miércoles, 31 de mayo de 2017

¿EL ORDEN DE LOS APELLIDOS ALTERA EL PRODUCTO? (Cómo elegí el de mi madre hace 30 años)

Los Fernández Galvín, en la era del Cuéntame
Hace casi 30 años que uso el apellido de mi madre. No es que tenga nada contra mi padre, es que un día, en mis albores profesionales, alguien pensó que era mucho mejor dar prioridad al menos vulgar de los dos. Una especie de pasaporte al honor y la gloria. O a la catástrofe, que también podía haber sido.

Según la herramienta mágica del INE, en España hay 917.924 que llevan Fernández por su padre, frente a 855 Galvines. Imbatible marcador.

Confieso que anoche me alegró la noticia de la reforma del Registro Civil que permite a partir del 30 de junio que los padres y madres elijan el orden de apellidos de sus hijos. Es lo que yo hice por las bravas, para disgusto de mi progenitor, a quien a día de hoy aún debo explicarle que no es nada personal.

Mi madre, sin embargo, no se siente especialmente orgullosa de que usurpe el suyo. O al menos no lo manifiesta abiertamente. De mis cuatro hermanos, sólo el pequeño y yo somos requeridos al grito de Galvín. Pero es mi caso es además mi firma, la rúbrica indeleble. O sea, que lo en J sería pecado venial  en mí caso es de los de penitencia con muchos padrenuestros y muchas avemarías. 

A mí me llaman Fernández los de mi sucursal bancaria, Hacienda, los teleoperadores pesados  que telefonean a las 21 horas esperando pillarte con la guardia baja para venderte una oferta tramposa, los médicos y la policía las pocas veces que he ido a poner una denuncia. O sea, que soy Fernández para los marrones. 

Para la simulación, la creatividad, la firma de mi libro, los delirios de grandeza o los piropos callejeros (no muchos, no me haré la chula) soy Galvín. A veces, Galvin sin acento. O Miss Galvin para amigos vacilones en momentos de refinamiento fortuito. 

Mi segundo apellido es breve y cantarín, además de contundente. El primero invita al sueño, a ser masa sin rebelión. A que tras un viaje con escalas más largo que la noche de un ciego llegues a un hotel de Nueva York con tu hermano y os den una habitación con cama de matrimonio...
La prueba del delito


A veces, para tocarme las narices, algunos me llaman Fernández como quien dispara con perdigón y yo me hago la loca. Espero, papá, que sabrás perdonarme. Al fin y al cabo, el apellido es más contingente de lo que creemos, tú bien lo sabes.

Si eres serial killer y te apellidas Galvín, tendrás muchas más papeletas de que te recuerden por generaciones. Fernández, sin embargo, irá palideciando y al final lo confundirán con Rodríguez, con López o con Pérez, y tu fama tenebrosa se la tragarán los gusanos, como las cuencas de tus ojos. 

Mis hijas, eso sí, lucen esplendorosas el apellido de sus padre, bello y nada vulgar. Si lo tecleas en la citada herramienta INE, te devuelve: "No existen habitantes con el nombre consultado o su frecuencia es inferior a 20 para el total nacional (ó 5 por provincia)". A mí, a nivel madre, me trae al pairo ser anónima y ceder todo el protagonismo. Eso sí, también ellas pagan el peaje de ser tan raras avis: como casi siempre se lo escriben mal, no hay manera de encontrar sus fichas a la primera cuando vas a la revisión médica o a cualquier instancia administrativa.  

"Tiene sus ventajas, chicas, aunque ahora no las veáis. El día que cometáis una estafa piramidal, o algo, podéis borrar vuestras huellas con más facilidad porque fijo que el inspector de policía lo ha escrito separado y acabado en g". 

Mi padre -ahora sí- estaría orgulloso de mi perspicacia. Es muy de los Fernández.

PD: Mi grupo de Wasap se llama Galvines. No aceptamos a mi madre. :))






martes, 30 de mayo de 2017

FANTASÍA ESCAPISTA DE URBANITA MISÁNTROPA

Cada semana me escapo en bicicleta a comer al parque de El Retiro, a apenas diez minutos pedaleando desde el trabajo. La sola visión de la cancela majestuosa de su entrada por la Puerta de Alcalá me produce una euforia infantil. Llevo la mochila a la espalda, con un picnic a menudo improvisado, y me divierte el reto de buscar una sombra que me cobije lo más lejos posible del cualquier presencia humana. El Retiro a veces es Hyde Park según la mirada aguda y compasiva de Stefan Zweig:

"Porque las calles londinenses están reservadas para los negocios, no hay aquí espacio para la puesta en escena de los flàneurs, para su ociosidad extravagante, su sosiego presuntuoso. De ahí que quien busca el placer y el disfrute, ya sea como espectador o como protagonista, se refugie en este parque que extiende sus brazos verdes para acoger a todos". (De Viaje. Bélgica e Inglaterra. Ed Sequitur).

