jueves, 30 de noviembre de 2017

DESEO TU DESEO. ¿ME LO VENDES?

Un vómito de letras sin príncipe debajo del balcón. By Alicia Martín

La primera vez que vi un muerto de verdad no tenía nada que ver conmigo. Lo recordé ayer de golpe, un fogonazo mientras Brontë me paseaba con hambre de otros chuchos por el tanatorio de la M-30. Ese lugar donde he llorado muertos y he pasado ratos de ardiente calor humano y alegría de estar vivos con mis vivos.

También hambre. Un hambre insaciable como una reacción alérgica de extraña virulencia dadas las circunstancias.

Aquel muerto era, creo recordar, el hermano de una compañera de trabajo con la que nunca intimé demasiado y en la que no había vuelto a pensar. Una mujer dulce con voz de clarinete resignado. El tanatorio , uno al sur de Madrid, fabril de hechuras y gris marengo como la muerte chamuscada. El cuerpo, dentro de una sala dentro de otra sala -laberinto de Escher- lucía cerúleo y de rictus severo. Como el de alguien que no se lo ha pasado pirata en vida o todo lo contrario. Alguien a quien la parca le ha llamado a filas por error cuando estaba celebrando una fiesta. La de sus ¿30? años.
Esa cara que poníamos cuando empezábamos a salir de noche.
Mi primera Nochevieja, querido Bronticelli (así te llamo últimamente, ya sabes que suelo virar los nombres a los que quiero), me dejaron salir hasta las dos de la mañana. Ahora diría "pues para eso no me arreglo". Entonces deglutí las uvas a la velocidad de unas campanadas no intervenidas, como las de hoy, y salí por piernas con mi hermana a estrenar una fiesta en la que había que pasárselo bien desde el minuto uno, fugaz y avaricioso. 

Lo que me lleva a pensar.

(Si la muerte te pilla maquillada como una puerta, ¿deben limpiarte con una de esas toallitas que se secan antes de que termines el paquete?) Ya respondo yo: "Ni se os ocurra". No hay mayor baile de máscaras que el de los tanatorios. Por eso la gente se pone hasta las trancas de alcohol en la cafetería y ese día las madres no regañan a sus adolescentes si sobreviene un cubata en un break de velatorio. "Mi hijo no bebe nunca, no vayas a creer, pero hoy está impresionado", dirán ellas.

Su hijo tiene un pedo de colores, el mismo que se pilla los martes por la tarde cuando te dice que va a estudiar a la biblioteca y las integrales cobran vida ante sus ojos turbios.

(¿Las madres estamos diseñadas para que nos engañen, nos mientan, nos hurguen a escondidas en el monedero?) 
Me pregunto...
Museo Thyssen. Lección de Arte


Pero yo no quería hablar de tanatorios, sino de algunas frases de artista que descubrí en un tour de blogueros al que me invitan en el Thyssen cada estreno de expo. En este caso se trataba de la muestra "Lección de Arte",  rareza de contemporáneo para un museo que no va de eso, y que exuda a gritos su condición de outsider no apta para patronos ni narices elevadas.

La obra es una sucesión de cien sentencias/deseos, negro sobre blanco. Algunos tan excéntricos que sólo pueden ser reales: Moverse en sentido inverso para rejuvenecer, averiguar las veces que alguien ha llorado, compartir alucinaciones, decidir los propios sueños, cohabitar con un fantasma, sudar oro, tocar el tiempo, estar detrás y delante de una puerta, invertir las jerarquías, vivir al otro lado...

También había un muro con cintas del colores de una coetánea brasileira llamada Rivane Neuenschwander . "Deseo tu deseo", proponía, así que obedecí y a cambio me llevé una cinta fucsia con un deseo ajeno y  en inglés: "Ser capaz de transformar algo". (Un algo de pequeña magnitud, algo liliputiense que  sin embargo desate un terremoto y empieces tú de cero).

