martes, 31 de enero de 2017

SI NO PIENSO IGUAL QUE TÚ, ¿SERÉ LINCHADA? (MIEDO A LA RED SOCIAL)

Leí que un famoso escritor de best seller (al que no frecuento) había tenido que retirar un tuit en el que venía a decir que "La La Land, La ciudad de las estrellas" era un bodrio de película ante la reacción violenta que se había desatado en la red social contra su opinión. Me dio miedo. Imaginé Tuitter como un avispero de alta excitación donde los aguijones se clavan sin piedad y sin temor a más represalias que el pinchazo de otro y su veneno.

Me asusta la dimensión de vendetta que puede adquirir un clic. Hay quien se venga de un ex jefe tuiteando lo que otro disparó con mala baba. Es muy fácil (y cobarde) sumarse a un linchamiento como es muy fácil comprar en Amazon. Das a la pestaña correspondiente y un mensaje te dice que el paquete está en camino. Ni siquiera tienes que meter tu cuenta bancaria una vez que lo hiciste en tu primera transacción. No hay lugar a la duda, al titubeo. Es fácil y limpio, como el crimen perfecto.

La inmediatez tiene mucho peligro. Impide la reflexión. Filtrar el impulso y en lugar  de asumir que otro puede pensar distinto que la masa, acribillarlo por no ser masa. Comprar lo que no necesitas porque está ahí y es barato, y además odias entrar en las tiendas, esa ceremonia del tanteo de la marcancía, el mohín delante del espejo; la tarjeta de crédito entre tus dedos, la responsabilidad del gasto.

No demonizo las redes sociales ni tampoco pretendo denostar la comodidad del clic. Hace tiempo que no hago colas en los cines; hace tiempo que me puedo sumar a causas nobles, denunciar escándalos o pedir solidaridad ante un caso flagrante de abuso y a los pocos segundos alguien al otro lado  responde; se adhiere, comenta, redondea mi proclama. Hace años que escribo este blog con mis reflexiones matutinas y disfruto del feedback que recibo. Somos más comunidad que nunca, y por tanto podemos ser más grandes, generosos y constructivos que nunca. Pero también más miserables que nunca; más maleducados, más impertinentes, más crueles, despiadados y temerarios. 
John Turturro en The Night of

Imagino que quien usa la tecla para agredir se olvida del peso de su acto en cuanto pasa de pantalla. A otra cosa, que el tiempo aprieta y el resentimiento pide paso y no se agota. Somos más libres que nunca, ¿lo somos? Podemos opinar, pero ojo con que lo que opinemos sea del agrado de la mayoría. De lo contrario, seremos crucificados sin contemplaciones. Sin un debate de ideas, a manotazo limpio.

A nadie le gusta que le lleven la contraria, pero es un gusto que te desmonten un argumento con otro mucho mejor, más sólido y elevado. Te hace crecer. Si por el contrario tu opinión recibe un insulto que se convierte en un millón por obra y gracia de las hordas ansiosas de sangre, es posible que te bloquees y hasta que llegues a tener miedo a salir de casa y cierres tu puerta que es tu cuenta. O que te lo pienses dos veces la próxima vez antes de ir a contracorriente.

A riesgo de que me linchen los expertos en cine de calidad, que al parecer los hay por millones, diré lo que pienso de "La la Land". Me atrapó el principio y sobre todo el final. Ese recurso a la ensoñación, al ¿qué hubiera sido de mi vida si...". Disfruté con la expresión de colores, con la frutal belleza de los protagonistas y se me fueron los pies un par de veces, las ganas de bailar por el pasillo. Esa sensación de ligereza y celebración del gusto por la vida. Pero el cuerpo central de la película me pareció aburrido y falto de ritmo; los números musicales poco virtuosos y hasta mal imbricados en la historia. En fin, que no creo que en unos años recuerde la película, como sí recuerdo West Side Storie.

Luego, por la noche, empecé a ver la serie The night of y me quedé atrapada en su trama, en la oscuridad de sus personajes y hasta en los  pies con eczemas de John Turturro.  Reconocí trazos de Colombo, de Canción triste de Hill Street, de Twin Peaks... Me quedé con ganas de seguir cuando acabó el primer capítulo, con el ansia de sumergirme en la negrura de una de polis con fuste. Y como podía, le di al clic y HBO me respondió de inmediato con otro glorioso episodio.

