martes, 29 de marzo de 2016

SEXO EN AUTOBÚS, UNA VOYEUR...

"Porque, de comparar la vida con algo, ¡sería con salir despedida por un túnel a ochenta kilómetros por hora para acabar en el otro extremo, sin una sola horquilla en el pelo!¡Caer a los pies de Dios completamente desnuda!¡Rodar por los prados de asfódelos como un paquete de papel marrón lanzado por el tobogán de una oficina de correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras".

Tras una Semana de Pasión enmimismada llegó el torrente y arrambló con los muebles de la casa. A Virginia Woolf la reencuentro en las esquinas, ahora en un brevísimo y delicioso volumen de relatos: "Kew Gardens y otros cuentos" (Nordica), delicadamente ilustrado y del que me quedo sin dudar con el tercero y último, "La marca en la pared". Divertida ante esos 80 kilómetros por hora frenéticos que hoy serían de conductora despistada en carretera nacional. Dos mujeres en vértigo, podría titularse el cuento que imagino, y acabaría en un diálogo roto donde las palabras de una no se mezclan con las de la otra, pero alguien las anda recogiendo, agazapado tras la tormenta de piedras,  y teje una de esas conversaciones deshilachadas de sala de estar o autobús.

El autobús, ahora recuerdo. Volviendo del trabajo, el otro día. En medio de esta Pascua que me ha resucitado entre mis muertos, un hombre y una mujer frente a mis rodillas. Ella en esa franja imprecisa de la madurez ineludible. Tal vez en sus primeros cincuenta, algo derrotados. El pelo cual cola de caballo sin fe en la carrera. Una parka corriente, caderas generosas. Ojos saltones no por morfología, sino por avidez. Él, a su lado, algo más joven, mucho más bello si se le mira con detenimiento, desbrozado de tanta gravedad y de cansancio. Un hombre atravesado por el baqueteo violento de una vida de inmigrante. Olía sin oler a construcción, a enlucido absorto de paredes. Ojos marinos, entrecejo rotundo. Y esa deje eslavo que convierte al castellano en una lengua exótica que siempre me erotiza. Ella clavada en él, a una distancia impertinente para dos que acaban de conocerse.

-¿Y cómo sabes que acaban de conocerse? (preguntarás tú, como haces siempre)
-Porque ella le ha inquirido que en qué trabaja y dónde vive. (Y él murmura lateral, diciendo sin decir. Y yo agudizo el oído pero el diálogo, que es tan destartalado como ellos, me llega solo a ráfagas. Tortura de curiosa.) Y entonces, sobresalto:

-¿Dónde vas a dormir? quiere saber la mujer.
-Estate tranquila que ya me apaño. Dice él. Y posa por un instante, en una levedad insoportable,  la mano en su rodilla -la de ella- y ella relaja los labios, seductora. Y cuenta naderías de muy poco interés, sobre todo para un desconocido. Que si allí vive mi amiga Ana, que si su casa estaba orientada al Sur, que aquella es la librería donde ambas estudiamos la carrera de Filosofía. Todo con frases enrevesadas, sin orden ni concierto, escupidas en un torrente que se desboca calle abajo y salpica tus tobillos. Él asiente.

¿Filosofía? Esa mujer no tiene pinta de haber estudiado una carrera. Me asalta el pensamiento. Y lo descarto porque es un prejuicio de sala de espera de dentista arrogante. Esta mujer que se dirige con un varón desconocido hacia su casa (de ella) y le avisa de que no va a quedarse a dormir, pero abre las rodillas y se las deja acariciar de refilón podría hablar de Spinoza o de Edmund Husserl en su idealismo trascendental. Como ayer hablaba mi reencontrado Pániker, a quienrescaté tras el tiempo de torrijas y el borrado de su voz, desconcertante:

"La fabricación de lo absoluto: Cójase una mujer con fuerte sexualidad y un amplio margen, un hombre intelectualizado y de piel fina, vitaminas, playa, sol, sal, un verano moroso, la rabia de un final de vida, mézclense los ingredientes y a esperar a ver qué pasa.  Sin prisa". (Cuaderno amarillo. Literatura Random House).

Un hombre y una mujer camino del calvario de las sábanas. Ella ofreciéndose, tan desbocada como el caballo de Virginia Woolf. Nerviosa, irreverente. ¿Habrán ligado en Internet?, pregunta la pasajera mirona, fingiendo que contempla la Plaza de Toros de las Ventas. Hablar de todo y nada, de cómo de pequeña vivía en ese barrio (la Concepción, modelo de feísmo arquitectónico, construcción barata que ha logrado sobrevivir con una impronta de  whiskería que recuerda quién fue, allá por los setenta). Esa mujer envuelta en una parka barata y muy gastada, segura de su escote, poderosa. Sin un discurso armado, quién necesita un discurso para llevarse a la cama a un hombre, a un desconocido que en tiempos fue marino, tal vez estibador, y la contempla sin oír, y le roza las piernas cada vez más arriba. Y su voz mortecina, acaso un susurro agotado, de pronto me saca de mis malos pensamientos.

