martes, 31 de mayo de 2016

"TÚ NO ERES DE CIENCIAS NI DE LETRAS, TÚ ERES ARTISTA"

Retrato de mujer caprichosa.  J.G
"Si la vida tiene un fundamento sobre el que se apoya, si es un tazón que llenamos, llenamos y llenamos, entonces mi tazón, sin la menor duda, se apoya en este recuerdo. Es el recuerdo de yacer medio dormida, medio despierta, en la cama del cuarto de niños en St.Ives. Es el recuerdo de oír las olas rompiendo, una, dos, una, dos, y llenando la playa con salpicaduras de agua. "Virginia Woolf. La vida por escrito". Irene Chikiar Bauer. Ed. Taurus.

El país de la infancia. De eso habla el capítulo del libro que emprendí anoche después de contemplar, maravillada, el atardecer inmenso de un cielo de Madrid diseñado para el asombro del urbanita que se empeña en mirar la punta de sus pies sobre las aceras. ¿Cuál es el fundamento de mi vida, si hubiera que reducir todos los ingredientes a un guiso? Y pensé que ya lo tenía, J me lo había mandado en una foto retrato: Una cazuela conteniendo un libro, el mío, unos zapatos de tacón de piel reptil y una cerveza fría. Menudo fundamento, pensaréis, pero el camino de cada amanecer hacia el trabajo, las horas muertas al techado cuando hay tiempo y peleo contra el cielo que se rasga para acoger el primer rayo de sol, ese que me devuelve a los otros, a la rutina y al chorro ardiente de la ducha, es tan intrínsecamente yo como las palabras que pienso, imagino y escojo entre muchas otras o el placer asumible de un trago frío de esa bebida amarga que tanto me costó apreciar y ahora idolatro. Esfuerzo al trote, escritura y hedonismo. "Eres caprichosa, niña", me decías ayer, y yo sólo quería merendar una leche merengada antes de ir al Retiro. Otro lugar del mapa de la infancia, el sitio donde tantas veces mi madre nos llevaba a merendar, tras un día de compras. Y relamerme los bordes blancos del bigote, como hacía de pequeña, y devorar una ensaimada de nata deliciosa. El bollo que prefiero entre los bollos.

Mi adolescente, ayer llamada Minichuki (en casa siguen siendo las chukinas, da igual lo que crezcan y el zapato que calcen), buscaba ayer sin buscar su fundamento. Había ido a recogerla a una academia y volvíamos a casa juntas y ligeras, con esa sensación no tan corriente de disfrutar del tiempo a solas para hablar de sus cosas, sudada cual potrillo de uniforme, con ese paso inquieto tan teenager que impacienta al adulto y estorba el paso a dos. "Mamá, yo compongo letras de canciones", me confesó ella. "Ya lo sé, y además eres muy buena. ¿Sabes que hay quien se gana la vida componiendo?", inquirí. "¡Qué dices, los cantantes son los que se llevan el dinero. Tú les escribes un tema y te pagan una vez, luego se olvidan". Lo siguiente es que me vi disertando sobre derechos de autor, asunto que le interesó vivamente, hasta que se impuso otro tema: "Me has traído a aprender con un grupo de tontos que no saben qué es la Unión Europea. ¿De verdad crees que soy boba?". Y enseguida, cuando ya iba yo a ensalzar la calidad indiscutible sus neuronas inquietas, pero vagas: "¿Por qué no me compras un helado?". Y yo, "no seas caprichosa" (y de repente era yo la niña caprichosa de la ensaimada y la leche).

La infancia. Una moviola que se repite inesperadamente y vuelve a los relatos y a las pesadillas.

-Qué vida tan espantosa llevan los niños, ¿verdad, Rose? -dijo Martin haciéndole un gesto con la mano mientras cruzaba la sala.
-Sí -respondió Rose- Y no pueden contárselo a nadie -añadió.

Ayer pensé que hay que salir de casa para hablar con los hijos. La casa es un cuartel con normas que se escriben en los pliegues de las sábanas o entre los imanes de la nevera. Uno entra en casa y siente que es un padre, una madre. El espectro se impone, se apodera, y empieza a hablar lenguas extrañas y a pergeñar frases muy poco interesantes: "Haz esto, haz lo otro, ¿por qué no has recogido?, come ensalada, ¿a qué hora te acostaste ayer?". Y sin embargo antes, de camino sin prisas, hablamos de la SGAE, de  helados y de letras de canciones. Y después, con su hermana a la mesa, de quién querríamos ser de mayores. "Tú no quieres ser maestra, como yo, tú eres artista", le dijo la mayor a la pequeña. "Yo siempre quise escribir, desde pequeña", les contaba a las dos, tortilla de patata con jamón en medio de una cena sin nada relevante, salvo la conversación. "No eres de letras, ni de ciencias", resolvió mi chica grande, tan certera. Y la ado la miraba con respeto, como se mira a los hermanos mayores, nunca a las madres caprichosas, y tragaba tortilla de patata, y despreciaba la rúcola aliñada.

Y entonces era yo a su edad, delante de un plato de croquetas, en una mesita roja que ahora usan mis sobrinos pequeños y parece la de los enanitos de Blancanieves. Y es mi querido hermano I., que a la protesta coral a mi madre: "qué asco, son de bacalaó" y a su mentira de madre: "son de jamón", sale por la tangente y busca paz engañando al estómago: "Saben a bacalaó pero no son de bacalaó". Y ahí se queda la frase que aún utilizamos en familia, como otras tantas acuñadas a prisa, en esos ratos de infancia que quedan tan lejanos y sin embargo brillan al sol de ese recuerdo capturado anoche en un cielo con nubes de belleza furiosa, incandescente.

