jueves, 29 de diciembre de 2016

10 PROPÓSITOS MUY PRÁCTICOS Y FACILONES PARA 2017

1-Engancharme a un libro, a uno solo, desesperadamente y no andar tonteando con muchos y ninguno en esta promiscuidad que me dispersa y trastorna. Quiero ser monógama literaria al menos un ratito. Volver a sentir esa inquietud por llegar y abrir sus páginas, y conquistar en silencio un capítulo o dos o tres, sintiendo que no hay nada más urgente ni más cálido ni más excepcional.

2-Pasar mis fotos del teléfono al ordenador, y ordenarlas (como su nombre indica). Hay miles de instantes atrapados en un terminal tonto que me pueden robar otra vez. Lo que vi, a los que vi, los mapas de nubes, las risas en familia, el asombro del viaje o el menú Nochevieja. Un desastre.

3-Abandonar "Juego de Tronos". No es para tanto y se pierde mucho tiempo. No me excitan como para revolcarnos a diario el enano lascivo ni la sangre ni el incesto ni el olor a burdel ni la sodomía insistente ni las intrigas ni los desfiladeros ni las tabernas ni las mazmorras ni los Lannister perversos ni los nobles Stark. Asumiré que estoy fuera de algunas conversaciones y ya está. Tampoco vi The Wire enterita y no me han salido cuernos ni rabo.

4-Dejar de quejarme de lo que no voy a resolver. O resolverlo. Cabalgar en la pura fantasía del ¿y si? es una manera de procastinación y engorda más que el pastel de turrón de Jijona que nos hizo Nely el otro día (delicioso, por cierto).

5-Encontrar (AL FIN) mi casa de pueblo con patio sin zozobras de plazos. O sea, invocarla como se invoca a los espíritus, a la buena fortuna en la Primitiva (o Bonoloto. No las distingo, parezco lerda cuando entro en la Administración de Loterías y pido una "de las que más bote tenga menos la europea que no toca").

6-Invertir más en medias calientes de invierno y menos en zapatos absurdos que no voy a ponerme. Seguir con el método de la japonesa loca que te hace vaciar los cajones y regalar todo lo que no te pones. Tratar de no volver a rellenar los cajones.

7-Apuntarme a un curso de MAC con un profe cariñoso y paciente que me explique clarito los atajos y posibilidades del equipo. Te venden que es muy intuitivo, pero intuitivamente lo vas llenando de morralla y te pierdes en mil berenjenales y triplicas documentos que luego no encuentras y te da un semiinfarto cuando crees que ya no está lo que guardaste. De paso, verme el tutorial de Scrivener, el libro de instrucciones de la Thermomix y la etiqueta del nuevo terminal de portero automático que parece un equipo de espionaje del KGB. Tecnoliberación o colapso, es mi mantra.

8-Evitar con elegancia a los tóxicos, pesimistas, criticones, plastas, asesinos en serie, ladrones de tiempo, bobos, guays militantes, vendedores de motos, hierbas con veneno de autoayuda. Plantearme si a veces soy una de ellos  y evitarme a mí misma, si procede.

9-Escuchar a mis hijas hasta el final, sin interrumpir ni rematar sus frases (venden unos artefactos muy chulos en Amazon, bozales me parece que se llaman). Visitar a mi padre en su pueblo de la montaña, romper el maleficio, poner flores a la tumba de mi abuela.

10-Seguir entusiasmándome por ir a despedir el año 2016 con todos mis hermanos, parejas y sobrinos, madre, hijas en un pueblo perdido con tres perros despeluchados y sin gente ni tiendas ni nada que nos distraiga de nuestra compañía. Paseos tiritando bajo botas y guantes, partidas de Scrabble muy reñidas, migas del pastor hechas en caldero en plena calle, sauna y jacuzzi con gin tonic deluxe, petardos cuando llegue 2017 en una tele vieja que a veces no funciona. Todo muy postmoderno y muy lujoso, y tan divertido y tan inolvidable que estoy por convertirlo en un negocio y forrarme. Pero eso ya lo dejo para el año siguiente, que no hay que ser tan pródigo ni tan avaricioso.