Ojalá nadie me insulte por estas divagaciones. Son mis opiniones, acertadas a no. Respeto las vuestras, respetadme. Es martes y los martes los carga el diablo tradicionalmente. Y los trolls no duermen, por desgracia.







domingo, 29 de enero de 2017

LA SOLEDAD ABRIGA EN SU INTEMPERIE (entre Paul Auster y Vila-Matas)

"Cuanta más experiencia de soledad tiene uno, más paradójicamente se vive la sensación de que esa experiencia no es precisamente de ostracismo o aislamiento, sino de apertura hacia los demás". Enrique Vila-Matas, "No soy Auster" (Cuadernos Alfabia).

No eres Auster, ni falta que te hace. No tienes una bellísima mujer, escritora solvente, ni una casa perfecta y very cool en ese New York al que no llega el turista, por más que deambule en sus aceras y asome la nariz por sus ventanas. La soledad abriga en su intemperie, está llena de aire con palabras, de encuentros y desencuentros que no se quedan a cenar ni dan las gracias.

Ayer acompañé una mudanza y su protagonista me dio el librito para entretener el largo rato, embozada en mi bufanda y sin quitarme el abrigo. La garganta era lija y esa flema arraigada me obligaba a un molesto carraspeo intermitente. "Ella era Hemingway" y el citado "No soy Auster". Apenas 30 páginas que me aislaron del trasiego de cajas de cartón y patas de mesas que dos hombres arrastraban de acá para allá, en un espacio caótico donde los ácaros encontraron su alborozado parque de atracciones. Temía el sarpullido, esa urticaria traidora que se presenta sin llamar, y encontré refugio en Vila-Matas.

Vila-Matas y Paul Auster
El autor hablaba de la historia secreta que subyace en las historias. O sea, eso que no se cuenta pero está y provoca leves movimientos tectónicos en una historia. Lo que un escritor no desvela porque es bueno que así sea. Pensé en ese pecado familiar de ser explícita y que la claridad interfiere al misterio. Consideré la oportunidad de fabricar dos o tres territorios ambiguos en mi novela, que no se expliquen pero resulten determinantes. O incluso que simplemente funcionen de atrezzo en la historia. Miré a mi alrededor esa casa desconocida e imaginé a su morador; le puse etiquetas. Un rostro y un cuerpo, la marca de su espalda aún vivía en el sofá, cubierto con una colcha sobre la que se desmayaba una manta sin doblar, demadejada.

Entré en el baño, con ese pudor de voyeur aficionada. Parecía que Antonio López hubiera estado allí, con sus pinceles, y abandonado el lugar segundos antes, dejando las estanterías con sus intendencias en cajas de medicinas, tijeras cortauñas y, sobre el lavabo, un espejo esmerilado que te devolvía la cara distorsionada, el misterio que ocultas sin saber, que ve el lector cuando te lee e interpreta.

Los verdaderos secretos están en lo cotidiano.  Eso que se desvela en el silencio, solo en la soledad.

Muy Antonio López
"Es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los demás hasta que estamos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde en la soledad, más profundamente siente esa relación, dice Auster". Es una buena definición de la soledad del escritor (concluye Vila-Matas).

Estoy sola, llena de tantas cosas que me gritan. El humidificador escupe gardenias frescas. Me duele la garganta. He llenado seis bolsas de libros que no me salvan la vida pero ocupan y hacen ruido imprudente y temerario. En breve se los bajaré al portero y él podrá husmear entre sus líneas mis subrayados y preguntas al margen, agazapado en su chiscón. Todo un striptease. Y esa será otra historia. ¿Clasificada X? (Las mudanzas son como las bodas, de una salen otras, decían las abuelas).

Cada voyeur tiene su contraparte. Eso lo digo yo,  irritada de tos de vieja guardia.

(El silencio de las casas es un grito).


jueves, 26 de enero de 2017

EL SUICIDIO GOZA YA DE SUTIL PREDICAMENTO (delirios de escritora)

A veces prefiero la compañía de los muertos. Y de entre ellos, a Sylvia Plath (sí, ya sé que he hablado mucho de ella últimamente, pido indulgencia de jueves). No la leo de corrido, ya sabéis de mi saltimbanqui promiscuidad literaria, pero se ha convertido en un libro de cabecera que abro por una página al azar y me interpela:

"Así que ¡Tengo que decidir un par de cosas!¿Soy capaz de escribir? ¿Llegaré a escribir si practico lo suficiente? (...) Sobre todo, ¿PUEDE UNA MUJER EGOÍSTA, EGOCÉNTRICA, CELOSA Y SIN IMAGINACIÓN ESCRIBIR ALGUNA CONDENADA COSA QUE MEREZCA LA PENA?".