EMPEZAR BIEN DE CERO. Sísifo con room service y una cama king size al llegar a la cumbre. Un vómito de letras sin príncipe debajo del balcón. Eso deseo.

Pero podía haber deseado cualquier otra cosa, como no estar expuesta en un escaparate con luz blanca (mortecina) en un bonito tanatorio con césped y con pinos. O se-re-ni-dad. O confianza en chequera con millones de fantasmales bitcoins en una  cuenta. O también conocer lo que viene después. Eso es lo más cierto que pueda desear y pienso escribirlo un día en una cinta verde y colgarla en el museo más rancio y polvoriento de toda la ciudad. O el culo de un Cristo, con perdón, ahora que está de moda.

(Aunque adelantarse al futuro, bien mirado, es un deseo eterno y poco original. Se llama ciencia ficción y se ha quedado old fashioned,  quizás porque el delirio es tan real que sólo deberíamos desear un poco de cordura. Un adelanto en tiza. Una tormenta de libros que no se enchufen y echen chispas, como los de la artista Alicia Martín, también en el museo. Un tierno desacato a cada esquina....

viernes, 17 de noviembre de 2017

LO QUE DIRÍA DARTH VADER SI MILITARA EN LA CUP

1.La revelación. Últimamente solo elijo militar en lo que no me engancha. Series "vainilla" como "The Crown" que si abandono una semana me da igual, o "Suits", una de abogados posturitas menos adictiva que una piruleta de jengibre. El vino (lento) en lugar de la cerveza (ansiosa).  El fiambre de pollo con queso blanco (tofu para no creyentes). Los pijamas de invierno calentitos y sin botones, esa claudicación estética. El relato breve frente al ensayo denso o el novelón.

2.La frase lapidaria: "Ahora lo entiendo. Tú no vas a una bruja ni lees el horóscopo porque creas lo que te cuentan. Vas porque eres tan impaciente que necesitas anticiparte a tu vida, aunque sea de mentira". (MJ)

3.La cruda realidad: Hay una edad en la que pasas de preocuparte de los problemas de tus hijos a hacerlo por los problemas de tus padres. Entretanto, en tus ratos libres vas campeando con los tuyos propios, a salto de mata porque estás muy distraído con los ya mencionados. (Conclusión de ayer en encuentro de amigas de adorable mediana edad).

4.El bucle: Encontrar fecha para las cenas de Navidad a estas alturas parece ya un imposible. Las agendas de muchos están comprometidas anticipadamente. Vivimos proyectados al futuro y nos lo recuerdan los pitidos del móvil. ¿LLegará un momento en que el futuro y el pasado se encuentren en un bucle y se produzca el estallido de todos los gadgets tecnológicos? Una parte de mí sueña con ese día. La otra, se plantea seriamente practicar mindfulness.

5.La sobremesa: La Artista antes llamada Minichuki empieza a exhibir respuestas macarras de cierto nivel. "¿Por qué no me lo cuentas, hija? Soy tu madre", dije yo como poseída por el espíritu de mis ancestros. "Ya, y tu madre es mi abuela. Si quieres repasamos todo el árbol genealógico". (La culpa es mía por esgrimir un argumento de tanto peso. "Soy tu madre" sólo se lo podría permitir Darth Vader si militara en la CUP).

6.Asignatura pendiente. Conocí a una mujer hace días muy solvente y con un currículum sólido que se empeñó en quitarse méritos en favor de algunos de sus colegas hombres. No pude evitar hacérselo notar, pese a que se trataba de nuestro primer encuentro profesional. ¿Qué tiene que pasar para que las mujeres brillantes saquen la gamuza y se den brillo? (sin caer en la arrogancia, por descontado).