Y uno más: Hacer la lista de los sitios a los que volver, y volver siempre: Brihuega, Oporto, Fez, Oviedo, Pendueles, Lisboa...


sábado, 24 de diciembre de 2016

NOCHEBUENA Y POCO MÁS, QUERIDA SYLVIA PLATH

Regalo de Cristóbal Toral
"Envidio a quienes tienen ideas más profundas que yo, escriben mejor, dibujan mejor, esquían mejor, son más guapos, viven mejor, aman mejor que yo. Desde mi escritorio, a través de la ventana, contemplo el día luminoso y aséptico de enero mientras un viento helado azota el cielo dejando en él una espuma blanca y azul.(...) Me creo que valgo la pena solo porque tengo nervios ópticos e intento poner por escrito lo que perciben. ¡Qué boba!".

Después de algunas cavilaciones frente a mi desordenado Taj Mahal, elijo a Sylvia Plath (Diarios Completos, delicada edición de Alba editorial) para arrancar un día de Nochebuena que me ha sobrevenido sin signos de espíritu navideño aparentes. Ayer un taxista se empeñó en contarme que hoy estará solo y trabajando porque sus padres han muerto y cenar con su hermana y su cuñado es como ir de prestado. Sobre todo porque están tiñosos dado que el piso de Guadalajara se lo han dejado a él en herencia.

(Debía preguntar, como me reconvino J: ¿Y cómo es el piso? ¿Una casa con patio?)

No envidio su noche, pero tampoco me parece dramática. Se lo dije  en voz baja y con tono de "esto no está siendo una conversación. Es un soliloquio (el suyo) y yo una podre víctima que no puede tirarse en marcha. Pero él reaccionó con ese alborozo de los incontinentes y se apresuró a confesar  que está "soltero y sin hijos" tres o cuatro veces, y enseguida, a la altura de María de Molina con Serrano, comenzó a enumerar el repertorio de las mujeres que han sido y de esos hijos desalmados que a poco que te descuidas te dicen: "cállate que tú no eres mi padre".

Creía que la soledad es contar tu intimidad al desconocido; ahora considero que eso es un abuso. Hace unas semanas alguien me contó que un perfecto desconocido al que el azar sentó a su mesa le había confesado que no aguantaba más a su mujer, que era insoportable y que el problema consistía en cómo repartir los bienes gananciales. La anécdota no tendría tanto interés si no fuera porque la esposa estaba sentada a menos de dos metros. Mi amigo, un hombre flemático que no se arruga ante la ignonimia ajena y jamás le pone adjetivos al escándalo, aguantó la confidencia como un caballero y cuando le dije que seguro que ese hombre le había abierto su corazón (más hígado y páncreas)  porque se nota a la legua que él es una tumba, respondió con ese humor británico tan suyo: "Pues debía pensar que éramos un cementerio, porque no sólo me lo contó a mí sino a todo el que pudo escucharle".

Envidio a quienes no juzgan, porque no es mi caso. Desde mi escritorio, un halo frío que no alcanza a ser viento me recuerda que tras de mí está la ventana. No he encendido las luces del árbol de Navidad, y si me concentro mucho, creo que valgo la pena porque he encontrado el desahogo en los dedos que golpean teclas, esas desconocidas que me ordenan el pensamiento a martillazos tibios de mañana.

De este año que termina toleré mal la arbitrariedad, las voces altas y los endiablados laberintos de la tecnología más doméstica (esa que no soy capaz de domesticar). También las toses de la gente que acude a los conciertos con su laca en el pelo, su gesto altivo y muy poco respeto por Bach o por Bethoven. Envidio a quienes tocan un instrumento y a quienes hablan cinco idiomas, y siempre creo que los músicos de las orquestas son gente muy excéntrica que habita otra dimensión, y que nunca entenderé al de los platillos que interviene dos veces en dos horas. ¿Qué le mueve? ¿Una cura del karma orgulloso de otra vida?