En realidad utilizo a Sylvia como puchimbol. Como confidente y como banco de pruebas. Admiro su desgarro hecho texto, el felino rastro de su sangre y de sus lágrimas, esa desesperación agria que alumbra imágenes tan potentes que ya querría yo. Acidez suprema, alta definición.

Hay un día en que los personajes de tu libro cobran vida y te dan por saco a cualquier hora del día y de la noche. Otros días se te desdibujan, con una obstinación tan molesta que los matarías con un método sádico que no dejara huellas. En realidad puedo matarlos ahora mismo. Meterme en el programa endemoniado que no dominaré jamás y darle a la tecla de borrar. Desalojarlos de mi vida como castigo a su falta de diligencia cuando los llamo y quiero que actúen, que se hagan preguntas, que se escupan y que follen sin tópicos descriptivos, sin remilgos. (Nada peor que una escena de sexo reventada de lugares comunes, tan tórridos como falsos).

Quiero que sean ellos, y no un remedo de tantas lecturas, de tantos mamarrachos de la tele o de las redes sociales (los memos de los memes). Quiero que emerjan poderosos, altivos, desmadejados o viles: que se restrieguen en la lona y den un espectáculo de golpes y cimbreo de cinturas, que se desgañiten y pidan clemencia, que se rompan y suenen los huesos. Y si no, si esto va a ser la típica historia que ya has leído en otra parte, meter sus cabezas en el horno y activar el botón, querida Sylvia Plath.

¿Por qué a los seres distintos, titubeantes, prodigiosos, les da por suicidarse? ¿No podrían suicidarse los moscardones fatuos que estrenan muchos telediarios con sus actos enclenques? Los corruptos, los abusadores de niños, los maltratadores de esposas y parientas, los mediocres sin méritos probados que levantan el puño y se hace el silencio?

No, no pretendo promover el suicidio como quien promueve la esgrima, la siembra del tomate en tu terraza o el cine vietnamita. El suicidio goza ya de un sutil predicamento. Es un tabú y se lleva a menudo a los mejores. A las mentes frágiles que se plantean enigmas. A los desesperados. A los ácratas. "Vivir es un acto de cobardía, de laxitud insoportable, de ceguera con piernas y con brazos". Eso dirá mi protagonista, si no lo ha dicho ya (debo mirar mis notas). Y a su sentencia ella responderá con un mohín preparatorio de un comentario a la altura; mucho más enredado, menos terso. Y la bombilla volverá a aflojarse y se hará la penumbra, esa luz tan apropiada para la confidencia y el susurro.

Hoy eran las tres y las cuatro y las cinco las palabras rebotaban enloquecidas por las esquinas del techo de mi cuarto, que es también mi cabeza. Mis dos torturadores se hacían carne y acampaban entre mis sábanas. Levántate, escríbenos con ahínco, maldita dormilona. Y yo me he resistido y ellos me han castigado porque al sentarme al teclado no recordaba nada. Y entonces he leído los periódicos, y después he mirado a Sylvia Plath y he abierto una página, la que ha salido al toque arbitrario y torpe de mis dedos, y he sentido el consuelo de la decepción compartida (que no el talento ni esa vis depresiva, una cosa por otra).

Benditas sean las mañanas que rompen el filo de las noches plagadas de presencias porculeras y que te hacen volver en ti y no cargarte las páginas, sólo revisitarlas con mirada más crítica. Mis dos protagonistas están ahora en el baño, ella le afeita y a lo lejos maúlla la jauría de gatos. Hace frío, una corriente de esas que rompen los riñones. Y huele a nevera con pollo en cierto estado de putrefacción. Suenan los tacones de la vecina de arriba, la familiar tamborrada.

"Mientras hablo conmigo misma de todo esto, el pasado no me parece tan caótico ni el futuro tan negro", escribe Sylvia.