-Hay que perder para encontrar.
-¿Tú crees? (responde ella)
-A mí me parece que sí.

Y entonces, sólo entonces, la mira fijamente y agarra su mano con tanta determinación que la fulmina. Y adivinas que ya no pintas nada en esa escena. Que en breve caerán a los pies de Dios. Y que así sea.





martes, 22 de marzo de 2016

LA JERARQUÍA DE LOS HUEVOS FRITOS

Tuitter agoniza por un problema de jerarquía, o eso leo esta mañana. No me sorprende, la jerarquía es la madre del cordero. Podemos anda despendolado por derivaciones indeseables del asunto jerárquico, ese que intentaron soslayar cuando el calor del 15-M alentó su brote y todos eran uno y el líder no era cuestionado sino convertido en un mito pop de camiseta al estilo del Ché. La otra noche, en la película Espartaco, los morituri insurrectos auparon al tracio al poder a mano alzada, y la jerarquía se impuso para sofocar el despelote desorganizativo de la igualdad. En casa, mis hijas tratan de borrar las barreras de la jerarquía conmigo y a ratos lo consiguen porque sostener el bastón de mando y decisión cansa lo suyo, y ellas no bajan la guardia de sus legiones ni un ratito. Saben que quien resiste/insiste, gana. Aunque sea por aburrimiento, lo que es la gota malaya.

No me haré la buenrrollista universal. En mi familia ostento el voto de calidad y lo aplico a granel, sin cortapisas. Pero aún no he desempolvado esa frase con la que crecimos los niños de los tardosesentas: "Cuando seas padre comerás dos huevos fritos", que entonces sonaba a derrape gastroexcéntrico de dictador sin méritos probados y ahora es pura chulería. (De hecho los dos huevos se los ha tomado mi adolescente de 13 años  hace un par de días para desayunar, preparados por su madre y adornados con su jamón y sus rebanadas de pan integral en una jerarquía grasoproteínica con hidratos a la que sólo faltó el zumo de fruta. A nivel esclava del hogar no doy la talla, pero me aplico con denuedo si es preciso. Nunca aprobé el master de organización de armarios, enseres, facturas, resguardos de la tintorería o archivos informáticos. Soy, podría decirse, una entrópica acelerada. De ahí mi rendida admiración hacia los seres ordenados que cuando buscan, hallan. Siempre contemplados con cierta prevención, desde luego. Alguna tara tendrán, me digo para aliviar mi desazón y revolcarme sin culpa en el caos cual cochino en alberca.


En la sobremesa de los huevos fritos el tema de conversación fue muy bien traído: Las tres somos mandonas. O sea, que nadie se achanta por edad, condición ni galones. Tres gallinas sin gallo que a ratos se alborotan y pactan por cansancio, mayormente. "Mamá, deberíamos hacernos un tatuaje familiar", expresó ex-Minichuki el otro día". Me pareció razonable, aunque sugerí rebajar el rango jerárquico de tinta a henna, por razones de jerarquía de huella. ¿Te gustaría nuestras iniciales, chitina?, le propuse. "No, eso es muy fñacil. Mejor letras que nadie pueda adivinar: ANENQ" (Aunque Nos Enfademos, Nos Queremos, ese mantra tan Mary Poppins de cuando eran pequeñas aún vigente que les dio tranquilidad y a mí barra libre para ejercer mi liderazgo de antipatía chunga cuando tocaba liarla parda con el asunto de la autoridad).

No soy bienmandada salvo que me manden bien. Entonces me convierto en un corderito trotón y diligente. Obedecí con rabia en mi tierna infancia, y eso es una bomba de relojería que no se ha desactivado con el paso de las décadas. Puestos a elegir estilo de liderazgo, prefiero el horizontal por niveles. Pero soy consciente de que me sale la raspa marimandona a poco que me frotan como el genio de la lámpara, y que la rebelde que no pudo eclosionar en su momento sigue viva y clama venganza como la loca Rochester del torreón de Jane Eyre (esa musa tan incomprendida. A ver quién soporta que una mindundi institutriz se lo monte con tu marido con traje de novia y votos mientras tú te arrancas mechones del cabello en una celda fría y húmedad de Thornfield Hall)

Lo que me recuerda que mi heroína Jane fue también víctima de la jerarquía. Esposa por encima de prometida. Torre frente a alfil.  Y tuvo que ocurrir un gran incendio, una catástrofe y muchas lágrimas al viento para que el sistema se ordenase y se impusiera el happy end de novela romántica del XIX.  Ese sueño global contemporáneo que apenas alcanzamos por instantes y que posee el encanto de lo que podría evaporarse en un segundo. De lo intatuable y lo perecedero, mande quien mandea.

viernes, 18 de marzo de 2016

LOCUS AMOENUS (QUÉ PENSAR EN UN DÍA DE ENCIERRO)

Y entonces un día, casi sin venir a cuento, te da un ataque de sentido de la propiedad. Quieres una casa donde caerte muerta. Cuatro paredes y un patio ((sorry por ser tan pelma)). Con una higuera, tal vez, aunque se admiten otras variedades de árbol que escupa sombra generosa. Y un ojo achicharrado sólo excita más la fantasía del inmueble, que dibujas con la luz queda que filtran y ennoblecen los visillos (no tengo visillos, pero el nombre me sugiere siempre más que el de cortina. Puede que por vaporosos, por semitransparentes. Propongo en adelante erradicar la cortina y dignificar el visillo. Es más sexy, la cortina es la barrera del censor. El visillo es la burla a la censura).

