina de edificio tras el bombardeo. Precisa como un párrafo de Robert Louis. Una historia de amor que nunca muere y se renueva imaginando historias, spin offs necesarios al borde de la locura por tantos locos en mi almohada, en mi mesilla de noche, por las estanterías.

Ser escritor es poder delirar sin que te encierren. Quemar contenedores, mi querida K, sin que huela a goma chamuscada. Matar a tu suegra, vomitar las medicinas. Saltar a la comba y encadenar encuentros con gente que ha encontrado que en tu libro había algo que le planteaba preguntas sin respuesta. Le removía algún cimiento despistado.

Así que gracias, enormes, desmedidas: A mis hijas que asumen que en mi vida hay un amor ardiente que les quita tiempo pero no amenaza su trono y su corona. A mis amigas de siempre, a mis editoras de pronto. A A. , que surgió de repente dos años de silencio después, y me dio una alegría. A el hombre del monopatín, tan brillante y divertido, a mi R. Guadiana, pero noble y al quite. A mis hermanos y cuñadas, mi patria en un mapa pequeño, indestructible. A Fernando Iwasaki y su generosidad hiperbólica, a Karina Sanz Borgo y su audacia -qué lista, qué madura-, a J. , caballero de larga figura, que se llegó hasta allí para besarme y se lo tragó después la noche. A mi D., tan madre como siempre. A J.P y su casco de la moto que lo llevó veloz, a A. y su marido suizo catalán, a mis Marlboroug girls, a B. y su galerismo militante, a F&F, a César Antonio Molina, que no estaba pero me escribió una carta con su sobre...A mi A., futuro marido gay, tan amoroso. A todos los que fueron y no nombro, a los que no pudieron ir y lo sintieron.

A Robert Louis, a Stefan Zweig, a V.Woolf, a David Vann, a Lorrie Moore, a Carver, a Piedad Bonnet, a Gil de Biedma, a Pessoa, a Thomas Berdhardt, a Héctor Abad, a Coetzee, a J.Salter...a Montaigne...a tantos otros. Gracias por destrozarme los cimientos tantas veces.  Os debo muchas convicciones, noches locas, deslumbrada. Espero mi querida I. que eso responda a la pregunta que no te atreviste a hacer...








miércoles, 18 de noviembre de 2015

EL RUIDO ES COMO LA PAREJA

Sin proponérmelo, mi pista de despegue se ha llenado de no ficción. Para dormir no quiero ahora mentiras, acaso las habituales que nos hacemos a nosotros mismos, acaso sin querer. Añado a Salvador Pániker y su cuarto volumen de memorias "Diario del anciano averiado" (Literatura Random House) con la excitación del hallazgo preconcedido. Compruebo que el primer cajón de mi mesilla alberga aún los décimos de lotería del año pasado. Me resisto a tirar la Fortuna, aunque sea improbable. Comparte espacio quincallero con un reloj que no funciona, un cargador de móvil roto y algún estuche de maquillaje medio seco. Ruinas caducadas que no saldrán en la guía del turista alternativo.

Conviene deshacerse de cuando en cuando de libros anodinos, de ropa interior con las gomas desgastadas, de compañías que si tú no buscas no te buscan. E indultar un poco de todo de la quema. Hay un extrañamiento en todo lo que ya hemos dejado sin dejar, como esos novios abandonados en la cuneta del olvido meses antes de la ruptura. Apunto en un margen de libro, ahora no recuerdo cuál, rematar el asunto del abandono como síndrome del patio de colegio. Te ajunto, no te ajunto.

La otra  noche, a un reputado emperador de lo social: ¿Y tú cuántos amigos tienes?, pregunté tras convencerme él de que probara un whisky con ginger ale que abandoné enseguida. "Muy pocos, yo trato con cientos de personas los que pero me conocen de verdad son mis básicos". El fondo de armario de la amistad. Conviene no desgastarse en ruido, siento ganas de decirle, pero ya se ha girado y habla con mucha gente. Se puede ser sociable y selectivo, como J, un profesional avezado y sonriente que te transmite calor con la mirada y te besa la mano. "Eres una revolucionaria desde los 30", me dice a propósito de una teoría sobre la revolución de los cincuenta. Me quedo pensativa.

 Otros no llegan a parlanchines de salón. O se defienden como pueden. "A mi lado, la escritora Carmen Riera, encerrada en sí misma, trata de ser simpática pero se le nota demasiado el esfuerzo. Probablemente sea una mujer voluntariosa y tímida", escribe Pániker. Y luego glosa a los simpáticos sin esfuerzo. Yo no sé en qué bando estoy, socialmente hablando. Me gusta la gente, necesito encerrarme a ratos sin voces perturbadoras. Las niñas lo han aprendido y lo respetan, igual que mi siesta de los sábados. No respetan mis zapatos, ni mis bragas ni mis blusas. "No la he robado, la encontré en mi cajón", escrime la reo habitual.

