domingo, 28 de febrero de 2016

EL AMOR HUELE A CAMISETA SUDADA


Sucede que a menudo quemo las tostadas. Las calcino. Me gusta ese olor acre, mortuorio, que no se parece a ningún otro y que penetra entre las juntas de los azulejos de la cocina, y te lo llevas puesto en el pelo, las manos o en las ingles. El olfato se aprecia cuando te constipas, es un sentido malogrado, el tonto de la clase. Quedarse ciego o mudo es una tragedia convenida, pero perder la oportunidad del olor propio o ajeno debería sostener una incapacidad laboral.

Todo viene a que alguien cercano está haciendo un experimento con una camiseta prestada. Se la pone cada noche para ir a dormir, y ya van ocho. Después, por la mañana, repite un ritual bastante selvático: llevársela a la nariz para reconocer el rastro propio, ese que sofocamos con desodorantes, cremas y perfumes. Para su pasmo, la prenda no apesta, como debería tras tantos sueños agitados y cubiertos de edredón de plumas. El sudor del día, en caída libre, hasta salvaje, se corta por la noche como una mayonesa mal ligada. Y el resultado viene a ser un compendio de trazas de colonia maridadas con piel de pliegue oculto y restos del olvido. Un mapa del tesoro que no conduce a nada salvo a un rastro que sólo quien ha visto y ha catado de cerca podría etiquetar incluso a ciegas.

Las mujeres, sobre todo las mujeres, nos hemos dedicado a borrar las pruebas íntimas de nosotras mismas. Leí ayer que la moda de dejarse crecer los pelos del sobaco -admitamos que el término es mucho más contundente que axila- cunde entre algunas socialites y estrellas que airean sus tentáculos pilosos con descaro de diva performántica. Imagino que es sólo una osadía estética, como colgarse un bolso Birkin para ir a una expedición polar, o a un matadero de reses revenidas.  Pero el olor a cuerpo, a humanidad descarada y libre, es una rebeldía en unos tiempos donde la globalización impone desaparecerse y cubrir el vacío olfativo con sándalos, maderas, patchulis o notas cítricas.

La memoria olfativa, sin embargo, es potente cual bomba de hidrógeno en desierto sin almas. Uno podría olvidar el color de sus ojos, su altiva compostura, pero jamás el aroma a ese desodorante de casa de la abuela que guardaba por pares en el armario del baño. Olor a brezo y a filigrana moral, a cercanía con límites. A ni un paso más, querida, pero ni un paso menos. Podría recordar ese otro olor a trapo húmedo, a camisa mal resuelta en cubo de ropa sucia. A fruta al borde del estío, a regaliz de parque de atracciones. A aquel chico de pura adolescencia en una moto, perfumada su larga cabellera con colonia de madre. El olor puti club de ese restaurante chino de casino de cuarta, con vistas a las mesas de Black jack. El puro vicio. El rastro de dos cuerpos que se funden y olvidan quiénes eran, su filiación y punto de partida.

El olor a libro nuevo, a tinta recién seca. El de las gomas Milán de nata del colegio. El del primer café de la mañana, que da hogar incluso bajo un puente. El olor de tu padre y de tu madre, y sobre todo el de tus hijos recién paridos, sus cabezas con restos de tu sangre, calores palpitando que se abrazan por primera vez, ungidos y aullando de amor.

Y todo porque hoy he vuelto a calcinar las tostadas, y a rallar lo quemado con cuchillo, y a dorarlas de aceite virgen extra, poderoso de incienso. Y a despertar con un beso en el pelo a mi hija pequeña, en esa ceremonia indestructible que es el querer que huele y no entiende de mordazas en bote con nombres en francés o en italiano. 


viernes, 26 de febrero de 2016

VER O NO VER ARCO. ESA ES LA CUESTIÓN

Joël Andrianomearisoa.Premio Audemars Piguet. ARCO

"Durante muchos años, el verdadero deseo de Seikichi fue hallar una hermosa mujer de piel resplandeciente en la cual tatuar su propia alma".

Botín de viernes sin ayuno: El libro "Cuentos de amor" de Junichiro Tanizaki (Alfaguara). "Once caminos del amor y del deseo", provoca la cubierta, y se me antoja un plan irresistible masticar este fin de semana un relato o dos del japonés que, con Mishima y Kawabata, forma la triada fantástica de la literatura nipona del siglo XX (esto lo acabo de leer, nunca hubiera respondido correctamente en un Trivial).

A mí la Cuaresma me provoca una revolución, un sarpullido grácil. Tradicionalmente broto como los almendros al primer conato de primavera, y en mi casa interior huele a incienso perfumado con una leve nota rancia en retrogusto. Hoy, sin embargo, pienso marcarme un cocido completo como rebeldía póstuma. O dejarlo listo para mañana, que ya no será pecado. La semana me ha devorado con dientes de sierra y Menguele regresa a mis pesadillas con sus anuncios funestos de antaño. Han vuelto los alien. Larga vida al láser. Al picotazo nervioso de pájaro en el iris. Al aleteo de lágrimas ardientes. (Pero no cunde el pánico, no lo permitiré. Será sólo una china molesta en los zapatos. Caminaré descalza si es preciso).

Ver o no ver, esa es la cuestión. Lo que no ves, ¿no es?. El otro día me paseaba por ARCO con aires de coleccionista torpe y excéntrica cuando me topé con un hombre que conozco vagamente. Tras el saludo de rigor me hizo ver que tenía todo el rojo el labios desparramado por la barbilla. "Pero no te preocupes, en este entorno queda normalísimo". El Anish Kapoor que acababa de admirar- ese círculo de oro que dan ganas de golpear como un sagrado gong- no me sirvió de espejo en mi alocada carrera por los pasillos de una feria que siempre disfruto aunque siempre hay alguien muy solícito  que me pincha el globo en plena cara: "Es muy mediocre esta muestra. Valores fijos, poco riesgo. Nada que ver con Art Bassel y las grandes...".

