sábado, 28 de octubre de 2017

COMO CRISTALES EN LOS OJOS, FANATISMO DE BOBOS, PODEROSO NICK CAVE

Nick Cave
"Entiendo que siempre habrá quien diga que intentar analizar el concepto de grandeza, tal y como yo he estado haciéndolo en estas líneas, es un acto bastante infructuoso". "Los restos del día". Kazuo Ishiguro.

Yo me referiré, si acaso, a la ausencia de grandeza. 

Creo que con los años uno espanta complejos e invoca temores como corsés de mármol o de cemento armado.  

A mí me da miedo quedarme sin ojos. Ya lo he dicho. Tendrán que raspármelos otra vez con Scotchbritte, y eso que puse mis consabidas velas de superstición en San Isidoro, antes de dar buena cuenta de los manjares de siempre en la Plaza de Fontán y en la de Trascorrales. Lo cortés no quita lo valiente, y quizás debería poner velas al dios de las zamburiñas o al de los boquerones en vinagre con salmorejo y dejarme de inciensos y de iglesias vetustas con imaginería del siglo tal o cual.

(¿No temes al anisakis? pensaréis con razón.  Pues no tanto como para meterme los dedos en la boca ni para abjurar del ajo con aceite de oliva virgen extra de primera prensada que acompaña el manjar).

También temo, es un miedo común, casi vulgar,  que mis hijas vayan solas de noche por la calle. O se pierdan. O se mueran. Ayer soñé que mi Artista antes llamada Minichuki caía a las vías del tren o era empujada, ya no sé. Yo gritaba a la conductora del tren, que no entendía mis gestos desesperados y tomaba un bocadillo de caballa con pimiento.

Las pesadillas tienen el buen gusto de irse deshilachando en segundos, minutos, horas. (Es decir que puede que el bocadillo fuera de lomo, o que no hubiera bocadillo). Luego te queda el barro, sabor a algas podridas en el velo del paladar, allá donde los gritos se estrangulan.

Me da miedo -pavor, diría- el Fanatismo. Ese caldo de azufre que atrae sin remedio a  los descerebrados (y descerebradas, paridad del desencanto) que se tiran a la calle enarbolando proclamas de odio como ladridos broncos de sabueso de los Basckerville.  Levantan puños, entonan cantos sin conocer la letra ni la música. Escupen a la cara a quien canta distinto. Huyen hacia delante, se lanzan diligentes al precipicio tras la orden de un tipo, de una tipa, que comerá caliente y dormirá a resguardo mientras ellos se inmolan por nada o casi nada a la intemperie gélida.

¿Será gente que lee, que acude a los museos y llora por un cuadro. Que frecuenta las salas de conciertos, que ama y es amado? Siempre me lo pregunto.

Creo poco en la humanidad, últimamente. La estupidez fue reina por un día que ya son unos años, y se hizo carne y acampó entre nosotros. Extraño el gobierno de los mejores. ¿Dónde está la grandeza, señor Kazuo Ishiguro -premio Nóbel- fiel mayordomo Stevens. ¿Qué fue de la cordura?

Estos días vi "20.000 días en la Tierra", el documental de Nick Cave, y aplaudí reflexiones que hago mías y no canto por falta de talento. La llamada del útero caliente que es la mesa y las teclas de una máquina. La lluvia zigzagueante al salir a la calle, como balas de fogueo con sangre. Los semáforos rotos, los perros vagabundos. Mi Brontë intoxicado esta mañana, los restos de su miseria dispersos por toda la cocina, que recojo sin asco,  cosa rara, invadida de un amor compasivo e inédito,  abundante papel de cocina y bolsitas de plástico que envuelven los despojos.

La voz de Nick Cave es una soga en la garganta con pegotes de tierra. Emoción de fogueo. Ceremonia frutal al borde del abismo que se llama escenario, contagiando a las masas, sacerdotal y bello. Lento como te levantas tras una mala noche, sonámbulo de velas y de frío. Y de pronto el diálogo en el diván con su psicoanalista. ¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de su padre? 

Yo os lo cuento, no temáis. El día que le leyó, con voz trémula, el capítulo uno de "Lolita" de Nabokov. Y lo vio muy distinto. Un padre heroico. Un Hombre. (Eso lo digo yo. Asumir a tu padre como a un hombre es plena madurez, ahora lo entiendo. ¿Habré asumido al mío?)

