viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA GRAFÓLOGA ME DELATÓ LA OTRA NOCHE

 “Si eres capaz de descubrir cómo eres, si eres capaz de descubrir qué es lo que crees realmente respecto de la mayoría de los grandes asuntos de la existencia, serás capaz de escribir una historia que sea honesta y original y única”.

De cuando en cuando, vuelvo a apoyar mi cabeza en el hombro de Dorothea Brande. No es mi última opción, eso que en los concursos tristes de la tele se llama el comodín del público, es la opción de un viernes con bostezos de frío y un cielo tejido por una telaraña desnortada y poco diligente, con pegotes de nube aquí y allá. Gris marengo en contraste con mi taza naranja brillante del café (esa que me permite mantener la coartada de que tomo sólo uno al día, pero que dado su volumen debe equivaler a dos y medio).

Descubrir quién eres. O que te descubran, que es mucho más inquietante. La otra noche asistí a una cena de amigas con una invitada estrella. Una grafóloga profesional, lista como un rayo y con despistante  apariencia de ratilla vivaz de biblioteca, que sólo necesitó medio folio de mi escritura frenética y deshilachada para pillar al vuelo mi fuerte carácter -”pese a esa carita angelical con ojos azules”- mi impaciencia patológica, mi intolerancia a los nichos de aburrimiento y mi vis cuestionadora de todo, entre otras grandes “cualidades”. La mujer, aguda y solvente detrás de sus gafas, iba desgranando en un tono neutro, cuidadoso, mis emes y mis bucles, mientras mis amigas y yo engullíamos deliciosos buñuelos de nata y bebíamos vino de esa gran anfitriona que es M.

¿Mamá, todo lo que te han dicho es malo? Quiso saber mi hija mayor, al día siguiente. “Bueno... también dijo que soy imaginativa, muy buena comunicadora, que tengo miles de metas por cumplir y no me adoceno, que necesito mucho que me quieran...”.

La fragilidad de los fuertes. ¿De eso podría hablar, querida Dorothea?. De cómo la fortaleza se alimenta del re-conocimiento de nuestras debilidades. De que una intemperie a tiempo vale más que un paseo con ese chaquetón heredado de mi abuela -”la pellica”- que huele a naftalina y se pudre por dentro en la penumbra del armario, mientras languidece el lustre de los lomos de visón que ayer mordían dedos de cuidador de granja en Rusia.

No, no debo despistarme tanto. Rusia está muy lejos y hace más frío que aquí (lo que no impide que sus informáticos con sabañones hayan intervenido al parecer en el asunto catalán). Yo hablaba de Dorothea Brande y de ese libro de cabecera que se llama “Pa-ra-ser-es-cri-tor” (Editorial Círculo de Tiza, que es también mi editorial). Y en ningún momento dice la gran editora que ser dulce en apariencia y bestia de fondo sea un mal punto de partida para lanzarse a escribir. La dualidad, como el malditismo o la serendipia, han sido tradicionales atributos del autor.  Ser explosiva debe ser mejor que ser alcohólica o tener tendencias suicidas, digo yo. Y sale más barato. Uno puede poner por ejemplo a su protagonista de ojos claros a arrancárselos frente al espejo con la misma parsimonia del replicante Roy a su creador en Blade Runner. Película -la original, me temo que la única-que volví a ver en casa de I. Otra anfitriona generosa que no nos pone a dieta a las rubias iracundas, ni siquiera a las morenas sumisas o a las pelirrojas irreverentes, sino que derrama tortilla de patatas, quiche lorraine y risa cascabelera mientras envía a su gata al dormitorio para que no incordie entrepiernas ajenas.
Ya me he vuelto a ir. Hablaba de que somos uno y trino. Y con esa pandilla nos ponemos el despertador cada noche para que los tres pilotos se desconecten seguros de que mañana será otro reto. Y hoy con mi taza naranja gigantesca en una mano he vuelto al mantra Dorothea: “Para ser escritor hay que aprender a mirarse desde fuera”. Y yo no veo, nunca he visto, a una rubita angelical de ojos claros. Sino a una fiera con las uñas al ras, domesticada a ratos, que escribe al aire sin pensar en cómo la delatan las emes o los puntos de las íes. Y quiere que la quieran, incluso con padrastros en los dedos.

María, mi amorosa peluquera que me ha tejido una colcha patchwork para que me proteja de los malos vientos, siempre lo tuvo claro: "Tú dulce por fuera, pero macarra en la escritura". 

(Una de esas mujeres que están convencidas de que los androides sueñan con ovejas eléctricas).

PD.Dedicado a Elisa.Con admiración y cariño.