"V. querida, ya sé que eres más pequeña, pero esta canción te pega y deberías añadirla a tu "bonus-track" literario", me escribe F. y leo de madrugada. Billy Joel me encanta, le respondo. No sé si fui revolucionaria a los 30, pero siento mucha querencia a los viejos temas y abisal desconocimiento de la música de hoy.  "She can kill with a smile, she can wound with her eyes/ she can ruin your faith with her casual lies/and she only reveals what she wants you to see. She hides like a child but she's always a woman to me", tarareo en silencio. 

Somos sociables para enfrentarnos al mundo. Sospecho de la gente que habla mucho, que hace ruido para no escucharse. Puede que porque sabe que no pasaría el corte. El ruido es como la pareja a veces, un subterfugio de compañía. Si te callas y el silencio se hace bola lo mismo estás vacío, o te indigestaste de hamburguesa con carne de perro. El poeta, el buen poeta, se busca en el silencio y hace una sinfonía, un haiku ligero como los yogures bio naturales que me han permitido en mi dieta alcalina. Las palabras que sobran no deben pronunciarse, y aún menos escribirse. Acelero los relatos de mis hijas para que se centren, y algo culpable pienso ahora si no estaré provocando algún tipo de tartamudez social. 

Me gusta Billy Joel, crecí con el Piano Man. Tenía seis años cuando sonó por primera vez, pero yo esperé unos cuanto más para descubrirlo, entretenida como estraba con Susanita tiene un ratón. "Ella es a menudo amable, y de súbito cruel", dice el del Bronx. Suele pasar, amigo. Debo investigar el asunto de la revolución de los cincuenta ahora que me quedan dos años. Debo estar preparada para el despiporre, la pataleta, el corte de mangas, la crueldad extrema. Vuelvo a poner "She is always a woman". Vuelo a la ducha. 


domingo, 15 de noviembre de 2015

LA RABIA MATA MÁS QUE EL TABACO (Atentado en París)

Atentados en París
La rabia es un sentimiento puro e indigesto. París dan ganas de salir corriendo, no estamos protegidos ni por un ejército de ejércitos. Un tipo rabioso, resentido, es más fácil de convencer para un asesinato. Morir matando. Rabia rabiorum. RIP. Palabrería de político fingiendo que puede protegernos de los malos. ¿Y si esta masacre de París hubiera pasado en La India, en Guatemala? ¿Estaríamos menos afectados? (Dos, tres telediarios a lo sumo?)

La rabia es geográfica, tal vez.

Algunos tratan de evacuarla con la literatura. El pianista James Rhodes, en su tormento, dispara ejecutando una sonata trágica, las yemas de los dedos ensangrentadas. No leeré "Instrumental" salvo que el azar lo haga caer en mis manos, como una granada explosiva, y tire de la anilla. Violencia. Un tipo rescatado del infierno por Glenn Gould y sus Variaciones Goldberg. Violado desde niño. Intentos de suicido. Largo historial rabioso. (Dios es Bach, estábamos de acuerdo J y yo la otra noche, frío en las manos. Pero no impide el sufrimiento, sólo lo envuelve en acordes vaselina)

James Rhodes
Las infancias felices no albergan nidos de rabia. Esa es la diferencia. Pero son pocas, en el fondo, y mucho más soñadas, recuerdos construidos. El instinto de supervivencia genera relatos escapistas, para poder asfixiar al niño que dice la verdad y ser un adulto rabioso pero correcto, educado, hasta que el instinto explota y unos cabalgan teclas de piano, otros pegan patadas a un balón. Otros escriben. Otros matan.

Dos formas de gestionar la rabia: hacia dentro (el listado de enfermedades sería largo como una noche de atentados) y hacia afuera (seres que vomitan bilis sobre sus amigos, insoportablemente autocompasivos. Creadores grandes o pequeños. Sociópatas. Ejecutores de sarcasmo hecho hiel. Molestos, poderosos).

No creo en el perdón autoinfligido. No está en nuestra mano, hablábamos ayer mi amiga L. y yo, delante de un jardín de guacamole y cítricos. Para desactivar la rabia hay que ayudar al cuerpo con infusiones varias. Los perros muerden y en una dentellada ya estás muerto, no hay vacuna que valga. Cómo gestionar el dolor para no revolcarse para siempre en el resentimiento. En el otro tiene la culpa. (Uno de los terroristas quiso que sus víctimas sufrieran "lo mismo que habían hecho a Siria"). ¿Acaba la venganza con la rabia o es pura gasolina?

Huyo de los rabiosos, pero escucho sus sonatas y leo sus novelas, de vez en cuando. Elogio de templanza, virtud que apaga los rescoldos y relaja las vísceras. No creo que el que mata encuentre ese sucedáneo de paz. La soledad de cementerio de los Campos Elíseos o esa margen del Sena que pisé hace unos días con mis hijas. La grandeur silenciada por un rato. No somos nadie, los rabiosos acechan. Y no hay discurso lógico que explique tanta furia, aunque se intenta.




viernes, 13 de noviembre de 2015

SIETE CONCLUSIONES QUE NO LLEVAN A NADA

1. Anoche, traspasada de cama y de runrún catalán. "Escribir tiene que ser una aventura o no ser", leía. Ay, Ulises, dónde te has metido. Salir a batirte entre palabras dardo. Irte antes de irte. Apuntar: Al columpio le faltaba una cuerda, se balanceaba con el cuerpo escorado hacia la izquierda,  en equilibrio frágil. "Más fuerte, más fuerte", gritaba, y él obedecía. Los espectadores adivinan que antes o después habrá catástrofe. Los dientes de la bocaza abierta de la niña en primer plano.