A mí tampoco. Buenos días, querida,  desde el país urgente y sin (des)consuelo de los vivos.


domingo, 22 de enero de 2017

SI SUDAS MUCHO, LLORAS MENOS

En el Sótano, de Ulrich Seidl
Ayer volví al gimnasio en un alarde de vulgaridad de enero. La pulsera magnética de la entrada ya no servía de salvoconducto. Estaba tan oxidada como mis articulaciones. Cuando conseguí programar la bicicleta -ya había olvidado cómo se hacía y tocado todos los botones alocadamente-  clavé la vista en las pantallas de televisión. Una de ellas me mostraba a Obama abandonando la Casa Blanca tras dejar una carta a su sucesor en el Despacho Oval. Era el adiós de un símbolo, de una época de relativa civilización en la que se pudo hablar de la igualdad de la mujer, los derechos de los desfavorecidos, la sanidad para los pobres, el racismo vergonzante (y sí, también de la libertad de tenencia de armas, de la pena de muerte, de la diplomacia arrogante del fuerte).
El primer presidente negro de la historia de EEUU se iba con su andar felino y su impronta casual, dialogante. Me dieron ganas de llorar, apreté el ritmo porque si sudas mucho lloras menos.

Últimamente me siento porosa a la indignación y al desconsuelo. Todo me afecta más que de costumbre. Tuve un novio que me reprochaba que yo era "demasiado sensible", y creo que lo  soy. Sobre todo a lo irremediable, a los decibelios, al zumo de naranja en ayunas y a la arbitrariedad del poderoso. La salida de un presidente atado de pies y manos por su minoría en las dos cámaras, imperfecto pero cuidadoso en las formas, comprometido con causas necesarias y con una mujer brava que no le hace sombra ni le achicharra, tan equilibrados en sus poderes, y la entrada de un empresario vulgar y grosero de los de botas encima de la mesa y cachete en el culo a las mujeres (a las que debe llamar chochitos o algo peor) me parece dramática. Ese primer discurso de hiperproteccionismo patriotero. Recuperemos América. América para los americanos. Ese eructo pestilente en plena cara y esa muñeca a su lado como de atrezzo, impertérrita de pómulos e inmune a los episodios de lluvias doradas con prostitutas de su esposo con tal de mantener su tronío de jaula con diamantes y looks de grandes firmas.

Yo pedaleaba, sudaba, pedaleaba y en otra pantalla de televisión una mujer sexagenaria se prestaba a un cambio de vida, o de imagen (no me enteré muy bien), de la mano de un tal Pelayo y sin soltar un bebé de mentira tan realista que daba grima. La señora, insatisfecha de su vida y de su cuerpo, se había aferrado al muñeco hecho por encargo como a un clavo ardiendo. Me recordó al documental/película de Ulrich Seidl "En el sótano". Magnífico, desazonante y no apto para estómagos impresionables. Un muestrario de perversiones de personas ¿normales? realizadas en la intimidad de los sótanos de su casa: una mujer que acuna a un muñeco y le habla como a un bebé en el secreto del trastero, una pareja de sadomasoquistas maduros (con escenas de dominación explícitas), un filonazi con un museo a mayor gloria de Hitler donde se reúne y bebe cerveza rubia con los amigotes y así.


Naturalmente, la moraleja es que todos tenemos sótanos, desvanes donde damos rienda suelta a impulsos oscuros que nunca mostraríamos. El caso de Trump me estremece porque sus perversiones están al aire, se jacta de ellas y le han ayudado a ganar las elecciones del país más ¿poderoso? de la Tierra. El más cinematográfico; el más ¿aspiracional?  Me pregunto, sudando que es llorando, qué oculta en sus catacumbas más pútridas. Esas que no vemos. Me perturba que sea de los que ejecutan todas sus fantasías, porque si se puede pagar se puede hacer. Y espero que Obama en su carta le haya dejado unos polvos paralizantes, un lanzallamas que le achicharre el tupé, una frase demoledora que lo deje mudo. Una toxina que anule lo más canallesco de su ser  y ventile sus sótanos de ratas y moscas de patas pegajosas. 

Me siento apocalíptica y porosa. Espero estar exagerando y que el tipejo se lo piense un rato antes de apretar los botones a su alcance como hice yo ayer con la bicicleta diabólica. A veces, muchas veces, se elige a los peores como líderes. La explicación está en los sótanos de quienes deciden.




jueves, 19 de enero de 2017

LA FUERZA DE NO CREER EN MÍ (NI EN TI)

Paul Lèautaud
Arranqué una página del periódico que hablaba de Paul Lèautaud, uno de esos escritores franceses que no aparecen en los listados de lecturas obligadas del colegio, ni siquiera en las enumeraciones. A mí me excitan los diarios, memorias, autobiografías como fascinante género literario cuando son de cierta calidad provocadora y resumen una época a través del estremecimiento de palabras (¡Ay, Stefan Zweig!). La apreciación morosa de lo pequeño que rodea la aún más pequeña cotidianidad elevada a los altares de la Prosa con mayúscula ("una prosa debe poder sostener el paso de una multitud que pueda avanzar sobre ella sin que el piso se quiebre").