Creo en el poder salvador no de los padres, sino de la literatura, la música, el arte. La bondad inteligente. También la compasión, y el feliz discernimiento. Espero que un día de estos recuperemos todos la cordura, nos caigamos del guindo, apaguemos los móviles y lloremos sensatos los destrozos que hicimos a costa de banderas y desgarros, obedeciendo a tontos con tuitter y un bidón de gasolina.

El futuro es ahora. Cuidado con tirarlo a la basura. Allí donde descansan los restos de la noche doliente de mi Brontë. Descansen en paz, nauseabundos, como ese mal recuerdo de las vías de un tren.

Cristales en los ojos, pero será en semanas. Ya pensaré después.

PD. El veneno ha sido inoculado. Ayer yo misma me escuché insultar delante de la tele. Soez y desalmada. ¿Quién nos protegerá de tanta ira?






miércoles, 18 de octubre de 2017

ESE PRIMER DÍA DE ZAPATILLAS DE INVIERNO (AL FIN LLUVIA EN VERSO)

De por fin lluvia al trote dan ganas de sacar por la ventana el cuello telescópico y beber largos tragos
urgentes

Carcajadas

He limpiado la mesa con el dorso mojado de mis alas, como quien forra un libro que huele a tinta/ sangre y a pulpa de madera.
Y todo estaba en orden, el fuego  besa ya las  brasas que compondrán cenizas.
Atlánticas, azufre, necesarias.
Y dejarán un lodo que se llama memoria despiadada. O memoria histérica. O desmemoria

(La ira ajena de los teletipos  como neones rojos de triste puticlub a una media distancia,  esa que hiere menos)

El olor de café de cafetera abriga las esquinas de mi taco Myrga, compañero, 20 de octubre recita sotto voce
Los primeros rugidos del alba perforan las aceras de la calle, con gran delicadeza sin embargo

Antes de que lleguen los hombres locos con sus máquinas como perros rabiosos más allá de este techo

Proclamo la ley del folio en blanco y el olor a lavanda calada hasta los huesos
Los principios sin fin, el aire contenido en un estuche de cruel metacrilato
Que es más que una república, es mi reino de espadas invisibles

(Sin arrepentimiento por las sábanas tibias que dejé, hace ya algunos cuartos)


Postdata: Las zapatillas de invierno ya me acogen. Cómo amo recuperarlas cada Otoño. Cuánto habéis tardado en llegar, amigas mías.


domingo, 15 de octubre de 2017

CÓMO REPTAR BAJO EL SOFÁ CON UN CENICERO EN UNA MANO Y UN PITILLO EN LA OTRA (HOMENAJE A LUCÍA BERLÍN)

Mi sagutxo para leer a Lucía Berlín
Esperen. Déjemme explicar...

Una puede robar a libro armado un arranque de Lucía Berlín, como es el caso, y comprobar segundos después que lo último que buscó ayer en internet fue la receta del morcillo para olla exprés. Como mujer de la limpieza que también soy me siento legitimada para ése y otros muchos atracos -faltaría más-. Pero eso sí: juro que jamás usaré un plumero. Ese arma de dispersión masiva tan sexy que coge el polvo de un sitio y lo deposita en otro con toques invisibles de prestidigitador fino mientras tú te quedas convencido de que limpiaste (autoengaño para principiantes, diría).

Querida Lucía, yo no robo anfetas, somníferos, antidepresivos ni ansiolíticos, pero podría reptar con un cenicero en una mano y un pitillo prendido en la otra debajo de un sofá en busca de una diminuta pieza de puzzle de, pongamos, diez o doce mil porciones.Una esquirla de chopo que amarillea acá, un fragmento de tierra velada en gris,como ceniza. Fulgores de un paisaje alcarreño que se nos desveló ayer deslumbrante ante nuestros ojos de excursionista torpe por tierra aún pendiente de conquista y a punto de rendirse a un Otoño frustrado por el sol y los calores tan fuera de lugar.

Se llamaba Manuela y era la mujer de la limpieza que iba por mi casa de niña. Olía a  una mezcla de sudor agrio con amoniaco, tenía el pelo graso cogido por un moño, las piernas amoratadas y varicosas y cuando se subía  lenta como un mamut a la escalera mis hermanos y yo nos espantábamos ante la idea de que pudiera caer y aplastarnos. Y ese cuerpo tremendo de pechos rotundos y bailones como el Flanín vainilla, desparramado con todos sus líquidos mondongos, nos interpelaría desnucado por no haberle recogido con nuestras perversas manitas burguesas. Ojos en blanco. (Manuela pesaría, qué sé yo, más de noventa kilos en canal, pero mis hermanos y yo calculábamos en arrobas, sin saber si eran cien o doscientas, a ojo de buen cubero).
Brontë y yo

He encontrado en mi Casa con patio,te diré,Lucía Berlín, un lugar ex profeso para leer tus cuentos. Antaño fue un pajar, o un despensero a refugio de tantas humedades o de ese viento glacial que golpea estos páramos y te puede volver loca si no estás vacunada de la rabia. No loca del coño, como suele decirse vulgarmente. Loca reverencial, de las que cocinan morcillo en la olla sólo para olvidarse un rato de una pila de lecturas que compondrán dos libros que nadie en mi familia leerá.