7.Nuevos piropos. Wallapop es una red social disfrazada de red comercial de bajos vuelos. Tú vendes un aparato de ejercicios de suelo pélvico que no sabes muy bien cómo llegó a tu casa y el comprador te besa y te sonríe y te cuenta que es vigilante jurado y que trabaja de 22h a 10 am, y que el aparato es "para su mujer" y blablabla. Luego, si es majo, te pone cinco estrellas en la valoración, el equivalente a un piropazo deluxe.






martes, 14 de noviembre de 2017

LA MUJER CALAMAR QUE BUSCABA AL HOMBRE BARRICADA

Autorretrato
¿Qué hay de mí en mí?
¿Cómo puedo decir "soy yo" y quedarme tan ancha?
¿Hay alguien ahí? ¿En mí?

Marina Saura. "Sin permiso". Ed Elba.

Tiene gracia que este libro me llegara dos veces. Como esas visitas impacientes que si no abres en 30 segundos aporrean la puerta de tu casa. Como yo cuando soy visita y hay mucha confianza o ninguna.

Marina Saura me ha llamado en dos ocasiones. La primera, cuando yo era otra según mi elegante tarjeta profesional. La segunda, cuando yo buscaba a todas las Otras que me habitan. Esas que luchan por sus quince minutos cada noche, demasiadas madrugadas.

Y entonces Marina se hizo en mí calamar. La entendí, la abracé, se me escurría. Tuve ganas de consolar su valentía. O de tomarnos un café una tarde de tormenta, dos clones con boina calada y manos heladas.

No la conozco, puede que no nos crucemos nunca. Es actriz, es escritora, es Mujer. Es la hija de, pero eso me parece irrelevante. Habla de una infidelidad, de la muerte de un hijo, de que nunca desayuna sentada ni fuma de pie. O puede que sea al revés.

Creo que Marina sabe bien de lo que hablo aunque no sabe que existo. Ella habla de lo que muchas callan. Abruptamente, pero con un poso de irónica dulzura. ¿Se indulta? ¿No se indulta?

¿Soy la matriz de mi placenta? ¿Mi propio líquido amniótico? ¿El cordón con el que pienso descolgarme al volver a nacer?


Yo abomino placenta, perdóname Marina. La palabra, quiero decir. Ese-término charco rojo con trocitos, como un filete de hígado que un loco cirujano cortara con tijeras de escolar. (También evito "pujo", "hormona" y "amenorrea", por ejemplo)


Hay palabras que huelen a caldo de gallina pasado de fecha mezclado con orín de perro anciano. Son perfectas para un poema maldito. O para envolver castañas asadas y dárselas a tu peor enemigo, se me ocurre.

Marina calamar. La mujer que buscaba al "hombre barricada". Tantas otras.

Mujeres que buscan. Busco a mujeres que buscan. Instintivamente. Estoy envuelta en ellas. Me rodean.  Son yo cuando sueño -y van ya varias noches- que la máquina no reconoce mi identidad. La clave secreta. Un mail que no es mío. Tengo calor, tengo frío. Y una cita médica pegada a la nevera que me recuerda lo que no voy a comer ni a beber de ahora en un mes. Prohibido. Una mujer renuncia con cita para el dentista que aporrea los timbres antes de que se escuchen los pasos al otro lado de la puerta. Respiración lenta, y luego entrecortada. Como hacer cien abdominales recién comida.

Marina Saura, mis tacones de doce también están encerrados en una celda de castigo. Prisión preventiva. No me sirven para podar las hojas trepadoras de mi hiedra.  Sólo por el momento.

Soy mi lavadora a dos mil revoluciones despeñándose desde una altura de 30 cm. Yo también, como tú, pongo a prueba la resistencia de una idea. Son tercas, saltan a la que pueden. Se enredan y con un poco de paciencia, luego se desenredan.

Gracias por insistir, las dos nos merecíamos este encuentro. 


 ¿Soy una mujer calamar?, pregunta ella.  Mucho mejor que una mujer víscera que llega tarde siempre a la lavandería. O demasiado pronto, que viene a ser lo mismo. Y destroza la puerta con sus nudillos afilados.
Mientras los primeros rayos del día le hacen la raya del pelo, dulcemente.