Ser propietario de una casa de pueblo es muy de urbanita febril, tal es mi caso. El asunto ya fue tópico medieval renacentista -locus amoenus, me parece- y si lo pienso concentrada me sale el Decamerón de Bocaccio (la profesora de literatura de BUP hizo bien su trabajo). Y Florencia, que no es pueblo pero posee un puente que sugiere la salida a un lugar en verso  libre de humos y cargado de esencias sofocantes de almizcle o nardos.

Uno en su casa de ciudad tiene a encadenar acciones de corte urbano: disponer libros en estantería por autores o géneros, sacar comida del congelador, elaborar una lista de asuntos pendientes ("buscar casa de pueblo con patio", reetida como la pizarra de Burt Simpson), llevar el coche a lavar (esa mugre con ruedas), disponer un mando que funcione para el garaje (sepulcro de autos de señora que conduce menos de lo que sueña), ir a la farmacia a por pastillas para el mareo, para el picor de garganta, para el sueño saltarín...Hacer maletas, deshacerlas. Fingir que no ves la bombilla fundida, reponerla porque sí la ves. Tirarte todo un día de sofá por prescripción facultativa. Y pensar en tu patio. Concentrada.

(No es grave. A otros les da por un avión privado, una finca con ganadería, un vestidor de princesa so cool, un marido solícito y pomposo, una mujer explícita y algo desinhibida, un viaje alrededor del mundo, un traje de organdí almidonado, una herencia de tía viuda y cascarrabias que vale un potosí pero nadie va a verla... Yo querría si no es mucho pedir que en mi patio el tiempo fuera laxo, dúctil y maleable. Y la casa bien fresca y encalada, y nada de cortinas, esteras de sisal a la andaluza).

Anotación: Soy muy poco sureña, pero me gusta el concepto chicharrera y la siesta en penumbra, remojados los suelos de la casa, con una sabanilla y poco más. (Hay quien dice que nací gitana, y añoro el carromato y las gallinas, pero esa es otra historia). En mis ensoñaciones de encierro voluntario atesoro escrituras y paseos. Deliciosos guisos al chupchup. Conversaciones deshilachadas que no concluyen en nada salvo esa languidez que sugiere sin dar, sin imponer. Trasnochadas, atentas al batir de las campanas de la iglesia del pueblo. Vigilantes.

Y es una decisión, y es un delirio, y la idea de la simplicidad es tan corpórea, tan algodón y lino ondulantes por la brisa que viola su caída, que en cierto modo ya estoy y ya lo habito. Y podría hacer la descripción más prolija, o un bosquejo sin más con mucho aire. Pero lo voy a guardar en un cajón, hasta que sea. Y lo sacaré los domingos en procesión ambulante, subidas y bajadas de cuesta terca y empedrada, solemnidad y culto. Y casi ya lo toco, si me esfuerzo.

PD. La canción más cursi de ABBA me sale al encuentro. Qué la vamos a hacer. (Ah, tampoco tengo cortinas. Sólo estadíos intermedios de algodón recio y mal planchado. Como mi alma ayer, o esta mañana)




lunes, 14 de marzo de 2016

LA FABADA LITORAL PUEDE MATAR

1.Cuando alguien quiere devaluar un pensamiento, propio o ajeno, lo llama "ocurrencia". Una ocurrencia es un mal parto, una antesala de idea que a veces no te lleva a una sala; un cul de sac. Un aborto plano alzado de edificio sin la primera piedra. Una manifestación banal de la impaciencia, la diarrea mental o la pura incompetencia. Un ensayo general hasta que surja, poderosa y bestial, la gran historia. O una historia sin más. (Acumulo ocurrencias con personajes locos que me gritan de noche: danos nombre, salida y domicilio. A veces los ahogo con la tecla delete o vierto agua en el teclado y mueren todos, los justos, los injustos, en un remolino bastante Canogar. Un sumidero de cuerpos en deriva). Y luego pienso, y escribo una línea o dos o tres. Y es suficiente.

2.Ayer mi hija C. describió triunfante lo que era un pizzicato. La dicha del hallazgo de algo que no sabías que existía y se te desvela con un nombre que pellizca la garganta y da cosquillas. Aplaudimos y ahora buscamos pizzicatos por doquier, con cazamariposas. Hay palabras volanderas, exultantes, revenidas, plúmbeas, indigestas, temerosas...Las mejores son las que sugieren sólo en su elocuencia sonora. Alabastro, infamia, porvenir, cortapisa (me da la risa).