Y cuando el suelo se le mueve a él, a Paul Lèautaud, vuelve a leer a Stendhal.

Hace años que no leo a Stendhal pero disfruté enormemente con su "Rojo y Negro" en mi adolescencia buscona y removida. Los diarios, sin embargo, ocuparon buena parte de mi tiempo de lecturas los dos últimos años, descreída de novelas que no lograban atraparme más que un rato. De modo que me molestó cuando un conocido suplemento literario anunció con trompetas y tambores el hastío que, según ellos, producía la literatura del Yo.

El problema no es el yo, sino los yóes. Hay yóes enclenques, yóes soberbios, yóes imperiales, yóes sobrevalorados, yóes de una intensidad arrolladora que escriben y revientan las costuras del buen gusto...infinidad de yóes. No todos los ojos tienen la virtud de conectarse con los dedos y componer una magistral sinfonía de palabras. Hay quien escribe bonito pero lo que cuenta carece del más mínimo interés, aunque  tiene su público y una editorial dispuesta a arrasar media selva para perpetrar la obra. Hay quien alumbra historias musculadas pero desfallece en las formas, qué le vamos a hacer.

También hay, desde luego,  cursis que invocan adjetivos pomposos y se trastabillan con los verbos. Las palabras son vírgenes indefensas de entrada y no pueden evitar que las violemos rebajándolas con una mala frase o un párrafo indigesto. (La democracia plena de su reino permite al que las usa el desdén o la adoración, la nocilla o el foie. La infantil bagatela).
El reino de mi Yo


A mí el género diario, aunque sea un subterfugio, me engancha cuando vibran las palabras y alumbran confesiones como está: "No soy nada brillante en literatura. Primero, no consigo involucrarme del todo. Lo que se hace en torno a mí no me interesa los suficiente. Lo noto cada vez más: sólo me interesa una cosa: yo y lo que me pasa, lo que he sido, en lo que me he convertido, mis ideas, mis recuerdos, mis proyectos, mis temores, toda mi vida. (...) Tendría que tener la fuerza de no creer en mí. Como si fuese el único ser que escribiera".

(Hay yóes vulgaris y famélicos que se alimentan de otros yóes, se comen la comida de sus platos y copian su manera de vestir, sus frases y ocurrencias, sus gustos y aficiones. Si pudieran se acostarían con las mujeres de esos a los que fusilan y sacarían sus mascotas a pasear por la mañana. Ser uno a través del otro es ambición de mediocre, envidioso o insatisfecho. Y vocación más noble del actor, del lector y desde luego del escritor. Así ha sido y será, punto y final).

Tendría que tener la fuerza de no creer en mí. Cómo me gusta esta frase, la escribiré cien veces como aquellos castigos del colegio franquista. Ahora debo leer Paul Lèautaud, añadir su "Diario Literario" (Ed Fuentetaja) a la cola en la pista de despegue de tantas lecturas pendientes que postergo para escribir en torno a mi yo. Un yo descreído y militante, ávido de experiencias, mendigo de milagros.

P.D. Si pienso en algunas personas a las que admiro son todos cicateros de sus egos. Silenciosos, urdidores de negro. Magníficos violines sin orquesta.


jueves, 12 de enero de 2017

A VECES LAS COSAS SON POR ACCIDENTE (Cómo conocí a Oliver Laxe)

Oliver Laxe
Una tarde, hace poco, fui al Círculo de Bellas Artes a ver "Mimosas". La película -magnífica- la presentó su director; Oliver Laxe, un gigante de los que ilustran las  etiquetas de bote de hortalizas con cara bondadosa y trazas grunge que se mesaba su espesa cabellera como un tic de timidez y terminaba cada respuesta del público con un "no sé..." que lo distanciaba de cualquier atisbo de soberbia en sus consideraciones. Un tipo que triunfa en Cannes y no se entera nadie más que los del cine porque, pese a su evidente atractivo y a la calidad de sus películas, no va con un tambor ni una tribu de majorettes haciéndole la ola. Y se tira cinco años si es preciso para alumbrar un proyecto como Mimosas porque lo entiende como una misión. Un romántico de envolvente acento gallego y un discurso mesiánico salpicado de términos de homilía de iglesia que antes de la proyección de la cinta nos recomendó que "no nos peleáramos contra nosotros mismos" al verla. Que no intelectualizáramos, que mirásemos a través de la piel. Luego se abrió un coloquio:

-¿Por qué la película se llama Mimosas (si no hay una sóla aparición de las flores ni de mujeres o niñas zalameras).
-Porque nos quedamos sin presupuesto de producción. La historia iba a transcurrir en torno a un café con ese nombre, pero luego no fue posible y decidí dejar el título. Uno no sabe por qué llama a un hijo como lo llama...