("Tú no eres de ciencias ni de letras, tú eres artista", recordará mi hija que le dijo su hermana, un tarde de mayo agonizante después del hallazgo de comprender que uno puede vivir de las palabras, de imaginar versos que nadie más pensó, de entregarlas a otro para que ponga un ritmo. Y si no lo recuerda aquí queda constancia, para siempre jamás).






domingo, 29 de mayo de 2016

SOBRE ESPERAS, DESESPEROS Y UNA CHAMPIONS

Hasta el día en que vuelva, de esta piedra
Nacerá mi talón definitivo,
Con su juego de crímenes, su yedra,
Su obstinación dramática, su olivo
. (César Vallejo)


A estas horas espero la llegada de mi hija, que a su vez espera en Cibeles a su equipo, el Real Madrid, y una copa muy fea (la undécima, claman, y no entiendo que nadie quiera acumular semejante adefesio de latón  en una estantería). Mi hija, nada forofa hasta donde yo sé, ha considerado que la gesta bien merecía una noche de ronda, la madrugada fresca, impetuosa; la voz terciopelo rasgado por los gritos, el corazón henchido y al galope de un pulso cada vez más discreto, casi desfallecido. 

Esperar es aceptar el fin del mundo. El fin del cuerpo. La desmemoria al rebote desgastado, el recuerdo que sobamos al minuto, paciencia devorada. Cuenta atrás, al menos infinito. 

Esperar es acorcharse, flotar a una deriva que marcaron los otros. Obediencia debida. Descortejo.

Los relojes.

Siempre he preferido esperar que hacerme esperar.  El crimen, para otros. Lo que no me impide aborrecer a los tardones, respingar en las colas, alimentar la furia sin escamas y sentir esa hiedra intransigente que te come las tripas y el aliento al tictac,  sin anestesia. 

Salas de espera. De eso iba a hablar hoy. Llevo varias semanas calentando demoras en asientos muy parcos, y hago fotos. Las consultas de médicos, las puertas de embarque de aeropuerto con sus luces agónicas. Las respuestas, los tiempos. Una sala de espera es siempre tanatorio, da igual como la vistan y engalanen. Se van las horas muertas, como dicen. Se quedan las promesas. 

La humanidad que espera es cada vez más corpórea, y más abandonada. Empiezas a sudar, acomodas los glúteos y la espalda. Te miras el rojo intenso de las uñas como si encerrara la verdad de un enigma. Te cuelgas de una grieta en la pared (como Virginia Woolf en su relato). Cuentas del cien al cero, pero saltando los números primos, por ejemplo. Dejas de oír las voces con toda claridad, y arrebatas los ecos. Enfocas un escote, una corbata vieja, unas manos heridas o un bastón. Se hace la niebla. Compruebas los papeles, no sea que erraste en la hora o el día.


Violas las musarañas. Vas al baño, con todas las cautelas. Te llamarán seguro cuando andes lavándote las manos, pesadilla del turno que pasó. Ser "servidora". 

Una sala de espera siempre es gris, aunque juegue al despiste de colores. La impaciencia es cetrina como panza de burro desgastada. Calculas las medidas de la estancia: tal vez siete por tres. Se te caen los papeles, los metes en el bolso sin doblar. Pierdes el turno buscando el número del turno. Corres al mostrador: ¿quén era yo? Y te miran con cara de "esa es información confidencial, buena señora". Y se hace un apagón que es puro ruido. Y vuelves a tu silla, que te ha quitado otro. Otro zombie que espera.  

Esperar es ser un walking dead, ya lo he entendido. Lo mejor que no esperaba ya llegó, de tan inesperado. El resto puede esperar, estoy segura. Mi pecado de impaciencia se purgará más tarde, ya lo siento. Mi hija anda metiendo la llave en la cerradura, se arrastra con una capa blanca como su palidez de una noche de espera, me da los titulares, le pregunto: ¿Has estadotantas horas en pie y sin hacer pis?. "¡Vaya pregunta1", murmura  ella. Al fin todo en su sitio, ella en la cama y yo velando armas al sol que ya es de día. 

P.D. Dedicado a mis queridos atléticos, que saben de esperar y perder el turno tras partidos agónicos. Héroes del tiempo asesinado. De la gesta inútil, pero gesta.

 



jueves, 26 de mayo de 2016

NOSFERATU HA VUELTO, ANDO LOCA DE CUELLO

Anoche Nosferatu el Vampiro me hizo suya mientras Jordi Sabatés proyectaba su sombra en el  piano de la sala más negra de los Teatros del Canal. Ya he confesado mi  acusada predilección por los vampiros clásicos frente a la banalización de la figura de chupasangres hollywoodiense (y te incluyo, Coppola,  tu versión edulcora el romanticismo más puro y pone el foco en donde no debería, me parece), Un Drácula como dios manda no puede ser un guapito como los de Crepúsculo, que no inquietan sino excitan a los adolescentes y remueven bajísimas pasiones con purpurina hormonada de más. El vampiro de verdad no te lo explicas, pero te obliga, sofocada, a abrir la ventana como Mina y exponer tu cuello, dulcemente, en un delirio expresionista que la película de F.W Murnau lleva a la cumbre y te mantiene sin pestañear, con la ayuda del teclado virtuoso del compositor y pianista catalán, y a pesar de la incomodidad de unos asientos como estacas donde terminas odiando tus piernas y tu espalda, y deseando un exilio de órganos prescindibles o un chute de anestesia general para no sentir y poder concentrarte en la pantalla.

