sábado, 23 de diciembre de 2017

MI PERRO ES BISEXUAL (Y UNA DE YORGOS LANTHIMOS)

Brontë, by J.G
Ahora que sé que no me ha tocado la lotería, estoy mucho más tranquila. La suerte súbita es como la muerte súbita. Te pilla siempre con el paso cambiado. En casa siempre se nos ha inoculado el virus del esfuerzo con sus mantras y por alguna razón que se me escapa el 50 por 100 de mis hijas está vacunada contra él. Así que de nada me sirve soltar el rollo de "si ahora estudias mañana podrás elegir la vida que quieras llevar". Es más, cuando me escucho decirlo me siento un cruce letal entre Fátima Báñez y Cristóbal Montoro. 

A falta de audiencia doméstica saco a mi Brontë a pasear. Poco a poco vamos acercándonos a las pandillas perrunas, que nos acogen con los brazos abiertos. Los chuchos son un pasaporte a la sociabilidad, hay quien dice que al ligue. En mi caso, me sirve para aprender del celo macho (y que Brontín en bisexual y casi que dado a los tríos), de la dieta (lo estamos haciendo fatal. Un perro jamás debe comer menú de humanos), o del sueño (todo dios mete en la cama a sus canes, y luego se espantan ante la palabra "zoofilia"). En estos grupos no hay bulling, se practica el amor universal y la paciencia de Job. Por ejemplo, hay una mujer raruna que cada día me pregunta tres veces: "¿Cómo se llama tu perro?" Y yo: Brontë. Y ella: "¿Brote?". Y yo: "Brontë, con ene". Y ella. ¿Bro-te? Y yo. "Bron-të, como las hermanas" (lo cual empeora la cosa porque la pobre se pone a buscar hermanas de mi perro entre la maleza y como no ve nada se cabrea y termina soltándome una suerte de maldición: "Pues los cocker tienen muy mala leche". A lo que yo, muy digna, respondo: "Pues el mío, no".

Nunca he defendido con tanta pasión a mis chukinas, ahora que lo pienso. Cuando me llamaban los tutores para recitarme sus proezas yo me sentía examinada a nivel madre, así que reforzaba la tesis del desastre filial y me defendía como buenamente podía. En el parque, los padres en general me parecían unos petardos porque sólo hablaban del Dalsy, de los potitos, los mocos o las cacas. No de zoofilias, castración sí, castración no o alojamientos petfriendly. Temazos con los que ahora distraigo nuestras salidas. Un padre perruno es mucho más solidario que un humano. Vigila a tu animal como al suyo y si el tuyo es humillado con saña, como ayer mi Brontë, por el resto de la manada (unos chulitos mayores que están resabiados por los años y tantas horas de recreo), ellos siempre se ponen en tu lugar. Además, si pierdes tu bombilla gusiluz el día del estreno, se ofrecen obsequiosos a buscarlo y se organiza una batida de relumbrón en cuestión de segundos que ríete de la de Chencho en "La gran familia".

Luego está la naturalidad. Yo siempre había pensado que cuando a tu perro le daba por montarse encima de otro perro el dueño/a se mosquearía contigo. Pero no. Hasta la fecha los torpes escarceos de Brontë con machos y hembras (ahora entiendo lo del "tanto monta" que nos han vendido como cosa de los Reyes Católicos) se asumen como parte de su desarrollo vital, aunque yo no puedo evitar ponerme un poco tensa e instar al violador a que reponga su actitud, con toquecillos en el lomo poco convincentes.

El verdadero significado...
Si me hubiera tocado la lotería habría comprado a mi cachorro  un chucho  hinchable o  arnés nuevo deluxe con diamantes de pega, campanillas y faraláes. Como no es el caso, le pondré el de siempre y bajaremos a buscar a la de los brotes (psicóticos) y a comprar el periódico. Dos gestos cotidianos que le dan a la vida esa sensación de seguridad y rutina tan necesarias para seguir cuerdo, mientras esos desaforados gritan en la tele "me ha tocado el gordoooooooo" y me lleno de indisimulada tiña porque no me queda otra que seguir practicando el esfuerzo de marras y soltarle el rollo a mis hijas con cada vez menos éxito de público y de crítica.