Tiene razón Oliver Laxe. A veces las cosas son por accidente. Como cuando los padres explican por qué doce años después nació un cuarto hijo. El azar, de eso hablo. O de cómo una circunstancia alumbra un chispazo que te coloca en un lugar insólito y ya que estás decides colgar un cuadro aquí, poner un sillón allá y prepararte una infusión de boldo para darle alivio a tu hígado fatigado de fastos con coartada.

El otro día acudí con L. a un almuerzo de esos que convocan a muchos señores muy importantes (el traje y la corbata impecables son el estandarte. No existe, ahora que caigo, equivalencia simbólica en el atuendo de la mujer). En la escalera de acceso nos encontramos con un hombre con el que tuvimos algo que ver profesionalmente en el pasado. L,. lo saludó con extremada simpatía y hasta lo invitó a quedarse con nosotras dado que había que hacer cola para acceder al comedor. Él  accedió poco entusiasmado, y tras breves segundos en los que no mostró ningún esfuerzo por corresponder a nuestra cortesía ni siquiera para hablar del tiempo, se agarró con alivio a otro señor y ni siquiera nos despidió, para nuestro pasmo. El tipo, debo decir, mostró en su día un trato profesional chulesco y casi vejatorio en un asunto delicado que no habíamos olvidado.

Días mas tarde me vi rodeada de varias señoras que ostentan cargos de mucho peso y han sido pioneras. No sé cómo salió la conversación:

-No sabía que era feminista, pero lo he descubierto, dijo una. (De las mujeres más listas y vivaces con las que uno puede cruzarse).
-Pues yo sí lo soy, abiertamente.

Entonces se me llenó la boca con eso de que tengo muchas reticencias al discurso feminista convencional, y que rechazo las cuotas porque pienso que si entran mujeres mediocres enseguida se las señalará y esto se volverá en contra de las demás.
-Tienes razón, ¿pero te has dado cuenta de la cantidad de hombres mediocres que triunfan y nadie los señala con el dedo? Nosotras también tenemos derecho a ser mediocres.

Entendí que tenía razón. Esa mujer ha ostentado uno de los cargos más altos a los que se puede aspirar en la administración. Ha sido portada de periódicos, ha abierto telediarios. Y no atisbas en ella ni un solo gesto arrogante. Tampoco, curiosamente, en las que la rodeaban. Y no digo que todos los señores importantes sean altaneros o petulantes. Digo que muchas de las mujeres excepcionales con las que tengo la suerte de cruzarme no hacen ninguna ostentación de su valía, puesto o logros ni se adornan con plumas. Como Oliver Laxe no se chulea de su buen cine, sino que lo defiende suavemente y deja que la contundencia fluya en la pantalla.

Así que bienvenido el talento y tenga cabida la mediocridad. Pero rechazo radical al presuntuoso, altivo, envarado, inmodesto, chulo, petulante o envanecido. Seas hombre con corbata y mucha prisa en la escalera o mujer desesperada por un reconocimiento paritario y sin aguas subterráneas contaminadas de condescendencia, paternalismo o grosería. Como decían las abuelas, quien mucho se perfuma huele mal. La importancia es una fragancia tenue que echas de menos cuando deja de estar, y nunca aturde.



viernes, 6 de enero de 2017

USTEDES SE EQUIVOCAN CONMIGO

"Ustedes se equivocan conmigo. Yo soy una alucinación colectiva".

Cazo esta frase de Borges del libro "Personas e ideas. Conversaciones sobre historia y literatura", de Enrique Krauze (Debate) y la encuentro conveniente. Las alucinaciones colectivas son nuestro sostén y veneno cada vez que entramos en la red social. No voy a moralizar no sea que me castiguen los dioses y esos preciosos paquetes que tengo a pocos metros sobre unos zapatos que hace tiempo que no calzo  se conviertan en humo y no haya quien los atrape.

