viernes, 11 de agosto de 2017

COGER MORAS ES COMO VOLVER A LOS SIETE AÑOS

 


Infancia
En el atardecer de ayer jueves tuve uno de esos instantes para congelar en la memoria. El patio de mi casa olía a lavanda, Brontë se había ovillado a mi costado, calentándome peludo y apacible para disimular los mordiscos de alfiler que me había propinado minutos antes, y yo bebía pequeños sorbos de gin tonic con torreznos mientras devoraba el final de una novela que no había conseguido arrebatarme y que ya tenía etiquetada como “lectura de playa” por su ligereza sin sobresaltos. Una novela mousse, para entendernos, en cuya contra se glosaban con la pompa habitual comentarios de sesudas voces afinadas en un discreto botafumeiro.

Entonces llegó lo bueno, en las últimas ¿50 páginas?, y me entregué sin reservas al desenlace de este thriller de la francesa Delphine de Vigan llamado “Basada en hechos reales “ (Anagrama), mientras el sol mostaza se desgranaba tierno sobre la enorme vasija de barro que antaño contuvo aceite y ahora es devorada por un manto la hiedra a una velocidad apabullante.

Pensé que el final de la trama era como esa trepadora, que de pronto te asfixia sin hacer ruido, con una economía de medios y una táctica de navajero avezado (corte limpio, sangre a chorro). Pensé: “Este es uno de los mejores veranos de mi vida”. Pensé: “No cambiaría ni una molécula de lo que me rodea en este instante”. Y que si tuviera un mando para detener el tiempo lo pulsaría a fondo, hasta con los pies fríos de ese atardecer de campo que se cuela en los huesos fingiéndose inocente.

En estos días atesoro diamantes, para cuando no haya. Ando con las antenas tiesas, paseo entre campos de colza anaranjados y recojo moras negras de zarza que no como sólo porque me llevan a mi infancia, cuando con mis hermanos salíamos al atardecer en busca del botín con el que mi madre haría mermelada (que tampoco comía, pero en fin): “¡Canicones, mirad qué canicones!”, gritábamos los cinco si de pronto avistábamos frutos enormes, y era fiesta.
Delphine de Vigan

La otra noche vimos justamente el documental sobre el gran recolector de azares, llamado Antonio Pérez. “Un objeto encontrado”, se titula. De Antonio he hablado a veces, de su museo en Cuenca, lo más parecido a un parque de atracciones donde subo a montañas rusas y nunca me mareo. El hombre tiene un perfil como el tajo de la ciudad donde se estableció tras volver del exilio en París, y una voz hacia dentro que a veces no te enteras muy bien de lo que dice, pero que te imaginas. El documental lo salva solo él, y a ratos sus amigos. Luis Gordillo, Miquel Barceló o Andrés Trapiello, cuya voz y palabra lo hacen flautista en mi Hamelín, si lo hubiera. La magia de recoger cosas que en sí mismas, en el lugar perdido, no tienen trascendencia, salvo para quien mira y mira bien, que se lleva a su casa, limpia y transforma. Y coloca en un contexto que de pronto enaltece y da sentido o sinsentido al objeto. Y es bello, procaz, hilarante o lúdico. O todo al mismo tiempo.
Antonio Pérez

Otra noche, mismo sitio, misma sensación apacible, le tocó el turno a “El Sol del Membrillo”, de Víctor Erice, sobre el proceso de creación de Antonio López. Otro de mis gurús sin él saberlo. El Antonio de la pantalla era aún un hombre vigoroso, imponente de hechuras craneales y con esa mirada de águila que se ha agudizado con los años. Hablamos J. y yo de que hoy sería impensable que esa película se hiciera y se estrenara, y estuviera meses en los cines como ocurrió entonces, en1992.

Disfruto en este ir yvenir delosdías que no entienden de modas ni quebrantos.Ydebo detenerme ya pues micursor sehapuesto enrebeldía y seniega a separarme las palabras.Quelosdiosesdelviernes o un técnico  piadoso acudan en miauxilio.

PD.La música de Carlos do Carmo es la que escuchaba ayer en la ducha. Ese fadista regio.
PD2.Dedicado a R,que recoge moras para volver a Nunca Jamás.