martes, 28 de febrero de 2017

SI SALGO DE MI CUERPO Y ME CONTEMPLO VEO EL TEMBLOR DE UNA HOJA (MIEDOS DE MADRE DE ADOLESCENTE)

Mi amigo el Artista antes llamado Prince ha pedido una excedencia para dedicarse a estudiar. Varios meses sin empleo ni sueldo con el único propósito de sumergirse en una biblioteca a alimentarse de palabras de filósofos sin aderezos y buscar algunas verdades, imagino. El Artista no es un friki, es un ser de una curiosidad insaciable que no alimenta con regaliz. Carece de wasap, no tiene cuenta en tuitter ni en Facebook y se ríe a carcajadas explosivas. Es un tipo provocador y sospechoso para los tiempos que vivimos. Una (buena) persona que no se permite la banalidad aunque se disfraza de Broma y a la que te descuidas te suelta una separata de Spinoza o te aconseja: "Retrocede en tus lecturas dos mil años". Y vuelve a sacudirse de risa en estertores que hacen temblar las paredes.

Prince es un tipo distinto. Escandaloso, tierno en el fondo y excepcional.

Recuerdo que cuando éramos niños ser diferente era un talento. El que sabía dibujar, por ejemplo. El que tocaba un instrumento. Ahora queremos ser iguales, ponernos la misma ropa que cuatro mamarrachos/as con etiqueta de "it girl" e "it boy" y opinar lo mismo que un influencer que  probablemente piense que Montaigne es el nombre de una montaña rusa del parque de atracciones. Ser masa, que en la masa hace calor. Adolescencia eterna.

Ayer supe de una niña de quince años, hija de familia "normal" (sea lo que sea esto, el adjetivo siempre me inquieta por impreciso), llegó al coma etílico tras varios episodios alcohólicos. En su wasap encontraron fotos de la menor en ropa interior que enviaba con suma ligereza, al parecer. También ofrecimientos sexuales muy explícitos. Estaba dispuesta a lo que fuera, imagino, para triunfar en alguna liga teen. Me dio mucho miedo, se lo conté en casa a mis hijas. Por suerte se sobresaltaron, pero no sólo eso. Mi adolescente me contó que el colegio hay dos hermanos -chico y chica- que se dedican a pegar palizas a otros chicos. "Ella le ha grabado un vídeo a él en el que sale golpeando y el padre de ellos se ríe", me informó. "Mamá, los padres teneís que ir al cole a denunciarlo para que los echen", me pidió. Hubiera cogido en ese momento una lanza, un yelmo  y un caballo.

El colegio de mis hijas es "normal", está en un barrio de familias de clase media (sea lo que sea la clase media, desdibujada por efecto de la crisis). Su hermana, que hace prácticas de maestra en un colegio público de un barrio deprimido de Madrid, aseguró que allí no pasaban esas cosas.

Si salgo de mi cuerpo y me contemplo veo el temblor de una hoja. Miedo al ahí fuera. Temor a que mi adolescente se vea en una situación comprometida y no encaje la presión. Ayer discutí al respecto y me sorprendí mucho más temerosa de lo que pensaba que era. En un arrebato inquisitorial, hubiera hecho desaparecer los móviles y ordenadores de los menores de quince años de mi casa para evitar la contaminación. Qué tontería. Luego la buscaba para acariciarla sin venir a cuento, una forma de consolarme a mí misma, me parece.

El miedo es el peligro, me digo cada día. Y sin embargo temo.

Y admiro como se admira a una rara avis a mi amigo el Artista antes llamado Prince -hace tiempo que me prohibió que usara siquiera sus iniciales- porque no se deja llevar y posee el talismán de lo distinto. Y sueño una Universidad de la Diferencia o una asignatura del Yo frente a la Masa.

Y abro a Montaigne, que es puro looping: "Y si el dolor de cabeza nos llegara antes que la borrachera, evitaríamos beber demasiado". Pg 334 Los Ensayos. Ed Acantilado.


