miércoles, 12 de julio de 2017

MI CORAZÓN ESTÁ LIBRE DE CARGAS

 
Uno no puede moverse ni un palmo respecto al lugar donde está su corazón”, dice Leonard en "Clarissa" (Editorial Acantilado), la última novela de Stefan Zweig, y apenas unas líneas antes sentencia que “los cargos importantes son peligrosos para los hombres mediocres, les cambian el carácter cuando deben sobrepasar sus propios límites”. 

Ay, Clarissa, cómo entiendo que te estés enamorando de este hombre, sea cual sea vuestro destino. Te leo junto al mar, que bate cantábrico y falsamente calmo unos metros más abajo, superada la franja de helechos y hierba primorosamente segada por unas manos que no ves. Apoyada en una mesa de madera tosca, la brisa lateral despeinando la crin que es mi pelo cuando coquetea con la sal húmeda que aquí no huele a nada. Graznidos de gaviotas discretas, que no se posan cerca por no inquietar tu lectura. La vida por delante.

Me inquieta no estar inquieta, lo digo y se me recrimina dulcemente: “Tu cabeza es una turbina, no descansa un instante”. Si no apunto y cazo al vuelo pensamientos no soy, así que arrastro mi cuaderno verde allá donde me empujan mis pasos, ansiosa de captar un síntoma que anuncie quizás que me he puesto una venda al miedo como los mozos se ajustan la faja antes de vomitarse en la cuesta de Santo Domingo cada mañana: “¡A San Fermín venimos, por ser nuestro patroooooón...”. Rituales que nos construyen, refuerzan los goznes de nuestras bisagras y nos dan metros de vuelo.

Mi corazón, diría, está libre de cargas, como los buenos pisos. No albergo rencor ni mala baba contra quien me apartó de su reino. No puede tocarme, ni siquiera rozarme con sus balas. Compruebo satisfecha que nunca he sido lo que rezaba el membrete del sobre que me anuncia. Sobrepasar los límites es no tener límites, no sentirlos y ya está. Ahí afuera hay un ejército de sirenas cantarinas y he decidido darles audiencia a todas ellas, por turnos algo laxos y con parada obligatoria para dormir la siesta.

Caigo a plomo, despierto como en un ataúd y pido línea conmigo misma. Paseo en compañía, a ratos en silencio, admirada de lo que la naturaleza es capaz de construir si se la deja libre y tranquila. Así como me siento, calzada con mis botas de siempre, tantos años guiando unos pasos que repiten el hilo de vibrantes pensamientos a ratos inconexos. Y sin embargo okupan una página, y otra, obstinadamente, y se les deja estar aunque divaguen. Las grandes ideas nacen deshilachadas, eso pienso.

Y entretanto aprendo de Stefan Zweig, de su prosa fecunda y elegante, sin malabares de brillo y purpurina, y me asombran sus descripciones meticulosas, precisas, de personaje, y las subrayo para intentar apoderarme del secreto de esa técnica aparentemente sencilla que encierra un tesoro ilusionante como los de los viejos cofres que encuentras en la orilla del mar.

Y es tan verano que estoy hiperactiva, y de tantos proyectos casi vuelo, y no albergo una micra de desaliento. Nunca fui mis tacones, sólo me elevaron del suelo como un trampolín en la piscina olímpica. Estoy, así lo siento, donde mi corazón, querido Leonard. Mi cerebro excitado, los pies en línea de salida a punto de escuchar el disparo que anuncia otra carrera. Poderosa y febril, humildemente vuestra.