 3."Él me atravesaba con la mirada, yo me sentía morir". El culebrón de la mexicana Kate del Castillo y el Chapo Guzmán no deja de darnos alegrías. Si nos abstraemos de la sombra narcotráfica del tipo, veremos a un hombre pasado de kilos y bastante hortera cuya mirada torva, por cierto, sugiere que podría ser ése que termina las bodas bailando la conga con el palo de la escoba. ¿No será, querida Kate, que lo que te atravesaba era la excitación del puro miedo, del peligro; el palpitar caliente de la scoop, la posibilidad de redención de un malote, el olor a sexo infame del dinero? Todos los atajos de ese simulacro de amor, que es pura fantasía -adrenalina-y avanza por la selva entre matones con pistola, justos de entendederas, resudados. 

4.Leo, no sé por dónde, "lo mató la trivialidad" y se me antoja una muerte muy justa y necesaria.  Lo fútil, nimio, insustancial nos rodea y alimenta, nos ensucia las tripas pero raras veces vomitamos. Son grasas saturadas que no pesan, pero se van apoderando de arterias y  cintura, y te hinchan la tripa como una digestión sin alka-seltzer de fabada Litoral, ese pegote sabroso que puebla las despensas de la urgencia. (Lo trivial es un ejército de hormigas diminutas que pudre la madera mientras te hace cosquillas. Carcoma del cerebro). 

5. Se me ocurre (ocurrencia) que si formara un grupo de rock lo llamaría "Indolentes y rabiosas". Seríamos cinco mujeres escépticas, líricas, alteradas, acompañadas de un batería octogenario. Reventaríamos las plazas de los pueblos, cultivaríamos el spleen como ideal y nos pondríamos hasta el culo de huevos fritos con jamón o chorizo después de cada actuación. 

6.Noche de frustración ligera porque ayer mis torrijas se quedaron justitas en el corte del jurado implacable que soy yo. Menos mal que el Don Mendo despistó el desatino, y merendamos ripios de Muñoz Seca con gin-tonic discreto, ese elixir.  Y entendimos que a veces la ocurrencia es la madre de la ciencia:

"Y me anulo y me atribulo
y mi horror no disimulo,
pues aunque el nombre te asombre,
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de …chulo". (
La Venganza de Don Mendo. Muñoz Seca)

 


sábado, 12 de marzo de 2016

LA HORA DE LOS PADRES #PADRAZOS

"Mi padre era muy excitable". Cuenta Alfred Hitchcock a Truffaut la famosa anécdota de la comisaría. "Yo tenía quizá cuatro o cinco años...Mi padre me mandó a la comisaría de policía con una carta. El comisario la leyó y me encerró en una celda durante cinco o diez minutos diciéndome: "Esto es lo que se hace con los niños malos".

Anoche arranqué el libro "El cine según Hitchcock" (Alianza Editorial). Una larga conversación entre éste y François Truffaut que debuta justamente con esta anécdota. Antes, había compartido entre algunos amigos un video que pretende dar normalidad al Síndrome de Down y que muestra a una serie de madres hablando de sus imperfecciones como madres y después a sus hijos -algunos con todos sus cromosomas, otros con uno triplicado, el 21- calificando a sus progenitoras en un ejercicio de ternura y tolerancia que me conmovió. Cuando se lo mandé a D. -el único hombre al que he visto responder en una reunión con amigos de su novia a la pregunta de "¿Tú a qué te dedicas? con un "soy un padre", pudiendo haber recitado un currículum profesional más que brillante- me apostilló: "Habría que hacer uno de padres también", y entendí que tenía toda la razón.

Se nos sigue escapando. Las madres nos hemos apoderado del amor filial como Gollum del anillo ("Mi tesooooooro"). No diría que por vocación, ni siquiera por avaricia acaparadora, sino por ese reparto de roles que nos vino dado en las cavernas y que apenas se ha empezado a cuestionar hace un par de décadas. Nosotras éramos las sacrificadas, las Juanas de Arco, las gladiadoras del chupete. Ellos los machos cazadores que nos traían el pan y daban golpecillos en la cabeza a los niños como muestra de cariño. Y este sistema bífido no respondió nunca al sentimiento sino a la utilidad o a la economía. E hizo que las mujeres nos sintiéramos víctimas y nos aferráramos a la maternidad como a la única trinchera de la que nadie nos podía expulsar. Y nos aprovechamos del rol y fuimos mamás gallinas. Y muchas, me temo, no quisimos/quisieron levantarnos cuando el huevo se quebraba porque si dejábamos de ser madres lo mismo dejábamos de ser.