 


domingo, 26 de febrero de 2017

CREO QUE INTERNET SUSTITUYE AL SOL (Bienvenida, Melissa Broder)

"Me digo a mí misma que no sé nada del amor para poder recuperarme. Me estoy recuperando de una fantasía que proyecté en el cuerpo de un joven. Me regalaba música, lengua y dedos y una cara que gemía enterrada en mi coño. Nunca me voy a recuperar de haber estado tan viva".

Despierto (del todo) con cada párrafo de Melissa Broder. Ya lo advertí: "So sad today" sería el pico (teo) literario de un fin de semana con pocas horas seguidas para nada. Sin indagar, diría que Melissa es un lanzallamas o un vendaval de pimienta que inyecta y ciega tus ojos. Una chorrada, desde luego, los tengo bien abiertos mientras avanzo sin orden, con los mismos saltos que su histeria descarnada con un fondo muy poético donde no faltan deyecciones, felaciones y atracones (de todo).

El capítulo del que extraigo la cita se titula "Ama como si intentaras llenar un agujero espiritual insaciable con otra persona que se va a asfixiar dentro de él". Me da la risa, me oscurece, me recuerda de pronto a "El Principito". A ratos Melissa produce arcadas; a ratos sensación de habitar en un planeta que nunca has pisado por miedo, por asco, por huir de la tentación de todos los extremos. Es como comerse los huevos duros de El Indomable pero con chocolatinas hiperazucaradas y pasadas de fecha mezcladas con amoniaco.Se me ocurre.

Y en medio miro muebles de diseño, imagino un espacio que será y lo pinto de colores. Hace sol, como en Internet. Según Melissa Broder: "Hoy he despertado a las tres de la madrugada y me he conectado a Internet. Ahora son las seis de la mañana. Llevo haciendo lo mismo toda la semana, salvo el lunes, que no llegué a acostarme. Creo que Internet sustituye al sol".

Aún así, mi espalda siente el sol que aún no ha salido. Sobre la otra mesa, un enjambre de revistas AD marcadas, la excitación de anoche y los especiales colecciones de Vogue y etcétera. La Primavera está aquí, otra vez, y Melissa la ha traído con sus dardos poderosos, esa fibra de amor y dolor hecha palabra:
Balancín de los Eames

"Son los amigos solteros los que hacen que permanezcamos casados. Nos recuerdan que estar soltero es triste. Tener citas es triste. Ligar por Internet es triste. Ir de vacaciones y a las bodas solo es triste. El matrimonio también es triste.
Pero el amor, la lujuria, el enamoramiento...durante unos instantes no me sentí triste".

Me divierte pensar que pensaría un autor de otro que simultaneo. Qué se dirían si estuvieran cara a cara. Stefan Zweig y Melissa Broder, verbigracia. Hay una butaca de los Eames que me subyuga, me gustan los verdes plomo y los azules Marruecos. En un rato desayuno con mis amigas en el salón de L. , un desalmado que le rompió a una el corazón, de tan siniestras intenciones. En realidad no es un salón, es un barrio donde a veces te lo cruzas con su sombra funeral.

Es un domingo de cielo gris que no te importa.


jueves, 23 de febrero de 2017

SI JUDE LAW FUERA EL PAPA YO AMARÍA A GILBERT GRAPE

Jude Law, The Young Pope
Es de una simpleza sobrecogedora, pero no hay como salir de tus coordenadas para comprender que son un chollo. La queja no admite comparación, a menudo. Se mueve en términos absolutos. Un celador para toda una planta es una miseria si supone que a tu madre no la muevan de la cama hasta las 18h cuando se lo anunciaron a las 8h. "Mamá, piensa que lo importante aquí es el quirófano. Lo demás son extras, como en los coches o en los seguros de hogar", le dije sin mucha convicción.