2.Encuentro que leer varios libros a la vez me ayuda a conectar túneles subterráneos interesantes. Gil de Biedma y Peter Handke, todavía. Apenas una páginas. Calor y frío. Uno suda petróleo, el otro transpira finamente, pero jamás se le hace cerco en la camisa. (Me intriga la gente que no suda) El primero podría haber sido encontrado muerto en un callejón del barrio chino de cualquier ciudad. El segundo en una estación de tren de provincias, siempre con la libreta en la mano, absorto como un buda. Extraña forma de encontrar un todo en la dispersión, la diferencia. Subrayados en rapto, por igual.

3.Mi voracidad por las iglesias no tiene fin. La cúpula de San Lorenzo (Turín) en es sí mismo un espectáculo de curvas deliciosamente barroco y geométrico. Manuel Filiberto de Saboya quiso conmemorar la batalla de San Quintín que en España devino en la basílica de El Escorial (donde escuché el Requiem de Mozart más sobrecogedor de mi vida, una noche de agosto). Me quedo con la italiana, sin duda. Recogida, sin planta en cruz que despiste el espectáculo, compacta y llena de alardes en armonía indiscutible, menos solemne. Atención al presbiterio. No recuerdo el Cristo en su cruz, sin embargo.

4.Cuando pillo a mi adolescente (ex Minichuki) en un renuncio no es de las que niegan la mayor, qué tontería. Ella dice "lo siento", y ayer le respondí: "No es verdad, no lo sientes". Y se hizo el silencio.

5.Debo buscar un vicio que sustituya al café, ya superado. No tabaco, no drogas químicas de descampado chungo, no cerveza de momento, no hombres... A menos que puntúen viajes, libros, zapatos, intolerancia, amigos, recogimiento. Planeo un fin de semana de retiro en la hospedería de un convento con monjas cantoras, si es posible. A este paso un dios me va a encontrar, de tanto rondar sitios sagrados. (Pd. El Santo Sudario, Síndone, Sábana Santa, Santa faz o como sea que se llame es casi un souvenir en Turín. Hay copias en las iglesias y mi grupo y yo pensamos que sirve de cabecero en no pocas camas locales. Dentro de veinte siglos, si existe el mundo, encontrarán tal vez la Santa Chupa).

(Deliciosamente partidaria de la irreverencia. Tal vez por efecto de mi nueva alcalinidad)

6.De la columna de ayer de Arcadi Espada, qué decir. Que parecía Sostres. Uno a veces se desesmascara en pocas líneas, cuando baja la guardia o al levantarle el viento las enaguas se le ve el interior de las costuras. Conté varios "ismos" ofensivos y poco inteligentes. Y no voy a darle más bola, que se digiera solo y se lamente.

7.Frente al espejo, me pruebo vestidos largos, princesa por un día. El disfraz de una noche, la cara de diario. Las mujeres solemos travestirnos y es un juego travieso y nada frívolo si lo miras de cerca. Ser otra por un rato, en unos días. Tan justo y necesario. Hoy debo decidir con cuál me quedo.





jueves, 12 de noviembre de 2015

¿QUIERES LIGAR? HAZTE DONANTE DE SANGRE

Un amigo de mi hija se ha hecho donante de sangre para ligar. El primer día colgó en Instagram la foto de su brazo perforado por la aguja y esa goma llena de líquido oscuro cabalgando espeso hacia una bolsa semitransparente. Supongo que tal gesto, diría que desesperado,  excitará a las vampiras, puede que a las estudiantes de medicina o enfermería. Incluso a las tatuadoras, si me apuras. El suyo es un mercado nicho, en términos de márketing. Poco y para pocas. Pero no puede negarse que el chico lo ha dado todo para conseguir su objetivo, agotados al parecer los recursos convencionales.

Imagino que si el señuelo no funciona, el joven -al que vi una vez y recuerdo simpático y nada feo- tendrá que colgar fotos de sí mismo agonizando en directo en un box de urgencias de hospital, o salvando la vida a unos niños moribundos en Senegal. Su gesto me llama especialmente la atención porque otro se hubiera publicitado tirándose de un puente, escalando una montaña pelada sin botella de oxígeno (lo que es hacerse un Mallory) o bucenando entre tiburones. Pero nuestro héroe, de dieciocho años, quiere que esas chicas vean que es solidario y generoso. No aguerrido ni valiente. Un cristo saeteado por la lanza de un arponero poco compasivo. No un Sport Billy que espera la admiración y el aplauso de las nenas, como ha sido prescriptivo en el cortejo tradicional.

Ayer en un microbús que nos llevaba al aeropuerto con un guía del perfil "estoy bueno y tú lo sabes" me escuché decir en voz alta: "A mí no me gustan los tíos buenos", y una de mis compañeras, coetánea y rápida, respondió desde el asiento de atrás: "Eso se llama vocación de derrota".  Nos reímos todos mucho, pero un rato después, ya en la calle, otra mujer del grupo se me acercó y me dijo: "A mí tampoco me gustan los guapos. Cuando se lo dijo a mi marido se ofende, pero es la realidad. Él es feo, pero algo tiene para que llevemos juntos tantos años".

