lunes, 28 de agosto de 2017

RAZONES PARA IR A MÁLAGA (ADEMÁS DE LOS ESPETOS DE EL PALO)

 
Museo Pompidou Málaga
1.Francamente, me da igual lo que haya pasado en “Juego de Tronos” en su última temporada y también la que ha liado el tal Manuel Bartual con su poco imaginativo delirio del doble en Tuitter. Me parece mucho más relevante lo que ha sucedido en Málaga mientras dormía.Unos años en los que tiraba para la costa directa desde la estación de María Zambrano, sin mirar atrás y convencida de que no era una ciudad para más ensoñación que la de los espetos de los bares del Palo.

Esta vez paré, abracé a mis amigos y los arrastré al Museo Ruso San Petersburgo y al Pompidou, del tirón. Caí a los pies de los Romanov, balbuceé de admiración delante del cuadro del Palacio de Hielo, temblé bajo la mirada de Pedro I y me hubiera arrodillado delante de un formidable Invierno en la exposición temporal de los Jawlenski y sus coetáneos. Del Cubo de colores me quedo con las videoinstalaciones de Tony Oursler, el hulahop de SigalitLandau, los Giacometti (soy fan rendida) o el John Currin, entre otros. Diría que es una muestra lúdica, como ir al parque de atracciones y atiborrarte de algodón dulce pero sin vomitar en la noria. El paseo por un centro recuperado para el peatón entre tabernas vetustas y plazas alborotadas fue el remate de un plan 10. El puerto resucitado invita a divagar entre esculturas de bronce, bistros design y escaparates. La globalización de los puertos es un hecho y sanea los suburbios. También hace que las ciudades con mar se parezcan cada vez más. Como vestir de Zara

2.Mucho antes,cuando el calendario estrenaba verano, fui al Centro Botín de Santander, aplaudí a Renzo Piano en su propuesta de naves espaciales amerizando el Cantábrico y, tras regodearme un rato con los inventos de Carsten Holler me sumergí a conciencia en los dibujos de Goya, un poco desconcertada con la ubicación. “Sueño de brujas consumadas”, “Buena mujer, parece”, “Ni por esas, qué tiranía” son tres de los títulos que me hicieron sonreír. Enseguida apunté los beneficios de la descontextualización: en el museo del Prado apenas me había detenido en esas obras, ensombrecidas por el poderío de los must del pintor aragonés. A veces hay que desenfocar para enfocar.

3.”La Seducción”, de Sofia Coppola, es una película palomitera con pretensión de cine de altos vuelos. Tiene algo de Maria Antonieta y algo de las Vírgenes Suicidas, pero creo que saca poco partido al soberbio planteamiento central (eso que ocurre si en un lugar cerrado donde sólo viven mujeres durante años aparece un hombre)y demasiado al cliché . A cambio vi en video “Primavera precoz” de Yasujiro Ozu y la sentí perfecta. Cuando lo cotidiano es arte. Como el espeto de sardinas de la barriada de El Palo, con el sabor de siempre pero en esa Málaga remozada a la que pienso volver siempre que pueda.

jueves, 17 de agosto de 2017

POR ABREVIAR SU AZOTE Y SU ALEGRÍA (10 SÍNTOMAS DE AGOSTO QUE SON PURO SEPTIEMBRE)


Paisaje tras la inundación
Este agosto me huele ya a septiembre y Brontë aún no ha entendido que no hay barra libre para aliviarse por los pasillos de casa. Desconozco si a la Artista antes llamada Minichuki le vale el uniforme del colegio, me resisto a dar a la tecla de compra de libros de texto en esa web que detesta Donald Trump y sobre mi cabeza los techos escupen los desnudos desconchones de la inundación que sufrimos el 31 de julio, cuando aún pensaba que el Verano era eterno y la entropía estival un gozoso espejismo.

No es un duelo precoz, es advertencia. Ayer ya pasé por la chapa y pintura de mi peluquera María, siempre cariñosa y saltimbanqui, y rematé con una pedicura impecable que me hizo sentir civilizada ipso facto tras unos días de asilvestramiento de pueblo y casa de campo de anuncio Tarradellas. Confieso que hace un rato, en un calentón muy compulsivo, casi reservo vuelos a Oporto para Otoño a un precio ridículo, pero las palpitaciones me avisaron como le avisa al ludópata en terapia el tintineo de las tragaperras. Mi cuerpo me pide acción y desacato y mi cabeza serena contención. Ardo en planes, he llenado mi libreta verde Montblanc de ideas disparadas que quieren ser proyectos y creo que al fin leeré el "Manual para mujeres de la limpieza", ahora que ya no está de moda. (El "it libro" es como la "it girl". Un ardor  con muchas papeletas para la decepción. me pasó con "El Jilguero", recordad. Y hay una larga lista de suspiros y abandonos).

