domingo, 30 de octubre de 2016

¿TU EGO ES MÁS GRANDE QUE TU YO? SIGUE LEYENDO...

"Tú lo que tienes es mucho yo y muy poco poco ego". Le dije el otro día. Su talento tan mudo, su frutal compostura. Su cámara de fotos, sus camisas planchadas de almidón.

A menudo la batalla entre el yo y el ego resulta encarnizada. Hay egos hipertróficos que un día se miraron al espejo y se sintieron la reina, modernas de pueblo y resplador de verbena de agosto con mozos muy borrachos que les bailan el agua al nivel de los pechos y vomitan y magrean con miradas bovinas.

Hay yóes que apenas levantan el dedo y se dejan hacer como los buenos vinos, en las cavas silenciosas de la soledad, ese lugar sin espejos donde uno se ve el rostro apenas cuando llueve y se hacen charcos.

Los egos inflamados pasan por la vida como un vendaval, sin dedicar un vistazo a los yóes, salvo cuando los necesitan para apuntalarse a sí mismos y sus proyectos. Y no importa si hace unas horas te dieron una coz. Ellos piden y piden "porque yo lo valgo". Y asumen que se les dará porque están convencidos de que el mundo entero cae rendido a sus pies, enamorado de sus encantos de serrín con brillantina.

La post-retromodernidad apuntala el ego y aplasta el yo.  Eres el ruido que logras generar (yo misma tengo más éxito si cuelgo una foto en mi muro de FB de mis zapatos que una reflexión sobre los egos).  La televisión está llena de reyezuelos y reinonas vulgaris que gritan y sacan sus plumas de plástico y el público ruge de  placer. Es más fácil empatizar con el tarugo, que nos queda más cerca, pienso yo. El discurso templado, bien urdido, aburre a las ovejas. En el país de los lerdos el escote y las caderas al son, las frases rutilantes sin sentido, el abracadabrismo, la exaltación de lo poco como si fuera un tesoro etrusco, se me ocurre (y no le pongo verbos a la frase, no sea que alboroten en exceso).

Nunca fuimos tan masa como ahora, y nunca tan egoensimismados. Tan egodisplicentes. Tan egodistinguidos. Tan egomercachifles.

Esta semana, con un querido amigo, glosábamos la enclenque calidad de un egotrófico que ambos hemos tenido cerca. Un ejemplar soberbio, con trazas de humildito, capaz de casi todo para alcanzar sus fines. Un ser que un día osó decirle a un tercero: te tengo en la reserva, cuando quiera. Y lo dejó tan mudo que aún anda preguntándose de dónde saco la intuición. "De sus reservas egóticas", querido. Infinitas, centrifugas, príapas, sobredimensionadas.

Somos exploradores del yo y del mundo, y algunas veces tan sólo del ombligo (venido a globo terráqueo, de ahí la confusión). El ombliguista sabe que juega con el pudor y con la educación del respetable. Ensorbecido, se sube a la tribuna y recita sus elucubraciones bobaliconas como si fuera Shakespeare. Y un día se despierta y no hay tribuna, y pone en duda todo menos sus atributos y dispara contra todos: ¡el de mantenimiento!, ¡el montador!, ¡el carpintero!. 

Cuidado con que el Ego aplaste al Yo. La vanidad sin rastro de sentido. Las bobitas orgullosas de haberse conocido. Los hombres que leen autoayuda y venden motos. Las heroicidades de tebeo. Los record Guiness de provincias. La Tierra es infinita  y siempre hay alguien mejor, a poco que se explore, que te pone en tu sitio. (Y en breve colonizaremos Marte, y será aún mas duro destacar).

La mejor teoría es la de la Relatividad. Tu banda de miss no ponía Universo. Ya verás. Solo ponía Ego.







jueves, 27 de octubre de 2016

MALENTENDIDO PANTEÍSTA, NATURALISTA O NIHILISTA





El Papa Francisco, ese hombre que idolatro a nivel platónico, me tiene desde ayer sumida en un pozo de desconcierto:

"La Iglesia católica sigue prefiriendo enterrar a los muertos, pero en el caso de que –por razones higiénicas o por la voluntad expresa del finado—se optase por la cremación, prohíbe desde hoy que las cenizas sean esparcidas, divididas entre los familiares o conservadas en casa. Según un documento redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe –el antiguo Santo Oficio-- y firmado por el papa Francisco, la prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

Malentendido panteísta, naturalista o nihilista. ¿Y eso qué es?

Entiendo que las cenizas del muerto son como el azufre y podrían confundirse de camino y terminar en el último de los círculos de Dante. Nadie quiere churruscarse tontamente. Los partidarios de la incineración, al menos yo, tememos la visión gore de nuestros higadillos devorados por los gusanos y preferimos hacernos un "Dust in the wind" como Dios manda.