PD. Hablando de crítica, recomiendo vivamente una  película que vi el otro día,  "El sacrificio de un ciervo sagrado", del demoledor y salvaje Yorgos Lanthimos. Un director griego a quien venero - el mismo de "Canino" o de "Langosta", que habla de la familia desde presupuestos tan destroyer que sales convencido de que la tuya es un chollazo, con perro bisexual y fracaso escolar ocasional incluidos.



domingo, 17 de diciembre de 2017

MI FAMILIA Y EL GEN DEL DISFRUTE UNIVERSAL (No quejarse y enseñar bien los dientes)



Celebración familiar de altos vuelos. Somos casi cuarenta, la tía J, cumple 90 años. Últimamente sólo he visto a mis primos cuando la muerte llamaba a nuestra puerta, y recuerdo la alegría del reencuentro aunque fuera en el tanatorio de la M-30. Esta vez celebramos la vida y hay un revuelo de padres, hijos, sobrinos, nietos, sobrino-nietos y etcétera. Todos  sonreímos igual, como si no hubiera boca suficiente para tantos dientes y el futuro fuera una carretera lisa y recién asfaltada. Lo veo en las fotos del álbum que preparo, unas horas después de salir de la reunión. Un gen del disfrute universal les fue inoculado a mis ancestros y, bien mirado, eso es casi mejor que heredar un porte distinguido o una cuenta corriente estilo Trump. No depende de las contingencias, es un cheque en blanco o un sueldo Nescafé para toda la vida.

De pronto mi otra tía, que  no se anda con rodeos, dispara con una croqueta en la mano: 1."¿Tienes novio?" 2."¿Cuántos novios llevas ya?" 3."¿Vas a casarte?" (así, seguido y en plan Kalashnikov).  Reconozco que sus dardos cariñosos y bien orientados me rejuvenecen y me otorgan una vitola de seducción fatal muy Wallis Simpson. Tan alejada de la realidad que me da la risa. Son esas preguntas que se le hacen a los teenagers cuando enhebran amores como una cadeneta de principios eternos. 

Somos mayores, se supone, pero me produce extrañamiento no sentirlo así. Somos los mismos primos que corrían por el pasillo angosto de casa de la abuela esperando el delicioso bocadillo de jamón con mantequilla mientras sonaban los villancicos flamencos que mi abuelo ponía en Navidad. Y ese olor a perfume Joya en el cuarto de baño mezclado con bolitas blancas para las polillas. Y la mesa camilla con el brasero ardiendo.

Luego, la vida te separa con sus urgencias y sus cantos de sirena. Si tienes cuatro hermanos y además los adoras, más sus parejas e hijos, muchos hijos, ya tienes entretenimiento para muchas comidas, y a los tíos y primos los ves menos, cuando tocan a boda, a comunión o a muerto.

Pero mi tía J. está muy viva y ayer era una reina rodeada de muchos. Su hijo le leyó un texto emocionado que daba cuenta de su historia, de cuando la guerra civil y las penurias, de cuando trabajaba en un laboratorio, de cuando se casó, de cuando perdió a su otro hijo y perdimos todos la sensación de inmortalidad. Al nombre de mi primo, sentimos el picor de la soga en  la garganta, pero ella se mantuvo serena como entonces. Mi tía es de esas mujeres que lloran por dentro, lloran en seco y sonríen como quien acepta que la vida es como venga, aunque lo que venga sea un tranvía de frente y se lleve por delante lo mejor que tenías. Mi tía no se queja, nunca lo ha hecho. Y casi no oye, y le cuesta mucho andar y vive en una casa con muchas escaleras. Pero ella no se queja. Te lo cuenta y sonríe.


No quejarse en exceso y enseñar bien los dientes. Ese es el truco. Y agradecer ese gen que compartimos y nos hace sacar la proa aunque el hielo se clave en el casco del barco. Mi tía J lleva haciéndolo noventa años, yo no espero ser menos. ¡Qué suerte de familia me ha tocado!.

PD. Quería tía C, respecto a tu pregunta de los novios, te diría que son más que los de la reina Fabiola y menos que los de la princesa Margarita (ahora que ando absorta en "The Crown", temporada 2).


viernes, 15 de diciembre de 2017

POR QUÉ MIS HIJAS Y LAS TUYAS DEBEN VER "LA LIBRERÍA" DE ISABEL COIXET

Que los libros abrigan es una constatación. Nada en contra del Kindle, pero no he caído entre sus fauces porque soy de condición friolera, porque me gusta tocar el papel y escribir lo que pienso en sus orillas como una graffitera macarra casi tanto como encontrar un libro subrayado por otros. Porque no ha habido lugar ni ocasión. O no sé...