Mientras ellos, los padres, han tenido que aguantar el baldón de su propio rol. Fuera del nido. Tú a traer el maná a casa. Y algunos, puede que bastantes, le encontraron el gusto a la comodidad extramuros. Y fueron demostados socialmente cuando alguien, un día, decidió cuestionar la bicefalia del amor por géneros. Padre la fuerza, la severidad, las normas, el sustento. Madre el desvelo, los besos, las meriendas, el orden y el concierto.

Hoy me ha atrapado con el café una noticia titulada "La rebelión de los padres" que habla de militantes de la igualdad. Hombres que han pedido reducción de jornada para ocuparse mejor de sus hijos y se han topado con cierta incomprensión. Padres que quieren ser y estar:
#Padresigualitarios

"La masculinidad no es fácil. Hay tensiones entre el modelo que te dice que tu papel es ganar dinero y mantener a la familia y el deseo de cuidar a tus pequeños. La revolución feminista se estancó en la casa porque las mujeres consiguieron hacerse un hueco en el trabajo, pero no lograron disminuir su participación en el hogar porque los hombres no se implicaban. Ha llegado la hora de hacer esa revolución a la inversa, de que sean ellos quienes entren en el hogar. Y es posible si las políticas públicas se lo toman en serio"., dice Francisco Abril, profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Girona.

La masculinidad no es fácil. Es una gran verdad. La madre de Hitchcock, seguramente, no hubiera mandado a su pequeño a una comisaría (no por falta de ganas, quizás, sino porque tenía claro quién lo haría). Y me parece injusto y hasta cruel haberles negado a los hombres el derecho a habitar el calor del nido, al anillo de Gollum, con todas sus prebendas y también sus sacrificios.

Lo que iguala a un padre y a una madre es el amor. Si la identidad no te la otorgan tus hijos eres mucho más libre de elegir por ti mismo. Si eres mujer y madre y el padre de tus hijos se ofrece voluntario a llevarlos cada viernes por la tarde a una clase en el centro en lugar de echarse la siesta, que es lo que haces tú, el sistema funciona. Si el padre de tus hijos nunca falla cuando te asaltan las dudas y una nota de cole enciende tus alarmas, el sistema funciona. Si el padre de tus hijos se acuerda igual o más que tú de que toca revisión de la vista, o falta una vacuna por poner, el sistema funciona. Si el padre de tus hijos hace ya muchos años que no es tu pareja, pero sientes que siempre estará allí donde tus hijos necesiten, el sistema funciona. Y no eres la gallina de los huevos. Y te permites ser una madre imperfecta, una mujer plena y no una luchadora del hogar. Y es una libertad que hemos conquistado gracias a esos hombres que no temen saltarse el guión que les dieron un día. Y el sistema funciona. Pocas veces, pero hagamos que funcione.

Dedicado a D., que me enseñó que también un hombre puede poner la paternidad por delante de todo como un tanque de hierro bien cargado de munición pesada (que estemos de acuerdo ya es otra cosa). A A., que ha peleado duro por una custodia compartida y al nacer su segundo hijo pidió una reducción de jornada. A J. y a I, que derraman ternura con sus hijos, mis sobrinos, sin sentirse menos hombres . A J. y P, padres gays que son mi ejemplo, un gran ejemplo. A J. y a J. , que decidieron no tenerlos pero no escatiman afectos cuidadores de alta gama. A R., que me lo permite. A mi padre.

A todas las mujeres que son padres. A todos los padres que son madres. A los padres y madres sin hijos.


jueves, 10 de marzo de 2016

DE CREYENTES Y ATEOS CON TORRIJAS

Ayer mi querida C. encendió una vela por mí en la iglesia del Cristo de Medinaceli, ese dotado de un pelo Pantene muy envidiable: "Pero tú concéntrate en el ojo izquierdo, que si no no vale", me advertía. Mi amiga F. siempre reza cuando entro en alguna zona de marejada, o lo hace alguien de mi familia.  Jamás he puesto en duda la desnuda profundidad de su sentimiento, y agradezco su entrega generosa como un bálsamo de miel y aloe vera, y ese respeto impetuoso hacia quienes no militamos en su liga.

P. lleva años con la Biblia en el bidé de su cuarto de baño, donde lee pasajes cada mañana, y siempre me conmueve y admira su arrojo, también el religioso (y nada meapilas, y un poco irreverente). Algunos de mis hermanos van a misa los domingos, y yo misma frecuento las iglesias -preferiblemente vacías- como lugares de paz e introspección. El olor a incienso lo encuentro acogedor como un buen suelo de madera añeja bien bruñido de cera de limón o una sopa de cocido en un día de viento y lluvia.

Por lo demás, me rodeo de ateos, descreídos, escépticos, agnósticos y todo un crisol de voluntades bastante opacas a la fe. Pero reconozco que no puedo zafarme de mi biografía, que me niego a comulgar como una performance como me provoca G., ese hombre con rodillas de Jesucristo; que el via crucis lo entiendo y lo saludo en muda recogida, y que me gusta el Papa Francisco, lo que provoca cierta hilaridad entre mis compañeros de trabajo. A falta de sentimientos hierbas que me impulsen a creer en Raticulín o en patriarcas barbudos que acuñan frases new age vacías pero rimbombantes -esa antigualla que es a la religión como la metadona a la heroína-, me aferré al "cierto oído para la trascendencia" de Salvador Pániker.  Esa expresión que resuelve la paradoja de la espiritualidad sin espíritu y que me encaja igual que el tinte rubio, los sujetadores balconette o las contracturas de cuello+trapecio.