Conozco también el caso de una mujer que se fija por sistema en hombres feos. "Así hay menos competencia", reconoce. No puede negarse que es práctica desde el punto de vista sentimental, y que la estadística juega en su campo. ¿A ti cómo te gustan?, recuerdo que me preguntó un día. Me gustan curiosos, íntegros, inteligentes, cariñosos, atentos...La lista de adjetivos crecía y crecía, como si todas las virtudes que me importan en la madurez estuvieran listas para ser exportadas al mundo.  Mi voz sonaba pretenciosa, estoy segura, y entonces me recuerdo pasando a la antilista. "No me gustan acaparadores, tacaños, violentos, desleales, presumidos, escapistas, lectores de best sellers de corto alcance, fundamentalistas de lo que sea, fumadores empedernidos, traficantes de derrota, apegados a sus madres en exceso, mártires de la paternidad, malhablados, resentidos, despegados, criticones, quejicas, diletantes, hierbas...". Paré antes de llegar a una conclusión siniestra sobre mi destino. Recuerdo que ella me miraba con sonrisilla lateral de "lo llevas claro. Nos vemos en el club de los corazones solitarios el día que se me agoten los feos".
El recurso clásico

Me parece que con los años uno va completando el mapa de lo que de verdad importa. De lo negociable y lo innegociable. Y normalmente no lo dice en voz alta, porque si lo hace se enfrenta a un pelotón de fusilamiento por altamente sospechoso. Me parece que a los dieciocho uno debe explorar todas las vías del cortejo, incluidas las sangrientas. Queda mucho por delante y se trata de prueba y error. "¿Cómo lo lleva V.?", le pregunté hace poco a mi hija. "Genial, ya está con una". Ignoro si funcionó el señuelo del donante. Aquí  lo dejo como idea creativa. Hay un océano de recursos asociados: vendajes, escayolas, puntos de sutura, cicatrices por dentellada de león del Serengueti... Será interesante hacer un seguimiento de su mapa sentimental. Ese que pasados de largo los cuarenta se ha llenado de cordilleras, acantilados y meandros sólo para aventureros con fe e inasequibles al desaliento. Y esa foto, por desgracia, no puede colgarse en Instagram.








lunes, 9 de noviembre de 2015

LA CULTURA COMO ARMA DE CONSTRUCCIÓN MASIVA

Si yo estuviera hoy en el parlamento catalán y quisiera neutralizar el asunto de la resolución independentista pactada por Junts pel Sí y la CUP no llamaría a los tanques, como insinuó sin insinuar cierto señor muy enseñoreado. Llamaría a Lang Lang y le pondría a tocar Cantos de España Opus 232 de Isaac Albéniz. Me arriesgaría, eso sí, a que esas mentes obtusas que se desgañitan en los estrados de alto standing etiquetaran al pianista chino de vayaustedasaber qué reduccionismo provinciano. Pero sospecho que la mayoría se dejaría transportar por los acordes soberbios de una suite vertiginosa que insufla pertenencia a la tierra, al sol y a los perfiles de un balcón con clavellinas rojas. Sin fronteras concretas, con un idioma universal.

Lo pensaba ayer mientras escuchaba en la Fundación Juan March esa pieza magnífica de manos de Anna Quiroga, una arpista joven y poderosa bajo su vestido rojo flamígero de gasa, que se remetía entre las rodillas antes de atacar cada partitura de un repertorio en el que Albéniz desencadenó los aplausos más calurosos. Las sensaciones  puras no se expresan con proclamas de mentes cortas con ganas de pelea. Uno no es más rebelde porque grite ¡viva la república! ni más ortodoxo ni patriota porque jalee el paso de la Legión en el desfile del Día de la Raza (uff). Gestos vulgares para esclavos de la literalidad mal temperada.
Isaac Albéniz

Cuando era pequeña en mi casa había dos vinilos de Falla y Albéniz que se pinchaban una y otra vez. Recuerdo las Noches en los Jardines de España como un mantra de domingo mañanero. Y Zarzuela, mucha zarzuela. A mi padre, además,  le encantaba el himno de la Legión, ya lo he contado, y a mi madre Maria Dolores Pradera. Seguramente hoy nos tacharían de fachas y retrógrados, pero simplemente escuchábamos música, y no a Manolo Escobar con sus carros y carretas.

La ideología no se escribe en Re mayor o en fa sostenido. Uno no se mete un pico de Wagner y le dan ganas de invadir Polonia. Pero es cierto que los acordes de una sinfonía consiguen excitar puntos concretos de tu espíritu, y te transportan a un territorio libre de convencionalismos donde con suerte eres mejor persona, más desprovista de ira y de reacciones contaminadas por prejuicios o juicios de endeble arquitectura moral. O eres más vigoroso, más atento, más libre y capaz de crear sin que te lo dicte un ser pequeño y malintencionado con una cla que aplaude lo que sea.