Me parece, además, que mis hijas vuelan solas y que debo encontrar un banco de medidas convenientes para rematar una parcela del salón. Hay días en los que fantaseo con una buena fuga y otros en los que ato los cordones de los zapatos a las patas de mi silla.

Estoy deseando cumplir cincuenta años, me gusta el último color de mi pelo y me cuesta ir al gimnasio que pago religiosamente para casi nada. Hoy recibo en casa a dos tíos, un primo, un hermano, una cuñada, un sobrino y a mi madre y aún no sé qué habrá sobre la mesa, pero nada me perturba, ni siquiera la idea de las colas en un mercado que arderá al rojo vivo.  El vino que habrá en mi mesa lo inauguré ayer, en la tarde de silencio y armonía con los ruidos de la casa, y fue un disfrute cavo y rojo tan solemne que quiero repetir as soon as possible.

He colgado mi acuarela, cariñoso regalo de Cristóbal Toral, justo a mi derecha. Lo miro y me parece que siempre fue su sitio, antes de ser.

Y poco más, querida Sylvia Plath

P.P.Las células malotas se agolpan en mi ojo, cual termitas. Espero que la línea Maginot que ha construido mi médico astur y sabio aguante el empujón de esas desalmadas que no se dejan ver si no es al microscopio. Por lo demás, tengo dos piernas y dos manos y una lista de queridos amigos a los que debo devolver sus cálidas llamadas. Y salir de paseo, y romper la barrera del sonido con un grito de guerra en plena Castellana, se me ocurre. Porque hoy es Nochebuena y el plan parece abierto, vengan las tempestades y la luna.




miércoles, 21 de diciembre de 2016

UNA TARDE EN LA COMISARÍA (Cómo denuncié un robo y terminé presa)

Una noche de sueño como zarzas, el ojo atrapado entre los pinchos. Y un recuerdo del domingo recurrente: mi bolso secuestrado unas horas en un pueblecito norteño donde podría rodarse el anuncio de la Lotería.

Y de pronto estábamos en la comisaría local,  luces de fluorescente agotado, paredes desnudas y una máquina para pedir cita del DNI que no funciona.  La tarde bosteza y se hace noche.

-Espere, que hoy hay mucho lío. (Nosotros dos y dos adolescentes tiernas que habían olvidado el bolso en una noche de juerga y temían que los malos entraran en su casa con la llave).

Veinte minutos después:

-Ya puede pasar. Usted sola (Severa. Mirándole a él como si fuera el Vaquilla)

La agente está mimetizada con la pared, cetrina. Lleva gafas que a cada poco caen por su nariz,  el pelo recogido  y una edad indeterminada entre la treintena larga y poco convencida o la madurez más  obstinada. Obviamente tu pequeño drama no es su drama. Te acaban de mangar el bolso con toda tu vida por delante: móvil, tarjetas, documentación y 60 euros. No estás en tu ciudad, ni siquiera en la ciudad donde te alojas. Tu acompañante es un encantador tecnohippie con un viejo Nokia que no enciende y mucho menos porta. Para qué.

En la entrada, el compañero de la policía ha insistido en que consiga el IMEI del teléfono: "Una clave de 15 números que figura en la caja. Con ella lo podemos localizar". Y en la (larga) espera las dos adolescentes me prestan sus teléfonos para llamar una, dos, tres veces a mi hija y teledirigirla hacia la caja del teléfono. Milagrosamente sé donde está. Y tras varios intentos de cifras que no son entro a declarar victoriosa con el IMEI en un papel roto.