De este verano me declaro turbina y resiliente, valga la dislocada adjetivación. Una RAE que le quita la tilde al "sólo" no merece tanto respeto, al fin y al cabo. He acabado cansada de contar ahogados e incendios en los telediarios, y he seguido el serial de la madre huida con los hijos sin llegar a una conclusión clara sobre quién es ella ni qué haría yo. También he considerado entre bostezos que Mónica la del Tiempo me resulta cargante sin negar su eficiencia y que es muy larga la espera para saber si mañana habrá nubes o el cielo nos aplastará con su acero de sol, algo menos mortal cuando agosto celebra su paso de ecuador.

No he querido saber, pero he sabido. Y lo mejor de este instante es que aún nos queda tregua. Unos días de mar, un salto de capítulo. Y después, esa bendita vuelta a una rutina que este año no es. Y  que lo que ha urdido el azar no lo separen la burocracia ni las listas de la compra. Eso que llamamos septiembre, por abreviar su azote y su alegría.



viernes, 11 de agosto de 2017

COGER MORAS ES COMO VOLVER A LOS SIETE AÑOS

 


Infancia
En el atardecer de ayer jueves tuve uno de esos instantes para congelar en la memoria. El patio de mi casa olía a lavanda, Brontë se había ovillado a mi costado, calentándome peludo y apacible para disimular los mordiscos de alfiler que me había propinado minutos antes, y yo bebía pequeños sorbos de gin tonic con torreznos mientras devoraba el final de una novela que no había conseguido arrebatarme y que ya tenía etiquetada como “lectura de playa” por su ligereza sin sobresaltos. Una novela mousse, para entendernos, en cuya contra se glosaban con la pompa habitual comentarios de sesudas voces afinadas en un discreto botafumeiro.

Entonces llegó lo bueno, en las últimas ¿50 páginas?, y me entregué sin reservas al desenlace de este thriller de la francesa Delphine de Vigan llamado “Basada en hechos reales “ (Anagrama), mientras el sol mostaza se desgranaba tierno sobre la enorme vasija de barro que antaño contuvo aceite y ahora es devorada por un manto la hiedra a una velocidad apabullante.

Pensé que el final de la trama era como esa trepadora, que de pronto te asfixia sin hacer ruido, con una economía de medios y una táctica de navajero avezado (corte limpio, sangre a chorro). Pensé: “Este es uno de los mejores veranos de mi vida”. Pensé: “No cambiaría ni una molécula de lo que me rodea en este instante”. Y que si tuviera un mando para detener el tiempo lo pulsaría a fondo, hasta con los pies fríos de ese atardecer de campo que se cuela en los huesos fingiéndose inocente.

En estos días atesoro diamantes, para cuando no haya. Ando con las antenas tiesas, paseo entre campos de colza anaranjados y recojo moras negras de zarza que no como sólo porque me llevan a mi infancia, cuando con mis hermanos salíamos al atardecer en busca del botín con el que mi madre haría mermelada (que tampoco comía, pero en fin): “¡Canicones, mirad qué canicones!”, gritábamos los cinco si de pronto avistábamos frutos enormes, y era fiesta.
Delphine de Vigan

La otra noche vimos justamente el documental sobre el gran recolector de azares, llamado Antonio Pérez. “Un objeto encontrado”, se titula. De Antonio he hablado a veces, de su museo en Cuenca, lo más parecido a un parque de atracciones donde subo a montañas rusas y nunca me mareo. El hombre tiene un perfil como el tajo de la ciudad donde se estableció tras volver del exilio en París, y una voz hacia dentro que a veces no te enteras muy bien de lo que dice, pero que te imaginas. El documental lo salva solo él, y a ratos sus amigos. Luis Gordillo, Miquel Barceló o Andrés Trapiello, cuya voz y palabra lo hacen flautista en mi Hamelín, si lo hubiera. La magia de recoger cosas que en sí mismas, en el lugar perdido, no tienen trascendencia, salvo para quien mira y mira bien, que se lleva a su casa, limpia y transforma. Y coloca en un contexto que de pronto enaltece y da sentido o sinsentido al objeto. Y es bello, procaz, hilarante o lúdico. O todo al mismo tiempo.
Antonio Pérez

Otra noche, mismo sitio, misma sensación apacible, le tocó el turno a “El Sol del Membrillo”, de Víctor Erice, sobre el proceso de creación de Antonio López. Otro de mis gurús sin él saberlo. El Antonio de la pantalla era aún un hombre vigoroso, imponente de hechuras craneales y con esa mirada de águila que se ha agudizado con los años. Hablamos J. y yo de que hoy sería impensable que esa película se hiciera y se estrenara, y estuviera meses en los cines como ocurrió entonces, en1992.

Disfruto en este ir yvenir delosdías que no entienden de modas ni quebrantos.Ydebo detenerme ya pues micursor sehapuesto enrebeldía y seniega a separarme las palabras.Quelosdiosesdelviernes o un técnico  piadoso acudan en miauxilio.