Lang Lang
Creo en la cultura como arma. Mucho más que la política y que la religión. Porque su poder transformador es un tornado, pero hacia los adentros. Eso que a algunos no les interesa impulsar no sea que se topen con algo tan molesto y porculero como el criterio propio. Estimular el pensamiento libre da miedo a los pacatos, dictadorzuelos con coartada democrática que excitan a las masas con gritos y partidos de fútbol. Lo de los romanos, pan y circo. Frases rotundas, mal construidas a menudo. Bocatas de chorizo con la bota de vino, besos a las señoras.

Pero la intimidad que exige la cultura no se jalea. Se cultiva en lugares silenciosos, oscuros de salmos y respeto. En museos y salas de concierto. En iglesias y en jardines cuidados. En libros y en paseos por el campo. Para no ser pasto de gritones hay que sembrar todo eso, me parece. Y aún no he escuchado a nadie en uno de esos mítines para adeptos de entrada pedirles que estudien, que reflexionen o caigan extasiados ante unos preludios de arpa, de piano. Mejor que se enojen, se enardezcan, se pongan muy cachondos, se les llene la boca de vivas y de mueras. Sean manipulables, pasto de telerrealidad y de concursos bobos. Y luego que les voten a la hora del vermut. Y eructen a lo loco.Y se rían después, tan divertidos.







sábado, 7 de noviembre de 2015

CUÁNTAS MUJERES DE TU VIDA CABEN EN UNA VIDA

Recuerda Andrea Camilleri a Ingrid y a su nórdica e impetuosa libertad una noche de gatillazo inverso, esa experiencia que todo hombre de bien ha de pasar para quitarle arrogancia a su savoir faire bajo las sábanas. No soy camilierista, pero tampoco insensible a un tipo que sostiene que su legado es la incertidumbre. La sabiduría del amante estriba en sacarse partido incluso en la indefensión del músculo desmayado. Sin química azul, naturalmente.
Entonces el periodista se envalentona y pregunta al nonagenario visitador de muchas camas, presuntas camas en varios idiomas y distantes latitudes, ¿quién ha sido la mujer de su vida?

- Se lo digo sin ninguna retórica. La mujer más importante de mi vida ha sido mi esposa. (...) Digamos que el 80% de todo esto es debido a la parte femenina, a la que empieza con el amor y se convierte en paciencia infinita, atención, cuidado, complicidad… Y después tenga usted presente que, cuando empecé a escribir y todavía ahora, era ella la primera lectora, y que su juicio para mí es importantísimo. Si ella encontraba que cualquier página no estaba escrita bien, yo la reescribía. Ella ha sido siempre lúcida y casi despiadada. Temía más su opinión que la de los críticos. Si esta no ha sido la mujer más importante de mi vida, no veo cuál puede ser.
Andrea Camilleri

"Lúcida" y "despiadada" me parecen dos adjetivos impecables, más aún para ser la mujer de la vida de alguien. La respuesta debe ser tenida en consideración porque el escritor tiene la edad suficiente para no columpiarse en alharacas. Es ella, y ya está. La cómplice, paciente, atenta, cuidadora. Las Ingrid se han quedado en el camino y son hoy personajes de novela. Aquel polvo fallido en Estocolmo. Una rubia muy libre y tan deshinhibida que lo dejó manso y desnudo, desarmado. Los padres de ella al otro lado del tabique.

"Eres la mujer de mi vida" es una frase cargada de bonitas intenciones. En nuestra precaria educación sentimental todas soñamos con formar parte del club de las mujeres de la vida de alguien. Cuando siempre, o casi siempre,  ese es un galardón envenenado y pasajero. Un reconocimiento que pasa a otra con el tiempo sin que conozcamos su rostro y sus caderas, en un concubinato insoportable.

(Pero si te lo dice un hombre pasados los noventa entiendes que es el veredicto final de una larga reflexión consigo mismo. Con lo que cada una le aportó. Ay, Camilieri).

Yo, después de mucho batallar, querría ser sin duda la mujer de mi vida. Lo encuentro más heroico y más contemporáneo. No quiero que nadie me recuerde porque fui paciente, por soportar el paso retozón de tantas Ingrid. Ni tan siquiera por despiadada. Por lúcida sí, sería bonito. Y mirarme al espejo y encontrarme debajo de esa arruga de entrecejo que resume la tosca incertidumbre, esa belleza. Y si después de ser mía lo soy también de alguien, será como un regalo inesperado. Y puede que le enseñe mis escritos y escuche el veredicto entre las sábanas.





viernes, 6 de noviembre de 2015

PREGUNTAS BÁSICAS PARA UNA PRIMERA CITA

"Cada domingo a las doce después de misa, los dormitorios de "La Nené" eran habitados por borrosos fantasmas que parecían brotar de las devencijadas camas, como si volvieran a la vida en busca de antiguos rastros prisioneros por las sábanas almidonadas de amor".