-Cuénteme el relato de los hechos.
-Sí, se lo cuento. Pero mire, tengo la cifra esa que puede ayudar a rastrear mi teléfono. ¿No podría intentarlo ahora?
-A su debido tiempo. Antes hay que poner la denuncia y activarla.

No me mira a la cara. Su conexión con el mundo es un teclado de viejo PC y un loro (radiocassete de macarra de playa tamaño  XXL que escupe reageaton y que no desconecta ni baja de volumen mientras declaro).

Y declaro que estando por la calle sentí frío y me quité el abrigo con el ánimo de ponerme una chaqueta debajo, y que con el trasiego debió caerse el bolso. Un minibolso color azul marino y beige. Y que anduve no más de veinte pasos y al advertir la desapareción volví sobre mi camino y en la calle no había nada. Ni nadie. Y que si no podemos activar el IMEI (de las pelotas. Esto último sólo lo pensé).

-Aún no hemos terminado. Qué contenía el bolso.

-Una cartera roja, un teléfono móvil Samsung con una funda rosa pálido de piel.
-Pero de qué color es el teléfono.
-Rosa. Ya se lo he dicho.
-Pero sin la funda cómo es.
-Rosa. La funda también es carcasa.
-Pero de qué color es el aparato.

Sigo declarando, la música ratonera me molesta y me tienta pedirle a la policía que baje el volumen. Ella recorre el teclado y apunta a la carrera. "¿Dice que llevaba dos tarjetas de crédito, el carné de conducir y el DNI, 60 euros y carné de prensa?

Pero apunta: "Carné de presa". Cuando termina el informe y me lo hace leer con mirada triunfante de "¿a que lo he bordao?", le hago ver la errata y ella se incomoda.

-Creo que es mejor que corrija lo de carné de "presa". No sea que esto quede en mi ficha de denunciante y me detengan, bromeo.

A ella, naturalmente, no le hace ninguna gracia. Arruga el gesto y se dispone a corregir el informe. A su ritmo.

¿Podemos llamar a mi compañía telefónica para que bloquee el teléfono?, sugiero, desalentada porque lo del IMEI no parece que vaya a prosperar. Por supuesto que podemos, pero yo no sé el número al que debo llamar y ella tampoco. ¿Y si lo buscamos en Google?, sugiero con cara de presa arrepentida.
-No hay Internet, lo siento.

Salgo a pedir ayuda a mis colegas adolescentes. Me prestan de nuevo ayuda, sonrientes.

Pasan los minutos lentos como el gotero de un anciano y a la mujer le caigo muy mal, como ella a mí. Entonces, justo cuando firmo los tres ejemplares de mi denuncia, suena el teléfono. Ella se agarra como naúfrago al flotador. Escucha y sonríe: "Lo han encontrado. Ahora se lo trae un compañero de la policía local". Espere fuera.

Cuarenta y cinco minutos interminables después llega el compañero. Abro el bolso. Está todo menos el dinero. La policía, más relajada, se disculpa por la larga espera.

-Estamos a tope... con esto de las compras navideñas hay mucha diligencia.

No ha entrado nadie más en las dos horas. No ha sonado el teléfono. Nada. Ni diligencias, ni carromatos, ni coches con sirena.

La música ratonera sale del despachito y se traga a la agente, gris marengo, que ha cerrado con llave tras sus pasos.

Nota final: Cuando preguntamos por los baños, por razones obvias (dos horas dan para mucho), la agente diligente dijo que no hay  "por razones de seguridad".

martes, 13 de diciembre de 2016

ENCUENTRO Y DESENCUENTRO CON UNA GURÚ MINDFULNESS

Hay un tipo que se dedica a platicar sobre energía, paz y amor y los tenistas de éxito le pagan. Al parecer, consigue domar a las fieras que llevan dentro con frases simplonas que llaman a la armonía en "new age" sostenido. Lo leí ayer y sentí esa reconocible sensación de rechazo ante los mercachifles de las emociones. Gente adicta al palabreo y al silencio tofu sin grandes alharacas intelectuales que no se contentan con practicar sus abluciones meditativas en ayunas y vestidos de blanco sino que se erigen en gurús de todo aquel que se cruzan en el camino -pobres almas soberbias, desnortados- con un halo de santidad bobalicona e incontenida y cero condumio filosófico.