O como mandaba. Porque la Iglesia con mi Francisco a la cabeza (así lo llamo para regodeo de amigos y adláteres) nos ha pinchado el globo. Se acabaron los altos vuelos, vuelta a la catacumba o al columbario de iglesia o cementerio. Un lugar donde atraer a la familia para que murmure letanías y se sorba los mocos, y no esa cosa hippy de viajar a Torrevieja para lanzar los restos en una playa triste del invierno oscuro.

Pensando pensando es posible que mi Francisco se haya rendido a la fuga de clientes vivos y pretenda retener a los muertos. O, astuto como es él, quizás cavila que un tarro de cenizas para ateo o agnóstico es como polen para las abejas, y que si atrae al camposanto o a la cripta a esos desnortados sin fe bien podría convencerlos con una buena lectura de San Pablo o un Mesías de Häendel a todo trapo (sí, hay piezas que te hacen ver a dios9 y la peripecia del músico en la composición del fastuoso oratorio bien vale una misa.

A partir de ahora, al parecer, uno puede morar en bote dentro de su parroquia siempre que haya sido feligrés pata negra y abone una cantidad variable (la que más suena es 3000 euros por 30 años, espero que prorrogables). Y habrá que ver qué piensa el Ayuntamiento de Carmena (como ceniza madrileña futura que soy) de que los curas les quiten una parte del negocio de la muerte.

Por si acaso, he dispuesto que las chukis me metan en un tarro y finjan que se tropiezan camino del columbario, en una zona bien encharcada. A ver quien es el guapo que se agacha a recogerme. No quiero ser custodiada de muerta por nadie y la idea de generar malentendidos nihilistas me seduce intensamente.




martes, 25 de octubre de 2016

UN MATRIMONIO ES UN SOFÁ EXENTO COLOR VERDE FURIOSO, COMO HIEDRA BAÑADA DE ROCÍO




Cayó en mis manos un librito de Florence Delay titulado: "A mí, señoras mías, me parece. Treinta y un relatos del palacio de Fontainebleau" (Acantilado). Lo consideré de inmediato al leer las primeras líneas: "A mí, señoras mías, me parece que nosotras nacimos de aquel bosque en cuya oreada linde se hallaba un viejo palacio de linda puerta Dorada". La autora recorre  la historia del palacio a través de las diosas, dianas cazadoras y ninfas desnudas que lo habitan. Sus reyes y pintores.

Resultado de imagen de florence delay a mi señoras miasDías atrás tuve la oportunidad de visitar el Palacio de Liria. Un privilegio dado que la lista de espera alcanza los tres años. El lugar es un museo donde, nos contaron, vive el actual duque y almuerza en el enorme comedor. Me pareció muy triste y solitario devorar el cruasán y volver al zaguán entre salones cuajados de retratos de insignes pintores. Maravillas con ese olor a trementina y a cera de muebles que se pega a las costuras de los marcos de las puertas y a tu pelo. Afuera, los jardineros acomodaban los setos al gusto francés y me hubiera quedado a leer delante de una ventana con un canapé que podía resultar cómodo convenientemente ataviado con un cojín.

Pensé que me gustan los rincones, ansío lo recoleto y no podría vivir en un palacio por mucho que me hablaran sus fantasmas al oído.

¿Uno es lo que ambiciona o aquello a lo que logra llegar? Me parece más bien que lo primero, y mientras prosigo mi casting de casitas de pueblo modestas ansío un ventanal con buenas vistas, una mesa de madera maciza muy distinta a esa que perteneció a Napoleón y alberga Liria. Y pienso que uno disfruta de los objetos mientras sigue siendo consciente. Y que otros solo disfrutan de contarlo.
Vivir para contarlo es un buen título de memorias y una práctica que implica desaliento. Si lo que cuenta es sólo aquello que refleja la mirada del otro, sin espejo no vales lo que vales. Eso creo.

Puede que por ello los palacios estén llenos de espejos y lámparas con cristales que reflejan tu angustia y hacen muecas.

La envidia, de eso hablamos. Y de ambición sin fuste ni medida, rebosante de orgullo.

La otra noche vimos en familia "Secretos de un matrimonio" de Bergman. El centro gravitatorio es un sofá capitoné de un verde furioso. Testigo de la descomposición de una mentira. La pareja con tantas imposturas y más cortinas por dentro que un palacio. Los diálogos no tienen desperdicio y tocan tanto el hueso que son muy actuales. La ambición que ponemos en el amor, las falsedades. Corazas de papel que se desgarran a poco que te enganches con un desportillado de la puerta.

El sofá no se apoya en ninguna pared, está exento, y resulta inquietante. (En mi casa hay un sofá exento donde no se sienta nadie. Las tres nos apelotonamos en el otro, convenientemente pegado a la pared). Un matrimonio es un sofá exento de color verde furioso como hiedra bañada de rocío que hay que domesticar hasta poder pasarse una mañana o un domingo entero leyendo con calma y sin apuro. Sin cruces de navajas bergamescos.


Los secretos de un matrimonio, como los de un palacio, los cuentan los objetos. Si pudieran hablar. Las camas separadas por una cortina de hielo. Los cojines tan duros. Las mesillas gemelas.