Encuentro en el relato de Fernando Iwasaki (Helarte de amar. Páginas de espuma) cierto consuelo de palabras ahora que el café ha sido exterminado de mis rutinas y soy una mujer al ralentí. Nunca hice elogio de la lentitud, en las clases de yoga pensaba en otra cosa y las palomitas me las como a dos manos aprovechando la oscuridad del cine de verano, ansiosamente. "La disparada ética del velocista sin cuádriceps", pensé titular un relato, satisfecha al sopesar que disparada podría tornar disparatada. Y ser un texto reversible, que lo mismo para un roto que para un descosido.

Observo con curiosidad mi proceso detox, y bebo boldo, manzanilla con anís, hierba luisa o roibos. Escribo más despacio, o eso me parece, y recuerdo que ayer me preguntaron quién eres y qué te gustaría y me dejé unas palabras olvidadas en la esquina, como esas borras de la escoba que no limpias. Hay quien se toma la vida entera para responder. Sería más fácil que te preguntaran quién envenenó a Neruda. O qué mueve a la gente a hacer colas infames a la puerta de grandes almacenes para comprar unas bragas de fibra inflamable a precio de risa, sí, o una americana de Balmain por 300 euros.
Balmain para H&M

Detesto las colas, y en todo caso deberían estar para que te den a ti, no para pagar cuando alcanzas tu objetivo. A uno se le hinchan las narices y un día decide que no espera más. Esperar es un gesto de aeropuerto. Un gesto de farmacia o de gabinete chic para hacerte las uñas. ¿Quieres un café?, te dirán. No, me he desenganchado. Lánguida perdida, ahora mi temperamento podría propender a la indolencia, eso tan metroburgués, tan irritante. En mi nueva situación tal vez confeccione un álbum de fotos con plumas rosas pegadas en los márgenes, morosidad terciopelo. Y me siente en las escaleras de madera vetusta de la librería Lello, ese lugar de culto que pisaré de nuevo en unas pocas semanas. Lentamente.

Entretanto. "Preguntas esenciales para un primer acercamiento al ser humano, sea hombre o mujer", escribe mi personaje, el reversible sin piernas:

1. ¿Eres hipo o hipertenso?
2.Cuáles son tus palabrotas preferidas.
3.Qué alimentos caducados alberga tu nevera.
4.¿En qué te has gastado los últimos diez euros?
5.¿Cuántas veces te miras al espejo?
6.¿Harías cola para una cita de amor?
7.¿Qué primer regalo le hiciste a tu pareja?

(El hombre que la quiso un rato compró una cafetera al poco de conocerse. Fue un bonito gesto -él no tomaba café- que agradeció sin duda. El café era como el amor, como un molto vivace y una tormenta de rayos de colores. ¿Qué se le regala a alguien que se ha quitado de todo lo excitante para excitarla un poco? (Añadir la pregunta con el número 8).

Debo averiguar quién envenenó a Neruda, mientras tanto. Y escribir el relato del velocista cojo, que frecuenta puticlubs de barrio popular y se amortaja en esas sábanas tiesas y curadas de espanto.









Neruda muriera envenenado

miércoles, 4 de noviembre de 2015

LA DIETA NEW AGE O DIETA DEL CONTEXTO

Si te quitan el café, la leche de vaca, la cerveza, los mejillones en escabeche, los embutidos ricos  y una larga lista de placeres radicales no sólo te quitan los alimentos. Te quitan su contexto. Una mujer a dieta de contexto no puede arrancarse a escribir de madrugada, porque el simple gesto de llevarse la taza a la boca es un ritual como el del director de orquesta cuando ataca el introutus segundos después de elevar su batura, concentrado. 

Si te quitan el introitus te quitan las primeras palabras. "Y quiso dios que el mundo fuera mundo..." O algo así. Y te dejan un triste vaso de agua templada con limón que se lo va a tomar tu madre, dirías, pero callas y agachas la cabeza delante de esa requetemédica a juzgar por los diplomas y merecimientos que cuelgan de las paredes de la consulta, solemne y ataviada con dos óleos enormes, muy Julio Romero de Torres.

En la sala de espera, amplia como corresponde a la reputación oronda del barrio de Salamanca, unos alaridos al fondo del pasillo, como de loca Rochester del Torreón de Jane Eyre, te hielan la sangre. Te preguntas si esa misma sangre sin cafeína, sin cebada de birra, sin escabeche, reaccionará igual a las miserias y desequilibrios humanos. El mundo hierbas opina que somos lo que comemos, esa frase con pretensiones sesudas de corto alcance (corto como mi lista de alimentos permitidos quitando esos que  comen las vacas, las ovejas) . El mundo del concurso televisivo con ollas y sartenes -que miras como quien oye llover- piensa lo mismo. Y prepara tomate frito, esa delicia que también te han arrancado de la boca: "Ya verás qué bien te va a sentar quitarte todos estos ácidos".

Ya veré, ya veré.

¿Adiós a la bilis es adiós a la indignación, al impulso apasionado? Y también a los vómitos calientes que te dejan tirada en la cuneta un verano, con dos niñas y una tortuga, en la devastación de un pueblo de Burgos, verbigracia. O en un aeropuerto internacional con muchas terminales y sin enfermería a la redonda.   Para esto hemos venido al vestíbulo de una casa señorial donde una mujer grita con una desesperación intolerable (que en breve, por efecto de la dieta,  me parecerá una respuesta desproporcionada a un estado carencial. No como el mío).