Nada que ver, supongo. Nunca estuve en Basilea pero aquí me sumerjo en una montaña rusa de impactos y me quedo prendada de un Marina Abramovich, de una tormenta de libros de Alicia Martín -compañera del cole y artista desde que llevábamos uniforme príncipe de Gales. Yo con horquillas de carey, ella con boina de terciopelo añejo- de la escultura de una pareja a horcajadas de no recuerdo quién. "Cada vez me interesa más la escultura, debe ser la edad", le escribo a J. (Pasa con el pescado frente a la carne, con el ensayo vs. la novela. Con el agripicante frente al dulce). Y recuerdo esa sensación de hace unos meses en el Louvre, un flechazo ante Diana Cazadora que me provocó el deseo urgente de volver y admirar. La certeza de que la tercera dimensión multiplica el deseo, la curiosidad de abarcar una pieza en todos sus planos, rodearla y sentir que puedes abrazar con la vista los pliegues y las corvas. Ese misterio negro de los huecos que me descubre G. con sabia erudición del que vio y palpó. Como Tomás.

Despido la semana con ansia de recogimiento. De digerir espacios y sonidos. Encuentros de pasillo y sala de espera en cálida compañía y con fluorescentes blancos, ese atropello que anticipa una suerte de tortura. No ha estado nada mal, después de todo, y hoy vuelvo a ARCO. A digerir despacio el atracón de ayer. A buscar el reflejo que abandoné en una pieza ovoide, distraída. Tatuaje del alma, que diría Tanizaki.





lunes, 22 de febrero de 2016

EL PUNTO "G" DE MADRID


Apenas me dio para ojear mi botín antes de dejarme caer por el precipicio tobogán del sueño: "El punto ciego busca un sentido donde parece no haberlo, en lugares a simple vista invulnerables al sentido, o al menos a un sentido claro -contradicciones, ironías y paradojas irreductibles- persiguiendo de ese modo un conocimiento inédito o incluso una revelación (...)". Javier Cercas. "El punto ciego". Literatura Random House.

De nuevo la necesidad de misterio en la literatura. Toda la claridad que precisa la mente para ejecutar las industrias de la vida se nubla y así debe ser entre los brazos de un libro. Anoto en mi cuaderno de bitácora: "Persiste mi desafección a la novela.¿Estado pasajero?". Mi propia ¿novela? es una desembocadura de río fatigado donde flotan unos troncos  llenos de bichos y verdín que a ratos agito con una rama de palabras vagabundas. "Es la primera vez que me sucede en invierno. En invierto los corazones son frágiles, congelados, y en un mal golpe podrían resquebrajarse. Y sin embargo...", anoté la otra tarde. Y luego él le dirá, como si tal cosa: "Me gusta leer sin las gafas. Me obliga a hacerlo despacio". Y a imaginar palabras que no ves, qué gesto tan fecundo, le diría. Pero claro, esas frases que no hilan una conversación ante testigos, pero marcan desafiantes el camino al punto ciego del encuentro. A un cierto punto ciego despoblado de certezas y abierto al pulso del sentimiento más voraz. Y una luna que se muestra con sol, desvergonzada, tan fuera de lugar que rompe la lógica del día. Y alumbra los contornos metálicos de un regalo conmovedor en su delicadeza: una diminuta cajita llena de puntas de pluma, clavos para los ojos: "Escribe, maldita".

Ayer, un poco antes, fue comida de amigas de la universidad. Mi M. asegura que quiere ser "inducida por los extraterrestres" y lo encuentro muy lógico. La abducción está sobrevalorada. En realidad, la secuencia fue así: un bar próximo a la Iglesia del Cristo de Medinaceli donde un grupo de personas hacía cola con sillas de picnic y carteles con cifras variables, la equivalencia en almas a cada puesto, supusimos. Y cocinaban en plena calle como si estuvieran en el campo y me pareció un acto muy político. Tomar la acera con un banquete de pollos y ensaladas grasientas mientras las beatas se empinaban a catar la melena lustrosa de ese Cristo, lujuriosas sin cuerpo de pecado.

Madrid con sol de invierno es menos descreído, más velazqueña y alegre. La cerveza es el cáliz y las hostias se huelen en las sacristías donde ensayan las salidas de unos pasos de Semana Santa sin ese lucimiento hiperbólico del sur ni la solemnidad del desgarro castellano. Una Pascua sotto voce que es otro punto ciego, bien mirado, para los que gustamos de buscarle a la ciudad los puntos más ajenos e insensibles a su pompa capitalina, pero más próximos al orgasmo.  El punto G de la capital, podría decirse. Y somos un ejército de hormigas que devora los mapas a mordiscos diminutos, y esa instalación bien podría habérsele ocurrido a Damian Hirst. Una vitrina lupa de un tamaño mediano, y dentro el plano algo mojado de la ciudad, arrugado y con minúsculos restos de pollo y de lechuga robados a los moradores de la cola de ayer. Y dos o tres mil obreras laboriosas devorando, con micrófonos instalados en la caja que harán de sus trabajos de mandíbula un rugido insoportable, global, terrorífico.

Lo que me lleva a mi segundo botín, tan codiciado. El libro "¿Qué estás mirando?", de Will Gompertz. 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos. Perfecto para mi promiscuidad de los últimos meses. Un día me lo haré con Marcel Duchamp, otro con Walter Gropius. Y al pobre David Vann, tan deseado ayer, lo reservo sin ansia para un viaje de tren. Y mi mesilla empieza a ser declarada zona catastrófica, e imagino una avalancha nocturna que es otro punto ciego desde donde arrancar un relato. "Me he dado cuenta de que son objetos que he ido guardando para ti (antes de conocerte, muchas décadas antes)".  Ese esperar sin conciencia de espera, ese destino.






viernes, 19 de febrero de 2016

ANTONI CLAVÉ Y EL PRINCIPIO DE IMPACIENCIA


Roi.1957
Ayer en la Marlborough me enamoré de un collage de Antoni Clavé. Una pieza de tamaño mediano arrobada de rojos donde un rey sostiene algo parecido a una flor. "Roi. 1957". "El artista catalán se cotiza a precios de hace diez años", nos sopló un conocido que pasaba por allí. O sea, que un Clavé era una oportunidad y una derrota. 