Fointainebleau o una cárcel de oro, se diría.

"Sentada ante tu tocador  los esperabas, estás lista. Lista para rendirte al deseo extravagante que los trae. En tu carne tu orfebre ha puesto su tesoro..."

Me parece que mi Palacio es una cama y un sábado entero horizontal en compañía. Se me ocurre. Entre libros y películas, dormitando el descanso imprescindible. Sin contárselo a nadie, cultivar el secreto.


domingo, 23 de octubre de 2016

LA IMBECILIDAD DE LA INTELIGENCIA

1."Soy un pesimista apasionado". Francisco Jarauta -conocido como el filósofo de Podemos- citaba  ayer a otro filósofo, Jorge Santayana, en una entrevista en El Mundo. Como uno de mis vicios es leer la prensa en papel del sábado los domingos pero siempre antes de la salida del sol (vicio vampírico, pues), he corrido a la Wiki a empaparme de Santayana y en la ficha resumen pone: causa de la muerte: cáncer de estómago. Religión: Ateísmo. Alma máter: universidad de Harvard sin etiquetar. O sea, que nuestro pesimista apasionado se resume en tres pinceladas drásticas -enfermo, ateo y desetiquetado- y luego ya si quieres aprendes que sus desvelos le llevaron a perseguir la razón en el sentido común, eso tan apreciable por escaso. Me parece un logro conseguir pasar por la vida sin etiquetas. La etiqueta es algo que te ponen los demás, escapa a tu intención y a veces es un upgrade y a veces y fiasco. En todo caso, un tatuaje del que cuesta desprenderse por indeleble y tantas veces injusto, inapropiado, desmedido, grandilocuente o banal. Ahora bien, sin etiqueta corres el riesgo de ser invisible, como una lata de tomate sin precio en un hipermercado. Un suponer.

2.Otro filósofo, pero esta vez de ficción y rubricado por Juan Villoro, asombrará en breve en el Teatre Romea de Barcelona con sus sentencias que resumen la imbecilidad de la inteligencia (así lo expresa el brillante autor mexicano). Como si no lo digo exploto, esta obra ha llegado aquí años después de que dos amigos no menos brillantes -Patxi Larrañaga y Juan Moralli- cayeran en sus redes y el primero adaptara el texto original y el segundo la dirigiera en dos lecturas dramatizadas que vimos unos pocos y quedamos fascinados por la descarga eléctrica de diálogos cargados de crítica y de un humor más que inteligente, destroyer y culto. "El Filósofo declara" es un imprescindible para quienes deseen pensar y subirse a los bucles y a las piruetas dialécticas de la razón en lugar de tragar morralla hipster con pretensiones de ensayo. Si entonces escribí una crónica apasionada de la obra, ahora rescato este diálogo para haceros salivar y con el noble propósito de que vayáis a verla:
El filósofo Declara. Mario Gas&Rosa Renom


ESPOSA: "El filósofo murió de muerte literal" ¿Cuál es la muerte más digna para un filósofo? Si un cardiólogo debe morir de infarto, ¿de qué debe morir un filósofo?
PROFESOR: De un argumento.

3. Morir de un argumento no está tan mal. Al menos significa que lo tienes. Tener uno y que sea propio, a ser posible, y no cacarear los ajenos para salir airoso en bretes varios o en las redes sociales, ese pulpito donde se aparean churras con merinas. Me doy cuenta de que mi admiración se dirige instintivamente hacia las voces humildes con criterio. El criterio no te saca de pobre, pero mantiene intacto el orgullo del yo. Luego están los egocéntricos sin galones merecidos pero con más plumas que un indio apache. Contemplándolos uno se siente poseído por ese pesimismo santayanesco y tan apasionado y tan furioso. Hace unas noches, en una cena muy privada en casa de un cocinero con estrella Michelin, disfruté de manjares exquisitos, una conversación ligera sobre hombres con un hombre que prefiere a los hombres y me quedé con una frase que pronunció el chef, como si tal cosa: "A mí la nieve me da sueño".  Nadie le hizo ni caso, pero yo la atrapé en mi red y aspiro a ponerla en boca de un personaje nonato. Tal vez un filósofo, el tercero. Y lo que Jarauta ha unido que no lo separe un argumento enclenque...




miércoles, 19 de octubre de 2016

A ESAS MUJERES DE 50 QUE SE SIENTEN INVISIBLES

Últimamente participo de conversaciones sobre un tema de ciencia ficción: la invisibilidad.

Los encuentros con mis interlocutores -mujeres casi siempre- no se producen en la tercera fase sino en ascensores, vestíbulos o  cena literarias y los derroteros de la conversación surgen del fondo de un vaso de cerveza, o de ninguna parte.

-Desde que cumplí 50 años me siento invisible.

La mujer es atractiva, delgada, lleva un vestido de encaje negro, tacones de media altura y está en la cumbre de su carrera profesional. Cuenta que ahora a su hija la miran más cuando van juntas con la calle. Replico: "Anda, y a la mía, que es un pibón".