Al cólera le gusta el tomate. No te jode. Y las patatas fritas, desde luego. Tendré que buscar pan de centeno 100%, que casi todos los mezclan con trigo y el grano blanco es el enemigo. ("Una espiga dorada por el soooooooool", cantábamos en las misas del colegio. Desaforadamente, sin duda por efecto de las lentejas, que también son ácidas).

Lentejas, comida de viejas. Al menos rejuveneceré, si no me mata el mono de café. Si dejo de sentir naúseas ante las leches de soja, de arroz, de almendra (tengo mucho donde elegir, soy taaan afortunada. Susto o muerte).  Y por supuesto, socialmente estoy muerta: "¿Unas cañas después del trabajo, rubia?", me decían. "Sólo bebo zarzaparrilla, vaquero", tendré que contestar. Me queda el comodín del público, una copa de vino. Tiemble Vega Sicilia. 

Por no hablar de mis noches de los jueves. Se acabaron para siempre el plato de mejillones en escabeche con una Mahou en pijama y delante de mi serie de turno (he vuelto a Homeland y aún estoy remisa a encariñarme con Carrie. Brodi me cae fatal. Saul Berenson/Íñigo Montoya es mi hombre, y bebe líquidos incógnitos en vasos opacos con pajita. ¿Será un preparado detox como los míos?. 

Una mujer détox es lo menos sexy que imagino, salvo en un retiro de hierbas con pantalones flojos y tofu y jengibre en la mochila. ¿Debo cambiar de estilo de parejas al cambiar de alimentos? ¿Miraré a los yoguis con deseo? Qué risa. Me veo tan new age que no casa con mi música. A partir de ahora se acabaron las cantatas, el rock y hasta los fados. Vengan esas versiones de hilo musical de sala de meditación para mentes horchata. Y nuevos libros en mi Taj Mahal, demasiado carnívora de letras y autores con vicios destacados. Fuera los grandes bebedores. Salvemos a los que cultivan la respiración consciente y la postura de la cobra. El mindfulness. (Bien pensado, estos fueron antes borrachos, drogadictos, pendencieros, y yo no puedo enseñorear ese historial. Mis credenciales tóxicas dan risa). Adiós hermanos Beat, welcome a la autoayuda llamada autosuicidio, esa devastación de letras tontas en tortilla. 

Mi vida entera está apunto de desintegrarse. Escribiré distinto, dejaré los tacones, mi vesícula será el órgano más exhibible, mi escote y mis caderas. Pediré a las chukis que a mi muerte lo pongan en una vitrina de cristal y lo paseen por la India cual reliquia de eremita desintoxicada de todo lo bueno. Es la hora del Kamasutra, la hora del Ommmhhhhh, la hora del tantra. La de la parsimonia, la de la paciencia y la templanza. Tendré que cambiar de amigos, de look y de pintores favoritos. 

Dejo de ser sulfúrica, me temo. Serán cuarenta días, igual que Jesucristo en el desierto. Espero que Satán no se persone a tentarme con un cocido completo desde la atalaya de un monte despoblado. Soy carne de cañón, mi voluntad flaquea y no he empezado. Mi condena hare krishna empieza hoy. Ya escucho los timbales.


martes, 3 de noviembre de 2015

NADIE SOBREVIVE SIN MÁS A GIL DE BIEDMA

Anoche Gil de Biedma brujuleaba por Manila mirando muchachitos con inédito pudor y yo pensaba que hay, por ejemplo, dos tipos de hombre: los que ven el sombrero y los que ven la boa que se ha tragado al elefante. La diferencia no es sólo la obvia, es que los segundos a menudo y por efecto de una extraña transferencia sufren indigestiones pesadas y regurgitan ácidos, poemas, perlas negras. "Lo que es es lo que es", dirán los del sombrero, y se irán a la cama tan anchos, las conciencias apaciguadas, la raya del pelo en su sitio.

"La literalidad, ese pecado tan francés, tan español", escribía yo en el margen del libro biedmada perdida. De un literal hay que esperar bien poco. Como de un político en campaña. Si tuvieras que elegir entre irte a la cama con un gay brillante, preciso, delator de vilezas, tembloroso enemigo de sí mismo...Escritor. Pedazo de escritor... O quedarte a ver un espectáculo de blanqueamiento dental con proclamas blablablá para entendederas laxas, ¿qué harías? (Ponerte un pijama limpio, impoluto y bien doblado, y volver a esa ceremonia de las hojas que huelen a tinta y a selva sometida en resmas, cosida por los cantos. Ese olor lisérgico, acalorado, tan La Habana, tan Manila).

Otra cosa, ¿qué sería de un mundo gobernado por poetas... Insólitos destinos?

