martes, 18 de julio de 2017

NI IDOS, NI IROS (VARIACIONES EN TORNO A UNA SENTENCIA DE LA RAE)



Glenn Gould
“Bueno, no me gustan las etiquetas y las listas, y ésta, como la mayoría, está llena de agujeros, jorobas y medias verdades. (El lector está invitado a presentar la suya; no envíen etiquetas, todas las propuestas serán juzgadas por la pulcritud, caligrafía y universalidad de su aspecto)”
Quien sentencia es Glenn Gould en sus ”Escritos críticos” (de.Turner) y por su lista menudean Prokofiev, Brecht, Strauss o Bartók. El mejor intérprete de las Variaciones Goldberg de Bach; el excéntrico intérprete de piano que inspiró “ElMalogrado” deThomas Bernhart (Alfaguara), uno de los libros que pediré a mis hijas que quemen conmigo cuando se me olvide respirar. El volumen de Gould no es mío, pero me guarda el aire hace unas semanas y siento su aliento sobresaltado sobre mi frente. Sus Variaciones me han acompañado muchos años, a veces machaconamente, con esa obstinación que es fruto del asombro del hallazgo. 

 “La actitud multiplica”, me recuerda mi amiga N desde el wasap, ese invento diabólico del que otra amiga, B, ha decidido borrarse porque está harta de comunicarse como un robot: “Quien quiera hablar conmigo que me llame por teléfono”. Tiene toda la razón, y seguro que comulga con Elon Musk, el cerebro detrás de Tesla que augura un tenebroso futuro para la humanidad dominado por las inteligencias artificiales (en adelante A.I).

La ira de Blanca, desvelaré su nombre, nada tiene que ver con el tema del día: idos o iros. A mí que la RAE sea noticia y puede que trending topic me dispara las pulsaciones. ¡Aún hay futuro para la civilización, mientras llegan y no llegan las A.I.! Cuando yo era pequeña teníamos unos vecinos de urbanización que no eran ni de iros ni de idos. “Veros de aquí”, gritaban a sus hijos, y a mis hermanos y a mí nos entraba la risa floja. Ya de mayor, la ira me asalta tantas veces como el delirio, pero mi sueño es pasarme de ida (ese estado contemplativo que en mi familia siempre ha estado sospechosamente cercano a la vagancia, y que también significa mi rebeldía a estar de vuelta, mal atávico que no entiende de edad).


Imagino perfectamente a Glenn Gould gritando “veros de aquí” a esos groupies que lloraron su retirada de los recitales y tuvieron que conformarse con sus grabaciones. Adiós al hombre contrahecho del taburete  que tarareaba sus melodías mientras las desgranaba a ritmo vertiginoso sobre su Steinway. El misterio enalteció su leyenda: irse para no irse. ¿Qué dirían la RAE y Pérez-Reverteal respecto? ¿Cómo describir con un término preciso la determinación extrema, bordando la locura, de un genio que no se retira con Dios a un monasterio o a una cabaña de anacoreta, sino con la Música, esa mujer desnuda que en cada movimiento le subyuga y seduce con su cimbreo inquieto y armonioso?

Estoy tan ida y tan radicalmente asida a la tierra fecunda de las teclas que siento un ir y venir de notas vivaces, juguetonas, en la boca del estómago. Llámalo planes. Euforia contenida y placentera que burla la letra del fracaso que no es. Ahí afuera hay un Mundo, admirado Elon Musk, y no sólo la amenaza de esos robots que temes y que, siento decírtelo, ya contemplaba Glenn Gould y cita en su libro, donde también responde a la pregunta de un periodista sobre su opinión acerca de los intérpretes de piano del momento:

Creo que Alfred Brendel toca los conciertos tan bien como nadie al que haya oído nunca. Realmente no puedo imaginar una mezcla mejor de brío y afecto”.

Brío y afecto. Eso persigo yo, estando ida y sin ira. Y siendo martes...