Sabates contó que la película fue retirada de los cines tras perder su director una demanda por plagio de la viuda de Bran Stoker, autor del libro del que bebe esta historia (y que, sé que me repito, fue una de las lecturas imprescindibles de mi adolescencia y juventud). Para despistar, Murnau había cambiado el nombre de los protagonistas, pero no fue suficiente. El conde o Rendfield, su esclavo comedor de insectos, la gentil y pura Mina ayer llamada Ellen, Jonathan Harker -el joven que acude al castillo y da cuenta del horror en un diario- están tan definidos que no importan sus nombres. Más aún en una película muda, dramáticamente urdida en las proyecciones de sombras, que llegó a asustarme en un momento pese a que conocía al detalle lo que estaba por venir. O precisamente por eso.
Jordi Sabatés

"Creo que al cine le sobran muchas veces las palabras", comentaba con J. a la salida. La virtud de rellenar lo que no cuentan las voces  dispara la fantasía y proyecta tus demonios mientras los personajes en blanco y negro mueven los labios y dialogan contigo. Las palabras las malgastamos a menudo porque creemos que son gratis. Un grifo que dejamos abierto sin que corra el contador. Vaya torpeza. Una buena historia debería reducir al mínimo los textos. Permitirse los gestos. Esa mirada poderosa, inquietante y hasta huérfana de un vampiro de movimientos torpes que a ratos parecía un Frankenstein entre las velas del barco en una secuencia maravilla que aún sigue en mi retina horas después. "He cruzado océanos de tiempo para encontrarte", decía él en mi cabeza, y me pareció conmovedor ese Nosferatu aferrado a unas rejas esperando que Mina le pidiera que entre. Mucho más cortés, más educado, que toda esa caterva de vampiros que entran sin llamar a los dormitorios de las damas, las hacen suyas en un cortejo vulgar y predecible y dejan un reguero de sangre como para trasfundir a un ejército tras el bombardeo enemigo.

El cine que me gusta es el menos explícito. Aquel que da cancha al pensamiento, al guión compartido. Y luego está el otro, el fastfood que te lo cuenta todo -un pecado muy español, me atrevería a decir- y te condena al infantilismo de masticar deprisa y sin pararte a paladear en busca de una nota, un matiz sugerido. El cine de ayer te hacía buscar en el silencio y escribir tú las notas al margen de una historia total donde no faltaba nada y donde la música ponía el contrapunto, te llevaba o traía, en un baile sugerido con un vampiro viejo y agotado que sólo con los ojos podía devorarte. Y poco más, porque no había sangre, sino ratas huyendo en la bodega de un barco donde olía a podrido -estoy segura- y un joven aterrado regresaba a los brazos de su amada sin saber que a su lado, en un ataúd de madera tosca, yacía su rival, las uñas largas, esos otros colmillos. El Príncipe de las sombras que me acompañó tantas noches de lectura voraz, cuando amé los vampiros como a la eternidad que no se explica. A ese ser de ultratumba que reconocí ayer en una obra maestra de 1922 que resaltó el talento enamorado de Jordi Sabatés, en un diálogo impecable imagen-música que aún sigo escuchando  y que de madrugada me ha empujado a abrir una ventana y treparme de cuello por si él aún andaba por aquí...




miércoles, 25 de mayo de 2016

CRÓNICA DE UNA BODA (Amada en el amado transformada)

"Me caso por chulería. Para toda la vida. Me caso porque ella es adictiva, porque tenemos las culpas muy equilibradas. Por su caos expansivo. Porque no te puedes enfadar con ella dado que es poeta. Porque ella transforma nuestra realidad. Porque me ríe todas las gracias. Porque creo que si la vida nos fuera fatal nos miraríamos y nos diríamos: ¿Y qué?"

Mi amigo M. se casó el sábado en el interior de las tripas de Sierra Morena y la suya fue la boda más bonita que recuerdan los viejos del lugar. En realidad en el lugar no había viejos, sólo sus sombras en aullido escondidas entre las ruinas cansadas de un pueblo que fue minero y hoy es un espectro sobrecogedor donde la mano del hombre y la naturaleza se han fundido y aúllan los lobos que no ves.

Mi amigo M. y yo solíamos hablar sobre el amor. Yo, desde el más cruel escepticismo. Él desde una duda razonable pero esperanzada siempre,  con esa ausencia de rotundidad que le agradeces. Y con esa coletilla que regala cuando siente que ha dicho demasiado y teme pecar de enfático, y pliega velas: "¿noooo?". Mi amigo M. se relativiza todo el día, y luego se marcha y nunca sabes cuándo volverás a verle. Pero siempre te regala frases que engañan y toman cuerpo y consistencia por escrito. Su humildad es casi tan determinante como su bonhomía y su radar inquieto para arrebatar la belleza a los objetos que otros no ven porque no saben dónde mirar como él ha visto.

Mi amigo M. es un fotógrafo brillante que siempre está en China o en Rusia haciendo fotos, y que lo cuenta como si en realidad fuera el reponedor de una tienda de ultramarinos. La misma ausencia de épica, de arrogancia que otros, con mucho menos mérito, habrían hecho suya.

Mi amigo M. a veces llegaba a nuestra mesa y soltaba verdades como puños envueltas en sordina. Otras veces me dijo, y lo recuerdo: "Hoy me he levantado perdedor". Y seguía comiendo su cocido.


Mi amigo M. se casó el otro día, a esa edad en la que uno no es blanco ni radiante, pero sí un poco sabio y con heridas de guerra que no sangran. Y dispuso un decorado de cuento, a mitad de camino entre una de Visconti o El Padrino. Con cierto aroma a Shakespeare con Puck entre los brotes que adornaban las mesas del banquete, delicadamente trenzados y con nidos donde brillaban, cual diamantes, auténticos huevos de codorniz. Las lámparas de eucalipto que tejieron la novia y sus amigos. Los muebles derramados acá o allá, con balas de paja y telas, espejos y enormes cubas de estaño donde flotaba la cerveza helada y chapoteaban los niños y los bichos del campo (morituri).