PD.La música de Carlos do Carmo es la que escuchaba ayer en la ducha. Ese fadista regio.
PD2.Dedicado a R,que recoge moras para volver a Nunca Jamás.


martes, 8 de agosto de 2017

MI INFANCIA ERA INMORTAL, EL PUEBLO OLÍA A VACAS

 El pueblo olía a estiércol y la casa a un potente matamosquitos que no entendía de perfumes florales. Anoche, bajando las escaleras angostas, me invadieron de pronto ambos aromas que ha amordazado el tiempo, aunque queda un remedo que estalló  sin preaviso en el recodo de los peldaños de la casa que fue de mis bisabuelos, Casa Marco, porque aquí los hogares llevan nombres raros que nada tienen que ver con los apellidos familiares.

Así, mi abuela era Merceditas “de casa Marco”. Su lápida blanca en el cementerio, a donde fuimos a las pocas horas de llegar al pueblo, reza solamente "Mercedes", y arriba, en una esquina, “Casa Marco”, por deseo expreso de mi padre, que también lo ha hecho bordar en las toallas a un tamaño descomunal. Un detalle insólito que más parece su empeño en resucitar obstinado el peso de sus raíces que una coquetería doméstica.

Porque mi padre siempre ha sido “un Adán”. Eso que decían antes para referirse al desaliño indumentario. Pero desde que descubrió Amazon y los tentáculos al mundo de Internet tiene más camisas que yo zapatos.

El pueblo donde me perdía de pequeña en aquellos veranos lentos donde me sentía inmortal no tiene pérdida. Las casas de piedra o enfoscadas siguen ahí, y el adoquinado de las calles es nuevo y muy civilizado. Apenas he visto perros, esos que me atemorizaban entonces, ni tampoco esos enormes excrementos de vaca que había que sortear hace cuarenta años para recoger en casa el bocadillo de pan con mantequilla y azúcar de merienda.

He vuelto brevemente a un lugar que no es extraño y sin embargo siempre ha sido de paso. De paso entre veraneo y veraneo, de vuelta antes de casarme, casi inexistente mientras pasaban los años y nacían y crecían mis hijas. Y desaparecido como un hiato largo cuando los lazos se rompieron y el corazón se hizo añicos, condenando al pueblo al olvido, y con él a toda la región montañosa y adusta que es el Pirineo.
 
Hoy, el río sigue ahí, pero el agua parece haberse domesticado y ya no es el acerico  de agujas de hielo de entonces. O lo mismo soy yo, más protegida por la carne que entonces era puro hueso con fibra. Y en dos días me he pegado largos baños, y he buscado a esos tábanos que acribillaban la misma piel que la crema Nivea lata azul desprotegía y exponía a quemaduras que nos impedían dormir y que mi madre atemperaba con vinagre. Pero en esos años nadie hablaba de cáncer y despellejarse era casi un ritual iniciático de las vacaciones. Si no ardías, no eras nadie.

El pueblo de mi niñez era la plaza llamada “El Plano” y un helado mini Apolo que se anunciaba en la tele y cuya letra y música aún recuerdo. Mis padres nos lo compraban algunas noches, después de cenar, y nos parecía un detalle muy excepcional. Salir a la calle a esas horas era la libertad tras el férreo régimen familiar del curso y sus rutinas escolares. El reloj de la iglesia marcaba el tiempo de la ausencia de prisas, subido en bicicleta. Y también llamaba a la misa del domingo donde mujeres y niños nos sentábamos frente al cura y los hombres atrás, como para salir huyendo de dios en un descuido.

A mi padre, un día, le dio por volver al pueblo y asentarse, y ahora es uno más. Como la Peña Montañesa que reina, sacerdotisa regia. Como los jabalíes o la longaniza del aperitivo con esas deliciosas cañas de Casa Sidora que nos han hecho felices a mis hermanos y a mí. Y entiendo que hay un día en que la ciudad te desposee, y mi padre lo vio e hizo el petate. Y asumo que para él volver a vernos es un éxodo duro, y que a partir de ahora nos tocará venir, y podrá ser gozoso.

No recordaba el sol, despiadado. El Norte de aquí es un Norte hostil cuando le da por calentarse, no como mi Norte astur. Ayer de caminata el cuero de la piel se acartonaba y un cadáver equino nos recordó que en estos parajes no se andan con tonterías. Y que sólo las cabras se sienten como en casa.

Y justo antes de volver busqué en las esquinas del viento a mi abuela, la Yaya. Que subía cargada de café para la parentela, cuando el café era un lujo, hace ya tanto... Y espero que nos vea desde la Peña Montañesa hoy sembrada de nubes contemplando los muros de esa Casa que ha resistido el paso de los años sin perder el olor a chimenea de ayer. Y a donde habrá que volver a encontrar a mi padre, a besar esa infancia fugitiva.