La Semana Santa arranca este domingo en casa con una merienda de torrijas al calor de la amistad. Me gustará toparme en unos días por el centro de Madrid con una procesión deambulante, escuchar algún concierto de música sacra -esa que te proyecta a las alturas, sin un andamio tosco ni flagelos- y comer un potaje bien caliente. Encuentro que la berza y el garbanzo le van bien a este tiempo de relevo de invierno a primavera. Y a quienes disfrutamos de las estaciones intermedias, esas que desconciertan, agitan los sentidos. Un día de sol, otro de furia gélida. Y las hojas de los árboles en brote o en caída, a su libre albedrío. Desatentas.

Creer no está de dios, si no hay un dios que se haga notar, que sacuda y encienda y arrebate. Pero tampoco lo encuentro imprescindible. Lo sagrado es aquello que queremos cuidar como a los ojos. Una noche de dos enredadera, un libro subrayado, el olor del aire amanecido cuando enfilo el camino de mañana, renovada y absorta. El crepitar gustoso de unas torrijas con fragancia de leche, de miel  y de canela. La buena compañía de amigos que creen y que no creen. Y en los que creo.








martes, 8 de marzo de 2016

YO (NO) ME EMPODERO, ¿TÚ TE EMPODERAS?

En Valencia han puesto faldas a los semáforos para celebrar el Día de la Mujer Trabajadora. Así, cuando crucemos, las chicas sentiremos que el mundo es más igualitario y nos dará un subidón de empoderamiento, ese término atroz que está de moda y no frecuento porque no me da la gana, porque me sugiere una hinchazón general, un edema que revienta como un globo tras un leve pinchazo. Y será en pleno cruce, y se nos subirán las faldas como a Marilynes sin tinte y sin glamour y enseñaremos rodillas y muslos sin recato. O lencería práctica, desprovista de blondas y de encajes, desgastada y amable, nada sexy; esa que no tiramos las mujeres porque resulta cómoda y abriga como un jersey de bolas que entiende los escorzos de tu cuerpo y de tu desolación.

Cuando nos quieren dar un caramelillo para que nos callemos, a veces se inventan palabras. Algo que nombre lo que no tiene nombre, o que sugiera una realidad intangible, inasible, difusa o directamente holográmica. El volumen de un sustantivo. Hay palabras que ocupan tres o cuatro habitaciones, y palabras que te expulsan de la sala de juntas del consejo de administración. "Las señoras pueden ausentarse de clase mañana", les decían a las primeras estudiantes de Farmacia, hace casi un siglo, cuando tocaban temas referentes a la reproducción. Esa anécdota me la contó una amiga cuya vetusta abuela regentaba una farmacia en el barrio de Salamanca y se negaba, por cierto, a despachar condones. Además, cuando alguien iba a comprar somníferos -con receta, desde luego- ella musitaba un "yo duermo estupendamente, tengo la conciencia muy tranquila" enjuiciador que marcaba la talla moral de la señora frente a la miseria del pobre maldormido. Imagino que la buena mujer, a quien recuerdo siempre enjuta, con mueca adusta y moño blanco poco poblado, tampoco vendía píldoras anticonceptivas.

La libertad sexual, esa bandera, dio cuatro pasos de gigante con la treta química que nos permitía decidir qué hacer con nuestro cuerpo, al tiempo que provocaba bajada contundente de la líbido, problemas circulatorios y un listado disuasorio de efectos secundarios y contraindicaciones que se ha ido aminorando con las décadas y el progreso de la investigación en laboratorios; pero conozco a quien al ir a solicitar la píldora del día después, hace ya algunos años,  tuvo que vérselas con un médico de la Santa Inquisición que la trató como una descerebrada demasiado propensa a bajarse las bragas.

Los estudios que se hacen sobre lo que piensan los adolescentes, los universitarios veinteañeros,  sugieren que a las chicas que expresan sus deseos con cierta libertad aún se las tacha de putas o lindezas similares, y una mujer pública sigue siendo diferente a un hombre público, por mucho que la RAE haya intervenido con sus guantes blancos de seda. Ella frecuenta un polígono industrial, un callejón sombrío; él se aloja en hoteles cinco estrellas y lo llaman de usted, muy señor mío.