Y ya en la ceremonia, el sol aplastando los sombreros de las damas, se arrebató San Juan de la Cruz, callaron las chicharras, se hizo el silencio levadura, crujieron los cristales de las ramas: 

  En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía                              
sino la que en el corazón ardía.                 

  Aquésta me guïaba
más cierta que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.                    

  ¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada! 
 

Mi amigo M. se ha casado y se ha desaparecido, como suele. Volverá dando cuenta de su viaje, 
me encontrará más crédula y acompañada por esos dos amigos que me prestó un buen día y que
 suplen con humor sus largas ausencias. Tú tenías razón, faltaba el con quién. Eso tan misterioso
 que un día se hace carne y ya no puedes obviar, se te apodera. Nos vemos a tu vuelta, buen amigo.
 
.
 

 
 



jueves, 19 de mayo de 2016

CÓMO RESOLVER UN TRIÁNGULO AMOROSO (Sándor Márai o nada)

Sándor Márai
"Todo lo que nos quemaba el corazón, de tal manera que pensábamos que no podríamos soportarlo y que moriríamos por ello, o que mataríamos a alguien; yo también conozco esos sentimientos, yo también conocí los momentos de la tentación, poco después de que te marcharas y yo me quedara a solas con Kriztina". (El último encuentro)

Podría renunciar a escribir una línea más después de hacer leído a Sándor Márai. No tiene sentido talar más bosques para publicar una novela de mierda. Un texto mediocre que no roce siquiera el esqueleto de las pasiones humanas contadas con el esmero preciso y la profundidad de carga sin remilgos formales  del húngaro. Y ahora que ya he sido tremenda y ostentórea, diré que la satisfación de leer una novela tan nutritiva tras meses a dieta de ficción ha sido como postergar un orgasmo hasta el estallido más eufórico, desatado y rutilante.  ¿Cómo puede articularse un libro en un falso diálogo que es un soliloquio donde se repasan todas las pulsiones de la vida: la venganza, el amor, la lealtad, la pérdida, la fidelidad...sin que decaiga el ritmo ni se apague un instante el brillo de las palabras en su aparente sobriedad?. Sin que uno se aperciba de que eso de lo que se habla fue narrado hace un siglo, pero no huele a naftalina ni a ese manierismo florido, decadente,  que a menudo nos depara el relato de lo antiguo.

Nada más contemporáneo que un triángulo amoroso en el que todos se clavan las puntas y se desangran sin sangre (en esa hemorrágia invisible que nadie puede sofocar).  Dice Márai: "Entre dos personas, un hombre y una mujer, las cuestiones relativas al porqué y al cómo resultan siempre miserablemente idénticas". La clarividencia es una daga maldita. El escritor húngaro se suicidó, naturalmente. Y lo hizo poco antes de la caída del Muro de Berlín (en San Diego, California leo y me parece demasiado luminoso el escenario. Hubiera imaginado un páramo centroeuropeo bien cubierto del manto de la nieve. Un carromato, una rama que acaba siendo horca).

El reconocimiento del fracaso, la toma de conciencia radical del protagonista, la actitud de escucha encogida de hombros del ajusticiado. El ser que asume y asiente mientras la estancia de la mansión se va quedando tibia, y luego helada, y los dos viejos notan el crujido de huesos que es la aceptación del sinsentido; la condena sin muerte. Esa crueldad extrema de no haber sabido estar a la altura de una mujer, la misma mujer, y haber perdido la partida y arrastrar esa miseria 41 años.

Conversaciones pendientes. De eso hablamos. De lo que no dijimos en su día y se necrosó bajo nuestra mordaza. De suturas sin hilo que no sueldan la carne, de resentimientos que amargan el vino. Hay en toda existencia un guión que no se ha escrito, y hay alguien que, de pronto, necesita explicarse con su víctima o verdugo postrado en un sillón, a pocos metros. Y es una forma de morir matando, tal y como plantea Márai, un suicidio sin armas que libera y no alivia, sin embargo.

Todos ansiamos el momento de sentarnos y explicar, cara a cara, que no somos personajes de novela del siglo XX, somos el mismo siglo XX desmembrado y con voces húngaras, quedas, asesinas, que rescatan el dolor del olvido, que tejen una trama de dos que fueron tres, con un cadáver que estalla en carcajadas y es el tercer personaje. Aquel que lo propició y luego se hizo humo. Y entras en brote febril, y tratas de destripar una técnica quirúrgica y exacta. Y subrayas las frases que hubieras hecho tuyas, y de tus personajes. Y alumbras muertos, qué le vamos a hacer. Y aplaudes justo antes de apagar esa luz junto a la cama. Y te sientes pequeña y humilde en la escritura. Y empiezas a amar a tus dos personajes que aún no han estallado, pero tienen espacio y tienen tiempo. Y tienen nombre. Y es una gravidez que pesa tanto como la responsabilidad de no quemar pólvora mojada en un mal gesto literario, un sinsentido banal e innecesario.











martes, 17 de mayo de 2016

SER SINCERO NO TE VUELVE NECESARIAMENTE MÁS INTERESANTE

Anoche uno decía "mi patria es un sentimiento", como si tal cosa, y el otro se declaraba apátrida y más foucaultiano, por elevar el tono y asomar en  apnea del subterráneo denso de oxígeno dulzón que los envolvía. Sótano tibio y sin ventanas, más bien trampantojos luminosos, bajo un mundo terrícola de chulapos y chulapas que en Madrid siempre resultan kitsch, disfrazados y poco convincentes, pegajosos de algodón dulce de la feria que astraga el dircernimiento y ensucia las digestiones más osadas.