El redactor que entrevista al gurú del tenis cuenta que su contacto "se inicia con un correo electrónico que Pepe arranca con un «Buenas noches llenas de Armonía» y cierra con «Un abrazo grande lleno de Respeto». Fenomenal. Faltaría más que no le respetara. El tal Pepe Imaz, así se llama, no se baja de sus construcciones grandilocuentes de conceptos vainilla:"Al equilibrio mental se llega con el amor. Cuando uno está enamorado deja hasta de tener hambre, porque es energía. El amor es lo único compatible con todo". (Así hablaba Zaratustra, querido Pepe Imaz)

Almas descreídas camino de la luz
A mí los hierbas me resultan sospechosos, así para ir poniendo las cosas en su sitio. Respeto mucho la meditación y todas esas disciplinas encaminadas al encuentro con uno mismo, pero se me enciende la luz roja delante que cualquiera que intente hacer proselitismo a cuenta de pobres urbanitas embutidos en el ruido de unas vidas trepidantes que adolecen de momentos de silencio. Así que el día que se cruzan con uno de esos indocumentados y hacen Omm, experimentan un hálito inmediato de relax, empiezan a dialogar consigo mismos y se dejan ir. Todo muy saludable. Solo que para eso no haría falta un gurú previo pago de su importe.

El otro día en pleno puente un grupo de amigos fuimos a comer a un lugar capaz de convocar a todos los dioses del paisaje más sublime. La Torre de Madariaga, a pocos kilómetros de Mundaka. En un momento dado el grupo prolongó la caminata y yo me quedé con los periódicos sentada frente a un horizonte que se ha quedado a vivir para siempre en mi retina. Un azul brillante, poderoso y saturado de cielo rivalizaba con el verde más suizo que he visto en mucho tiempo. El aire detenido. Olor a hierba fresca. Nadie a mi alrededor y la absoluta conciencia del privilegio de la vida, de mi vida, de la amistad y del placer de disponer de tiempo para leer despacio y parar a ratos, contemplar, beber un sorbo de cerveza, respirar hondo.

Un rato después volvieron mis amigos y comimos comentando el camino y felices de estar juntos y tan acompasados. El azar quiso que en la mesa de al lado hubiera otro grupito conocido por uno de los nuestros; gente agradable que enseguida entabló conversación con nosotros. Una de las mujeres era profesora de Mindfulness, esa disciplina del aquí y el ahora que arrasa con sus lecciones de concentración para dispersos (uno de mis hermanos, culebrilla y nervioso,  lo practica y le ayuda a controlar ciertos mareos). La sacerdotisa tenía una amiga más discreta pero igual de entusiasta de la cosa. Nada que objetar, pues, hasta que la gurú se vino arriba y empezó a llenarnos de conceptos simplones con nombres pretenciosos y a insistir en lo transformador de su disciplina, y en cómo debíamos cuidar al "bebé que llevamos dentro", cosa que acompañaba con una mímica empalagosa y una sonrisa bovina. Los minfulness eran felices, vaya que sí, y por algún motivo que se me escapa ella sentía que podía invadir a unos pobres caminantes sin duda faltos de amor y vida interior con sus chorradas e interrumpir el gozo de las  pochas con almejas que acabábamos de degustar,  con las que habíamos visto a la diosa shiva de refilón.

Mis amigos, que son muy educados y encantadores, le seguían el rollo cada vez con menos bríos, hasta que uno de ellos saltó de la silla en un gesto de "hasta aquí podíamos llegar", que la gurú interpretó como una broma, así que ella y sus acompañantes se quedaron aún a tomar un café en la pradera, con la misma conversación mindfúlnica de fondo.