El celador, naturalmente, era un titán y resoplaba tras la gynkana de incorporaciones y manejos de cuerpos a plomo. Me acordé de la madre de "¿A quién ama Gilbert Grape?", y de esa secuencia monumental en la que la sacan por la ventana dentro de su cama que Sorrentino ha calcado en la serie "The Young Pope", cuyo último capítulo rematé anoche, pese a que llevaba los nueve previos rezongando todas sus flaquezas: Su desbordante barroquismo al servicio de una exhibición estética muy por encima de la historia (Jude Law es probablemente uno de los ejemplares de hombre más bellos que existen, el Vaticano es un museo magnífico habitado y los pecados de la iglesia -avaricia, pederastia, envidia...etc- desfilan por la capilla Sixtina sin que tiemble un angelote de su techo. Todo contrastado con música pop/rock en lugar de cantatas).

Pero tras dos días de hospital público un chute estético de pompa y regodeo acompañado de cerveza y deliciosa empanada me pareció el plan ideal. Y mientras Jude ponía caritas (dos o tres, siempre las mismas), yo pensaba en que la enfermedad es la medida de todas las cosas. Que levantar una pierna unos centímetros con dolor puede alegrarte tanto como acertar tres números o cuatro de la Bono Loto. Que hay gente a quien nadie espera cuando regresan a planta tras ser operados, y eso sí que es soledad angosta y deprimida; que hay quien se escaquea para no ir a visitar a un ser querido porque hay mil excusas disponibles, y conviene fingir que te las crees. Que el café soluble es intragable, que el olor a carne humana nos acerca al establo. Que las horas muertas atrofian y deforman, pero dan pie a la confidencia y a la risa tonta (eso tan justo y necesario, y tan de mi familia).

Y anoche, convertida en estatua de sal, levanté distraída la pierna de mi madre en mi propia rodilla, mientras a Jude le daba un infarto y veía al fin a Dios. "San Manuel Bueno Mártir". No has inventado nada, querido Sorrentino.





sábado, 18 de febrero de 2017

DE FLECHAZOS SIN SEXO, MILENIALS Y SIGNIFICANTES VACÍOS

1. Flechazos sin sexo: A veces en el vaivén de lo social te toca a la mesa con un desconocido y salta un chispazo, una corriente de simpatía inmediata que te hace pensar: "Esta persona y yo podríamos ser amigos". El otro día en una comida de trabajo me sentaron junto a uno de los comisarios de la muestra sobre Surrealismo egipcio que acaba de inaugurarse en el Centro de Arte Reina Sofía. Un alemán agudo, afable y sonriente, en torno a los 40 yo diría, y tocado con unas divertidas gafas de pasta azul eléctrico. Hablamos de arte, de sus viajes en pos del hallazgo de talento en países donde el artista no puede expresarse y salir. De cómo aprovechar el enorme capital de los mayores de cincuenta anulados e invisibilizados por la oleada imparable de los milenials (esa generación nacida de los ochenta a los primeros dos mil ante la que de pronto todos se arrodillan como ante un dios en pañales). Ambos denunciamos el esnobismo imperante pero colegimos que hay que saber nadar en sus aguas y el milagro es no contaminarse. Luego nos despedimos con esa sensación gustosa de que podríamos haber seguido con la conversación durante horas. Ese reconocimiento inmediato que te arregla un día de nubarrones con sal.

2. Significantes vacíos: Recorté y encuentro hoy en un cajón una entrevista al filósofo Jose Antonio Marina con ocasión de la publicación de su libro "Tratado de Filosofía Zoom" (Ed. Ariel) en la que hablaba de los "significantes vacíos, conceptos con fuerza de arrastre siempre que no se les dé contenido. Naturalmente aporta varios ejemplos -la política de hoy está plagada de ellos-. Quise entonces guardar el recorte para mis hijas, aunque sospecho que ellas prefieren heredar mis zapatos que someterse a la tortura de esta pesada de madre que intenta que lean y desarrollen un criterio. El antídoto contra los significantes vacíos que apelan directamente a las emociones y ponen coto a eso que Marina llama "el zarandeo emocional".