En "Ahora sí, antes no" (O Ahora no, antes lo mismo), una película coreana que prometía ser la joya del momento en V.O, un director de cine impostado como esos diocesillos que todos conocemos engatusa a una pintora mediocre y se pillan una cogorza de colores que termina en una reunión donde a él le increpan que la frase que a la pintora le ha cautivado es la misma que él repite en todas las entrevistas. El hombre no sabe muy bien dónde meterse, y al espectador atento le da por pensar que todos nos repetimos, sea con intención de seducir incautos, rellenar silencios o de salir del paso. Algunos lo convierten en una profesión, chamarileros del verbo, y otros se montan un partido político e institucionalizan sus mantras (cuanto más simples con armazón de carga de profundidad, mejor. Cuanto más pretendidamente densos, inasequibles al entendimiento medio, también mejor)

Repetirse es hacerse un coreno, se me ocurre. Te enseñan en la escuela y te examinan, te hace madre y padre cuando no sabes muy bien cómo educar a los hijos, envalentona a los amantes, es fórmula de jura y oración. Es la vida en lata. La autoclonación de las palabras no está penalizada ni se cuece en laboratorios clandestinos. Se escupe en plena calle, nadie pasa con el camión de la basura a recoger los detritos de las frases. Como si no pudieras tropezarte y hasta hacerte un esguince con una subordinada correosa o un gerundio de posterioridad.

 (En el baño de chicas del cine donde se perpetraba la película coreana dos señoras mayores hablaban a gritos, cada una enredada en su charco de pis, ese drenaje necesario tras dos horas de circo sin tigres ni leones):

-Pues yo debo ser poco intelectual, pero no he entendido nada.
-Menudo rollo. La misma historia dos veces ¡Y qué lenta!
-Debemos ser muy tontas. Hay que leer las críticas.
-No sé yo...

Lo mismo ya han leído las críticas y se ha quedado aún más frustradas. Suele pasar. Yo prefiero ir virgen a los cines; leo pocas críticas, y siempre empiezo por el párrafo final. ("El mejor estado del crítico es el estado crítico", que diría mi amigo R., ese hombre cabal que no desperdicia palabras porque las sabe caras, ni se desparrama en intenciones ambiguas cuando da la vuelta al callejón, concentrado y atento, los clarines del miedo a todo trapo).

Pero anoche las patrias albergaban sentimientos, y las palabras no daban la talla, una vez más. Así que me fugué con Bocherini y pensé que la película no es más que lo que muestra. Que somos muy postizos y que si corrigiéramos la impostura cotidiana seríamos un poco más para públicos pequeños, esos que apenas llenan cines. Que la performance es la escuela de la vida. Que el plano fijo lo carga el diablo. Que un oriental también puede ser un simple solo que disimula con esas miradas inexcrutables y tanta lentitud. Que el ligón de playa no suele disfrazarse de chulapo, sino de pringado con ínfulas de escritor, de realizador o de inventor del gotelé dialéctico. Y hay chicas que caen como moscas, y señoras que salen malparadas después de echarse un pis e intentar olvidar dos horas de pretendida tesis que otros llaman obra maestra. Y puede que lo sea, pero para entenderlo hubiera necesitado un "Antes quizás, ahora lo mismo, mañana ya veremos" (Ahí te lo dejo, Hong Sang-soo).

PD. Pensándolo bien, la moraleja que extraigo de la peli en mi limitación mental es que ser sincero no te vuelve necesariamente más interesante. Si acaso más desnudo y desarmado.


domingo, 15 de mayo de 2016

CÓMO MORIR POR AUSENCIA DE LÍTOTE (Homenaje a Jean-Jacques Sempé)

A menudo leo los periódicos del sábado el domingo por la mañana. Es el único día en que tolero la lectura retardada de acontecimientos que ya no me interesan porque la actualidad digital y sus vómitos me encharcan en otros fangos y sé que regodearse con el ayer es revolcarse con la muerte.

Sin embargo, me produce un enorme placer encontrarme con una de esas raras buenas entrevistas. Una de esas de personaje que sabes quién es pero no cómo piensa. Hace un rato, mientras mis sobrinos revoloteaban por mi casa okupa gracias al Festival de Eurovisión (de nuevo perdedores, puesto 22, confortable frustración basada en la costumbre), me bebí  a Jean- Jacques Sempé en Babelia. "Soy un hombre aturdido", sostiene después de definirse como "más tonto de lo que creía, torpe, perezoso y desordenado". El padre de los dibujos de El pequeño Nicolás -personaje que nunca frecuenté- es un altavoz del sentimiento desolador de pertenencia a un mundo despiadado, sin victimismo, con un aliento sostenido de ironía y humor que sólo producen los inteligentes. Esos seres incapaces de practicar el deporte de la grandilocuencia para ocultar con ruido sus carencias y debilidades:

"A mí me gustaban esos estadounidenses de origen judío centroeuropeo, como Chas Adams o Saul Steinberg,  que practicaban el arte de la litote, esa figura retórica que consiste en decir poco y expresar mucho".