Como buena flaneur, cada mediodía en el Retiro me asalta una fuerza poderosa de no volver a ningún apremio, locura imprescindible. Quedarme enraizada bajo un castaño y ver pasar las horas muertas, los saltitos del mirlo o a esas ardillas fugitivas que en España -no en Londres- son casi un exotismo.

Una fuga de pensamiento es más potente que la de Alcatraz, si se sabe administrar y mantener en secreto. De lo contrario mis hijas habrían mandado a la policía a rescatarme más de una vez y más de dos. 

A veces me tumbo en la hierba y miro las ramas y soy otra más libre y no me pesan las rodillas. El Retiro amortigua para mí las voces impertinentes de algunos grupos que han llegado allí a correr en la bochornera -cuántos infartos silenciosos, me pregunto- a darse el lote sobre una manta o a escuchar el transistor (juro que lo sufrí, hará apenas unos días). Esa desconexión que tanto anhela el urbanita está en pleno centro, pero muchos prefieren desearlo como argucia social para fingirse humano en las conversaciones, y dedicar sus mediodías a cabalgar a lomos de esa rueda de hámster que son los ritos de oficina.

A veces, solo a ratos, me siento tan misántropa que doy miedo. Me pican los brazos de la desafección, me espanta la cobardía y tanta banalidad sin rastro de decoro, inteligencia o bondad. Y entonces corro al Retiro, o a la Mapfre o a cualquier cobijo donde alguien puso algo que me produce placer, admiración o ese sosiego presuntuoso que apunta Stefan Zweig. Y entiendo más que nunca, ojos semicerrados, que somos mortales y altamente prescindibles. No como ese castaño, que me sobrevivirá y que calma el castigo imperioso del sol del mediodía.
Hyde Park

Y miro el reloj, y calculo que me quedan apenas quince minutos. Y los saboreo como un helado o un algodón dulce que termina, y pienso que en cualquier momento mi madre se asomará por la ventana y me llamará para que suba, que ya es hora de recogerse. Y me cuesta recoger los restos de ese picnic tan Hyde Park, y subirme a la bici, millonaria de planes fugitivos.

Y de tanto escapar he dejado una sábana anundada a mi ventana. Y apenas me concentro ya estoy descolgándome al vacío. Y tengo siete años, puede que ocho.


miércoles, 24 de mayo de 2017

SI VUELVO CONTIGO TIENE QUE SER FOR EVER

Hojeo y ojeo "La broma Infinita", de David Foster Wallace, y me angustia su densidad óxida. Ese mandato implícito de: "o te sientas y me dedicas dos horas o no merece la pena que te enrolles conmigo, bonita". Veo a un suicida haciendo malabares con el suicidio de otro, un personaje que fantasea frente a su terapeuta, y me pregunto si se acordaría de él antes de ahorcarse en el garaje.

Recuerdo entonces que hace ya una semana que fui a ver la película sobre Stefan Zweig, "Adiós a Europa", y me decepcionó profundamente, pero no lo conté aquí porque andaba en otros aleros matutinos. Luego leí algunas críticas y ceo que pensé que esos próceres de la opinión no debían haber leído a Zweig cuando alababan las ¿virtudes? de una cinta rebosante de palabras inútiles, de ese pecado de la literalidad  urdida en detalles banales que seguro el escritor suicida habría denostado. Y me acordé de que mi amiga L. el día de autos me dijo que había visto la película y que no estaba mal, era lenta, pero como a ella "le gusta tanto el escritor...".

Pues a mí me sucede lo contrario. Soy tan devota que no perdono una mala historia a su costa.

Otro día, de vuelta deshilachada del trabajo, J y yo entramos en la exposición de Lyonel Feininger y comprobamos de dónde bebe El Roto. Esos trazos con hacha de luto radical, en contraste con las marinas. Una belleza tan intelectualizada que intuyes que cada línea emboza un pensamiento proteínico, sin conservantes ni colorantes. Y a veces el fondo es de un inocente tono pastel.