Ayer por fin fui a ver "La Librería", de Isabel Coixet,  después de algunos intentos fallidos. El  día anterior lo había programado, pero las "aboteprontistas" tendemos a distraernos con cualquier hilo que cuelgue. En mi caso me enredé con mi compañía telefonica en casi una hora de conversación obtusa y desabrida con tres de sus profesionales. Tuve suerte, uno parecía entenderme. El resto eran de otro planeta y hablaban tan despacio y tan vacío  que se me iba el pensamiento hacia mi librería. O sea, que los libros además de abrigar te dan una sólida coartada contra el absurdo.

Al fin ayer decidí no llamar a nadie para gestionar nada a partir de una hora prudencial y fui a ver la película.

Los augurios no pudieron ser más prometedores. En el cine Verdi, que ha suprimido a las taquilleras y ahora vende las entradas en el mismo bar donde las palomitas a 5 eurazos, escuché una conversación entre un hombre y una mujer a mis espaldas.  Él decía: "A mí me gustan los efebos, pero a vosotras las mujeres de entre 45 y 50 os encanta George Clooney. Esa prestancia y apostura de varón clásico...Aunque luego soléis iros más con los jovencitos, como hago yo".

Reconozco que me dieron ganas de darme la vuelta y entrar en la conversación, decirle al señor - su tono era de señor mayorcito y sin ninguna pluma- que como señora en esa franja de edad a la que le gustaba George Nespresso no me palpitan las sienes cuando lo miro, pero mi desinterés por los efebos es aún mayor. Que si debo preocuparme por no sentir ese ardor por las musculaturas firmes y las dentaduras originales...Al darme la vuelta comprobé que era un señor de más de sesenta con una mujer de mi target. Parecían un matrimonio largo y apacible que sale los jueves. Me gustó esa ruptura de esquemas y prejuicios. Me compré regaliz rojo, ese pecado culpable.
Bill Nighy

 La película cuenta una historia pequeña y conmovedora. No es nada pretenciosa, se recrea en los detalles que importan y tiene una textura de esos verdigrises tan british que me encantan. Hay diálogos memorables en los que no sobran palabras. Hay una relación poco convencional y vibrante entre un hombre y una mujer que no empieza ni termina como las de las comedias malas. Hay un papel pintado que podía haber salido de las manos del virtuoso  William Morris (imprescindible su expo en la Juan March) y unos tonos empolvados que le dan a la película una solvencia visual absoluta y al servicio del relato.

Creo que la película va de menos a más. Que igual sobran los planos de ensoñación por el marido muerto y el excesivo histrionismo del amigo traidor. Pero son detalles que no ensombrecen una historia potente con un casting prodigioso y una música que te mete en los vericuetos de un pueblo inglés con todos los defectos del provincianismo pacato. Creo que la historia de Mrs Green es la de una heroína, y quiero ya que mis hijas vayan a verla y entiendan que hay modelos de mujer que no se parecen nada a la ñoñería que puebla las películas diseñadas para atontar adolescentes. (Y su fondo de armario es tan perfecto y coherente y rebonito que espero que -además de otros- se lleve el Goya al vestuario)

Y, por supuesto, me enamoré de ese hombre que se parece a John Berger (a quien la directora dedica el filme) y cuya presencia lo llena todo. Se llama Bill Nighy y en casa lo vemos cada Navidad cuando toca la noche "Love Actually". No es un efebo, me temo. Es un pedazo de tío sin edad que mueve un músculo de la cara y se caen uno o dos edificios. Desconozco cómo anda de piezas dentales, me impone su conjunto y siento celos de Florence Green y de esa secuencia de ambos en la playa invernal. 


"La Librería" es cine europeo del bueno. Carece de ese defecto tan español de contarlo todo, de esa tentación de llenar las películas de chicos de la tele como garantía de taquilla. Habla de amor y de libros, de cómo las buenas historias abrigan aunque en tu sótano haya un charco de agua helada. Habla de que las mentes abiertas dejan que pase la corriente, y las cerradas apestan aunque lleven vestidos tafetán en turquesas pasados por talco y se pinten los labios de rouge vivo.

Gracias, Isabel Coixet, por acercarnos a una heroína. Tengo un libro de Penelope Fitzgerald por leer, ahora me urge hacerlo. Creo que también volveré a tus "Cosas que nunca te dije", esa película valiente y tan distinta de lo que estábamos acostumbrados a ver entonces. Hacer buen cine español internacional era eso...


(Ayer jueves la sala estaba semivacía, pese a que sólo un día antes Isabel Coixet había conseguido 12 nominaciones a los Goya.  El cine sin taquilleras huele a trágico destino. ¿Qué será de nosotros si dejan de venderse palomitas?)