Confieso que no recordaba lo que era la litote (lítote) o atenuación. Así que sólo por eso me hubiera seducido este señor que rechaza la palabra "obra" por pretenciosa. "Cuando veo un tipo que habla de su obra como si fuera La Gioconda  me entra la risa".
Chas Adams

Decir poco, expresar mucho. Ayer, en una comunión familiar, asistí al deporte contrario. El cura, un gigantón muy enrollado de pelo largo y verbo enfático de más, se marcó una homilía vulgaris dirigida a los niños como si fueran bobos (y, por lo que respecta a mi sobrina D., es más lista que el hambre). La iglesia estaba a reventar y mis hermanos y yo asumimos la diáspora diligentemente. Pillé banco junto a desconocido. Un anciano muy pulcro y algo absorto que me miraba con ligerísimo estupor cada vez que se me caía algo al suelo (bolso, gafas, pañuelo o chaqueta). Cuando llegó el momento del Padrenuestro, el cura ordenó que nos diéramos la mano, cosa que a mi vecino noté que no le hacía demasiada gracia y a mí menos aún.

Nos agarramos con prevención, sin apretar, pero sin dejar la mano de pescado. Nos miramos de reojo y noté que le sudaba un poco la palma. Ahuequé la mía. Se me cayó el bolso. Me agaché sin soltarle, lo que le obligó a encogerse. A sus pies había dos muletas, así que lo mismo esa genuflexión intempestiva  le estaba causando una contractura. Le miré implorándole perdón (que en una iglesia puntúa doble). Me miró con gesto comprensivo. Cerca un grupo de niños muy pequeños había volcado un saco de juguetes e improvisado un kindergarden junto al coro. Me pareció muy adecuado. El anciano me soltó la mano porque ya había concluido la oración. El enrollado volvió a su performance. Hablaba y hablaba y yo sintetizaba diez frases en una, sintiendo cómo el pecado corría por mis venas, furioso y desbocado.

Saul Steinberg
"Morirás por ausencia de lítote", pensé sin saber cómo se llamaba esa vitamina tan necesaria de los que han hecho del discurso su modo de vida. De la palabrería un instrumento. De la liturgia del verbo un sinsentido. Vendedores de motos que cobran al peso sus discursos y contaminan las mentes con exceso de colesterol del malo. Luego, ya descansada y asumido el fracaso a nivel nación de anoche, me he reconciliado con la especie humana gracias a Sempé.

-¿Cree en la inspiración?
-Solo cuando llega. Cuando no llega, dejo de creer en ella.

No se me ocurre una mejor demostración de Fe que esta respuesta. De haber sido mi vecino de banco aún estaría agarrándole la mano, fuertemente, a riesgo de perder el monedero.




jueves, 12 de mayo de 2016

DIEZ VENTAJAS DE TENER HIJOS EN GRUPO Y ENTREGARLOS A LA TRIBU (copyright: Anna Gabriel)

No entiendo el lío que se ha montado con las declaraciones de Anna Gabriel, la de la CUP,  sobre la tribu. A mí también me gustaría que a las Chukis, esas desalmadas que comen de mi mano y dejan el sofá destripado y sin mullir cuando se van a la cama, me las hubiera educado "el grupo". Encuentro múltiples ventajas en la crianza coral. Por ejemplo,  la culpa se diluye. Que la niña te sale respondona, corta de entendederas, desafectada cultural, arisca o repelente, pues fijo que encuentras a alguien de la tribu responsable de esa transmisión de taras que hoy por hoy sólo podemos atribuir al padre o a la madre, los abuelos o alguna cuñada chunga.

A nivel madre soy justita y hasta deficitaria. No cumplo con los plazos estipulados para las revisiones (chapa y pintura) y el otro día, cuando llevé a mi adolescente al dentista después de muchos años y en galaxias bien lejanas,  ella iba aterrada por el torno y yo por la pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que...? No podía mentir, porque como no entregué a mi prole al grupo (donde sin duda habrá troleros y troleras ejemplares), debía ser un ejemplo de ese mantra que he repetido mientras olvidaba fechas de vacunación y citas con el tutor: "No hay que mentir jamás". Así que cuando mi hija se encaramó a la silla y abrió la boca me sentí como delante de un tribunal tan severo como el de Nuremberg.

"Tienes los dientes perfectos, sin sarro ni caries. Sigue cepillándote así todos los días". (Dijo la dentista, y yo casi grité: ¡Milagro, milagroooo! porque la ínclita  se cepilla lo justo y rapidillo). Cuando salimos de allí nos abrazamos con una alegría desproporcionada, y eché de menos a la tribu haciendo la danza del éxito odontológico alrededor del castaño. En su lugar, las tres (mi hija mayor nos acompañaba dada la importancia del acontecimiento) nos pusimos púas de frutos secos, variantes y orejones mientras bajábamos la calle de Alcalá con donaire y regodeo.

Anna Gabril (CUP)
El grupo es el sueño de toda madre (padre) insegura de sus capacidades. Es la educación de los griegos con los sabios. Es la pulsión de la utopía cívica llevada hasta sus últimas consecuencias. Si un hijo deja de ser tuyo desde el momento del parto (y hay partos que merecen el ostracismo inmediato del ser pequeño), lo lógico es que el hechicero, el maestro o el contable se hagan cargo de inmediato y comiencen su labor de construcción y refuerzo de la personalidad.

Muy mal se nos tiene que dar para que en la tribu no haya algún voluntario para perseguir a tus hijos y que hagan sus deberes. O para acompañarlos el día de su primer botellón. O para indicar cómo dar el primer beso sin demasiadas babas. O de qué manera enfrentarse al inevitable desgarro del corazón y otras heridas de guerra. Por no hablar de la adolescencia, esa etapa tan confortable en la que la intensidad del culebrón más venezolano se apodera de tus hijos y empiezan a hablar lenguas extrañas que tú no entiendes, y se esconden por los rincones de tu casa como ratas, y lloran sin saber por qué y mienten. Vaya si mienten.