El lugar, no me dispersaré, es un habitáculo abierto al recibidor por una barandilla tosca de leños, techo de vigas de madera y paredes y suelo irregulares, encaladas. La puerta conserva el gozne de madera de casi doscientos años. Los que nos vendieron la casa lo llamaban "el sagutxo", aunque mi madre no se acuerda y dice "el cuartucho". Está a una altura como para romperse la crisma si te caes un mal domingo, y cuando mi Brontë se asoma por la barandilla meneando la cola me angustio tanto que le tiro del rabo y le arrastro hasta mi regazo para que te lea si quiere, o dormite si no con una respiración tan señorial a ratos que casi parece humano.

En el suelo he dispuesto colchonetas. Dos, diferentes y recicladas de aquí y de allá, y una mesita baja con una luz de globo y un cenicero por si un día, repta que te repta, me diera por fumar. Abrigan sus paredes unas figuras orientales, de esas que te protegen aunque no sepas su nombre, y un estante viejo que pretendo llenar de lecturas diversas y revistas viejas, ya descatalogadas, de las que uno solo lee en los cuartos de baño ajeno o en la sala de espera del dentista.

(Podría ser un rincón muy Transpotting si no fuera porque soy tan antidrogas).
Alcarria
La mesa diminuta albergará gin tonics de Bombay o de Oxley, pecado recurrente y necesario (no cuenta como droga, es ambrosía lenta). Y si me sorprendiera el sueño entre la página 80 y la 90 estaría dispuesta a  estirarme y dormitar con mi perrillo cerca -respirando fatiga y adelantos- hasta que el pitorro de la olla exprés nos avise de que el morcillo está a punto de salir volando, y haya que bajar las escaleras angostas para reducir el gas a la llamita inquieta de un mechero, lo que es una luciérnaga. Y el olor potente de la carne estofada se apodere de todos y excite nuestros jugos, y tu libro se quede allí,esperando la vuelta,marcadas las esquinas como me gusta hacer,escrito por los bordes a bolígrafo o eyeliner Chanel, violación sin recato ni arrepentimiento.

“Se había mojado los pantalones; había un charco de pis en el suelo. Una pompa sangrienta aparecía y estallaba en un orificio de la nariz con cada respiración”. Lucía Berlín. “Manual para mujeres de la limpieza". Alfaguara.

PD. Cuando el otro día hablé con D. de Lucía Berlín, entre otras cosas, él me recomendó otro libro para desengrasar: "Adaptative markets: Financial Evolution at the Speed Thought". Lo leeré también en el sagutxo, algún día, con incienso encendido y un té roibos humeante, si te parece bien. Hay catedrales que apenas se recorren en dos pasos. Y siempre te dan ganas de hincarte de rodillas y rezar lo que surja.

jueves, 12 de octubre de 2017

HE DECIDIDO SER LA VIDA QUE ME ESPERA

Pertegaz. Canal de Isabel II
"No sé qué tiene una noche oscura y fría que hace que te sientas muy cerca de alguien con quien duermes. Cuando hablas con él es como si fuerais las únicas personas despiertas de toda la ciudad".

Arranco el día de los aviones por el cielo y los soldados a pie abriendo al azar a Carson McCullers y su primer relato publicado,"Sucker", en  "El Aliento del Cielo" (Seix Barral). Uno de los libros que sobrevivieron a las inundaciones de julio. En adelante, hablaré del "Verano de las Inundaciones" o incluso del "Año de las Inundaciones" como se habla en las guías de viajes de papel perfumado de un acontecimiento que se lleva por delante sombreros, planes y veredas.

En Burgos, por ejemplo, esa ciudad a la que vuelvo con la excusa redonda de mis viajes a Asturias, siempre me fijo en las marcas de piedra de su Plaza Mayor. Hasta aquí llegó el agua, seguido de una fecha, no recuerdo. Una placa o varias dan fe del cruel impacto líquido y uno piensa que el detalle enseñorea aún más a la city castellana de los torreznos crujientes en su punto y de la catedral mejor clavada en las tripas de piedra que haya visto nunca.