3.¿Tú también, Bruta?. Precisamente esta semana acudí a un estreno de cine bienintencionado y con causa a cuyo director aprecio por su entrega a mejorar la vida de otros cuando podría dedicarse a vivir cual despilfarrador pachá. La película era atroz, una sucesión de frases de carpeta quinceañera al servicio del sentimiento menos elaborado. Moralina a granel envuelta en una trama simple más apta para una rave  de las "juventudes del Papa" (así lo glosaba una crítica y conste que soy fan del Papa Francisco) que para exhibirse en cines. Mi desazón llegó cuando mi hija me aseguró que le había gustado. "¿Cómo es posible?", creo que le dije, preocupada; y por la mañana le envié por mail una crítica del filme y siete palabras: "La suscribo casi al cien por cien". Al poco rato tenía su respuesta en mi bandeja del correo, que abrí ansiosa: "Tienes toda la razón, pero ya sabes que me gusta el pasteleo", zanjó. Juro que mi hija es inteligente (y generosa, y observadora, y milenial). Y juro que soy sentimental, a veces en exceso, pero cada vez temo más al sentimiento como verdad absoluta. Ese torrente que se lleva los cauces del río de la razón por delante.

Termino ya usando a Marina como comodín del público. Aquí, su elogio de la inteligencia ejecutiva que pienso leerle a mi hija en cuanto me perdone mi radical reacción del otro día:

"Esta inteligencia ejecutiva es la más completa: nos da una visión de las cosas, capta los datos, los interpreta, los guarda y, luego, ofrece respuestas a las preguntas o a los problemas. Esta inteligencia ejecutiva es la que sirve de freno a las emociones, a las meras intuiciones, la que analiza y organiza nuestras ocurrencias y les da pase o no les da pase para integrarlas en un proyecto. La inteligencia ejecutiva es la que proporciona normas para evitar el zarandeo emocional, el vaivén de las emociones".

Emociones poco sospechosas: esas que se desatan al escuchar a Sokolov al piano (¡¡¡el lunes de vuelta, benditos sean los dioses que lo alumbran!!!), 

viernes, 17 de febrero de 2017

ESE CHOQUE CON ALGO CERCANO E ÍNTIMO

Asegura Scarlett Johansson, recién divorciada: "La idea del matrimonio es muy romántica, es una idea muy bonita, y su práctica puede ser una cosa muy bella. Pero no creo que sea natural ser una persona monógama. Puede que me critiquen por esto, pero creo que es mucho trabajo".

La afirmación es de una simpleza radical, muy apta para adhesiones en forma de likes. La naturaleza animal no es monógama, libro de ciencias naturales. Desarróllalo un poco, rubia voluptuosa, le pediría si hubiera hecho yo esa entrevista en Playboy de la que todos se hacen eco.

Y entonces la antítesis salta desde mi librería. "Una pena en observación", de C.S Lewis (Anagrama). Uno de esos libros releídos a los que vuelvo por su deliciosa mirada sobre el amor profundo y su  pérdida: "El regalo más precioso que me hizo el matrimonio fue el brindarme un choque constante con algo muy cercano e íntimo pero al mismo tiempo indefectiblemente otro y resistente, real, en una palabra", clama el autor. Y luego, más adelante: "Dicen que los cobardes mueren muchas veces: esos les pasa a los seres amados".