No abundaré en el discurso sabido, ya he caído bastante. Soy mujer y soy trabajadora. Tengo hijas, tengo jefa. Soy muy privilegiada. Tengo la libertad de hacer y deshacer, de hincharme y desincharme. De cruzar por el medio de la calle si me arrastra un rebelde amoroso y militante; de desfilar como un ejército armado hasta los dientes cuando suenan cornetas en mi cabeza. Tengo más amigas que amigos, y formo parte de un grupo de lideresas, perdón por el palabro, que me inspiran y asombran con su ejemplo. Que son buenas personas, optimistas vitales  y listas como el hambre. Que mandan y deciden, que no van de jefazas ni ponen sus ovarios encima de la mesa.

"Las mujeres sois las peores enemigas de vosotras mismas", hemos oído siempre. Y también, me parece, las mejores amigas, y las más solidarias. Las más cálidas y confidentes. Podría elaborar ahora mismo una lista con todas las mujeres que iluminan mi vida y la rescatan, que me llevan en volandas y me siguen la fiesta cuando hay fiesta. Mis amigas de la universidad, algunas del colegio. Mi M.J, mi L, mi C, mi F., mi A, mi B, mi M... Mi diccionario entero. Las amigas que fueron, también las que vendrán. Mi hermana, desde luego, optimista y genial. Mis queridas cuñadas. Mis compañeras de trabajo, a las que siento más que compañeras... Mi ángel de la guarda, que es mujer y es guerrera. Y lleva pantalones casi siempre.

viernes, 4 de marzo de 2016

LA TEORÍA DEL ERROR PRELIMINAR


"En toda vida hay un error preliminar, aparentemente banal, como un acto de negligencia, un falso razonamiento, la contracción de un tic o de un vicio, que engendra a su vez otros errores". 

La frase -proteínica, clarividente- de Julio Ramón Ribeyro formaba parte de un cuadro que me gustó especialmente entre los que exhibían en JustMad (*). Desde el domingo pasado he estado dándole vueltas a mi error preliminar. A ese temblor que provocó la caída de una ficha de dominó que arrastraría en cola a muchas más.

Somos supervivientes de nuestros errores. A veces somos hijos de un error. "Tú fuiste un accidente", dicen a veces los padres a sus hijos con una ligereza extraordinaria. Como si ese nacimiento estuviera desprovisto de nada que no fuera una eclosión de azar. (Al fin y al cabo eso es engendrar, así lo hacen las bestias de la tierra. Pero el hombre, la mujer, imprime sentimiento, esa pasión domesticada que nos permite sentirnos superiores, y nos justifica aunque luego matemos y torturemos a nuestros iguales).

Uno siempre es un error para alguien. Una mala elección en el camino que se bifurca. Y aceptarlo es crecer, como se asumen las costras en las rodillas de la infancia. Ribeyro lo cuenta así de bien:

Al respecto: imagen del tren que, por un error del guarda-agujas, toma la vía equivocada. Más justo sería decir por un descuido del conductor de la locomotora. Más justo todavía imputarle el error al pasajero, que se equivoca de vagón. Lo cierto es que al pasajero se le terminan las provisiones, nadie lo espera en el andén, es expulsado del tren, no llega a su destino.

 A veces se nos terminan las provisiones, y empezamos a devorarnos las uñas,  las yemas de los dedos, en una antropofagia ritual, endemoniada. Y ensangrentados seguimos cometiendo errores por descuido, cobardía o pura torpeza incapacitante. Y hay que darse margen y permitirse, sin dejar de tomar conciencia y aprender para que nuestros errores no dejen un reguero de muertos por las vías del tren.

Hubo un error primigenio, lo hubo, voto a bríos. Y después, consciente a los pocos segundos, permitimos que huyera con sus piernas de plomo y nos tapamos los ojos con una venda rota. Y el paso de los días, las semanas, lo fue desgastando y lo convirtió en un harapo que ya no tiene uso y sin embargo debe seguir ahí, como un despojo, que es para recordarnos que un día nos salimos del camino correcto.

Errores primigenios habituales: elegir un mal libro, un amigo que duele, un novio o un amante, una carrera, un trabajo. Unos zapatos que aprietan, pero eran tan bonitos...Una sombra de árbol cargado de orugas. Un cóctel explosivo que deshace el estómago. Un vuelo de avión que se retrasa o explota en el aire que es tu vida. Un cable azul o rojo. Una historia que crece y se aborta por falta de aliento. Un jersey color lima, que te hace cetrina y amarillea el rictus. Un taxi maloliente del que nadie se baja, por recato. Un cura que desata mil escrúpulos a adolescentes torpes. Un desodorante, un perfume traidor que te hace otra. Y esa sensación creciente, poderosa, de lo que pudo haber pasado de elegir el raíl más conveniente. Y esa certeza, relajada, salvífica, autojustificativa, de que vivir sin errores primigenios sería algo menos excitante.