Yo he puesto marcas de los Estragos de este Año, con mayúsculas. Son fábulas con letras, por ejemplo: "El verano de la primera crecida me había comprado un absurdo vestido color azul celeste, con un volante terco y desalmado".  O "El verano del Agua" (así, para abreviar), unas manos de hierro me lanzaron tan zombie e indefensa sobre la Castellana, ese océano rojo si lo cruzas al sol- y me trastabillé como Alicia tontuela buscando el agujero donde estaría el Conejo. ("Deprisa, deprisa", habría de decir).
Mi refugio anti todo

No hay marcas a la vista en el asfalto de las paredes de mi casa. Un pintor animoso llamado Augusto como un emperador de la devastación  las tapó hace unos días, o puede que semanas, mientras abajo los albañiles de otra obra de calle ad eternum se ensañaban con la taladradora y arriba el Nefando Lupus -así ha bautizado J al jefe de la tribu que quitó las válvulas de todos los radiadores del séptimo para volcar el agua sobre nuestros armarios, nuestros libros, nuestro exiguo equilibrio mental- picaba piedras o algo cual si se hubiera chutado una docena de latas de Red Bull con las galletas María del desayuno.

El Año de las Inundaciones sólo se hablaba de Cataluña y mi amigo JMB, un mallorquín catalán -tan despejado siempre, tan noble relator, tan cariñoso- me invitó a comer a un restaurante japoperuanoastur  y me aguantó las lágrimas saladas sobre el pez mantequilla con  notable apostura. Le dije, y si no ahora se lo digo, que cuando te inundan varias veces seguidas se produce un fenómeno extraño que hace que el agua se cuele bajo tu piel, penetre en las entrañas y busque salida por los poros o por un conducto amable, llámalo lacrimales. No es tristeza, no vayas a creer, es un desbordamiento como el del Arlanzón, ese nombre de río victorioso que sugiere una cota de malla con su espada, caballero de agua  que se enreda en un barrio con casas de postín muy poco arrabalescas, a priori.

Han pasado los días y aún huele a humedad, si te concentras. La lluvia se ha llevado algunas fantasías que no fueron y esta trinchera a veces no parece tan sólida. Enumero la lista de estragos que murieron y no son para tanto. Entiendo eso tan feo del estrés postraumático y me abrazo a mi Brontë cuando entro en la cocina, demasiado temprano incluso para un perro que bosteza y se estira tan peludo tentando mis rodillas con su morro.


La lista de mis planes es un mapa arrugado que crece por los bordes y exhibe muchas cruces. Querría varias vidas para enredarme en todas, pero a falta de seres reencarnados  que presenten unas pruebas convincentes elijo invocar la serena alternancia de sucesos y charcos. He decidido ser la vida que me espera,  y me abrazo a las letras después de muchos días de sentir que el caudal de mis adentros iba subiendo terco y nervioso por los pies. Vomito lo que veo, el ruido de tantos acontecimientos de este Otoño caliente. Y ese distanciamiento necesario para evitar la víscera y la ira que nos rondan a poco que uno encienda una pantalla o una radio.

Diré por tanto.

El Año de las Inundaciones puse a cero el contador de mis uñas, que crecen sibilinas como el pelo o las manchas en la piel. Albergué algunas dudas, me enfadé con los míos y administré silencios como lunas.

Ahora sé que los ríos se desbordan para calzar leyendas que contarán abuelas a sus nietos camino de la Escuela.

"El año de mi desbordamiento, ese primer día, llevaba un vestido absurdo color azul celeste con un volante en globo y crucé la Castellana. Fue un día memorable, sin embargo; un día Arlanzón, puedes decir. El techo de mi casa aún lucía seco.  Recuerdo haber sentido un sordo alivio y una llama de determinación picante en mis zapatos... Augusto se llamaba el fixer que llegó, días después. Temblaba mi país, que no mi patria que está en mi corazón, bien a resguardo. Y escribía por dentro con esta tinta roja que ahora sale por fin, borbotones de río desbocado. Alegría temprana, gasolina sin aire ni restos de carbón de esos que te hacen toser y torcer la nariz al paso de la Peste ".

Y Carson McCullers a esa distancia prudente y leal que tienen los amigos cuando toca: "No soy capaz de precisar los momentos y decir que eso sucedió un día y aquello otro al día siguiente"...




jueves, 5 de octubre de 2017

Y SI ME SALE CRESTA, ELIJO A IGGY POP (¿LA EMOCIÓN ES EL NUEVO PUNK?)