El encuentro dio para muchas bromas en nuestro camino de vuelta. Yo apacigüé a la fiera y recordé a otros hierbas de mi vida, gente de poco recorrido intelectual y mucha palabrería que intentaron sin éxito llevarme por el buen camino del amor y la energía. Así que debo estar condenada a no sentir el hálito de la espiritualidad gangosa y mi silencio interior se alimenta con letras. ("Hay de hacer ayuno de palabras, la escritura es ruido", decía la gurú). Pues este es mi ruido de mañana y me deja la mente en un estado zen tan corpóreo que bien podría engañar a unos infelices y organizar un curso con muchas alharacas y vistas a unas lomas mientras nos enjaretamos deliciosas piparras bañadas de zuritos. Gloria bendita.

PD. Si no lo digo reviento. Una del grupo gurú zen con mucha vida interior se abalanzó sobre el novio (alto, guapo, elegante) de una de los urbanitas descreídos y le pidió el teléfono y el mail con una ansiedad impropia del mindfulness. ( A ver si Ommmmmmmmmh va a ser un gemido orgásmico...)


sábado, 10 de diciembre de 2016

SI ME VAS A DEJAR QUE SEA EN JUEVES


Era en un aeropuerto, un vuelo demorado largas horas y yo una mujer absorta en un libro que adquirí en la desesperación del aquí y el ahora. Ángeles Mastretta, una desconocida, y "Arráncame la vida", un título más de culebrón que de novela sesuda pero que por algún motivo me llamó con sus cantos en una estantería donde competía con la clásica autoayuda y los libros de negocios simplones para aspirantes a ejecutivos sin fuste ni méritos probados.

Agradecí por primera y única vez la espera, clavada en un asiento y sin pestañear. Las voces de anuncio de los vuelos como una nana hipnótica a la que nadie presta atención pero sitúa en unas coordenadas de viaje varado, postpuesto, detenido. Impaciencia.

Muchos años después vuelvo a Mastretta y descubro que aquel entonces era 1992 y yo otra mujer. Sin duda alguna. A mi izquierda el Cantábrico vasco se bate en retirada pleamar, y no hay más dilema que si el café caliente o apenas tibio, el rincón de escritura y la compañía más dulce deseable, ayer risas de amigos en torno a un Scrabble muy reñido.

Y después un rato de cumplido aislamiento, "El viento de las horas" (Seix Barral).

"Cuántas cosas me atañen por ese mundo", murmura ya  de entrada, como si tal cosa. Y algo más adelante: Una tristeza me descobija. Me sonrío al leer un capítulo titulado "Sexo cerebral y jamón pata negra". El placer de un solo o de una sola en un día de objetos y de nada, apalancada en casa o en esa compañía silenciosa o en un puro jolgorio que no se echa de más, pero echaré de menos a la vuelta.

Un sábado arbitrario, cielo limpio que tiende y se desmiga hacia Urdaibai. Qué distinto este Norte de mi Norte astur, y sin embargo...Podría reconocer esos veranos con mis chicas de paso, alojadas muy cerca de donde hoy milito, las gaviotas excitándose al sol, presas fáciles en la arena. Y salía a correr entre el paseo de plataneros entrelazados, camino de la ermita de Santa Catalina. Y el paso por el puerto, calmo y tan descreído, enredado de barcas de verdín pescadoras, y esa subida en calles estrechas, orgullosas. Y el jadeo que alumbra el estallido del sudor, olor a una tortilla recién mediocuajada en el bar de la placita que alborotan  las almas de ciudad buscando un sitio sin horarios ni fachadas de más de siete metros. Merluza, calamar, pintxo con equis. Zurito que no es caña y sabe distinto si lo entiendes al sorbo más que al trago.