Lejos de inquietarme, que miren a mi hija me produce cierto relajo. "LLegar a los 50 y no ser a priori un reclamo sexual evidente es como quitarse la faja", me sorprendí diciendo la otra noche a un simpático amigo gay que ya pasó la frontera y, me aseguraba con destellos en los ojos: "follo como nunca" (Naturalmente no le hice los coros, pero me gustó su ligereza. Esa sensación de poderío y libertad que le daba seguir enredado entre las olas de espuma del erotismo XXL.

Recordé a otra mujer con la que me cruzo en eventos y siempre tengo esa sensación reconocible de que podríamos ser amigas. También ha cumplido 50 y dice que aún sufre turbulencias. "Los 50 son demoledores". También es atractiva, y posee la elegancia de los que saben estar en cualquier escenario, incluido en el fondo de la mina. Mientras apurábamos nuestras copas de vino me sorprendí diciéndola: "A los 50 es posible que no te devoren por la calle por tu físico, pero seguro que quien se fije en ti está valorando todo lo que eres, lo que has aprendido, lo que puedes llegar a ofrecer".

(Tengo 49. ¿Me estoy preparando por si cae un telón negro ese día? ¿Me agarro a un discurso programado contra mi propia obsolescencia?)

Creo que no. A los 50 hay que enfrentarse a cierta fuga de la firmeza, a una cintura más ancha, a unos hombros menos vigorosos. A un pecho nada heroico, tal vez. Nada muy trascendente, me parece. Pero encuentro sumamente atractivas a esas mujeres inteligentes y hace mucho que no me fijo en hombres menores de 50. La falta de tersura es como el acné en la adolescencia. Un síntoma, un reflejo del cambio alborotado. La menopausia, esa palabra fea que a veces se escupe cuando no se susurra para no molestar, es un paso más hacia el cambio. Y mis amigas que ya andan sobre sus brasas no son menos mujeres por empaparse en sudor algunas noches o tomar píldoras de soja.

Ser invisible es no ser considerado. No existir como objeto de deseo en el mercado laboral. Y aquí no hablamos de culos ni de arrugas. Tengo amigas y amigos en plenitud de sus capacidades intelectuales. Dotados de sentido común, bregados por la vida y sus hazañas. Y no son sexis para quien contrata. Y esa pérdida de erotismo sí me parece importante.

Soy miembro de un grupo de liderazgo formado por mujeres que son un vendaval. Inteligentes, optimistas, resolutivas. Privilegiadas. A veces nos ponemos a pensar qué haríamos si montáramos algo juntas. Si uniéramos nuestra musculatura al servicio de una idea.

Yo creo que cazaría talentos invisibles que ya cumplieron los 50. Los veo, los detecto y se me van los ojos detrás de sus espaldas cuando me cruzo con ellos. Su erotismo es poderoso, incuestionable, radical.

Termino con una frase de mi amigo gay de la otra noche. Me contaba que sólo los hombres homosexuales han resuelto el asunto de cumplir años sin complejos. Él había ido a una sauna de mayores en Madrid, y un señor de más de ochenta le dijo: "Tres polvos llevo hoy, a mi edad. Hay que comer bien, cuidarse y estar siempre muy limpio". 

No me parece mal consejo... Comer, cuidarse e ir siempre muy limpio. Cultivar lo que importa y encontrar lo que te absorbe sin importar la fecha que marca tu DNI.

La verdadera crisis es no saber quién eres ni qué quieres. Me parece. O saberlo y estar atrapado en una tela de araña pegajosa que te impide saltar a ese vacío gozoso que no entiende de tallas ni de cutis perfectos.


lunes, 17 de octubre de 2016

CÓMO PINTAR EL AIRE FRÍO. MI VUELTA AL PREMIO PLANETA

Renoir. Fundación Mapfre. Barcelona
¿Cómo atrapar en unas pinceladas la temperatura del aire? Santiago Rusiñol lo sabía. Eso pensé mientras volaba entre las estancias de la Fundación Mapfre donde la expo "Renoir y las mujeres" - una muestra de cuadros del impresionista escoltados por contemporáneos catalanes-  se adelanta y compite con modestia con la que la desafía desde mañana en el Thyssen de Madrid: "Renoir en la intimidad".

"Píntame un viento frío", diría el Principito de ser humano, y voilá. El artista catalán lo hubiera ejecutado en esos tonos ciruela de labio amoratado, unos grises disueltos en nieve sucia y esas ramas de árboles huérfanas de abrigo que uno imagina que quebrará el rocío de una mañana de enero.