Mi Clavé, al parecer, tiene varios novios. La encantadora N., amiga de la galería, me explicó que existe una lista de reserva de piezas y que uno puede dudar un tiempo mientras se acumulan otros cazadores a la cola. El deseo, imagino, se incrementa cuando sabes que tu objeto es perseguido por otros. Y entonces la adrenalina se dispara. Y a veces te llevas a la chica, al chico, más porque otros la requieren que por tu propio impulso. Ese desatino.

"Clavé ha accedido a la modernidad ...por el desconcierto. Pues pretender ver claro en estos tiempos es mentir. Clavé avanza a través de su obra en curso como el rey Lear, titubeante a través del yermo, a tientas", escribía Pierre Scheneider en 1978. El artista catalán, aprendí ayer, se había ido demasiado pronto de París y había viajado demasiado pronto a EEUU. Vivió en plena edad de oro de la modernidad artística pero no cuajó del todo entre los dioses del olimpo. "Había un desajuste, una grieta fina pero profunda, un principio de impaciencia que se iba a convertir a la larga en un alejamiento asumido".

Ayer me enamoré de Clavé y de su principio de impaciencia. Tengo debilidad por lo que llegan demasiado pronto o tarde a los banquetes. Pero sobre todo admiro a quienes deciden ir por libre y no participar de las euforias colectivas. Ese gregarismo como orgía donde uno se abraza a otros cuerpos, atolondradamente, para sentir el propio. Clavé, me parece, fue un independiente de cojons. "Yo no soy un teórico, soy un pintor, un trabajador manual", dicen que decía.

La impaciencia nos lleva a no medir la oportunidad, ese otro principio que explica que a un mediocre le vaya bien y un talentoso se quede para siempre en la cuneta. La historia está llena de ejemplos. De habilidosos en el arte de pillar la ola, pero no de invocar al viento. Los grupos dan calor, nos impulsan cuando andamos justos de fuerzas. Dan voz al tímido, al callado, al mudo. El solitario se lame solo hasta que se le acaba la saliva. Y no asiste a los cócteles ni hace la pelota a quien debiera. Se concentra delante de su lienzo donde escupe pintura y desalientos. Y a veces, un buen día, cuando el hombre está muerto, alguien se apodera del hallazgo y lo convierte en un genio. Qué tristeza.

¿Quién decide el talento? ¿talentosos o buitres?  ¿Quién decide la moda? ¿Quién la oportunidad? ¿Quién la maldita, con perdón, cotización? Yo hubiera pagado por mi Roi, 1957 lo que no tengo. Espero que le salgan muchas novias, y que se haga con él alguien que se haya enamorado a simple vista. No un inversor glaciar esperando el momento de vender con ganancias. Parece que no hará ningún negocio, Clavé no está de moda. Pues espero que la Marlborough lo logre. ARCO está a la vuelta de la esquina y allí volverá a invocarse su espíritu y su talento incuestionable.

En 1965 Clavé se retiró a la Costa Azul para dedicarse a pintar y a sus grabados. Solo, a su aire. Esa condena que abrazan los valientes.




jueves, 18 de febrero de 2016

LA INTIMIDAD DEL AIRE (REALISTAS DE MADRID, MUSEO THYSSEN)

Antonio López. Museo Thyssen
Hay palabras que me gusta tanto cómo suenan que busco una excusa para usarlas. Por ejemplo, catenaria. Por ejemplo, zaguán. Mataría porque la RAE ampliase su definición y así poder llamar zaguán al recibidor o vestíbulo de casa (que derivó en hall, término mucho más anodino y carente de personalidad, cuando es un cul de sac oscuro al que un buen día puse unas cortinas hippies de semillas para fingirlo entrada a un paraíso lisérgico y prometedor).

El otro día me dejé arrastrar por las estancias de la exposición Realistas de Madrid del Thyssen, rodeada de grupos de mujeres que se explicaban las unas a las otras a voz en grito lo que todos estábamos viendo. El realismo tiene ese efecto democrático: todos entendemos lo que vemos. Es cotidiano y su lectura inmediata está al alcance de nuestras manos. Así que allí había un congreso de expertas (y algún experto) señalando membrillos, estanterías de cuarto de baño o pasillos de luces tenues con el desparpajo propio de la osadía.

Lo cotidiano para mí es siempre misterioso. Una invitación al voyeurismo que me produce cierta sensación de culpa cuando entro por primera vez en un cuarto de baño y se me van los ojos al orden o al desorden de una balda, al modo en que las toallas lucen tersas o dejadas caer en sus pliegues húmedos. A las huellas de las gotas en una mampara de ducha. A las cuchillas de afeitar o las cremas y afeites destinados a dignificar a sus dueños. La intimidad reside en los objetos y se alimenta de ellos. Así que no hay gesto más íntimo que introducir tu cepillo de dientes en el vaso de una casa ajena. Algunos lo llaman temeridad. Otros, comienzo de una historia compartida.
María Moreno

Antonio López, María Moreno, Isabel Quintanilla, Francisco López, Amalia Avia, Julio López (sí, suena a reunión familiar y de hecho lo es. Hay maridos y mujeres. Amistad y camaradería) ofrecen un recital de temeridad en sus cuadros y esculturas de lo fácil. Eso tan tramposo. Hay poesía pura en un pasillo blanco, absolutamente blanco de Antonio López, en su magistral perspectiva apuntalada en puro virtuosismo sin soberbia. Y el hallazgo de ese cuadro me abstrajo de la Gran Vía y me llevó de cabeza al descampado de Vallecas donde su mujer, María Moreno, y Quintanilla ofrecían dos muestras desde el mismo lugar, y capturaban la intimidad del aire, de lo desapacible de un solar sin edificios que lo abracen. Y eran dos aproximaciones tan distintas que me sorprendí escrutándolas como se hace con el juego de las siete diferencias. Y las siete eran siete mil. Y una pareja me echó al lado por pesada, con toda la razón.

Siento debilidad por María Moreno. Me parece una excelente pintora al lado de un genio que se llevó la fama (y también cardó la lana). La humildad de Antonio López logra que se le perdone. Ambos van de la mano y beben a diario litros de un brebaje que preparan y ofrecen a las visitas. Una purga que a ellos les funciona porque siguen atracando intimidades en espacios, en flores, en desnudos esculpidos. Y luego se convierten en dos ancianos amalgamados, silenciosos y llenos de preguntas.