Y una conversación sacada de los trastos del pasado. "Algún día vendremos a este hotel, habitación con vistas sonido de campanas". Pero el deseo no se volvió carne  y la nostalgia no existe, sólo la barba de unos recuerdos que no son más que atuendos para vestir un hoy mucho más victorioso, más calmo, más paciente y más comprometido.

Si me vas a dejar, que sea en jueves. Lo apunto construido a dos voces como título de algo que será, un relato que empieza frente a un puesto de bebidas al lado de la iglesia donde suenan villancicos de siempre y tres hombres juegan al dominó, casi a oscuras. La luna de testigo impertinente. Quizás se lo regale a Mastretta en tosca gratitud por dos momentos que ya se adentran en el mar, piernas heladas, tan distanciados y tan insobornables.

Termina ella y asumo sus palabras, sacerdotal responso, mientras a unos metros un hombre barre humilde las huellas gavioteras sobre la arena de la playa : "Quiero quedarme ahí, pasmada, inerme, voluntariosa y ávida, en el único sitio repleto de imposibles que me gusta como ningún otro: las palabras".

Y de pronto es de día, y empiezan a desmayarse los ruidos de la casa...




sábado, 3 de diciembre de 2016

DE PUTAS INTELECTUALES Y ÁNGELES EN BRAGAS (MANIFIESTO NEOFEMINISTA)


"Sentirme. Ser un proscrito ligero como una pluma, aunque dispuesto desde hace mucho a ser derribado. Soltar sin vergüenza la correa del animal. Ser este o aquel. Resucitar a los muertos

Caigo en brazos de Günter Grass -"De la finitud" (Alfaguara)- huyendo de una información que me vende que se puede ser puta y feminista en la que tres mujeres jóvenes, atractivas y presuntamente inteligentes trazan un panegírico de la prostitución tal que me dan ganas de dejarlo todo y echarme a las esquinas o parar en un club de carretera de farolillo rojo y viento del Oeste. Ser puta es un trabajo como otro cualquiera del que una puede entrar y salir, sin ataduras ni jefes. Un chollo. Un auténtico reclamo para las chicas de la edad de mi hija mayor, que sentirán sin duda la irresistible llamada de sus cuerpos a decidir a quién se entregan (tiran) para extender la mano y cobrar su recompensa al último estertor/jadeo/grito.

Hace semanas que pego un respingo al leer en un digital entre las noticias más vendidas un video que reclama: "Soy puta porque me encanta".  Y me parece muy bien que te encante ser puta, nena, pero no sé si me encanta la frivolidad de tu reclamo. Estoy segura de que un alto porcentaje de las trabajadoras del sexo lo prefieren a ser directoras financieras,  investigadoras, médicos, peluqueras, abogadas  o conservadoras en un museo de arte ¿verdad que sí?

No tengo nada en contra de las prostitutas, me conmueven. Las que he conocido en el desempeño de algunos reportajes me parecieron mujeres tristes y prisioneras de su destino. Tiernas, furiosas, pendencieras, temerosas de sus chulos, preocupadas por sus hijos, muertas de frío o de calor. Yonquis. Cómplices o enemigas entre iguales. No daban la sensación de elegir más allá de sus atuendos sin alas ni purpurina, sostenes abiertos en canal a la caza de clientes. No dudo que las habrá aguerridas, diosas con tarifas de largo recorrido que elijan a sus hombres. ¿Feministas? Tal vez, aunque esa etiqueta ya no sé qué significa porque ha sido desgastada en tantos debates desprovistos de rigor y tan llenos de lugares comunes como de complejos y resentimiento sin reflexión libre, descorsetada y profunda.

"Ahora repasamos mujeres
que sólo una vez,varias, durante lunas enteras
en la cama, sobre alfombras, de pie
pretendimos amar:literalmente,
y luego enseguida mudos".