Barcelona es poderosa pero no cabe un alfiler. Este fin de semana, bajo los auspicios del Premio Planeta, he deambulado a ratos sola entre miles de guiris por las Ramblas, el Gótico, la Barceloneta o la trasera de la Boquería y he entendido que hay que poner coto a las visitas. Ada Colau tiene razón. Otra cosa es el cómo, imagino. Una ciudad invadida por las hordas, tan bella y tan bañada de luz,  empuja y zarandea el balanceo abstraído que me habita. Las fachadas esculpidas, los recodos modernistas, se te vienen a menos si un grupo con gorra y camiseta de churrero te empuja hasta impedirte cualquier perspectiva de gloria. Pero envidio ese delta kilométrico plagado de hormigas nerviosas que se derrama en una plaza que mira al mar, y mataría por leer los periódicos del domingo en Madrid al borde de una playa con la luz terciopelo de ayer y sin apuros.

El premio literario. La sorpresa del finalista, Marcos Chicot. Un gigante de fina envergadura y  rasgos faciales  delicados, miembro de Mensa, que lo dejó todo tres años para escribir una novela con la que asegurar el futuro de su hija con síndrome de Down. Y su relato de cómo el escritor -hablo con el fulgor de la memoria- necesita vivir y hasta morir a la contra para sobrevivir a su mediocridad (o esto me lo invento). Y Marcos es un insensato que se la jugó a una carta y le ha salido bien.  Y apetece leer "Asesinato de Sócrates", su obra finalista.
Marcot Chicot,Dolores Redondo&the kings

Y la noche del sábado, tras huir a la cama como alma perseguida por Satán (ya llevaba el pijama puesto en previsión), puse la tele de hotel y ahí estaban unas chicas afganas, las basha posh, que se visten de niño y viven como tales para ser más libres y se las considera "una vergüenza para el país".  Pese a que el sueño me acechaba, no podía dejar de escucharlas. Su sentido común y su grandeza al exponer sus motivos.  Su discurso adulto y necesario. "Vivo con la esperanza de que Dios cambie el rumbo de mi vida. Si no, no sé lo que pasará", dice una de ella desde sus 14 años. Y añade: "Quiero hacer política y convertirme en un símbolo; estudiar en la universidad, ser profesora y transmitir mis convicciones y mi fuerza a mis alumnos para que puedan trasformar este país".

Maravillada, apunté sus palabras y ayer llamé a mi hija la Artista antes llamada Minichuki, de la misma edad y también futbolista. "Ah, pues muy bien", fue todo su comentario. Pensé en cómo las circunstancia, vivir y morir a la contra (de nuevo), lo son todo o casi todo. Y que aquí los adolescentes de 14 aspiran a ser famosos youtubers y petarlo por las redes sociales.

En pijama al Planeta
 Y capturo retazos como aire Rusiñol de este fin de semana ensimismado. Las frases lapidarias de mi amigo R., sentados a la mesa del Planeta, nunca convencionales: "Con las nuevas tecnologías me he dado cuenta de que conozco mejos las autopistas de Milwakee e Indiana que las de Barcelona". El reencuentro con D. , au autoestima a buen recaudo y su sabiduría de novios más jóvenes que una. El gozo de charlar con colegas sobre los vaivenes profesionales,  mi pensamiento al vuelo delante de un escaparate: "Qué poco sensible soy a la cerámica". La nostalgia de J. y su nutritiva compañía delante de los cuadros, su guerra militante contra las convenciones, tan desprovista de rabia. La rabia incontenible de los que opinan a la contra en las redes sociales sólo para echar bilis verde o triste resentimiento violeta.

Y ayer, en el AVE de vuelta, sepultaba en pensamientos mi cansancio mientras otra de esas familias con niños desalmados se pasaba el viaje haciéndose notar. Y sentí gratitud por estos dos días de máxima atención a lo que me rodeaba. Y me dio mucho gusto retomar mi casa y a mis hijas con tanto que contar, y sin apenas soltar una palabra.



jueves, 13 de octubre de 2016

COMO SER MARIEKONDISTA Y PASAR DE TUS LOUBOUTIN DE 11 CM

Marie Kondo la destroyer
Mi nueva más mejor gurú se llama Marie Kondo y es japonesa. Una japonesa con una de esas sonrisas afables de azafata de congresos sin dolor de pies o recepcionista de balneario.

Marie-ko, así la llamo,  se ha forrado escribiendo libros sobre cómo ordenar tu casa para ordenar tu vida. Los manuales tienen esos títulos disuasorios de autoayuda que nunca comprarías porque tú eres una lectora muy sesuda y no pierdes el tiempo con lecturas para mentes fofas: "La felicidad después del orden" (Aguilar) o "La Magia del Orden" son dos de ellos. Pero si mi amiga MJ me recomienda algo siempre la escucho con atención. Y además, al día siguiente de conocer la existencia de la nipona en uno de esos largos y nutritivos paseos que nos damos, llegué al trabajo y en el lugar donde se dejan los volúmenes maulas que no quiere nadie estaba el de Marie: "Es una señal", me escribió MJ.

Así que ayer pasé el día de la Raza -así se ha llamado tradicionalmente en Latinoamérica al 12 de Octubre- deslomada vaciando mis distintos zulos de zapatos, y no confesaré por sonrojo los que salieron. Algunos me los he puesto una vez. Hay dos pares de Louboutin que sólo he estrenado en el salón de mi casa porque su arquitectura es tan bella como impracticable, y otros que siendo elegantes o provocativos nunca pasan el filtro del conjunto ante el espejo.