Hay otro  ejemplo real, no sacado de un libro, de esto de lo que habla el escritor irlandés. Puede verse en "Cabezas habladoras", el corto documental que ganó un Goya en su categoría hace apenas quince días. Por él desfilamos una serie de hombres, mujeres y niños respondiendo a las preguntas: ¿Quién eres? ¿Qué te gustaría?  Blanco y negro, plano fijo y pocas escapatorias. Una de las interrogadas es una mujer nonagenaria, me parece. Con la mirada plácida y esa naturalidad que otorga la ausencia de miedo y de pudor innecesario estalla en una sonrisa a cámara y confiesa que lo que quiere es morirse para ir con su marido, "porque sin él la vida ya no es vida".
Goya 2017 Corto Documental

Días después de recibir el premio, el director del corto -Juan Vicente Córdoba- y su productor -Javier Gil- fueron a la residencia donde vive esa mujer y le llevaron el Goya (a ella y a otros protagonistas del documental). Los esperaba una alfombra roja por la que desfilaron orgullosos en un photocall mucho más  emocionante que el de la ceremonia oficial. Al despedirse de Amparo, creo que así se llama la mujer, ésta les dijo: "Si volveís y no estoy ya sabéis que me habré ido contenta...". Nada en ella hace pensar que esté amargada o sea depresiva. Es la abuelita dulce que todos querríamos tener.

No se me ocurre nada más conmovedor y nada más hermoso, querida Scarlett Johansson. No creo que esa mujer se haya sometido al matrimonio, ni creo que sea un deseo general morir de amor o por amor.

Una estrella y su Goya
Y sin embargo sus palabras me han hecho sentir ardientemente que es un enorme privilegio esperimentar ese choque constante con algo muy cercano e íntimo pero al mismo tiempo indefectiblemente otro y resistente, real, en una palabra. Se llame matrimonio o solo amor, que es de lo que hablamos.


martes, 14 de febrero de 2017

LECCIÓN DE SAN VALENTÍN PARA NIÑAS INCAUTAS

Hoy se me enredan los pies entre el celofán de tanto San Valentín. Si no tienes a quién regalar ni te regalan no eres nadie, es el claim silencioso. Los periódicos digitales apuestan por el amor prefabricado y tópico, que se sustancia en anillos y derivados. Entre tanto merengue para incautos encuentro una estadística alarmante: más de la mitad de las mujeres (el 58%) renuncia a su carrera profesional al ser madres. El amor como subterfugio de la catástrofe.

A las mujeres nos han educado en el espejismo del amor. También a los hombres, seguro que sí, pero a ellos les dieron unas orejeras en el pack para que desoyeran los mantras del asunto. Si no amas eres culpable. Si no te aman, te falta un brazo o una pierna. Si al final lo consigues, llega la tarta rosa metafórica y te besan en una cena con velas que se prolonga meses o años, ¿cómo no vas a entregar tus anhelos profesionales al servicio del fruto de tanto amor, tan codiciado?

Sí, estoy exagerando, y pienso seguir haciéndolo porque me irrita la comercialización del sentimiento tanto como la devastación de la ambición HDL y el desarrollo personal. Las mujeres deberíamos ser más onanistas. Si no te regalan, pues te regalas tú. Hoy es martes, por cierto, y tiene su refrán poco romántico. Para  mí el mejor romanticismo  es que su sombra alargada no se vaya de la mía, aunque recorra sola la calle esta mañana. Y no pienso dejar jamás de trabajar por ¿amor? a mi familia, ni aunque naciera cien veces y sembrara la tierra de cien hijas.

Muerte a San Valentín. Mientras existan los totems del amor edulcorado no podremos romper las estadísticas funestas. Amor o carrera. Amor como final de un proceso que nos ¿completa? Sí, suena a ya erradicado, y sin embargo dudo que lo esté. Quedarte en casa a cuidar de los tuyos no es gozosa entrega, es (a menudo) necesidad lavaconciencias o destino. Nuestras hijas deben saber que son solas y a veces estarán solas y a veces acompañadas. Que la pareja no es un fin, sino un medio de ser más y mejor cuando funciona. Que romperla no es un drama, es un paso adelante. Que luchar por ella es necesario sólo mientras lo sea y tenga sus frutos. Pero que el amor a una misma es lo primero. Lo que te hace reconocerte y extraer tu mejor tú. Ese con el que das a los que quieres y con el que enfrentas los retos profesionales.
Arqueología del amor

Hay mujeres que se agarran a una promesa de amor como a un salvavidas en una noche de tormenta. Pocos hombres lo dejan todo por amor, alguno he conocido. Seamos libres de elegir cómo queremos dibujar nuestro mapa personal. Que te quieran quiere decir que te respetan. Que no cercenen tus impulsos creativos. Que no te culpabilizan por llegar tarde a casa en un mal día. Que te escuchan tus problemas laborales sin empujarte a huir al hogar, tan calentito. Eso alimenta el músculo; el romanticismo puede ser muy empachoso y engorda la cintura.