Dice Guillermo del Toro que la emoción es el nuevo Punk. Yo veo que se ha hecho la reina de la casa mientras hacíamos sudokus simulando pensar. El sudoku es la congelación del magín concentrado. Las concentraciones de gente empiezan con una proclama y terminan columpiándose a lo loco en la emoción.
Diría que la emoción es como el colesterol. La hay de la buena y de la mala.  Como el punk en esos años en los que era demasiado pequeña y asistía fascinada al espectáculo de crestas y labios negros como Sabrina en el árbol, demasiado pequeña para ser invitada a la fiesta. A cualquier fiesta.

Ahora tengo miedo de cómo la llamada a la bilis está haciéndose con los titulares del mundo. Y prende como la mecha boba de los petardos de los comics. El vómito está servido porque andamos subidos a una montaña rusa de delirio y abajo las fregonas de la razón no dan abasto. La música suena y tú te ahogas de tantos decibelios. Hay un ánimo de vuelta a las barricadas. Gente que está dispuesta a enrolarse en una gesta, cualquier gesta, y preguntar tal vez, cuando ya sea tarde, de qué iba ese gesta.

Hay una guerra seca de golpes en el techo de mi casa, que empezó cuando el sol aún no se sabía verano. Y otra guerra con sacos de trinchera en la calle que me guarda el cuello sosegado y sin escudo cuando escribo.

Y luego está esa otra, la de las potas agrias y el pus en las gargantas.

Y Brontë, el pobrecillo, pelea con la rabia, que ayer lo vacunamos. Y cuando sale a la calle no mira las banderas que algunos  colgaron en sus balcones, pendones de la rabia o desaliento. Del sentimiento patrio, sea esto lo que sea. Mi perro va a lo suyo y busca  chicles de menta masticados -su manjar prohibido- o una fruta mordida que alguien tiró a la acera o cualquier celulosa con mocos o sin mocos.

No sé qué significa una bandera colgada en un balcón. Imagino un documental en el que se pregunta a diez personas qué sentimiento albergan al colgar la bandera nacional o una estelada. Puede que nos sorprendiéramos todos al oír sus palabras. El mismo son, distinta rima o verso. La guerra de los símbolos es una mala guerra si no entiende de letras, de cimientos trabados con cenizas de hielo, el poso que es el tiempo; las voces de los sabios que susurran y no humillan a nadie.

No escupo a la bandera, a ninguna bandera. Respeto que se muestre como al Niño Jesús en Navidad o el crespón de los lutos. No saldría colgada de un fusil a matar por otra insignia que no fuera la de mi conciencia, mis hijas o el amor, ese bien tan preciado. No por la desesperación ni el desaliento (en este último caso enjugaría con ella mis heridas de lágrimas tan ácidas que horadan la piel y alumbran quemaduras)

Bronte y su peluche
Soy pacifista o puede que cobarde porque no metabolizo las llamadas a romperme las tripas. Escucho a nuestros líderes, tan pollos sin cabeza, y aprecio como nunca la fina inteligencia que separa la letra de la música de aquella sinfonía de tambores, platillos y cornetas. Recuerdo las primeras planas que hace no tantas décadas saludaron conflictos carniceros con una euforia sórdida más de celebración o alivio que de luto. A veces las personas necesitamos sangre como los romanos del Foro mejestuoso que pateé hace días en una Roma mucho menos desquiciada que la tierra -llámalo patria si prefieres- que había dejado atrás.

Y no miro todo esto desde ningún balcón, de arriba abajo. Yo misma soy un loco laboratorio de iras, convulsiones, tristezas y euforias a menudo. Y si me sale cresta, y noto que mis labios se amoratan y quisiera vomitar sobre el público, elijo a los Stooges con Iggy Pop, no al rey del pollo frito, con la venia.

Ojalá vuelva el río a vibrar transparente, cristalina emoción HDL. Y apaciguados todos pensemos de verdad, sin vendas y sin sogas, hacia dónde queremos construir. Y ojalá que nos guíen seres menos mediocres, menos interesados, más dispuestos a inmolar su ambición y a hacer servicio público, eso tan poco sexy pero tan necesario.

Y mi Bront¨ que asiente con su boca tentándome las uñas de los pies, desrabietado. Y en breve marcharemos los dos a buscar chicles con babas, ambrosía, y estará todo bien, al menos por un rato.