Conté unos 20 pares prescindibles. Fotografié unos cuantos para venderlos en Wallapop (sin éxito hasta el momento) y reservé otros para regalar a mi hermana.  Cuatro horas después de empezar mi tarea de desescombro me sentía como si hubiera adelgazado dos kilos sin más esfuerzo que enviar objetos al destierro.

Soy una comadreja. Una Diógenes sin etiquetar que no llega a su estadío más crítico y se engaña a sí misma con la fantasía del ya lo necesitaré mañana. Acumulo flechazos, no historias de amor con los objetos. O eso he hecho porque hace tiempo que lo que compro y lo que me pongo se parecen, pero según Marie, si ni siquiera te acordabas de que existía algo es que no era importante en  tu vida (sí, las sentencias de la japo no son precisamente de alta filosofía, pero tienen la virtud de las verdades aplastantes y simples: las pilla cualquiera a la primera).

A los zapatos seguirá la ropa, y de ahí a los libros, el menaje de cocina y los cosméticos. Una vez que empieza el proceso ya no puedes parar. Todo se cuestiona en una fiebre maligna y destructora que te vuelve ordenado e implacable: "Si no me sirves ni me aportas felicidad, no te quiero en mi vida", es el grito de guerra de los mariekondistas.

"El acto de ordenar es enfrentarse a uno mismo; el acto de limpiar es enfrentarse a la naturaleza", dice ella con su cara de buena. (Amén)

Espero no terminar expulsando hijas de mi casa, en este frenesí que me habita. De momento, cuando hoy he abierto el armario y he contemplado a los supervivientes de mi holocausto de ayer, he sentido algo parecido al alivio. Luego he leído unas páginas de Coetzee para contrarrestar el chute de simpleza y calmar mi ego maltrecho.

Y todo estaba bien, como el el Antiguo Testamento.








lunes, 10 de octubre de 2016

EL LÍMITE ESTÁ EN EL TALENTO (cuando la ficción duele)

-Mamá, ¿qué es lo primero que tenemos que hacer cuando nos llamen y nos digan que has muerto?
-Llorar.

Ayer arranqué a mis hijas a dar un paseo de domingo en familia, plan que escasea porque a cierta edad prefieren aprenderse las instrucciones de un mueble de Ikea de los grandes y en versión original  antes que salir con una madre. La mayor, en adelante Teófila Necrófila, parecía inquieta por no estar a la altura con el asunto de los papeleos post mortem: "¿Tienes testamento? ¿Dónde lo guardas? ¿Quieres que te traigamos aquí?" (al pasar junto al Tanatorio de la M-30, donde a punto estuvo de meterse en plan espontánea). Mientras, la Artista Antes llamada Minichuki parecía inquieta por la cantidad a la que ascienden mis (exiguos) ahorros: "¿Más de 50.000 euros? ¿más de 70.000?".

Entendí que con semejande ganado el día que escriba una novela de las de saga que duelen, no tendré ningún empacho en ponerlas a parir con nombre y apellidos. Nada de "inspirado en hechos reales". Aquí no habrá polémica alguna, no como la que se ha liado con el libro de Elvira Navarro sobre Adelaida García Morales. Uno de los cotilleos literarios del Otoño que permiten a los intelectuales y adláteres dar rienda suelta a los instintos primarios del ser humano por el chisme sin sentir el bochorno de los del Sálvame.

Poco antes del paseo de mis últimas voluntades leí precisamente el reportaje de Babelia "La ficción también duele". Algunas voces opinaban sobre los límites de un relato sobre un personaje real. De todas ellas me quedo con la de Carlos Pardo:

"¿El límite (de la literatura) cuando una persona es real? Está en la difamación. Pero eso no lo digo yo, lo dice la Constitución. ¿El limite de la literatura? -vuelve a preguntarse. Está en el talento".

En realidad, y dado que mis hijas andan haciendo cábalas con mi muerte y sus herencias, me abrogo desde ya el derecho incluso de difamar sobre ellas. De mí misma tal vez me haga un Doris Lessing al estilo de una de sus novelas autobiográficas que glosa mi dios Coetzee en "Las manos de los maestros" (Literatura Random House). "Con una autobiografía intentas reclamar la posesión de tu propia vida", escribe la sudafricana, y Coetzee esboza su teoría sobre cómo la ficción puede ser tan o más fiel a los hechos que la realidad:

"Lessing siempre ha sido consciente de que las energías que se liberan en la creación poética llevan al escritor a una mayor profundidad que la que se alcanza con el análisis racional".

A falta de diván, bien vale la escritura. Ayer arranqué la mañana tras una noche en blanco rellenando hojas con el afán de contener mis pensamientos desbocados en una cerca sólida de palabras desnudas. Luego, doblé los folios en cuatro y me los guardé en el bolsillo, satisfecha de haberme ahorrado 70 eurazos de una sesión de autoconocimiento, y sin quitarme el pijama y la bata.