Anoche, con mis hijas, disertamos sobre al asunto. A la Artista antes llamada Minichuki le parecía que San Valentín es una chorrada. Su hermana recordó que había quedado con una amiga en regalarse un detalle, una celebración de la amistad, ese amor duradero. Me pareció muy bien, todo muy bien.

Utilizar el amor como coartada para todo es peligroso. Eso he aprendido. Gastamos demasiado tiempo y demasiada energía en buscar el amor, en mantenerlo. Lo convertimos en una entelequia y encima nos plegamos a celebrarlo un día con nombre de santo de película española prehistórica.

Hoy es el Halloween del amor, a disfrazarse. Y quien no tenga un quién póngase el yo por montera y un solo de violín a todo trapo. El amor no es un fin, queridas niñas. Es un manto que sientes y no pesa, un puro entendimiento que se explica sin palabras. Nunca una excusa para dejar de ser lo que tú quieras. El amor más romántico es la autoestima. Ese que no se va y que te da alas...


domingo, 12 de febrero de 2017

CUATRO MUJERES DESNUDAS, UN HAMMÁN

Fez
Ayer Stefan (Zweig, desde luego) me decía al oído: "Mientras Europa y en especial sus grandes capitales sufren una transformación igualitaria, por la que se van asemejando entre sí, Rusia tiene una vida aparte y sin igual".

Esta impresión del austriaco, que recoge a su regreso del periplo por Rusia en 1928, es tan contemporánea que sobrecoge. Hoy es difícil viajar a lugares con vida aparte y sin igual; la manida globalización ha mordido los relieves del mundo como Zara nos ha puesto de uniforme. Ya casi todo se parece, con sus variaciones combinatorias. Lo pensaba ayer leyendo "Viaje a Rusia" (editorial Sequitur) (prodigiosa atribución de Zweig de cualidades humanas a las aceras de Moscú), mientras el rubio que me iguala a todas las rubias que son y han sido subía bajo el papel plata de mi cabeza, y mi María parloteaba con su acento multimarca, entre francés y marroquí, como una abeja zumbona y bailarina:

-¿Estuviste en Fes? ¿de verdad? ¡¡Una parte de mi familia es de allí!!

Ayer, solo ayer y en mi peluquería de barrio, terminé mi viaje a Fez. Cuatro días después de mi (accidentado) regreso. Era mi segunda vez, y en esta ocasión mi grupo acompañante no se había fascinado por la ciudad, como me ocurrió con el que fui seis años atrás. Uno cambia más que un lugar, quizás hay que mirarse dentro para comprender por qué. Y entender que cierta incomodidad es más transformadora que el confort de todos esos viajes donde uno sigue siendo el mismo porque aterriza en un lugar de estándares similares donde la gente se pone púa en el buffet libre y luego pide un taxi para ir al museo de turno.

Fez es turbamulta, olor a carne recién cortada y a curtiduría con mierda de paloma. Con perdón. También a delicioso cuscús y a verduras en tajine; a aceites aromáticos y a lana de manta bereber expuesta al sol. Si fuera una mujer diría que le huele el sobaco y no molesta y que sus digestiones son pesadas, pero ríe y aprieta el paso y se despelota sin usura en la intimidad de un hamman que inhalas rancio y resuena en tu nariz a jabón lagarto con fondo de menta recién cortada.