La cultura frente a la barbarie. Como una venda que enjuga tanta mugre. El atentado de Manchester, la enésima detención por blanqueo de dinero, las luchas de poder entre líderes enclenques. La madre explicando que su angelical niña ya era youtuber a los ocho años, qué mona, qué lista la jodía niña. La muerte, la devastación. El Mundo de Hoy, querido Stefan Zweig, no sé qué te habría parecido. A mí todo el rato me dan ganas de salir pitando a mi patio y plantar un árbol. El otro día sucedió. Se tarda mucho en hacer el agujero, lucha contra la tierra apelmazada. Y hay que medir los palmos del sepulcro que es la maceta de plástico del malo donde te entregan la mercancía.

Recuerdo que pensé que cavar para enterrar un muerto, como hacen en las películas, debe llevarte horas.  La tierra es terca como una mula. Y que Foster Wallace debió esbozar una sonrisa torcida, al imaginar el trabajo que sería bajarle de su horca y componer ese cuerpo y fijar la bandana costrosa a su frente enloquecida.

Y luego, o antes, nuestro olivo descansaba en su nicho, y también el madroño, ese arbusto fecundo y optimista que parece tan easygoing, como quien dice, que dan ganas de dejarlo a su suerte. Y un jazmín que no se congela en invierno, nos prometió el tipo del vivero. Y dos lavandas que crecen como bolas de dragón tras una indigestión pesada de elefantes.

Y también he recordado un encuentro balsámico con una mujer delgada y culta en su casa de techos empinados, armonía de cuerpos y de luces, confesándome que con su amor de varias décadas hubo una parada de un año. Y que luego él la llamó, con una propuesta firme: ¿y si volvemos? . "Yo le dije de acuerdo, pero si volvemos tiene que ser for ever. Dije for ever porque en español sonaba muy solemne y me daba miedo". Y admiré a esa mujer, y me hubiera quedado en esa mesa con flamígeros candelabros convivientes  con acertados lienzos contemporáneos. ¿Habría un Feininger, tal vez? No pregunté.

La Bauhaus es un vientre que aún sigue pariendo, no se agota. Anoche, en un desmayo de chill out miraba las bandadas de ¿vencejos? (por el ruido que hacen así los llamaría, espero me perdonen los ornitólogos). Y también que de todos los estilos el nórdico años 50 es el más conveniente a mi carácter. Quizás por eso en los aeropuertos, muchas veces, me hablan en otro idioma y yo me dejo hacer. Hay un carácter que nunca está en tu cuna. Ser Bauhaus es una religión. Ser imbécil, un mandato de los que siguen la última propuesta también llamada moda. El "insufrible presentismo"de Graciela Speranza, artículo que ayer me pasó él y ahora leo. Y esa frase brillante que es un bucle: “Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado”.

Yo quiero que sea "for ever", lo presiento. Como el olivo en el patio que busco hasta en sueños. Y pasar de puntillas por los nidos de desolación.

El día de la Fundación Juan March sólo llevaba 5 euros en la cartera: ¿postales de Feininger o dos cañas?, era el dilema. Elegí y tuve premio. Forever se ocupó de las cervezas.






martes, 16 de mayo de 2017

LA ALCARRIA ES ESE PASTOR ADUSTO QUE ABRE LA BOCA Y SUENA A MONTAIGNE

"No tengo mis recursos predispuestos y ordenados, y sólo aprendo después de la acción, con tantas dudas sobre mi esfuerzo como sobre otra fuerza. De ahí que, si tengo éxito en una tarea, lo atribuya más a mi fortuna que a mi habilidad, pues me las planteo todas al azar y con temor". Michel de Montaigne. Los Ensayos.

1.La Alcarria es un hallazgo necesario sin necesidad de un Cela que la aliente. El fin de semana de trote por algunos de sus pueblos -Horche, Lupiana, Auñón- sigue susurrándome la importancia de la Tierra y la armonía del paisaje austero frente a la exhuberancia de lo obvio. Monte bajo, trepadoras y celindas aromáticas, concierto de nubes en el cielo y una plaza con unas escaleras que anuncia un lavadero donde mi familia y yo nos enredamos en la charla&gin tonic y torreznos mientras unas mujeres árabes, a pocos metros, ordenaban a sus hijos sin sentir que lo nuestro era una provocación. Las plazas rezuman tolerancia; las palabras, relleno de tiempos muertos a esa temperatura perfecta que no alumbra un titular, pero te acaricia el pelo.
Monasterio de Lupiana

2.La ruina es bella y alguien debería escribir ya una guía turística de ruinas. Mejor si no se pueden visitar. El Poblado de Villaflores, cerca de Guadalajara, fue diseñado por Ricardo Velázquez Bosco, el mismo arquitecto del Palacio de Velázquez, la Escuela de Minas o y el Palacio de Cristal de El Retiro (Madrid), pero nunca lo hubiera sabido de no ser por R. Para llegar hay que atravesar vallas de obra y paredes con graffiti que lejos de afear el conjunto lo convierten en instalación (aunque hay un punto en el que parece que desembocarás en un poblado de droga). La Bienale de Venecia afilaría sus colmillos ante la visión de ese columbario que taladra el AVE cada poco rato, como flecha de fuego mientras el sol se oculta entre el misterio de una colonia agrícola del siglo XIX que se cae a trozos pese a ser Bien de Interés Cultural, ese reconocimiento que sirve a veces tanto como ser Miss Cuenca en Senegal.