Isabel Quintanilla
"Píntame un zaguán", debería haber dicho el Principito. Un espacio intermedio, una frontera entre el afuera y el adentro. La intemperie y el orden o el desorden de lo que nos cobija. Con esas luces bajas, mortecinas, que ayudan a templar el ánimo y desatarnos los corsés cuando entramos en casa. Ese lugar incógnito que vamos envolviendo con objetos que son como un escudo protector, como un sudario. Detrás de cada plato y cada libro,de cada mota de polvo acumulada,  hay un acto de fe, un intento de sernos a través de lo inanimado. De dotar a Pinocho de una vida latiente. De escapar de la miseria del cuerpo, de ampliar contornos a golpe de carboncillo sobre papel. Luces y sombras.

Y contar todo eso en unos cuadros, en unas esculturas, requiere tanto talento que me habría arrodillado ante el algunos. Pero el grupo de expertos alineados en terca catenaria me empujaba con prisa hacia el zaguán. La prisa del que entiende a la primera.





martes, 16 de febrero de 2016

LA NOVIA DEL PAPA JUAN PABLO II

Karol Wojtyla y Anna Teresa Tymieniecka
"Buscaba desde el año pasado una respuesta para estas palabras tuyas: 'te pertenezco'".
Y finalmente, antes de dejar Polonia, encontré un camino: un escapulario. La dimensión en la que te acepto y te siento en todo tipo de situaciones, cuando estás cerca y cuando estás lejos".

El Papa Juan Pablo II sintió profundamente por una mujer durante tres décadas. La mujer estaba casada y se llamaba Anna-Teresa Tymieniecka. Desde que ayer la BBC aireó esta scoop el  polaco me cae un poco mejor. El sentimiento humaniza a la iglesia y a sus soldados. La noticia insiste en que no hay pruebas de que el santísimo se saltara el celibato. Algo, a mi juicio, bastante irrelevante. No creo que contener la llamada de la carne entre dos seres adultos sea tan meritorio; me parece mucho más difícil contener la del corazón, la del entendimiento intelectual, la de la curiosidad o el desvelo por el otro. Karol Wojtyla era sobre todo un hombre y encontró una cómplice, una filósofa, con la que compartir inquietudes de cierta profundidad. Allá donde no llega ni dios.

Naturalmente, estoy a favor de que los curas amen. Creo que taponar el afecto, la ternura o la pasión sólo les ha traído problemas, cuando no acciones delictivas. La Iglesia católica estigmatiza a la mujer al seguir equiparándola a la serpiente. No superar el Antiguo Testamento es como no pasar de primero de primaria. El tono de las informaciones sobre el largo affaire de Su Santidad está lleno de cautelas; de tiradas de piedra que esconden la mano. Las líneas destacadas de esas cartas son una historia de amor a la que nadie se atreve a poner una etiqueta.

Los votos protectores no sirven cuando tiembla el suelo con una intensidad de muchos grados Richter. Recuerdo en el colegio de pequeña que una monja, la profesora de música, se casó con el padre (viudo y farmaceútico) de una compañera de mi curso. Aquello se llevó con secretismo como se llevaría algo después el primer embarazo de penalty de nuestra generación. Al poco empezamos a cruzarnos por el barrio con la madre María José -así se llamaba- convertida en una mujer. En nuestro imaginario de niñas una monja no era una mujer, desde luego (igual que una madre era una madre, sin más). Y verla sin  toca en la cabeza y descubrir que tenía cintura y pechos nos turbó bastante. Como ahora la imagen de Wojtyla en calzoncillos y camiseta (la noticia habla de "pantalón corto y camiseta", pero si eso no es ropa interior que venga Calvin Klein y lo vea) saliendo de una tienda de campaña con una mujer cerca. Como una pareja de maduros cómplices en un fin de semana de campo y relax.

"Buscaba desde el año pasado una respuesta para estas palabras tuyas: 'te pertenezco". 

¿Cómo encajaría el cura Wojtyla un rayo ardiente de palabras como ése? Sabemos que le costó al menos un año. Debió descolocarle la sotana. Debió quizás provocarle el escozor de los escrúpulos. ¿Se apretaría el cilicio hasta sangrar? ¿Rezaría plegarias para que el señor apartase de sí ese cáliz? ¿Entendería su esencia de hombre mortal? ¿Cuántas noches en blanco pasó el Papa, antes de serlo y después, turbado por la llama de un amor estridente al que tardó en encontrarle un acomodo?

Leo la historia y me gusta lo que leo:

"En 1974 le escribió a Tymieniecka que estaba revisando cuatro de las cartas que ella le había enviado en un solo mes, porque eran "muy significativas y profundamente personales".

Mi abuela estaba platónicamente enamorada de Juan Pablo II. Ya he contado que hasta su muerte tuvo un póster del Papa en uno de los dormitorios de su casa. Le parecía que tenía sonrisa "de pillín". Mi abuela no era religiosa, no lo fue nunca ni lo fingió. En Wojtyla veía sólo un hombre, un hombre bueno y pícaro. Cuando murió -creo que el mismo año que él- y vendimos su casa quitamos con tristeza aquella foto pero aún sale a colación en conversaciones de familia en las que la Yaya sigue viva y resucita en las palabras, esa inmortalidad en la que creo.

Nos quedamos sin saber las cartas que la filósofa polaca envió al hombre Karol. La BBC no las ha conseguido y me parece bien. Es mucho más crucial que el mundo sepa, por si aún no se había enterado, que bajo un alba, una casulla, una triste sotana, hay sobre todo un hombre capaz de todo lo que reclama su naturaleza. Del amor más profundo, de las atrocidades más tremendas. Y a veces tratar de contener un ciclón con una cruz es como ponerse una ristra de ajos para evitar que Drácula te muerda. Una chorrada.







 



lunes, 15 de febrero de 2016

BARCELONA CON JULIO RAMÓN RIBEYRO

Dos desnudos y un gato.Museo Picasso
Sostiene Ribeyro que "lo tardío, lo superfluo, lo antiguamente codiciado, se amontona en torno nuestro, se organiza en lo que podría llamarse una casa". Lo dice después de contar que durante diez años vivió emancipado del sentido de la propiedad, de la profesión, de la familia, del domicilio, y que viajaba con una maleta llena de libros, una máquina de escribir y un tocadiscos portátil. "Pero era vulnerable y cedí a sortilegios tan antiguos como la mujer, el hogar, el trabajo, los bienes".