No hay tibieza en las postales de este viaje. Justo en los baños veo un habitáculo pequeño y cuatro mujeres maduras completamente desnudas, algo desconcertadas, sin nada que ocultarnos. Una amistad que arrancó cuando nuestros cuerpos eran ajenos a la gravedad y descaradamente libres de meandros y accidentes orográficos. Ahora somos mujeres completas y llevamos una historia en cada pliegue de esa piel que una marroquí tremenda de hechuras y también en pelotas amenaza con arrancarnos con su manopla de crin. Y a todas nos da la risa. "Es los más antihigiénico que he hecho en mucho tiempo", sentencia C, mirando el banco de piedra bajo nuestros traseros, nuestros pies en esas chanclas usadas. Y lo más íntimo, tal vez.

Antes, bordeando la muralla por su costura exterior, nos sorprendió la entrada al cementerio. Quise entrar y hacer fotos para J. y ellas me secundaron. Nada más entrar, un hombre se masturbaba en nuestra cara, complacido de encontrar al fin espectadoras para su exhibición. Se lo conté a mi experto en cementerios y me regaló una pregunta, su gran inquietud tras mi relato: "¿Pero llevaba pantalón o chilaba?". La frase ya es trending topic entre nosotros.

Nos timaron en Fez, vaya sin nos timaron. O eso pensaba hasta que mi María, tan marroquí y tan crítica con los suyos, me lo hizo ver de otro modo: "Ellos tienen que comer, ¿qué más te da haber pagados diez o veinte euros extras en total?". Ciertamente, María. Lo mismo que te gastas en un menú de oficina convierte tu visión de un pueblo y le adjudica la etiqueta de timador o trilero. Qué desproporcionado.
Fez fue ese laberinto de calles sin atajo para el de fuera y sin clon posible, un galimatías de pulso acelerado. Una cabeza cortada de carne de camello para indicar que en ese puesto venden carne de camello (lógica pura), los brillos del mosaico de la universidad más vieja del planeta; Esa harira aromática y caliente, deliciosa, tras un día de pasos mareados.

Una puesta de sol bañada de un gin tonic aguachirri en una terraza de hotel con vistas a esa medina que es un ovillos de intestinos mirada desde arriba. Una sinagoga en el barrio judío donde una mujer poco cumplida de dientes nos mostró el camino a la azotea y pudimos atisbar su casa y los juguetes de sus hijos. Un  desaliento incómodo algunas veces. Un regateo cansino y necesario para ahorrar algunos céntimos. Un guía arrogante deseoso de callarle la boca a esas occidentales acomodadas y sin maridos vigilando, labios rojos y miradas que no buscan el suelo, sino el largo horizonte.

Un lugar que te retuerce y te pica. Un café delicioso en una terraza infecta si estuviera en París. Un burro y muchos carros, estampa medieval sin pagar el pasaje de máquina del tiempo. Pureza sin afeites,  pantone deslumbrante y escayolas pintadas que se caen de respirar con mocos, se me ocurre.
Sinagoga habitada

Puede que en seis o siete años vuelva a Fez, Stefan Zweig nunca volvió a esa Rusia. Y sin embargo escribió sabio entonces como leo ahora mientras mi María trajina mi cabeza: "Esta ciudad, en la que no reina la más pequeña armonía, es como una sinfonía llena de disonancias, compuesta a base de una tremenda mezcolanza de ritmos y tonalidades. Y uno casi no se atreve a reconocer que esta ciudad le encanta; pero la verdad es que Moscú es extraña, pero más que hermosa: inolvidable".

Lo mismo que Fez, querido J. Y no sé si era pantalón o era chilaba...Tendremos que volver al laberinto de tumbas encaladas y descifrar el enigma...





miércoles, 8 de febrero de 2017

DIEZ HORAS DE AEROPUERTO, UN AVISO DE BOMBA

Y entonces, ya instaladas en el avión las cuatro amigas, tras el trabajoso afán del embarque, fuimos invitados a evacuarlo con nuestros equipajes.
-Whats going on? pregunté al azafato (árabe con corte de pelo de futbolista de oro, una rareza después dela Medina).
-Bomb Threat

El aeropuerto de Fez se tragó un día de nuestras vidas. Ayer a las 6.40 am todo eran cábalas. Eso que haríamos al llegar las cuatro amigas a nuestras respectivas casas. La entrega de regalos, la tarde de sofá, el repaso a las fotos... El postviaje que recrea y engrandece, rompe el marco de la realidad, aviva el detalle, pule la anécdota, reverbera... 