-Yo soy muy partidaria de las mentiras en los adolescentes (me dijo ayer una experta a la que acudí a falta de tribu que llevarme a la boca). Si te miente hay esperanzas de que pueda llegar a ser una persona libre.

Así que tras escuchar el oráculo me quedé casi tan satisfecha como tras la visita al dentista, y pagué con alegría pensando, sin embargo, que de haber educado en grupo me habría ahorrado una pasta en profesionales varios, porque si tus hijos son de todos, como propone Anna Gabriel en un tono de activismo maternal muy encomiable, habrá que prorratear los gastos y las matrículas de la universidad. La paga semanal. Las broncas de los lunes. Y buscar al padre o madre idóneo para esa primera charla sobre sexo, para las noches con fiebre y sin dormir, para la terrorífica lactancia, para el desencanto el día de las notas. Para esa mañana que se te perdió en un centro comercial y la angustia se te salía por la boca. Para...

Eso sí, como madre orgánica me abrogaría el protagonismo de los momentos estelares: Las funciones del colegio ("Ya soy mayoooor y mi cole es el mejor", cantaba mi niña y yo no podía parar de llorar), las noches de lectura coral en mi cama, los viernes de pizza y peli las tres apelotonadas en un sofá, los caminos al cole contándonos las cosas, las carreras del cross del colegio, los partidos de fútbol de los sábados a horas inconstitucionales; los bailes como tontas cualquier día, los primeros días de playa de todos los veranos, el beso de buenos días y el de buenas noches, las ceremonias de graduación...Todos esos momentos que congelas y quieres que te duren. Los que te dan impulso para tantos incordios que no hay tribu que asuma, y que total si has llegado hasta aquí y encima tus hijas no tienen sarro en los dientes, como que no compensa ya entregárselas  a nadie, no sea que descubran que son majas y buenas y quieran quedárselas con argucias grupales, muy de secta.

PD. El hit de hoy nos acompañó un verano de Asturias de los nuestros. Mis hijas  no paraban de pedirlo y cantábamos a voz en grito volviendo de la playa. Va por vosotras, chitinas!




martes, 10 de mayo de 2016

DOCE NINFAS SUECAS Y UN MOSQUITO

"Lo que para ti era un estado, para nosotros era una vocación. Lo que para ti era una máscara, para nosotros era un destino". 

Hay una prueba del nueve de la literatura que consiste en que si no puedes despegarte de sus líneas ni en un aeropuerto a reventar de pasajeros con el tedio de las horas de retraso del vuelo y nueve amigas jugando una timba a las cartas a escasos centímetros, es que realmente estás atrapada. Las voces de alrededor en sordina, la maleta como apoyapiés y cierto balanceo para que la espalda no sufra mientras escrutas una larga conversación entre dos ancianos, cuarenta y un años después de que uno se haya marchado sin despedirse del otro dejando el rastro de una sombra de sospecha que deberá manifestarse tarde o temprano, a menos que llamen a embarcar y se rompa la magia y busques tu billete y lo hayas perdido.

"A veces llega alguien a tu casa, no habla mucho, bebe el aguardiente y fuma el tabaco dulzón. Quieres leer, pero no puedes, la lluvia penetra de alguna manera en el libro, no de una manera literal, pero sí real, no eres capaz de seguir los renglones, sólo de escuchar el ruido de la lluvia. Quieres tocar el piano, pero la lluvia se sienta a tu lado y también toca". 

Tarde he llegado a Sándor Marai, cómo he podido. Gracias T. por el regalo de "El último encuentro" (Narrativa Emecé). No hay tiempo que perder, el húngaro me ha hecho suya desde las primeras páginas en un viaje de diez mujeres al país de Eurovisión. "Uno se pasa la vida preparándose para algo", reflexiona el hombre de entrada, en los primeros compases del libro, y enseguida habla de envejecer sin resentimiento. No es una premisa moral, es una conclusión pasada por el tamiz de la experiencia. Una de esas certezas cargadas de cierta dosis de fatalidad. Un vaivén que te sumerge y te hace sonreir al recordar algunas conversaciones de un viaje con un grupo de mujeres brillantes y optimistas, los canales de Estocolmo a sus pies, el calor lento de un sol más bajo que el de aquí. La alegría del encuentro y las ganas de lo que vendrá.

-De modo que encontraste al hombre tétrix...
-Lo que para vosotras era un estado, para mí era una vocación imposible, diría Marai con su boina calada y esa expresión absorta de quien adivinó un acertijo de los hombres.

Hay un museo absurdo en Estocolmo que es un barco del siglo XVII varado en una orilla. Un parque de atracciones sin mayor interés. Hay una pradera al lado que justifica el afán de haber llegado. Las mujeres tiradas, perezosas, hablando de la vida y sus cortejos.

-Te vamos a buscar un sueco impotente.
-¡Querrás decir imponente!

Cuarto de baño de restaurante cool, horas después. Doce ninfas suecas rubias como el día hacen cola, beben sus cócteles o susurran en cuclillas y son un espectáculo frondoso, deslumbrante. Me sacan dos cabezas, olvidé mis tacones en Madrid. Contengo el impulso de hacerles una foto para enviar a J. Se lo cuento. "¿Alguna fantasía por cumplir?", me escribe. Me da la risa floja, las vikingas ni siquiera se han percibido de mi presencia. Me siento cual mosquito en un panal de abejas reina. La fantasía de esas cabelleras Pantene, de esos pómulos de titanio, que sin embargo una vez contemplados dejan de ser hipnóticos.
Mi habitación de hotel


Vuelvo a mis amigas, la mesa con sus conversaciones entreveradas. Patatas con bacalaó y steak tartare. La cerveza templada, no sé que tienen estos suecos contra el frío si habitan en él...