Soy reina maga y niña al mismo tiempo. Soy la primera que se levanta casa día de Reyes para componer la arquitectura colorista de la ilusión (esa palabra cursi que evito y vitupero). Hace ya unos años no sólo pongo sino que recibo. Mis chicas disfrutan gastándose sus exiguos ahorros en regalos pequeños que son mis favoritos. El primer año fue una taza de los chinos  (me dijo L. el otro día que en el colegio de sus hijos les han dicho que decir "el chino" refiriéndose a la tienda es racista. La corrección política nos hará prisioneros de nuestra propia estupidez). También he recibido una carcasa para el móvil y un colgante. Cada año fotografío el botín antes de romper sus preciosos envoltorios. Y disfruto de estas horas de contemplación de la traca final navideña que es el recogimiento, ese silencio virgen donde piden paso los propósitos y se oyen los tic-tacs de dos relojes a la vez.

Yo, por pedir, pediría justo lo que no me pueden regalar. Tiempo. De todo lo demás estoy servida. Una hora extra sería suficiente, me parece. A falta de minutos violo páginas de libros y me encuentro hallazgos como perlas. Ustedes se equivocan conmigo. Las letras no me hacen tolerante. Últimamente me he vuelto gruñona y cuando atisbo conversaciones de modernícolas fascinados por una boutade muy fashion o muy cool me siento a mil kilómetros o a dos mil. Hace unas semanas viajé en el asiento de atrás de un coche. Delante iban dos hombres pasados de cincuenta que conversaban pensando que yo dormía. Uno le preguntaba al otro: ¿Tenías mucha afinidad con tu mujer? ¿Qué compartíais?, ¿cómo fue progresando en su enfermedad? y cosas así. El otro, un hombre pausado e inteligente, parco en palabras y de una presencia importante por cálida y pacífica, le contestaba sin remilgos y con delicadeza. Daba gusto ser vouyeur mientras la niebla escoltaba nuestro paso por una carretera desprovista de tráfico.

Hace tiempo que entendí el valor intrínseco de una buena conversación, y su excepcionalidad.  Una de esas desprovistas de paja, de temores, de lugares comunes y convencionalismos. Hace tiempo que siento que lo que nos conecta a las personas es el renacimiento en la palabra, el respeto al silencio, el sentido del humor. La mutua compañía sin abusos. La confidencia densa, el análisis de altura de ése que me alimenta  de pensamiento y palabra; la vuelta a casa andando, todo tan anecdótico, tan cercano; tan pleno y tan excepcional.  

Lo dejo ya, que escucho ruidos al fondo del pasillo. Toca abrir el misterio y desvelarlo. ¡Las alucinaciones colectivas son tan bellas al paso de los Reyes domésticos (que no la cabalgata, ese kitsch)!


martes, 3 de enero de 2017

LA INVENCIÓN DEL AMOR EN FRANTZ, DE FRANÇOIS OZON

Me gusta François Ozon incluso cuando me gusta menos. Me interesa su forma de abordar la mirada de sus personajes y cómo fuerza la mía, tan miope y desgastada de láser y barridos. Me gusta que termine la película y haya un aleteo de olas en la superficie de mi conciencia que me haga masticar los detalles y me gusta haber rematado con él mis exiguas vacaciones (si llamo así a cuatro días de los cuales dos son festivos siento que han sido más largas. Las palabras pesan y ocupan).

Ayer vi Frantz, y podría contar que es una película en blanco y negro con un protagonista que es un cruce entre Dalí joven y Adrian Brody que toca el violín y mira melancólico, ambientada en la primera postguerra mundial. Un francés que, invadido por el pesar, vuelve a Alemania para pedir perdón a los padres y a la prometida de un soldado alemán al que mató a bocajarro. Esa es la trama.

Pero de lo que me habló Ozon es de las ensoñaciones. Del poder de la elucubración en ausencia; de cómo puede recrearse lo que nunca pasó a través de alguien que nunca estuvo y llega y te saca el violín y te estremece en la sala de estar. De cómo hay un instante en el amor que es elaborado, no palpable ni sometido a las leyes del desgaste. Y que si en ese instante lo matan acaban de invitarlo a una eternidad magnífica y tortuosa.

Cuenta Ozon que es posible que el relato de un desconocido sea esa música celestial del amor virgen, y que no se quede ahí. Que -y esta es la belleza de la historia- un sentimiento de pérdida llegue a transmutarse en la figura de un desconocido como una posesión tan febril que engañe a la vista, al tacto y al resto de los sentidos.