A Julio Ramón Ribeyro hace tiempo que le tenía ganas. Fue J.E quien me lo recomendó un mediodía mientras comíamos en el Pabellón del Espejo, ese coqueto restaurante art nouveau que afrancesa Madrid y planta su descaro pícaro de cristal a la grisura solemne de la Biblioteca Nacional.

"Debes leer las Prosas Apátridas", recitaba él, hombre de americana rosa y pajarita. Y yo apuntaba con diligencia de alumna voraz y agradecida. Luego pasaron los días, ese estío de junio, pasaron los libros y se me estropeó el móvil donde tomaba notas. Hasta que la semana pasada entré en casa de J. y ahí estaba, como una pista para tuertos que debía encontrar a la primera. "Llévatelo, te vendrá bien para el tren", me dijo él. "No podría, leer sin subrayar es imposible". Y entonces me dio carta blanca generosa para hacer y deshacer con el lápiz -obligada tibieza, yo suelo subrayar con eye liner e incluso con rotulador-. Y en un Madrid Barcelona a 300 km por hora me sumergí en Ribeyro en apnea y entendí que estábamos predestinados a encontrarnos y compartir manta y sofá.
Catedral del Mar

La mujer, el hogar, el trabajo, los bienes. La lista de la claudicación. Sostiene Ribeyro, sí, que hay un día en que has construido tanto que ya no te queda otra que habitarlo. Y que esa vida acumulativa "termina por edificarse en el umbral de nuestra muerte". Acumular es cavar una fosa bonita, pero fosa. Un gesto inútil que nos llena de ensoñación como esas estanterías plagadas de adornitos destinados acumular polvo para que las señoras de antes (y algunos señores extravagantes) pasen el plumero y muevan el polvo a un destino menos molesto a los ojos.

Nunca entendí lo del plumero como instrumento de limpieza. Sí de tortura para gatos, sí de danza tribal o de dirección de orquesta simulada. Ahora que por fin se ha desenmascarado a las ondas gravitacionales lo mismo alguien aplica una fórmula a la caída y dispersión del polvo, desenmascarada siempre por un rayo de luz inoportuno. Ese milagro que ofrece la cotidianidad y al que no se le presta la debida atención. La mujer, los polvos, el hogar...

Frente a Museo Picasso
A mi amigo R. también le provoca la lectura de Ribeyro, pero el viernes, antes de sucumbir a la gripe o a un ataque de alegría por nuestro encuentro largamente postergado, me puso sobre la pista de Gaziel. "Lee "Meditaciones en el desierto", mi rubia". Yo apunté, cruzando dedos para que el teléfono dure más que mi memoria. Y luego R. se acostó y aún no se ha levantado. Así que nuestro cicerone en Barcelona nos dejó solas ante esa ciudad reventada de sol y transeuntes Rambla abajo (¿nadie sube la Rambla o sólo lo parece).

Y hoy, ya de vuelta a mi guarida de la acumulación, acumulo imágenes: tres mujeres tumbadas en la playa de la Barceloneta, con nuestras bicis a tiro de vista. Un concierto de guitarra en la Iglesia de Pi, noche templada. El Picasso Margot, y dos amantes con gato que mi hija pequeña no entendía: "¿Pero qué están haciendo, mamá?". La bajada en curvas del parque Guell con dos mujeres árabes con las que entablamos conversación y complicidades. Ellas tocadas con velos, sonrientes y libres. Ojos verdes. Una cerveza helada con deliciosa sepia. Los nervios góticos, alados, de la Catedral del Mar. Un Pope ortodoxo surgido de la nada. Encantadoras plazuelas, tantas como recodos. Coquetas, disponibles. Tendederos con ropa en el Ravall. Tiendas vintage. Las frases sentenciosas de mi hija I.: "Este café sabe a río". Hotel con tres camas, tan felices de ser juntas y disfrutarlo lejos de casa; de nuestras cosas y costumbres. Liberadas al fin, en plan Ribeyro. 


jueves, 11 de febrero de 2016

LOVE IS IN THE AIR


1."No puedo respirar. Me muero ahora mismo. Dile a mi padre que le quiero". Y entonces, delante del fulgor blanquecino del Telediario, llegaron las lágrimas. No es fácil llorar con las noticias, de tan anestesiados al espanto, pero el relato de una joven testigo de la noche del Madrid Arena, describiendo la avalancha de cuerpos y la agonía de una de las víctimas en un lenguaje justo, desprovisto de artificios ni epítetos de drama, me llevó de inmediato al momento y al lugar. Pensé en mi hija I. Sentí como una madre, el aliento salvaje de la muerte de un cachorro, su cadáver frío y desmadejado entre los brazos. Las víctimas deberían siempre hablar, no los redactores que confeccionan la noticia con el corazón arrancado. Eso pensé. Un noticiario de voces desnudas. Y luego el silencio. Y todos a llorar, a indignarse, a clamar Justicia, que sobran los motivos.


2.Misma noche, mismo sofá, mismo televisor. Ahora cuenta la liberación de los titiriteros. El juez les ha dejado libres porque no ve motivos de fuga ni de repetición del delito, "dado que se les han incautado las marionetas y los carteles de Gora ETA". Me da la risa floja. Es como si al escritor le quitan el boli BIC con el que escribió el relato y el papel garabateado como medida disuasoria. Un chiste más divertido aún que la chirigota ganadora del carnaval de Cádiz: "Si me pongo pesaó me lo dices" (me troncho cada vez que la escucho, y mira que soy poco sensible al gaditano way of life)

3.Foto para el carnet profesional. Mi V., alias "Hamster", da instrucciones al maquetador para que le tunee la imagen: "Más blancos, pónmelos más blancos". Y el otro obedece y le saca una sonrisa profidén, le alisa las arrugas, la compone. "Ponle más pechos", sugiero desde la retaguardia. Y el hombre va pasando el ratón por un busto de niña, y consigue unos melones estrábicos. Y luego mira con satisfación: ¿Qué os parece?. "Que se te nota la orientación sexual", respondo con cierto laconismo. Carcajadas.