-Me llamaron del colegio. Que a mi hijo se le ha partido un diante de cuajo esquiando. "No pasa nada, buscádlo", ordené. (Lideresa 1)
-Desde que está enfermo mi chamán me siento desnortada. (Lideresa 2).
- Mirad, en el teatro de la ópera. Ponen una del personaje ése del Señor de los anillos...Sí, cómo era....¡¡¡¡¡¡Ganfdalf!!!! (Ah, no, que es Falstaff).
-¿Alguien puede explicarme por qué en este lugar hay tan poca iluminación en los sitios? Hay que ir al baño con frontal.
-¿Os sabeís el chiste de sor Rita (sorrita), la monja que disgustada con su nombre va a Roma a cambiárselo y cuando le dan el nuevo es Sorraimunda (Raimunda). 

Un viaje es el antes, el durante y el después. Aún debo metabolizar tantos recuerdos. Benditas lideresas que han acompañado tres días al trote, tan contentas. Los viajes con mujeres no son una fantasía, aunque las rubias seamos de bote y los imponentes nos la traigan al pairo en estas circuntancias. Espero repetir, queridas todas. Vuelvo a Sándor Marai, con vuestra venia:

"Hubo un mundo por el cual valió la pena vivir y morir"...










jueves, 5 de mayo de 2016

SI TE ROBAN ABRIL, Y SE TE OLVIDA

A un hombre le robaron un mes y lo anduvo buscando en la escombrera de su memoria. Pero la memoria es terca, y se empeña en intervenir los contornos del recuerdo como un arquitecto zafio de esos que se creyeron rock stars y acabaron erigiendo moles de cemento tóxico con grietas.
(La grieta le sienta bien a la arruga de expresión, no a la de resentimiento o a la del tabaco)

"¿Quién me ha robado el mes de abri? ¿Cómo pudo sucederme a mí...?" (Definitivamente, Sabina, no es esta tu mejor canción)

Un mes entero es un ciclón que pasó y devastó, que besó y se hizo carne. Treinta días, treinta noches. Cuerpos desparramados, carreteras con alfalfa en flor. Letanías en fuga, incendiarias discusiones sin fuste. Una película  a lágrima viva. Alguna exposición en solitario: "Mira que eres infiel, has ido sin esperarme". Un ojo achicharrado,  un viaje con olivos, una cena con nachos y margaritas a granel. El reloj detenido a las 5 am. El codo sinuoso de una escalera que los manazas usan y no ven. El buen amigo de paso. La noche con los huesos hincados en la  alfombra. El sueño sorprendido de una siesta.

Desde que duermo sin paradas me he vuelto muy vulgar, el tiempo se me escurre como ayer los goterones de sudor por la espalda. El insomnio tiene la ventaja de prolongar la vida que es la vigilia, aunque sea una vida a medio gas, siempre arrastrada. Un mes de un dormilón es la mitad que el del sobresaltado.  El tiempo del asombro dura mucho, sin embargo. Ayer en un funeral de la familia el sacerdote no hizo ni media mención a la difunta. Me pareció tan insólito, tan frío, que le hubiera quitado un pico de la nómina. Era como ir al examen sin haberse leído la lección ni molestarse en un improvisado cacareo.


Quién era, qué anhelaba, por qué la enfermedad cuestiona a dios y a esa fe renqueante de los que quieren creer... (En un hipotético calendario figuraría tal vez una sotana colgada del clavo de una pared, una semicrucifixión en caída libre). Cuanto más escuchaba yo a ese hombre aséptico hablar de que la vida no acaba aquí más ganas me daban de bailar, de beber, de abrazar a mis hijas...por si acaba o por si en el más allá ése -que en los cuentos se llama Nunca Jamás- no nos reconocemos o hablamos diferentes idiomas.

En un momento dado creo recordar que el ministro en funciones del Señor dijo que la muerte no interrumpía la relación del difunto con los vivos. Y a punto estuve de darle la razón, porque yo creo en el poder del recuerdo y hasta en la fantasía de lo que nunca fue, pero él se refería a un encuentro en la tercera fase. No sé si alguien experimentó consuelo. A mí me daría pavor ir un día por el pasillo y cruzarme de pronto con mi abuela, que en gloria esté. En lo único que estamos de acuerdo es en que la muerte es el descanso, ese fundido en negro, cuando la vida sevuelve una mala película. Cuando tú ya no eres tus piernas ni tus brazos. Cuando te estorba hasta respirar y tu imagen enfrentada en un espejo se vuelve tu peor enemigo.

Me parece que igual que los médicos hacen cursos de duelo para dar malas noticias a los enfermos, los curas deberían hacer cursos de esperanza, de consuelo, de dramatización o engaño bien urdido. Es su trabajo, como el mío es escribir y perderme en las rotondas  y el de mi portero hacer crucigramas en el chiscón cuando concluye la faena.

Mi calendario de hoy es una fantasía sueca. Estocolmo me espera a 20 grados. El hombre que perdió su mes de Abril lo ha repescado y respira satisfecho, aunque sospecha que no es idéntico a lo que fue (como reconstruir un jarrón que se estrelló contra el suelo y quedó roto en mil pedazos).

"Avaricia de perdedor; guardar, recuperar, acumular, atesorar,... llegar al Diógenes en lasciva ofuscación de lo que no quiero convertir en recuerdos. Trampa del tupperware y el papel de aluminio, congelación sin etiqueta ni caducidad", escribe el que perdió los días, treinta días . Y es la resurrección, señor cura de ayer. Y el duelo en este caso es una fiesta.