No conocemos a Frantz, pero lo estamos viendo a lo largo de toda la película. Vemos cómo sus padres, desolados por la pérdida, se aferran a su verdugo hasta sentirlo como el hijo que fue. Vemos cómo su prometida Anna renueva sus votos reenamorándose de un holograma con bigote y toneladas de culpa en su envergadura frágil y elegante. Cómo el remordimiento alumbra cuerpos y cómo el deseo los convierte exactamente en eso que desea. Y es un círculo imperfecto que sin embargo ilumina y quema como el sol impetuoso de invierno en una estación de esquí.
Ozon

Hay momentos de especial belleza. Anna entrando en el lago vestida como una Virginia Woolf llena de una determinación plástica, o un Mahler poderoso en la banda sonora que envuelve y acompaña en reencuentro de ambos protagonistas en París; O ese tren que la lleva a su destino que al final es un cuadro de Manet tan inquietante como bello.

Yo diría que Frantz no es una película de amor, es una historia sobre cómo rellenamos la pérdida del amor a través de la liturgia de la trasmutación. Qué hacer con el sentimiento cuando es cercenado por otro para que no se haga bola. Cómo volver a palparse el corazón una vez roto. Y por qué la melancolía es tan efectiva en un relato como el alka seltzer en una resaca.

No creo que Frantz sea una película redonda, pero si que sus dos horas han seguido ocupándome como un gong sostenido hasta que hace un buen rato desperté y pensé que quería escribir sobre Ozon. Y sobre las mentiras y las trampas de eso tan inasible a veces que es el sentimiento amoroso.




domingo, 1 de enero de 2017

VI LA MESA COMO SEMBRADA DE OTROS TIEMPOS




Ávida de un año que me invoca despierto rodeada de abrazos y tras degollar una pesadilla, la primera de año, que me obligó a detener la madrugada y a abrir a manotazos la ventana para hacer hueco al hielo de un cierzo de navajas. El monte nos llama a otro paseo, poderoso en su manto de rocío, y el olor del café ya reverbera en el aire. Barrido ha quedado el año Viejo, pisoteado en un charco de la calle como una meretriz en temporada alta de polvos y de lodos, y el folio en blanco del Nuevo que ya es me saluda y provoca aún en la cama, apoyada en un manojo de almohadas y con la luz de una lamparita escasa de poder, casi luciérnaga.

Volvimos a agruparnos a la cena en una mesa de pin-pong forrada en rojo navideño, los platos desperdigados sin orden ni concierto. Menú sorpresa, porque “esta familia -dijo mi hermano A- no aguanta un excel ni un plan preestablecido”. Y a mí me encanta esa rebeldía que no cumplir más tradición que las migas del pastor a mediodía y las uvas de noche y las funciones de los niños de la casa. El Scrabble reñido. El baile agarrado de I. con su hija. El karaoke loco con todas mis cuñadas. Los petardos, estallido de color en este cielo ayer tan cuajado de estrellas que sólo se desnuda y exhibe lejos de la ciudad y su soberbia. Y el turno de esperanzas, una por cada voz: “Que cuando estemos peor estemos por lo menos como ahora”.

Y de repente, en medio de la boruca del ¿me pasas el aceite de oliva?, vi la mesa como si estuviera sembrada en otros tiempos. En el tiempo todo, en la febril recurrencia de lo irreal. Y tuve esta alegría de arroyo que los días tristes parece imposible” (Mastretta dixit).

Lo más excitante que pasa en este pueblo -decíamos ayer, fundidos del brazo por la cuesta de la espina central que trepa desde el fondo de este pueblo tan yermo hasta la carretera- es que llegue el camión de la fruta y se plante en la plaza. También ofrece encurtidos a las mujeres que solo asoman el rato del recado y pegan la hebra con cualquiera, pero una hebra seca, monóloga y sin trama. Al poco, la acera se las vuelve a tragar y ya no las verás hasta que el aliento del sol de las doce o de la una destierre las perezas y espabile las ganas de un paseíllo breve, casi trote.

Hay algo en este año que promete la Luna. Los viajes, los proyectos escritos, el medio siglo que pronto me caerá, sin sensación de vieja. Poderoso. Veloz. Ensimismado. Conquistaremos Fez con las amigas de entonces, y luego una escapada con mis hijas a ese puente de hierro preferido que separa dos orillas hermanas, y sin embargo tan distintas. Y así, a saltos de proyectos, vas engullendo el tablero de la vida como un juego de la Oca, con todos los dados agitados y deseando salud para gozarlo. Con esta alegría disparada, y tan adolescente que noto que el acné me está brotando, y que debo saltar ya de la cama que sólo hay un primer día del Año, y se me acaba.