(Y respecto al hombre barricada, algo me dice que has dejado de buscarlo, mujer trinchera).






viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA GRAFÓLOGA ME DELATÓ LA OTRA NOCHE

 “Si eres capaz de descubrir cómo eres, si eres capaz de descubrir qué es lo que crees realmente respecto de la mayoría de los grandes asuntos de la existencia, serás capaz de escribir una historia que sea honesta y original y única”.

De cuando en cuando, vuelvo a apoyar mi cabeza en el hombro de Dorothea Brande. No es mi última opción, eso que en los concursos tristes de la tele se llama el comodín del público, es la opción de un viernes con bostezos de frío y un cielo tejido por una telaraña desnortada y poco diligente, con pegotes de nube aquí y allá. Gris marengo en contraste con mi taza naranja brillante del café (esa que me permite mantener la coartada de que tomo sólo uno al día, pero que dado su volumen debe equivaler a dos y medio).

Descubrir quién eres. O que te descubran, que es mucho más inquietante. La otra noche asistí a una cena de amigas con una invitada estrella. Una grafóloga profesional, lista como un rayo y con despistante  apariencia de ratilla vivaz de biblioteca, que sólo necesitó medio folio de mi escritura frenética y deshilachada para pillar al vuelo mi fuerte carácter -”pese a esa carita angelical con ojos azules”- mi impaciencia patológica, mi intolerancia a los nichos de aburrimiento y mi vis cuestionadora de todo, entre otras grandes “cualidades”. La mujer, aguda y solvente detrás de sus gafas, iba desgranando en un tono neutro, cuidadoso, mis emes y mis bucles, mientras mis amigas y yo engullíamos deliciosos buñuelos de nata y bebíamos vino de esa gran anfitriona que es M.

¿Mamá, todo lo que te han dicho es malo? Quiso saber mi hija mayor, al día siguiente. “Bueno... también dijo que soy imaginativa, muy buena comunicadora, que tengo miles de metas por cumplir y no me adoceno, que necesito mucho que me quieran...”.

La fragilidad de los fuertes. ¿De eso podría hablar, querida Dorothea?. De cómo la fortaleza se alimenta del re-conocimiento de nuestras debilidades. De que una intemperie a tiempo vale más que un paseo con ese chaquetón heredado de mi abuela -”la pellica”- que huele a naftalina y se pudre por dentro en la penumbra del armario, mientras languidece el lustre de los lomos de visón que ayer mordían dedos de cuidador de granja en Rusia.

No, no debo despistarme tanto. Rusia está muy lejos y hace más frío que aquí (lo que no impide que sus informáticos con sabañones hayan intervenido al parecer en el asunto catalán). Yo hablaba de Dorothea Brande y de ese libro de cabecera que se llama “Pa-ra-ser-es-cri-tor” (Editorial Círculo de Tiza, que es también mi editorial). Y en ningún momento dice la gran editora que ser dulce en apariencia y bestia de fondo sea un mal punto de partida para lanzarse a escribir. La dualidad, como el malditismo o la serendipia, han sido tradicionales atributos del autor.  Ser explosiva debe ser mejor que ser alcohólica o tener tendencias suicidas, digo yo. Y sale más barato. Uno puede poner por ejemplo a su protagonista de ojos claros a arrancárselos frente al espejo con la misma parsimonia del replicante Roy a su creador en Blade Runner. Película -la original, me temo que la única-que volví a ver en casa de I. Otra anfitriona generosa que no nos pone a dieta a las rubias iracundas, ni siquiera a las morenas sumisas o a las pelirrojas irreverentes, sino que derrama tortilla de patatas, quiche lorraine y risa cascabelera mientras envía a su gata al dormitorio para que no incordie entrepiernas ajenas.
Ya me he vuelto a ir. Hablaba de que somos uno y trino. Y con esa pandilla nos ponemos el despertador cada noche para que los tres pilotos se desconecten seguros de que mañana será otro reto. Y hoy con mi taza naranja gigantesca en una mano he vuelto al mantra Dorothea: “Para ser escritor hay que aprender a mirarse desde fuera”. Y yo no veo, nunca he visto, a una rubita angelical de ojos claros. Sino a una fiera con las uñas al ras, domesticada a ratos, que escribe al aire sin pensar en cómo la delatan las emes o los puntos de las íes. Y quiere que la quieran, incluso con padrastros en los dedos.