Las palabras son gratis si no se pronuncian. Una vez dichas pueden desencadenar un atormenta o la tercera guerra mundial (que es Donald Trump como candidato a los EEUU, por si no os habíais enterado). Mi amiga S. está preparando su despedida del psicoanálisis con sumo cuidado. Su objetivo es conseguir la carta de libertad sin un tachón, sin un mohín de "usted verá, pero creo que aún no ha culminado la tarea y tiene dos o tres traumas pendientes que ríase de los de Doris Lessing". Sabe que en cuanto el torrente de palabras fluya tendrá que sortear meandros, recodos estancados y peligrosas corrientes, así que lo mejor sería hablar lo justo, trabajar los silencios, colocar morosamente una rodilla sobre la otra y cambiar la postura varias veces mientras el tictac avanza y el relato languidece.

El límite de la literatura está en el talento. El límite de una confesión está en no forzar al otro a que responda ni interrumpa el monólogo dialogado. Dos voces sin respuesta pueden componer una bella conversación con largos párrafos de silencio. Y es bueno que así sea. Hágase el vacío, fin del ruido. Bárranse los barros y comiéncese de nuevo a construir la cabaña.

Hoy es lunes. Nada malo puede pasarnos.


jueves, 6 de octubre de 2016

DEL MAMADING, DIANA QUER Y EL PORNO DEL TELEDIARIO

Ayer viendo el telediario el chorro negro de las noticias del Telediario (de TVE, soy una clásica)  nos salpicaba a mi hija y a mí en el sofá: de las black cards y la Gurtel (corrupción) a la familia descuartizada en Pioz (asesinato con ensañamiento); de la desaparición de Diana Quer (¿asesinato, huida?), a la prohibición de practicar sexo en público e ir desnudos en Badalona y de saltar entre balcones y al vacío (realismo sucio), pasando por el asunto de las violaciones en grupo relatadas como gestas por wasap o la conversión de un barrio de Barcelona en un sucio picadero de yonquis junto al jardín donde los niños juegan.

Entonces las dos sentimos a la vez que nos costaba tragar. Asumiento que somos bestias, es duro asimilar de lo que somos capaces cuando nos quitan la capa de urbanidad; el peto del respeto propio y al otro. La coraza de los impulsos más salvajes. El chubasquero antibajezas.

Y luego vino la clásica reflexión: ¿Somos peor que nunca o es que ahora nos lo cuentan? ¿Suben las audiencias de los informativos a la llamada de la sangre, el engaño, el sexo y la violencia? ¿Es el Telediario el nuevo porno sin culpa?

El caso Quer me llama especialmente la atención. Desde que la joven desapareció no ha habido informativo que no diera cuenta del asunto. Las peleas de los padres, incluyendo los libros sobre psicopatías en sus mesillas. La retirada de la custodia de la otra hija a la madre. La sospecha de alcoholismo de ésta. El dinero y las influencias del progenitor. La anorexia de las chicas. Toda la sordidez que cabe en ese entorno idílico que nos han vendido que es una familia.

Y hay días, lo juro, en los que la pieza de turno de los Quer no cuenta absolutamente nada nuevo. Pero los que deciden los contenidos saben que al otro lado de la pantalla se sienta un público enganchado al serial y hay que aliviar sus jugos gástricos.

Mientras, una niña apenas ingresada en el mundo adulto anda por ahí, viva o muerta. Y tal vez ayude ver su cara cada día en la tele. O tal vez precipite un desenlace fatal.

Hay que alimentar a la bestia a costa de lo que sea. Tipos grasientos saltando desnudos entre dos balcones de Magaluf. Mamading como práctica al aire libre (hasta ayer no supe de su existencia como término de fellatio en plena calle). Señores con traje que no recuerdan en qué se gastaron 15.000 euros de golpe de unas tarjetas que no tributaban a Hacienda. Asesinos sueltos no extraditables que se toman su tiempo en hacer pedazos a su familia.

Amarna y el espot del Sarón Erótico
Hoy me saluda la mirada desafiante de Amarna Miller, la actriz porno de melena flamígera protagonista del espot del Salón erótico de Barcelona que ha traído de cabeza a muchos y muchas. “Estoy harta de ser la actriz porno que lee a Nietzsche, la que deja bellas artes y se dedica al porno, harta del estigma social, no soy una ninfómana, no me acostaría con cualquiera, tengo más de dos y tres dedos de frente y sé que hay mucho que cambiar en la industria como la creación de un convenio o un sindicato”. Y la leo y no me escandaliza su defensa del porno como profesión. Y entiendo que se está dirigiendo a todos cuando señala con el dedo al respetable que se pone cachondo con lo que denosta.