4.Debate doméstico sobre San Valentín. En el cole de mi hija los de 13 años ya se regalan. Lo llevan haciendo años. El amor, eso tan intangible, a ratos necesita de pruebas, de cuerpos del delito. De ahí las flores, los bombones y las notas románticas. A los trece años conviene consolidar el sentimiento y acaso puntuarlo (apuntalarlo) como en un boletín de notas. Es inasible quererse. Es gaseoso. Es un sentimiento tan desnudo que pide algún adorno, como las lápidas de mármol piden maceteros de plantas de plástico de los chinos. Y ese juego me lleva al mensaje de mi amiga F., justo ayer: "Ya se acerca el 14 de febrero...Si alguien me ama en secreto por favor avíseme:)". Le respondo enseguida: "Yo te quiero mucho". Me manda emoticonos. Fin del drama.

5."De la perplejidad nace la cultura", leía anoche (S.P, of course). "La mística, la lucidez, lejos de ser un fenómeno irracional, es la otra cara de la razón crítica (...) Sólo alguien que en el fondo sabe puede asombrarse por no saber". El listillo es incauto, es osado y eructa satisfecho tras esa digestión pesada de fast food. El conocimiento es un túnel largo, infinito, que no muestra la luz, que no da tregua. Nadie puede saciarse del único alimento -tal vez con el amor- que produce más hambre cuanto más se devora.






martes, 9 de febrero de 2016

ANATOMÍA DEL MATRIMONIO UNIDO (Según Josep Pla)

"En todo caso, si la soledad es irresistible, no se puede negar que es barata. No hay ningún avaro que no sea un solitario. No hay ningún avaro que no lo sea también de sentimientos y palabras".

En una primera aproximación a Josep Pla -tímida, aletargada por la hora y sus recogimientos-  me divierte hacerle cosquillas desde el lomo de su "Cuaderno gris" y abrir, como si tal cosa, la página que el azar me ha destinado. Una, dos, tres veces, en un pizzicato distraído y gozoso que no me deja margen para la decepción.

No. Aún no subrayo pero me incendio de curiosidad. El hallazgo está ahí, ante la urgencia de mis ojos, y fantaseo con fingirme enferma y dedicar la jornada a devorar palabras con hambre y urgencia de soldado. 

"Cuando canta parece que se prende fuego", dice de un tipo. Y luego pontifica que lo difícil en la literatura es describir. Así que los que se ven incapaces, opinan.

Opinar es, por tanto, un síntoma de falta de recursos. De ahí que se estile tanto en la política y que se hayan inventado las tertulias para dar cauce a tantos impotentes empalmados de sí mismos. Seres de flácida complexión intelectual que se agarran a una aseveración vaga y difusa como a un clavo ardiendo. (Yo misma opino demasiado y después de ti pienso entrenarme en la descripción como alternativa razonable, diría que salvífica).

"Algunos opinan por encima de sus posibilidades". Escuché una vez a una serpiente.

El asunto de la avaricia. Ese no darse no sea que nos desgastemos. Hay en el solitario un miedo a ser engullido. A claudicar de ego y cederse si el resultado es más miseria. El solo tacaño, lo que es el solo, querría dispersarse en quien le dé alas, no tropezarse con ellas en el vuelo de albatros estéril, limitado,  de un martes de salón o comedor delante de un plato frío de lentejas.

Lo que es el matrimonio. (No siempre, algunas veces. ¿A menudo?. Y el choque ya no hiere, de puras cicatrices. Y las alas del otro, impertinentes, se espantan como moscas, distraídos y sin soltar el mando de la tele)

Y ahora el señor Pla habla de esto, justamente:

"Los matrimonios unidos (muy raros) son un compuesto formado de un temperamento alargado por el amor propio y un temperamento acortado por el sentido del ridículo. Hay uno que empuja, teatral y enfático -que tanto puede ser el hombre como la mujer- y otro que cede con misteriosa sonrisa de conejo".

Hay en el solo vocacional, en la sola ensoñada, un temperamento acumulativo. Muchos papeles que no le toca nadie y muebles sin esquinas que no desgarran sus medias de cristal. El silencio como bálsamo y la nevera como una máquina de vending generosa y poblada al gusto singular, presente indicativo. Quesos, espárragos, yogures de soja, chocolate con kikos. Por ejemplo. O eco sin urgencia de reposición. Ya saldré, si es que salgo. ¿Para qué salgo? ¿Para quién salgo? ¿Y si no salgo?

Y en la avaricia de la posesión, el solo real o imaginado colecciona tesoros de naufragio. O recoge alborozado la botella que le lanzan al otro lado de su mar. Y sale de la guarida y agradece.

-¿Puede usted decir cuál ha sido el encuentro capital en su vida? ¿Hasta qué punto dicho encuentro le dio, le da, la impresión de lo fortuito, de lo necesario? (André Breton y Paul Eluard preguntan a Giacometti. Revista Minotauro, 1933).
-Un hilo blanco en un charco de alquitrán líquido y frío me obsesiona, pero simultáneamente veo pasar, una noche de octubre de 1930, el andar y el perfil -una pequeña parte del perfil, la línea cóncava entre la frente y la nariz- de la mujer que a partir de ese momento se desenrolló, como un trazo continuo, a través de cada espacio de las habitaciones que yo era. Ese encuentro me dio y me sigue dando, pese a la sorpresa y el asombro, la impresión de lo necesario".

El asombro impresionado de lo necesario. Eso que al solo le vuelve del revés. Le desconcierta al hacerle reversible.  ¿Qué diría Josep de este particular? Abro de nuevo el libro, entregada a su azar. Como quien lee un horóscopo queriendo interpretarlo en su terreno.

"El matrimonio debe ser un rodeo para ir a otras dos formas de amor: el amor de padres a hijos y el amor de hermano a hermana, que es el modo en que acaban los matrimonios cuando el fuego se ha acabado. El ideal sentimental del hombre debe de ser el de la hermana imaginaria...".