María, mi amorosa peluquera que me ha tejido una colcha patchwork para que me proteja de los malos vientos, siempre lo tuvo claro: "Tú dulce por fuera, pero macarra en la escritura". 

(Una de esas mujeres que están convencidas de que los androides sueñan con ovejas eléctricas).

PD.Dedicado a Elisa.Con admiración y cariño.

domingo, 5 de noviembre de 2017

EL VACÍO QUE DEJAN LOS DOMINGOS

 
Recuerdo el vacío que dejaban los domingos de ayer. El domingo transcurría a cámara lenta y eso no le quitaba dramatismo, sino todo lo contrario. Si salías, porque de pronto estabas en la cama y el cartel de The End te espoleaba el insomnio. Si no, porque eras una pringada sin éxito social y abonada a las mallas de algodón color grisáceo y a la merienda triste con tus hermanos pequeños. El temor al lunes, me parece, es en verdad la angustia de domingo. El pobre lunes lleva toda la vida pagando el pato, por el famoso principio de la fama y la lana.

Últimamente en mi vida no hay domingos. Sólo séptimos días en los que no descanso como el Señor de la Biblia. Así que me engaño a mí misma haciendo lo que se supone que se hace un domingo: por ejemplo, desayunar churros con café hirviendo que te dejala lengua hecha un churrasco. El churro, como la paella, es fiesta. Un subterfugio de celebración que si cierras los ojos y masticas despacio, sintiendo la grasilla entre los dientes, se parece mucho a la felicidad.

A mí los domingos me sobrecogen desde que los habito en un pueblo que soñé hace tiempo. El ritual de recogida se ha convertido en una ceremonia morosa que incluye aspiradora, mullido de los sofás y ambientador en “on”. Albergo la fantasía de que si dejamos la casa como si acabáramos de entrar en ella es igual que si no nos hubiéramos marchado nunca. O sea, que la eternidad del domingo reside en la fregona con ese detergente de pétalos de rosa palo que parece de Chanel, o en estirar pulcramente el edredóny disponer los cojines en un tétrix perfecto que he aprendido contra mi naturaleza ligera y chapucillas.
Patio de domingo

Todo con un fin ulterior perverso: si el domingo no termina, no habrá lunes ni martes (la Artista antes llamada Minichuki, adolescente furibunda o no según sopla el viento, odia también los martes y ayer celebramos jubilosas que por fin estábamos de acuerdo en algo). Es decir, que limpiar la casa en domingo -a otros les da por planchar viendo una película horrorosa, con la mirada perdida- es como parar la rueda de la jaula de un hámster cocainómano. Congelar el minutero, crear una ficción redonda a partir de un churro, la versión cañí de la magdalena de Proust.

Si lo miras bien, a la tozuda realidad le importa tres que sea domingo. A los curas algo menos porque pasan el cepillo, aunque su clientela se ha reducido y no porque hagan el truqui de la fregona y el aspirador. A Puigdemont y a la juez Lamela, tres cuartos de lo mismo. Lasórdenesde búsqueda y captura no cierran por descanso dominical. A mi perrillo Brontë, ídem mientras su escudilla esté llena de pienso con sorpresa a las nueve O´clock de la mañana. Y no os diré al campo que contemplo desde donde escribo los domingos. Ese sigue desperezándose entre escarchas de Otoño y bosteza cada vez más pronto justo después de mi siesta, apremiándonos para que nos pongamos a recoger, que el lunes amenaza con sacar su impertinente sable de acero a la vuelta de la curva, justo después del desvío que en una hora nos llevará a los churros y al café. A esa eternidad sin tiempo que ha terminado siendo para mí cada domingo.