domingo, 30 de julio de 2017

MI VIDA CON BRONTË (#YONOQUERÍAPERRO)



Brontë
 Naturalmente, yo no quería un perro. Y tenía poderosos argumentos, bastante convencionales y aburridos:

-Es una esclavitud.
-Las casas con perro huelen a perro y están llenas de pelos de perro.
-Tus hijas te jurarán por sus vidas que lo sacarán todos los días, que tú jamás recogerás una caca con tus manos, que si ladra se lo llevarán para que puedas escribir... Y tú acabarás madrugando, renunciando a la siesta y trasnochando para sacarle a la calle. Haga frío, calor, tiemble el suelo o el viento sacuda tus hombros y se arremoline en tus botas.

-Cuando el perro se muera sufrirás un dolor muy seco y ardiente. Como un aullido en el tímpano que no se apaga, que va mitigándose con el paso de los días y el calor de las lágrimas. Cuando éstas dejen de saber a sal, será que el duelo ha terminado. O eso dicen.

-Y entonces buscarás otro perro aunque juraste que nunca más, pero todo el mundo te dirá que un clavo saca a otro clavo -no en el amor de novios pero sí en el amor perruno- y claudicarás y volverás a enamorarte y a entregar tu corazón de terciopelo añejo a otro bicho peludo que trotará a tu alrededor y te chupará sin usura cada centímetro de tu cara, de tus pies, de tus orejas.

Y te oirás decir todo eso que te decían "esos frikis con perro":

Que es incondicional. Más que cualquier amante, más que tu mejor jersey de bolas.

Que te mira con una mirada profundamente humana. Compasiva, interrogante. De una comprensión tan sobrecogedora que te preguntas si no será una reencarnación de alguien que te quiso mucho y quiere decirte algo.

Y han pasado cinco, diez, quince, años desde que tu hija mayor empezó a pedirte un perro, como hacen todos los hijos según guión preestablecido. Y no menos de diez desde que a su letanía se unió su insistente hermana -la Artista Antes llamada Minichuki-. Y astutamente llegaron a proponerte un trato que nadie puede rechazar : “Si no piensas darnos un hermano, al menos danos un perro, por favooooooooor”.


Y un día, no sabes muy bien por qué, tu NO rotundo se transforma en un “¿Y si?”

Porque miras tu vida y entiendes lo mucho que se ha movido tu paisaje. Una vorágine de cambios que empiezan con un sentimiento poderoso y perdurable, siguen con un sueño cumplido -casa con patio en un pueblo- y acaban con tiempo -segundos, minutos, horas...- despoblado de telarañas en la cabeza.

Y empiezas a considerar que es el momento. Que lo mismo lo que ese animal va a darte es mucho más de lo que nunca te pedirá.

Y tus hijas atisban esa grieta, llámalo titubeo, y se cuelan por ella como agua de lluvia furiosa por un tejado roto. Y te muestran una, dos, decenas de fotos de perritos adorables y perfectos, chuchos canallas o aristócratas, al grito de “se adopta”. Y les adviertes, como si tu voz no fuera tuya: “De acuerdo, pero yo tengo el voto veto, la acción de oro. Y el cachorro no podrá ser un adulto más alto que el sofá de casa. Ni una rata enana”.

Y empieza un casting que termina con Brontë en nuestros brazos. Negro azabache, de elegantes orejas largas y una mancha blanca en el pecho que muestra para que le rasques mientras te clava sin saña sus dientes de leche. Trotón, torpe y tembloroso el primer día.

Cocker Spaniel. Cazador, nervioso, dependiente (según rezan los tratados perrunos) 

Y han pasado menos de dos semanas y ya es uno más en la familia, ese lugar común. Con algunas destacadas ventajas sobre tus hijas, como que siempre te saluda como si fuera el día de tu cumpleaños y se deja mimar a todas horas.  Y ya sube escaleras, y no tiembla, y entiende antes que tú los crujidos, las sombras, los olores..

Naturalmente, no he cumplido mis juramentos. Limpio pises y cacas. Le dejo morder mis zapatillas y si gime porque intentamos que se acostumbre a estar solo algún tiempo se me rompe el corazón.

Y sí, se llama Brontë aunque sea macho, porque nos gustó mucho y total es un apellido insigne que nada malo puede presagiar. Pero a veces se me escapa y me dirijo a “ella” y es posible que termine causándole un trastorno de confusión de género. 

Pero quién dijo miedo.

Y no sé cómo explicar la sensación de escribir con el monte a un lado, en esos tonos ocres del verano y mi perro, nuestro perro, a mis pies. Apoyando siempre su cabeza para sentirme. Defensor y leal. Aun tan pequeño.

"Llegaste en el Momento", le diré cuando sea mayor y siga cerca. Y le deberé tanto que creo que debo ya a empezar a devolvérselo.