¡Qué grande Josep Pla!. Qué delicioso elogio del incesto sobrevenido. Qué caldo de cultivo el matrimonio. Qué legión de solos buscando un piso grande donde chocar lo justo. Avariciosos perdidos, cerrajeros de su ego, casi mudos...  A la espera inesperada, crucial y casi agónica de la impresión de lo necesario. Ese milagro.










lunes, 8 de febrero de 2016

EL MISTERIO DEL POLVO DE TÉ VERDE

Encontré una vieja moleskine garabateada con mi letra de ayer. Otra letra, que no era la mía, había escrito: "Palermo en Semana Santa, digamos el 4 del 4". La misma letra me sugiere "Fuga sin fin", de Joseph Roth, y me dibuja un bosquejo de mapa amorfo donde pone "África". Lo más parecido a un mapa del tesoro.

Dos páginas antes, mi letra: "Retirarme al campo, esconderme como anticipación de la muerte y supresión de la vanidad". Y una página más allá: "Sin vesícula, limpio".

La intriga del diario de tu hermana, pero fisgando el tuyo de ayer. No siquiera un diario, anotaciones a vuelapluma, garabatos, paso del edding azul al pilot negro.

Y ahora una dirección: "Pensao Amor". Rua do Alecrim, 19. (La busco en Google, precipitadamente. Abigarrado restaurante con aires de museo y barroquismos varios. Cortinajes, brocados y lámparas, terciopelo en las butacas. La sensación de que no he estado nunca pero me quedé muy cerca. Más Lisboa).

De pronto, recuerdo. Sancha la portuguesa en un avión de vuelta de Puerto Rico dictándome direcciones imprescindibles con su acento fadista y sensual. Debía comer el helado de fresa y caramelo de Santini en Chiado y cenar en la Taberna Ideal. Ignoro si lo hice, si traicioné su animosa generosidad con mi escasa diligencia. Era ayer, pongamos 2012 o poco más. Ni una sola fecha entre esas páginas.
Pensao Amor. Lisboa


"En España hay veneración por los rones oscuros, dulces...El mercado te orienta y te bloquea". Y al final: José Sánchez Gavito, maestro ronero. Bacardí. (Pienso en Lágrimas Negras, irremediablemente. En Bebo Baldés y El Cigala)

"Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que tú sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras
tiene lágrimas negras como mi vida"
.

El pasado en una moleskine es más pasado. Huele a humedad con moho, a largos vuelos de avión con pasaporte y sello azul o rosa oscuro. Las voces se mezclan, cogen cuerpo, no como esas notas de hoy en el teléfono que mañana morirán en tus descuidos y se dará por bueno. Una explosión demoledora y el olvido.

Shingo Gokan, apunté entonces. ¿¿Y ese quién es??

La escritura manuscrita, la manuescritura, es añeja como el ron dulce. Pasa el tiempo y se transforma. Nostalgia de anotaciones rápidas, de subrayados tercos y cierta incoherencia que hoy sugiere un acertijo. la misteriosa identidad de ese hombre que dibujé en trazos breves, angulosos, con un "no tiene la green card seis años después". Y justo al lado: polvo de té verde.

Polvo de té verde. Y una tarjeta de Calvin Klein Milán. Aquel viaje de trabajo.

Viajes. El poso común de la libreta son los viajes. Hay listas de equipaje, algo así:

"Botas, chupa de cuero, Melatonina, Atarax. Depiladora... (Me río de la intención de J. Quiere ser talibán y quemar todas los los centros de depilación láser como primer acción revolucionaria. Chamuscar a los de los pelos chamuscados. A los asesinos del monte de Venus de todas las Venus del planeta. Sin Venus no hay evocación. Sexos de niña púber. Activismo o muerte).

Me propongo rescatar todas mis moleskines del ayer, revolución pendiente. Antes de que otro los encuentre y quiera interpretarme sin recato. África, es mi deseo y mi destino. Un poco de Palermo, pongamos que en abril. Y ese Chiado que ya olvidó las brasas del incendio con el frío de un helado de vainilla. Y volver a pasear por San Juan, mi alma al trote del cementerio desmayado al mar, o el malecón. ¿Había malecón o había luna y esas ranitas coqui le bailaban el agua?

Un avión urgente, eso preciso. Debo buscar entre las pistas que me escribí ayer sin pensarme destinataria. Asombro, curiosidad, polvo que me hace estornudar al paso de las páginas.

Y en la última, sólo una dirección: Padre Damián, 23. ¿Sería un médico?

Después, el vacío de más hojas en blanco que ya no rellené. Lo di por bueno. Después vendrían muchos viajes. Ahora sueño Marruecos, no sé por qué. Apunto contigo.










jueves, 4 de febrero de 2016

EL DÍA QUE ME HABLARON DE GUY KAWASAKI

Guy Kawasaki
"Hay que contratar a gente que sea mejor que uno mismo".

El otro día D. me puso sobre la pista de un tipo para mí desconocido llamado Guy Kawasaki. Un crack de las startaps, un inspirador de patrones empresariales de éxito. Un flautista de Hamelín del márketing capaz de encabezar una estela de 10 millones de followers a los que imparte lecciones de know how que en realidad son lecciones de vida. "Es un fenómeno, empezó con Steve Jobs...", me dijo D. 

Me metí en cuanto pude y leí el resumen de la charla. Hay que contratar a gente mejor que uno mismo, decía, y me pareció que pocas veces sucede. El jefe, el jefe mediocre -hay muchos- tiende a asegurarse de que nadie le pisará, le pondrá en un compromiso de talento. Arriesgará su rol de macho de la manada. El miedo y la inseguridad hacen equipos timoratos, gente que no nos pondrá en un apuro, castrati dispuestos a decir amén a cualquier gesto del líder. Obedientes que languidecen en un jarrón al que nadie le cambia el agua.

Rodearse de mejores. Esa es la clave. Las personas más hastiadas que conozco tienen entornos laborales poco nutritivos. Se han agostado. Ya no pueden dar más, están esquilmados, y nadie los nutre. Eso mismo sucede en las parejas, en muchas parejas. Uno da, el otro recibe. Y cuando al primero se le hinchan las narices o se le acaba el maná entran en un estado de gravedad flotante donde se limitan a mover sus cuerpos sin apenas chocar. Y se dan las buenas noches con alivio.