Y me planteo si no debería dejar de ver las noticias de las nueve de la noche y en su lugar poner una peli bien sucia. Inocente y tan irreal, en el fondo, que seguramente nos alterará menos que el disparo de verdad de los Telediarios enfocados como un reality show  por una mente inquieta y avariciosa.






domingo, 2 de octubre de 2016

LOS INVISIBLES Y EL MIEDO

Cierta persona que admiro y aprecio ha hecho un trabajo de campo árduo y meticuloso para otra persona de galones y reconocimiento que ha firmado ese trabajo. Mi amiga, discreta y poco dada al botafumeiro personal, ha tenido que ver cómo su nombre y su esfuerzo se diluían en la nada una vez que la misión -de la que ella podría rubricar no menos del 80 por 100- veía la luz y era objeto de reconocimientos y redobles de tambores.

No iré más allá para no comprometerla. Es posible que estas líneas le parezcan mal, y espero que me perdone. Me consta que ella no esperaba un aplauso ni por supuesto que su nombre apareciera destacado en las crónicas y eventos asociados a la obra. Simplemente quería no haber sido invisible ni alienada a tortazos. O eso pienso porque ella no me lo ha dicho así. Sólo pretendía, me parece, que su labor -larga, brillante y urdida en condiciones nada envidiables, os lo aseguro- se viera recompensada lo justo. Anhelaba ese mínimo tan básico que es la consideración. Pero unas manos negras han cubierto su cara y bien por descuido, bien por falta de sensibilidad, bien por mezquindad, bien por miedo -o una mezcla de todo-, la han apartado sin contemplaciones del fruto de su esfuerzo con tal ausencia de delicadeza que anda más desconcertada y triste que iracunda.
 
Esta semana he tenido algunos encuentros que no voy a olvidar. El primero con Antonio López, el pintor, en su estudio de Madrid. Un espacio destartalado y luminoso donde lo esencial -esculturas a medio hacer, aperos de artista y algún lienzo esquinado -acecha y te rodea y asombra  y lo accesorio -una mesa camilla humilde en una salita que podría ser de casa de pueblo, tal vez en Tomelloso- te cobija mientras te alimentas de las palabras de este hombre honesto y sin impostura que habla con la sabiduría del que fue y volvió, pero no siente que ha llegado. Sin lugares comunes. Sin verdades absolutas. Eligiendo cada palabra con mimo, como si al pronunciarla pintara en un lienzo delicado. Con una humildad y sencillez que te desarman.
Antonio López


Sentada frente a él, tras responder a mis preguntas atolondradas, quiso saber: "¿Y tú qué has estudiado? ¿Qué autores buenos hay ahora? Yo leo a diario pero me quedé en los míos, la generación del 98..." Y su mirada vivaz a los ochenta que ya cumplió era un aliento estimulante  y yo una niña hipnotizada.

Le recordé que en una entrevista  él había dicho una frase que me impactó, pero cuyo contexto no recordaba: "El cobarde se defiende como puede". Él me escuchó con atención y me aseguró que no sabía a qué podía referirse: "Podría decirse la mujer se defiende como puede, o el político...quién sabe". Y luego, casi al irnos, me dedicó el mejor piropo que me han dicho en mucho tiempo y que no repetiré por pudor mientras nos abrazábamos y sentía el gozo de haber estado con alguien excepcional. Un hombre sin arrogancia ni miedo al otro. "Yo voy por la vida confiado, es mi forma de ser".

El miedoso suele ser cobarde. Ocurre a menudo. No lo es otra persona con la que hablé el viernes y me confesó que se había postulado para un puesto. "Mira, tengo una teoría muy chunga. El mundo se mueve por tres cosas: El dinero, el sexo y el miedo. Yo a veces tengo miedo, pero siento que debo vencerlo porque si callas dejas que sucedan las cosas". Le di la enhorabuena por su valor. Ella tampoco se defiende. Es impetuosa y a veces anda como pollo sin cabeza, pero siempre he admirado su seguridad, la naturalidad con la que trata a todo el mundo, sea quien sea, y recuerdo que cuando le dediqué el libro puse algo así como "se nota que te han querido bien".

En aguas revueltas el miedo campa por sus fueros. Los cobardes dicen una cosa y hacen otra, las fuerzas se reequilibran y los mercaderes de la hipocresía hacen su agosto. El miedo es libre, se dice. También puede ser una amenaza y el arma con el que juegan los mediocres.

Anoche en un bar -tercer encuentro-hablaba con un hombre que se borra a sí mismo y rezuma talento. Delante de sendas cañas glosamos a tantos invisibles y disertamos sobre el miedo; de cobardes y mezquinos que se defienden a manotazos. Del gusto que daría montar una plataforma de visibilidad para talentos que no se ven, pero están y merecen su brillo. El reconocimiento, eso tan caro al parecer pero tan necesario.

Entendí más que nunca que soy privilegiada por ser visible y creo que más o menos reconocida. Me propuse cuidarme más que nunca de reconocer a los demás y lustrar brillos ajenos. Es una misión y es un propósito.

Temer al que puede ser mejor que uno envenena y maldice, aunque no sea noticia en los periódicos y los cobardes reinen y se alimenten de sus egos maltrechos y dolientes (malolientes).