(*) En realidad la frase de Ribeyro nunca estuvo allí. Me vino inducida por un artista que viola y enriquece y la mezclé con otra frase de otro cuadro que había visto en ARCO y cuyo texto no recuerdo. Moraleja: Nunca deberían darme trabajo como notaria ni documentalista. 


martes, 1 de marzo de 2016

INSTRUCCIONES PARA LEER UN MANUAL DE INSTRUCCIONES (cómo ser Tracey Emin)

T.Emin. My bed
"Sin duda K era un seductor y un libertino, pero lograba disimularlo. Ni siquiera eran patentes su cinismo, su perfidia, su presuntuosidad, como en los galanes ordinarios, de manera que hubiera podido inspirarnos fácilmente antipatía". Junichiro Tanizaki (leído a saltos, rota cualquier estructura, encadenando un fragmento de acá y otro de allá. Mezclando su lectura con otros cuatro libros, en una confusión que es una orgía donde uno ya no sabe de quién era ese brazo o esa pierna. Sólo coge y besa, y muerde y chupa y se entretiene en un trozo de carne sin filiación ni marcas. Un delirio).

El desorden. Mi desorden. Es una forma de derrota autoinfligida. Un caos caliente como tripas de animal recién acuchillado. Descubrir sin embargo que alguien ha hurgado en mis cajones -ayer de madrugada- me enciende mil alarmas de la ira a la desolación. Lo entiendo como atraco a mano armada. Uno encierra el gran secreto en sus armarios, en su amontonar objetos, su Diógenes expuesto como Tracey Emin ese dormitorio con todos sus despojos a la vista. Que para mí no es provocación sino harakiri consciente, un canto de salvaje autoafirmación que inquieta a las viejecitas pulcras. No salirse del tiesto. Eso tan confortable. O dejarlo sin riego y comprobar cómo se pudre el ficus benjamina, y llamarlo instalación.

My table. Ni Tracey. Ni Emin
A mi desorden ético y estético le van las mezclas raras, imposibles. Pasar de un fado a Mozart, por ejemplo. "¿Estás escuchando el Requiem en versión de Massiel? se burla G. desde el cariño, y pienso ¿por qué no? Toda la vida he estado probando cócteles improbables, a ver cómo me saben. No elogio el caos ni diré que es condición de los artistas, esa salida fácil (como cinismo, perfidia y presuntuosidad de los galanes ordinarios). Pero entiendo que hay una pre- disposición de objetos que no se encomienda a dios ni al diablo y nos permite no ver aun cuando vemos. Y que toda ceguera es iluminación (¡verdad, tonto Menguele?, como tú con tu láser sin espada, tu aliento repulsivo, tu miedo en mi mirada)

Ayer conversación con T., siempre tan desigual y convenida. Yo hablo, ella barrunta gestos y apostilla sin remate. Dos sacos a la vista, uno blanco y otro negro. En el segundo se revuelven gatos rabiosos entre otras bestias que incluyen ratoncillos de campo. Pequeños, indefensos, que un día se asomaron a un cajón y fueron apresados.  Todo mal calibrado, sin una jerarquía que impida que un arañazo se iguale a una cosquilla. Algo habría que hacer. Vaciar el saco de golpe, exponerse a un ataque, a una herida de sangre. Liberar los nudos fáciles, también los marineros tirando de manual de instrucciones.

Manuales de instrucciones. Son para mí como el agua para los Gremmlins. No me acerco por si me pierdo o naufrago entre letras viscosas que no entiendo a la primera. Si me hicieran un test con fragmentos del de la Thermomix sadría un cociente intelectual menor de 40, se me ocurre. Por suerte nunca para entrar en un trabajo me hicieron redactar como ejercicio un manual de instrucciones. Lo hubiera echado al saco de los gatos. Y habría salido corriendo de la prueba. Así se me acumulan los debes, tontos-listos como esas rosquillas secas de Madrid, hasta que un día mi buena M.J, más que una amiga, un ángel, me coge en volandas y me lleva a un garaje. Y pregunta por mí cuánto vale alquilar una plaza. Y soy como una niña que asiente y se deja ordenar (y vestirse y peinarse con trenzas) y tacho de la lista del saco una línea que hará que no me pase las horas, los minutos, tratando de recordar dónde dejé mi coche, locamente. Ni encontrándolo lleno de detritus de pájaro, barrillo pegajoso de los árboles o rallajos de joven aburrido en una noche clara de luna, minutos antes de emprender la vuelta a casa. Otro cajón violado.

Los seres del caos buscamos sin saberlo a los del orden. Es una maniobra yinyangesca que culmina en intercambio desigual. En algún sitio guardé los informes de urgencias de cuando aquella reacción alérgica. O lo mismo dejé que se perdieran para no acordarme del día que me dio. Y sin embargo aún noto ese crujir de garganta que se estrecha, la salida al galope a por un chute de Urbasón. Y que sonaba en el taxi una canción muy dulce de Mariah Carey. Y que era jueves. Y que al llegar a casa lo eché todo al saco negro. Junto con una multa de tráfico y una nota de amor que llegó con las flores. Y ahí sigue, a la espera de ser desentrañado o convertido en despojo a lo Tracey. Sonrojante, tan yo que me da miedo. Pero si hablo de ello, si lo muestro, parece que los gatos se calman un instante.