PD. Aunque he puesto hijas en el título creo que es una película para todos. Pero me encanta que la heroína no sea una mujer del cliché guapérrimo, intercambiable y vulgar de tantas películas. Coixet siempre elige mujeres con alma y con cerebro, y eso la honra)


martes, 12 de diciembre de 2017

DE ZULOAGA A MINDHUNTER

La Celestina. Zuloaga.Fundación Mapfre
Hay un cuadro de Eugène  Carrière  en la exposición "Zuloaga. De la Belle Epoque a las raíces españolas"  (Fundación Mapfre) que me atrapó como ninguno ayer en medio de la vorágine de colores circundante. Es una pintura de niebla y te hace parar a esperar a que se disuelva el velo. Los lunes en la Mapfre son gratis, jubilosos,  y siempre se me olvida. El silencio sepulcral de tantos mediodías en los que peregriné como quien va al Cristo de Medinaceli  el primer viernes de marzo se rompe y es un avispero de ávidos y sobre todo ávidas de conocimiento que te reconcilia con la especie "Homo banalis" aunque te impida ver con calma las pinturas.

Confieso que Zuloaga no me mata. Especialmente sus obras costumbristas con gitanas y toreros. Me quedo sin embargo con los retratos de esas mujeres altivas que proclaman su estatus social con un leve mohín y te invitan a penetrar en sus secretos de alcoba para darte con la cortina en las narices en cuanto fisgas de más. "No eres de aquí, ¿cómo te atreves, niña?". Y con esa Celestina abierta y sosegada. A la salida la luz del sol chocaba con un nubarrón negro y componía un paisaje de cielo tan dramático que otros llamarían navideño. La calle, tan familiar ayer, se me hacía esquiva como el colegio de las monjas cuando regresas treinta años después y sientes que ya no formas parte de aquello que fueron tantos cientos de mañanas de ponerte sin ganas el uniforme príncipe de Gales, las medias a la rodilla y unas coletas tan tirantes que parecía que el cerebro se te escaparía a gotitas por los poros.
"Mindhunter"

Se lo dije a mi amigo J. Lo del sentirte fuera. Me confesó que le pasa algo parecido. Me quedé tranquila como cuando un serial killer se encuentra con otro y comparten confidencias de casquería. La adictiva serie "Mindhunter", que me bebí el pasado fin de semana en cómodas sentadas frente a la chimenea o bajo dos edredones, habla de que todos estamos tocados dentro de esos grises que llamamos "normalidad" con la excusa de contar cómo a finales de los setenta se inició la investigación científica del perfil de los asesinos más sádicos. El criminal vuelve al escenario del crimen, a veces, pero para mí en la Castellana a la altura de Colón no hay regueros de sangre ni malas intenciones. Sólo un cierto extrañamiento que no entiende de nostalgia pero sí de melancolía. Un eco que acompaña mis pasos y que suena distinto, sin embargo. Menos impetuoso.

Cartografía de la desposesión, podría llamarse. Cambio de turno, quítate el uniforme. El pelo corto se olvidó de esas coletas pero aún siento los tirones de esas gomas marrones cuando algo me devuelve al pasado.

La pérdida, en el fondo siempre está lo perdido. Y si no, no hay progreso. De pronto quiero volver a sitios donde hace mucho tiempo. Les propuse a mis chicas: ¡Vayamos a Toledo, a Segovia o a Cuenca!. Prefieren el Caribe, me parece. Sus mapas y los míos no coinciden, y así tiene que ser o no sería madre ni ellas hijas.
Ayer

Ya termino mi ayer, un lunes diferente. Repasé algunas calles y elegí un café donde solía a veces. A mi derecha una mujer pedía el suyo: "con leche de soja y sacarina". ¿Algo para acompañar? "Ensaimada sin nada", entre murmullos. Otra mujer culpable, pensé al ver cómo comía castigando su debilidad a mosdisquitos, virada por detrás de su melena. Chocaron nuestros ojos, le dediqué una sonrisa de esas contenidas que se brindan al desconocido. Mordí mi ensaimada con un placer salvaje y renovado. Me pareció que ella hacía al fin  lo propio con la suya, encogiéndose de hombros. Pero igual me equivoco, con rubias embozadas no se sabe...