"Ahora toca ampliar la plantilla, pero con gente que ame lo que hace el emprendedor, para lo cual hay que ignorar a quien no sienta de esta forma, por muy buenas credenciales académicas y profesionales que presente". Brillante, simple, puro sentido común, pero qué habitual es nuestra ceguera ante un currículum apabullante. El mundo está lleno de tontos con idiomas. De desapasionados con máster. De aguiluchos sin vocación de nada que no sea zamparse la carroña de las bestias que otros cazaron. Kawasaki, un tipo sonriente y seguro, al menos eso parece en las fotos, habla de "evangelizar" y no da miedo. Contagiar el entusiasmo por un proyecto es un trabajo duro que no admite desfallecimientos. Se trata de creer o no creer. 

"No hay que dejar que nadie le diga que esto o lo otro no se puede hacer. No hay que escuchar a los derrotistas porque, entonces, la idea empresarial nunca saldrá adelante". Leo y asiento. No hay nada menos sexy que un perdedor haciendo apología de sí mismo. La derrota autoinfligida, me parece, es un nicho seguro para algunos. Una tumba.

Me quedo con las ganas de saber más. Anoto algunos títulos publicados por él: "El arte de empezar", "Cómo volver locos a tus competidores" o "Reglas para revolucionarios". Hago la lista mental de personas que me rodean y son mejores que yo. Me salen unas cuantas; en el trabajo, en la amistad y hasta en mi propia casa. Alegría!

"Todo empieza con hacerse tres preguntas básicas: qué necesita la gente, si la forma de satisfacer esa necesidad es interesante para las personas y si no hay una manera mejor de hacerlo". Simple, muy simple. Los pomposos vendemotos que se aseguran de que tú no entiendas lo que dicen encierran mucho miedo. De tu confusión depende su futuro.

No hay nada tan satisfactorio como conversar con seres brillantes, aunque a veces tarden meses en hablarnos y en darnos una pista necesaria. Gracias,D.




martes, 2 de febrero de 2016

LOS LÍMITES MENTALES (preguntas de tus hijos que no debes obviar)

Las mejores preguntas son las inesperadas, esas para las que no hemos habilitado una respuesta y nos obligan a rebuscar entre la paja de pensamientos, a veces a la desesperada, hasta dar con una aguja. Habilitar una respuesta es como preparar la habitación de los huéspedes. ¿Si no tienes habitación de huéspedes te quedas mudo? No, te buscas la vida e improvisas un camastro al fondo del pasillo.

Cuando haces una entrevista a alguien notas cuándo has preguntado algo único, distinto -alta costura- y cuándo te sirven el pret-a-porter de las respuestas. La culpa, si la hubiera, suele ser más del entrevistador que del entrevistado (sujeto paciente, pacientísimo). Y de nuevo debo citar a SP: "Toda persona entrevistada acaba reducida a los límites mentales de su entrevistador".

Casi siempre somos capaces de decir cosas más interesantes de las que decimos, sólo hay que elegir bien el con quién. Me sorprende la ligereza de nuestra aproximación a un interlocutor. A menudo elegimos frontones, paredes planas e inamovibles,  donde nos devuelvan la pelota en el mismo sitio para tirar desde el mismo ángulo. Poco riesgo, poco lucimiento. Pero el día en que dejas el frontón y empiezas a jugar al tenis con un rival que te obliga a hacer torsiones, estirarte, subir y bajar a la red, ese día extraes lo mejor de ti mismo y es una bacanal estimulante.

Ayer pensaba que los seres humanos funcionamos a base de rellenos. Estaba, sin duda, preparándome para el curso de filosofía para profanos al que me acababa de apuntar en un impulso de obediencia a mi amigo el innombrable -el artista antes llamado J.E-.  A mí me pones un "profanar" delante y me envalentono. Profanar es como violar pero en bonito, y un curso sobre violación del pensamiento se me antoja la mejor forma de encarar preguntas para las que no tengo respuesta. Sobre tres temas prefijados: el deseo, la creación y la felicidad. O sea, una sucesión encadenada que explica la Vida: deseas, ejecutas y celebras (o te frustras si la cosa se da mal).

El deseo es la madre del cordero. El otro día, atardecer de domingo, paseé con mi hija mayor por un Madrid desganado por esta primavera prematura tras un día de cocooming generoso al que no le pusimos pega alguna. I. sentía deseos de contar y de expresarse. Lo hizo a borbotones, como una mente joven y sin embargo ágil, vehemente. Me obligó a algunas contorsiones, no tenía respuestas preparadas. Sentí que era mi deber confeccionarlas y ser honesta sin causar desgarros de palabra (que es obra y omisión, digan lo que digan los curas). Me asombró su mirada sagaz sobre las relaciones pese a su escasa experiencia en el amor. Yo apenas balbuceaba, ella era una metralleta de incógnitas y disparaba sin darme resuello. Sentí ese orgullo de madre superada por sus hijos. Volvimos a editar el placer del paso a dos, del juego de la verdad (esa entelequia). Luego me detuve frente a la iglesia de mi antiguo colegio. "¿Me acompañas? No he entrado en 30 años y me gustaría ver cómo está?". Ella declinó, entré yo sola,  y hablamos como sigue:

-¿Por qué te gustan tanto las iglesias?
-Porque son sitios de paz si están vacíos. Me gusta entrar a oscuras y pensar.
-Pero es por el arte, ¿no, mamá?
-No sólo por el arte. Yo muchos días entro y paso unos minutos sentada y concentrada, reflexionando.
-Ah, ¡pero no es para buscar a dios! ¿Qué es lo que buscas?

Esta semana me han hecho dos entrevistas. Diría que las dos satisfactorias. Una más enredada en el ancla con algas de las letras y autores, otra en los avatares de la cotidianidad estirada a los límites donde la carne duele o el tirón molesta a los demás. Pero sin duda alguna la mejor entrevista me la ha hecho mi hija. Desde la urgencia infatigable de sus diecinueve años. Y noto que aún tengo agujetas, que lo que respondí ha seguido respondiéndose solo, allá por mis adentros. Que me provoca más ganas, que me duele y me deja, sin embargo, con esa sensación eufórica de haber violado, o profanado, un territorio virgen de mí misma.

Igual que un buen partido.