3.En familia jugamos a "Yo fui a la EGB", un juego mal diseñado que pone a prueba la memoria de los que pertenecimos a esas generaciones con las que algunos se han forrado a base de libros sobre el tema (los chicles bazooka, el coche sin cinturón de seguridad, las pastillas calientaburras...etc). Asumiento que los de mi estirpe somos incapaces de leer manuales de instrucciones, aquellas eran un dislate, así que terminamos por coger la tarjetita del montón que mejor nos venía, muertos de risa, y dimos un recital de amnesia generalizada frente a la chimenea con la que nuestros hijos fliparon.

Poblado de Villaflores
4.Menosprecio de name-dropping, alabanza de aldea. Este es mi tópico y de ahí no me saca nadie. No encuentro nada más cierto que montar unos muebles de cocina de IKEA mientras pasan las horas y el campo vomita un silencio oficioso desde donde trenzar sueños de patio. Lo más crucial en este momento es comprobar si las enredaderas han prendido, ese milagro cotidiano. Lo demás, farfulla modernícola sin fuste.

5.La Alcarria es ese pastor adusto que abre la boca y suena a Montaigne. Ya lo he entendido.

domingo, 7 de mayo de 2017

LA IMPORTANCIA DEL VISILLO PARA LAS MADRES


Al final me di cuenta de que mi madre tiene razón. Poner visillos a una casa es crucial. Varias semanas después, el boquete enorme de la ventana ha dejado de devorarnos con su lengua negra que cada noche te sumerge en la Alcarria más adusta y voraz. Una simple tela liviana y de sencillo algodón es un escudo contra el abandono, una manta cálida que huele a suavizante y a buenas intenciones.

Y entonces el azar te hace un corte de mangas y vuelves al tanatorio. Y te encuentras con tus tías, tus primos, y hay un aire festivo y nada culpable en el reencuentro que es casi un homenaje al que se ha ido.

Que dios me perdone -es una frase hecha- pero cada vez que contemplo un cuerpo sin vida tras un cristal en un velatorio estoy convencida de que va a abrir los ojos de golpe. Que esas 24 horas de obscena exposición son la moratoria de la parca. Que aún se le puede ganar la partida, que es un mal sueño y te han colocado ahí, en una cama estrecha, rodeado de velas de mentira y de flores con frases prefabricadas: "Tus hijos no te olvidan".

¿Cómo te van a olvidar si te acabas de morir? (Si fuera dibujante de cómic pintaría un bocadillo en la boca del muerto que dijera "pa chasco", eso tan de mi abuela).

Las cortinas en un velatorio son el final. Como en el teatro y en la ópera. La última ocasión de contemplar un rostro con cierta tersura que se hace llamar rigor mortis. Pero yo a mi tío prefiero recordarlo hace apenas unas semanas, saliendo de la misa funeral de su esposa, y con esas carcajadas que siempre se gastaba y que son tan de mi familia. O la pasada Nochebuena, cuando cenó en mi casa, ataviado con pajarita como un premiado de los Oscar, elegante y contento.
La dignidad del visillo

Los de su sangre, que es la mía, aliviamos el dolor mostrando dientes. Y ayer los hermanos nos juramentamos para no ser expuestos cuando toque cruzar el Hades detrás de un vidrio feo. No gastaremos en horribles coronas con frases de tebeo; haremos una fiesta y brindaremos por el que se ha ido. Y en lugar de cadáver podría implementarse un holograma o una proyección de fotos con los instantes más felices. Por ejemplo, yo en mi casa de pueblo ayer por la mañana, sentada contemplando los visillos, hipnótica perdida,  mientras J. colgaba unos pisos más arriba la estantería que compramos en Oviedo, y el rollo de papel pintado se quedaba esperando otro fin de semana, otro jubiloso desafío.

Hoy es el día de la Madre y estaremos con la mía en el cementerio, despidiendo a su hermano. Y no es un mal  plan, porque seremos todos. Y a la señora Muerte que le den; es tan previsible en su guión que no merece más que unas cortinas de raso acrílico que te dejan temblando, como nieve.