Suelto a Günter y se me van los ojos a los ángeles de Victoria Secret, que una vez más han desfilado con sus alados cuerpos de vestal por la pasarela y se nos ofrecen como epítome del sueño y el glamour en bragas de lentejuelas. Y sí, todo resulta muy colorido y excitante, pero son mujeres en pelotas utilizadas como reclamo para disparar el deseo ajeno. Lo de siempre, pensaréis, y es lo de siempre y a nadie escandaliza. Pero me pilla sensible, protestona y guerrera porque hoy a las 4.45h sonó el telefonillo y era ella: "Mamá, no me abre la llave del portal". Y entonces la abrí, se acostó devastada, se durmió y yo amanecí de cuajo, el cuerpo entumecido, la madeja de ideas enredada.

Puede que ser feminista sea hoy, más que nunca, reclamar el sex appeal de nuestros cerebros. Mostrarlos, exhibirlos con descaro y sin ropajes que oculten la intrépida agudeza de nuestras intenciones. La negativa a abrasarse en debates donde el punto de partida sea la desigualdad de género sin rebobinar los porqués, los cómos y los cuándos. La letra pequeña de un contrato diabólico y falaz. Denunciar que unas bellísimas modelos en bolas se nos vendan como un espectáculo glamouroso y elegante de parque de atracciones  sin denunciar (además) que es un catálogo de carne con alitas para despistar a las moscas que revolotean con el único fin de devorar el manjar de leche y miel de muslos, pechos y cinturas elásticas, juncales y felinas. 

Igual hay que preguntar a esos colegas que entrevistan a putas feministas por qué no les han preguntado qué pasa cuando un hombre (cliente, ese que paga y siempre tiene razón) te pide que hagas algo que te repugna o simplemente no te apetece. Qué hay debajo de tu discurso florido y militante. ¿Duele menos ser puta cuando lees a Proust, porque en tu mesilla reposen los huesos y el aliento de una tal Yourcenar?. Qué queda de ti cuando una parte de tu yo más íntimo se vende al por menor. Qué querías ser de mayor cuando soñabas puro y los días eran largos y el sol templado.

Recuperemos el cuerpo. Nuestro cuerpo. Y ofrezcámoslo como y a quien queramos, en una intimidad gozosa con fronteras que elijamos nosotras, que pactemos en pareja o en trío o en manada si es lo que deseamos. Pero hagamos un striptease total, radical, intempestivo y militante de ideas, proyectos y ambiciones. Una orgía sin reglas ni tabúes  y eterna de palabras.

(Nos dijeron nena muestra tus muslos, insinúa tus curvas, guiña el ojo y sacude la melena. Compón ese mohín, hazte la débil. Lo hicimos, obedientes, y lloramos como un drama el fin de la tersura. Cuánto engaño. Ahora entiendo por qué detesto a las coquetas sin fuste, bobitas que se quedan en nada el día que no entran en su uniforme de majorette ajado. Y por qué no doy más bola a esos tipos que buscan silenciar tu discurso invitándote a una copa con sonrisa caimán)

No hay nada más sexy que una persona inteligente, honesta y libre, no descubro la luna. Nada más prometedor que la confianza y la intimidad de cuerpos ardientes, arropados en mentes que desean lo mismo, se buscan y completan.

Y luego están las putas, desde luego, Y siempre van a estar, y ojalá un día logren cimentar sus derechos, hacerse respetar, protegerse y poner sus condiciones, barbechos y tarifas. Pero que no nos vendan que es un chollo con coartada intelectual. No cuela. Y tampoco que desfilar en bragas con un sujetador de diamantes que pesa y que se clava es otra cosa que el reclamo de siempre y para los de siempre, envuelto en celofán y aplaudido por quienes hacen caja a cuenta del deseo y de la baba.

"Los secretos se negocian baratos ahora", escribe Günter Grass. El secreto ha cambiado de cajón, diría yo.