De acuerdo, el singermornismo no es sólo de políticos de saldo. El intelectual de saldo lo practica, el poeta se columpia en él a ratos. "No todo es blanco y negro, también hay grises", me decías, y yo me encogía de hombros, asistiendo con poco o ningún entusiasmo. Miraba las flores de la terraza, primavera de júbilo de entonces. El canalla lo es o no lo es. El cobarde lo es o no lo es. El mentiroso no dice verdades a medias, que es como llamamos a las trolas cuando no queremos sentenciarlas y mandarlas a galeras a remar. El muerto no está medio vivo, es un fiambre yerto que a veces respira (detalle irrelevante en estos casos). Y hasta besa.
En la cama con Gil de Biedma

Nadie sobrevive sin más a Jaime Gil de Biedma,  87 páginas de pasión, anoche. Yo te invoco.

Nos acogerán las calles conocidas
y la tarde empezada, los cansados
castaños obedientes cuyas hojas
 ruedan bajo los pies del que regresa,
preceden, acompañan nuestro paso
bajo la prematura opacidad ...  

El servil, es un ser-vil, apunté una vez por algún sitio. Y cosas así, breves, bobaliconas. Garabatos de mujer que ve boas tragonas por las esquinas del mundo. Y ambiciosos atragantados de ego que se suben a un atril y pecan de flatulencia verbal, ese aire denso sin enjundia. ¿Dónde está la vocación, en qué calle perdida la perdiste?, deja de sonreir como un idiota y dime de verdad lo que pretendes.

Te acuestas con un poeta, le levantas magullada. El pijama en arruga, la lluvia terca violentando el patio, los vecinos que aún duermen. No hay café, se acabó y esto es un drama literal. Muy francés, muy español. Recuerdas el arranque, tras un brillante prólogo de otro: "En el fondo del fondo, la nostalgia del orden, el deseo de simetría". (Esos que ven las boas sueñan con ver solo sombreros, qué descanso).

El canalla es canalla, ya lo siento. ¿Cómparado con quién?. preguntarás. Comparado con nadie. Dejemos las escalas, las relatividades. Reine la poesía por un rato. Intempestivamente. Loca de duelos y ansiosa de cafeína.

El libro se titula: "Diarios. 1956-1985". Jaime Gil de Biedma. Editorial Lumen. Compruebo que Imprescindibles, esa joya de TVE, le dedicó un programa. Aquí os queda eso.





lunes, 2 de noviembre de 2015

SIETE PECADOS CAPITALES

El Club. Pablo Larrain
No hay nada tan impúdico como la escritura. El striptease destinado a perdurar, que no persigue la excitación momentánea, sino el asombro calcáreo, permanente. La imaginación es un músculo capaz de estirarse hasta el infinito. Y luego está el cine, que debe darte las pistas sin pecar de demasiado explícito, que te deja frío cuando es mediocre y te clava a la butaca, como chimenea en refugio de  invierno, esas (pocas veces) en que te cuenta una historia potente, redonda, sin fisuras.

Vi "El Club" , de Pablo Larrain, y quise taparme la cara. Llorar. Vomitar. Gritar. Todos los pecados capitales concentrados en una casa de ¿reposo? ¿castigo? en una costa chilena que podría ser Fisterre, perpetrados por quienes deciden qué es pecado y qué no lo es. Penitencia de lujo, pocas normas, que recita y observa la única mujer del grupo: Horas de rezo y de comida. Prohibido tocarse para darse placer. No establecer contacto con la gente del pueblo... 

El galgo como simbolo de avaricia, pero también de afecto puro, ese que habrá que degollar. La gula a la mesa, en silencio y con vino hasta perder la memoria de lo que los llevó hasta allí. La pereza de ver pasar los días sin hacer nada provechoso, apartados del mundo en sus miserias pero chupando ansiosos de sus dones: esa playa majestuosa que da miedo, la niebla permanente. La envidia de los jóvenes que llegan, gozan y se van. La ira del que entrega una pistola, para que el otro mate (yo no fui). La soberbia del cura que acude a sofocarlo todo con su cetro de autoridad moral  y un gesto turbio. La lujuria, modalidad pedofilia -pecado de pecados- contada con toda la crudeza de las palabras que recuerdan los abusos a menores del convento, ocultos durante siglos por los mismos que confiesan y perdonan a los niños que antes de su primera comunión dicen ser malos porque pegaron a su hermana e insultaron al tonto de la clase. 
Capilla del obispo

Después fui a escuchar a las monjitas de la Capilla del Obispo, y ahora entiendo que fue para quitarme la costra de la película. La sordidez frente a esas voces tan puras que entonan salmos y parecen otra iglesia. Más limpia, más cerca del cielo, si lo hubiera. Con ese sepulcro de alabastro tan magnífico que bien merece la visita. A la salida una madre del Cordero -esa es la orden cantora- se me acercó con una caja llena de papelitos como para un sorteo: "Coge uno, cada papeleta es un santo que le protegerá todo el año. Es una tradición nuestra del Día de los Santos".

El azar me reservó a Santo Domingo de Silos. Benedictino, pastor y eremita. "Gran taumaturgo cristiano del siglo XI", según leo: "Domingo levantó la iglesia románica y el claustro, y organizó el scriptorium o sala de copistas, donde se creó una de las más completas y ricas bibliotecas de la España medieval".

Escritura. Domingo era un impúdico de las palabras.  Me guardé el papelito, satisfecha. Hoy sigo rumiando la película, soberbia, hipnótica, incontestable. Amén, Pablo Larrain.