Hoy mi pulsera me dice que el sueño ligero venció al profundo. He soñado Carrière y de pronto hace sol. Ese sol de Madrid del que presume mi madre como el que no quiere ver que está podrido de contaminación. ¿Somos lo que vemos, lo que queremos ver, lo que nos cuentan? Tantas preguntas duermen debajo de los cuadros, de las fotos. De los pasos erráticos de ese día que vuelves y sientes que la acera ya no te reconoce. Y te abrigas el cuello y te calas el gorro. Y regresas a casa sin rasguños, con un mapa arrugado en el bolsillo.

(Dedicado a C,  A y S. Por un rato Belle Epoque con ramane caliente y alegría de reencuentro. Sois estupendas, chicas).







sábado, 9 de diciembre de 2017

PORQUE NUNCA MÁS SERÁ HOY



Hoy es un día Boris Vian, y la niebla nos envuelve con su manto espeso y contingente. Un día para quedarse frente a la chimenea y dejarlo pasar tal y como nos venga y a su ritmo. 3 grados ahí afuera, arde mi corazón.

Me siento más diciembre que nunca,  un destello voraz, impertinente, que deslumbra igual que esas luces largas de un conductor novato en una noche de invierno con curvas y revueltas.

(“El invierno se acerca”, repetía esa serie que abandoné deprisa hace un siglo)

Yo, lo confieso, soy de las que miran de refilón, me interesa más lo que vendrá después. Pero hay años que te dejan como si te apearas de una montaña rusa ingobernable. Agitada, aturdida y con un charco de bilis desparramado por el suelo. Son años en los que la rutina más elemental se hace pedazos, y sientes una inyección de adrenalina clavada en la piel nívea del esternón, igual que la de John Travolta a Uma Thurman, salvaje Tarantino.

Podría decirse, en suma, que 2017 fue un circuito asesino y excitante, sobre todo para alguien que vomita hasta en las barcas del Retiro. Volvió la urticaria brevemente, volvió el velo maldito de los ojos. Volvió Oviedo como paraíso gastroterapeútico y ciudad amada, sin embargo. Entró Brontë en nuestra casa y la hizo suya. Nos hizo suys, en realidad, y ya no imagino la existencia sin su pelo negro y sus dientes blancos. Sin esa lealtad que te calienta el costado y las tardes de viento del demonio.

Me recluí frente al teclado con un encargo duro y comprobé hasta qué punto puede llevarme la obsesión por el deber cumplido. Nadé contra corriente. Vi poco a mis amigos, tenía que mirar mucho más dentro. Creo que me perdonaron, prometo compensaros. Me inundaron la casa varias veces, y aún espero (y desespero) una nota apresurada de disculpa o un ramo de flores o un pastel de manzana en su defecto a pie de descansillo.

Sobreviví a tanto ruido, a ese olor ácido a escombro y sudor, al caos y a los ataques de euforia. Al paso forajido de los días desde mi taco Myrga y sus sentencias a las que poco caso hago, y sin embargo…

(La de hoy, me la sirve Gil de Biedma, oh milagro: “Ha pasado el tiempo/y la verdad desagradable asoma:/envejecer, morir;/ es el único argumento de la obra”).

El único argumento de la obra es que siempre hay después, hasta que se te olvida respirar, que decía mi abuela, y después es la nada. Soy una centrifugadora de planes, me da pánico el estanque con sus pútridas aguas y esos renacuajos saltimbanquis que no se dejan coger cuando eres niño. 

Y, sin embargo. 


Quiero cerrar el día sabiendo que nunca más será hoy. Intensamente.

Y miro los periódicos y compruebo que 2017 fue el año en el que el pato Donald Trump buscó su guerra para pasar a la historia a falta de otros méritos probados. El año en que las mujeres dijeron “se acabó” #MeToo a sus acosadores y algunos hombres aprendieron que no somos un buffet libre para meter las manos voraces y servirse. Fue el año de la furia en Cataluña, el año en que los british nos dijeron bye, bye. El año en que gracias a un trabajo inesperado aprendí muchas guerras de África de las que no hablan los telediarios, ocupados en contar un desfile de mujeres en bragas con alitas como gran acontecimiento, con mayúsculas.

Es curioso que aún no se ha marchado, pero ya parece que fue. Y hoy pintaré una puerta de azul plomo, ese azul que resulta de meter cucharadas de niebla en un bote de pintura que elegiste aquel día en el que se cumplió el deseo del año, diría que del lustro: una casa con patio. Y con tinaja, con hiedra poderosa, con vistas a un monte que cambia cada día y te recuerda que nunca más será hoy, así que debes mirarlo a todas horas. Que es como mirarte a ti misma mientras limpias tus restos debajo de tus pies. Y el tiempo vuela y se escapa en cenizas de ayer por esa chimenea...