sábado, 9 de diciembre de 2017

PORQUE NUNCA MÁS SERÁ HOY



Hoy es un día Boris Vian, y la niebla nos envuelve con su manto espeso y contingente. Un día para quedarse frente a la chimenea y dejarlo pasar tal y como nos venga y a su ritmo. 3 grados ahí afuera, arde mi corazón.

Me siento más diciembre que nunca,  un destello voraz, impertinente, que deslumbra igual que esas luces largas de un conductor novato en una noche de invierno con curvas y revueltas.

(“El invierno se acerca”, repetía esa serie que abandoné deprisa hace un siglo)

Yo, lo confieso, soy de las que miran de refilón, me interesa más lo que vendrá después. Pero hay años que te dejan como si te apearas de una montaña rusa ingobernable. Agitada, aturdida y con un charco de bilis desparramado por el suelo. Son años en los que la rutina más elemental se hace pedazos, y sientes una inyección de adrenalina clavada en la piel nívea del esternón, igual que la de John Travolta a Uma Thurman, salvaje Tarantino.

Podría decirse, en suma, que 2017 fue un circuito asesino y excitante, sobre todo para alguien que vomita hasta en las barcas del Retiro. Volvió la urticaria brevemente, volvió el velo maldito de los ojos. Volvió Oviedo como paraíso gastroterapeútico y ciudad amada, sin embargo. Entró Brontë en nuestra casa y la hizo suya. Nos hizo suys, en realidad, y ya no imagino la existencia sin su pelo negro y sus dientes blancos. Sin esa lealtad que te calienta el costado y las tardes de viento del demonio.

Me recluí frente al teclado con un encargo duro y comprobé hasta qué punto puede llevarme la obsesión por el deber cumplido. Nadé contra corriente. Vi poco a mis amigos, tenía que mirar mucho más dentro. Creo que me perdonaron, prometo compensaros. Me inundaron la casa varias veces, y aún espero (y desespero) una nota apresurada de disculpa o un ramo de flores o un pastel de manzana en su defecto a pie de descansillo.

Sobreviví a tanto ruido, a ese olor ácido a escombro y sudor, al caos y a los ataques de euforia. Al paso forajido de los días desde mi taco Myrga y sus sentencias a las que poco caso hago, y sin embargo…

(La de hoy, me la sirve Gil de Biedma, oh milagro: “Ha pasado el tiempo/y la verdad desagradable asoma:/envejecer, morir;/ es el único argumento de la obra”).

El único argumento de la obra es que siempre hay después, hasta que se te olvida respirar, que decía mi abuela, y después es la nada. Soy una centrifugadora de planes, me da pánico el estanque con sus pútridas aguas y esos renacuajos saltimbanquis que no se dejan coger cuando eres niño. 

Y, sin embargo. 


Quiero cerrar el día sabiendo que nunca más será hoy. Intensamente.

Y miro los periódicos y compruebo que 2017 fue el año en el que el pato Donald Trump buscó su guerra para pasar a la historia a falta de otros méritos probados. El año en que las mujeres dijeron “se acabó” #MeToo a sus acosadores y algunos hombres aprendieron que no somos un buffet libre para meter las manos voraces y servirse. Fue el año de la furia en Cataluña, el año en que los british nos dijeron bye, bye. El año en que gracias a un trabajo inesperado aprendí muchas guerras de África de las que no hablan los telediarios, ocupados en contar un desfile de mujeres en bragas con alitas como gran acontecimiento, con mayúsculas.

Es curioso que aún no se ha marchado, pero ya parece que fue. Y hoy pintaré una puerta de azul plomo, ese azul que resulta de meter cucharadas de niebla en un bote de pintura que elegiste aquel día en el que se cumplió el deseo del año, diría que del lustro: una casa con patio. Y con tinaja, con hiedra poderosa, con vistas a un monte que cambia cada día y te recuerda que nunca más será hoy, así que debes mirarlo a todas horas. Que es como mirarte a ti misma mientras limpias tus restos debajo de tus pies. Y el tiempo vuela y se escapa en cenizas de ayer por esa chimenea...