Un aeropuerto luminoso alicatado de policía. Ni una broma. Nuestras maletas alineadas en la pista, sometidas al olfateo de los perros. Todos en fila. Varias filas en siete horas (que siguieron a otras tres, sean previsoras y vayan muy pronto, nunca se sabe). Pasaporte, tarjeta de embarque, despelote, cacheo. Horas muertas sin una explicación, salvo que preguntaras y con desgana: "Tiene que venir un avión de Madrid a recogerles". ¿Y cuándo será eso? Los pies se cansan que no tener un destino. El wifi no responde. A las tres horas (más tres) otra cola pesada, trabajosa, para obtener un bollo industrial extraazucarado como para tumbar a un coro de diabéticos. Y una bebida con gas.

Lucy Barton. No he hablado de ella. Ese libro que acompañó mi viaje en la mochila -edición de prensa, pruebas sin corregir- con poca fe, por cierto: "¿Te vas con tus amigas de la universidad? No leerás. El parloteo, la risa, da igual la excusa".

Salvo que en tu vuelo se produzca una amenaza de bomba y puedas aislarte en esa sala de embarque, las piernas estiradas en el trolley, "Me llamo Lucy Barton" (Ed. Nefelibata): "Es la historia de una madre que quiere a su hija. De una manera imperfecta porque todos amamos de una manera imperfecta. Pero si mientras escribes esta novela te das cuenta de que estás protegiendo a alguien, recuerda una cosa: no lo estás haciendo bien".

Me gusta Elizabeth Strout. Empecé su novela con las dudas. Esa prosa desnuda, casi naif. Un relato sencillo a dos voces cuyas palabras no son lo más crucial. Hay un charco subterráneo bajo las conversaciones más banales, algo que las hace heroicas a veces. Pensaba y me recolocaba las piernas, en precario equilibrio. A veces soy altamente intolerante a la conversación banal, a veces es un bálsamo y lo entiendo. Estoy en un aeropuerto con las horas muertas y mis amigas. Hay clones de nosotras. Grupos de estudiantes, las que fuimos, jolgorios con brillo en los ojos y tanto interrogante de futuro. Las reconozco, así fuimos. Carcajadas extralarge, bolsos enormes. Me gusta mirarlas y escuchar sus conversaciones ligeras, el desenfado de no ser aún mujeres. Qué liviano era todo y sin embargo, no querría volver; sí coger ese avión y sentarme en mi mesa, en mi teclado.

"A veces pienso en lo que saben los primeros maridos"...reflexiona mi Lucy (ya es mi Lucy). "Algunos días tengo la sensación de quererlo más que cuando estaba casada", prosigue.

Y un poco más adelante, casi al final, la interpela su hija: "Mamá, cuando escribes una novela puedes reescribirla entera, pero cuando vives con alguien veinte años, esa es la novela y no puedes volver a escribir esa novela con nadie".

Ayer era yo puesta de Biodramina a destiempo en un aeropuerto con mis amigas de ayer y de siempre, hablando de esto y de aquello, en realidad de nada muy crucial, a ratos con el libro, a ratos devorado porquerías demasiado dulces para las circunstancias, y muchos policías y un hombre con chilaba muy mayor, reventado de espera. Y un libro, como siempre, alivió algunas horas. Hasta que te haces de corcho, y te da igual que sean las cuatro que las siete. Y nadie te lo explica cuando al fin te subes a ese avión que te devuelve a casa.

De la presunta bomba nadie habló. Dios la tenga en su gloria.