jueves, 5 de octubre de 2017

Y SI ME SALE CRESTA, ELIJO A IGGY POP (¿LA EMOCIÓN ES EL NUEVO PUNK?)

Dice Guillermo del Toro que la emoción es el nuevo Punk. Yo veo que se ha hecho la reina de la casa mientras hacíamos sudokus simulando pensar. El sudoku es la congelación del magín concentrado. Las concentraciones de gente empiezan con una proclama y terminan columpiándose a lo loco en la emoción.
Diría que la emoción es como el colesterol. La hay de la buena y de la mala.  Como el punk en esos años en los que era demasiado pequeña y asistía fascinada al espectáculo de crestas y labios negros como Sabrina en el árbol, demasiado pequeña para ser invitada a la fiesta. A cualquier fiesta.

Ahora tengo miedo de cómo la llamada a la bilis está haciéndose con los titulares del mundo. Y prende como la mecha boba de los petardos de los comics. El vómito está servido porque andamos subidos a una montaña rusa de delirio y abajo las fregonas de la razón no dan abasto. La música suena y tú te ahogas de tantos decibelios. Hay un ánimo de vuelta a las barricadas. Gente que está dispuesta a enrolarse en una gesta, cualquier gesta, y preguntar tal vez, cuando ya sea tarde, de qué iba ese gesta.

Hay una guerra seca de golpes en el techo de mi casa, que empezó cuando el sol aún no se sabía verano. Y otra guerra con sacos de trinchera en la calle que me guarda el cuello sosegado y sin escudo cuando escribo.

Y luego está esa otra, la de las potas agrias y el pus en las gargantas.

Y Brontë, el pobrecillo, pelea con la rabia, que ayer lo vacunamos. Y cuando sale a la calle no mira las banderas que algunos  colgaron en sus balcones, pendones de la rabia o desaliento. Del sentimiento patrio, sea esto lo que sea. Mi perro va a lo suyo y busca  chicles de menta masticados -su manjar prohibido- o una fruta mordida que alguien tiró a la acera o cualquier celulosa con mocos o sin mocos.

No sé qué significa una bandera colgada en un balcón. Imagino un documental en el que se pregunta a diez personas qué sentimiento albergan al colgar la bandera nacional o una estelada. Puede que nos sorprendiéramos todos al oír sus palabras. El mismo son, distinta rima o verso. La guerra de los símbolos es una mala guerra si no entiende de letras, de cimientos trabados con cenizas de hielo, el poso que es el tiempo; las voces de los sabios que susurran y no humillan a nadie.

No escupo a la bandera, a ninguna bandera. Respeto que se muestre como al Niño Jesús en Navidad o el crespón de los lutos. No saldría colgada de un fusil a matar por otra insignia que no fuera la de mi conciencia, mis hijas o el amor, ese bien tan preciado. No por la desesperación ni el desaliento (en este último caso enjugaría con ella mis heridas de lágrimas tan ácidas que horadan la piel y alumbran quemaduras)

Bronte y su peluche
Soy pacifista o puede que cobarde porque no metabolizo las llamadas a romperme las tripas. Escucho a nuestros líderes, tan pollos sin cabeza, y aprecio como nunca la fina inteligencia que separa la letra de la música de aquella sinfonía de tambores, platillos y cornetas. Recuerdo las primeras planas que hace no tantas décadas saludaron conflictos carniceros con una euforia sórdida más de celebración o alivio que de luto. A veces las personas necesitamos sangre como los romanos del Foro mejestuoso que pateé hace días en una Roma mucho menos desquiciada que la tierra -llámalo patria si prefieres- que había dejado atrás.

Y no miro todo esto desde ningún balcón, de arriba abajo. Yo misma soy un loco laboratorio de iras, convulsiones, tristezas y euforias a menudo. Y si me sale cresta, y noto que mis labios se amoratan y quisiera vomitar sobre el público, elijo a los Stooges con Iggy Pop, no al rey del pollo frito, con la venia.

Ojalá vuelva el río a vibrar transparente, cristalina emoción HDL. Y apaciguados todos pensemos de verdad, sin vendas y sin sogas, hacia dónde queremos construir. Y ojalá que nos guíen seres menos mediocres, menos interesados, más dispuestos a inmolar su ambición y a hacer servicio público, eso tan poco sexy pero tan necesario.

Y mi Bront¨ que asiente con su boca tentándome las uñas de los pies, desrabietado. Y en breve marcharemos los dos a buscar chicles con babas, ambrosía, y estará todo bien, al menos por un rato.